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José Revueltas en el Cine

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Es evidente que la novela de nuestro tiempo

está poderosamente influida por la cinematografía,

por la técnica narrativa descubierta por el cinematógrafo.

 (JOSÉ REVUELTAS -El Conocimiento Cinematográfico y sus Problemas)

 

 

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Un desvencijado ómnibus se desplaza vacilante por alguna carretera rural de Marsella. Su paso sinuoso y errático sacude con violencia a los pasajeros en cada vuelta, tope y bache, pareciendo que se volcará en cualquier momento junto con su carga humana. El camino es de tierra: bosques marchitos, granjas descuidadas, árboles momificados y hierba seca se perciben por doquier.

La escena cambia de exterior a interior, centrándose en los pasajeros.

Janine es joven y atractiva, mucho más joven que su acompañante. Marcel debe llevarle por lo menos 20 años a ella. Parece mucho más cansado, vencido y quebrantado que la chica, tiene el cabello platinado de canas y los cuencos hundidos. Su vientre enorme se precipita por entre sus rodillas con descuido. A cada sacudida del vehículo, el cuerpo fofo de Marcel se deja caer casi inerte sobre el de la muchacha. Luce enfermo y agónico. Ella aparenta estar fastidiada. Pronto se sabrá que son esposos.

Janine observa con indiferencia el vuelo torpe de una mosca, mareada con el ajetreo del vehículo. El insecto zumba con obscenidad y en un momento dado se posa sobre unas manos regordetas e inmóviles del esposo. Aquellas manos aprietan con ansiedad una maleta de tela, sin separarse de ella, jamás se conocerá su contenido, el objeto es un mero pretexto para mostrar su aprehensión y abandono de sí mismo transmitido en sus manos zombis. Los ojos de Marcel yacen mortecinos, dejados al vacío al igual que el resto de su ser. Parecen no darse cuenta de la presencia del bicho danzando sobre su piel.

Ella luce incómoda a cada jaloneo del camión, con el movimiento de la mosca, más incómoda cada que el cuerpo de su esposo se le viene encima de su hombro.

El ómnibus avanza hasta perderse con sus pasajeros en la lejanía.

Nos encontramos con un amplio plano general de nueva cuenta, mientras desaparece el vehículo tras una colina.

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La anterior no es una escena real, sino que es parte de un guión imaginario que el escritor José Revueltas ideó para sus alumnos de escritura cinematográfica de Cuba y México a mediados del siglo XX. Basado en una novela de Albert Camus. Se trata de un fragmento ficticio de una película, preparado con esmero, que, empero, jamás se filmó.

La escena es estética, psicológica y poéticamente muy bien lograda, plena de indicaciones de cámara planificadas a detalle, aunque Revueltas era demasiado modesto y jamás se adjudicaría ningún mérito por ella.  Diría con sencillez que fue un ejercicio torpe, organizado con fines didácticos para sus discípulos. Que en ningún momento se acercaría a la maestría de la novela lograda por Camus.

Revueltas trabajó sin descanso en una serie de artículos, bastante bien documentados en infinidad de libros sobre cine, guionismo e imagen. Poseído de una clara preferencia, al igual que en la literatura, por los creadores de origen soviético: los legendarios cineastas y escritores rusos. Entre las citas de sus ensayos se encuentran innumerables fragmentos de Eisenstein y su libro sobre montaje: El Sentido del Cine, de Pudovkin y sus reflexiones cinematográficas, etc. Aunque no desdeñaba a Chaplin, a quien incluso amaba, y a Disney.

En literatura Dostoievsky sería su principal maestro, su mentor, su chamán sin lugar a dudas. El segundo puesto lo tendría Tolstoi. Sólo un poco después Sartre y Faulkner.

Sus escritos sobre cine reflejan no sólo una cultura gigantesca y arrolladora, sino además una vasta experiencia y colmillo dentro del oficio cinematográfico, particularmente en el de la escritura para cine. Durante años corrigió guiones a destajo y realizó adaptaciones de todo tipo de historias para sobrevivir y mantener a su familia. Hasta que tuvo la oportunidad de crear sus propios guiones y verlos llevados a la pantalla bajo la dirección de Roberto Gavaldón, considerado uno de los directores claves de la sonada Época de Oro del Cine Mexicano. Para él escribió un total de 12 películas, algunas de las cuales son verdaderas joyas cinematográficas.

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Particularmente en el punto de la adaptación de la obra literaria al guión, Revueltas se detuvo para abordar el problema con cuidado. Al final, era al mismo tiempo novelista y cuentista, lo mismo que creador cinematográfico.

Para Revueltas, el método cinematográfico en ningún momento debía separarse del método literario. Aunque explicaría con sumo detalle las diferencias entre literatura y cine. Criticó sin piedad a una gran cantidad de directores del séptimo arte que por sumergirse en su oficio descuidaban cultivarse en otros campos del conocimiento, los cuales enriquecerían su trabajo. Para él la escritura de cine o el guión era como una partitura: una película escrita que sin lugar a dudas el especialista al leerlo “vería” la película, lo mismo que el erudito en música “escucharía” sinfonías al leer su partitura.

José Revueltas abrió al azar una novela no tan conocida de Albert Camus: La Mujer Adúltera y comenzaría a diseccionarla como el mejor especialista. Primero que nada hay que encontrar la “intención sustantiva”, decía, esto es, el meollo, la médula del texto literario. En lingüística de texto y análisis del discurso, actualmente se le denominaría a esto el “tópico”, según el lingüista Teun van Dijk.

¿Y cuál es la intensión sustantiva del fragmento de Camus descrito burdamente arriba por nosotros? Se pregunta el escritor, al mismo tiempo de novelas y guiones. Desde el punto de vista gramatical sería  Janine y su marido Marcel. Resultarían los sujetos principales de las oraciones utilizadas por Camus, si nos quedáramos tan sólo con el enfoque lineal de la gramática clásica.

Pero el método de análisis literario de Revueltas va muchísimo más allá, calando aún más hondo y desmembrando el pedazo de novela, como un cirujano certero que abre la carne hasta el hueso. Al fin y al cabo, admite, hay una intención no explícita, casi oculta en toda verdadera obra creativa. En el texto de Camus, Revueltas sugiere que esta intención sustantiva se encuentra no en las personas de Janine y Marcel, sino en su deteriorada y extraña relación matrimonial, a punto de colapsarse. Ahí es a donde debería dirigirse el guionista que buscara adaptar esta novela y convertirla en película. Una vez que se ha descubierto esta intensión sustantiva o meollo del asunto de una obra literaria, procederá a buscar equivalencias entre la novela o cuento y el guión que poco a poco va elaborando. Yendo y viniendo del método cinematográfico al literario según se necesite, en ciertas ocasiones para corroborar el sentido poético de la obra y no perderlo jamás, y en otras para pensarlo y llevarlo al lenguaje de las películas. Traduciendo el texto al lenguaje de cine, plagándolo de indicaciones de cámara hasta convertirlo en un esqueleto diseccionado, desmembrado y bien ordenado de acuerdo con la intención sustantiva y la idea del montaje, atado con bellos alambres y listo para ser llevado al set de grabación.

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Ésta serie de ensayos serían al final publicados por la UNAM en 1965, aunque al escribirlos, Revueltas no tenía la pretensión clara de que se convirtieran en un libro en sí mismos. El objetivo inicial era que le resultaran útiles a sus alumnos. Sin embargo lo titularía: El Conocimiento Cinematográfico y sus Problemas. Reeditados más tarde por la editorial mexicana Era. Cada vez más escaso y difíciles de conseguir sus volúmenes, quizá por falta de lectores interesados y atentos, quienes encontrarían una veta riquísima de reflexiones sobre escritura cinematográfica y sobre el mundo del cine en general, además de fascinantes reflexiones sobre la relación entre el cine, la literatura y otros campos del saber humano.

En un momento dado, al parecer, Revueltas pudo haberse dedicado por completo al cine. Y en segundo lugar a la literatura, como siempre hizo. En dado caso su vida hubiese sido muchísimo más tranquila desde el ámbito emocional, incluso más acomodada económicamente. Camino que abandonó a mediados de los años cincuenta debido a las cruentas decepciones que esta industria produjo en su espíritu. A la cual critico sin piedad, cuyos ataques se encuentran también plasmados en algunos capítulos de su libro que invitamos a que se lea.

Parece ser que su vocación política sería mucho más grande, absorbiéndolo por completo y llevándolo a un activismo y un deambular por los partidos de izquierda de su época.

Se sabe que tras abandonar la Cárcel de Lecumberri a inicios de los setenta, siendo casi un anciano de salud deteriorada por los encierros y las huelgas de hambre, volvió al trabajo de revisión, corrección y redacción de guiones cinematográficos, al mismo tiempo que se convertiría en uno de los más grandes novelistas y cuentistas de la lengua castellana. Que incluso acarició en sus últimos días la idea de escribir, filmar y dirigir por propia cuenta un largometraje, el cual nunca vio la luz. Entre sus papeles póstumos, aún no publicados, había por lo menos una treintena de borradores y guiones inéditos casi concluidos que quedaron para la posteridad y no han sido llevados a la pantalla.

 

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Juan José Arreola se embarca con Fausto de Milevo en Cartago

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Sinesio de Rodas aceptó el Paraíso
 tal y como fue concebido por los Padres de la Iglesia,
 y se limitó a vaciarlo de ángeles…
 (Juan José Arreola -Confabulario)

 

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Frente a las puertas del Cielo, San Pedro concedió un último deseo al escritor, antes de decidir si le abriría definitivamente la ansiada cerradura celestial, codiciada por tantas almas penantes, o si lo retrotraería en cambio de un palmo, hacia la frialdad y la desolación absolutas del Purgatorio por algunos cientos de años como penitencia.

Ante aquella oportunidad pocas veces concedida a los humanos, Arreola solicitó de inmediato regresar a la Tierra, pero en la Edad Media. Precisamente en los tiempos en que Agustín de Hipona se enfrentó en legendario combate de conocimientos al temido obispo Fausto, representante de la Iglesia Maniquea.

La solicitud le pareció extrañísima y sospechosa al santo. Sólo después de meditarlo durante largo rato mientras observaba las cejas pobladas y los ojillos vivaces del poeta, temiendo ser objeto de un engaño o una broma, resolvió que a Dios Padre para nada molestaría la presencia de un sencillo escritor mexicano  en el Norte de África en tiempos del Medioevo con el fin de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo resultaba una aspiración bastante loable la búsqueda de la verdad y el conocimiento en sí mismos, así como la consecución de objetivos científicos y culturales. Así es que accedió no sin antes lanzarle una advertencia que más bien parecía regaño:

-¡Ten mucho cuidado hijo… ! Sobre todo con los trucos que puedan ofrecerte los detentadores de la fe maniquea. Pues aunque nos hemos esforzado por silenciarlos y mantenerlos en el exilio, los gérmenes de su dialéctica infecta aún resuenan en algunos rincones del Universo, causando un eco nada grato…

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San Agustín no encontró nada sencilla la tarea de vapulear y ridiculizar a Fausto, aunque la mayoría de los historiadores de la Iglesia digan lo contrario. Fausto era célebre por su discurso sencillo, directo como proyectil arrojado por honda númida, pero convincente y definitivo. Utilizaba las palabras de la gente del pueblo para comunicar ideas bastante complejas. Logrando conectarse con la gente mediante su inmenso carisma. No era tan conceptual ni tan erudito como el otrora discípulo suyo: Agustín, a quien había entrenado él mismo, ahora convertido en enemigo de los maniqueos. Pero era honesto, sencillo y poseía mucha experiencia como orador y predicador a todo lo largo y ancho del Mediterráneo. Agustín por su parte tenía una mente filosísima, había leído casi todos los libros escritos en su tiempo y sabía expresarse en varias lenguas africanas y europeas.

