José Revueltas en el Cine

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Es evidente que la novela de nuestro tiempo

está poderosamente influida por la cinematografía,

por la técnica narrativa descubierta por el cinematógrafo.

 (JOSÉ REVUELTAS -El Conocimiento Cinematográfico y sus Problemas)

 

 

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Un desvencijado ómnibus se desplaza vacilante por alguna carretera rural de Marsella. Su paso sinuoso y errático sacude con violencia a los pasajeros en cada vuelta, tope y bache, pareciendo que se volcará en cualquier momento junto con su carga humana. El camino es de tierra: bosques marchitos, granjas descuidadas, árboles momificados y hierba seca se perciben por doquier.

La escena cambia de exterior a interior, centrándose en los pasajeros.

Janine es joven y atractiva, mucho más joven que su acompañante. Marcel debe llevarle por lo menos 20 años a ella. Parece mucho más cansado, vencido y quebrantado que la chica, tiene el cabello platinado de canas y los cuencos hundidos. Su vientre enorme se precipita por entre sus rodillas con descuido. A cada sacudida del vehículo, el cuerpo fofo de Marcel se deja caer casi inerte sobre el de la muchacha. Luce enfermo y agónico. Ella aparenta estar fastidiada. Pronto se sabrá que son esposos.

Janine observa con indiferencia el vuelo torpe de una mosca, mareada con el ajetreo del vehículo. El insecto zumba con obscenidad y en un momento dado se posa sobre unas manos regordetas e inmóviles del esposo. Aquellas manos aprietan con ansiedad una maleta de tela, sin separarse de ella, jamás se conocerá su contenido, el objeto es un mero pretexto para mostrar su aprehensión y abandono de sí mismo transmitido en sus manos zombis. Los ojos de Marcel yacen mortecinos, dejados al vacío al igual que el resto de su ser. Parecen no darse cuenta de la presencia del bicho danzando sobre su piel.

Ella luce incómoda a cada jaloneo del camión, con el movimiento de la mosca, más incómoda cada que el cuerpo de su esposo se le viene encima de su hombro.

El ómnibus avanza hasta perderse con sus pasajeros en la lejanía.

Nos encontramos con un amplio plano general de nueva cuenta, mientras desaparece el vehículo tras una colina.

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La anterior no es una escena real, sino que es parte de un guión imaginario que el escritor José Revueltas ideó para sus alumnos de escritura cinematográfica de Cuba y México a mediados del siglo XX. Basado en una novela de Albert Camus. Se trata de un fragmento ficticio de una película, preparado con esmero, que, empero, jamás se filmó.

La escena es estética, psicológica y poéticamente muy bien lograda, plena de indicaciones de cámara planificadas a detalle, aunque Revueltas era demasiado modesto y jamás se adjudicaría ningún mérito por ella.  Diría con sencillez que fue un ejercicio torpe, organizado con fines didácticos para sus discípulos. Que en ningún momento se acercaría a la maestría de la novela lograda por Camus.

Revueltas trabajó sin descanso en una serie de artículos, bastante bien documentados en infinidad de libros sobre cine, guionismo e imagen. Poseído de una clara preferencia, al igual que en la literatura, por los creadores de origen soviético: los legendarios cineastas y escritores rusos. Entre las citas de sus ensayos se encuentran innumerables fragmentos de Eisenstein y su libro sobre montaje: El Sentido del Cine, de Pudovkin y sus reflexiones cinematográficas, etc. Aunque no desdeñaba a Chaplin, a quien incluso amaba, y a Disney.

En literatura Dostoievsky sería su principal maestro, su mentor, su chamán sin lugar a dudas. El segundo puesto lo tendría Tolstoi. Sólo un poco después Sartre y Faulkner.

Sus escritos sobre cine reflejan no sólo una cultura gigantesca y arrolladora, sino además una vasta experiencia y colmillo dentro del oficio cinematográfico, particularmente en el de la escritura para cine. Durante años corrigió guiones a destajo y realizó adaptaciones de todo tipo de historias para sobrevivir y mantener a su familia. Hasta que tuvo la oportunidad de crear sus propios guiones y verlos llevados a la pantalla bajo la dirección de Roberto Gavaldón, considerado uno de los directores claves de la sonada Época de Oro del Cine Mexicano. Para él escribió un total de 12 películas, algunas de las cuales son verdaderas joyas cinematográficas.

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Particularmente en el punto de la adaptación de la obra literaria al guión, Revueltas se detuvo para abordar el problema con cuidado. Al final, era al mismo tiempo novelista y cuentista, lo mismo que creador cinematográfico.

Para Revueltas, el método cinematográfico en ningún momento debía separarse del método literario. Aunque explicaría con sumo detalle las diferencias entre literatura y cine. Criticó sin piedad a una gran cantidad de directores del séptimo arte que por sumergirse en su oficio descuidaban cultivarse en otros campos del conocimiento, los cuales enriquecerían su trabajo. Para él la escritura de cine o el guión era como una partitura: una película escrita que sin lugar a dudas el especialista al leerlo “vería” la película, lo mismo que el erudito en música “escucharía” sinfonías al leer su partitura.

José Revueltas abrió al azar una novela no tan conocida de Albert Camus: La Mujer Adúltera y comenzaría a diseccionarla como el mejor especialista. Primero que nada hay que encontrar la “intención sustantiva”, decía, esto es, el meollo, la médula del texto literario. En lingüística de texto y análisis del discurso, actualmente se le denominaría a esto el “tópico”, según el lingüista Teun van Dijk.

¿Y cuál es la intensión sustantiva del fragmento de Camus descrito burdamente arriba por nosotros? Se pregunta el escritor, al mismo tiempo de novelas y guiones. Desde el punto de vista gramatical sería  Janine y su marido Marcel. Resultarían los sujetos principales de las oraciones utilizadas por Camus, si nos quedáramos tan sólo con el enfoque lineal de la gramática clásica.

Pero el método de análisis literario de Revueltas va muchísimo más allá, calando aún más hondo y desmembrando el pedazo de novela, como un cirujano certero que abre la carne hasta el hueso. Al fin y al cabo, admite, hay una intención no explícita, casi oculta en toda verdadera obra creativa. En el texto de Camus, Revueltas sugiere que esta intención sustantiva se encuentra no en las personas de Janine y Marcel, sino en su deteriorada y extraña relación matrimonial, a punto de colapsarse. Ahí es a donde debería dirigirse el guionista que buscara adaptar esta novela y convertirla en película. Una vez que se ha descubierto esta intensión sustantiva o meollo del asunto de una obra literaria, procederá a buscar equivalencias entre la novela o cuento y el guión que poco a poco va elaborando. Yendo y viniendo del método cinematográfico al literario según se necesite, en ciertas ocasiones para corroborar el sentido poético de la obra y no perderlo jamás, y en otras para pensarlo y llevarlo al lenguaje de las películas. Traduciendo el texto al lenguaje de cine, plagándolo de indicaciones de cámara hasta convertirlo en un esqueleto diseccionado, desmembrado y bien ordenado de acuerdo con la intención sustantiva y la idea del montaje, atado con bellos alambres y listo para ser llevado al set de grabación.

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Ésta serie de ensayos serían al final publicados por la UNAM en 1965, aunque al escribirlos, Revueltas no tenía la pretensión clara de que se convirtieran en un libro en sí mismos. El objetivo inicial era que le resultaran útiles a sus alumnos. Sin embargo lo titularía: El Conocimiento Cinematográfico y sus Problemas. Reeditados más tarde por la editorial mexicana Era. Cada vez más escaso y difíciles de conseguir sus volúmenes, quizá por falta de lectores interesados y atentos, quienes encontrarían una veta riquísima de reflexiones sobre escritura cinematográfica y sobre el mundo del cine en general, además de fascinantes reflexiones sobre la relación entre el cine, la literatura y otros campos del saber humano.

