Category Archives: Novela

Ticky

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                                    (Ticky: La cebra-perro, por Domi)

 

Estaba convencida que de ningún modo era una cebra. O cuando menos no por completo. Una parte de ella se identificaba sobremanera con los perros que seguían las columnas de voluntarios quienes acompañaban al ejército en la retaguardia, desde que abandonaran África y cruzaran el Mediterráneo a través de las Columnas de Hércules. Con el fin de unirse al ejército de Aníbal Barca en Hispania y luego marchar con él hacia Italia.

Aquellas gentes se dedicaban a prestar variados servicios a los guerreros africanos: brindarles sexo, afilarles sus espadas, dagas, dardos, pulirles sus armaduras y proveerlos de toda clase de comestibles, con la finalidad de ayudarlos a sentirse aunque fuera un poco, cerca de su hogar. Su labor era demasiado modesta pero indispensable para mantener el buen ánimo de un ejército que viajaría tanto. Se trataba de numerosas familias nómadas de orígenes diversos y mezclados, sin un hogar fijo, dedicados al comercio y también a la rapiña, al final de cada batalla. Llevaban siempre poco más de una docena de perros que los acompañaban, ayudándolos con el cuidado de las cabras y las reses, y como mecanismos de alarma, cuando lobos, coyotes y otros pillos se acercaban con intenciones poco benévolas a su campamento. Los canes prestaban sus oídos y olfatos como radares naturales que podían proteger los rebaños de todo el ejército. Ahí se incluyó Ticky por propia cuenta, para extrañeza de todas las personas que iban en la marcha.

Desde que era un potrillo siempre tuvo el impulso de seguir a los chiquillos y a los perros cuando correteaban en las afueras de los asentamientos humanos, también a los padres de familia que cuidaban de aquellos. Nunca deseo permanecer con su manada en el sur de África.Y es que Ticky era una cebra del tipo borrico, no de la clase de cebras que son más bien caballos. Lo único que poseía de estos últimos era la enorme dentadura y las piernas potentes con las que podía cubrir largas distancias en el menor tiempo a través de las llanuras africanas.

Al inicio la gente la miraba raro, mezclada entre las cabras, perros y bueyes del ejército, ladrando como el mejor perro pastor, cuidando a las ovejas y a las reses para que no se extraviaran. Moviendo la cola a manera de hélice al igual que cualquier can.

Acabaron aceptándola  sobre todo la noche en que Ticky y el resto de la jauría del ejército  se enfrentó con una manada de perros lobo, poco antes de iniciar su ascenso a los Pirineos. Los cuales atacaron el campamento con la intención de cobrar la carne joven de algún carnero o niño de entre los seguidores. Aquella noche Ticky demostró que no sólo era mitad perro, al ladrar y morder con fuerza el lomo de dos depredadores, hiriéndolos, sino que además podía utilizar sus pezuñas para patear y aplastar los cráneos de más de tres carniceros.

Poco después llegó Elisa a su vida. Se acerco la misma noche de los lobos para curar las heridas en sus patas y hocico que le habían propinado los atacantes, untándoselas con grasa de res y hierbas medicinales.

Elisa era una esclava fugitiva de origen griego con dotes de curandera. Fue vendida en la isla de Creta por su madrastra a unos comerciantes libios, quienes la llevaron a Cartago  y a su vez la revendieron a una matrona. Dedicada al servicio sexual de los más siniestros individuos desde que tenía trece años, cuando estalló la guerra contra Roma consiguió evadirse de su ama  y se unió a las filas de seguidores y voluntarios que apoyaban al ejército africano. Tenía el objetivo claro de mejorar su situación económica, ayudando a cuidar el rebaño que transportarían hasta Italia, aplicando sus conocimientos en medicina y arrebatando uno que otro tesoro a los cadáveres de los caídos.

Un día unos merodeadores galos quisieron llevarse a la muchacha a la fuerza, pero como Elisa era muy aguerrida, se contentaron con golpearla e intentar violarla. Ya casi le habían arrancado su vestido cuando entró Ticky en acción, propinándoles coces mortales y mordiscos poderosos, con sus quijadas de asno y caballo y sus letales pezuñas. A uno le aplasto la nariz por completo y al más agresivo con la muchacha, casi le arrancó las partes pudendas de una diestra tarascada. Los galos huyeron, doloridos y convencidos de no volverse a meter jamás ni con la muchacha ni con aquel ser, en parte perro, en parte asno y en parte mula.

Elisa decidió abandonar la columna del ejército definitivamente, llevando con ella todas las monedas de plata y tesoros que había acumulado de las primeras batallas de Aníbal contra los romanos. Acompañada de Ticky, abordó un quinquerre griego con rumbo a su natal Isla de Creta. Al llegar no tardaron en recuperar las tierras que habían sido de su familia, rehabilitarlas con la colaboración de la cebra y dedicarse a la cría de gallos persas, hurones y conejos para comerciar con ellos.

Ticky transportaba todos los domingos las cajas de alambre donde se apilaban los animalitos engordados, siguiendo a la muchacha a través de las veredas, sin necesidad de que la atara con una cuerda o una rienda.

Elisa contrajo nupcias con un desertor cartaginés, evadido del ejército de Aníbal, a quien conoció luego de la batalla de Canas. El muchacho había acordado unirse con ella en la isla griega en el momento que el comandante africano dudara en invadir Roma y la guerra dejara de encontrarse inclinada a su favor. Aníbal había regresado a Cartago, llamado por el consejo de su ciudad para defenderla, dejando inconclusa su tarea en Italia.

Elisa e Imco, como se llamaba el soldado africano, engendraron un niño y cuatro niñas,  y todos crecieron muy cerca de Ticky, quien los cuidaba y paseaba en su lomo.

Una mañana, la cebra ya no pudo levantarse, avejentado y exhausto por tantos países recorridos, caminos andados y batallas sobrevividas. Cerro sus ojos negros y enormes en lo que casi parecía una sonrisa, dirigida a Elisa y a sus niños. Luego la sepultaron en el cementerio de su aldea, en el sitio que le correspondía a los miembros de la familia de la muchacha.

Aradna, la más pequeña de los hijos de Elisa, procedió a realizar un dibujo con gises y carboncillos de colores sobre la roca que le servía de lápida, creando una imagen en la que aparecía un animalito a la vez cebra, asno y perro.

Oso, Pancho, el perro callejero

perro-callejero                    (perro callejero: http://www.panamapet.com)

 

A los seis meses de edad, mientras vagaba por el barrio antiguo, un automóvil le aplastó una patita. Lloró demasiado de dolor, pues casi la pierde en el incidente. Pancho anduvo cojo cuatro meses, obligado a reaprender a caminar sólo con tres extremidades. Al inicio se esforzó bastante para entendérselas sin su pata trasera derecha, pero era listo y fuerte, volviéndose muy rápido a pesar de su deficiencia, al punto de parecer que había nacido así.

Hasta que un buen día, de repente recuperó el movimiento de la pata y logró apoyarse de nueva cuenta en ella, como si nada le hubiera pasado, sorprendiendo a los vecinos y a los comerciantes. Logrando su admiración y respeto. Volviendo a correr por las calles tras otros perros, peleando con ellos, siguiendo el rastro a las tortillas y huesos que arrojaban en los botes de basura del mercado. Todo el mundo lo conocía, unos lo querían, otros lo admiraban y otros más lo rehuían, porque era fiero y bueno para las peleas.

Pancho no fue siempre un animal callejero y sin dueño. Hubo un tiempo, cuando era un cachorrito, en que unos niños lo cuidaban, le arrimaban sus croquetas y sopas con caldo de pollo. Le ponían una cajita de cartón con periódico para que se durmiera por las noches y le acercaban su traste con agua de la llave para que bebiera. Lo llamaban Pancho a veces, y en otras ocasiones: Oso, con cariño. Parece que tenía dos nombres. La gente del vecindario comenzó a llamarlo de la misma manera: Pancho y Oso.

“Un día te voy a llevar conmigo…” Le decía a veces una voz muy bonita entre sus sueños, mientras dormía profundamente, en la banqueta, enroscado sobre su caja de papeles.

A la mañana siguiente se habían ido para siempre los chiquillos que lo cuidaban. Estaban desalojando su vecindad y la mamá tuvo que salir casi huyendo junto con los niños, pues en breve la construcción sería demolida para poner un supermercado.

De pronto Oso, siendo un cachorrito, se encontró por completo solo sin nadie que le acercara su comida, su agua, ni le preparara su cama todas las noches.

Tuvo que aprender a sobrevivir, a cruzar las calles sin que lo aplastaran los autos, lo que casi le costó su pata, a defenderse de otros perros abusivos y de algunas personas que gozaban arrojando piedras y lastimando a los animales.

A veces volvía a aparecer la voz en sus sueños que de nueva cuenta le decía: “Un día voy a venir por ti y te voy a llevar conmigo”. Pero Pancho no sabía lo que significaban esas palabras, ni tampoco que eran de mujer. Sólo le resultaban cálidas y cariñosas, y a él le agradaba escucharlas mientras se arrullaba en las noches debajo de un auto abandonado.

Una tarde se metió a una fábrica de juguetes que había en el barrio, atraído por el olor a sangre menstrual de una pastora alemán encargada de cuidar el lugar. Ni siquiera dudó en subirse encima del lomo de la hembra y penetrarla con soltura. Ambos animales disfrutaban y se desfogaban, al punto de alcanzar en breve el éxtasis sexual, comenzando a convulsionarse felices.

En eso rompió su inspiración un grueso tubo que se estrelló sobre su lomo, haciéndole perder su erección y dejando de encontrarse dentro de la perra. Aullando terriblemente. El mecánico siguió golpeándolo con el artefacto sin piedad, al parecer molesto de que un perrito criollo como Oso preñara a la fina hembra.  El dolor en su cuerpo le impedía salir huyendo a través del orificio del alambrado por donde entro con anterioridad, haciendo que el hombre se ensañara mucho más, hasta casi matarlo. Pancho chillaba y aullaba, arrastrándose en un charco de sangre, atrayendo a las vecinas que gritaron al individuo para que se detuviera.

Entonces entró ella: rauda y decidida, deteniendo el arma con sus manos, antes de que esta acabara de matar a Pancho:

– ¡Déjalo Cabrón…! ¡Ponte con uno de tu tamaño!

El mecánico se amedrentó con los regaños de la muchacha. En el suelo yacía Oso bañado en sangre, arrojando líquidos por el hocico, por el ano y las orejas.

-Ven chiquito… Yo te voy a llevar conmigo.

Ella lo cuidó durante varios días, lo bañó, le cortó sus uñas y curó sus heridas.

Cuando estuvo por completo aliviado, lo envolvió en una cobija y lo llevó hasta su cama.

Oso la miraba con agradecimiento, con unos ojitos cafés que chispeaban amor y felicidad. Moviendo su rabo y echando sus orejas para atrás. Realmente había aprendido a amarla.

-Ya no estarás solo en la calle, ni nadie te va a volver a lastimar…” Extendió una cobija sobre él, se arropo también ella y lo abrazó hasta que se quedaron dormidos.

 

Juan José Arreola se embarca con Fausto de Milevo en Cartago

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Sinesio de Rodas aceptó el Paraíso
 tal y como fue concebido por los Padres de la Iglesia,
 y se limitó a vaciarlo de ángeles…
 (Juan José Arreola -Confabulario)

 

1

Frente a las puertas del Cielo, San Pedro concedió un último deseo al escritor, antes de decidir si le abriría definitivamente la ansiada cerradura celestial, codiciada por tantas almas penantes, o si lo retrotraería en cambio de un palmo, hacia la frialdad y la desolación absolutas del Purgatorio por algunos cientos de años como penitencia.

Ante aquella oportunidad pocas veces concedida a los humanos, Arreola solicitó de inmediato regresar a la Tierra, pero en la Edad Media. Precisamente en los tiempos en que Agustín de Hipona se enfrentó en legendario combate de conocimientos al temido obispo Fausto, representante de la Iglesia Maniquea.

La solicitud le pareció extrañísima y sospechosa al santo. Sólo después de meditarlo durante largo rato mientras observaba las cejas pobladas y los ojillos vivaces del poeta, temiendo ser objeto de un engaño o una broma, resolvió que a Dios Padre para nada molestaría la presencia de un sencillo escritor mexicano  en el Norte de África en tiempos del Medioevo con el fin de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo resultaba una aspiración bastante loable la búsqueda de la verdad y el conocimiento en sí mismos, así como la consecución de objetivos científicos y culturales. Así es que accedió no sin antes lanzarle una advertencia que más bien parecía regaño:

-¡Ten mucho cuidado hijo… ! Sobre todo con los trucos que puedan ofrecerte los detentadores de la fe maniquea. Pues aunque nos hemos esforzado por silenciarlos y mantenerlos en el exilio, los gérmenes de su dialéctica infecta aún resuenan en algunos rincones del Universo, causando un eco nada grato…

2

San Agustín no encontró nada sencilla la tarea de vapulear y ridiculizar a Fausto, aunque la mayoría de los historiadores de la Iglesia digan lo contrario. Fausto era célebre por su discurso sencillo, directo como proyectil arrojado por honda númida, pero convincente y definitivo. Utilizaba las palabras de la gente del pueblo para comunicar ideas bastante complejas. Logrando conectarse con la gente mediante su inmenso carisma. No era tan conceptual ni tan erudito como el otrora discípulo suyo: Agustín, a quien había entrenado él mismo, ahora convertido en enemigo de los maniqueos. Pero era honesto, sencillo y poseía mucha experiencia como orador y predicador a todo lo largo y ancho del Mediterráneo. Agustín por su parte tenía una mente filosísima, había leído casi todos los libros escritos en su tiempo y sabía expresarse en varias lenguas africanas y europeas.

Arreola recordó que algunos de los biógrafos del santo decían que era impotente sexual desde hace algunas décadas y que en lugar de entregarse al sexo desenfrenado como hizo en su juventud, se había vuelto una biblioteca parlante.

Fausto era bastante claro y convincente: su idea de armonizar el bien con el mal y darle un sitio a los demonios en el Firmamento y entre las huestes de Nuestro Señor resultaba sumamente tentadora. Con ella se resolvían  de manera práctica una serie de antiguos debates entre la Iglesia Católica y las sectas desviacionistas como la que él encabezaba. Disolviéndose también de manera automática el milenario conflicto librado en el corazón del hombre entre el bien y el mal.

Diablos, íncubos y chamucos se situaban entusiastas del lado maniqueo, cifrando en el obispo todas sus esperanzas. El arcángel Gabriel lideraba a un séquito de seres de luz quienes apoyaban desde luego a Agustín.

El escritor encontró difícil desde un inicio situarse de un lado u otro de la contienda argumentativa. Los ángeles le vigilaban, celosos e inquisitivos por órdenes de Pedro.

Al principio los luciferinos gritaban loas y hurras en apoyo al obispo, lanzando chiflidos e improperios a su oponente. Pareciendo que el encuentro sería ganado por Fausto y que ellos obtendrían al fin el reconocimiento y la credibilidad absoluta de sus actos impíos. Pero de un momento a otro San Agustín cayó la boca del obispo, paralizándolo con el libre albedrío y dando a los humanos la posibilidad de elección entre lo bueno y lo no tanto. Independientemente si existían o no ambos al mismo tiempo.

Las huestes de Luzbel se diseminaron decepcionadas y derrotadas, temerosas de un ataque por sorpresa por parte de los ejércitos de Gabriel, quienes no dudarían en aprovechar que se encontraban reunidas todas en ese momento. San Agustín había triunfado.

Fausto lució algo cansado, de pronto parecía haber envejecido décadas en tan sólo tres cuartos de hora. Unos cuantos seguidores que no sumaban más de diez, se precipitaron a prestarle ayuda cuando parecía desvanecerse al descender por unas escaleras. Recogieron sus libros y sus pocas pertenencias, marchando hacia Cartago con los pies descalzos, empobrecidos y derrotados.

Un par de angelitos a quienes fue encomendada especialmente la custodia del alma de Arreola, parecían tan absortos con los resultados del debate, que apenas se dieron cuenta cómo ocurrió aquello. Revolotearon como gorriones desesperados en medio de un incendio, temiendo la ira de su patrón Pedro, quien los castigaría sin dudas por no cumplir su cometido.

Todo ocurrió sin que aquellos seres de luz se apercibieran. Primero notaron la ausencia del escritor entre las filas de los angelicales. Buscaron por todo el Norte de África: ¡Una importante alma de un literato se les había fugado…!

Más adelante, demasiado tarde ya, descubrieron los ojillos inteligentes y risueños, embarcándose entre los últimos 8 o 10 que junto con Fausto, se perdían en la inmensidad del mar para siempre.

Bukowski era un Buda

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1

Cass era mitad india navajo y mitad irlandesa. Tenía los ojos verdes, la piel trigueña y el cabello muy negro. Una mañana encontró al viejo Bukowski tomando una cerveza y escribiendo un poema tras otro sobre servilletas de papel en la barra solitaria de un bar.

-¿Porqué no me invitas una cerveza?

Le gritó desde el otro lado del salón, interrumpiendo su trabajo.

-¡Soy Henry Chinaski…! Por si te interesaba…

Respondió aburrido el poeta.  Muchas eran las chicas que se le acercaban con la esperanza de beber gratis a sus costillas, o de interesarlo con sus tristes vidas para ver si las convertía en personajes de sus cuentos y novelas.

Cass se dejó caer sobre el sillón que estaba a su lado, y Hank descubrió que no sólo era bellísima. En sus ojos y su rostro de ángel  había un poco de inocencia y sinceridad, pero sobre todo un mucho de locura.

Esto lo fascinó.

Llevaba un vestido de seda casi transparente, muy pegado a su cuerpo esbelto de gacela. Hank presintió sus caderas delicadas y unos pechos como cisnes diminutos que rosaron su hombro. Cass no llevaba ropa interior debajo.

En la cama descubrió sus múltiples cicatrices en las muñecas, antebrazos y garganta. Algunas realizadas por clientes maniáticos sexuales. La mayoría trazadas por ella misma a punta de navaja.

Unas lágrimas asomaron de los viejos párpados de Hank. Se estaba enamorando poco a poco de ella. Cass era hiperactiva, se entregaba enterita a él: le hacía el amor sin pedirle nada a cambio, cocinaba deliciosos platillos, cortaba el cabello y diseñaba sus propios vestidos para ella y sus amigas.

2

Nuevas lágrimas brotaron de los hinchados párpados de Bukowski-Chinaski. Al abrir recostado en la cama de su ruinoso apartamento en un suburbio de Los Ángeles, la carta donde se le informaba sobre la muerte de uno de sus amigos de toda la vida. Ramón Vásquez, el actor jubilado, apareció muerto en la sala de su mansión en Mohave. Un par de hermanos: Linconl y Andrew, ex militares desempleados y buenos mozos tocaron el timbre de la casa de Ramón. Conociendo de su gusto por los muchachos de tipo atlético, le ofrecieron sus servicios sexuales a cambio de unos sándwiches y tragos. En cuanto ingresaron a su casa lo maniataron y torturaron, forzándolo a que les rebelara el escondite donde presuntamente se encontrarían sus dólares y joyas. En un momento dado, cuando se dieron cuenta que Ramón no poseía nada de lo que buscaban, lo violaron y procedieron a arrancarle su miembro con un gancho, dejándolo morir desangrado en la madrugada.

Hank estalló en sollozos incontrolables, él y su viejo amigo Ramón se conocieron en el hipódromo, eran apostadores empedernidos. El actor intentó seducirlo las primeras ocasiones, renunciando al darse cuenta que Chinaski no cedía ni un milímetro. No tenían nada en común, aunque a Bukowski le agradaba la manera absolutamente transparente con que se relacionaba Ramón, sin negar en lo más mínimo que se lo quería coger a cada momento. El actor jamás se compadecía a sí mismo y esto encantaba al poeta, además de aguantar largas jornadas de bebida juntos sin parar.

Cass lo abrazó para consolarlo, acallando sus sollozos con sus senos desnudos y diminutos, precipitándose a montarlo de un golpe con sus caderas habilidosas.

3

Bukowski cerró sus viejos párpados extenuados. Eran muchas las penas que aquejaban un tiempo su corazón. para luego dejarlas partir a través de su espíritu impecable, sobreviviente de treinta años como empleado del Servicio Postal Norteamericano e innumerables palizas por parte de su padre cuando niño y adolescente. Llevaba semanas sin tener noticia de Cass, hasta antes que el dubitativo cantinero  le rebelara no sin hacer cierto esfuerzo: “…siento mucho lo de tu amiga…”.

Hank pensó de inmediato en las cicatrices de su garganta e ingle. Por fin lo consiguió la muchacha. Era violenta y amorosa, demasiado impulsiva, sobre todo cuando se liaba a golpes con sus clientes  menos apreciados o trataba de matarse a cuchilladas.

Tan sólo un mes antes Chinaski le propuso que se fuera a vivir con él. Pero Cass se negó.

“…Un par de años de abstinencia sexual…” Pensó, secándose dos o tres lágrimas.

De la misma manera que el escritor Jack Kerouac, Henry no tenía prejuicios ni problema alguno con las indias como Cass, ni con las mexicanas ni las afroamericanas. Lo volvían loco todas por igual. Amaba a los perros y sobre todo a los gatos, de los cuales tuvo bastantes y le dolía mucho, como si fueran sus hermanos, cuando alguien les hacía daño. No tenía ningún problema con los homosexuales, ni con los latinos ni con inmigrantes de ningún género. Llegaba a quererlos a todos ellos y se lamentaba con el mismo dolor por unos y otros cuando partían.

Quetzalcóatl era mujer

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Totalidad, mi totalidad vencida por la fuerza de las parcelaciones. Imposible vencer esa realidad fragmentada creando su equivalente literario. ¿Para qué? Si la fragmentación real ya existe sin necesidad de literatura.