Arreola recordó que algunos de los biógrafos del santo decían que era impotente sexual desde hace algunas décadas y que en lugar de entregarse al sexo desenfrenado como hizo en su juventud, se había vuelto una biblioteca parlante.

Fausto era bastante claro y convincente: su idea de armonizar el bien con el mal y darle un sitio a los demonios en el Firmamento y entre las huestes de Nuestro Señor resultaba sumamente tentadora. Con ella se resolvían  de manera práctica una serie de antiguos debates entre la Iglesia Católica y las sectas desviacionistas como la que él encabezaba. Disolviéndose también de manera automática el milenario conflicto librado en el corazón del hombre entre el bien y el mal.

Diablos, íncubos y chamucos se situaban entusiastas del lado maniqueo, cifrando en el obispo todas sus esperanzas. El arcángel Gabriel lideraba a un séquito de seres de luz quienes apoyaban desde luego a Agustín.

El escritor encontró difícil desde un inicio situarse de un lado u otro de la contienda argumentativa. Los ángeles le vigilaban, celosos e inquisitivos por órdenes de Pedro.

Al principio los luciferinos gritaban loas y hurras en apoyo al obispo, lanzando chiflidos e improperios a su oponente. Pareciendo que el encuentro sería ganado por Fausto y que ellos obtendrían al fin el reconocimiento y la credibilidad absoluta de sus actos impíos. Pero de un momento a otro San Agustín cayó la boca del obispo, paralizándolo con el libre albedrío y dando a los humanos la posibilidad de elección entre lo bueno y lo no tanto. Independientemente si existían o no ambos al mismo tiempo.

Las huestes de Luzbel se diseminaron decepcionadas y derrotadas, temerosas de un ataque por sorpresa por parte de los ejércitos de Gabriel, quienes no dudarían en aprovechar que se encontraban reunidas todas en ese momento. San Agustín había triunfado.

Fausto lució algo cansado, de pronto parecía haber envejecido décadas en tan sólo tres cuartos de hora. Unos cuantos seguidores que no sumaban más de diez, se precipitaron a prestarle ayuda cuando parecía desvanecerse al descender por unas escaleras. Recogieron sus libros y sus pocas pertenencias, marchando hacia Cartago con los pies descalzos, empobrecidos y derrotados.

Un par de angelitos a quienes fue encomendada especialmente la custodia del alma de Arreola, parecían tan absortos con los resultados del debate, que apenas se dieron cuenta cómo ocurrió aquello. Revolotearon como gorriones desesperados en medio de un incendio, temiendo la ira de su patrón Pedro, quien los castigaría sin dudas por no cumplir su cometido.

Todo ocurrió sin que aquellos seres de luz se apercibieran. Primero notaron la ausencia del escritor entre las filas de los angelicales. Buscaron por todo el Norte de África: ¡Una importante alma de un literato se les había fugado…!

Más adelante, demasiado tarde ya, descubrieron los ojillos inteligentes y risueños, embarcándose entre los últimos 8 o 10 que junto con Fausto, se perdían en la inmensidad del mar para siempre.

Pedro Juan Gutiérrez entona boleros en un mercado de México

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Y sí. Volvimos a la basura al día siguiente. 
De todos modos, me parece que trabajamos por gusto.
Ahora veo más locos y mendigos en la calle.
Parece que se reproducen como conejos. 
Por todas pares uno los ve cochambrosos, borrachos. Hablando solos.
(Pedro Juan Gutiérrez -Sabor a Mí)

 

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Randy llena la cubeta de agua en los depósitos que se encuentran a la mitad de la calle. No hay pavimento y los drenajes descargan debajo de las banquetas sobre los pies de niños descalzos y perros famélicos. Transporta el cubo hasta su cuarto de azotea en el séptimo piso del multifamiliar y lo vierte en los tanques que tiene en su techo, es el viaje número cuarenta y dos que realiza desde la calle hasta su casa esta mañana. La espalda y el hombro se lo reclaman. Sus vecinos, también habitantes del edificio, deben realizar la misma acción si quieren tener el líquido en sus habitaciones. El Municipio únicamente les conecta el servicio de agua potable una vez a la semana, a veces a la quincena.

Randy aprovecha la ubicación de su único cuarto donde vive con su familia para recolectar agua de la lluvia en varios botes grandes de plástico y ahorrarse, aunque sea una vez al año, el trabajo de subir las cubetadas a lo largo de los casi doscientos escalones. Pero aunque se encuentra en mitad del verano, no ha llovido desde hace semanas y no le queda más remedio que levantarse a las seis de la semana y acarrear el agua para que no le falte a sus seres queridos antes que él se vaya a trabajar.

Le gusta criar palomas y gallinas, a un lado de su cuarto tiene dos palomares repletos, también tiene tres perras de pelea y un gato. Junto con su esposa está criando dos niños: una pequeñita y un varoncito que aún son bebés. Por lo que debe subir muchos baldes de agua cada dos días para cubrir las necesidades de su familia y sus animales.

Luego está el viacrucis para llevar cada día el pan a tantas bocas. Su situación económica estaría peor de no ser por los apoyos del gobierno federal que consiguió su esposa Alondra, gracias a los cuales sus bebés pueden gozar de varios litros de leche y una despensa algo variada que les llegan tres veces por semana todo el año.

Randy y Alondra son sobrevivientes de tiempos muy duros juntos, su relación parece estrecharse con el tiempo, a pesar de las crisis económicas y las frecuentes gripes de los niños.

Tras llenar los tres contenedores grandes de agua y beberse una taza de café con leche y un pan, se cuelga la vieja guitarra de cedro rojo y besa a Alondra. Los niños se precipitan a rodearlo por el cuello en un abrazo conjunto y le truenan repetidos besitos en las mejillas. Para luego retornar corriendo frente a la pantalla plana que también les regaló el gobierno donde tienen conectado su DVD, una de las mayores posesiones de la familia. Alondra los entretiene en las vacaciones con todas las películas de Disney a falta de televisión por cable, pero añora que las clases en el kinder reinicien pronto porque le es difícil mantenerlos sin aburrirse todo el día. Las perras lo despiden igualmente animosas con un exótico movimiento de rabos y caderas, las lenguas de fuera, sonriéndole.

Randy desciende las escaleras del edificio silbando, guitarra en la espalda y bolsa de canguro a la cintura donde guarda las monedas que se gana en el día. Buscando enfrentar la monstruosidad de la urbe y dispuesto a seducirla con su canto y sus acordes a toda costa.

Ese día Alondra luce más hermosa que de costumbre, más mujer, o él siente quererla más de lo que siempre la ha querido desde que la conoció aquella tarde en que ayudó a su hermano a llevar serenata en una de las vecindades del Centro. La realidad es que ella sospecha encontrarse encinta por tercera vez, aunque no ha podido corroborar sus presentimientos ni rebelárselos a Randy.

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Tres mercados de la ciudad recorridos de punta a punta cantando y rascando su guitarra y casi trece camiones del transporte público utilizados como escenarios para su música. Su bolsa en la cintura se encuentra algo llena, ha cumplido sobradamente su cuota del día. Después de casi ochenta boleros y una veintena de rumbas, guapangos, rancheras y sones casi sin repetir una sola pieza, entonados a lo largo de la mañana sin descanso. Se siente satisfecho y de tan buen ánimo como para solicitar una cerveza para acompañar los tacos de hígado encebollado y moronga con que se premiará su dura jornada de trabajo.

Lejos están los días cuando tocaba en la orquesta de la Facultad de Pedagogía, de la que también era estudiante. Antes que estallara la huelga de maestros y él se pusiera del lado del grupo disidente. La huelga sería quebrada. Pero a él lo expulsarían en el último semestre, antes de poderse graduar, echándolo también de la orquesta y perdiendo su sueldo semanal. Para entonces Alondra ya esperaba a su niña más grande.

Desde entonces Randy intentaría toda clase de oficios mal pagados para cubrir los gastos de su joven familia, terminando sus días como músico callejero, que al parecer es lo que mejor le sale, con lo cual no le va al fin y al cabo tan mal.

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Decide regresar a su casa para pasar el resto de la tarde con sus hijos y su esposa. De pronto descubre la cabeza calva y brillante del escritor, los brazos musculosos expuestos por la camisa sin mangas, la sonrisa enorme. Sabe cómo es, lo conoce de las fotos en las contraportadas de sus libros. De él leyó una trilogía sabrosa, cachonda y majadera, muy bien escrita, y un bellísimo libro de relatos que tiene el título de un bolero de Álvaro Carrillo.

-¡Me sé “Sabor a Mí”!

Le grita Randy a Pedro Juan.

Al escritor cubano le encanta que lo reconozcan, sobre todo la gente sencilla en medio de un mercado como este, a donde le agrada  ir a comer birria de chivo con tortillas a mano cada que se encuentra de visita en la ciudad.

-¡Pues dale muchacho!

Sentencia el escritor con buen ánimo, incitándolo a rascar su maltrecho y experimentado instrumento de cuerdas.

Randy se luce con el requinto y le exprime sus mejores notas. Luego trata de agradarlo con una hermosa interpretación de “Nosotros” y “Vete de mí” de su paisano: Bola de Nieve. Sabe que a Pedro Juan le gustan los boleros. Leyó casi todos sus libros cuando estudiaba Pedagogía y acariciaba el deseo de volverse escritor y maestro revolucionario. Pero de esos años y de aquellas tardes transcurridas leyendo, tocando la guitarra para Alondra con tanta ilusión, ha llovido ya. A veces se siente abrumado con tantas responsabilidades de adulto y presiente que su vida anterior como músico de la orquesta y estudiante la vivió otra persona, ya muerta.

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-¡Siéntate hermano!

Le convida el escritor, pidiendo a la mesera dos cervezas, dispuesto a devolver y recompensar la gran amabilidad del músico.

Randy anhela vomitarle un mundo de palabras y emociones, compartirle cuánto lo ha leído y disfrutado sus libros. Pero la situación lo sobrepasa. Escuchó en días previos que habían invitado a Pedro Juan a una feria municipal del libro a dar una conferencia, más nunca imaginó encontrarlo desayunando en medio del Mercado Corona.