En un momento dado, al parecer, Revueltas pudo haberse dedicado por completo al cine. Y en segundo lugar a la literatura, como siempre hizo. En dado caso su vida hubiese sido muchísimo más tranquila desde el ámbito emocional, incluso más acomodada económicamente. Camino que abandonó a mediados de los años cincuenta debido a las cruentas decepciones que esta industria produjo en su espíritu. A la cual critico sin piedad, cuyos ataques se encuentran también plasmados en algunos capítulos de su libro que invitamos a que se lea.

Parece ser que su vocación política sería mucho más grande, absorbiéndolo por completo y llevándolo a un activismo y un deambular por los partidos de izquierda de su época.

Se sabe que tras abandonar la Cárcel de Lecumberri a inicios de los setenta, siendo casi un anciano de salud deteriorada por los encierros y las huelgas de hambre, volvió al trabajo de revisión, corrección y redacción de guiones cinematográficos, al mismo tiempo que se convertiría en uno de los más grandes novelistas y cuentistas de la lengua castellana. Que incluso acarició en sus últimos días la idea de escribir, filmar y dirigir por propia cuenta un largometraje, el cual nunca vio la luz. Entre sus papeles póstumos, aún no publicados, había por lo menos una treintena de borradores y guiones inéditos casi concluidos que quedaron para la posteridad y no han sido llevados a la pantalla.

 

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El Terapeuta Lírico, o algunas razones por las que puede que tu psicoterapeuta no te esté entendiendo del todo bien.

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                                  Sinergia: https://rehabilitat.wordpress.com/tag/terapeutas/

Por: Adán de Abajo

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Actualmente muchos psicoterapeutas ejercen su oficio sin ser psicólogos o sin haber recorrido previamente una licenciatura en psicología, ocasionalmente ni si quiera una carrera universitaria. Inclusive hay terapeutas que de base formativa no tienen nada que ver con la psicoterapia. Sobre todo en diversos sitios de América Latina, donde las restricciones son poco claras o de plano no existen. En muchas partes se ofrecen cursos en línea, “certificaciones” en cualquier cosa imaginable y másters para los que no es necesario poseer licenciatura ni título universitario si se desea inscribirse y cursarlos. Mientras se cubra sus cuotas. Bastante gente se ha formado como psicoterapeutas o se sigue preparando en ello, sin poseer un título universitario como requisito, con tan sólo alguno de estos cursos, frecuentemente breves y accesibles. De manera que en el mercado de la psicología, hoy por hoy, cunden cantidades de profesionales quienes ofrecen sus servicios de ayuda, algunas veces con licenciaturas y posgrados rigurosos que los respaldan (lo cual de todos modos no garantiza nada), otras de plano sin ellos, y otras más, proviniendo de campos del conocimiento muy alejados del desarrollo humano o la psicología. Lo cual a veces es positivo, pues enriquece y amplía el campo de la psicoterapia, no pocas veces bastante miope.

Y en algunas situaciones más, los psicoterapeutas provienen del completo autodidactismo y del aprendizaje de la vida. Quizá con algunas cuantas lecturas encima, otras ni siquiera con eso. Sustentados en sí mismos nada más.

A veces, tristemente, estos terapeutas líricos pueden superar por su sencillez, experiencia de vida, conocimientos y practicidad a aquellos quienes han invertido décadas de estudio y miles de dólares en su formación, pero resultan incapaces de resolver el más mínimo problema cotidiano, hasta en sus propias existencias -No siempre es así, claro está. En todo hay excepciones. Mostrando la distancia de años luz presente y creciente entre la educación formal que se oferta y vende en cualquier institución educativa que se quiera, en muchos casos costosísima, y las necesidades del día a día de muchas personas.

Por esto mismo: al elegir a un psicoterapeuta o al buscar ayuda psicológica, nunca te fíes demasiado en sus títulos académicos ni en los lugares donde dice él o dicen sus fans que los ha obtenido. Porque, en primer lugar, eso no garantiza que te pueda servir a ti en tu problema concreto personal, ni mucho menos que además sean reales o verdaderos dichos papeles. O que por casualidad no los haya adquirido piratas.

Pero tampoco te asustes si de pronto descubres que tu psicoterapeuta es autodidacta, no está titulado de su licenciatura, dejó trunca la universidad, la abandonó a la mitad o no cuenta con ningún título. Como los llamamos nosotros: terapeutas líricos. Aquellos que no estudiaron formalmente, pero ejercen la psicoterapia y a veces adecuada y exitosamente. Dales tiempo a cualquiera de todos ellos: tanto a los que dicen -o se dice, que han estudiado mucho en sitios prestigiosos, como a los que puedan haberse formado por sí mismos y bajo propia cuenta. Bríndale la oportunidad aunque sea de primer inicio a quien hayas elegido, al fin y al cabo ya lo hiciste y por alguna razón, hay qué descubrir más adelante cuál es.

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Fíjate que de verdad y realmente te escuche. Esto es quizá más importante que si estuvo en algún sitio del Viejo Mundo o de Estados Unidos realizando un post doctorado o una certificación en quién sabe qué retruécanos raros.

Para saber si realmente te escucha, verifica su mirada constantemente. Te mirará directo a los ojos por lapsos prolongados de tiempo, con mayor intensidad cuando tus palabras desvelen los rincones más oscuros y heridos de tu corazón. Aquellos que a nadie o casi a nadie más que a él hayas expuesto. Te dará tiempo de formular tus propias ideas y expresarlas. No te interrumpirá a menos que sea necesario. Esperará a que te desahogues y expongas con tus palabras tu situación. Luego hará sus intervenciones concretas, sencillas, accesibles y te preguntará, sobre todo, qué opinas de lo que él o ella piensa de ti. Sin imponer su punto de vista.

Una mala señal de la deficiente  capacidad de escucha de un psicoterapeuta es la tendencia a hablar en exceso de sí mismo, de lo que sabe o de lo que dice que ha leído. No es que esté mal que un terapeuta retome ejemplos de su propia experiencia y los utilice como metáforas válidas para ayudar a sus pacientes. Psicólogos con mucho peso en la historia de la psicología como Albert Ellis recomiendan y aprueban como válido el uso de la propia experiencia a manera de ejemplo en el ejercicio de la terapia. Pero algo muy distinto es pasarse la mayor parte de una sesión, la cual por cierto está pagando su paciente, hablando de sí mismo. Esto más bien muestra que no lo está escuchando y no está mostrando un interés demasiado evidente por su historia, menos por su problemática.

Entonces, te recomendamos: considera alejarte de aquellos terapeutas que hablen excesivamente de sí mismos, de lo que saben o dicen que saben, o que de hecho no te permitan hablar lo suficiente o lo que necesitas para sentirte cómodo. Aunque pueda impresionarte de inicio con sus conocimientos sobre literatura, cine, mitología o psicoanálisis.

Un buen terapeuta, contrariamente, antes de tomar la palabra y buscar protagonizar el diálogo, buscara estimular que te expreses y describas lo más posible tu problemática. Querrá enterarse de principio a fin y con sumo detalle de cuál es tu situación y en qué consiste, con pelos y señales, tu problema.

Más que buscar tener la palabra, te formulará preguntas, buenas preguntas.

En conclusión, fíjate no en cuánto sabe tu psicólogo, cuántos conocimientos tiene, cuántas películas ha visto y lugares ha recorrido, sino en cómo te mira, qué tipo de preguntas te hace y qué interés muestra por ti. La terapia es una actividad investigativa y el verdadero terapeuta indagará sin descanso en tu historia y tu vida antes de dar su opinión y ponerse a hablar. Una terapia no es una ida al cine para conocer las aventuras del experto ni mucho menos una conferencia informativa para que el terapeuta se luzca con todo lo que sabe. La terapia debe ser una actividad completamente enfocada en ti.