(CARLOS FUENTES –Cambio de Piel)

 

1

Lo más seguro es que ustedes ignoran quién fue Carmen Lira. La generación de ustedes, con su Internet y sus imágenes 3D, 4D, etcétera. Ustedes tienen ahora muchas más opciones de entretenimiento en comparación con las que contamos nosotros. Nada más encender sus teléfonos inteligentes y ya está.

Carmen Lira es de un tiempo cuando el cine y la pantalla grande eran todo en la vida. Eran la vida misma y la gente basaba su existencia en la conducta y las actitudes de Carmen. Carmen, Carmelita, Carmencita como le decían las señoras y las muchachas. Ellas no podían dejar de imitar su manera de hablar: directa y sincera, su voz suave y tranquila, y su acento provinciano. Al inicio la criticaban mucho por su habla cantadita, como buena tapatía, igual que su papá. Carmen era tan elegante y hermosa como su mama: la señora Laura Green, una guapa norteamericana que la dejó huérfana cuando tenía 6 años.

Ningún director con los que trabajó filmando sus casi veinte películas logró quitarle su acento: medio ranchero, por más que se empeñaron e intentaron disimularlo con ayuda de los sonorizadores y editores cinematográficos. Al contrario, tras su primera película, las doñas y las muchachas querían hablar igual y vestirse como ella. Con su voz pausada, segura de sí misma y su acento cantadito. Ni su primer marido pudo extirpárselo: Dietrich, el director de cine húngaro, avecindado en México, amigo de Fidel Castro y de Gabo. Quien casi la mata a golpes, porque le gustaba maltratarla antes de acostarse con ella y prácticamente la violaba varias veces a la semana. Ni su segundo esposo lo logró: Pepe Montalvo, el empresario chilango a quien también le agradaba darle sus buenos puños en la boca carnosa y anhelante antes de dormir con ella. Ambos decían que a Carmen le gustaba la violencia previa al acto sexual, pero nunca le preguntaron si en verdad era así.

Dietrich la descubrió en el Centro de Guadalajara a finales de los setenta, mientras iba caminando con su madrina, saliendo de Paris Nueva York cuando era casi una niña. Y le preguntó, con su acento de Europa Oriental en un  español lastimoso: “Disculpe señorita, le gustaría ser actriz de cine…”

Dietrich: en el fondo era buena persona y muy sensible para descubrir el talento innato. Y ella sobrevivió a ambos esposos, quedando viuda, hermosa y desempleada a los 38 años.

2

Tú llegaste a trabajar con tan solo 16 años cumplidos a su suite en el Conutry Club de Guadalajara. Porque tu papá era el viejo jardinero de los campos de golf, y cuando su abogado le pidió que le recomendara  un joven jardinero, honrado y responsable para trabajar con la señora Lira, te llevó para cuidar su piscina, sus animales, su césped y sus rosas, malvas, violetas y gardenias.

Ella te sonrió la primera vez que se vieron, como si te conociera de antes. No era una patrona molesta ni exigente. Era dulce y generosa, casi no hablaba porque decían que estaba enferma de los nervios desde la muerte de su último esposo. Le gustaba cómo arreglabas su pasto y sus flores. También la manera en que te hacías cargo y alimentabas a sus dos perros pointer y a su viejo perro dálmata, y a su gato: Oliver, rescatado de la calle. Ellos también te querían, eran su familia y sus únicos amigos. Ellos la adoraban y tú no tardaste en adorarla también. Los animales y tú eran su club de fans número uno.

Aquellos ojos verdes, serenos como un lago, igual que en el bolero de los Panchos, esa boca de labios rellenos que toda Hispanoamérica e incluso Francia y Portugal llegarían a anhelar. Tú también la deseaste desde el primer instante, dedicando tu vida entera a cuidar sus animales, su jardín, su casa y su persona.

3

Y cuando se metía desnuda en la piscina del Country Club, frente a la cafetería, en plena tarde de sábado, delante de chicos y grandes. Paseándose como Dios la trajo a este mundo, o como diosa de alguna cultura antigua y extinta. Encueradita. Y su piel tersa y su vulva de lujo depilada que casi alucinabas. Corrías con una toalla o con su salida de baño para protegerla, envolviéndola. Rescatándola. Privando a los padres de familia y a los niños del lujo de admirar a una mujer tan bella como un lince.

Pero la sociedad hispanoamericana que una vez amara sus películas y su imagen, nunca le perdonaría que abandonara a su segundo esposo para escaparse con un guerrillero a las selvas de Guatemala en 1986. Cuando los soldados se lo mataron  y la encerraron a ella en una cárcel de Honduras, acusándola de proteger terroristas y narcotraficantes. Y ya ningún director de cine quiso volver a trabajar con ella porque la vetaron en el cine y la televisión. Ni su gran amigo Arturo Ripstein, quien la diera a conocer en Francia, Portugal y España, ni su cuate del alma, Gabriel Retes, quienes tanto la querían, podrían hacer nada por ella ni por su carrera como actriz que se perdía sin remedio.

No le importó.

Se mudó a un departamento en la Ciudad de México, en plena Avenida Reforma. No necesitaba trabajar, sus dos esposos le dejaron propiedades y cuentas de banco. Se inscribió en la carrera de antropología social  en el INAH. Eufórica y excéntrica, ahí hizo sus primeros desnudos públicos por primera vez y no frente a las cámaras. También leyó muchísimo, bastantes novelas, cuentos y libros de ciencias sociales. No dejó de agredir a un profesor de lingüística con un lapicero, clavándoselo en la rodilla. Nunca se supo que el personaje llevaba semanas acosándola sexualmente. Dijeron que estaba loca, que era un brote psicótico.

4

Se rumoraba que era esquizofrenia o neurosis, o ambas. La prensa manejó que su mente se deterioró debido a la muerte de su último esposo. Pero sus admiradores y los que la conocíamos un poco, estábamos seguros que no era la muerte del empresario mexicano lo que dejó su corazón en ruinas. Sino la detención, tortura y final tiro de gracia a su gran amor por parte de grupos contrainsurgentes en Centroamérica. Se llamaba Manik: un guerrillero nicaragüense que se entrenó en Rusia y China en guerra de guerrillas, quien además había estudiado una maestría en ciencias sociales en el Museo del Hombre, en París.

Su marido mexicano fallecería de una trombosis que liquidó su cerebro y pulmones de un golpe. La prensa trató de ocultar que era adicto a la cocaína, al alcohol y a otras sustancias desde varias décadas atrás. Culpando indirectamente a Carmen por su muerte tras abandonarlo y escapar con Manik. No muchos sabían que el empresario le pegaba desde que se casaron y que además de graves adicciones y alcoholismo, tenía diversos amantes, incluyendo hombres y travestis.

Los hijos y sobrinos de Pepe Montalvo quisieron asesinarla en una ocasión, metiéndose a su casa a media noche, intentando ahogarla en su propia piscina. Tú la salvaste junto con sus tres perros. Los animales se dieron gusto mordiéndolos y tú los echaste a escobazos. A uno de ellos, el más ambicioso, lo mordió el viejo dálmata en los testículos y nunca se curó. Querían matarla y quedarse  con todas sus cosas por que don Pepe le dejó todo a Carmen.

Y ella no pararía de quererte desde entonces ni de decirte: “Mi niño…” y “Mi Cielo…” Te pediría que te quedaras a vivir en su cuarto de huéspedes en el jardín, para que la cuidaras.

Y un día llegaría a visitarte, atravesando descalza su sembradío de malvas, violetas, margaritas, aralias arborícolas y helechos. Con la complicidad absoluta de los perros y los peces dorados de su fuente japonesa. Totalmente la piel blanquecina al aire bajo su bata de baño. Los glúteos y las mamas generosas bamboleándose musicales, mientras sus plantas tibias evitaban aplastar las flores y se humedecían con el rocío de la madrugada a las tres de la mañana con el césped. Metiéndose debajo de tus sábanas sin preguntártelo antes. Y tú, que por alguna razón no te sorprendiste demasiado. La devoraste con tus brazos y tus besos, haciéndola desaparecer completita. Cobrando un afecto goloso por sus senos, dejándote cabalgar de un golpe por unas nalgas gigantes que chocaban sobre tu ingle, como dos  planetas recién nacidos en plena colisión. Como Venus y Marte; como Quetzalcóatl y Huitzilopochtli dándose batalla en plena guerra chichimeca. Combatiéndose, confrontándose, acoplándose sobre ti, succionando tu pelvis.

5

Te pidió que la acompañaras a hacer el trabajo de campo para una investigación. Decía que había encontrado un antiguo emplazamiento religioso de origen tolteca hasta ahora desconocido, ubicado en Tequila, en el estado de Jalisco. Según ella, sería el descubrimiento del siglo que revolucionaría todas las versiones previas de la historia mesoamericana. Juraba que escribiría una historia totalmente femenina de América Precolombina. Que Quetzalcóatl fue en realidad mujer: una sacerdotisa tolteco-chichimeca con la que establecía diálogos telepáticos a través del tiempo y el espacio desde años atrás. Te hizo leer mucha antropología y etnología. Libros de historia precolombina y sobre todo novelas. De estas últimas, las de Carlos Fuentes resultaron tu banquete predilecto.

Gracias a ella aprendiste a ser buen lector, tú que ni si quiera soñaste con terminar la secundaria, porque tus padres preferían que trabajaras desde niño y contribuyeras a los gastos de la casa y a la manutención de tus cinco hermanos. Tú que llegaste a vender empanadas, jiricayas, gelatinas, bombones y periódicos en los semáforos. Dejabas de jugar a las canicas para irte a trabajar en las paradas de autobús.

No quería que te refinaras, le gustabas así como eras: un jardinero discreto y honrado que leía a Carlos Fuentes y daba de comer a sus perros y a su gato. Vistiendo ropas sencillas, moreno, bello, regando sus plantas y leyendo al terminar tu jornada cerca de su piscina. Tú que limpiabas su fuente japonesa repleta de peces dorados y rojizas carpas koi de ornato, que igualmente le hacías el amor por las madrugadas cuando ella atravesaba su jardín para encontrarse contigo.

Decía que estaba escribiendo un diario de cambo antropológico del cual resultaría todo un libro dividido en dos tomos. Que lo iba a publicar en la Ciudad de México y Francia al mismo tiempo. Un día encontraste por accidente sus cuadernos de notas, los leíste y te asustó el discurso delirante, enloquecido y estrambótico que había en ellos. Una mezcla entre novela, diario de loco y fragmentos inconexos que daban miedo. Hablaba de ti, de repente, luego de algún escritor o de cierto sitio que visitaron juntos en los días previos. Establecía diálogo con una sacerdotisa tolteca imaginaria, quien supuestamente la orientaba desde otra dimensión para efectuar sus investigaciones. Describía con lujo de detalle el cunnilingus que le aplicaste aquella mañana de domingo mientras preparaba hot cakes para el desayuno, metiéndote bajo sus faldas y entre sus chamorros. Haciendo uso de toda tu lengua habilidosa y arrastrándola hasta el éxtasis definitivo.

Te cayó como un golpe de agua congelada, algo que ya sabías: que Carmen no estaba del todo bien. Que la cabeza no le carburaba de manera normal. Que su libro resultaría impublicable y que asustaría a cualquier editor. Pero tú la querías y la hubieras adorado aunque estuviera cien veces más loca de lo que ya estaba.

Y todos los sitios a los que te llevo. La pirámide de Cholula, la más grande del mundo, en Puebla, incluso más grande que la de Keops en Egipto. Las Yácatas circulares y enigmáticas de Tzintzuntzan. Las construcciones igualmente redondas de los Guachimontones en Tehuchitlán. El Observatorio Astronómico en Palenque, que te dejó sin aliento. El palacio de Kukulkán, como nombraban los mayas a Quetzalcóatl, en Chichenitzá, de quien Carmen era devota absoluta. En cuya cima se besaron amorosamente tú y ella durante diez minutos. Y Carmen, que para nada realizaba antropología con su cerebro racional, sino que se devoraba aquellas construcciones impensables y milenarias con sus manos: tocándolas, manoseando sus muros y baldosas, refregando su cuerpo entero contra las placas de piedra. Devorando sus escalinatas, frescos, esquinas, circunvoluciones con su corazón, con sus muslos, con su vientre y su sexo. Parecía acoplarse eróticamente con ellas más que estudiarlas. Así hacía Carmen su trabajo de campo: sintiendo las pirámides, absorbiendo los cerros, los paisajes, las rocas y las ruinas mudas. Haciéndolas hablar y estremeciéndolas. Para luego escribir toda la noche, casi sin descanso, más que para visitarte, sus inusuales diarios de campo que a pesar de todo resultaban bellos, igual que ella.

Fueron los tres mejores años de tu vida.

6

 

quetzal 1

 

Cuando se quedó dormida, completamente relajada en su cama, sonriente, después que yacieran juntos. Y el fatídico día siguiente en que Carmen nunca volviera a despertar. Los médicos determinando que se trató de un infarto fulminante mientras dormía. Murió tranquila, recitaban lúgubres y satisfechos los especialistas. Tenía su enfermedad mental como antecedente clínico de que ella no estaba del todo bien. Los familiares de don Pepe Montalvo y Dietrich precipitándose para repartirse sus pertenencias como sabandijas carroñeras: su departamento en la Ciudad de México, una granja con invernaderos en Avándaro, su casa en Houston y su suite en el Country Club de Guadalajara.  Donde permanecía la mayor parte del tiempo. No te permitirían siquiera ver una última vez su cadáver. Te echarían sin pensárselo. Dejándote llevar contigo tan sólo los tres perros, el gato y los libros de Carlos Fuentes. Lo único que por cierto, no les interesaba. ¿Quién más o mejor que tú los cuidaría a todos ellos? Averiguarías posteriormente, a través de la prensa, que su cuerpo sería incinerado y colocado en una cripta de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, junto al ánfora de níquel donde reposaban las cenizas inertes de don Pepe.

Entonces y sólo hasta entonces, comenzarían a revalorar su trabajo: los ciclos con sus películas en las universidades y la Cineteca Nacional. Los directores, actores y escritores quienes la conocieron u oyeron hablar de ella, impartiendo conferencias magistrales. De pronto todo mundo era experto en Carmen. Alguien del mundo de la televisión y el cine, un advenedizo, con el financiamiento de los hijos de don Pepe Montalvo, proyectando filmar una película sobre su vida, protagonizada por una actriz de moda mucho más joven, pareja de un político en turno. Habían pasado casi diez años desde que Carmen filmara su última película y huyera con Manik hacia Centroamérica. Alejándose de las cámaras para siempre. Desde entonces permaneció en el anonimato, estudiando antropología en México y luego en Guadalajara, escribiendo su libro y dedicándose a sus animales y sus plantas.

Y sólo tú sabrías cuánto llorarías en tu apartamento, ya sin tus padres ni hermanos. Y sin Carmen: Carmelita, Carmencita. Solitario y consolado tan sólo por la presencia cálida de los tres perros y de Oliver, el gato callejero. Cuánto extrañarías su cuerpo y sus besos, sólo tú, jardinero, sabrías cuanto.

Tu mente comenzando a fallar, como la de Carmen. Debido quizás al dolor que no soportabas y a la tristeza que no te daba tregua ni durante el sueño. Jugándote tretas y poniéndote trampas en las que no podías dejar de caer a cada paso. Afianzándote a la única compañía que te brindaban los animales, lo único que en aquel momento te salvaría de la locura. Escuchando pasos y ruidos en el pasillo de tu apartamento, en la cocina o el baño: risitas, susurros, muacs y shssss. Encerrándote en tu habitación con los animales para no ser acosado por singulares sonidos, chirridos, sombras, siluetas, pasos y voces.

Descubrirías, con una mueca trabajosa, que te dejó los singulares cuadernos con sus diarios y notas de campo. Haciéndotelos llegar a través de su abogado. Resultándote aún más difícil aquel pasaje, impensablemente doloroso, al recordarte con su letra, todo lo vivido a su lado.

Con la pena a cuestas y las taquicardias de tu corazón en ruinas, acribillado con flechas toltecas y nahuas, desangrado, lapidado con pedernales guerreros, arrojados por hombres águila y jaguar, igual que las pirámides que visitaron juntos tantas veces. Comenzarías a hojearlos y leerlos.

7

Los dedos chatos y breves de Manik se entrelazaron con los de Carmen, mucho más finos y alargados que los suyos. Él, algo más bajito que ella, su cuerpo y su carácter muy fuertes: un líder nato, poseía una voz poderosa, de barítono. Con la cual la enamoró. Asió su cuerpo al de ella, rozando con su pecho sus senos, sus labios con los suyos, cerciorándose de reojo que el mozo en el andén subiera con cuidado sus mochilas a la parte de abajo del autobús de la ADO. Le entregó una moneda de cinco pesos como propina. Ella no dejó de mirar constantemente a todos lados durante las dos horas que aguardaron su salida hacia Tuxtla Gutiérrez. Temía que la gente de don Pepe la estuviera espiando y la hubiera seguido hasta la Central Norte. Capaces de todo, incluso de llevársela a la fuerza de regreso junto a su marido y de hacer daño a Manik.

Su viaje iniciaría en la Ciudad de México y los llevaría durante casi 13 horas a través de Puebla y Veracruz para culminar en Chiapas. Desde ahí abordarían otro hasta la ciudad de Antigua, ya en Guatemala, donde los contactos de Manik los estarían esperando para trasladarlos hasta un sitio desconocido en la selva, cerca del Océano Pacífico.

La sacerdotisa le ordenó que abandonara a su marido cuanto antes. Acátl le habló con una voz femenina, limpia pero llena de una autoridad interna. Comenzó a presentarse en su recámara del Country Club, a donde el marido la visitaba cuando menos una vez al mes.

Carmen lo pasaba en los sets de filmación en Monterrey y la Ciudad de México. Así viviría casi toda la década de los ochenta: entre el Distrito Federal, Nuevo León y su suite del Country Club de Guadalajara. Siendo visitada eventual e inevitablemente por su marido. Era un tributo sufrido y doloroso que tenía qué pagar sin saber porqué.

“¡Él es el indicado…!”

Sentenció Acátl luego de que los presentara un contacto en Coyoacán. Se le aparecía en las madrugadas y pasaban largas horas hablando hasta el amanecer.

Los guerrilleros querían que filmara un documental sobre los movimientos de liberación en Centroamérica. A ella no le interesaba en lo absoluto la política. Pero estaba harta de su marido y de los medios de comunicación en México y en toda Latinoamérica. Añoraba enamorarse de alguien y hacer algo interesante. Manik era el portavoz. Se sintió atraída hacia él desde el inicio.

Sus dedos chatos y breves. Con los mismos que pulsaba las cuerdas de su guitarra, entonando con su voz grave y bella añejas melodías de Violeta Parra, Víctor Jara y Óscar Chávez. Con los mismos dedos y manos que escribía artículos de ciencias sociales y comunicados de su movimiento en Nicaragua y Guatemala. Las extremidades cortas que la acariciaban como nadie lo hizo jamás.

Y tú no podrías dejarte de sentir celoso al encontrar esos pasajes en sus diarios. Odiando a Manik Zaragoza, envidiándolo porque era un tipo instruido que la tuvo antes que tú. Alegrándote en el fondo por su tortura y muerte. Reprimiéndote luego y lamentándote después, porque Carmen lo amo también y te dolería mucho que sufriera, aunque no fuera por ti.

Sus dedos mínimos que la acariciaron una vez, siendo despojados de sus uñas ensangrentadas y mutilados por la policía centroamericana  en aquella prisión de Honduras. Sus ojos y sus cejas reventados por los golpes y su cuerpo estremecido por las descargas eléctricas aplicadas en los testículos por un oficial extranjero.

8

Llevabas días escuchando ruidos, pasos y voces en el pasillo. Esa noche te encerraste en la recámara de tu departamento con los perros bien dormidos bajo tu cama. Intentaste dormir, fallaste, manteniéndote despierto contra tu voluntad.

Hacia las tres de la mañana aquello era un concierto de gemidos, susurros, voces y pasos. Alguien o algo intentó varias veces abrir la chapa de tu puerta, luego cesó. Te tapaste con la sábana todo el rostro. Una mano recorrió tu cuerpo sobre la tela, acariciándote. Creíste reconocer aquella mano y sus caricias. Te hacías las ilusiones de que era una extremidad familiar. Levantaron de un golpe tus sábanas. Los perros ni se inmutaron. En un instante ya estabas besando y succionando unos senos que te conocías de memoria. ¿Carmen? ¿Habría escapado antes de la cremación y en realidad no habría muerto? Quizá regresó de la muerte para encontrarse contigo. Repentinamente su boca era más helada de lo normal, sus nalgas y su cadera en extremo frías, pero iguales de diestras a las de tu amada.

Te detuviste un instante. Recordaste que a las tres solía visitarla ella, la sacerdotisa. Quisiste hablar. Había algo en aquel cuerpo que te recordaba indudablemente al de ella. Por segundos jurabas que era tu Carmen. Tratas de articular algunas palabras, pero te silenció a besos y sentones.

En un susurro, jadeante, exhausta ella también, te dijo al oído: “soy las dos….” Y se desmayó sobre ti.

 

Delirio en la Guerra Cristera

Crisitada

 

Por: Adán de Abajo

 

Al comenzar la biografía de mi héroe, siento cierta perplejidad. En efecto, aunque lo llamo héroe, bien sé que no es ningún gran hombre. Preveo, por tanto, fatalmente, preguntas como esta: ¿En qué es extraordinario para convertirlo en héroe…? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y porqué? ¿Hay alguna razón para que yo, lector, consagre mi tiempo a conocer su vida?

 (FEDOR DOSTOIEVSKY –Los hermanos Karamazov)

 

Vi en sus ojos un relámpago de indignación, Y esta vez fui yo quien humillé los míos y sentí enrojecerse mi rostro  bajo su mirada.