Va a decirle algo, no sabe con exactitud qué, pero en lugar de frases, le brotan lágrimas y llantos. Se encuentra emocionado de conocerlo y deprimido sin saberlo desde meses atrás. Así es que al encontrarse frente al cubano , su corazón no logra contenerse, ablandado con el par de cervezas que llevaba encima.

Pedro Juan se siente conmovido ante el joven músico.

-¡Mira hijo, no llores, no es para tanto, no hay nada que no tenga solución…! ¡Mejor cántame otra vez “Sabor a Mí”!

Le dice casi paternalmente a Randy.

Y el bolerista se desboca sobre el requinto con toda el alma, secando unas lágrimas y entonando con la poderosa caballería que le sale por la garganta y que no es poca.

Pedro Juan se pone también melancólico y alegre a la vez. Pide otro par de cervezas y enciende un habano. Comenzándolo a acompañar con una voz de barítono nada desdeñable. La multitud en el Corona guarda silencio para escuchar a los dos trovadores.

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Al momento de despedirse Pedro Juan le entrega varios billetes de dólares como propina y abraza al muchacho como a alguien de su familia. Él también trabajó interminables años en las calles del  Centro de la Habana, vendiendo helados y toda clase de chucherías para sobrevivir.

Randy regresa en tren ligero en silencio, presa de múltiples emociones, listo para contarle a su esposa todo lo que ese día le  ha pasado. Por su parte, Alondra le tendrá la confirmación de una noticia que es más que evidente desde semanas atrás.

Gregory Corso contempla un tigre en el Zoológico de Chapultepec

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Sus ojos eran opacos y la mirada de muerte. El espíritu emigró lejos del cuerpo desde hace tiempo. La boca entreabierta, abandonada a sí misma, mostraba un colmillo astillado con el que otrora derribó y descuartizó  grandes presas en las planicies africanas.

El poeta se encontraba ubicado del otro lado del enrejado, tras una valla de alambres y arbustos y de un foso con agua pestífera que separaba la jaula de los visitantes. Algo se retorció en su estómago y aguijoneó su pecho. Un sentimiento inmisericorde. Nostalgia por sus varios años de condena en dos de las prisiones más violentas de los Estados Unidos cuando aún era menor de edad. Dolor ante un ser que ni siquiera anhelaba ya la libertad, sirviendo de diversión a niños y adultos quienes eran incapaces de entender porqué estaba ahí. ¿Porqué terminó sus días confinado en un exhibidor de bestias si nació libre y anduvo, recorrió, cazó y se reprodujo a su antojo?

En la cárcel conoció a muchos convictos quienes se hacían cuestionamientos semejantes.

Gregory Corso desconocía si el felino dormía o estaba en algún tipo de trance. Los cuencos mortecinos se dirigían con indiferencia hacia el vacío, sin importarle la prisión que le rodeaba ni los mirones que no le quitaban los ojos de encima. Mucho menos aquel  poeta, considerado el más joven de los escritores beats, quien lo estudiaba con detenimiento y se esforzaba en vano en reconstruir su vida anónima.

El escritor ladeó su rostro para intentar colocarse dentro de los ojos del tigre y mirar lo que estaba mirando. Hizo un enorme esfuerzo de atención y concentración en la bestia, intentando ubicarse dentro de su perspectiva de animal cautivo. Unas gotas de sudor rodaron por su frente, su corazón comenzó a latir a toda máquina.

Por un segundo tuvo la certeza de que el felino ya no respiraba.

 

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Llegó desde Nueva York haciendo autostop junto con su mejor amigo, el gran poeta beat: Allen Ginsberg. Acababan de recorrer juntos casi todas las universidades estadounidenses y algunos países de Europa leyendo alocados y vanguardistas versos, organizando performances y siendo protagonistas de duraderas fiestas. Ginsberg lo desenterró de un bar de lesbianas en San Francisco, donde trabajaba como cuidador y escribía poemas sobre una mesita en sus ratos libres. Quiso ligárselo desde un inicio y fracasó una y otra vez. Empero, se hicieron enormes amigos y compañeros de viaje. Recién terminaba una condena de tres años por robo en la frontera con Canadá, donde conoció a los más temidos mafiosos italianos, quienes lo acogieron y patrocinaron sus estudios autodidactas en la biblioteca de la prisión.

En Ciudad de México se reunieron con Jack Kerouac, el cual muy pronto los abandonaría para recorrer Europa y Marruecos, dejándoles abierta la invitación de reencontrarse con él en el Norte de África, donde los esperaba el padre de todos los beats: William Burroughs.

Gregory Corso logró apreciar las cualidades más íntimas de la piel del felino: las comisuras de donde brotaban los bigotes, el tono amarillento de los dientes desgastados, la sinuosidad con la que sus rallas negras surcaban la piel rojiza y majestuosa a pesar de los años y el cautiverio.

Estaba haciendo un profundo estudio de todos sus detalles fisiológicos y psíquicos, diseccionando su anatomía y su espíritu.

En prisión, el escritor estuvo a punto de ser violado en las regaderas, hasta que un gorila de Lucky Luciano le salvó el culo al defenderlo y despedir a sus agresores. Quedando con esto comprometido definitivamente con la mafia italiana. Le presentarían al Padrino: Lucky, quien lo recibiría como a un hijo y lo adoptaría igual que a mascota. Incitándolo a que leyera y escribiera, aprovechando las largas horas en la prisión.

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El sonido metálico del candado de la jaula sonó. Un cuidador del zoológico arrojó los despojos de un aborto de becerro. El animalito casi palpitaba todavía, probablemente habría sido sacado apenas hace un par de horas del vientre de su madre, sacrificada en el matadero. Una tensión desgarró el aire y el ambiente como un cuchillo muy fino, como los colmillos casi en hoz del felino.

Cierta cantidad de gente al rededor de la jaula y en torno a Corso se congregó, a la expectativa de lo que haría el gran depredador con el becerro. Todos querían un espectáculo. El poeta se sintió compadecido, ahora por el pequeño bobino. Molesto contra aquel publico bestial que añoraba ver sangre.

Su primer libro se lo patrocinaron sus amigos de la Universidad de Harvard, en donde transcurrió un par de años haciéndose pasar por estudiante, durmiendo en los apartamentos de sus compañeros, colándose en el comedor tres veces al día, seduciendo a las muchachas, escribiendo poesía y obras de teatro, devorándose sin piedad la biblioteca completa, metiéndose de oyente a las clases sobre literatura y filosofía grecolatinas. Hasta que no fuera descubierto por el decano y este desistiera de echarlo cuando leyera su bella obra. Convirtiéndolo en un poeta visitante.

El público ni siquiera se dio cuenta cómo ocurrió. En un instante en que los niños y las señoras ya estaban gritando asustados y los varones y muchachos decían “¡Oh!”. Y el poeta se precipitaba a  extraer su libreta del saco de terciopelo para tomar apuntes mientras parpadeaba.

El tigre se incorporó de un saltó, apoderándose del cuerpo entero de la trémula cría, para trepar en otro segundo imperceptible a su nido fabricado con troncos por sus cuidadores,  masticándolo a placer hasta convertirlo en nada.

 

 

 

 

Delirio en la Guerra Cristera

Crisitada

 

Por: Adán de Abajo

 

Al comenzar la biografía de mi héroe, siento cierta perplejidad. En efecto, aunque lo llamo héroe, bien sé que no es ningún gran hombre. Preveo, por tanto, fatalmente, preguntas como esta: ¿En qué es extraordinario para convertirlo en héroe…? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y porqué? ¿Hay alguna razón para que yo, lector, consagre mi tiempo a conocer su vida?

 (FEDOR DOSTOIEVSKY –Los hermanos Karamazov)

 

Vi en sus ojos un relámpago de indignación, Y esta vez fui yo quien humillé los míos y sentí enrojecerse mi rostro  bajo su mirada.

(JACK LONDON – El Lobo de Mar)

 

 

Para mi hermano Armando, valiente y avezado médico de la Sierra Huichola.

Para mis abuelos: Cuca Arellano, Petrita Zaragoza y Jesús Dávila.

 

 

Dimitri removió su cuerpo con lentitud, la pierna derecha se le adormecía produciéndole piquetes en el pie y en el muslo.

Quitar la vista de su libro y suspender su lectura era un sacrificio que eludía desde hace más de una hora. La novela controlaba su voluntad. No podía dejar de encontrarse inmerso en su historia.

“Pero antes de todo están las cabras, los borregos y los chivos….”

Se dijo a sí mismo, forzándose a creer que así era. No demasiado convencido, cada vez menos resignado a aquella labor, para su desgracia.

Cerró el grueso volumen y se levantó con pesadez padeciendo un leve vértigo  mientras circulaba de nuevo la sangre en su cabeza y sus músculos. Apoyó su brazo derecho en el roble, cuyo tronco le sirvió de respaldo cuando leía, abrió la boca enorme en un bostezo y con la mano izquierda guardo su preciado libro en el morral de lana.

El viejo roble era un antiguo compañero de juegos y lecturas de la infancia. En su corteza permanecían las cicatrices de los chiquillos que lo treparon, nombres de enamorados trazados en su tronco herido a punta de navaja, y la apertura que le hizo un rayo al caerle en medio de una tormenta a finales del siglo diecinueve.

Dimitri enfocó su vista utilizando sus manos como unos binoculares en busca de las cabras y borregas. El corazón le latió angustioso: el rebaño no estaba donde lo dejó pastando hace una hora. Se separo del longevo árbol y abandonó su sombra fresca. Llevo los dedos a la boca y lanzó un poderoso chiflido, similar al que su padre emitía para llamar a los animales o para hablarles a él y a su hermano cuando los necesitaba.

Nada respondió a su llamado, más que el eco de los cañones y las montañas que lo rodeaban enmudecidos.

Corrió en círculos erráticos por la planicie reverdecida con las lluvias. La mejor temporada para la leche y la lana: el verano, y él perdió a los animales. Siguió chiflando nervioso, temblando y atragantándose con los dedos y su saliva.

El temor le hizo recordar a su hermano: Juan Pablo le gritaría diez mil insultos y le daría unos buenos palos por perder la principal fuente de ingresos familiares.

Las borregas y las chivas, además de una beca de la parroquia, sostenían sus estudios en el extranjero. Hace más de un año que no veía a su madre y a su hermano, y ahora precisamente que regresó a su pueblo natal para las vacaciones, perdió a los animales.

2

La Tarada, como nombraban a una perra pastora blanca, respondió al llamado con sus gruesos ladridos.  Dimitri se precipitó hacia el fondo de un cañón, desde donde provenía la respuesta de la pastora.

A la distancia daba la ilusión de que el lugar donde el animal se encontraba era cercano, pero remontándola, la distancia  resultó mucho mayor de lo que aparentaba. En lo que corrió torpemente, tropezando en varias ocasiones y torciéndose el tobillo, transcurrió casi otra hora. El sol comenzaba a ponerse y la noche amenazaba con sorprenderlo lejos del pueblo.

La Tarada apareció, enorme, gris y lanuda, con la lengua gigantesca y moviéndole el grueso rabo. Tras de ella el Marihuano, un perro mestizo color marrón, de oreja mocha, producto de la dentellada de un coyote, fiero cazador e infalible guardián de las ovejas.