Una mermada capacidad de escucha puede indicar que quizá quien necesita más la atención psicológica es el profesional que sólo desea hablar y no escuchar, y no tú.

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El respeto va de la mano con no hablar más de la cuenta y no imponer sus puntos de vista y opiniones sobre sus pacientes.  Aléjate lo más rápido posible del terapeuta que pretenda sobrepasar la relación profesional contigo: invitarte a salir, invitarte a su casa, o querer ir a la tuya. Obligarte a hacer algo que él considera que te serviría pero a ti te incomoda o va contra tus principios y valores.

Aquí el objetivo terapéutico está perdido desde hace tiempo, nunca existió, y su interés no es tu salud ni bienestar, sino, probablemente, su placer o deseos personales.

Por otra parte, un buen terapeuta jamás dice a alguien directamente lo que tiene o debe hacer.

Un pésimo terapeuta es el que te dirá de inmediato lo que debes realizar o decidir, llegando a conclusiones rápidas, fáciles y  demasiado directas sobre tu situación.

Observa que además de escucharte no trate de obligarte a hacer lo que cree correcto. Sino que deberá brindarte una gama de posibles soluciones, primero sugiriéndote interpretaciones alternas de tu problemática y después otra gama de posibles soluciones.

Jamás deberá decir: “haga esto.. o debe hacer aquello…”

Un buen terapeuta más bien tenderá a seguir, más o menos el siguiente esquema (aunque no es obligado, si te es útil, reflexiónalo y aplícalo):

  1. Escucharte con calma, paciencia, sin interrumpirte.
  2. Indagar concienzudamente, de principio a fin, sobre tu situación y el origen de tu problema.
  3. Formular preguntas tranquilas, pertinentes que te permitan conocerte y al mismo tiempo te ayuden a entenderte a ti mismo.
  4. No tratará de cambiar tu punto de vista, si no que te brindará una gama de interpretaciones alternativas de tu problema, tras identificarlo, que podrán ser de dos a tres y te permitan elegir por tu propia cuenta la que más te satisfaga para explicarte lo que te pasa.
  5. Con respecto a las soluciones a tu problema, tampoco te las dará como sacadas de un recetario de cocina, sino que igualmente te presentara una serie de opciones entre dos y tres de las que puedas elegir una o dos con las que del mismo modo te sientas cómodo. Jamás imponiéndote, ni mucho menos obligándote a que te inclines por una u otra con la que él se quedaría.

El emperador de todos los pájaros (Una leyenda del Occidente de México)

Cenzontle

 

Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga…

y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.

(Alfonso Reyes -Quédate Callado)

 

 Por: Adán de Abajo

 

Dedicado a mis alumnitos y a mis compañeros profesores de la Colonia Jalisco  y Tonalá. Con muchísimo cariño y agradecimiento.

 

A la orilla de la Barranca de Huentitán, en la arbolada del patio que embellecía la escuela primaria Agustín Yáñez, las aves se arremolinaban todas las mañanas sobre las ramas, acompañando con sus cantos y trinos la entrada de los estudiantes entre  las 7:45 y las 8:00 AM.

Estaban las calandrias: raras en sus visitas, engreídas, escandalosas y mitoteras, pero elegantes de plumaje. Bastante glotonas ante la gran variedad de frutos que abundaban en el jardín: capulines, granadas, huamúchiles, limones, naranjos, etc. Estaban los tordos: feos pero alegres, las conguitas con sus ojitos hermosos y diminutos, las primaveras con su canto hipnótico y bello, las palomas de alas pintas, provenientes de lo más profundo de la barranca. Había zanates y ticuces, llamados así desde antes de los españoles  por su intenso color negro en el plumaje y su sinuoso canto. Estaban el cardenal y los gorriones, muy apreciados por su trinar, los agraristas, un poco menos agraciados que los anteriores pero simpáticos al fin y al cabo.

Por último se encontraba el cenzontle, llegado desde lo más recóndito de la barranca y de sus cañones. Conocido como el mil voces, quien era el emperador de todas las aves y ocasionalmente concedía el honor de visitar el jardín de la escuela. Amado y protegido por reyes indígenas desde épocas inmemoriales, adorado y codiciado. Deleitando a los niños, profesores, padres de familia y al resto de las aves con su concierto multisonoro que no era tan frecuente.

Varios años atrás, los pájaros hicieron un pacto con los niños de la escuela para que estos no volvieran a arrojarles piedras ni a trepar sus árboles para coger sus nidos ni sus polluelos. A cambio, los plumíferos tendrían a los árboles completamente libres de insectos dañinos y plagas que pudieran ponerlos en peligro.

Así vivieron varias décadas en armonía: las aves dedicadas a su canto y a alimentarse de los frutos e insectos que se daban en los árboles, y los alumnos a estudiar sin molestarles.

Hasta que comenzó a aparecerse Juanito por los pasillos y los rincones de la primaria. A veces lo veían los niños en los bebederos, otras rondaba los baños de niñas al inicio de la jornada. Sus apariciones eran cada vez más frecuentes, vestidito con su uniforme azul y la camisa blanca, con cara de “yo no fui”, al igual que cualquier alumno.

Todo entro en severo caos cuando la señora que hacía el aseo por poco se infarta al encontrarlo de repente a la salida de la dirección. Y lanzó un chillido histérico que hizo salir a todos de sus salones. Juanito parecía gustar de sorprender y hacer entrar en pánico a niños y adultos.

Los pájaros notaron que los estudiantes y los maestros estaban cada vez más alterados y asustados, que cada día ponían menos atención a sus cantos y algarabías. Mucho menos a sus clases y tareas. Las maestras se encontraban nerviosas, susceptibles e irritables. Los emplumados dejaron de concurrir el jardín y partieron  hacia otros sitios de la barranca en busca de comida y refugio.

Un buen día, un par de calandrias chismosas osaron posarse sobre una de las palmas que había en el jardín, nada más por satisfacer su morbo. Comentaban y cuchicheaban lo que había sucedido con aquella arbolada y con aquel jardín que otrora habían sido tan alegres y tan plenos de aves de diversos tipos.

En eso vino el cenzontle, quien las escuchó al vuelo y las calló con su poderoso y bellísimo canto de mil pájaros a la vez.

El concierto que dio el emperador de la barranca fue de tal potencia y hermosura en aquella ocasión, que los niños dejaron de estar atemorizados y las maestras se relajaron. Un centenar  de seres emplumados retornaron, atraídos por su monarca, eligiendo el jardín como su sitio predilecto. Y de Juanito no volvió a verse ni a comentarse nada jamás.

El cenzontle terminó su concierto ante el buen ánimo general de personas, aves y árboles. Se aclaró el buche y antes de retornar a los confines de la montaña, de donde había emergido, atinó a decirles a todos, pero sobre todo dirigiéndose a aquel par de calandrias entrometidas y alborotadoras:

 

-¡Alguna vez viví como niño… y estudié en esta escuela! ¡Pero ya me fui para siempre!

 

 

Allen Ginsberg emprende su primer viaje astral

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Nuestros peludos y desnudos cuerpos de logro
que crecen para transformarnos en dementes girasoles
formales en el ocaso…
(ALLEN GINSBERG -Sutra del Girasol)

 

 

Un medio día de estío, el poeta yacía desnudo en su diminuto departamento  de Brooklyn al lado de su amante. Los dos con patillas nutridas, los cuerpos velludos de ambos, tendidos tras el éxtasis sexual definitivo.