(JACK LONDON – El Lobo de Mar)

 

 

Para mi hermano Armando, valiente y avezado médico de la Sierra Huichola.

Para mis abuelos: Cuca Arellano, Petrita Zaragoza y Jesús Dávila.

 

 

Dimitri removió su cuerpo con lentitud, la pierna derecha se le adormecía produciéndole piquetes en el pie y en el muslo.

Quitar la vista de su libro y suspender su lectura era un sacrificio que eludía desde hace más de una hora. La novela controlaba su voluntad. No podía dejar de encontrarse inmerso en su historia.

“Pero antes de todo están las cabras, los borregos y los chivos….”

Se dijo a sí mismo, forzándose a creer que así era. No demasiado convencido, cada vez menos resignado a aquella labor, para su desgracia.

Cerró el grueso volumen y se levantó con pesadez padeciendo un leve vértigo  mientras circulaba de nuevo la sangre en su cabeza y sus músculos. Apoyó su brazo derecho en el roble, cuyo tronco le sirvió de respaldo cuando leía, abrió la boca enorme en un bostezo y con la mano izquierda guardo su preciado libro en el morral de lana.

El viejo roble era un antiguo compañero de juegos y lecturas de la infancia. En su corteza permanecían las cicatrices de los chiquillos que lo treparon, nombres de enamorados trazados en su tronco herido a punta de navaja, y la apertura que le hizo un rayo al caerle en medio de una tormenta a finales del siglo diecinueve.

Dimitri enfocó su vista utilizando sus manos como unos binoculares en busca de las cabras y borregas. El corazón le latió angustioso: el rebaño no estaba donde lo dejó pastando hace una hora. Se separo del longevo árbol y abandonó su sombra fresca. Llevo los dedos a la boca y lanzó un poderoso chiflido, similar al que su padre emitía para llamar a los animales o para hablarles a él y a su hermano cuando los necesitaba.

Nada respondió a su llamado, más que el eco de los cañones y las montañas que lo rodeaban enmudecidos.

Corrió en círculos erráticos por la planicie reverdecida con las lluvias. La mejor temporada para la leche y la lana: el verano, y él perdió a los animales. Siguió chiflando nervioso, temblando y atragantándose con los dedos y su saliva.

El temor le hizo recordar a su hermano: Juan Pablo le gritaría diez mil insultos y le daría unos buenos palos por perder la principal fuente de ingresos familiares.

Las borregas y las chivas, además de una beca de la parroquia, sostenían sus estudios en el extranjero. Hace más de un año que no veía a su madre y a su hermano, y ahora precisamente que regresó a su pueblo natal para las vacaciones, perdió a los animales.

2

La Tarada, como nombraban a una perra pastora blanca, respondió al llamado con sus gruesos ladridos.  Dimitri se precipitó hacia el fondo de un cañón, desde donde provenía la respuesta de la pastora.

A la distancia daba la ilusión de que el lugar donde el animal se encontraba era cercano, pero remontándola, la distancia  resultó mucho mayor de lo que aparentaba. En lo que corrió torpemente, tropezando en varias ocasiones y torciéndose el tobillo, transcurrió casi otra hora. El sol comenzaba a ponerse y la noche amenazaba con sorprenderlo lejos del pueblo.

La Tarada apareció, enorme, gris y lanuda, con la lengua gigantesca y moviéndole el grueso rabo. Tras de ella el Marihuano, un perro mestizo color marrón, de oreja mocha, producto de la dentellada de un coyote, fiero cazador e infalible guardián de las ovejas.

Los perros lo saludaron gustosos, para ellos no transcurría el tiempo ni había razón para preocuparse mientras no aparecieran los coyotes o algún extraño quisiera robarse al rebaño.

La perra lo lamió saludándolo y el macho le mordió con suavidad la mano en señal de simpatía, pero Dimitri no los sintió. Caminó automatizado hacia el lugar de donde salieron los perros y luego suspiró con alivio. El rebaño se encontraba a salvo. Los guardianes caninos hicieron bien su trabajo al no permitir que se extraviara ninguna borrega.

3

Eran las once de la noche cuando cerraba el corral y metía la última chiva.

La cantidad de ovejas y chivos era enorme: sumaban cuatrocientos animales entre cabras y borregas.

Los perros se adelantaron introduciéndose en la casa antes que él, prestos a cobrar su merecida ración de caldo de res y tortillas.

Dentro, su madre y su hermano lo esperaban con las caras aplanadas.

Prolongados minutos de silencio sobrevinieron. Lo castigaban fingiendo ignorarlo cuando se enojaban con él. Después de un torturante lapso de silencio, lo lanceaban con sus palabras.

Comenzó Juan Pablo con una pregunta, la más corta y la más temible:

-¿En dónde andabas…. Carajo….?

Cuánto molestaba a Dimitri su voz paternal, desesperada y autoritaria. Cuánto extrañaba su sonido plateado, de tenor, cuando se encontraba en el extranjero y transcurrían hasta dos años sin verlo. Pronto se iría de nuevo a continuar con sus estudios. ¡Cuánta frustración y amor contenidos en la voz del hermano mayor!, como diciéndole: “¡Es por ti que me mato cada día trabajando, es por ti que no tengo el amor de una mujer!… ¡Es por ti, que mi sexo se marchita a mis veintisiete años…!”

-¡Ya me voy a regresar a España…, no se apuren…!

Atino a responderles con voz dolorida, evadiendo el cuestionamiento. Se sentía culpable cada que los confrontaba o se defendía de sus ataques verbales. A pesar de saber de antemano que las agresiones eran injustas en su mayoría.

-¡No te pregunto si ya tíbas, Carajo!…. ¡Sino dón tabas….!

Intervino Margarita con resentimiento, utilizando un castellano de marcado acento indígena, pleno de arcaísmos y frases provenientes de una lengua vieja y ancestral, traída a estas tierras por furibundos conquistadores españoles.

A veces Dimitri pensaba que lo odiaban o lo culpaban por algo antiguo y desconocido. Algo de lo que él no era de ningún modo partícipe. Siempre se unían cuando querían torturarlo.

En Madrid su vida no era mejor que en aquel rancho del estado de Zacatecas. Era más bien un pandemonio. Sintiéndose fuera de toda lógica y sin lograr encontrar su sitio. No convivía con los otros estudiantes ni amistaba con nadie. Pasaba los días en las bibliotecas, sumergido en Julio Verne, en Víctor Hugo, en Jack London y en el temible Dostoievski.

Su hermano deseaba que Dimitri estudiara derecho o medicina, pero Dimi prefería la literatura.

Al terminar el bachillerato, Juan pablo intentó imponérsele, cual dictador, pretendiendo forzarlo a decidirse por una profesión liberal. Pero Dimitri huyó hacia la Sierra de Morones y se perdió durante dos días. Ahí donde sus ancestros caxcanes se atrincheraron contra los españoles por los años de 1600, permaneció oculto, nervioso y llorando. Para reaparecer unos días después en Sánchez Román y encontrar a su hermano, molesto, pero dispuesto a negociar. El primogénito se había ablandado.

Al final, Dimitri se decidió por una opción intermedia: el magisterio, que no le desagradaba tanto y con la que calmaba a Juan y a su madre. Pero nunca se convenció del todo. La verdad es que ni él mismo sabía con exactitud lo que quería. Si existiera una profesión en la que pudiera pasarse todo el día recostado, leyendo historias y poemas, ésa es la que escogería sin miramientos.

4

Juan Pablo y Dimitri se querían muchísimo. Antes de morir Don Felipe, su padre, de un tumor en el cerebro, encargó a Juan cuidar de su madre Margarita y del pequeño Dimitri. Desde los trece años Juan trabajó sin descanso para que nada faltara a la madre ni al hermano menor. Alquilando sus servicios como arriero, cargador, recolector, cegador. Luchando contra ladrones, coyotes y hambrunas para acrecentar el preciado rebaño, principal patrimonio heredado por su padre.

Dimi, como lo llamaba Juan Pablo, aprendió a leer en su Biblia desde los cuatro años, a los siete escribió su primer cuento.

Siendo niños, Juan se convenció  que su hermano pequeño sería un individuo importante. Aunque él apenas sabía leer y contar con los dedos, intuyó que Dimitri se convertiría en un gran escritor, en un científico o un médico quien ayudaría a su pueblo y a su familia a salir del atraso y la ignominia.

Dimitri estudió el bachillerato en un seminario en Totatiche, un pueblo cercano al suyo, donde los curas nunca perdieron la esperanza de capturar su vocación y convertirlo en hombre de Dios. Pero fracasaron ingenuamente, pues el alma de Dimi era inaprensible.

Al cumplir diecinueve años, Juan Pablo lo mandó a Europa a estudiar la Normal de Profesores. Juan se hacía ilusiones de que Dimitri regresaría convertido en el maestro del pueblo.

Sánchez Román jamás tuvo maestro propio.

En Madrid, Dimitri pasaba sus horas en las bibliotecas, leyendo libros de aventuras y novelas, faltando obligadamente a clases o gastando las tardes en meditar sobre su cama casi sin moverse. Los autores del siglo diecinueve ocupaban su atención desde hace meses, el descubrimiento de Dostoievski estremeció su mente y agitó sus nervios. También transcurría sus horas entonando viejas melodías mexicanas y valses españoles en una diminuta flauta dulce.

De por sí, Dimitri era un temperamento nervioso e hipersensible. Cualquier evento que ocurría alrededor de su vida era procesado y modelado hasta el infinito por su imaginación imparable. De modo que la menor situación o el contacto con algún individuo sin la más mínima importancia, desataba en Dimi un complicado mecanismo imaginativo que trasformaba los eventos y las personas, magnificando ciertos detalles y minimizando otros. Añadiendo colores que no estaban presentes en sus cuadros mentales, poniendo ya más luz o más sombra a los paisajes internos.

Lo grave aparecía cuando esos coloridos cuadros psicológicos se rebelaban contra su creador, transformándose en fantasmas y demonios que lo acosaban.

Así es que en Crimen y Castigo, la primera novela de Dostoievski que cayó en sus manos, Dimitri se vio como en un espejo en el joven Raskolnikov, el protagonista dostievskiano. Al igual que el personaje principal del escritor ruso, Dimi era un estudiante pobre y torturado en una ciudad que le resultaba ajena.

Cuando Raskolnikov enloqueció y planeó matar a la usurera con un hacha, Dimitri temió que se le metieran ideas obsesionantes a las cuales sería incapaz de sacar de su cabeza. Arrojó su Crimen y Castigo en el fondo de su buhardilla e interrumpió su lectura, sufriendo singulares angustias y miedo a perder la razón, manteniéndose muchos días en vela.

Más tarde recuperó el libro para leerlo de una sentada en un solo día hasta el final, sin salir para nada de su habitación de estudiante.

Para cuando regresó a Sánchez Román, su pueblo natal en México, el temor a los personajes dostoievskyanos estaba superado. En estas vacaciones de verano se dedicaba por entero a leer Los Hermanos Karamazov, considerada la obra maestra del ruso y se encantaba con el libro.

La obra literaria del Maestro de San Petersburgo  le dio la idea de escribir su primera novela, desarrollada en el Occidente de México, donde se encontraba su pueblo.

Tímidamente, pues aún dudaba de sus dotes narrativas, redactó las primeras páginas. Pensaba recrear un personaje similar a su padre, un pastorcillo hijo de un escribano español y una india caxcana. Pero las obligaciones de sus estudios magisteriales lo alejaban de sus proyectos creativos y de sus lecturas, y él odiaba cada vez más la escuela. El magisterio era un compromiso abominable e ineludible. No sólo su hermano y su madre, sino toda la gente de aquel pueblecito del Sur de Zacatecas tenían sus esperanzas puestas en él. Sería el primer maestro de primaria nacido en Sánchez Román.

5

Dimitri se despidió de Margarita y de su hermano Juan Pablo. En el fondo agradecía que el verano concluyera y con él las vacaciones. Aunque tampoco le entusiasmaba volver al Viejo Continente.  Sentía a la vez culpa, pena y remordimiento al dejar a su familia en el pueblo y regresar a España. No creía merecerlo y tampoco le interesaba esforzarse con los estudios.

Los dos meses en Sánchez Román fueron plenos en tormentas diluvianas, ése año llovió como nunca durante días enteros. El río que descendía de la Sierra de Morones y desembocaba a la orilla de su pueblo, el cual el resto del año no era más que un hilillo inofensivo donde abrevaban las borregas y las vacas, se desbordo, inundando dos barrios completos. Llevándose ganado, pertenencias, desbaratando casas y arrastrando consigo a más de un cristiano, a quien no volvieron a ver.

Viejas querellas con su madre y hermano brotaron como el cauce desenfrenado del río de la sierra y las montañas. La vuelta de los recuerdos de su padre, al igual que los síntomas de una enfermedad recurrente y crónica, resurgieron tras años de desaparecidos.

En la figura de Dimitri, Margarita y Juan Pablo creían ver a un fantasma: Don Felipe, quien muriera dejándolos solos hace años.

Dimitri padecía el mismo carácter nervioso, el mismo desinterés por el mundo, las migrañas y la distracción excesiva. También era alto y encorvado como el padre, de iguales cabellos ondulados, la nariz ganchuda. Dimitri encaraba la imagen de Don Felipe: el caminar despacio, inclinándose al andar,  las pestañas  alargadas como deidad egipcia. La frente expandida y amplia, semejante a una aureola celeste. Por eso lo atacaban sin descanso. A Don Felipe no le gustaba hacer otra cosa más que  leer, pasar las horas pensando y mirando el vacío. Del mismo modo que a Dimi.

Cuando sus hijos apenas eran niños, don Felipe transfirió la responsabilidad de los animales al pobre Juan Pablo. Desentendiéndose por completo del trabajo como pastor.

La madre y el hermano volcaban su enojo sobre el hijo menor, como reclamándole al padre por dejarlos desvalidos, por no ser como el resto de los cabezas de familia del pueblo. De tanto leer libros a Don Felipe le salió un tumor en el cerebro. Quien pagaba el pato por aquel viejo odio era el joven Dimitri. Todo el coraje acumulado durante décadas vertido sobre él. Toda la ira guardada y el enorme amor malsano.

Cuando pensaba en su familia, Dimitri padecía esa ambivalencia y esa naturaleza doble y enredada. Al mismo tiempo que lo embargaba la nostalgia al recordarlos y echarlos de menos cuando se encontraba en Europa, rechazaba de facto la idea de siquiera encontrarse cerca de ellos. Nunca podía estar mucho tiempo con su mamá y su hermano sin odiarlos por pretender saber lo que era mejor para su vida.  Lo peor del asunto era que él mismo ignora precisamente qué debía hacer con su existencia. Si lo supiera, se decía a sí mismo, o si tuviera el valor, se iría del pueblo para siempre y no regresaría tampoco a la España que lo asfixiaba. ¿Pero a dónde huir…?

 

Dejó su triste Sánchez Román atrás. Un viaje en carreta hasta la ciudad de Guadalajara que resultó odioso, lluvias incesantes, mosquitos, hambre, pues apenas llevaba el dinero suficiente para su transportación. Dinero que debía, contra su orgullo irascible, recibir de la mano de Juan Pablo.

De la capital de Jalisco abordó un oxidado autobús de pasajeros hacia la Ciudad de México. Luego otro cacharro aún más viejo y lento rumbo al puerto de Veracruz. De ahí un barco mohoso hacia el Viejo Continente en un incómodo encierro marítimo de dos semanas.

Sólo le quedaban seis meses antes de graduarse como profesor normalista. Si conseguía mantener la suficiente paciencia, con el último jalón de la Normal podría quitarse de encima aquellos estudios y complacer a su hermano y a su madre.

6

Tras finalizar sus estudios de la Normal, Dimitri permaneció todavía un año más en España. Prestando sus servicios como maestro particular de español, literatura, latín y matemáticas. La verdad es que no deseaba volver a su pueblo natal. Evitaba reencontrarse con su familia por todos los medios.

Las cartas de  su hermano Juan Pablo se acumulaban desesperadas, solicitándole e incluso exigiéndole su regreso a Sánchez Román en México cuanto antes. La situación  política en su país era cada vez más tensa.

Era 1925. El gobierno pos revolucionario de Álvaro Obregón se esforzaba por doblegar a un feroz campesinado que luchó al lado de Francisco Villa, Emiliano Zapata y otros centauros durante la revolución.  La estrategia consistía en introducir el agrarismo y la propiedad privada dentro de las ancestrales comunidades de campesinos, donde agricultores y grupos indígenas siempre concibieron la propiedad colectiva como medio natural de sobrevivencia. De hecho se unieron a la lucha armada de 1910 con la esperanza de que continuara siendo así.

Por medio de la imposición de la propiedad  privada, Obregón pretendía dividir a un país plenamente rural y aguerrido, liderado por fieros ancianos e indómitos caciques indígenas que no creían de ningún modo en el gobierno oportunista.

La Iglesia Católica era el centro del debate. Los asesores de Obregón le aconsejaban fundar una iglesia mexicana independiente del  Vaticano y controlada por el Partido Revolucionario.

Tocados en sus intereses, los curas instigaban al pueblo para rebelarse contra el ateo y mal gobierno. Los sacerdotes, acosados, encarcelados e incluso pasados por las armas. Se suspendió el culto o se oficiaba misa en catacumbas y escondrijos.

El pueblo se solidarizó con los clérigos. La iglesia aparentaba ser el centro del conflicto, pero en realidad era el antiguo orden de campesinos e indígenas quien se preparaba para levantarse contra las innovaciones agrarias, la propiedad privada y el oportunista gobierno de Obregón.  La revolución no resultó lo esperado: Zapata y Villa fueron asesinados por sus propios compañeros de guerra. El mismo Obregón quien en 1912  marchó junto a Pancho Villa hacia la capital, mandó pasar bajo el fuego de la ametralladora a los legendarios Dorados del general chihuahuense. Luego, ordenó la emboscada donde moriría también el propio Centauro del Norte bajo el fuego  de más de ciento cincuenta detonaciones.

El conflicto religioso que se avecinaba, amenazaba con ser aún mucho más popular y más grande que la reciente revolución mexicana.

Juan Pablo pronto se puso del lado de los que ya se auto nombraban como cristeros. Un ejército rebelde de campesinos católicos, mestizos e indígenas, quienes enfrentarían al mal gobierno.

Vendió buena parte de su rebaño para seguir al general  Carlos Domingo: un viejo líder de ochenta años, mitad huichol y mitad mestizo. Quien en la década pasada mantuvo a ralla a los villistas, protegiendo del saqueo a las comunidades de Mezquitic, Huejuquilla, Colotlán y la Laguna de Monte Escobedo de los supuestos revolucionarios.

Desde muy joven Domingo se alquilaba como vaquero, pronto se rebeló contra los caciques de Mezquitic, matando en un duelo a muerte a uno de sus primogénitos de un solo tiro. Era temido por latifundistas, militares y agraristas. Contaban  que se arrojó al piso y desde el suelo baleó a su adversario, eludiendo las esquirlas enemigas.

Aunque ya tenía ochenta años, el anciano aún podía viajar jornadas enteras a lomo de su castrado Palomo y dar en el blanco con su pistola a gran distancia. La gente de la región prefería acudir a él en lugar de al gobierno para que les proporcionara justicia, consultándolo sobre asuntos familiares, de tierras y ganado. Era analfabeta y vivía en Popotita, un ranchito ubicado en los confines de la Sierra Huichola , Aunque solía moverse como por su casa a través de los territorios del Sur de Zacatecas, Durango, Aguas Calientes y el Norte de Jalisco.

Carlos Domingo odiaba a los revolucionarios. Mucho tiempo ansió colocar un tiro en el vientre del propio Pancho Villa, por permitir que sus Dorados saquearan y violaran en su territorio. Cuando decidió levantarse contra Obregón, toda la Sierra Huichola hirvió como una cazuela de azufre para seguirlo. Hordas de tepehuanos, huicholes, mejicaneros y mestizos se sumaron fielmente a su avanzada, siguiéndolo a favor de los Cristeros. Grupos enteros de diverso origen étnico y cultural que hasta entonces se mostraban recelosos o neutrales frente a la Revolución Mexicana, se alzaron al fin para seguir al anciano líder.

Juan Pablo lo conoció cuando llevaba sus ovejas a la Sierra de Morones a pastar. En una ocasión un grupo de villistas rezagados intentó asesinarlo y robarle sus animales, no sin antes pretender violarlo para luego colgarlo.

Los forajidos lo sorprendieron mientras orinaba en un río, lo apresaron y desnudaron, divirtiéndose humillándolo. Juan creía que estaba perdido, que moriría tras ser ultrajado su cuerpo y se llevarían sus animales.

Entonces apareció el viejo huichol con parte de su contingente. Domingo odiaba a los villistas por sobre todas las cosas, también era un hombre justo. Sus huicholes y tepehuanos se lanzaron sobre los forajidos tras un solo gesto del anciano y pronto pasaron por sus machetes a los villistas.

Juan Pablo quedaría fascinado con la figura del anciano, algo así como un Moisés belicoso, un guerrero del Antiguo Testamento, el esperado líder del Pueblo Elegido. El padre que nunca tuvo y a quien deseaba seguir hasta la muerte.

Margarita, igual que mucha gente de Sánchez Román, apoyaba a los Cristeros y a su guerra. No se opuso  a que su primogénito los siguiera.  Creía que debía lucharse a favor de la iglesia y de los hombres de Dios. Para ella como para la mayoría de la gente del pueblo, se trataba de una guerra a favor de Cristo y de la Virgen María.

De hecho la mujer necesitaba que Dimitri regresara lo antes posible para trabajar como  maestro del pueblo y colaborar con los gastos familiares y de la lucha.