Los perros lo saludaron gustosos, para ellos no transcurría el tiempo ni había razón para preocuparse mientras no aparecieran los coyotes o algún extraño quisiera robarse al rebaño.

La perra lo lamió saludándolo y el macho le mordió con suavidad la mano en señal de simpatía, pero Dimitri no los sintió. Caminó automatizado hacia el lugar de donde salieron los perros y luego suspiró con alivio. El rebaño se encontraba a salvo. Los guardianes caninos hicieron bien su trabajo al no permitir que se extraviara ninguna borrega.

3

Eran las once de la noche cuando cerraba el corral y metía la última chiva.

La cantidad de ovejas y chivos era enorme: sumaban cuatrocientos animales entre cabras y borregas.

Los perros se adelantaron introduciéndose en la casa antes que él, prestos a cobrar su merecida ración de caldo de res y tortillas.

Dentro, su madre y su hermano lo esperaban con las caras aplanadas.

Prolongados minutos de silencio sobrevinieron. Lo castigaban fingiendo ignorarlo cuando se enojaban con él. Después de un torturante lapso de silencio, lo lanceaban con sus palabras.

Comenzó Juan Pablo con una pregunta, la más corta y la más temible:

-¿En dónde andabas…. Carajo….?

Cuánto molestaba a Dimitri su voz paternal, desesperada y autoritaria. Cuánto extrañaba su sonido plateado, de tenor, cuando se encontraba en el extranjero y transcurrían hasta dos años sin verlo. Pronto se iría de nuevo a continuar con sus estudios. ¡Cuánta frustración y amor contenidos en la voz del hermano mayor!, como diciéndole: “¡Es por ti que me mato cada día trabajando, es por ti que no tengo el amor de una mujer!… ¡Es por ti, que mi sexo se marchita a mis veintisiete años…!”

-¡Ya me voy a regresar a España…, no se apuren…!

Atino a responderles con voz dolorida, evadiendo el cuestionamiento. Se sentía culpable cada que los confrontaba o se defendía de sus ataques verbales. A pesar de saber de antemano que las agresiones eran injustas en su mayoría.

-¡No te pregunto si ya tíbas, Carajo!…. ¡Sino dón tabas….!

Intervino Margarita con resentimiento, utilizando un castellano de marcado acento indígena, pleno de arcaísmos y frases provenientes de una lengua vieja y ancestral, traída a estas tierras por furibundos conquistadores españoles.

A veces Dimitri pensaba que lo odiaban o lo culpaban por algo antiguo y desconocido. Algo de lo que él no era de ningún modo partícipe. Siempre se unían cuando querían torturarlo.

En Madrid su vida no era mejor que en aquel rancho del estado de Zacatecas. Era más bien un pandemonio. Sintiéndose fuera de toda lógica y sin lograr encontrar su sitio. No convivía con los otros estudiantes ni amistaba con nadie. Pasaba los días en las bibliotecas, sumergido en Julio Verne, en Víctor Hugo, en Jack London y en el temible Dostoievski.

Su hermano deseaba que Dimitri estudiara derecho o medicina, pero Dimi prefería la literatura.

Al terminar el bachillerato, Juan pablo intentó imponérsele, cual dictador, pretendiendo forzarlo a decidirse por una profesión liberal. Pero Dimitri huyó hacia la Sierra de Morones y se perdió durante dos días. Ahí donde sus ancestros caxcanes se atrincheraron contra los españoles por los años de 1600, permaneció oculto, nervioso y llorando. Para reaparecer unos días después en Sánchez Román y encontrar a su hermano, molesto, pero dispuesto a negociar. El primogénito se había ablandado.

Al final, Dimitri se decidió por una opción intermedia: el magisterio, que no le desagradaba tanto y con la que calmaba a Juan y a su madre. Pero nunca se convenció del todo. La verdad es que ni él mismo sabía con exactitud lo que quería. Si existiera una profesión en la que pudiera pasarse todo el día recostado, leyendo historias y poemas, ésa es la que escogería sin miramientos.

4

Juan Pablo y Dimitri se querían muchísimo. Antes de morir Don Felipe, su padre, de un tumor en el cerebro, encargó a Juan cuidar de su madre Margarita y del pequeño Dimitri. Desde los trece años Juan trabajó sin descanso para que nada faltara a la madre ni al hermano menor. Alquilando sus servicios como arriero, cargador, recolector, cegador. Luchando contra ladrones, coyotes y hambrunas para acrecentar el preciado rebaño, principal patrimonio heredado por su padre.

Dimi, como lo llamaba Juan Pablo, aprendió a leer en su Biblia desde los cuatro años, a los siete escribió su primer cuento.

Siendo niños, Juan se convenció  que su hermano pequeño sería un individuo importante. Aunque él apenas sabía leer y contar con los dedos, intuyó que Dimitri se convertiría en un gran escritor, en un científico o un médico quien ayudaría a su pueblo y a su familia a salir del atraso y la ignominia.

Dimitri estudió el bachillerato en un seminario en Totatiche, un pueblo cercano al suyo, donde los curas nunca perdieron la esperanza de capturar su vocación y convertirlo en hombre de Dios. Pero fracasaron ingenuamente, pues el alma de Dimi era inaprensible.

Al cumplir diecinueve años, Juan Pablo lo mandó a Europa a estudiar la Normal de Profesores. Juan se hacía ilusiones de que Dimitri regresaría convertido en el maestro del pueblo.

Sánchez Román jamás tuvo maestro propio.

En Madrid, Dimitri pasaba sus horas en las bibliotecas, leyendo libros de aventuras y novelas, faltando obligadamente a clases o gastando las tardes en meditar sobre su cama casi sin moverse. Los autores del siglo diecinueve ocupaban su atención desde hace meses, el descubrimiento de Dostoievski estremeció su mente y agitó sus nervios. También transcurría sus horas entonando viejas melodías mexicanas y valses españoles en una diminuta flauta dulce.

De por sí, Dimitri era un temperamento nervioso e hipersensible. Cualquier evento que ocurría alrededor de su vida era procesado y modelado hasta el infinito por su imaginación imparable. De modo que la menor situación o el contacto con algún individuo sin la más mínima importancia, desataba en Dimi un complicado mecanismo imaginativo que trasformaba los eventos y las personas, magnificando ciertos detalles y minimizando otros. Añadiendo colores que no estaban presentes en sus cuadros mentales, poniendo ya más luz o más sombra a los paisajes internos.

Lo grave aparecía cuando esos coloridos cuadros psicológicos se rebelaban contra su creador, transformándose en fantasmas y demonios que lo acosaban.

Así es que en Crimen y Castigo, la primera novela de Dostoievski que cayó en sus manos, Dimitri se vio como en un espejo en el joven Raskolnikov, el protagonista dostievskiano. Al igual que el personaje principal del escritor ruso, Dimi era un estudiante pobre y torturado en una ciudad que le resultaba ajena.

Cuando Raskolnikov enloqueció y planeó matar a la usurera con un hacha, Dimitri temió que se le metieran ideas obsesionantes a las cuales sería incapaz de sacar de su cabeza. Arrojó su Crimen y Castigo en el fondo de su buhardilla e interrumpió su lectura, sufriendo singulares angustias y miedo a perder la razón, manteniéndose muchos días en vela.

Más tarde recuperó el libro para leerlo de una sentada en un solo día hasta el final, sin salir para nada de su habitación de estudiante.

Para cuando regresó a Sánchez Román, su pueblo natal en México, el temor a los personajes dostoievskyanos estaba superado. En estas vacaciones de verano se dedicaba por entero a leer Los Hermanos Karamazov, considerada la obra maestra del ruso y se encantaba con el libro.

La obra literaria del Maestro de San Petersburgo  le dio la idea de escribir su primera novela, desarrollada en el Occidente de México, donde se encontraba su pueblo.

Tímidamente, pues aún dudaba de sus dotes narrativas, redactó las primeras páginas. Pensaba recrear un personaje similar a su padre, un pastorcillo hijo de un escribano español y una india caxcana. Pero las obligaciones de sus estudios magisteriales lo alejaban de sus proyectos creativos y de sus lecturas, y él odiaba cada vez más la escuela. El magisterio era un compromiso abominable e ineludible. No sólo su hermano y su madre, sino toda la gente de aquel pueblecito del Sur de Zacatecas tenían sus esperanzas puestas en él. Sería el primer maestro de primaria nacido en Sánchez Román.

5

Dimitri se despidió de Margarita y de su hermano Juan Pablo. En el fondo agradecía que el verano concluyera y con él las vacaciones. Aunque tampoco le entusiasmaba volver al Viejo Continente.  Sentía a la vez culpa, pena y remordimiento al dejar a su familia en el pueblo y regresar a España. No creía merecerlo y tampoco le interesaba esforzarse con los estudios.

Los dos meses en Sánchez Román fueron plenos en tormentas diluvianas, ése año llovió como nunca durante días enteros. El río que descendía de la Sierra de Morones y desembocaba a la orilla de su pueblo, el cual el resto del año no era más que un hilillo inofensivo donde abrevaban las borregas y las vacas, se desbordo, inundando dos barrios completos. Llevándose ganado, pertenencias, desbaratando casas y arrastrando consigo a más de un cristiano, a quien no volvieron a ver.

Viejas querellas con su madre y hermano brotaron como el cauce desenfrenado del río de la sierra y las montañas. La vuelta de los recuerdos de su padre, al igual que los síntomas de una enfermedad recurrente y crónica, resurgieron tras años de desaparecidos.

En la figura de Dimitri, Margarita y Juan Pablo creían ver a un fantasma: Don Felipe, quien muriera dejándolos solos hace años.

Dimitri padecía el mismo carácter nervioso, el mismo desinterés por el mundo, las migrañas y la distracción excesiva. También era alto y encorvado como el padre, de iguales cabellos ondulados, la nariz ganchuda. Dimitri encaraba la imagen de Don Felipe: el caminar despacio, inclinándose al andar,  las pestañas  alargadas como deidad egipcia. La frente expandida y amplia, semejante a una aureola celeste. Por eso lo atacaban sin descanso. A Don Felipe no le gustaba hacer otra cosa más que  leer, pasar las horas pensando y mirando el vacío. Del mismo modo que a Dimi.

Cuando sus hijos apenas eran niños, don Felipe transfirió la responsabilidad de los animales al pobre Juan Pablo. Desentendiéndose por completo del trabajo como pastor.

La madre y el hermano volcaban su enojo sobre el hijo menor, como reclamándole al padre por dejarlos desvalidos, por no ser como el resto de los cabezas de familia del pueblo. De tanto leer libros a Don Felipe le salió un tumor en el cerebro. Quien pagaba el pato por aquel viejo odio era el joven Dimitri. Todo el coraje acumulado durante décadas vertido sobre él. Toda la ira guardada y el enorme amor malsano.