Una mosca vino a posarse en el culo  aún húmedo de su novio, atraída por restos seminales no muy lejanos. Luego aterrizó  sobre su miembro, él le tiró un manotazo y casi la atrapa en el aire cuando intentaba huir.

Entonces decidió que ese era el momento de conocer por fin el Nirvana y alcanzar el Despertar.  Relajó su cuerpo al máximo y cerró sus ojos, dispuesto a entrar en un trance profundo, en esta ocasión sin el auxilio de ninguna sustancia enervante. Fue sumiéndose lentamente en el silencio de la meditación conforme sus músculos se aflojaban, se hundió en tal estado que creyó dormir.

De pronto se encontró en medio de un supermercado en donde continuaba desnudo, al igual que el resto de los clientes y comensales. Reflexionó un momento mientras echaba un ojo a los culitos al aire de los chicos que acomodaban las verduras y descubrió, medio escondido, a Walt Whitman, quien sin que nadie hasta ahora lo viera, se deleitaba las pupilas ante el espectáculo de nalgas morenas y blanquecinas desfilando, y bolsas rosadas de escrotos sacudiéndose acompasadas.

Al viejo Barba-gris le molestó que lo sacaran de su anonimato y lo descubrieran en pleno éxtasis contemplativo, pero al final acepto intercambiar dos o tres frases con Ginsberg, quien era un gran admirador suyo desde la infancia.

-¡Son ángeles, no hables demasiado fuerte!

Sentenció el viejo de la barba clara, dirigiéndose al poeta barbudo más joven.

En la apariencia todo aquello era similar a cualquier otro supermercado de Nueva York al que anteriormente hubiera ido a comprar víveres  y cigarros, a excepción de que todos se encontraban desnudos y nadie parecía realmente comprar nada.

-Observa…

Insistió Whitman. Cerca de ellos, tras una pila de latas de sardinas en salsa de tomate parecía ocultarse otro poeta, deseoso de no ser descubierto, avergonzado  de su desnudez y observando con deseo y locura los glúteos angelicales que ellos también admiraban. Era García Lorca.

-¡No me gusta esta América de hoy en día…!

Gruñó Barba-gris. Luego se alejó.

 

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De pronto Ginsberg ya no se encontraba en un supermercado sino a la orilla del puerto de Nueva York y a su lado ya no estaba Whitman, sino Jack Kerouac, su amigo entrañable quien muriera hace no mucho.

-Estuve en tu tumba Jack… Fuimos hace poco Dylan y yo, con su guitarra…

Atinó a pronunciar tembloroso, con mucha nostalgia, pena y cierta culpa por seguir vivo aún.

El diestro novelista se limitó a sonreírle y señalar con su dedo un girasol que crecía en plena orilla del puerto. Ginsberg observó  que no era una flor común y corriente, sino que se encontraba extrañamente viva y luminosa. Era un pequeño sol en sí misma y este conocimiento le pareció al poeta toda una revelación.

Cuando menos acordó, Whitman y Kerouac ya iban a bordo de un modesto carguero, similar a los que se utilizaban en el puerto para remolcar cacharros  y basura. Ginsberg pensó que esa debía ser la apariencia actual de la barca de Caronte.

Su pequeño girasol comenzó a arder y girar con tal intensidad, que aquella luz lo llevó de regreso  a su cama junto a su novio en el  apartamento.

-¿Qué te pasa, querido?

Musitó una voz varonil y afectuosa.

Y el poeta se encontraba preso de tal emoción y de una sonrisa gigantesca y hermosa. Sabiendo que a la próxima vuelta de aquella barcaza en el puerto, quizá él sería el próximo pasajero

Juan José Arreola se embarca con Fausto de Milevo en Cartago

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Sinesio de Rodas aceptó el Paraíso
 tal y como fue concebido por los Padres de la Iglesia,
 y se limitó a vaciarlo de ángeles…
 (Juan José Arreola -Confabulario)

 

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Frente a las puertas del Cielo, San Pedro concedió un último deseo al escritor, antes de decidir si le abriría definitivamente la ansiada cerradura celestial, codiciada por tantas almas penantes, o si lo retrotraería en cambio de un palmo, hacia la frialdad y la desolación absolutas del Purgatorio por algunos cientos de años como penitencia.

Ante aquella oportunidad pocas veces concedida a los humanos, Arreola solicitó de inmediato regresar a la Tierra, pero en la Edad Media. Precisamente en los tiempos en que Agustín de Hipona se enfrentó en legendario combate de conocimientos al temido obispo Fausto, representante de la Iglesia Maniquea.

La solicitud le pareció extrañísima y sospechosa al santo. Sólo después de meditarlo durante largo rato mientras observaba las cejas pobladas y los ojillos vivaces del poeta, temiendo ser objeto de un engaño o una broma, resolvió que a Dios Padre para nada molestaría la presencia de un sencillo escritor mexicano  en el Norte de África en tiempos del Medioevo con el fin de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo resultaba una aspiración bastante loable la búsqueda de la verdad y el conocimiento en sí mismos, así como la consecución de objetivos científicos y culturales. Así es que accedió no sin antes lanzarle una advertencia que más bien parecía regaño:

-¡Ten mucho cuidado hijo… ! Sobre todo con los trucos que puedan ofrecerte los detentadores de la fe maniquea. Pues aunque nos hemos esforzado por silenciarlos y mantenerlos en el exilio, los gérmenes de su dialéctica infecta aún resuenan en algunos rincones del Universo, causando un eco nada grato…

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San Agustín no encontró nada sencilla la tarea de vapulear y ridiculizar a Fausto, aunque la mayoría de los historiadores de la Iglesia digan lo contrario. Fausto era célebre por su discurso sencillo, directo como proyectil arrojado por honda númida, pero convincente y definitivo. Utilizaba las palabras de la gente del pueblo para comunicar ideas bastante complejas. Logrando conectarse con la gente mediante su inmenso carisma. No era tan conceptual ni tan erudito como el otrora discípulo suyo: Agustín, a quien había entrenado él mismo, ahora convertido en enemigo de los maniqueos. Pero era honesto, sencillo y poseía mucha experiencia como orador y predicador a todo lo largo y ancho del Mediterráneo. Agustín por su parte tenía una mente filosísima, había leído casi todos los libros escritos en su tiempo y sabía expresarse en varias lenguas africanas y europeas.

Arreola recordó que algunos de los biógrafos del santo decían que era impotente sexual desde hace algunas décadas y que en lugar de entregarse al sexo desenfrenado como hizo en su juventud, se había vuelto una biblioteca parlante.

Fausto era bastante claro y convincente: su idea de armonizar el bien con el mal y darle un sitio a los demonios en el Firmamento y entre las huestes de Nuestro Señor resultaba sumamente tentadora. Con ella se resolvían  de manera práctica una serie de antiguos debates entre la Iglesia Católica y las sectas desviacionistas como la que él encabezaba. Disolviéndose también de manera automática el milenario conflicto librado en el corazón del hombre entre el bien y el mal.

Diablos, íncubos y chamucos se situaban entusiastas del lado maniqueo, cifrando en el obispo todas sus esperanzas. El arcángel Gabriel lideraba a un séquito de seres de luz quienes apoyaban desde luego a Agustín.

El escritor encontró difícil desde un inicio situarse de un lado u otro de la contienda argumentativa. Los ángeles le vigilaban, celosos e inquisitivos por órdenes de Pedro.

Al principio los luciferinos gritaban loas y hurras en apoyo al obispo, lanzando chiflidos e improperios a su oponente. Pareciendo que el encuentro sería ganado por Fausto y que ellos obtendrían al fin el reconocimiento y la credibilidad absoluta de sus actos impíos. Pero de un momento a otro San Agustín cayó la boca del obispo, paralizándolo con el libre albedrío y dando a los humanos la posibilidad de elección entre lo bueno y lo no tanto. Independientemente si existían o no ambos al mismo tiempo.