7

Dimitri se negaba a responder o siquiera abrir la correspondencia que llegaba de su país. La dejaba acumular sobre su escritorio saturado de libros y papeles y luego la sacaba de su buhardilla en alguna bolsa junto con la basura. Sólo sabía por los periódicos que el conflicto con la Iglesia en México crecía hasta resultar incontrolable para el gobierno. Dejando una gigantesca estela de muertos entre las filas de católicos y agraristas.

Se enteró que su hermano dejaba Sánchez Román para internarse en los confines de la sierra, siguiendo a una columna de cristeros liderados por un centauro indígena. Supo de las  derrotas infringidas a los rebeldes, también de sus triunfos por sobre las tropas oficialistas. Seguía el curso de la guerra tratando de no enterarse de los acontecimientos, pero recibiendo noticias por medio de los diarios y de algunos camaradas mexicanos quienes lo enteraban de la situación en su país de cualquier modo. Por todo el mundo se sabía del movimiento liderado por los católicos revolucionarios.

Por su parte, además de las clases particulares que impartía para sostenerse en Europa, sus principales energías continuaban encausadas en la lectura de sus escritores favoritos. En ese entonces descubrió a Charles Dickens y a Jack London, embebiéndose con todas su obras. También trabajaba en sus tiempos libres en la novela que traía entre manos desde el último viaje a México.

Lo único que le interesaba de la vida eran las lecturas de sus autores predilectos y la creación de su obra, que por entonces llegaba más allá de las ciento cincuenta cuartillas redactadas a mano. Poniéndolo feliz con el avance de su escritura implacable.

Aquellos largos meses en Madrid después de finalizar los estudios como normalista y de que comenzara la Guerra Cristera en México, se volvieron más de un año fuera de su país.

Sin saberlo, o sin ser muy consciente de ello, el joven zacatecano se buscaba a sí mismo, ignorando a dónde lo llevaría aquel deambular errático o en qué lugar terminaría.  Empero, alguna luz aparecía gradualmente en la nebulosidad de su existencia y algo comenzaba a encontrar. Con cada página escrita, arrancada, tachonada, vuelta a corregir o a reescribir, algo de una anhelada y desconocida tranquilidad le llegaba, en oleadas breves pero alentadoras.

Buscando la inalcanzable perfección  en la escritura, el joven pastorcillo también adelantaba en su camino personal. Lo que iba dando como resultado, además de una obra literaria que no pedía nada a otras de su tiempo, era el desarrollo y la construcción de su propia imagen ante sí mismo como escritor. Inscrita en sus células, en sus emociones y en toda su corporeidad. Obtenida con muchos trabajos y sacrificios. Brindándole una creciente seguridad en sí mismo que jamás tuvo, reflejada en sus pasos, en su habla y en sus manos que escribían incansables. Volviéndolo paulatinamente más entero, más confiado, más seguro y tranquilo.

Nunca antes tuvo aquella certeza, mucho menos la constancia absoluta de la importancia de saber quién es uno, cuál es su sitio, cuál su misión y lugar en el universo. Cosa que ni en el trabajo como campesino en Sánchez Román, ni mucho menos  en los estudios de normalista encontraba.

-¿Cuántos años tienes?

Le preguntó aquella mujer, elegantemente vestida y más alta que él al contemplarlo de pié en la entrada de su apartamento en Madrid. Era la viuda de un abogado que trabajó como secretario personal del Rey de España. Quien muriera durante una misión especial en Marruecos, dejándola sola con sus hijas.

Alguien le proporcionó  las referencias de Dimitri y lo mandó llamar para contratarlo como profesor de español y latín de sus dos hijas adolescentes.

El joven mexicano llevaba los zapatos agujereados en las puntas, metido en un grisáceo  traje a rallas bastante pasado de moda. Un intelectual joven y pobre, a leguas. Pensó la viuda.

-23.

Respondió el muchacho.

-¿¡Tus lecturas de cabecera…!?

Volvió a interrogar la española con cierta autoridad.

El joven no atinó a distinguir si aquello consistía en pregunta, afirmación, presunción o insulto. ¿A qué profesor se le preguntaban sus libros predilectos antes de contratarlo? ¿Qué debía responder ante aquello?

Guardó silencio sin atreverse a decir nada

-¿Que cuáles son tus autores favoritos muchacho…?

Casi gritó la mujer exasperándose, con un marcado acento castellano. Descomponiéndosele los gestos por la explosión emocional.

De aquel estado casi natural de fémina altanera, se entrevió una juventud deliciosa, oculta bajo la máscara de seriedad de ex esposa de diplomático. Mujer culta con bastante mundo.

Dimitri descubrió por un instante que la mujer era más joven de lo aparentado. Los ojos color aceituna, pómulos esculpidos con obstinada intencionalidad, la cara afilada delicadamente hasta terminar en una fina barbilla. Sobre todo su piel, de un moreno pálido, gitano o moro, mantenía un brillo y una, que se antojaba como tersura irresistible al tacto. Cuando llegase el momento de acariciarla toda.

Se llamaba Edna Ituarte, dama bastante conocida en la sociedad madrileña de los veintes.

-¡Platón, la Biblia, Santo Tomás….!

Recitó Dimitri como autómata. Ocultando sus verdaderos gustos. Temiendo ante todo encontrarse con tradicionalistas ideas y prejuicios con respecto a los libros proscritos de su preferencia, que lo alejarían de la posibilidad de obtener el necesario trabajo. Escondiendo su afinidad por autores aventureros, jugadores y autodidactas como los suyos.

-¡Demasiado conservador…!

Profirió la mujer, dirigiéndose a sus hijas, quienes se encontraban sentadas al lado, como las damas de compañía pertenecientes al séquito de una gran reina: su madre.

-Parece buena gente.

Increpó la más joven, de ojos azulados y coquetos. Su nombre precisamente era Azul, como el color de aquellos ojos enormes que tendían hacia el violeta y horadaban curiosos la silueta y la personalidad del mexicano. Algo había en Dimitri que atraía a la muchacha. Tenía doce años.

La otra muchacha sólo atino a sonrojarse en demasía, hasta que el rubor le llegó al nacimiento del cabello en la hermosa frente amplia y clara. Se llamaba Dolores. Lola. Era una año mayor que Azul, aunque bastante más tímida y reservada que ella. Al parecer el joven pastorcillo y escritor resultaba interesante a las dos chicas.

-¡Dickens, Hugo, London, Dostoievski…!

Se animó a confesar Dimitri ante la simpatía que igualmente a él provocaban las mujeres.

Se sentía en la atmósfera un ambienten de atracción inmediata.

-¿Cómo?

Preguntó la señora, poniéndose de pié y sorprendiéndose. Ahora sin saber ella si lo que le lanzaba el mexicano era un cuestionamiento o el fragmento de un idioma extinto, articulado bajo el efecto de un delirio místico.

-¡Que mis escritores predilectos son Dickens, Hugo, Dostoievski y Jack London!

Las tres mujeres estallaron en carcajadas, que a pesar de su violencia e histerismo resultaban agradables a los oídos del mexicano. Música o campanas que nunca antes sus oídos solitarios  atrajeron, ni mucho menos captaron.

No evito pensar que se burlaban de él, de sus autores predilectos y autodidactas como él mismo, de su traje de estudiante pobre y extranjero. Tomó su portafolio y caminó hacia las escaleras, agachado, dispuesto a retirarse. Avergonzado y algo triste, pues al instante había gustado de la compañía de las tres damas. Esperanzado por un minuto con la posibilidad del trabajo y de su amistad. En Europa se encontraba tan solo y necesitado de alguien.

-¡Que se va mamá…!

Grito Dolores por primera vez, rompiendo el tímido silencio en que habitualmente vivía.

-¡Óigame, no le he pedido todavía que se retire. London, Dickens y Dostoievski se encuentran entre nuestros autores predilectos también…!

Dimitri permaneció congelado en el pasillo, hacia las escaleras que lo llevarían de nuevo a la calle y se quedó mirando a la española con los ojos muy abiertos.

La viuda se aproximo, marcando los tacones nerviosos a cada paso. Enfocándolo también ella con su mirada transparente, abriendo sus ojos aceitunados aún más grandes. Su mirada por fin  reveló a una mujer en extremo sincera, refinada y fuerte, con bastantes experiencias de la vida reunidas en su haber. En un lapso mínimo de silencio en que se encontraron el mexicano y ella, se traslució desde sus ojos una tendencia inocultable de temperamento cálido, incluso ardiente y pasional por parte de aquella mujer mayor que él.

-¿Quiere quedarse a trabajar con nosotras? Necesitamos un maestro particular de gramática y álgebra.

Casi suplico la viuda antes que Dimitri abandonara su apartamento.

Aquella mujer, la viuda, Edna.

8

Al fin se animó a destapar algunas de las cartas enviadas por su hermano desde México. Además de descubrir horrorosas faltas de ortografía y una redacción de campesino casi analfabeta, quien escribía prácticamente como hablaba en su cotidianidad, se enteró descifrando en aquellos barrocos mensajes del desarrollo de la guerra

Los Cristeros avanzaban en sus triunfos, poniendo cada vez más en jaque al gobierno de Obregón. Se preparaban elecciones en su país y era seguro que el sucesor sería Plutarco Elías Calles, un monigote designado por Álvaro Obregón, para gobernar en su nombre.

Durante un tiempo pareció que los rebeldes católicos ganarían la guerra.

El ejército de Carlos Domingo había emboscado a las tropas federales en tres ocasiones, haciendo uso de la caballería de manera magistral, al frente de la cual se encontraba ya su hermano Juan Pablo.

Los federales se confiaron al inicio, creyendo encontrarse ante las simples escaramuzas de bandoleros inexpertos. Pero las estrategias del cacique huichol los tomaban por sorpresa. En tres ataques definitivos, los Cristeros resultaron victoriosos  bajo el mando de aquel centauro huichol entre la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas.

Juan Pablo se convirtió en el brazo derecho del anciano líder, encabezando su caballería de más de doscientos jinetes experimentados. Quienes lo mismo blandían el machete y el sable por sobre los cráneos rapados de los agraristas, que disparaban desde sus jamelgos atinando en el   blanco con sus fusiles, marchando a más de cincuenta kilómetros por hora.

Juan Pablo daba muestras de una inteligencia y astucia para luchar y sobrevivir poco conocida.

Así era Juan, pensaba Dimitri, siempre supo superar las peores dificultades, pelear y sortear obstáculos en apariencia infranqueables para los otros. Por eso la gente admiraba su fuerza y lo seguía a donde quiera. Ojalá no le pasara nunca nada al exponer constantemente su vida y lograra salir con bien de aquella empresa. Volvió a pensar el hermano menor.

Sintió un dejo de nostalgia, también de pena por encontrarse del otro lado del Océano Atlántico y no apoyar en lo absoluto las causas de su hermano y su madre. Afortunadamente  para él, la nostalgia sólo le duró unos segundos. Nada de lo que sucedía en México lo convencía del todo.

Carlos Domingo pronto envió a Juan Pablo a realizar diversas misiones especiales en beneficio del ejército rebelde. Marchó disfrazado en un tren a la ciudad de México, viajó a Guadalajara, a Aguascalientes y Lagos de Moreno. En busca de apoyo financiero, municiones, alimentos, medicinas  y caballos proporcionados en secreto por diversas familias católicas del Occidente de México.

El movimiento Cristero crecía, extendiéndose paralelamente en otros estados de la República Mexicana, convirtiéndose en una red de apoyo bastante eficaz para los insurrectos. Desde el Norte hasta el Sur del país había levantamientos o financiadores dispuestos a colaborar. Multitudes de asociaciones católicas, grupos de oración, ligas guadalupanas y legiones de campesinos e indígenas se sumaban cada día a los ejércitos cristeros. Sea como guerrilleros voluntarios, con su apoyo financiero, en especie o moral.

Nada de esto parecía impresionar, mucho menos atraer el interés de Dimitri. Su vida se concentraba en la creación de su obra, de la cual ya se vislumbraba el final. Alguien lo contactó con un editor en España y este se interesó por su historia. Tras leer parte de los avances de su novela prometió publicársela.

Por las mañanas escribía desde las cinco, cuando se levantaba, tan sólo tomando un breve descanso para almorzar algo a las once. En las tardes se dirigía a la casa de la viuda y transcurría las horas en compañía de aquellas mujeres. Llevándoles cada día lecturas novedosas, planteándoles preguntas incisivas y ayudándolas a reflexionar. Dimitri resultó para ellas un maestro demasiado singular, que aplicaba el método socrático, les compartía nuevos autores y propiciaba en ellas el desarrollo del pensamiento crítico.

Edna, la señora, solía quedarse en la sala mientras tejía o leía algún libro, participando pasivamente, aunque con no menos interés en las clases. Escuchando las disertaciones del mexicano, las participaciones de sus hijas, o acompañando con su risa alguna broma gastada por parte de las chicas hacia Dimitri.

De pronto al mexicano se le hacía indispensable asistir diariamente a la casa de las mujeres, y ellas también lo extrañaban cuando no estaba o llegaba tarde a las sesiones.

La viuda y sus hijas vivían de una pensión que el gobierno Español les asignara desde la muerte del esposo. Con los cambios de gobierno, Edna y su familia comenzaron a perder sus privilegios. Como su marido había sido un personaje cercano al Rey, al perder el monarca parte de su popularidad, también la gente cercana a la aristocracia española, como la viuda, sufriría con la suspensión de los apoyos económicos de los que vivía.

 9

Carlos Domingo mandó a la caballería agazaparse y esconderse en los linderos del valle de Monte Escobedo. Fuera de la vista del enemigo.

Por su parte, Juan Pablo  había diseñado unos cañones construidos con grandes tubos de bronce, otrora utilizados para transportar agua potable. Aquellos cilindros enormes eran rellenados  con pólvora, clavos, tornillos, arena, piedras de hormiguero y cualquier fragmento metálico que pudiese introducirse por sus bocas. Posteriormente, el pastor los hacía detonar con la ayuda de una mecha fabricada con hilachos y resina cruda de pino. Una vez encendido su rudimentario dispositivo activador, aquellos dragones de bronce vomitaban una pesadilla de fuego, piedras, arena y metales derretidos. Que se impregnaban e incrustaban en los cuerpos del enemigo, amedrentándolos, quemándolos e hiriéndolos sin remedio hasta sembrar el caos en sus filas.

Juan Pablo se ocultó junto con otros 150 jinetes en los linderos del valle, donde comenzaban los robledales y bosques de pinos gigantes de la Sierra de Monte Escobedo. A unos cuantos kilómetros de una comunidad conocida como el Mortero, perteneciente al estado de Zacatecas, en la frontera con Jalisco. Bajo aquellas coníferas inmensas y raras, sobrevivientes de la Edad de Hielo, Juan  Pablo y sus jinetes se resguardaron llevándose doce cañones de bronce.

Desmontaron sus animales, manteniéndolos muy cerca de las tropas para poder utilizarlos en cualquier momento y cubriéndose con ramas.

Al fondo del valle, Carlos Domingo y 400 miembros de su infantería se alinearon ordenadamente, preparándose para hacer frente al ejército federal.

Alguien dio el aviso en el campamento de las tropas gubernamentales donde pernoctaban tranquilamente las fuerzas de Obregón y varios centenares de mercenarios agraristas pagados a sueldo.

El huichol y sus cristeros los esperaban para entablar batalla. Juntos, los hombres del gobierno y sus aliados sumaban 800 efectivos contra los cuales se enfrentarían poco menos de seiscientos cristeros, no del todo bien armados. Por lo menos no igual de bien armados que los soldados profesionales, financiados y equipados con dinero de la nación.

Muchos de los guerrilleros de Carlos Domingo eran indígenas tepehuanos y huicholes quienes vestían taparrabos y andaban descalzos. Armados con arcos y flechas, lanzas y cuchillos de montaña. Sus torsos desnudos constituían un blanco fácil para los modernos rifles de los federales. Empero, una vez enzarzados en la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, los habitantes de la sierra eran diez veces más letales que un soldado raso, mal pagado y poco curtido en la vida de la montaña.

Los federales se adentraron en el valle con lentitud y vacilantes. No les faltaban pocas razones para temer encontrarse próximos a una trampa.

Un comandante de los gubernamentales, de enorme cráneo triangular y rapado el casco por completo, olisqueó la atmósfera, temeroso de una emboscada.

Frente a ellos se encontraban formados en perfecto orden los hombres de Carlos Domingo, aguardando por el enfrentamiento.

El centauro apareció delante de sus filas. Ataviado en su calzón de manta blanco y con un abrigo de lana diseñado expresamente para él por una anciana tepehuana. Portando un enorme y elegante sombrero de manufactura wixarika, con centenares de colguijes pendiendo de sus alas, su tamaño y envergadura indicaban un elevado rango a nivel espiritual entre los brujos indígenas. Los ancianos de las comunidades de la Sierra Huichola se lo entregaron para que lo protegiera durante la batalla.

La gente de sus filas lucía sus calzoncillos blancos también de manta, guerreros adornados con  plumas, penachos y pintura ritual. Armados con prolongadas lanzas de más de dos metros de longitud, macizos arcos de cornamenta de venado y agudas saetas de mezquite. Fusiles y antiguos mosquetes de un solo tiro, listos para dispararse sobre el enemigo.

El ejército federal se les aproximo en silencio y a paso lento. Cuando pasaron junto a las arboladas donde Juan Pablo y su caballería se encontraban ocultos, se escucharon varios estruendos.

Las doce bocas de los cañones escupieron al unísono su aliento de lumbre, metal y roca hirviente sobre los vulnerables flancos del ejército de Obregón,

Los fragmentos al rojo vivo, la arena y rocas derretidos se incrustaron en sus cuerpos, encendiendo sus ropas, perforando sus carnes y haciendo cundir el pánico entre las filas de los gubernamentales.

Los cañones atronaron tres veces más, hiriendo al enemigo, achicharrándolo y rompiendo sus filas.

De entre los árboles emergió la caballería cristera, encabezada por Juan. Los jinetes dispararon sus fusiles sobre los agraristas, los empalaron con sus lanzas o blandieron un filoso machete por sobre las cabezas rapadas de los soldados enemigos, abriéndoles el cráneo como  cocos fracturados.

Al fondo del valle, la infantería cristera aún no se movía ni chocaba con los federales.

El castrado de Carlos Domingo relinchó, elevándose sobre sus dos patas traseras, aspirando el aroma del inicio de la batalla, contagiado por la adrenalina, el olor de la sangre y la pólvora que ya cundía y se propagaba en todo el terreno.

El anciano levantó el brazo en señal de fuerza. Tenía ochenta y dos años de edad. Sus hombres, mestizos e indígenas, lanzaron un feroz grito de apoyo a su líder que rebotó haciendo eco en las montañas cercanas. El centauro miró al cielo con sus profundos ojos grises, se encomendó a sus dioses antiguos y extrajo su sable del cinturón. Entonces dio la señal de ataque.

La infantería cristera se precipitó sobre las unidades del gobierno, que, desorientadas por los ataques laterales y el fuego de los cañones, los recibió en desorden. Se escucharon bastantes disparos en ambos bandos, pero la mayor parte de la lucha ocurrió cuerpo a cuerpo.

Desde el flanco del ejército enemigo, Juan Pablo propiciaba incesantes y mortíferos golpes con ayuda de sus hombres. Un indígena de origen náhuatl: Martín Pescador, había sido asignado por Carlos Domingo como su guardaespaldas personal. Desde su cabalgadura, el indio no dejada de disparar una flecha tras otra y no se le despegaba al joven pastorcillo. Debía protegerlo por sobre todas las cosas y responder con su vida por la de Juan.

La caballería siguió girando, atacando, regresando y volviendo a golpear a los agraristas, avanzando, penetrando sus costados y aplastándolos cada vez más. Por su parte, las unidades federales perdían gradualmente lo poco de formación que les quedaba, cayendo en el desorden total, el pánico y la desesperanza, preludio de la muerte y la derrota absoluta.

Juan Pablo utilizaba un prolongado sable español bastante filoso para abrirse pasa por entre las angustiadas cabezas de los agraristas, abriéndoles el cráneo o decapitándolos. A su lado, Martín Fierro no cesaba de disparar sus saetas a diestra y siniestra.

Alguien derribó a la yegua de Juan, en realidad la bala iba dirigida a su pecho pero erró el blanco, haciendo saltar los sesos ensangrentados de su montura. El pastor rodó hasta el suelo, lastimándose el cuerpo. El comandante de los federales se disponía a atravesarlo con su bayoneta cuando lo detuvo una flecha del arquero indígena. Veinte soldados del gobierno se precipitaron sobre el líder de la caballería cristera. Juan derribó a tres de ellos con su espada. Los demás se le vinieron encima. Martín Pescador disparó cinco flechas más, cegando cinco vidas de aquellos soldados pelones. Se arrojó sobre ellos desde su caballo tordillo pura sangre, con su enorme cuchillo curvo desenvainado. Degolló de un golpe a un oficial del gobierno. Luego cayeron más y más federales sobre ellos hasta que todo se volvió una masa confusa de carne, sangre y hombres sin sentido.

Desde el frente del valle, Carlos Domingo iba reduciendo las filas de los federales, pisando con sus cascos y sus hombres encima de los enemigos muertos. Capturando prisioneros, rematando gente con el tiro de gracia. El anciano estaba feliz, preso de un frenesí por el triunfo de la batalla que contagiaba a sus tropas y se extendía entre los hombres, infundiéndoles un ánimo creciente hacia el fin de la lucha.

Cuando uno de sus oficiales tepehuanos, un indígena de considerable estatura, oscura piel y facciones aguerridas, armado con una poderosa lanza, le avisó que ganaban la batalla, aún no se imaginaba la suerte que habían corrido el joven pastorcillo y su guardaespaldas, al caer heroicamente en medio del combate.

10

No fue sino hasta un mes más tarde cuando Dimitri recibió la noticia de la muerte de su hermano. El mismo día que recogiera un adelanto por las regalías de su novela, al fin culminada y entregada a su editor.