Cuando pensaba en su familia, Dimitri padecía esa ambivalencia y esa naturaleza doble y enredada. Al mismo tiempo que lo embargaba la nostalgia al recordarlos y echarlos de menos cuando se encontraba en Europa, rechazaba de facto la idea de siquiera encontrarse cerca de ellos. Nunca podía estar mucho tiempo con su mamá y su hermano sin odiarlos por pretender saber lo que era mejor para su vida.  Lo peor del asunto era que él mismo ignora precisamente qué debía hacer con su existencia. Si lo supiera, se decía a sí mismo, o si tuviera el valor, se iría del pueblo para siempre y no regresaría tampoco a la España que lo asfixiaba. ¿Pero a dónde huir…?

 

Dejó su triste Sánchez Román atrás. Un viaje en carreta hasta la ciudad de Guadalajara que resultó odioso, lluvias incesantes, mosquitos, hambre, pues apenas llevaba el dinero suficiente para su transportación. Dinero que debía, contra su orgullo irascible, recibir de la mano de Juan Pablo.

De la capital de Jalisco abordó un oxidado autobús de pasajeros hacia la Ciudad de México. Luego otro cacharro aún más viejo y lento rumbo al puerto de Veracruz. De ahí un barco mohoso hacia el Viejo Continente en un incómodo encierro marítimo de dos semanas.

Sólo le quedaban seis meses antes de graduarse como profesor normalista. Si conseguía mantener la suficiente paciencia, con el último jalón de la Normal podría quitarse de encima aquellos estudios y complacer a su hermano y a su madre.

6

Tras finalizar sus estudios de la Normal, Dimitri permaneció todavía un año más en España. Prestando sus servicios como maestro particular de español, literatura, latín y matemáticas. La verdad es que no deseaba volver a su pueblo natal. Evitaba reencontrarse con su familia por todos los medios.

Las cartas de  su hermano Juan Pablo se acumulaban desesperadas, solicitándole e incluso exigiéndole su regreso a Sánchez Román en México cuanto antes. La situación  política en su país era cada vez más tensa.

Era 1925. El gobierno pos revolucionario de Álvaro Obregón se esforzaba por doblegar a un feroz campesinado que luchó al lado de Francisco Villa, Emiliano Zapata y otros centauros durante la revolución.  La estrategia consistía en introducir el agrarismo y la propiedad privada dentro de las ancestrales comunidades de campesinos, donde agricultores y grupos indígenas siempre concibieron la propiedad colectiva como medio natural de sobrevivencia. De hecho se unieron a la lucha armada de 1910 con la esperanza de que continuara siendo así.

Por medio de la imposición de la propiedad  privada, Obregón pretendía dividir a un país plenamente rural y aguerrido, liderado por fieros ancianos e indómitos caciques indígenas que no creían de ningún modo en el gobierno oportunista.

La Iglesia Católica era el centro del debate. Los asesores de Obregón le aconsejaban fundar una iglesia mexicana independiente del  Vaticano y controlada por el Partido Revolucionario.

Tocados en sus intereses, los curas instigaban al pueblo para rebelarse contra el ateo y mal gobierno. Los sacerdotes, acosados, encarcelados e incluso pasados por las armas. Se suspendió el culto o se oficiaba misa en catacumbas y escondrijos.

El pueblo se solidarizó con los clérigos. La iglesia aparentaba ser el centro del conflicto, pero en realidad era el antiguo orden de campesinos e indígenas quien se preparaba para levantarse contra las innovaciones agrarias, la propiedad privada y el oportunista gobierno de Obregón.  La revolución no resultó lo esperado: Zapata y Villa fueron asesinados por sus propios compañeros de guerra. El mismo Obregón quien en 1912  marchó junto a Pancho Villa hacia la capital, mandó pasar bajo el fuego de la ametralladora a los legendarios Dorados del general chihuahuense. Luego, ordenó la emboscada donde moriría también el propio Centauro del Norte bajo el fuego  de más de ciento cincuenta detonaciones.

El conflicto religioso que se avecinaba, amenazaba con ser aún mucho más popular y más grande que la reciente revolución mexicana.

Juan Pablo pronto se puso del lado de los que ya se auto nombraban como cristeros. Un ejército rebelde de campesinos católicos, mestizos e indígenas, quienes enfrentarían al mal gobierno.

Vendió buena parte de su rebaño para seguir al general  Carlos Domingo: un viejo líder de ochenta años, mitad huichol y mitad mestizo. Quien en la década pasada mantuvo a ralla a los villistas, protegiendo del saqueo a las comunidades de Mezquitic, Huejuquilla, Colotlán y la Laguna de Monte Escobedo de los supuestos revolucionarios.

Desde muy joven Domingo se alquilaba como vaquero, pronto se rebeló contra los caciques de Mezquitic, matando en un duelo a muerte a uno de sus primogénitos de un solo tiro. Era temido por latifundistas, militares y agraristas. Contaban  que se arrojó al piso y desde el suelo baleó a su adversario, eludiendo las esquirlas enemigas.

Aunque ya tenía ochenta años, el anciano aún podía viajar jornadas enteras a lomo de su castrado Palomo y dar en el blanco con su pistola a gran distancia. La gente de la región prefería acudir a él en lugar de al gobierno para que les proporcionara justicia, consultándolo sobre asuntos familiares, de tierras y ganado. Era analfabeta y vivía en Popotita, un ranchito ubicado en los confines de la Sierra Huichola , Aunque solía moverse como por su casa a través de los territorios del Sur de Zacatecas, Durango, Aguas Calientes y el Norte de Jalisco.

Carlos Domingo odiaba a los revolucionarios. Mucho tiempo ansió colocar un tiro en el vientre del propio Pancho Villa, por permitir que sus Dorados saquearan y violaran en su territorio. Cuando decidió levantarse contra Obregón, toda la Sierra Huichola hirvió como una cazuela de azufre para seguirlo. Hordas de tepehuanos, huicholes, mejicaneros y mestizos se sumaron fielmente a su avanzada, siguiéndolo a favor de los Cristeros. Grupos enteros de diverso origen étnico y cultural que hasta entonces se mostraban recelosos o neutrales frente a la Revolución Mexicana, se alzaron al fin para seguir al anciano líder.

Juan Pablo lo conoció cuando llevaba sus ovejas a la Sierra de Morones a pastar. En una ocasión un grupo de villistas rezagados intentó asesinarlo y robarle sus animales, no sin antes pretender violarlo para luego colgarlo.

Los forajidos lo sorprendieron mientras orinaba en un río, lo apresaron y desnudaron, divirtiéndose humillándolo. Juan creía que estaba perdido, que moriría tras ser ultrajado su cuerpo y se llevarían sus animales.

Entonces apareció el viejo huichol con parte de su contingente. Domingo odiaba a los villistas por sobre todas las cosas, también era un hombre justo. Sus huicholes y tepehuanos se lanzaron sobre los forajidos tras un solo gesto del anciano y pronto pasaron por sus machetes a los villistas.

Juan Pablo quedaría fascinado con la figura del anciano, algo así como un Moisés belicoso, un guerrero del Antiguo Testamento, el esperado líder del Pueblo Elegido. El padre que nunca tuvo y a quien deseaba seguir hasta la muerte.

Margarita, igual que mucha gente de Sánchez Román, apoyaba a los Cristeros y a su guerra. No se opuso  a que su primogénito los siguiera.  Creía que debía lucharse a favor de la iglesia y de los hombres de Dios. Para ella como para la mayoría de la gente del pueblo, se trataba de una guerra a favor de Cristo y de la Virgen María.

De hecho la mujer necesitaba que Dimitri regresara lo antes posible para trabajar como  maestro del pueblo y colaborar con los gastos familiares y de la lucha.

7

Dimitri se negaba a responder o siquiera abrir la correspondencia que llegaba de su país. La dejaba acumular sobre su escritorio saturado de libros y papeles y luego la sacaba de su buhardilla en alguna bolsa junto con la basura. Sólo sabía por los periódicos que el conflicto con la Iglesia en México crecía hasta resultar incontrolable para el gobierno. Dejando una gigantesca estela de muertos entre las filas de católicos y agraristas.

Se enteró que su hermano dejaba Sánchez Román para internarse en los confines de la sierra, siguiendo a una columna de cristeros liderados por un centauro indígena. Supo de las  derrotas infringidas a los rebeldes, también de sus triunfos por sobre las tropas oficialistas. Seguía el curso de la guerra tratando de no enterarse de los acontecimientos, pero recibiendo noticias por medio de los diarios y de algunos camaradas mexicanos quienes lo enteraban de la situación en su país de cualquier modo. Por todo el mundo se sabía del movimiento liderado por los católicos revolucionarios.

Por su parte, además de las clases particulares que impartía para sostenerse en Europa, sus principales energías continuaban encausadas en la lectura de sus escritores favoritos. En ese entonces descubrió a Charles Dickens y a Jack London, embebiéndose con todas su obras. También trabajaba en sus tiempos libres en la novela que traía entre manos desde el último viaje a México.

Lo único que le interesaba de la vida eran las lecturas de sus autores predilectos y la creación de su obra, que por entonces llegaba más allá de las ciento cincuenta cuartillas redactadas a mano. Poniéndolo feliz con el avance de su escritura implacable.

Aquellos largos meses en Madrid después de finalizar los estudios como normalista y de que comenzara la Guerra Cristera en México, se volvieron más de un año fuera de su país.

Sin saberlo, o sin ser muy consciente de ello, el joven zacatecano se buscaba a sí mismo, ignorando a dónde lo llevaría aquel deambular errático o en qué lugar terminaría.  Empero, alguna luz aparecía gradualmente en la nebulosidad de su existencia y algo comenzaba a encontrar. Con cada página escrita, arrancada, tachonada, vuelta a corregir o a reescribir, algo de una anhelada y desconocida tranquilidad le llegaba, en oleadas breves pero alentadoras.

Buscando la inalcanzable perfección  en la escritura, el joven pastorcillo también adelantaba en su camino personal. Lo que iba dando como resultado, además de una obra literaria que no pedía nada a otras de su tiempo, era el desarrollo y la construcción de su propia imagen ante sí mismo como escritor. Inscrita en sus células, en sus emociones y en toda su corporeidad. Obtenida con muchos trabajos y sacrificios. Brindándole una creciente seguridad en sí mismo que jamás tuvo, reflejada en sus pasos, en su habla y en sus manos que escribían incansables. Volviéndolo paulatinamente más entero, más confiado, más seguro y tranquilo.

Nunca antes tuvo aquella certeza, mucho menos la constancia absoluta de la importancia de saber quién es uno, cuál es su sitio, cuál su misión y lugar en el universo. Cosa que ni en el trabajo como campesino en Sánchez Román, ni mucho menos  en los estudios de normalista encontraba.

-¿Cuántos años tienes?

Le preguntó aquella mujer, elegantemente vestida y más alta que él al contemplarlo de pié en la entrada de su apartamento en Madrid. Era la viuda de un abogado que trabajó como secretario personal del Rey de España. Quien muriera durante una misión especial en Marruecos, dejándola sola con sus hijas.