Las huestes de Luzbel se diseminaron decepcionadas y derrotadas, temerosas de un ataque por sorpresa por parte de los ejércitos de Gabriel, quienes no dudarían en aprovechar que se encontraban reunidas todas en ese momento. San Agustín había triunfado.

Fausto lució algo cansado, de pronto parecía haber envejecido décadas en tan sólo tres cuartos de hora. Unos cuantos seguidores que no sumaban más de diez, se precipitaron a prestarle ayuda cuando parecía desvanecerse al descender por unas escaleras. Recogieron sus libros y sus pocas pertenencias, marchando hacia Cartago con los pies descalzos, empobrecidos y derrotados.

Un par de angelitos a quienes fue encomendada especialmente la custodia del alma de Arreola, parecían tan absortos con los resultados del debate, que apenas se dieron cuenta cómo ocurrió aquello. Revolotearon como gorriones desesperados en medio de un incendio, temiendo la ira de su patrón Pedro, quien los castigaría sin dudas por no cumplir su cometido.

Todo ocurrió sin que aquellos seres de luz se apercibieran. Primero notaron la ausencia del escritor entre las filas de los angelicales. Buscaron por todo el Norte de África: ¡Una importante alma de un literato se les había fugado…!

Más adelante, demasiado tarde ya, descubrieron los ojillos inteligentes y risueños, embarcándose entre los últimos 8 o 10 que junto con Fausto, se perdían en la inmensidad del mar para siempre.

Pedro Juan Gutiérrez entona boleros en un mercado de México

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Y sí. Volvimos a la basura al día siguiente. 
De todos modos, me parece que trabajamos por gusto.
Ahora veo más locos y mendigos en la calle.
Parece que se reproducen como conejos. 
Por todas pares uno los ve cochambrosos, borrachos. Hablando solos.
(Pedro Juan Gutiérrez -Sabor a Mí)

 

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Randy llena la cubeta de agua en los depósitos que se encuentran a la mitad de la calle. No hay pavimento y los drenajes descargan debajo de las banquetas sobre los pies de niños descalzos y perros famélicos. Transporta el cubo hasta su cuarto de azotea en el séptimo piso del multifamiliar y lo vierte en los tanques que tiene en su techo, es el viaje número cuarenta y dos que realiza desde la calle hasta su casa esta mañana. La espalda y el hombro se lo reclaman. Sus vecinos, también habitantes del edificio, deben realizar la misma acción si quieren tener el líquido en sus habitaciones. El Municipio únicamente les conecta el servicio de agua potable una vez a la semana, a veces a la quincena.

Randy aprovecha la ubicación de su único cuarto donde vive con su familia para recolectar agua de la lluvia en varios botes grandes de plástico y ahorrarse, aunque sea una vez al año, el trabajo de subir las cubetadas a lo largo de los casi doscientos escalones. Pero aunque se encuentra en mitad del verano, no ha llovido desde hace semanas y no le queda más remedio que levantarse a las seis de la semana y acarrear el agua para que no le falte a sus seres queridos antes que él se vaya a trabajar.

Le gusta criar palomas y gallinas, a un lado de su cuarto tiene dos palomares repletos, también tiene tres perras de pelea y un gato. Junto con su esposa está criando dos niños: una pequeñita y un varoncito que aún son bebés. Por lo que debe subir muchos baldes de agua cada dos días para cubrir las necesidades de su familia y sus animales.

Luego está el viacrucis para llevar cada día el pan a tantas bocas. Su situación económica estaría peor de no ser por los apoyos del gobierno federal que consiguió su esposa Alondra, gracias a los cuales sus bebés pueden gozar de varios litros de leche y una despensa algo variada que les llegan tres veces por semana todo el año.

Randy y Alondra son sobrevivientes de tiempos muy duros juntos, su relación parece estrecharse con el tiempo, a pesar de las crisis económicas y las frecuentes gripes de los niños.

Tras llenar los tres contenedores grandes de agua y beberse una taza de café con leche y un pan, se cuelga la vieja guitarra de cedro rojo y besa a Alondra. Los niños se precipitan a rodearlo por el cuello en un abrazo conjunto y le truenan repetidos besitos en las mejillas. Para luego retornar corriendo frente a la pantalla plana que también les regaló el gobierno donde tienen conectado su DVD, una de las mayores posesiones de la familia. Alondra los entretiene en las vacaciones con todas las películas de Disney a falta de televisión por cable, pero añora que las clases en el kinder reinicien pronto porque le es difícil mantenerlos sin aburrirse todo el día. Las perras lo despiden igualmente animosas con un exótico movimiento de rabos y caderas, las lenguas de fuera, sonriéndole.

Randy desciende las escaleras del edificio silbando, guitarra en la espalda y bolsa de canguro a la cintura donde guarda las monedas que se gana en el día. Buscando enfrentar la monstruosidad de la urbe y dispuesto a seducirla con su canto y sus acordes a toda costa.

Ese día Alondra luce más hermosa que de costumbre, más mujer, o él siente quererla más de lo que siempre la ha querido desde que la conoció aquella tarde en que ayudó a su hermano a llevar serenata en una de las vecindades del Centro. La realidad es que ella sospecha encontrarse encinta por tercera vez, aunque no ha podido corroborar sus presentimientos ni rebelárselos a Randy.

2

Tres mercados de la ciudad recorridos de punta a punta cantando y rascando su guitarra y casi trece camiones del transporte público utilizados como escenarios para su música. Su bolsa en la cintura se encuentra algo llena, ha cumplido sobradamente su cuota del día. Después de casi ochenta boleros y una veintena de rumbas, guapangos, rancheras y sones casi sin repetir una sola pieza, entonados a lo largo de la mañana sin descanso. Se siente satisfecho y de tan buen ánimo como para solicitar una cerveza para acompañar los tacos de hígado encebollado y moronga con que se premiará su dura jornada de trabajo.

Lejos están los días cuando tocaba en la orquesta de la Facultad de Pedagogía, de la que también era estudiante. Antes que estallara la huelga de maestros y él se pusiera del lado del grupo disidente. La huelga sería quebrada. Pero a él lo expulsarían en el último semestre, antes de poderse graduar, echándolo también de la orquesta y perdiendo su sueldo semanal. Para entonces Alondra ya esperaba a su niña más grande.

Desde entonces Randy intentaría toda clase de oficios mal pagados para cubrir los gastos de su joven familia, terminando sus días como músico callejero, que al parecer es lo que mejor le sale, con lo cual no le va al fin y al cabo tan mal.

3

Decide regresar a su casa para pasar el resto de la tarde con sus hijos y su esposa. De pronto descubre la cabeza calva y brillante del escritor, los brazos musculosos expuestos por la camisa sin mangas, la sonrisa enorme. Sabe cómo es, lo conoce de las fotos en las contraportadas de sus libros. De él leyó una trilogía sabrosa, cachonda y majadera, muy bien escrita, y un bellísimo libro de relatos que tiene el título de un bolero de Álvaro Carrillo.

-¡Me sé “Sabor a Mí”!

Le grita Randy a Pedro Juan.

Al escritor cubano le encanta que lo reconozcan, sobre todo la gente sencilla en medio de un mercado como este, a donde le agrada  ir a comer birria de chivo con tortillas a mano cada que se encuentra de visita en la ciudad.

-¡Pues dale muchacho!

Sentencia el escritor con buen ánimo, incitándolo a rascar su maltrecho y experimentado instrumento de cuerdas.