El triunfo que significaba obtener unos buenos ingresos económicos producto de su primer libro se veía oscurecido por la violenta y trágica pérdida. Casi media hora después de depositar junto con sus pocos ahorros en una cuenta de banco las pesetas entregadas por el editor, recibió la misiva desde México, redactada a mano por el secretario de Carlos Domingo. Era un solo párrafo corto, contundente y desgarrador:

“URGE VENGA A HUEJUQUILLA EL ALTO EN MÉXICO CUANTO ANTES. CUERPO DE SU HERMANO SE PERDIÓ, PARA RECOGER LA CABEZA DEL OCCISO…”

Tan sólo la cabeza de Juan Pablo y de Martín Fierro dejaron los federales antes de ser vencidos por los cristeros.

Aquella batalla triunfal resultó de cualquier manera  un triste capítulo para las tropas de Carlos Domingo. Juan Pablo era conocido y amado por sus compañeros y su muerte fue bastante llorada y sufrida tanto por mestizos como por indios.

Para entonces, Edna y sus hijas, ya no contaban con recursos económicos para pagar las clases particulares que les impartía el mexicano. Se habían mudado a un barrio bastante popular e instalado en un apartamento mucho más modesto y pequeño. Contando a penas con el mínimo presupuesto para rentar un mugriento piso y costear, no sin esfuerzos, sus alimentos.

A pesar de todo Dimitri seguía asistiendo con ellas todos los días. No le importaba que no tuvieran para remunerarle sus clases privadas. Necesitaba de su compañía diaria por sobre todas las cosas, de sus risas, chistes, conversaciones. También, inexplicablemente, se sentía urgido de la presencia constante y ardiente de Edna, la viuda. Su silueta sentada todos los días a unos metros suyos, alimentaba su vista famélica y carente de sensualidad. El aroma de las finas fragancias de la viuda nutría su olfato, otrora carente de amor, muerto de hambre de feminidad y del perfume marrón emanado desde el sexo femenino.

Notaba que la mujer se arreglaba cada vez más para esperarlo y sentarse junto a sus hijas a escuchar la clase. El rostro anteriormente áspero y amargo de la viuda se iluminaba nada más con ver a Dimitri aparecer en la entrada de su apartamento. En poco tiempo, con la ilusión de la llegada de profesor mexicano, Edna florecía cual gardenia irrigada y fertilizada con una nueva ilusión. Aunque era cinco años mayor que el joven escritor.

Y Dimitri sentía ahogarse el pecho con los propios latidos de su corazón nada más de verla. No estaba del todo seguro de ser correspondido, aunque había señales inequívocas como la amabilidad, la sonrisa y disposición por parte de Edna.

Aquel día se sentía confundido y desolado. La misiva desde México avisando de la muerte de su hermano, la emoción por la publicación de su libro opacada por la triste noticia. Todo era una mescolanza de sentimientos: tristezas, alegrías fugaces, depresión, frenesí, regocijo, desesperanza.

Subió por la escalera que le llevaba al modesto apartamento de las mujeres. Se aproximó a la puerta encontrándola entreabierta.

La viuda se hallaba sentada, sola, en la pequeña sala de aquel piso, con la maciza pierna cruzada sobre la otra. Arreglada con vestido de fiesta, elegantemente maquillada y peinada. Aguardaba por él.

-Esta vez no están las niñas en casa….

Dijo ella al despegar los ojos aceitunos de su lectura. De la pasta que sostenían sus manos se leía el título de la obra leída: Martín Eden, de Jack London. Enfocando a Dimitri con aquellas piedras lunares color verde.

Envolviéndolo y devorándolo con sus globos oculares preciosos.

11

 

Colgados

 

Los indios que seguían a Carlos Domingo  salaron las cabezas de Juan Pablo y Martín Pescador para preservarlas. A sabiendas que los restos del arquero de origen náhuatl, quien diera su vida defendiendo al comandante de la caballería cristera, no serían reclamados por nadie. Así morían los indios en la guerra y en la vida: una vez caídos en combate, sus cuerpos eran abandonados en el campo, a lo mucho cubiertos rápidamente con rocas y ramas para evitar que los zopilotes los picotearan. Muchos de ellos ni siquiera recibían aquella sepultura, improvisada sobre su despojos. Olvidados y sin ningún ritual fúnebre ni oración en pos de sus almas. Condenados a agusanarse en el olvido.

Una vez saladas, ambas cabezas fueron secadas al sol para evitar que se pudrieran. Sahumadas más tarde durante veinte horas sobre brasas de nogal. Tras recibir aquel tratamiento casero, casi culinario, los restos disecados de los guerrilleros se depositaron en la catedral de Huejuquilla el Alto, una pequeña ciudad ubicada en el extremo norte del Estado de Jalisco, en la entrada de la Sierra Huichola. Ocultadas por el capellán de la iglesia bajo unas lozas de cantera para que nadie las profanara. Con la consigna de  entregarlas a la propia madre o al hermano del pastorcillo cristero.

Las fuerzas de Carlos Domingo se desplazaron rumbo al poblado de Jalpa,  ciudad no muy grande, ubicada en el Sur de Zacatecas, en los límites con Jalisco. Donde contaban con la totalidad de su población como simpatizantes y seguidores de los cristeros.

En Jalpa aguardaron una semana por la llegada de un nuevo elemento: David Quintero, indígena originario de Sonora, de la etnia rarámuri, quien comandaba un contingente de trescientos guerreros tarahumaras, yaquis y mayos. Provenientes del norte del país, quienes juraron unirse a la causa de Carlos Domingo.

Al séptimo día arribó a la ciudad la columna de jinetes liderada por Quintero. Sus hombres armados con arcos, flechas, rifles y lanzas, habían cabalgado más de setecientos kilómetros en un día y medio de marcha forzada para encontrarse con el centauro cristero.

De Quintero se decía que era brujo y curandero. Que solía lanzar sortilegios malignos a sus enemigos antes de hacerles la guerra. Con sus hombres se unió a una rebelión apache en california, la cual sembró la muerte y causó muchas bajas entre los soldados norteamericanos antes de ser sofocada. Su ejército se dedicaba lo mismo al pillaje y el atraco que a las causas revolucionarias y el anarquismo de libre ideología. El abuelo de Quintero luchó al lado del cura Miguel Hidalgo en la Guerra de Independencia poco más de cien años atrás.

El ejército cristero se dividió expresamente en dos fuerzas. La infantería que ya superaba los seiscientos hombres marchó con Carlos Domingo a la cabeza, haciendo un rodeó hasta la ciudad de Zacatecas. Donde también contaban con sobrados simpatizantes y benefactores.

Por su parte, la caballería ahora liderada por Quintero se internó en la Sierra de Morones.

Se reencontrarían en Villa Hidalgo, una ciudad ubicada justo en el medio de los Estados de Zacatecas y Aguascalientes. Donde tenían su base desde hacía meses gran parte de las fuerzas federales.

Una vez arrasada Villa Hidalgo y arrebatada a los gubernamentales, los cristeros marcharían sobre la ciudad de Aguascalientes para hacerla suya. El objetivo último de todos aquellos movimientos era aproximarse  lo más posible a Guadalajara y atacarla tras apoderarse de la Capital Hidrocálida.

Cerca de la ciudad de Zacatecas, Carlos Domingo se abasteció de parque y víveres. Con su infantería de a pié marchó al fin sobre el rumbo de la ciudad de Aguascalientes. En Villa Hidalgo los federales ya sabían que la infantería cristera se dirigía a paso veloz hacia ellos y se dispusieron a la defensa. Ignorando que una caballería de más de cuatrocientos jinetes comandada por Quintero remontaba la Sierra de Morones para caerles por la espalda.

Los dos ejércitos se encontraron un domingo de semana santa  por la mañana, mientras la población de Villa Hidalgo aún dormía.

Carlos Domingo organizó una poderosa falange de ciento cincuenta lanceros indígenas: nahuatls de los bosques de Colima, huicholes y tepehuanos de la Sierra de Jalisco y Durango, quienes serían los primeros en embestir a las fuerzas federales. Armados con prolongadas estacas  de más de dos metros, talladas en el tronco de forzudos robles y pinos nacidos en la Sierra Wixárika.

Aquellas falanges indígenas emulaban, sin saberlo, las unidades macedonias que otrora siguieron a Alejandro Magno rumbo a Oriente.

Los lanceros huicholes y tepehuanos arrojaron una lluvia proyectiles sobre las primeras filas del ejército federal. Así comenzó la batalla. Luego embistieron con una segunda y tercera lanza portada por ellos, empalándolos igual que mariposas o escarabajos disecados. Actuando de manera semejante a un solo  y mortífero puercoespín.

El resto de la infantería cristera se dividió por órdenes expresas de Domingo, saltando tras una señal del anciano líder sobre ambos flancos de las tropas federales.

Una vez producido el primer y el segundo impacto entre ambos ejércitos, el cual no resultó en absoluto suave para los federales y agraristas, Carlos Domingo, quien se encontraba al frente de los lanceros, ordeno a sus falanges indígenas retroceder. Haciendo creer al gobierno que se batían en retirada, ilusionándolos con un triunfo que no sería más que una trampa asesina.

Ingenuos, los federales empujaron más y más a las filas cristeras, sin darse cuenta que al hacerlo, quedaban envueltos por el abrazo letal de las fuerzas del centauro. Perdiendo también su formación y desordenándose gradualmente conforme avanzaban, creyendo hacer retirarse a los cristeros.

A los cuarenta y cinco minutos de iniciada la lucha, la caballería liderada por el brujo rarámuri emergió de las montañas de Morones para arrasar la retaguardia obregonista. Sus jinetes iban semidesnudos, ataviados con plumas, penachos y pintura de guerra. Podían arrojar una flecha tras otra desde sus jamelgos o disparar sus rifles al mismo tiempo que sus monturas se desplazaban a gran velocidad, confundiendo a los federales y penetrando sus filas. Atinando en plena marcha con sus dardos y mosquetes. Muchas de sus saetas habían sido mandadas ungir  con veneno de víbora de cascabel y coralillo por el brujo. Así es que si no mataban a los federales al atravesarles el corazón, lo hacían tras herirlos, intoxicándoles la sangre y el cerebro con su veneno reptil. Paralizando sus miembros y asfixiándolos al frenar con violencia sus funciones vitales.

Carlos Domingo volvió a la carga junto a sus lanceros. Con las astas por delante, las falanges cristeras embistieron de nueva cuenta a las tropas obregonistas. La infantería cristera presionó desde los flancos, envolviendo y oprimiendo al ejército del gobierno.

En minutos, el ejército del presidente Álvaro Obregón había sido rodeado por completo por la desaforada masa rebelde.

No tardarían más de una hora y media en encontrarse ambos líderes indígenas en el centro de un campo de batalla humedecido con los restos enemigos, alfombrado con los cuerpos, la sangre y las vísceras de dos mil federales masacrados.

12

Dimitri hundió su rostro en la cabellera perfumada y frondosa de la viuda. Precipitándose en una selva sin nombre, ni vereda alguna, ni salida. Aspirando el hálito de la piel en su cuello. Dejando rodear su nuca con aquellos brazos desnudos. A la vez que la envolvía a ella por la cintura bajo el ritmo atípico de una pieza de fox trot.

Se mecieron largamente a la luz de un salón de sociedad. Dimitri nunca asistía a lugares de esa naturaleza, no sólo porque le provocaban aversión, sino porque prefería invertir sus pocos recursos en libros, discos de acetato y comida. Sobre todo debido a que hasta antes de publicar su primer libro, siempre fue demasiado pobre y por demás tímido.

Esa tarde las hijas se quedaron en casa de una amiga. La viuda las envió con el consentimiento de ellas.

Lo esperaba sola, sentada en el sofá de su sala. ¿A quién impartiría Dimitri la sesión de literatura ese día? Realmente eso no importaba. En realidad la clase sería recibida más bien por el joven mexicano. ¡Le urgía!

-¿Quiere ir a tomar un café conmigo?

Preguntó Edna a un Dimitri por demás desconcertado y sorprendido.

Balbuceó un “me encantaría” salido de su boca sin abrir los labios en lo absoluto. La viuda captó sin dudas el sí lanzado por el escritor.

No sólo se sentaron en una terraza a beber té y pastel, sino que la viuda lo jaló hacia uno de los salones donde se ofrecían tardeadas con música en vivo, cantantes, bebidas y tapas. Era un ambiente festivo que hacía sentir a la gente como invitados a una celebración familiar, aunque en realidad pocos se conocían entre sí. O fingían no conocerse. Se bebía, bailaba y comía sin cesar, importando poco quien se encontraba al lado junto a la querida o la amante en turno.

El baile no consistía más que en un pretexto para abrazarla y estar cerca de ella. No importaban en lo absoluto los ritmos y músicas europeas tan de moda en España. La música que gustaba a Dimitri eran las viejas canciones rancheras compuestas durante el siglo diecinueve en su país, la mayoría de las veces por autores anónimos quienes no pretendían hacerse famosos ni ricos con sus  guitarras y melodías.

De niño aprendió a tocar la flauta de modo autodidacta, de la misma manera que sin guía ni tutor alguno había aprendido a redactar cuentos y novelas cortas desde los siete años. Sin ninguna escuela más que la lectura incansable de los escritores clásicos a quienes pretendía imitar.

Con su pequeño instrumento atraía a las ovejas y a los perros pastores del rebaño, los cuales gustaban de sus delicadas melodías.

Con la flauta interpretaba las humildes obritas que le eran tan entrañables, como La Adelita, Cielito Lindo, La Feria de las Flores. Bastándole aquellas piezas sencillas producidas por su pequeña flauta para alegrarse en su interior. Aventurándose de vez en vez con algo de Beethoven  o Mozart que aprendió de los curas en Totatiche en su época del seminario.

En Europa descubrió a Bach y le fascinaba interpretar  Tocata y Fuga, cuya versión le costó mucho esfuerzo lograr. Uno de sus compañeros de la Normal le descubrió unas partituras escritas por Nietzsche en sus pocos momentos de lucidez que lo fascinaron. Aunque ni siquiera soñaba en ponerse a tocar aquella música extraña e inquietante con su modesto instrumento.

Pero en esta ocasión la cintura de la viuda era su flauta o su clarinete más agradable y preciado, y sus movimientos, la música más sensual que su ser captara nunca antes.

Tomaron una bebida portuguesa servida en las rocas cuyo nombre Dimitri jamás escuchó mencionar y mucho menos pudo memorizar. Tenía un sabor a hierbabuena en extremo dulce que lo empalagó y un elevado grado de licor que se le subió hasta la frente. Al punto de desinhibirlo y hacerlo apretarse aún más hacia el cuerpo de la española.

Caminaron cogidos de la mano, sin saber cuándo se entrelazaron sus dedos de regreso al apartamento. Dimitri quería hacer algo, pero no se atrevía, hasta que la viuda lo tomó del cuello con cierta violencia y acercó su rostro a los labios del joven para devorárselos con un beso.

Aprendieron a hacer el amor, no sólo por la inexperiencia y el desconocimiento casi absoluto del mexicano, sino también porque la viuda llevaba más de dos años sin estar con ningún hombre. Dimitri osciló con ferocidad desde la inhibición sexual completa y la impotencia total debida a la timidez, hasta las volteretas interminables, rodando sobre el cuerpo de Edna y ella sobre él. Comiéndose los cuerpos el uno al otro, bebiendo sus fluidos y secreciones, penetrándose mutuamente por la boca, el sexo, el ano y los poros.

Las sesiones de español y latín se postergaban sin razón. Dolores y Azul debían salir por órdenes expresas de la española a visitar a alguna nueva tía o amiga  y perderse durante toda la tarde.

Al terminar las jornadas de precioso sexo, Dimitri le interpretaba infinitas melodías en su flauta, desnudo, cerrando sus ojos, concentrado y soplando sobre el instrumento mientras la viuda le escuchaba boca abajo sobre las sábanas. Sin ropa en lo absoluto, el culo compacto y henchido mirando hacia el techo, el rostro descansando sobre la almohada, adormecida en un trance hipnótico con aquel instrumento celestial.

13

Resultó de un modo tan natural que la viuda lo presentara ante sus amistades como su novio y al poco tiempo como su prometido, pues pasaban siempre todo el tiempo juntos. Leían, hacían el amor, caminaban junto con las niñas, escuchaban a Dimitri interpretar una nueva pieza en la flauta o comían acompañándose.

El mexicano prácticamente se había ido a vivir al apartamento de las mujeres. Escribía sobre su mesa y desayunaba con ellas, conversaban hasta que se llegaba el otro día y se reían los cuatro de cualquier cosa. Y cuando se quedaba a dormir encerrado en la habitación de la viuda, las chicas ya ni se sorprendían. También les leía lo que iba escribiendo y escuchaba sus comentarios al respecto.

Aquellos últimos meses en España fueron de los mejores que el triste pastorcillo viviera hasta ahora, sintiéndose por primera vez tan bien con aquellas mujeres, considerándolas más que su familia.

De su hermano, aunque lo hería ocasionalmente el recuerdo de su cabeza esperándolo en alguna parroquia del Norte de Jalisco, la verdad es que se detenía poco en su recuerdo gris. Con Margarita su madre eran aún más raros los minutos dedicados a meditar en su imagen. Los meses se hicieron casi un año más viviendo fuera de su país. En total dos años en el exilio voluntario fuera de Sánchez Román y lo más lejos posible de su familia.

Firmaron el acta de matrimonio civil con sus nombres: Dimitri Dávila y Edna Ituarte, en el momento que la española tenía ya dos meses de embarazo. Era imposible que con aquellas sesiones extenuantes de sexo en las que el mexicano terminara y eyaculara hasta dos o tres veces en las entrañas de la española, no aparecieran antes los síntomas de la preñez.

El escritor tenía muchos planes y estaba contento a pesar de todos los acontecimientos ocurridos en México. La Guerra Cristera estaba en su apogeo, parecía por momentos que los cristeros ganarían la partida al gobierno. El tema de aquella guerra le atraía inspiradoramente para comenzar una nueva obra. Su primer libro se vendía bien en el viejo continente, muy pronto lo traducirían al portugués y al italiano, brindándole nuevas regalías y recursos financieros para sostener a su familia.

Por primera vez en más de dos años fuera de México, volvió a sentir la necesidad de volver a su país. Al fin y al cabo ya no era el mismo sujeto inseguro, reprimido y temeroso que dejara el pueblo natal. Ya era un escritor de cierto prestigio, estaba casado con una atractiva mujer que lo quería, tenía dos hijastras no menos hermosas y pronto sobrevendría un nuevo hijo. Si regresaba a México con su familia, pensaba, no se quedaría mucho tiempo en Sánchez Román. Recorrería la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas recopilando testimonios, tomando apuntes y entrevistando informantes para escribir su nuevo libro. Probablemente se marcharían al poco tiempo, ya sea a la capital de Zacatecas o a la misma Guadalajara con el fin de iniciar una vida diferente. Siempre y cuando la situación en el país lo permitiera. Planeaba y meditaba sin cesar el joven escritor.

No tardaron en abordar un carguero rumbo a América, con destino a Veracruz, llevando su nueva familia, sus libros, su flauta y un nuevo miembro en gestación.

-¿De ónde sacaste esa gachupina?

“Gachupina”

Preguntará la India Margarita con un resentimiento arcaico.

Al mirar por vez primera a Edna, la anciana revivirá en su interior antiguas querellas y guerras perdidas, protagonizadas por sus ancestros caxcanes contra los españoles. Un caudillo indígena llamado Tenamaxtli se rebeló contra los conquistadores por los años de 1600. Apedreando y asesinando a muchísimos europeos. Dicen que la corona española  mandó a más de cien mil soldados peninsulares y guerreros tlaxcaltecas desde el centro de México con el fin de sofocar la insurrección. Diez años de guerrillas, masacres, linchamientos y hambrunas. Al final los caxcanes serían derrotados gracias a la fiereza de los indios tlaxcaltecas. Un triunfo de indígenas sobre indígenas, para beneficio de los conquistadores.

Edna encarnará la belleza y elegancia de los jinetes europeos, ataviados con sus armaduras y trajes de metal. Españoles castellanos, gallegos, vascos y catalanes. Detestados hasta la muerte, también amados y deseados en secreto por los indios de Zacatecas.

Al principio las españolas temerán  a Margarita por sobre todas las cosas. Luego se acostumbrarán a vivir en la misma casa que aquella indígena morena, arrugada y fría. Las niñas dormirán en la recámara que fuera de Juan Pablo, mientras que Dimitri y Edna se quedarán en el cuarto que fue del escritor desde la infancia.

-¿Ti casaste a la iglesia, Carajo…?

Volverá a cuestionar Margarita en repetidas ocasiones.

Lo llamaban “Carajo”, ella y Juan Pablo cuando querían humillarlo.

-¡No mamá…! ¡Por Dios…! ¡No…!

Responderá Dimitri, inseguro y dubitativo.

-¡Tónces tu unión no fue sellada por Dios…!

-¡No me importa…!

Balbuceará a penas el escritor. Sin atreverse aún a confrontarla ni a defenderse de ella.

La indígena permanecerá la noche entera despierta, parando oreja desde el petate en el rinconcito pelón que consistía su paupérrimo dormitorio. Escuchando el resuello y los jadeos producidos por los amantes desde el cuarto de su hijo.

En delante, en todo Sánchez Román, la española y sus hijas serán conocidas como “las gachupinas”.

14

A tan sólo nueve kilómetros de la ciudad de Aguascalientes, prácticamente a las puertas de la Capital Hidrocálida, cristeros y gubernamentales se encontraron de nueva cuenta.