Alguien le proporcionó  las referencias de Dimitri y lo mandó llamar para contratarlo como profesor de español y latín de sus dos hijas adolescentes.

El joven mexicano llevaba los zapatos agujereados en las puntas, metido en un grisáceo  traje a rallas bastante pasado de moda. Un intelectual joven y pobre, a leguas. Pensó la viuda.

-23.

Respondió el muchacho.

-¿¡Tus lecturas de cabecera…!?

Volvió a interrogar la española con cierta autoridad.

El joven no atinó a distinguir si aquello consistía en pregunta, afirmación, presunción o insulto. ¿A qué profesor se le preguntaban sus libros predilectos antes de contratarlo? ¿Qué debía responder ante aquello?

Guardó silencio sin atreverse a decir nada

-¿Que cuáles son tus autores favoritos muchacho…?

Casi gritó la mujer exasperándose, con un marcado acento castellano. Descomponiéndosele los gestos por la explosión emocional.

De aquel estado casi natural de fémina altanera, se entrevió una juventud deliciosa, oculta bajo la máscara de seriedad de ex esposa de diplomático. Mujer culta con bastante mundo.

Dimitri descubrió por un instante que la mujer era más joven de lo aparentado. Los ojos color aceituna, pómulos esculpidos con obstinada intencionalidad, la cara afilada delicadamente hasta terminar en una fina barbilla. Sobre todo su piel, de un moreno pálido, gitano o moro, mantenía un brillo y una, que se antojaba como tersura irresistible al tacto. Cuando llegase el momento de acariciarla toda.

Se llamaba Edna Ituarte, dama bastante conocida en la sociedad madrileña de los veintes.

-¡Platón, la Biblia, Santo Tomás….!

Recitó Dimitri como autómata. Ocultando sus verdaderos gustos. Temiendo ante todo encontrarse con tradicionalistas ideas y prejuicios con respecto a los libros proscritos de su preferencia, que lo alejarían de la posibilidad de obtener el necesario trabajo. Escondiendo su afinidad por autores aventureros, jugadores y autodidactas como los suyos.

-¡Demasiado conservador…!

Profirió la mujer, dirigiéndose a sus hijas, quienes se encontraban sentadas al lado, como las damas de compañía pertenecientes al séquito de una gran reina: su madre.

-Parece buena gente.

Increpó la más joven, de ojos azulados y coquetos. Su nombre precisamente era Azul, como el color de aquellos ojos enormes que tendían hacia el violeta y horadaban curiosos la silueta y la personalidad del mexicano. Algo había en Dimitri que atraía a la muchacha. Tenía doce años.

La otra muchacha sólo atino a sonrojarse en demasía, hasta que el rubor le llegó al nacimiento del cabello en la hermosa frente amplia y clara. Se llamaba Dolores. Lola. Era una año mayor que Azul, aunque bastante más tímida y reservada que ella. Al parecer el joven pastorcillo y escritor resultaba interesante a las dos chicas.

-¡Dickens, Hugo, London, Dostoievski…!

Se animó a confesar Dimitri ante la simpatía que igualmente a él provocaban las mujeres.

Se sentía en la atmósfera un ambienten de atracción inmediata.

-¿Cómo?

Preguntó la señora, poniéndose de pié y sorprendiéndose. Ahora sin saber ella si lo que le lanzaba el mexicano era un cuestionamiento o el fragmento de un idioma extinto, articulado bajo el efecto de un delirio místico.

-¡Que mis escritores predilectos son Dickens, Hugo, Dostoievski y Jack London!

Las tres mujeres estallaron en carcajadas, que a pesar de su violencia e histerismo resultaban agradables a los oídos del mexicano. Música o campanas que nunca antes sus oídos solitarios  atrajeron, ni mucho menos captaron.

No evito pensar que se burlaban de él, de sus autores predilectos y autodidactas como él mismo, de su traje de estudiante pobre y extranjero. Tomó su portafolio y caminó hacia las escaleras, agachado, dispuesto a retirarse. Avergonzado y algo triste, pues al instante había gustado de la compañía de las tres damas. Esperanzado por un minuto con la posibilidad del trabajo y de su amistad. En Europa se encontraba tan solo y necesitado de alguien.

-¡Que se va mamá…!

Grito Dolores por primera vez, rompiendo el tímido silencio en que habitualmente vivía.

-¡Óigame, no le he pedido todavía que se retire. London, Dickens y Dostoievski se encuentran entre nuestros autores predilectos también…!

Dimitri permaneció congelado en el pasillo, hacia las escaleras que lo llevarían de nuevo a la calle y se quedó mirando a la española con los ojos muy abiertos.

La viuda se aproximo, marcando los tacones nerviosos a cada paso. Enfocándolo también ella con su mirada transparente, abriendo sus ojos aceitunados aún más grandes. Su mirada por fin  reveló a una mujer en extremo sincera, refinada y fuerte, con bastantes experiencias de la vida reunidas en su haber. En un lapso mínimo de silencio en que se encontraron el mexicano y ella, se traslució desde sus ojos una tendencia inocultable de temperamento cálido, incluso ardiente y pasional por parte de aquella mujer mayor que él.

-¿Quiere quedarse a trabajar con nosotras? Necesitamos un maestro particular de gramática y álgebra.

Casi suplico la viuda antes que Dimitri abandonara su apartamento.

Aquella mujer, la viuda, Edna.

8

Al fin se animó a destapar algunas de las cartas enviadas por su hermano desde México. Además de descubrir horrorosas faltas de ortografía y una redacción de campesino casi analfabeta, quien escribía prácticamente como hablaba en su cotidianidad, se enteró descifrando en aquellos barrocos mensajes del desarrollo de la guerra

Los Cristeros avanzaban en sus triunfos, poniendo cada vez más en jaque al gobierno de Obregón. Se preparaban elecciones en su país y era seguro que el sucesor sería Plutarco Elías Calles, un monigote designado por Álvaro Obregón, para gobernar en su nombre.

Durante un tiempo pareció que los rebeldes católicos ganarían la guerra.

El ejército de Carlos Domingo había emboscado a las tropas federales en tres ocasiones, haciendo uso de la caballería de manera magistral, al frente de la cual se encontraba ya su hermano Juan Pablo.

Los federales se confiaron al inicio, creyendo encontrarse ante las simples escaramuzas de bandoleros inexpertos. Pero las estrategias del cacique huichol los tomaban por sorpresa. En tres ataques definitivos, los Cristeros resultaron victoriosos  bajo el mando de aquel centauro huichol entre la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas.

Juan Pablo se convirtió en el brazo derecho del anciano líder, encabezando su caballería de más de doscientos jinetes experimentados. Quienes lo mismo blandían el machete y el sable por sobre los cráneos rapados de los agraristas, que disparaban desde sus jamelgos atinando en el   blanco con sus fusiles, marchando a más de cincuenta kilómetros por hora.

Juan Pablo daba muestras de una inteligencia y astucia para luchar y sobrevivir poco conocida.

Así era Juan, pensaba Dimitri, siempre supo superar las peores dificultades, pelear y sortear obstáculos en apariencia infranqueables para los otros. Por eso la gente admiraba su fuerza y lo seguía a donde quiera. Ojalá no le pasara nunca nada al exponer constantemente su vida y lograra salir con bien de aquella empresa. Volvió a pensar el hermano menor.

Sintió un dejo de nostalgia, también de pena por encontrarse del otro lado del Océano Atlántico y no apoyar en lo absoluto las causas de su hermano y su madre. Afortunadamente  para él, la nostalgia sólo le duró unos segundos. Nada de lo que sucedía en México lo convencía del todo.

Carlos Domingo pronto envió a Juan Pablo a realizar diversas misiones especiales en beneficio del ejército rebelde. Marchó disfrazado en un tren a la ciudad de México, viajó a Guadalajara, a Aguascalientes y Lagos de Moreno. En busca de apoyo financiero, municiones, alimentos, medicinas  y caballos proporcionados en secreto por diversas familias católicas del Occidente de México.

El movimiento Cristero crecía, extendiéndose paralelamente en otros estados de la República Mexicana, convirtiéndose en una red de apoyo bastante eficaz para los insurrectos. Desde el Norte hasta el Sur del país había levantamientos o financiadores dispuestos a colaborar. Multitudes de asociaciones católicas, grupos de oración, ligas guadalupanas y legiones de campesinos e indígenas se sumaban cada día a los ejércitos cristeros. Sea como guerrilleros voluntarios, con su apoyo financiero, en especie o moral.

Nada de esto parecía impresionar, mucho menos atraer el interés de Dimitri. Su vida se concentraba en la creación de su obra, de la cual ya se vislumbraba el final. Alguien lo contactó con un editor en España y este se interesó por su historia. Tras leer parte de los avances de su novela prometió publicársela.

Por las mañanas escribía desde las cinco, cuando se levantaba, tan sólo tomando un breve descanso para almorzar algo a las once. En las tardes se dirigía a la casa de la viuda y transcurría las horas en compañía de aquellas mujeres. Llevándoles cada día lecturas novedosas, planteándoles preguntas incisivas y ayudándolas a reflexionar. Dimitri resultó para ellas un maestro demasiado singular, que aplicaba el método socrático, les compartía nuevos autores y propiciaba en ellas el desarrollo del pensamiento crítico.

Edna, la señora, solía quedarse en la sala mientras tejía o leía algún libro, participando pasivamente, aunque con no menos interés en las clases. Escuchando las disertaciones del mexicano, las participaciones de sus hijas, o acompañando con su risa alguna broma gastada por parte de las chicas hacia Dimitri.

De pronto al mexicano se le hacía indispensable asistir diariamente a la casa de las mujeres, y ellas también lo extrañaban cuando no estaba o llegaba tarde a las sesiones.

La viuda y sus hijas vivían de una pensión que el gobierno Español les asignara desde la muerte del esposo. Con los cambios de gobierno, Edna y su familia comenzaron a perder sus privilegios. Como su marido había sido un personaje cercano al Rey, al perder el monarca parte de su popularidad, también la gente cercana a la aristocracia española, como la viuda, sufriría con la suspensión de los apoyos económicos de los que vivía.

 9

Carlos Domingo mandó a la caballería agazaparse y esconderse en los linderos del valle de Monte Escobedo. Fuera de la vista del enemigo.

Por su parte, Juan Pablo  había diseñado unos cañones construidos con grandes tubos de bronce, otrora utilizados para transportar agua potable. Aquellos cilindros enormes eran rellenados  con pólvora, clavos, tornillos, arena, piedras de hormiguero y cualquier fragmento metálico que pudiese introducirse por sus bocas. Posteriormente, el pastor los hacía detonar con la ayuda de una mecha fabricada con hilachos y resina cruda de pino. Una vez encendido su rudimentario dispositivo activador, aquellos dragones de bronce vomitaban una pesadilla de fuego, piedras, arena y metales derretidos. Que se impregnaban e incrustaban en los cuerpos del enemigo, amedrentándolos, quemándolos e hiriéndolos sin remedio hasta sembrar el caos en sus filas.