Randy se luce con el requinto y le exprime sus mejores notas. Luego trata de agradarlo con una hermosa interpretación de “Nosotros” y “Vete de mí” de su paisano: Bola de Nieve. Sabe que a Pedro Juan le gustan los boleros. Leyó casi todos sus libros cuando estudiaba Pedagogía y acariciaba el deseo de volverse escritor y maestro revolucionario. Pero de esos años y de aquellas tardes transcurridas leyendo, tocando la guitarra para Alondra con tanta ilusión, ha llovido ya. A veces se siente abrumado con tantas responsabilidades de adulto y presiente que su vida anterior como músico de la orquesta y estudiante la vivió otra persona, ya muerta.

4

-¡Siéntate hermano!

Le convida el escritor, pidiendo a la mesera dos cervezas, dispuesto a devolver y recompensar la gran amabilidad del músico.

Randy anhela vomitarle un mundo de palabras y emociones, compartirle cuánto lo ha leído y disfrutado sus libros. Pero la situación lo sobrepasa. Escuchó en días previos que habían invitado a Pedro Juan a una feria municipal del libro a dar una conferencia, más nunca imaginó encontrarlo desayunando en medio del Mercado Corona.

Va a decirle algo, no sabe con exactitud qué, pero en lugar de frases, le brotan lágrimas y llantos. Se encuentra emocionado de conocerlo y deprimido sin saberlo desde meses atrás. Así es que al encontrarse frente al cubano , su corazón no logra contenerse, ablandado con el par de cervezas que llevaba encima.

Pedro Juan se siente conmovido ante el joven músico.

-¡Mira hijo, no llores, no es para tanto, no hay nada que no tenga solución…! ¡Mejor cántame otra vez “Sabor a Mí”!

Le dice casi paternalmente a Randy.

Y el bolerista se desboca sobre el requinto con toda el alma, secando unas lágrimas y entonando con la poderosa caballería que le sale por la garganta y que no es poca.

Pedro Juan se pone también melancólico y alegre a la vez. Pide otro par de cervezas y enciende un habano. Comenzándolo a acompañar con una voz de barítono nada desdeñable. La multitud en el Corona guarda silencio para escuchar a los dos trovadores.

5

Al momento de despedirse Pedro Juan le entrega varios billetes de dólares como propina y abraza al muchacho como a alguien de su familia. Él también trabajó interminables años en las calles del  Centro de la Habana, vendiendo helados y toda clase de chucherías para sobrevivir.

Randy regresa en tren ligero en silencio, presa de múltiples emociones, listo para contarle a su esposa todo lo que ese día le  ha pasado. Por su parte, Alondra le tendrá la confirmación de una noticia que es más que evidente desde semanas atrás.

Gregory Corso contempla un tigre en el Zoológico de Chapultepec

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1

Sus ojos eran opacos y la mirada de muerte. El espíritu emigró lejos del cuerpo desde hace tiempo. La boca entreabierta, abandonada a sí misma, mostraba un colmillo astillado con el que otrora derribó y descuartizó  grandes presas en las planicies africanas.

El poeta se encontraba ubicado del otro lado del enrejado, tras una valla de alambres y arbustos y de un foso con agua pestífera que separaba la jaula de los visitantes. Algo se retorció en su estómago y aguijoneó su pecho. Un sentimiento inmisericorde. Nostalgia por sus varios años de condena en dos de las prisiones más violentas de los Estados Unidos cuando aún era menor de edad. Dolor ante un ser que ni siquiera anhelaba ya la libertad, sirviendo de diversión a niños y adultos quienes eran incapaces de entender porqué estaba ahí. ¿Porqué terminó sus días confinado en un exhibidor de bestias si nació libre y anduvo, recorrió, cazó y se reprodujo a su antojo?

En la cárcel conoció a muchos convictos quienes se hacían cuestionamientos semejantes.

Gregory Corso desconocía si el felino dormía o estaba en algún tipo de trance. Los cuencos mortecinos se dirigían con indiferencia hacia el vacío, sin importarle la prisión que le rodeaba ni los mirones que no le quitaban los ojos de encima. Mucho menos aquel  poeta, considerado el más joven de los escritores beats, quien lo estudiaba con detenimiento y se esforzaba en vano en reconstruir su vida anónima.

El escritor ladeó su rostro para intentar colocarse dentro de los ojos del tigre y mirar lo que estaba mirando. Hizo un enorme esfuerzo de atención y concentración en la bestia, intentando ubicarse dentro de su perspectiva de animal cautivo. Unas gotas de sudor rodaron por su frente, su corazón comenzó a latir a toda máquina.

Por un segundo tuvo la certeza de que el felino ya no respiraba.

 

2

Llegó desde Nueva York haciendo autostop junto con su mejor amigo, el gran poeta beat: Allen Ginsberg. Acababan de recorrer juntos casi todas las universidades estadounidenses y algunos países de Europa leyendo alocados y vanguardistas versos, organizando performances y siendo protagonistas de duraderas fiestas. Ginsberg lo desenterró de un bar de lesbianas en San Francisco, donde trabajaba como cuidador y escribía poemas sobre una mesita en sus ratos libres. Quiso ligárselo desde un inicio y fracasó una y otra vez. Empero, se hicieron enormes amigos y compañeros de viaje. Recién terminaba una condena de tres años por robo en la frontera con Canadá, donde conoció a los más temidos mafiosos italianos, quienes lo acogieron y patrocinaron sus estudios autodidactas en la biblioteca de la prisión.

En Ciudad de México se reunieron con Jack Kerouac, el cual muy pronto los abandonaría para recorrer Europa y Marruecos, dejándoles abierta la invitación de reencontrarse con él en el Norte de África, donde los esperaba el padre de todos los beats: William Burroughs.

Gregory Corso logró apreciar las cualidades más íntimas de la piel del felino: las comisuras de donde brotaban los bigotes, el tono amarillento de los dientes desgastados, la sinuosidad con la que sus rallas negras surcaban la piel rojiza y majestuosa a pesar de los años y el cautiverio.

Estaba haciendo un profundo estudio de todos sus detalles fisiológicos y psíquicos, diseccionando su anatomía y su espíritu.

En prisión, el escritor estuvo a punto de ser violado en las regaderas, hasta que un gorila de Lucky Luciano le salvó el culo al defenderlo y despedir a sus agresores. Quedando con esto comprometido definitivamente con la mafia italiana. Le presentarían al Padrino: Lucky, quien lo recibiría como a un hijo y lo adoptaría igual que a mascota. Incitándolo a que leyera y escribiera, aprovechando las largas horas en la prisión.

3

El sonido metálico del candado de la jaula sonó. Un cuidador del zoológico arrojó los despojos de un aborto de becerro. El animalito casi palpitaba todavía, probablemente habría sido sacado apenas hace un par de horas del vientre de su madre, sacrificada en el matadero. Una tensión desgarró el aire y el ambiente como un cuchillo muy fino, como los colmillos casi en hoz del felino.

Cierta cantidad de gente al rededor de la jaula y en torno a Corso se congregó, a la expectativa de lo que haría el gran depredador con el becerro. Todos querían un espectáculo. El poeta se sintió compadecido, ahora por el pequeño bobino. Molesto contra aquel publico bestial que añoraba ver sangre.

Su primer libro se lo patrocinaron sus amigos de la Universidad de Harvard, en donde transcurrió un par de años haciéndose pasar por estudiante, durmiendo en los apartamentos de sus compañeros, colándose en el comedor tres veces al día, seduciendo a las muchachas, escribiendo poesía y obras de teatro, devorándose sin piedad la biblioteca completa, metiéndose de oyente a las clases sobre literatura y filosofía grecolatinas. Hasta que no fuera descubierto por el decano y este desistiera de echarlo cuando leyera su bella obra. Convirtiéndolo en un poeta visitante.