Para entonces, aunque Plutarco Elías Calles ganaba en apariencia unas elecciones democráticas en México, Álvaro Obregón continuaba gobernando el país desde su oficina privada. Centralizando el poder militar, jurídico, económico y social alrededor de su persona. Nada raro en este lado del mundo desde el inicio de los tiempos. Calles no era más que un simple vasallo  quien rendía cuentas al dictador.

Empero, no todo resultaba tan sencillo para Obregón y sus secuaces. Carlos Domingo y las fuerzas cristeras parecían invencibles. Ahora se preparaban para lanzarse sobre un nuevo objetivo. Si no se les detenía cuanto antes, acabarían apoderándose de Guadalajara, la ciudad más importante del Occidente de México. Si lo conseguían, se encontrarían muy cerca de echar a Obregón y su gente definitivamente, y destronar al gobierno de un golpe.

Para entonces, Obregón mandó reunir en Aguascalientes a la élite de sus seguidores, junto con el mejor armamento a su disposición. En las sombras, el dictador también negociaba con la Iglesia Católica Mexicana y su insuflada élite clerical. No tardaría en llegarles al precio para obligar al ejército cristero a rendirse, una vez comprados los curas y ordenado el desarme por parte de los párrocos y obispos.

Los obregonistas contaban con el mejor armamento a su disposición. Hasta la ciudad de Aguascalientes fueron llevados treinta cañones y doce ametralladoras, con las cuales se hizo picadillo al ejército de Dorados de Pancho Villa algunos años antes.

Por su parte, el ejército cristero engrosaba sus filas día a día, no sólo con voluntarios católicos, sino con hordas de indios y campesinos de la más humilde ralea. Contingentes indígenas provenientes de los más diversos grupos étnicos del país. La Guerra Cristera se perfilaba cada vez hacia una guerra de castas semejante a la Lucha de Independencia que abanderara el cura Miguel Hidalgo poco más de cien años atrás.

Desde hace mucho tiempo, la Guerra Cristera dejaba de ser un movimiento religioso, para convertirse en un conflicto social de gran envergadura. El grueso de los grupos más pobres y olvidados de México se enfrentaba contra una élite de ricos, latifundistas, hacendados y presuntos revolucionarios, quienes pretendían gobernar el país a sus anchas y gusto. Era evidente que la Revolución Mexicana no había tocado los derechos de bastantes familias enriquecidas sobre la base de la explotación de los pobres desde siglos atrás. Una élite de pseudo-revolucionarios era cómplice de un sistema social que cambió muy poco desde la época colonial. Un grupúsculo de revolucionarios gobernaba apoyando a los ricos, liderados por Obregón y coludidos con latifundistas y hacendados.

Con el fuego de las mismas ametralladoras que despedazaran a los hombres de Pancho Villa, fueron recibidos los cristeros en Rincón de Romos, comunidad demasiado cercana a la ciudad de Aguascalientes.

David Quintero y parte de la caballería cayeron primero, pretendiendo flanquear a las fuerzas gubernamentales, sorprendidos en plena estrategia y arrasados con un fuego imparable. Perdiéndose sin remedio.

Las falanges y la infantería cristera fueron rechazadas en dos ocasiones. Se trataba de un ejército de veteranos militares financiados por Álvaro Obregón, quienes lucharon contra Porfirio Díaz, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Victoriano Huerta. De ningún modo los cristeros se enfrentaban a los mismos  pelones y mal comidos soldados agraristas, a quienes aplastaron con anterioridad.

Carlos Domingo reunió a sus dispersas fuerzas y les ordenó la retirada

Las tropas de élite de Obregón los persiguieron durante todo un día, picándoles los talones sin descanso y causándoles más bajas en la refriega y la huida. Hasta que los cristeros atinaron a refugiarse en la seguridad de los cañones de la Sierra de Morones. Los cuales eran de su dominio absoluto.

En la Sierra, el centauro huichol reorganizó sus fuerzas, mandó curar a los heridos, recogió a los rezagados y escondió parte de los víveres y el parque que le quedaban.

Bajo el ímpetu de su triunfo, los obregonistas acamparon en el fondo de un acantilado, confiados en que los cristeros ya no representarían peligro alguno tras aquella derrota.  Brindando la oportunidad única al líder indígena de emboscarlos y sepultarlos en aquel sitio.

A los dos días, a las tres de la mañana, algunos de sus mejores hombres se infiltraron en el campamento federal. Los emisarios de Carlos Domingo se colaron disfrazados de gubernamentales, confundiéndose en las sombras, bajo la tenue luz de una luna menguante. Prendieron fuego a sus tiendas, incendiaron sus carretas, armas y enceres, blandiendo fugaces antorchas impregnadas con manteca y resina.

Caos y confusión cundieron por entre los obregonistas. Una vez a salvo sus incendiarios emisarios, Domingo mandó llover  una tormenta de flechas, balas y pedernales, arrojados por sus indios y mestizos, quienes se habían apostado en las rocas, en las cumbres de aquellos acantilados que rodeaban el campamento enemigo.

Se escuchaban alaridos ensordecedores provenientes de los asustados federales. La lluvia de balas, piedras y saetas encendidas cayó durante más de una hora. Matando a muchísimos gubernamentales, achicharrándolos, hiriéndolos o lisiándolos, incendiando sus equipos de guerra.

Al amanecer, los cristeros cayeron sobre el diezmado campamento del gobierno. Un contingente de 80 guerreros a caballo, sobrevivientes  de la caballería liderada por Quintero, se abrió paso a través de las maltrechas filas del gobierno, asesinando y dividiendo al ejército enemigo en dos. Vengando al brujo rarámuri quien los comandara.

Las falanges indígenas emergieron de entre las rocas donde se escondían y formaron un solo erizo mortal que ahora sí logró embestir a los obregonistas, empalándolos, pisando a los caídos y arrojando sus proyectiles sobre los que ya huían.

Los cristeros no conseguirían aniquilar del todo a las tropas federales en aquella ocasión, pero sí los expulsarían en definitiva de las montañas de Morones. Haciéndolos huir derrotados hacia Aguascalientes y de ahí mandándolos de regreso a la Ciudad de México. Confiscándoles dos cañones, tres ametralladoras y más de doscientos caballos.

Carlos Domingo reunió de nueva cuenta a sus hombres, exhaustos pero felices y ebrios con el triunfo. Marchó junto con ellos rumbo a la Sierra Huichola, de regreso al Norte de Jalisco, donde se encontraban su bastión y su fortaleza sagrados.

15

Dimitri avistó a los  cristeros por primera vez en su vida cuando descendieron de la Sierra de Morones hacia el lado de Zacatecas y pasaron junto a Sánchez Román.

Había escuchado muchas historias sobre ellos. En el mundo entero se conocían las victorias anotadas por el centauro huichol para el bando cristero. Aquellos hombres le causaban admiración y también pesar, al hacerle recordar a su hermano muerto.

Las tropas lucían famélicas, desnutridas y desarrapadas. Habían luchado y sufrido demasiado. El pueblo entero se congregó a las afueras de Sánchez para entregar alimentos, ganado, oro y sacos de cereales al ejército de Carlos Domingo. Los cristeros iban de paso, pues luego marcharían con rumbo a Huejuquilla el Alto y más tarde se internarían en la Sierra Huichola para rearmarse.

De la Sierra del Norte de Jalisco habían partido y a ella regresaban para fortificarse de nueva cuenta.

La anciana indígena, madre de Dimitri, preparó tortillas, frijoles y chile con sus propias manos durante dos días sin descanso, para dar de comer a los extenuados y hambrientos hombres que acamparon en las afueras de Sánchez Román.

Dimitri observó a Carlos Domingo, sin dejar de estudiarlo ni estar interesado en él. Pensaba redactar una nueva novela con los retazos de historias y testimonios que le contaban los sobrevivientes y testigos de la guerra. También admiraba la fuerza y vitalidad del centauro, sorprendido con su envergadura a pesar de la avanzada edad. Al contemplarlo, no evitaba la tentación de crear un personaje literario semejante a aquel líder indígena. Carlos Domingo representaría un personaje ineludible en la historia que contemplaba ponerse a escribir.

Meditaba largo y tendido sobre una nueva trama durante buen tiempo antes de ponerse a escribir. De inicio trabajaba solo mentalmente las ideas para sus nuevos libros. Podría decirse que durante meses, prácticamente escribía en su mente toda la historia antes de sentarse sobre su escritorio a redactar.

Se sentía confundido con la idea de estar planificando una nueva obra, al mismo tiempo que el tema de los cristeros le causaba muchísimo pesar, pues le recordaba a cada minuto a su hermano Juan Pablo. Por encima de todo sabía que su deber ineludible como escritor era escribir. Su oficio y su carisma como artista le dejaban cada vez menos opción. De paso, intuía que la exploración de la Guerra Cristera como tema de su novela, le ayudaría de un modo u otro a exorcizarse de culpas, rencores, dolor y sobre todo de la presencia de Juan Pablo.

Estaba obligado a recoger la cabeza de su hermano en Huejuquilla el Alto, cosa para la que de ningún modo encontraba el valor aún. ¿Pero de no ser él quien fuera, quién más marcharía por los tristes restos de Juan? ¿Quién más si no su propio hermano? Se repetía Dimi como obseso.

-¡Tienes qui irte con ellos…! ¡Debes recoger a tu hermano…!

Ordeno Margarita.

La idea de cargar con la cabeza de Juan Pablo a cuestas le producía un horror  insostenible al siquiera imaginarlo. Experimentaba por otro lado tristeza y desilusión de sí mismo al no encontrar el valor para cumplir tal misión.

No podía negarse a lo que su madre le exigía. Margarita lo hacía sentir como si les debiera demasiado.

No sin preocuparlas, dejó a Edna y a las chicas en la casa materna y marchó sobre las ancas de una mula, siguiendo la retaguardia de una fila de soldados cristeros que ya remontaba el camino de la Sierra. Llegarían de paso por Huejuquilla el Alto, en el Norte de Jalisco, antes de perderse en los confines de las Montañas Wixaritaris.

Al despedirse, la gachupina lo abrazó y besó ardorosamente, queriendo arrancar los labios del muchacho con su boca. En el  vientre de Edna se agitaba la vida gestada por el amor de ambos. El embarazo hacía lucir a la viuda cada vez más luminosa, más hembra, crecientemente más mujer. Gustando  y embrujando al joven escritor en medida creciente y paralela al desarrollo de su belleza.

A lomos de su mula, Dimitri giró el cuello para mirar a Edna a la distancia antes de desaparecer de su vista. Las mujeres le decían adiós desde lejos, agitando las manos. La española y sus hijas lo hacían regocijarse nada más con el preciado espectáculo de su presencia.

Volvieron a él los ánimos al sentirse apoyado y amado por ellas. Debía cumplir con aquella misión, aunque no le agradara. Ahora tenía muchas razones para continuar viviendo y luchando, tenía una familia y su propia obra literaria. Poseía una seguridad absoluta de que de un modo u otro regresaría a su pueblo sano y salvo.

Se perdió tras los últimos jinetes que se hundieron en la espesura del monte.

16

-Le pido de favor brindar santa sepultura con todos los honores a este soldado. Mándele oficiar unas misas. El muchacho se comportó tan valiente como cualquiera de mis hijos…

Pronunció secamente Carlos Domingo. Fue lo único que el centauro dijo antes de retirarse. Extrajo varios billetes de la bolsa de su camisa y los ofreció al joven escritor. El dinero serviría para pagar los servicios fúnebres de un cura, aunque por entonces las celebraciones se efectuaran en alguna casa o escondrijo y no en el templo. Pues el culto público había sido prohibido por el gobierno. Las iglesias seguían cerradas bajo órdenes oficiales desde hace más de tres años.

Dimitri se negó a aceptarlos, si algo podía hacer por su hermano a éstas alturas, era solventar él mismo los gastos del sepelio. El anciano líder sonrió a Dimitri y se dio la vuelta para dirigirse hacia su castrado. Pronto sus unidades estarían de nueva cuenta en movimiento para internarse en el monte.

Lo último que pensó antes de verlo partir, no fue en el dolor y pesar por la pérdida de Juan Pablo. Pérdida en la que extrañamente y gracias a su nuevo proyecto literario, cada vez inquiría menos. Sino en el deseo de escribir un nuevo libro, una novela sobre la Cristiada, en la que un caudillo como Carlos Domingo y sus seguidores, serían los personajes centrales.

El capellán de la catedral le entregó un costal de yute, cuyo contenido apenas pesaba. Lo habían extraído a hurtadillas de abajo de una losa del altar.

Comenzó a temblar y transpirar sin descanso. No se atrevía por nada del mundo a abrir aquella bolsa, mucho menos a mirar su tétrico contenido.

Le sorprendió lo liviano de su peso, como si fuera de papel, acaso cascaron de huevo secado. Habían transcurrido casi dos años desde la muerte de su hermano y los restos se conservaron expresamente para ser recogidos por sus parientes y luego sepultados. Para entonces, aquellos despojos se encontrarían por demás tristes, secos y deshidratados. Apenas se parecerían a los hombres que los portaron en vida. Pensó Dimitri.

Observó al ejército cristero remontar la Sierra Huichola y perderse por entre los robledales y bosques de pinos de Huejuquilla. Su siguiente parada sería Santa Catarina, una comunidad plenamente indígena donde acamparían algunos días. Más tarde marcharían hacia Popotita, un ranchito ubicado al pié de un inmenso acantilado, en los confines de la Sierra, hogar de Carlos Domingo. Ubicado en las fronteras entre Nayarit, Jalisco y Durango.

Sería la última vez que se viera unificado al ejército cristero. La Iglesia Católica, comprada por Calles y Obregón, no tardaría en ordenar el desarme forzoso a todos los rebeldes. La rendición absoluta sería negociada en las sombras por los políticos y las altas esferas clericales. Al parecer, el dictador llegaría al precio a la élite eclesiástica. Obispos y cardenales anunciarían que la lucha finalizaba, el culto se reanudaba de manera normal, cual si nada hubiera pasado. Los cristeros estaban obligados a entregar sus armas y regresar a sus casas y ranchos cuanto antes.

Así como así.

Ningún político, ni obispo ni cardenal, pensaría de ningún modo jamás en la sangre derramada por tantos campesinos e indios a lo largo de aquellos años, ni en su lucha en pos de un sistema social más equitativo y humano. El Sistema Político Mexicano continuaría con más de lo mismo hacia un futuro  de nación incierto y triste. Ganancia de políticos, burgueses, latifundistas, agraristas y hacendados. Obviamente también para las altas esferas de la iglesia, cómplices y beneficiarias de aquella negociación.

Dos años más tarde moriría Carlos domingo de viejo, atrincherado en la sierra, rodeado de algunos de sus nietos y seguidores más aguerridos.

17

A lomo de su mula, Dimitri sintió las cabezas moverse al interior del costal. Parecían estar vivas, como si se trataran de ardillas o gatos rabiosos prisioneros en aquella bolsa. Revolviéndose y luchando por escapársele.

Fue la primera vez que presintió errores en su propio juicio y profundas confusiones en su mente.

Mientras cabalgaba continuó transpirando sin cesar. Algo raro ocurría con su organismo y su mente. Al colocarse la mano en la frente, se percató que su cuerpo hervía, por demás caliente y húmedo. Las cosas parecían no andar bien.

Para intentar tranquilizarse, extrajo del morral de lana su diminuta flauta dulce que siempre le acompañaba y entonó suavemente Cielito Lindo para alegrar su marcha. No logró la calma, a pesar de los esfuerzos por relajarse. Intentó con el Himno a la Alegría de Beethoven. Pronto la melodía se distorsionó de modo desgarrador, pues sus nervios hacían temblar sus labios y flaquear su aliento, impidiéndole interpretar su flauta con la misma soltura de siempre. Produciendo un sonido fantasmagórico que lo alteró aún más.

Al caer la noche, se le aparecieron sombras que bailaban y se ocultaban burlonas en el bosque apenas las percibía su mirada. Espiándolo y pareciendo reírse de su condición crecientemente debilitada.

Una de aquellas sombras malévolas se lanzó sobre su humilde montura, espantándola. No era un ser humano, quizá se tratara de un duende o un pequeño demonio habitante de los robledales de Monte Escobedo, donde ya se encontraba mientras avanzaba de regreso a Sánchez Román.

Los campesinos e indios los conocían también y los nombraban alushes o diablillos desde que él era niño

Aquel duendecillo oscuro e informe se coló entre las patas de su montura, haciéndola revirar de terror. Lanzándolo dolorosamente contra las piedras y el lodo junto con el saco de yute, los restos de su hermano y las pocas pertenencias que llevaba.

Dimitri profirió un alarido de espanto al mirar a aquella criatura del Inframundo, un alushe o duende prehispánico, quien le sonrió descarado antes de desaparecer por entre los árboles. Mostrándole una boca con cientos de dientes puntiagudos y amarillentos, arrojándole un aliento irrespirable de éter, azufre y mierda. La sombra se perdió juguetona en el bosque, luego de derribarlo, emitiendo agudas carcajadas, no sin antes sonreírle de nueva cuenta. Aquel sigiloso duende indígena, quien luego se desvaneció en la floresta.

Los campesinos contaban historias sobre los alushes o diablillos, habitantes de la Sierra desde la Noche de los Tiempos. Ahora Dimitri los conocía de primera mano. Se decía que sabían enloquecer a los hombres y hacerlos  perderse en el bosque. Los indígenas también los nombraban  chaneques o duendes diminutos. Solían dejarles parte de su cosecha  como ofrenda para asegurarse un buen término en sus cultivos. La gente del campo acostumbraba decir que preferían tenerlos como aliados, ofreciéndoles comida y regalos, que como enemigos en su contra.

Las cabezas de los difuntos saltaron de su saco. Dimitri se vio obligado a descubrir la expresión tranquila con la que muriera Juan Pablo, en contraste con su propio rostro, aterrorizado y trastornado. Apenas se distinguían los rasgos faciales de su hermano, desfigurados con el paso del tiempo, el polvo y la sal.

Cogió la cabeza de Juan, atinando a guardar velozmente su flauta en el morral. Corrió, intentando escaparse de los chaneques y duendes que le perseguían.

Contempló a su mula perderse a toda marcha, huyendo desquiciada, relinchando y piafando entre los robledales. Los alushes y chaneques no tardarían en atacar y hacer suyo al pobre animalito enloquecido.

Dimitri continuó corriendo por el bosque, la cabeza de Juan envuelta en su propia camisa. La sentía revolverse junto a su vientre, tirarle mordidas al estómago, sacudirse, girar y gritonear enojada. La escuchó hablar y vociferar frases hirientes. Llamándolo “Carajo”. Maldiciéndolo hasta la eternidad, reclamándole el no apoyarlo durante la guerra, el abandonar a Margarita y al rebaño en su pueblo.

Al no soportar aquellos insultos y humillaciones, Dimitri se animó a arrojar la cabeza contra un roble, haciéndola fracturarse el cráneo descalcificado. Luego se desplomó exangüe sobre el suelo.

Extrajo unos cerillos de su viejo morral. Encendió una hoguera bajo aquel árbol y sin pensarlo, presa de impulsos desconocidos, quizá poseído por la voluntad de aquellos duendes  y chaneques oscuros, tan temidos por los indios y rancheros de la región, depositó en el fuego la cabeza de Juan Pablo.

Un aroma a carroña y carne humana calcinada se desprendió a lo largo de aquella parte del bosque. Las sombras se congregaron de nueva cuenta alrededor de Dimitri, tal vez asustadas ante aquel espectáculo lúgubre e indescifrable hasta para ellas mismas. Quizá alegrándose al ser partícipes de aquel delirio irrefrenable y macabro.

El alushe o duende quien lo derribara de su mula, se aproximo hacia él por segunda ocasión, divertido. Mostrándole una boca inmensa y poblada de dientes, sonriendo. Era el líder de aquellos seres del Averno.

“Cómetela….”

Pareció ordenarle aquel demonio enano y mal intencionado.

Dimitri obedeció sin dudarlo, las manos temblorosas, la mirada poseída por voluntades de otro mundo. Introdujo sus dedos largos en los cuencos del cráneo, extrayendo los ojos grisáceos y disecados de Juan, que en vida tanto lo acusaran y reclamaran. Los mastico sin pensarlo, encontrando un sabor acre, salado, casi agradable.

“Continúa….”

Pronunció el alushe fascinado con el espectáculo.

Lo rodeaban cientos de sombras animadas y perversas, gozando con aquella escena, divertidas y frenéticas, excitadas con lo que apreciaban sus infernales ojillos, aplaudiendo y vociferando insultos horribles y diabólicos en antiguas lenguas impronunciables por los hombres. Nutriéndose con las interminables escenas de aquel delirio caníbal.

Arrancó el cuero cabelludo, lo limpió de las greñas resecas y chamuscadas que aún le quedaban. Se atragantó con él. Masticó las mejillas y la boca requemada de su hermano. Tragó todo, hasta devorar por completo la carne secada que rodeaba el cráneo. Dejando tan sólo los tejidos más duros e incomibles.

Finalmente arrojó los huesos sobrantes sobre la hoguera, atizándola y avivándola aún más con los desperdicios y echando más leña. Las llamas se elevaron tres metros, consumiendo lo que quedaba de su hermano, sin dejar rastro del cráneo, los maxilares y las quijadas restantes. No dejando más que cenizas y polvo de lo que alguna vez fue  Juan Pablo.

La mente se le atrofió aún más, perdió contacto con el entorno circundante. Todo le dio vueltas. Unas nauseas insoportables emergieron de sus entrañas, impeliéndolo a vomitar. Devolvió la totalidad del contenido de su estómago sobre el suelo, hasta quedarse vacío y desvanecido.

Perdió el conocimiento, abandonándose por completo a las intenciones de aquellos seres que solían hacer perderse a los hombres y tanto se evadían de Dios.

Se desplomó una vez más, quedando a merced de aquellas entidades, duendes, alushes y chaneques. Quienes apenas tuvieron la oportunidad, se precipitaron con voracidad sobre su ser, cubriéndolo todo con el hielo de su noche.