Juan Pablo se ocultó junto con otros 150 jinetes en los linderos del valle, donde comenzaban los robledales y bosques de pinos gigantes de la Sierra de Monte Escobedo. A unos cuantos kilómetros de una comunidad conocida como el Mortero, perteneciente al estado de Zacatecas, en la frontera con Jalisco. Bajo aquellas coníferas inmensas y raras, sobrevivientes de la Edad de Hielo, Juan  Pablo y sus jinetes se resguardaron llevándose doce cañones de bronce.

Desmontaron sus animales, manteniéndolos muy cerca de las tropas para poder utilizarlos en cualquier momento y cubriéndose con ramas.

Al fondo del valle, Carlos Domingo y 400 miembros de su infantería se alinearon ordenadamente, preparándose para hacer frente al ejército federal.

Alguien dio el aviso en el campamento de las tropas gubernamentales donde pernoctaban tranquilamente las fuerzas de Obregón y varios centenares de mercenarios agraristas pagados a sueldo.

El huichol y sus cristeros los esperaban para entablar batalla. Juntos, los hombres del gobierno y sus aliados sumaban 800 efectivos contra los cuales se enfrentarían poco menos de seiscientos cristeros, no del todo bien armados. Por lo menos no igual de bien armados que los soldados profesionales, financiados y equipados con dinero de la nación.

Muchos de los guerrilleros de Carlos Domingo eran indígenas tepehuanos y huicholes quienes vestían taparrabos y andaban descalzos. Armados con arcos y flechas, lanzas y cuchillos de montaña. Sus torsos desnudos constituían un blanco fácil para los modernos rifles de los federales. Empero, una vez enzarzados en la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, los habitantes de la sierra eran diez veces más letales que un soldado raso, mal pagado y poco curtido en la vida de la montaña.

Los federales se adentraron en el valle con lentitud y vacilantes. No les faltaban pocas razones para temer encontrarse próximos a una trampa.

Un comandante de los gubernamentales, de enorme cráneo triangular y rapado el casco por completo, olisqueó la atmósfera, temeroso de una emboscada.

Frente a ellos se encontraban formados en perfecto orden los hombres de Carlos Domingo, aguardando por el enfrentamiento.

El centauro apareció delante de sus filas. Ataviado en su calzón de manta blanco y con un abrigo de lana diseñado expresamente para él por una anciana tepehuana. Portando un enorme y elegante sombrero de manufactura wixarika, con centenares de colguijes pendiendo de sus alas, su tamaño y envergadura indicaban un elevado rango a nivel espiritual entre los brujos indígenas. Los ancianos de las comunidades de la Sierra Huichola se lo entregaron para que lo protegiera durante la batalla.

La gente de sus filas lucía sus calzoncillos blancos también de manta, guerreros adornados con  plumas, penachos y pintura ritual. Armados con prolongadas lanzas de más de dos metros de longitud, macizos arcos de cornamenta de venado y agudas saetas de mezquite. Fusiles y antiguos mosquetes de un solo tiro, listos para dispararse sobre el enemigo.

El ejército federal se les aproximo en silencio y a paso lento. Cuando pasaron junto a las arboladas donde Juan Pablo y su caballería se encontraban ocultos, se escucharon varios estruendos.

Las doce bocas de los cañones escupieron al unísono su aliento de lumbre, metal y roca hirviente sobre los vulnerables flancos del ejército de Obregón,

Los fragmentos al rojo vivo, la arena y rocas derretidos se incrustaron en sus cuerpos, encendiendo sus ropas, perforando sus carnes y haciendo cundir el pánico entre las filas de los gubernamentales.

Los cañones atronaron tres veces más, hiriendo al enemigo, achicharrándolo y rompiendo sus filas.

De entre los árboles emergió la caballería cristera, encabezada por Juan. Los jinetes dispararon sus fusiles sobre los agraristas, los empalaron con sus lanzas o blandieron un filoso machete por sobre las cabezas rapadas de los soldados enemigos, abriéndoles el cráneo como  cocos fracturados.

Al fondo del valle, la infantería cristera aún no se movía ni chocaba con los federales.

El castrado de Carlos Domingo relinchó, elevándose sobre sus dos patas traseras, aspirando el aroma del inicio de la batalla, contagiado por la adrenalina, el olor de la sangre y la pólvora que ya cundía y se propagaba en todo el terreno.

El anciano levantó el brazo en señal de fuerza. Tenía ochenta y dos años de edad. Sus hombres, mestizos e indígenas, lanzaron un feroz grito de apoyo a su líder que rebotó haciendo eco en las montañas cercanas. El centauro miró al cielo con sus profundos ojos grises, se encomendó a sus dioses antiguos y extrajo su sable del cinturón. Entonces dio la señal de ataque.

La infantería cristera se precipitó sobre las unidades del gobierno, que, desorientadas por los ataques laterales y el fuego de los cañones, los recibió en desorden. Se escucharon bastantes disparos en ambos bandos, pero la mayor parte de la lucha ocurrió cuerpo a cuerpo.

Desde el flanco del ejército enemigo, Juan Pablo propiciaba incesantes y mortíferos golpes con ayuda de sus hombres. Un indígena de origen náhuatl: Martín Pescador, había sido asignado por Carlos Domingo como su guardaespaldas personal. Desde su cabalgadura, el indio no dejada de disparar una flecha tras otra y no se le despegaba al joven pastorcillo. Debía protegerlo por sobre todas las cosas y responder con su vida por la de Juan.

La caballería siguió girando, atacando, regresando y volviendo a golpear a los agraristas, avanzando, penetrando sus costados y aplastándolos cada vez más. Por su parte, las unidades federales perdían gradualmente lo poco de formación que les quedaba, cayendo en el desorden total, el pánico y la desesperanza, preludio de la muerte y la derrota absoluta.

Juan Pablo utilizaba un prolongado sable español bastante filoso para abrirse pasa por entre las angustiadas cabezas de los agraristas, abriéndoles el cráneo o decapitándolos. A su lado, Martín Fierro no cesaba de disparar sus saetas a diestra y siniestra.

Alguien derribó a la yegua de Juan, en realidad la bala iba dirigida a su pecho pero erró el blanco, haciendo saltar los sesos ensangrentados de su montura. El pastor rodó hasta el suelo, lastimándose el cuerpo. El comandante de los federales se disponía a atravesarlo con su bayoneta cuando lo detuvo una flecha del arquero indígena. Veinte soldados del gobierno se precipitaron sobre el líder de la caballería cristera. Juan derribó a tres de ellos con su espada. Los demás se le vinieron encima. Martín Pescador disparó cinco flechas más, cegando cinco vidas de aquellos soldados pelones. Se arrojó sobre ellos desde su caballo tordillo pura sangre, con su enorme cuchillo curvo desenvainado. Degolló de un golpe a un oficial del gobierno. Luego cayeron más y más federales sobre ellos hasta que todo se volvió una masa confusa de carne, sangre y hombres sin sentido.

Desde el frente del valle, Carlos Domingo iba reduciendo las filas de los federales, pisando con sus cascos y sus hombres encima de los enemigos muertos. Capturando prisioneros, rematando gente con el tiro de gracia. El anciano estaba feliz, preso de un frenesí por el triunfo de la batalla que contagiaba a sus tropas y se extendía entre los hombres, infundiéndoles un ánimo creciente hacia el fin de la lucha.

Cuando uno de sus oficiales tepehuanos, un indígena de considerable estatura, oscura piel y facciones aguerridas, armado con una poderosa lanza, le avisó que ganaban la batalla, aún no se imaginaba la suerte que habían corrido el joven pastorcillo y su guardaespaldas, al caer heroicamente en medio del combate.

10

No fue sino hasta un mes más tarde cuando Dimitri recibió la noticia de la muerte de su hermano. El mismo día que recogiera un adelanto por las regalías de su novela, al fin culminada y entregada a su editor.

El triunfo que significaba obtener unos buenos ingresos económicos producto de su primer libro se veía oscurecido por la violenta y trágica pérdida. Casi media hora después de depositar junto con sus pocos ahorros en una cuenta de banco las pesetas entregadas por el editor, recibió la misiva desde México, redactada a mano por el secretario de Carlos Domingo. Era un solo párrafo corto, contundente y desgarrador:

“URGE VENGA A HUEJUQUILLA EL ALTO EN MÉXICO CUANTO ANTES. CUERPO DE SU HERMANO SE PERDIÓ, PARA RECOGER LA CABEZA DEL OCCISO…”

Tan sólo la cabeza de Juan Pablo y de Martín Fierro dejaron los federales antes de ser vencidos por los cristeros.

Aquella batalla triunfal resultó de cualquier manera  un triste capítulo para las tropas de Carlos Domingo. Juan Pablo era conocido y amado por sus compañeros y su muerte fue bastante llorada y sufrida tanto por mestizos como por indios.

Para entonces, Edna y sus hijas, ya no contaban con recursos económicos para pagar las clases particulares que les impartía el mexicano. Se habían mudado a un barrio bastante popular e instalado en un apartamento mucho más modesto y pequeño. Contando a penas con el mínimo presupuesto para rentar un mugriento piso y costear, no sin esfuerzos, sus alimentos.

A pesar de todo Dimitri seguía asistiendo con ellas todos los días. No le importaba que no tuvieran para remunerarle sus clases privadas. Necesitaba de su compañía diaria por sobre todas las cosas, de sus risas, chistes, conversaciones. También, inexplicablemente, se sentía urgido de la presencia constante y ardiente de Edna, la viuda. Su silueta sentada todos los días a unos metros suyos, alimentaba su vista famélica y carente de sensualidad. El aroma de las finas fragancias de la viuda nutría su olfato, otrora carente de amor, muerto de hambre de feminidad y del perfume marrón emanado desde el sexo femenino.

Notaba que la mujer se arreglaba cada vez más para esperarlo y sentarse junto a sus hijas a escuchar la clase. El rostro anteriormente áspero y amargo de la viuda se iluminaba nada más con ver a Dimitri aparecer en la entrada de su apartamento. En poco tiempo, con la ilusión de la llegada de profesor mexicano, Edna florecía cual gardenia irrigada y fertilizada con una nueva ilusión. Aunque era cinco años mayor que el joven escritor.

Y Dimitri sentía ahogarse el pecho con los propios latidos de su corazón nada más de verla. No estaba del todo seguro de ser correspondido, aunque había señales inequívocas como la amabilidad, la sonrisa y disposición por parte de Edna.

Aquel día se sentía confundido y desolado. La misiva desde México avisando de la muerte de su hermano, la emoción por la publicación de su libro opacada por la triste noticia. Todo era una mescolanza de sentimientos: tristezas, alegrías fugaces, depresión, frenesí, regocijo, desesperanza.

Subió por la escalera que le llevaba al modesto apartamento de las mujeres. Se aproximó a la puerta encontrándola entreabierta.

La viuda se hallaba sentada, sola, en la pequeña sala de aquel piso, con la maciza pierna cruzada sobre la otra. Arreglada con vestido de fiesta, elegantemente maquillada y peinada. Aguardaba por él.

-Esta vez no están las niñas en casa….