El público ni siquiera se dio cuenta cómo ocurrió. En un instante en que los niños y las señoras ya estaban gritando asustados y los varones y muchachos decían “¡Oh!”. Y el poeta se precipitaba a  extraer su libreta del saco de terciopelo para tomar apuntes mientras parpadeaba.

El tigre se incorporó de un saltó, apoderándose del cuerpo entero de la trémula cría, para trepar en otro segundo imperceptible a su nido fabricado con troncos por sus cuidadores,  masticándolo a placer hasta convertirlo en nada.

 

 

 

 

Jiddu Krishnamurti: La Muerte del Observador

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Han de crear ese orden en sí mismos.

es lo primero que deben comprender,

que no pueden pedirle nada al otro,

excepto la comida y el techo.

no pueden pedirlo ni esperarlo de nadie,

ni de sus dioses, ni de sus gurús.

 Nadie puede darles libertad y orden.

Así es que deben descubrir cómo producir ese orden dentro de ustedes.

 

(JIDDU KRISHNAMURTI –La Educación)

 

1

Casi siempre sus escuchas y seguidores eran extranjeros, más que nada de origen europeo o norteamericano, los menos consistían en orientales de castas elevadas y clase social alta. Principalmente indios, nepalíes, chinos y sirios provenientes de familias acomodadas.

Ese verano lo pasó en el norte de la India, en un valle empobrecido donde se elevaban penosamente una serie de chozas de campesinos demasiado humildes: criadores de búfalos, cultivadores de arroz e índigo.

A pesar de su austeridad y de lo famélico de sus habitantes, la belleza de los bosques y campos en derredor era fastuosa.

En el centro del valle, al pie de unas montañas bellísimas, se erigía una escuela para niños y adolescentes sustentada por una fundación que llevaba su nombre. Tal como él lo señalara al inicio de sus charlas ese día, hace más de cincuenta años que  visitaba aquel lugar, desde mucho antes de convertirse en un popular orador de  nivel mundial, guía espiritual y maestro. Cuando era apenas un pre-púber  de clase baja que jugaba en las playas y bosques de la India sin preocuparse por nada. Poco antes que los miembros europeos de la Sociedad Teosófica lo encontraran vagando en la costa y creyeran ver en su presencia infantil, la reencarnación del nuevo mesías.

No pasaría mucho antes de que los decepcionara, disolviendo aquella pretensiosa sociedad, donando sus cuentas bancarias a las familias más necesitadas de India y dedicándose para siempre a la reflexión independiente y a la prédica por completo libre de todo credo, iglesia o institución. Decisión que lo convertiría en uno de los personajes a la vez más peligrosos e influyentes del siglo XX. Como él mismo lo señalara: no existe peor enemigo del sistema que aquel que no necesita del propio sistema: quien ha conquistado su libertad interior.

Pero hoy su público constaba principalmente de niños indios, tibetanos y nepalíes, algunos que otros occidentales, asistentes diarios de la escuela fundada bajo su nombre y enseñanzas.

Causaba un fuerte contraste contemplar a los estudiantes bien alimentados y de buen color, aunque también indios en su mayoría, quienes contaban con el privilegio de recibir una buena educación inspirada en la filosofía de vida del maestro que hoy les hablaba, además de sus infaltables tres comidas. En comparación con los escuálidos campesinos, quienes se afanaban desesperados por conseguir el sustento diario para su familia.

Aquella escuela en el Norte de la India estaba financiada con presupuesto de la ONU y de diversas organizaciones europeas sin fines de lucro. Krishnamurti viajaba periódicamente desde su casa en el Desierto de Mojave, en los Estados Unidos, hasta su natal India para dictar conferencias regulares a estudiantes y docentes. Cerciorándose  que en verdad se alentara en aquella institución, no sólo el desarrollo del intelecto, sino el de un espíritu sano, criado en la tolerancia, la sencillez y la pureza interior.

2

Aquella mañana uno de los más jóvenes asistentes lo increpó, sin ningún temor, con una sola pregunta de lo más directa:

“¿Porqué queremos vivir…?”

Su interlocutor tenía apenas seis años.

El resto de los estudiantes y docentes estallaron en risas, mofándose de la candidez del chico, pero molestando sobremanera al maestro con sus burlas.

Este tipo de preguntas que no buscaban darle vuelta al asunto principal y que no se perdían en laberintos ni pretendían ensalzar un ego falso, carentes de toda malicia y presunción, eran las que más gustaban a Krishnamurti. Por ello confrontó al resto de su público, rescatando y valorando en justa medida la intervención del niño.

Le dolía muchísimo que un niño tan pequeño, casi un bebé, se preguntara la razón por la que los hombres quieren vivir. Si alguien hacía esa pregunta, señaló Krishnamurti a sus numerosos escuchas, sobre todo de acuerdo a su corta edad, era porque ya desde entonces le parecía que la sociedad mostraba a sus miembros más jóvenes sus lados más bestiales y monstruosos. Que un niño tan pequeño percibiera el sinsentido de la vida era una cuestión grave, de suma preocupación.

Otros niños lanzaron entonces nuevas preguntas:

“¿Cómo puede acabarse con la violencia, la guerra y los males del mundo…?”

Pregunto ahora otro, unos dos años mayor que el primero.

“Debe eliminar la violencia y el mal que hay en usted mismo. Uno no puede arreglar el mundo ni a los otros si no se ha vuelto él mismo un ser realmente pacífico en primer lugar…”

Respondió Krishnamurti.

Ahí estaba gran parte del núcleo de sus enseñanzas. No era posible buscar ningún cambio en lo exterior, ni político, ni religioso, ni revolución social alguna,  mientras no se procurara un cambio interior primero. Es lo más fácil voltear hacia los males externos, los errores de la sociedad y de los otros. Señalar las desviaciones y vicios de los demás. Lo más arduo y difícil es acceder hacia el interior de uno mismo y erigir un orden interno. Percatándose de las propias bajezas, asumiendo las contradicciones con el corazón. Empero, sin esta calma y paz personales previas, no es posible pensar si quiera en un mundo distinto.

Sin la revolución interior, todos los cambios y movimientos sociales estarían destinados a fracasar o convertirse en potencialmente más nocivos que los regímenes u órdenes viejos a los cuales pretendían desbancar para imponerse.

 

3

Krishnamurti recomendaba en primer lugar ser capaz de borrar al Yo, al Observador incesante del Ego, que lo analiza, reflexiona y categoriza todo de manera sistemática. ¿Es posible eliminar al Observador imparable que vive dentro de nosotros? Se pregunta el maestro indio.

Cuando somos capaces de perdernos y dejarnos absorber por nuestras actividades más sencillas y vivificantes: descansar en un jardín, contemplar la tarde, escribir, cantar, dibujar, acariciar a otro ser: sea animal o humano. Sin estar más que simplemente realizándolas, olvidándose del Ego analítico, del Observador, fusionándose sencillamente con las cosas del mundo, sus sucesos y fenómenos. Entonces se capta algo fundamental de la existencia: la no diferencia entre nosotros y el mundo.  Entonces se está bastante cerca de experimentar aquello que se conoce como la verdad, dios o lo que sea que está más allá de lo personal.

4

Cuando llegó la tarde, a la hora de comer, el maestro se sintió algo acongojado y triste. Pensó en todos aquellos jóvenes, niños y entusiastas profesores antes de despedirse y mirarlos por última vez ese día. ¿Cuántos de ellos no perderían su ánimo y vitalidad en breve tiempo, cuántos no eran ya ancianos por dentro, a pesar de contar apenas con poca edad, debido a la ambición de éxito, a la búsqueda de reconocimiento y ascenso social, a la cual contribuían los sistemas educativos tradicionales con su adoctrinamiento?

Alguien le hizo una última pregunta, muy certera y precisa, bastante ad hoc con sus últimas y silenciosas reflexiones. Era una niña:

“ ¿Porqué tememos la muerte…?”