18

A los dos días lo llevaron unos arrieros hasta Sánchez Román, la ropa hecha girones, semidesnudo, enflaquecido, mugroso e incapaz de pronunciar palabra alguna. Por suerte lo habían encontrado tirado en el bosque, inconsciente, deshidratado, mudo, confundido y muerto de hambre. Decían que se había vuelto loco.

La española y sus hijas corrieron a abrazarlo y envolverlo en un zarape. Pronto lo llevaron al interior de la casa, lo lavaron, cambiaron sus ropas, lo alimentaron y le dieron de beber.

El cariño proporcionado por las damas no tardaría en curarlo.

Gradualmente se fue recuperando, aunque seguía sin poder pronunciar ni una palabra.

Logró sonreír dificultosamente en cuanto descubrió a Edna, a Azul y a Lola  a su lado. En delante las mujeres conseguirían alegrarlo hasta en las circunstancias más horribles y en los peores infiernos de su vida.

Margarita era un hielo, una montaña de muerte y amargura que lo miraba acusadoramente.

-¡¿¿Dón tá tu hermano….??!  ¡¡Lo abandonaste…. idiota…!! ¡¡Dejaste solito a mijo… Cabrón, inútil…!!

Interrogó e insultó la india, llena de odio y rencor.

Lo detestaba como siempre, con un odio antiguo proveniente de tiempos más viejos aún que las vidas de ella y de sus hijos. Un odio del cual, en cierto modo, ella no era del todo responsable y al cual tampoco comprendía. Odio, resentimiento y veneno cuyo origen se remontaba a la época de sus ancestros caxcanes, cuyas revueltas y fieras luchas no podrían liberar su a pueblo de la esclavitud, la muerte y las enfermedades traídas por los conquistadores españoles. De aquellos insaciables europeos a quienes los indios abominaban y al mismo tiempo consideraban hermosos, como divinidades blancas sobre sus monturas. A los que, a pesar de desear su muerte con todo el corazón, secretamente anhelaban también arrancar de sus jamelgos para poseerlos y acoplarse con ellos, procreando una nueva raza, híbrida y guerrera.

Margarita inyectaba con su mirada un veneno de animal ponzoñoso. Pareciendo ser lo único que conocían sus ojos desesperanzados y perversos. Lo hacía sin conocer la causa de sus acciones. Ignorando ser más que el instrumento de una fuerza maligna y arcaica que la perseguía desde antes de llegar a este mundo, originada en épocas inmemoriales, trascendiéndola hasta el infinito. Un veneno lejano y arquetípico que no tardaría en matarla a ella misma al ser  su portadora.

Dimitri se irguió desde su petate en el suelo, donde yacía recostado, encarándola por primera vez sin miedo, mirándola con unos globos oculares desorbitados e inflamados. Ojos de loco y de diablo. Mudo y aguerrido por encima de todo. No había respuesta para su pregunta. Los rastros y el recuerdo de Juan Pablo quedaron borrados para siempre. Pero no su memoria, que sería rescatada en un libro próximo, extraído de su mano.

Margarita se intimidó al instante, Dimitri nunca se había atrevido a retarla, mucho menos a levantarle la mirada y la voz. Su hijo no podía hablar, pero la expulsaba con  sus pupilas enrojecidas y desquiciadas, reprobándola y devolviéndole su odio por primera vez.

La india se retiró al instante sin saber qué hacer. No había explicaciones, nada qué decir. Su primogénito se perdió para siempre desde el día que marchara tras las tropas rebeldes.

A los cuatro días, la india ya no se despertó de su humilde lecho de petates y tierra, muerta al detenerse su corazón y su cerebro mientras dormía.

Al explicar su muerte, las gentes del pueblo recordarían que murió de enojo y tristeza por la muerte de su hijo mayor, el más querido.

19

Un pequeño varón nació a los dos meses de enterrar a Margarita, cambiando por completo la atmósfera lúgubre y mortuoria, de rencor y guerra que reinaba no sólo en la casa de Dimitri, sino en todo Sánchez Román. Brindando un aire fresco y perfumado de criatura inocente y recién nacida.

Dimitri seguía sin hablar pero sonreía más a menudo. Paulatinamente logró ponerse de pié, tan sólo para sentarse en el escritorio y comenzar a escribir su novela sobre la Guerra Cristera. Cristeros, la intitularía.

Conforme avanzaba en su nueva obra, también iniciaba caminatas por los derredores de la Sierra de Morones, en donde otrora él y  Juan Pablo jugaron de niños e hicieron pastar el rebaño.

Por primera vez en su vida se sentía cómodo en su pueblo natal, en su casa y con su familia. Ya no quería irse de ahí, había olvidado sus planes de volverá España, de irse a vivir a Guadalajara o a Zacatecas. Estaba a gusto ahí.

Azul y Dolores, quienes  se habían  convertido en atractivas y femeninas adolescentes, llenaban la casa con sus risas, canciones y juegos. Abrazando al pequeño hijo de su madre y Dimitri, jugando con él, vistiéndolo y cargándolo a todas partes. Edna se convirtió en la reina innegable de aquel hogar, atendiendo al bebé, solicitando el apoyo de sus hijas, atendiendo todo lo relativo a las necesidades de su nuevo hogar en Sánchez. Pronto se decidió que el nuevo miembro de la familia se llamaría Raúl, Raúl Dávila, apellidado al igual que su padre.

De su rebaño quedaban aún algunos animales, cabras y ovejas que cuidó Margarita hasta sus últimos días.

Mudo y discreto, Dimitri los arriaba junto con los perros pastores, el morral de lana al hombro con la libreta para escribir, el refrigerio y la flauta dulce. El rebaño no tardó en volver a crecer y hacerse próspero de nueva cuenta, brindándoles lana, carne y leche.

Compaginaba las labores de pastoreo con largas horas escribiendo bajo el antiguo roble donde se echaba a leer desde niño. Mientras los animales rumiaban y los perros los agrupaban, metiéndolos en cintura a dentelladas.

Escribía durante una hora o dos, sin dejar de echar vistazos hacia el llano para vigilar a las bestias y los canes. Extraía su flauta e interpretaba Cielito Lindo o  La Feria de las Flores, para acompañarse. Luego tocaba algo delicado de Bach. Guardaba su instrumento, comía un pedazo de tortilla con queso, alguna manzana y retomaba la escritura imparable dos o tres horas más. Para volver ya entrada la noche a su casa en compañía de su mujer e hijos. Quienes le esperaban para cenar.

Llegaron noticias de la muerte del dictador Álvaro Obregón. Un valiente seminarista de los jesuitas se atrevió a ajusticiarlo en plena plaza pública con una pistola. Le destrozó el hígado al acercársele por un costado, descargando su arma al mismo tiempo que lo envolvía en un abrazo amoroso y mortal. Obregón creyó que era un pariente o un admirador, dejándose rodear por los brazos del sacerdote antes que la descarga atravesara  su cuerpo e hiciera explotar sus entrañas. La gente del pueblo comentó el hecho, sin evitar alegrarse durante algunos días. El dictador pagaba con sangre toda la sangre vertida bajo sus órdenes. Después olvidaron para siempre al jerarca político y no volvieron a hablar nunca más de él, del mismo modo que los cristeros comenzaban a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel era un pueblo que olvidaba pronto, aunque se lamentara a ratos de su amnesia.

Dimitri no volvió a hablar, pero escribía mucho y sin descansar. Parecía que en lugar de palabras le salían páginas y páginas imparables de sus manos. “El escritor mudo” le decían en toda la región.

A lo largo del sur del Estado de Zacatecas y el Norte de Jalisco, la gente escuchó que Dimitri Dávila escribía una importante obra sobre la Guerra Cristera, la cuál sería dada a conocer en Europa y Estados Unidos. Muchos testigos de primera mano, ex soldados agraristas y cristeros, gente que vivió el conflicto en carne propia, acudieron hasta Sánchez Román para narrar al escritor sus vivencias y ayudarlo a terminar su libro. El pastor les escuchaba con paciencia, mirándolos casi sin parpadear, transmitiéndoles una calma lograda por él mismo, luego de atravesar infiernos sin fin, hundiéndose y emergiendo. No respondía, pues no podía hacerlo con su voz, pero sus ojos y su rostro los comprendían y les prestaban mucha atención.

Para cuando finalizó su nueva obra: Cristeros, un volumen de más de quinientas cuartillas de una novela histórica y la envió a Europa para su publicación, un nuevo hijo, ahora una niña fruto de su relación con la gachupina llegaba. Parecía que con los partos literarios de sus obras, llegaban también nuevos hijos. La nombraron Tania, Tania Dávila, como buena hija de Dimitri.

En ese entonces lograban una posición económica que si no era demasiado elevada, sí era harto cómoda. Las regalías por su primer libro le generaban un constante cheque mensual enviado desde Madrid, que aunque no era demasiado gordo, sí era seguro.

Su novela sobre la Cristiada se hacía famosa en el Viejo Continente y era leída cada vez por nuevos lectores. La tradujeron al inglés y en los Estados Unidos se popularizó aún más, brindando buenas regalías al escritor y a su familia con las ventas por la traducción y las reediciones. La gente en Norteamérica parecía muy interesada por conocer lo ocurrido durante el conflicto de los cristeros en el Occidente de México.

Transcurrieron los años, Dimitri acumuló un hijo más junto con Edna. Lo llamaron Aníbal, como al comandante cartaginense. Azul se casó con un empresario norteamericano que se la llevó a Nueva York a vivir. Dolores se fue a Guadalajara a estudiar la Normal para maestros, en aquella ciudad se casó también y se quedó a trabajar.

Los hijos de Dimitri crecieron.  Cuando cumplió los doce años, Tania murió ahogada durante una inundación en la que nuevamente se desbordó el Río de Morones que descendía de la Sierra, arrastrándola para siempre. Nunca encontraron su cuerpo El escritor lloró durante meses y jamás se recuperó del todo. Edna volvió a escuchar de nuevo su voz, que no se manifestaba desde hace mucho, pero sí lloraba y vociferaba lamentos desgarradores. Dimitri le dedico un libro entero a su pequeña. Escribía pretendiendo curarse un poco de las pérdidas sufridas, dándole a la vida una nueva historia escrita a cambio de cada herida infringida a su ser en el combate.

Con el paso de los años tendría que escribir más libros al partir Edna y dejarlo solo y viudo, sus hijos varones se irían también, después de hacer sus respectivas vidas y culminarlas. Respondiendo Dimitri con una valerosa historia culminada, en respuesta a cada golpe mortal.

20

“¡¡¡Ahí viene el gringo!!!”

Gritaron los chiquillos en Sánchez Román. Pronto le cambiarían de nombre a aquel lugar, que dejaba de ser un poblado pequeño, olvidado en el Sur de Zacatecas y se volvía gradualmente una ciudad de considerable tamaño.

“Tlaltenango”, habían decidido los políticos en turno que se llamaría en delante el pueblo, el cual perfilaba para convertirse en una importante ciudad comercial. Ubicada en las faldas de la Sierra de Morones, en una estratégica región de paso entre las ciudades de Aguascalientes, Guadalajara y Zacatecas.

“¡¡¡Que ahí viene el gringo!!!”

Volvían a proferir los muchachos, excitados, admirados y burlones. En realidad no era gringo, sino francés. Un historiador quien indagaba sobre la Guerra Cristera. El francés se dedicaba a rastrear testimonios de primera mano de gente que hubiera participado en el conflicto, decían que preparaba su tesis de doctorado sobre el tema de los cristeros.

Cuando los chiquillos lo guiaron hacia la casa de Dimitri, el francés rebosaba de gusto y emoción. Ignoraba que Dimitri Dávila, autor de una novela sobre la Guerra Cristera aún viviera y radicara precisamente en Tlaltenango de Sánchez Román. Donde por mera coincidencia pasaba aquellos días mientras realizaba su investigación.

Dimitri no se encontraba en su casa. Las gentes le dijeron que andaba en Morones con sus perros y sus borregas. Hasta allá se iba para pastorear, leer, escribir o tocar su flauta.

El francés debió caminar casi medio día, hasta que se le atardeció, siguiendo las señas que le diera la gente para dar con el sitio donde el escritor acostumbraba descansar y pastar a sus animales. Se conmovió al saber que el artista creaba la mayor parte de sus libros recostado bajo un árbol, mientras su rebaño pacía.

Le informaron que se había quedado mudo desde los tiempos de la Cristiada. El historiador no esperaba demasiado, simplemente aspiraba a verlo, conocerlo, quizá sentarse un rato junto a él.

El francés divisó a la distancia el rebaño al pié del valle, frente a las montañas de Morones, cobijado del sol bajo sus sombras.

Protegido por un gigantesco roble de más de cien años, se inclinaba un anciano sobre la libreta, escribiendo sin descanso. La barba y la melena completamente blancas y enredadas, bifurcadas en una sola mata espesa.

Debería haber cumplido casi los setenta y cinco años de edad, o un poco más, según los cálculos del francés.

El anciano escritor escuchó pasos a su retaguardia. Tenía un oído muy fino. Se incorporó y enfocó al francés, que ya se encontraba demasiado cerca.

El historiador andaba de mezclilla, camisa de manta y guaraches. El cabello rubio un tanto largo y la patilla prolongada de acuerdo a la moda de los setentas. A simple vista parecía más un hippie que un especialista en humanidades. Levantó su mano, saludando a Dimitri.

Los dos hombres se sentaron tranquilos bajo el roble. El francés sonrió. Dimitri pudo ver que era buena gente, sencillo, incluso un tanto ingenuo. Lo que le brindó confianza.

Hace mucho tiempo que sus hijos se habían ido y que su mujer partió hacia el Otro Mundo también. Vivía solo, pero estaba bien. Las prolongadas caminatas diarias en el monte tras los perros y el rebaño lo mantenían activo y fuerte. La lectura, la música y la escritura brindaban a su cerebro y a su mente una agilidad envidiada por los jóvenes.

El francés y el anciano se miraron sin hablar durante largo tiempo.

Dimitri extendió sus ojos hacia el cielo, los desvió hacia las montañas de Morones, como pidiéndoles permiso. Frunció un gesto, arrugando por completo su rostro, en una mueca que al mismo tiempo era dolorosa y serena, a punto de iniciar una charla.

Y por primera vez en más de cuarenta años, comenzó a hablar y conversar con el desconocido.

En la ruta de Parménides García Saldaña

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El éxtasis de las buenas almas se había transformado (súbitamente) en tedio. La droga había dejado de ser efectiva. El gran cambio de la Flower Generation confirmaba, una vez más, la pequeña verdad (very earthy) de Karlitos Marx: las revoluciones burguesas tienen corta vida.

 Parménides García Saldaña –En la Ruta de la Onda

 

1

A José Agustín le resultó imposible abrir la puerta de su departamento al amigo quien aquella madrugada le llamaba e imploraba a las tres de la mañana.

Primero lo escucho llorar y suplicar como un perrito abandonado desde el pasillo helado de aquel edificio de condominios en la Ciudad de México, cerca de Tlaltelolco. Al no recibir respuesta, Parménides García Saldaña, sabiendo que su amigo escritor se encontraba dentro, enfurecido, comenzaría a arrojar insultos y a gritar fuera de sí, pateando la puerta y orinándose sobre ella. Maldiciendo a los amigos, a su familia, a dios y a la sociedad.

José Agustín y Parménides compartieron previamente muchas experiencias: etílicas, filosóficas, cannábicas y literarias. José Agustín cuenta en su libro El Rock de la Cárcel, que se le partía el alma al saber que no podía de ningún modo abrir la puerta a un amigo entrañable quien había enloquecido. Dentro se encontraba también su esposa, y no le resultaba nada cómodo exponerla a los desvaríos del loco. Dicen que Parménides solía además enamorarse de las mujeres de sus cuates. En distintas épocas pero por motivos semejantes, ambos estarían en la cárcel. Sólo que Parménides recaería varias veces más, no sólo en los penales por posesión de drogas y escándalos, sino en los psiquiátricos por su condición mental, crecientemente deteriorada. Nunca tuvo una relación estable con ninguna chica, aparte de los encuentros casuales con otras adictas y bebedoras,  amantes ocasionales igualmente inestables a él y sexoservidoras. El vínculo entre Parménides y José Agustín acabaría fracturándose de cualquier manera. La complicidad estaba rota para siempre.

En sus travesías psicotrópicas y alcohólicas, García Saldaña sufriría más adelante un accidente que lo reduciría a una silla de ruedas durante casi un año. Muchas veces sus amigos lo encontrarían viviendo en la calle y haciendo cualquier cosa con tal de conseguir droga y bebida.

Resultaba difícil imaginar que aquel vagabundo y drogadicto casi indigente, vivió durante diez años en los Estados Unidos becado por su padre. Angloparlante como cualquier gringo. Estudió primero una licenciatura en economía y posteriormente otra en literatura inglesa en la Universidad de Luisiana. Con un puñado de libros publicados en su haber: uno de poesía, dos novelas y un ensayo que se constituiría en el manifiesto legendario de toda una época y de un periodo fundamental de la historia moderna.

Durante sus años en el extranjero, Parménides estudió  con detenimiento los movimientos sociales de la década de los sesentas. Rastreó y dio seguimiento a  líderes, pensadores y artistas como Malcom X, Abbie Hoffman y Bob Dylan, leyó sus discursos y libros, escuchó sus álbumes hasta el hartazgo y fue testigo indirecto del  asesinato del primero.

En su célebre y actualmente difícil de conseguir manifiesto: En la Ruta de la Onda, Parménides relata que el movimiento cultural de la Onda surgió primero en Europa y los Estados Unidos, entre los aristócratas y adinerados jóvenes de los años veintes, quienes hastiados del establishment, a la vez víctimas, beneficiarios y subproductos del mismo, comenzaron a abandonar sus vidas de privilegios y emprendieron viajes por carreteras y en barcos, escribieron poesía, aprendieron a tocar instrumentos musicales y experimentaron con las síncopas. Sin dejar por supuesto, de beber sendas cantidades de whisky e iniciar con la quema de marihuana.

Según nos relata amenamente Parménides en su ensayo, el cannabis en sus orígenes era una droga exclusiva de los afroamericanos y los jamaiquinos. En el momento en que los jóvenes blancos de barrio pobre  y los de clases sociales acomodadas, comienzan a fumar marihuana también, sobre todo aquellos que se atrevieron a transgredir los límites de zonas como Manhattan y Brooklyn,  el movimiento de la Onda desciende hacia las clases medias y bajas. La Onda y la mota, como la nombra una y otra vez el eternamente joven escritor mexicano, se popularizan y se vuelven accesibles y al alcance de casi todos. Por primera vez en la historia, dice Parménides, se les concede el permiso a los jóvenes de ser hedonistas.

Parménides es testigo de la amplia politización de los movimientos juveniles, los cuales se extienden cual peligrosa epidemia, susceptibles de contagiar a la sociedad entera con sus esperanzas en un posible cambio, mismos que en sus inicios eran tan sólo drogas, sexo y enajenación.

Los Black Panters son los primeros en politizarse y exigir al gobierno gringo, más que nada, por sobre todas las cosas, respeto a la gente de color y la cultura afroamericana.

El psicólogo Abbie Hoffman comienza a politizar a los hippies y a convertirlos en subversivas cabezas pensantes. Los pone a leer a su maestro Herbert Marcuse: el pensador de la Escuela de Frankfurt, también a Aldous Huxley, a Erich Fromm e incluso a Krishnamurti. Los enseña a analizar, a dialogar y a discernir. Despierta en ellos la conciencia social y política, brindándole un rumbo bastante crítico al movimiento hippie. Entonces surgen los Yippies: Fusión de los diestros Panteras Negras y los hippies pensantes.

En el momento en que los Black Panters y la élite crítica del movimiento hippie se unen para luchar por sus derechos humanos, políticos y a protestar contra la Guerra de Vietnam, el Sistema Social Norteamericano siente sacudirse su tinglado. Entonces el hipismo deja de ser un juego exótico y divertido de niñitas y comienzan las persecuciones, las desapariciones y la verdadera represión.

Cuando regresa a México a fines de los sesenta, Parménides es un amplio conocedor de los escritores norteamericanos: Jack Kerouac, William Burroghs, W, Faulkner, Thom Wolf y Norman Mailler. También del rock en todas sus vertientes. Aquí se dedica a iniciar a cualquier cantidad de jóvenes literatos, escritores y rockeros en los autores y grupos musicales de culto que él conoce a profundidad.

Pero Parménides no es de ningún modo un iluso e ingenuo pachequín, enajenado del rock y de la literatura extranjera. Parme, como lo llaman sus amigos más íntimos, es entonces un depurado escritor, poseedor de un estilo bastante particular y trabajado y de una conciencia crítica y social agudísima y filosa.

De ningún modo se deja seducir por la rebeldía ficticia de los Rollings Stones y el misticismo de masas de John Lennon, cuya música respeta y ama, pero a cuyos intérpretes critica sin piedad.  Si tuviera que elegir, tal como lo confiesa, entre Mick Jagger y Bob Dylan, se quedaría con este último, puesto que mientras él primero se empeñaba en aprenderse de memoria las canciones del blues negro, el buen Dylan se embebía con las lecturas de Kant y Shakespeare.

Por culpa de aquellos rebeldes que en el fondo no se rebelan ante nada y sólo quieren ser millonarios, dice Parménides, el movimiento de la Onda estaría condenado al fracaso, al ser convertido irremediablemente en un cliché y un subproducto comercial.

2

La música sella y estrecha la complicidad entre sus adeptos. El rockero quiere encontrar oídos para contagiarlos y enviciarlos con sus longplays y su guitarra. En tiempos actuales cada vez le resulta más difícil hacerse de orejas dispuestas y atentas.

Parménides suscitaba entre sus conocidos y amigos una doble y contradictoria reacción emocional: por un lado lo querían y respetaban su erudición, conocimientos y experiencias, y por otro, evadían en lo posible encontrárselo en la calle, como a cualquier borracho o drogadicto inaguantable. Por una parte inspiraba devoción e identificación entre sus jóvenes seguidores y lectores, y por otra, repulsión debida a sus vicios, manías, delirios y obsesiones.

Su cadáver llevaba diez días en descomposición cuando fue encontrado en la azotea de un edificio en Polanco, en la Ciudad de México. Fue difícil determinar si se trató de congestión alcohólica, sobredosis, delirium trémens, o una mezcla explosiva de todos ellos.

Previamente, él mismo se había encargado de aniquilar y destruir todos los lazos y vínculos de complicidad con sus amigos pachecos, rockeros y escritores. Todos ellos le sacaban la vuelta a toda costa.

Giovani Papini y el Conde de Saint Germain se conocen en la India

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Si vuestros semejantes conociesen mejor la historia, no se extrañarían de ciertas afirmaciones. En todos los países del mundo, antiquísimos y modernos, vive la firme creencia  de que algunos hombres no han muerto sino que han sido arrebatados, esto es, desaparecen sin que se pueda encontrar su cuerpo. Estos siguen viviendo escondidos y de incógnito o tal vez se han adormecido y pueden despertarse y volver de un momento a otro.

(GIOVANI PAPINI –El Libro de Gog)

 

1.

El viaje duró varios días en barco a través del Mar Rojo. El escritor descubrió a aquel singular individuo desde que abordaran en Europa. O quizá el conde de Saint Germain intuyó la presencia del primero al inicio, cuando dejaran tierra.

Era de talla mediana, aparentaba tener no más de cincuenta años de edad. El escritor italiano, por su parte, pasaba ya los cuarenta, con sus gruesos anteojos de fondo de botella y su cabello ensortijado. Sus miradas se encontrarían furtivamente en repetidas ocasiones a lo largo del viaje, sin poder evitar la tentación de conocerse mutuamente. Sin lugar a dudas,  Saint Germain habría leído La Historia de la Literatura Italiana que brindó bastante celebridad e hizo muy conocido a Papini. Dedicada al Dulce: a Benito Mussolini: benefactor de las artes y las letras, como lo nombrara al inicio de su obra, por la cual se le condenaría y perseguiría hasta el cansancio, años después, hacia el final de su vida. Con seguridad leyó también su Historia de Cristo, escrita en su primer periodo como creador, de un ateísmo declarado y hasta ingenuo. Le habría llamado sobremanera la atención que de aquel ateísmo tan aguerrido, su pensamiento y su espíritu evolucionaran al grado de llevarlo a abrazar de nueva cuenta y con gran fervor el catolicismo romano, la religión con la que fuera bautizado. Un cambio de 180 grados que no dejaría de asombrar a sus lectores no sólo en Italia y Europa, sino más allá de las fronteras continentales. Un cambio de espíritu que sin duda llegaría hasta los oídos del conde, durante su prolongada estancia en la India. Apartado de los hombres occidentales, de los cuales se encontraba cansado, incluso hastiado.

Giovani Papini también habría leído y escuchado bastante sobre la activa participación del conde de Saint Germain en las sociedades europeas del siglo XVII. De sus hazañas como violinista, pianista, flautista y compositor musical, también como poeta, alquimista, profesor de arte, ocultismo, astrología y magia en diversas cortes, del mismo modo que como asesor de obispos, papas, príncipes y monarcas. De su presunta y misteriosa longevidad, la cual abarcaba, según contaban las leyendas,  poco más de 1800 años de edad.

Papini caminaba una noche por la cubierta, admirando  a través de las aguas nebulosas las luces de puertos lejanos, de costas  distantes y de otros navíos en ruta. Cuando el conde se le aproximo amablemente. La conversación entre ambos personajes tan singulares no  tardaría en surgir, debiendo resultar fascinante y espontánea, como un caudal sin freno. El conde de Saint Germain no dejaría tampoco de sentirse con la suficiente confianza  y de casi confesarse ante el escritor italiano. Le rebelaría que le resultaba ofensivo el que los europeos lo creyeran tan viejo como para haber conocido a Cristo y contemplar su crucifixión. Pero que por otro lado su existencia sí abarcaba los suficientes siglos como para conocer personalmente  a Leonardo da Vinci, a Shakespeare a Cervantes y todavía continuar con vida a inicios del siglo XX.

Papini recordó que en varias ocasiones los biógrafos dieron a Saint Germain por muerto. Reapareciendo luego en los más distantes lugares: en la corte de los zares rusos, en Viena, Polonia, Transilvania, con sus aristócratas. Sea como profesor de música, danzas, idiomas, o como consejero y experto en alquimia y otras artes ocultas. Pero a mediados del siglo XIX se sumergiría en el silencio absoluto, desapareciendo de la vista pública, dándosele por muerto de manera definitiva.

 

2.

Aunque no se conoce el hecho de que realmente Giovani Papini hubiera viajado alguna vez a la India, que incluso saliera siquiera en alguna ocasión de Italia, su mente sí que se habría trasladado a diversas geografías, tiempos históricos y literarios para conocer a todos los lugares y personajes que fascinaban y nutrían su imaginación.

Para ello se valió de un personaje igualmente fuera de lo común que él: Gog. Un gigante de origen haitiano, de piel morena, inteligencia simple y gran curiosidad, producto de su pluma. Supuestamente, en una de sus variadas estancias hospitalarias y psiquiátricas, debido a su frágil salud, Papini habría conocido a Gog en un centro de internación para débiles mentales y neuróticos, del cual él era también paciente. Coincidieron una cálida mañana, mientras ambos tomaban el sol, haciéndose amigos.

Gog le contaría que era dueño de una inmensa fortuna, la cual invirtió durante años en incontables viajes y en contactar con los personajes más inusuales, entre ellos el conde de Saint Germain. Pero también a muchos otros, tanto de las artes como de las ciencias y la sociedad: H. G. Whells, Edison, Henry Ford, etc. En su encuentro con Lenin en Moscú, Papini aprovecharía para burlarse del viejo bolchevique, sifilítico, sádico y amargado. Pintándolo como un conspirador enfermo de poder, quien igual habría utilizado cualquier religión o la ideología que fuera, con tal de hacerse con el control absoluto de Rusia y conseguir asesinar y aprisionar a miles de personas, tal como lo hizo.

Un buen día, Gog se marcharía de aquel sanatorio sin despedirse, dejando más que un manuscrito encargado a Papini, donde relataba todas sus inusuales aventuras y viajes.

Los libros de Papini escritos en su madurez: San Agustín, Historia del Diablo, El  Libro de Gog, El Libro Negro, Los Operarios de la Viña, desbordan una fortísima inclinación católica y cristiana, amén de infinita belleza y genialidad, además de un anticomunismo encarnizado. Hasta buena parte de su etapa de madurez como creador, Papini gozó de la buena fortuna y del beneplácito de sus lectores católicos y no creyentes, entre los que se encontraban importantes  políticos conservadores y miembros del clero, contando al mismísimo Mussolini dentro de los mismos.

Ocupó en su juventud puestos en grandes bibliotecas, las cuales leyó por completo, presidió instituciones literarias y revistas, incluso gozó  durante un tiempo de un lugar en la Academia Italiana de la Lengua. Obteniendo también una plaza en la Universidad de Roma, aunque no tenía acreditación alguna como profesor universitario, contando tan sólo con una poderosa cultura universal obtenida mediante grandes esfuerzos autodidactas.

Precisamente gracias a su anticomunismo y su cercanía con la religión católica, sería orillado a la marginalidad y al olvido en sus últimos años. Con el desenlace de las guerras mundiales, la caída de Mussolini y su abierta colaboración con Hitler. Los tiempos históricos le resultaron a Papini cada vez menos favorables. Era lógico que un escritor católico y simpatizante del fascismo como Giovani Papini, terminara sus días enfermo, recluido en un convento franciscano, casi ciego, paralítico e incluso mudo. Dictando como podía sus últimos manuscritos a su secretario, quien le alimentaba en la boca y satisfacía su aún inmensa curiosidad bibliográfica leyéndole en voz alta hasta el momento final. Se cuenta que de joven, Giovani Papini juró leer todos los libros escritos en la historia humana.

Sus perseguidores, por más que se empeñaron en hundir en el olvido al viejo y enfermo escritor católico, cancelando las ediciones de sus libros, guardando en las polvosas bodegas de las bibliotecas sus magníficos volúmenes, no conseguirían de ningún modo derrotar su pluma. Aunque muriera muy enfermo, olvidado y recluido en aquel monasterio en Roma, sus obras y su escritura serían un magnífico ejemplo de que las grandes manifestaciones del arte consiguen trascender y colocarse por encima de cualquier ideología, bandera e idiosincrasia. Perviviendo a través de los siglos. Del mismo modo que la personalidad inmortal del conde de Saint Germain.

 

3.

De pronto, el conde de Saint Germain abordó un tema poco tocado, incluso prohibido en los cursos y libros oficiales de historia y literatura occidental: la cuestión de la inmortalidad. Le confesó a Papini ser parte de una muy escasa élite de hombres que no mueren, o que tardan mucho más que el común denominador en fallecer. Desapareciendo apenas o entrando en trances y letargos, durante cientos e incluso miles de años. Aguardando el momento oportuno para despertar y reaparecer en el escenario de los hombres, jugando un papel fundamental en su liderazgo y en la historia.

Repentinamente, nos dice Papini, el conde pareció agobiado y mucho más viejo de como se presentó en un inicio. Le dijo al escritor que ya estaba demasiado cansado, que por eso permanecía la mayor parte de su tiempo en Oriente, lejos de Europa y de los hombres occidentales, de quienes estaba harto.

Ambos personajes cayeron en un prolongado silencio y se despidieron apenas dándose la mano. En los dos días siguientes de viaje, Saint Germain pareció incluso evitar encontrarse de nuevo con el escritor. Cuando el barco hizo escala en Benarés, Papini contempló al enigmático conde de Saint Germain descender por la rampa del vapor. En el puerto lo esperaban ya dos ancianos y barbudos brahmanes. El conde volteó apenas un instante para despedirse del escritor con un gesto veloz de su rostro. Desapareciendo luego entre la multitud de la India, custodiado por sus dos acompañantes.

Ernest Hemingway, Por Quien Doblan las Escopetas

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A man named Thomas Hudson, who was a good painter, lived there in that house and worked there and on the island the greater part of the year… Thomas Hudson, who loved the island, did not want to miss any spring, nor summer, nor any fall or winter….

(ERNEST HEMINGWAY –Islands in the Stream)

 

La escritura de Hemingway es ordenada y pulcra, como alguna de sus múltiples escopetas, revólveres y rifles con los que hizo safaris por África en repetidas ocasiones. Los cuales tenía resguardados en el sótano de su casa de Idaho, a cuyo arsenal recurriría ya en su senectud, en pos de la poderosa escopeta Boss, para utilizarla un buen día contra sí mismo.

Bien pulidos, calibrados, listos para accionarse, los sujetos  y tópicos de sus oraciones emergen en cada párrafo perfecto, seguidos por sus predicados fieles, en sentencias breves, precisas y contundentes, como los disparos de un batallón de fusilamiento, pulcramente sincronizado para dar en el blanco. Éste estilo pragmático, concreto, muy poco errático y efectivo, sería una de sus fórmulas para el éxito literario. El cual tendría una influencia inmensa en cientos de escritores norteamericanos posteriores a él, e incluso en el mundo del  cine.

Islands in the Stream (Islas en el Golfo) nos muestra a un Hemingway disciplinado, con una vida casi espartana, como la de un antiguo guerrero griego o un monje de la Iglesia Ortodoxa. La vida de su personaje principal: Thomas Hudson, un exitoso pintor norteamericano, transcurre sin sobresaltos: rutinaria, ordenada pero sumamente productiva en lo artístico. Exiliado en una isla del Pacífico de la que es uno de los pocos habitantes y propietarios, su cotidianidad tan sólo se altera unas pocas semanas al año, cuando sus hijos lo van a visitar desde los Estados Unidos. Levantándose a las cinco de la mañana todos los días para ejercitarse y nadar en la hermosa bahía que habita, transcurre la mayor parte del día en su estudio, trabajando sin descanso en sus cuadros -es paisajista-, haciendo algunas pocas pausas para comer frugalmente, beber algunos tragos de buen licor y responder su correspondencia.

Solitario, férreo artista y creador, igual que Hudson, así era también Hemingway en sus largas estancias entre París, La Habana e Idaho, escribía buena parte de sus novelas y relatos de pié, sobre su poderosa máquina de escribir, tecleando incansable y girándose de espaldas tan sólo unos minutos al día para beber tragos de ron cubano y dar fumadas a sus deliciosos habanos.

Pero Thomas Hudson, del mismo modo que Hemingway, también es un hombre de acción: miembro de la CIA, la segunda parte de su novela nos mostrará un lado contrastante del meditabundo e introspectivo pintor Hudson. Trabajando en la Habana para el Servicio Secreto Norteamericano poco antes de la Revolución Cubana, aprovechando sus amplios conocimientos en idiomas europeos y cultura universal. Hará su contribución a sus compatriotas, ayudándoles a descifrar mensajes en clave de gobiernos enemigos También Hemingway tuvo una vida movidísima: reportero durante la primera guerra mundial, camillero voluntario y cronista periodístico, sería herido en acción en Europa y se enamoraría de una bella enfermera. De cuya vivencia surgiría la increíble novela Adiós a las Armas.  Recurrente cazador en África, sufriría varios accidentes en sus andanzas por el Continente Negro, caídas de aviones, quemaduras, fracturas, pérdida de todo su cabello y barba en incendios. De estas experiencias emergería uno de los mejores relatos cortos de la literatura universal: Las Nieves del Kilimanjaro, en donde la infección en la pierna perforada al caminar cerca de unos arbustos de un escritor, cuyo fracasado matrimonio contrasta con sus éxitos literarios, lo arrastra a una muerte lenta y angustiante, consumido por la gangrena, el miedo y los sentimientos de culpa.

Las Nieves del Kilimanjaro culminará con el descenso del escritor, quien a pesar de todo tendrá tiempo para reconciliarse con su última esposa y con la vida. Agonizando y lanzando su último aliento mientras contempla las cumbres nevadas del Kilimanjaro. Así sería también la vida de Hemingway: con rotundos éxitos en lo artístico, pero severos fracasos en sus múltiples y fallidos matrimonios, la paternidad y la vida afectiva.

El legendario Robert Jordan, héroe de su más famosa y celebrada novela: Por Quien Doblan las Campanas, elegiría una muerte heroica y tranquila mientras trata de huir con una pandilla de partisanos en la España de la Guerra Civil. Encontrándose al punto de conseguir escapar con el puñado de guerrilleros republicanos a quienes lidera a través las serranías de Navarra, tras conseguir volar con dinamita un puente de los franquistas, una bala de mortero matará al caballo de Jordan cuando ya casi se encontraba fuera del alcance de sus enemigos. En una decisión culminante y definitiva, se despedirá de su novia, la bella María, eligiendo esperar detrás de un árbol con su ametralladora a los militares que les siguen los pasos. Con la cadera fracturada, el fin de Jordan es seguro.

Así también, una  solitaria mañana, Hemingway descenderá dando traspiés por las escaleras de su sótano en los Estados Unidos. Paranoico, creyendo que el FBI lo monitorea día con día debido a sus vínculos con el gobierno cubano y con la República Española. Los incipientes síntomas de demencia senil y delirium tremence, fruto de una vida  de la mano del alcohol, constituirían la música de fondo de su último capítulo. Descolgaría la escopeta calibre 2, doblándola y desdoblándola temblorosamente en un clic, tras introducirle los dos cartuchos expansivos. Una depresión profunda lo perseguiría también desde meses atrás, al saber que de ningún modo podría recuperar sus manuscritos alojados en un banco en Cuba de antes de la Revolución, ni su casa en la Habana, ni su biblioteca de más de 3000 volúmenes, ni sus cañas de pescar, ni sus armas, ni otras de sus amadas pertenencias.

El helado orificio de la escopeta penetraría su boca y el accionar de su gatillo, no se harían esperar.

Un gringo visita a las prostitutas mexicanas en plena vía pública

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Dean aparenta mucho menos años de los que en realidad tiene. Acaba de cumplir cuarenta, aunque la gente al conocerlo piensa que apenas sobrepasa los treinta. Esto lo complace. Sobre todo al pensar en las chicas mexicanas, las cuales le fascinan.

Dean, Dean DeLeo. Su padre era un inmigrante italo-americano con el mismo nombre a quien le gustaba mucho leer novelas y libros de política. Murió de un infarto en París en un viaje de negocios. De él, Dean adquirió el gusto insaciable por la lectura y la avidez por devorar libros de todo tipo, aunque sus preferidos son los novelistas y poetas norteamericanos: Whitman, Poe, Bukowski, Kerouac, Miller, Ginsberg, Dos Pasos, Hemingway, etc.

Es imposible no observar la similitud entre su nombre y el del guitarrista de la emblemática banda grunge: Stone Temple Pilots. Ambos se llaman Dean DeLeo. Coincidentemente, por esos días acababa de morir el vocalista de la misma, el legendario Scott Weiland tras un largo y penoso peregrinar a través de las adicciones, las clínicas de rehabilitación y los hospitales psiquiátricos.

-¿No serás acaso el viejo guitarrista de los Stone…? Lo increpa alguien una mañana, en tono de broma durante su desayuno.

A lo que él sólo se concreta a responder que el inglés de su interlocutor es bastante fluido. Adulándolo. De ningún modo piensa que se refiere a los Rolling Stones, o a los Stone Roses, bandas inglesas ambas, bastante conocidas y respetadas. Hay quien dice que los Stone Temple Pilots fueron lo mejor que existió en la década de los noventa.

Dean labora como voluntario, impartiendo cursos de capacitación a paramédicos en la Cruz Verde y Roja. O eso dice.

A Dean le agrada desayuna siempre frijoles refritos con tortillas requemadas, queso y café negro. Es casi vegetariano. Aunque de repente se escapa a alguna esquina por unos tacos de carne asada o se permite pedir unos chilaquiles con pollo como desayuno. Le encantan los chilaquiles.

A Dean le gusta mucho la comida mexicana y le fascinan aún más las mujeres de este país. Lleva años buscando a su musa inspiradora en algún lugar de América Latina, el Mediterráneo, el Norte de África o en un suburbio perdido de Oriente Medio. Entre las múltiples ciudades que conoce gracias a su trabajo como voluntario y que recorre a pie de principio a fin, extrayendo y coleccionando imágenes de todas ellas con su Ipod 3.

Dean es paramédico autodidacta, nunca fue a la universidad ni finalizó siquiera el bachillerato, pero estudia muchísimo y de todo por cuenta propia, incluyendo idiomas, de los cuales habla más de cuatro. Así aprobó una certificación en rescate y toxicología: es experto en suicidios provocados por intoxicaciones y venenos. Y en cómo rescatar a quienes se encuentran en esas situaciones tras intentar quitarse la vida con diversas sustancias.

Dean recorre los callejones de la antigua zona roja de Guadalajara, de la misma manera que camina por las zonas de putas de Barcelona, Marruecos, La Paz y Lima. No lo dice, pero no cesa de buscar a una mujer a quien quizá conoció en otra vida. Por alguna razón, siente en lo más profundo que la encontrará en el mundo de las prostitutas callejeras.

Camina el Parque Morelos, cerca del Centro, de un extremo a otro, no habla con ellas, sólo las observa con paciencia, sin prejuicios, con bastante interés, hasta con cierta familiaridad y cariño en su mirada. Se desplaza por los callejones retorcidos y mugrientos, admira sus piernas y traseros en licras y lejeans. Adivinando el hilo diminuto de las tangas surcando las enormes nalgas de algunas, que lo envenenan. Les sonríe y ellas le corresponden, creyendo que contratará sus servicios. Pero no.

Dean cruza la avenida República donde desfilan algunas putitas callejeras, a punto de ascender hacia la Plaza Tapatía por unos escalones ruinosos. Es una morenita de ojos grandes, enfundada en lejeans y tops rojos. Intercambian algunas palabras breves en el dificultoso español que Dean apenas  habla. Trescientos pesos. Es bonita, le agrada, se llama Mary, sobre todo sus caderas y el hijo de las tangas que surca su trasero, el cual de repente quisiera explorar de cerca.  Pero no es lo que busca.

Dean avanza por las escaleras que lo llevarán hacia la Plaza Tapatía. El ambiente es infesto: el olor a orina y vomito dejado por borrachos e indigentes en los escalones puede causar nauseas a cualquiera, pero no a Dean, quien está acostumbrado a casi todo. Nadie sabe que además de rescatista en muchos países del mundo, estuvo detenido casi un año en un reformatorio de Los Ángeles por posesión de cocaína cuando tenía trece años. Pero ya es pasado.

Nadie sabe  tampoco que acaba de publicar una novela en los Estados Unidos y se encuentra trabajando en otra nueva.

Dean tiene unos pies muy grandes, calzados siempre en sus tenis nike azules. Sus enormes pies lo llevan a través de las escaleras. La morenita se queda mirándole con nostalgia desde la calle, abajo. Antes de irse le regaló un billete de cincuenta pesos nada más porque sí. Cuando regrese a su cuarto de hotel en el Centro, abrirá de nuevo su computadora portátil para proseguir escribiendo. Mañana terminará de impartir sus cursos y el sábado retornará en un vuelo a Washington, donde vive con su esposa. ¿Quién puede decir ahora qué viajes y cuántas chicas callejeras le esperen aún a sus tenis y  a su mirada?

Dean desaparece, asciende desde un averno diminuto hacia quien sabe dónde. De pronto todo es luz y Dean DeLeo se encuentra en otro ambiente por completo distinto.