“Tememos a la muerte física, porque en el fondo nos aterra la muerte del Ego, que es el fin del dejar de pensar. Si pudiésemos silenciar al observador o al Ego, no temeríamos la muerte, porque conoceríamos desde antes la eternidad… Veríamos que la muerte no existe…”

Respondió el maestro, sereno.

Al finalizar la última sesión de preguntas, los chicos corrieron porque era la hora de la comida. Olvidándose de sus enseñanzas por el momento.

Krishnamurti contempló las montañas y los bosques que rodeaban la escuela. Un silencio sin nombre lo regocijó, siendo su principal alimento de aquel día.

Bukowski era un Buda

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1

Cass era mitad india navajo y mitad irlandesa. Tenía los ojos verdes, la piel trigueña y el cabello muy negro. Una mañana encontró al viejo Bukowski tomando una cerveza y escribiendo un poema tras otro sobre servilletas de papel en la barra solitaria de un bar.

-¿Porqué no me invitas una cerveza?

Le gritó desde el otro lado del salón, interrumpiendo su trabajo.

-¡Soy Henry Chinaski…! Por si te interesaba…

Respondió aburrido el poeta.  Muchas eran las chicas que se le acercaban con la esperanza de beber gratis a sus costillas, o de interesarlo con sus tristes vidas para ver si las convertía en personajes de sus cuentos y novelas.

Cass se dejó caer sobre el sillón que estaba a su lado, y Hank descubrió que no sólo era bellísima. En sus ojos y su rostro de ángel  había un poco de inocencia y sinceridad, pero sobre todo un mucho de locura.

Esto lo fascinó.

Llevaba un vestido de seda casi transparente, muy pegado a su cuerpo esbelto de gacela. Hank presintió sus caderas delicadas y unos pechos como cisnes diminutos que rosaron su hombro. Cass no llevaba ropa interior debajo.

En la cama descubrió sus múltiples cicatrices en las muñecas, antebrazos y garganta. Algunas realizadas por clientes maniáticos sexuales. La mayoría trazadas por ella misma a punta de navaja.

Unas lágrimas asomaron de los viejos párpados de Hank. Se estaba enamorando poco a poco de ella. Cass era hiperactiva, se entregaba enterita a él: le hacía el amor sin pedirle nada a cambio, cocinaba deliciosos platillos, cortaba el cabello y diseñaba sus propios vestidos para ella y sus amigas.

2

Nuevas lágrimas brotaron de los hinchados párpados de Bukowski-Chinaski. Al abrir recostado en la cama de su ruinoso apartamento en un suburbio de Los Ángeles, la carta donde se le informaba sobre la muerte de uno de sus amigos de toda la vida. Ramón Vásquez, el actor jubilado, apareció muerto en la sala de su mansión en Mohave. Un par de hermanos: Linconl y Andrew, ex militares desempleados y buenos mozos tocaron el timbre de la casa de Ramón. Conociendo de su gusto por los muchachos de tipo atlético, le ofrecieron sus servicios sexuales a cambio de unos sándwiches y tragos. En cuanto ingresaron a su casa lo maniataron y torturaron, forzándolo a que les rebelara el escondite donde presuntamente se encontrarían sus dólares y joyas. En un momento dado, cuando se dieron cuenta que Ramón no poseía nada de lo que buscaban, lo violaron y procedieron a arrancarle su miembro con un gancho, dejándolo morir desangrado en la madrugada.

Hank estalló en sollozos incontrolables, él y su viejo amigo Ramón se conocieron en el hipódromo, eran apostadores empedernidos. El actor intentó seducirlo las primeras ocasiones, renunciando al darse cuenta que Chinaski no cedía ni un milímetro. No tenían nada en común, aunque a Bukowski le agradaba la manera absolutamente transparente con que se relacionaba Ramón, sin negar en lo más mínimo que se lo quería coger a cada momento. El actor jamás se compadecía a sí mismo y esto encantaba al poeta, además de aguantar largas jornadas de bebida juntos sin parar.

Cass lo abrazó para consolarlo, acallando sus sollozos con sus senos desnudos y diminutos, precipitándose a montarlo de un golpe con sus caderas habilidosas.

3

Bukowski cerró sus viejos párpados extenuados. Eran muchas las penas que aquejaban un tiempo su corazón. para luego dejarlas partir a través de su espíritu impecable, sobreviviente de treinta años como empleado del Servicio Postal Norteamericano e innumerables palizas por parte de su padre cuando niño y adolescente. Llevaba semanas sin tener noticia de Cass, hasta antes que el dubitativo cantinero  le rebelara no sin hacer cierto esfuerzo: “…siento mucho lo de tu amiga…”.

Hank pensó de inmediato en las cicatrices de su garganta e ingle. Por fin lo consiguió la muchacha. Era violenta y amorosa, demasiado impulsiva, sobre todo cuando se liaba a golpes con sus clientes  menos apreciados o trataba de matarse a cuchilladas.

Tan sólo un mes antes Chinaski le propuso que se fuera a vivir con él. Pero Cass se negó.

“…Un par de años de abstinencia sexual…” Pensó, secándose dos o tres lágrimas.

De la misma manera que el escritor Jack Kerouac, Henry no tenía prejuicios ni problema alguno con las indias como Cass, ni con las mexicanas ni las afroamericanas. Lo volvían loco todas por igual. Amaba a los perros y sobre todo a los gatos, de los cuales tuvo bastantes y le dolía mucho, como si fueran sus hermanos, cuando alguien les hacía daño. No tenía ningún problema con los homosexuales, ni con los latinos ni con inmigrantes de ningún género. Llegaba a quererlos a todos ellos y se lamentaba con el mismo dolor por unos y otros cuando partían.

Unos tamalitos, mi amor…

Anciana purépecha con rebozo (Ramón López Álvarez) 3

 

 

El carrito de tamales se desplazó empujado por añejas y trabajadas manos hasta el extremo del periférico. La anciana los preparaba de mole rojo, verde y piña. Llevaba un frasquito con salsa de chile macho, sumamente picoso para acompañarlos.

-Se los compro todos. Le dijo un hombre un tanto nervioso y apurado.

-¡No mi señor! -Respondió ella orgullosa. Si se los vendo todos no voy a tener para mis demás clientes.

-¡Ah qué vieja mamona! ¡Usted es la más ojete de todas!

Y la mujer dejó de mirarlo para atender a otros clientes que aguardaban.

El hombre dio varias vueltas alrededor de su puesto, viendo cómo la gente acababa con los tamales uno a uno, sirviéndoselos con chile casero, crema y queso para acompañarlos.

Cuando ya no le quedaba uno solo de sus suculentos productos, el individuo regresó hacia la mujer, siguiéndola a la distancia mientras ella avanzaba lento, empujando el carrito ya vacío de sus productos.

De pronto, la anciana se dio la vuelta ciento ochenta grados para increparlo:

-¡Muchacho majadero! ¿Porqué me dijiste todas esas cosas…?

-¡¡¡Perdóneme madrecita!!! ¡¡Soy un hocicón!!

La tamalera se quedó meditando, sin dejar de observar al individuo.

-¡Pobrecito mi hijo…! Nomás quería sus tamales. Tenga uno que me quedó aunque sea:

Y saco uno de piña que se había reservado para cenárselo más tarde, ofreciéndolo al hombre con sus manos temblorosas.

-¡No los quiero para comérmelos! Yo lo que quería era ayudarla.

Extendió un puño de billetes que metió con discreción en delantal de la anciana.

-¡Ah ya me acordé de ti. Me robaste cuando estabas chico todas mis ganancias. Después te balacearon y te mandaron al hospital.

Y el hombre se acarició el estómago con nostalgia.