Dijo ella al despegar los ojos aceitunos de su lectura. De la pasta que sostenían sus manos se leía el título de la obra leída: Martín Eden, de Jack London. Enfocando a Dimitri con aquellas piedras lunares color verde.

Envolviéndolo y devorándolo con sus globos oculares preciosos.

11

 

Colgados

 

Los indios que seguían a Carlos Domingo  salaron las cabezas de Juan Pablo y Martín Pescador para preservarlas. A sabiendas que los restos del arquero de origen náhuatl, quien diera su vida defendiendo al comandante de la caballería cristera, no serían reclamados por nadie. Así morían los indios en la guerra y en la vida: una vez caídos en combate, sus cuerpos eran abandonados en el campo, a lo mucho cubiertos rápidamente con rocas y ramas para evitar que los zopilotes los picotearan. Muchos de ellos ni siquiera recibían aquella sepultura, improvisada sobre su despojos. Olvidados y sin ningún ritual fúnebre ni oración en pos de sus almas. Condenados a agusanarse en el olvido.

Una vez saladas, ambas cabezas fueron secadas al sol para evitar que se pudrieran. Sahumadas más tarde durante veinte horas sobre brasas de nogal. Tras recibir aquel tratamiento casero, casi culinario, los restos disecados de los guerrilleros se depositaron en la catedral de Huejuquilla el Alto, una pequeña ciudad ubicada en el extremo norte del Estado de Jalisco, en la entrada de la Sierra Huichola. Ocultadas por el capellán de la iglesia bajo unas lozas de cantera para que nadie las profanara. Con la consigna de  entregarlas a la propia madre o al hermano del pastorcillo cristero.

Las fuerzas de Carlos Domingo se desplazaron rumbo al poblado de Jalpa,  ciudad no muy grande, ubicada en el Sur de Zacatecas, en los límites con Jalisco. Donde contaban con la totalidad de su población como simpatizantes y seguidores de los cristeros.

En Jalpa aguardaron una semana por la llegada de un nuevo elemento: David Quintero, indígena originario de Sonora, de la etnia rarámuri, quien comandaba un contingente de trescientos guerreros tarahumaras, yaquis y mayos. Provenientes del norte del país, quienes juraron unirse a la causa de Carlos Domingo.

Al séptimo día arribó a la ciudad la columna de jinetes liderada por Quintero. Sus hombres armados con arcos, flechas, rifles y lanzas, habían cabalgado más de setecientos kilómetros en un día y medio de marcha forzada para encontrarse con el centauro cristero.

De Quintero se decía que era brujo y curandero. Que solía lanzar sortilegios malignos a sus enemigos antes de hacerles la guerra. Con sus hombres se unió a una rebelión apache en california, la cual sembró la muerte y causó muchas bajas entre los soldados norteamericanos antes de ser sofocada. Su ejército se dedicaba lo mismo al pillaje y el atraco que a las causas revolucionarias y el anarquismo de libre ideología. El abuelo de Quintero luchó al lado del cura Miguel Hidalgo en la Guerra de Independencia poco más de cien años atrás.

El ejército cristero se dividió expresamente en dos fuerzas. La infantería que ya superaba los seiscientos hombres marchó con Carlos Domingo a la cabeza, haciendo un rodeó hasta la ciudad de Zacatecas. Donde también contaban con sobrados simpatizantes y benefactores.

Por su parte, la caballería ahora liderada por Quintero se internó en la Sierra de Morones.

Se reencontrarían en Villa Hidalgo, una ciudad ubicada justo en el medio de los Estados de Zacatecas y Aguascalientes. Donde tenían su base desde hacía meses gran parte de las fuerzas federales.

Una vez arrasada Villa Hidalgo y arrebatada a los gubernamentales, los cristeros marcharían sobre la ciudad de Aguascalientes para hacerla suya. El objetivo último de todos aquellos movimientos era aproximarse  lo más posible a Guadalajara y atacarla tras apoderarse de la Capital Hidrocálida.

Cerca de la ciudad de Zacatecas, Carlos Domingo se abasteció de parque y víveres. Con su infantería de a pié marchó al fin sobre el rumbo de la ciudad de Aguascalientes. En Villa Hidalgo los federales ya sabían que la infantería cristera se dirigía a paso veloz hacia ellos y se dispusieron a la defensa. Ignorando que una caballería de más de cuatrocientos jinetes comandada por Quintero remontaba la Sierra de Morones para caerles por la espalda.

Los dos ejércitos se encontraron un domingo de semana santa  por la mañana, mientras la población de Villa Hidalgo aún dormía.

Carlos Domingo organizó una poderosa falange de ciento cincuenta lanceros indígenas: nahuatls de los bosques de Colima, huicholes y tepehuanos de la Sierra de Jalisco y Durango, quienes serían los primeros en embestir a las fuerzas federales. Armados con prolongadas estacas  de más de dos metros, talladas en el tronco de forzudos robles y pinos nacidos en la Sierra Wixárika.

Aquellas falanges indígenas emulaban, sin saberlo, las unidades macedonias que otrora siguieron a Alejandro Magno rumbo a Oriente.

Los lanceros huicholes y tepehuanos arrojaron una lluvia proyectiles sobre las primeras filas del ejército federal. Así comenzó la batalla. Luego embistieron con una segunda y tercera lanza portada por ellos, empalándolos igual que mariposas o escarabajos disecados. Actuando de manera semejante a un solo  y mortífero puercoespín.

El resto de la infantería cristera se dividió por órdenes expresas de Domingo, saltando tras una señal del anciano líder sobre ambos flancos de las tropas federales.

Una vez producido el primer y el segundo impacto entre ambos ejércitos, el cual no resultó en absoluto suave para los federales y agraristas, Carlos Domingo, quien se encontraba al frente de los lanceros, ordeno a sus falanges indígenas retroceder. Haciendo creer al gobierno que se batían en retirada, ilusionándolos con un triunfo que no sería más que una trampa asesina.

Ingenuos, los federales empujaron más y más a las filas cristeras, sin darse cuenta que al hacerlo, quedaban envueltos por el abrazo letal de las fuerzas del centauro. Perdiendo también su formación y desordenándose gradualmente conforme avanzaban, creyendo hacer retirarse a los cristeros.

A los cuarenta y cinco minutos de iniciada la lucha, la caballería liderada por el brujo rarámuri emergió de las montañas de Morones para arrasar la retaguardia obregonista. Sus jinetes iban semidesnudos, ataviados con plumas, penachos y pintura de guerra. Podían arrojar una flecha tras otra desde sus jamelgos o disparar sus rifles al mismo tiempo que sus monturas se desplazaban a gran velocidad, confundiendo a los federales y penetrando sus filas. Atinando en plena marcha con sus dardos y mosquetes. Muchas de sus saetas habían sido mandadas ungir  con veneno de víbora de cascabel y coralillo por el brujo. Así es que si no mataban a los federales al atravesarles el corazón, lo hacían tras herirlos, intoxicándoles la sangre y el cerebro con su veneno reptil. Paralizando sus miembros y asfixiándolos al frenar con violencia sus funciones vitales.

Carlos Domingo volvió a la carga junto a sus lanceros. Con las astas por delante, las falanges cristeras embistieron de nueva cuenta a las tropas obregonistas. La infantería cristera presionó desde los flancos, envolviendo y oprimiendo al ejército del gobierno.

En minutos, el ejército del presidente Álvaro Obregón había sido rodeado por completo por la desaforada masa rebelde.

No tardarían más de una hora y media en encontrarse ambos líderes indígenas en el centro de un campo de batalla humedecido con los restos enemigos, alfombrado con los cuerpos, la sangre y las vísceras de dos mil federales masacrados.

12

Dimitri hundió su rostro en la cabellera perfumada y frondosa de la viuda. Precipitándose en una selva sin nombre, ni vereda alguna, ni salida. Aspirando el hálito de la piel en su cuello. Dejando rodear su nuca con aquellos brazos desnudos. A la vez que la envolvía a ella por la cintura bajo el ritmo atípico de una pieza de fox trot.

Se mecieron largamente a la luz de un salón de sociedad. Dimitri nunca asistía a lugares de esa naturaleza, no sólo porque le provocaban aversión, sino porque prefería invertir sus pocos recursos en libros, discos de acetato y comida. Sobre todo debido a que hasta antes de publicar su primer libro, siempre fue demasiado pobre y por demás tímido.

Esa tarde las hijas se quedaron en casa de una amiga. La viuda las envió con el consentimiento de ellas.

Lo esperaba sola, sentada en el sofá de su sala. ¿A quién impartiría Dimitri la sesión de literatura ese día? Realmente eso no importaba. En realidad la clase sería recibida más bien por el joven mexicano. ¡Le urgía!

-¿Quiere ir a tomar un café conmigo?

Preguntó Edna a un Dimitri por demás desconcertado y sorprendido.

Balbuceó un “me encantaría” salido de su boca sin abrir los labios en lo absoluto. La viuda captó sin dudas el sí lanzado por el escritor.

No sólo se sentaron en una terraza a beber té y pastel, sino que la viuda lo jaló hacia uno de los salones donde se ofrecían tardeadas con música en vivo, cantantes, bebidas y tapas. Era un ambiente festivo que hacía sentir a la gente como invitados a una celebración familiar, aunque en realidad pocos se conocían entre sí. O fingían no conocerse. Se bebía, bailaba y comía sin cesar, importando poco quien se encontraba al lado junto a la querida o la amante en turno.

El baile no consistía más que en un pretexto para abrazarla y estar cerca de ella. No importaban en lo absoluto los ritmos y músicas europeas tan de moda en España. La música que gustaba a Dimitri eran las viejas canciones rancheras compuestas durante el siglo diecinueve en su país, la mayoría de las veces por autores anónimos quienes no pretendían hacerse famosos ni ricos con sus  guitarras y melodías.

De niño aprendió a tocar la flauta de modo autodidacta, de la misma manera que sin guía ni tutor alguno había aprendido a redactar cuentos y novelas cortas desde los siete años. Sin ninguna escuela más que la lectura incansable de los escritores clásicos a quienes pretendía imitar.

Con su pequeño instrumento atraía a las ovejas y a los perros pastores del rebaño, los cuales gustaban de sus delicadas melodías.

Con la flauta interpretaba las humildes obritas que le eran tan entrañables, como La Adelita, Cielito Lindo, La Feria de las Flores. Bastándole aquellas piezas sencillas producidas por su pequeña flauta para alegrarse en su interior. Aventurándose de vez en vez con algo de Beethoven  o Mozart que aprendió de los curas en Totatiche en su época del seminario.

En Europa descubrió a Bach y le fascinaba interpretar  Tocata y Fuga, cuya versión le costó mucho esfuerzo lograr. Uno de sus compañeros de la Normal le descubrió unas partituras escritas por Nietzsche en sus pocos momentos de lucidez que lo fascinaron. Aunque ni siquiera soñaba en ponerse a tocar aquella música extraña e inquietante con su modesto instrumento.

Pero en esta ocasión la cintura de la viuda era su flauta o su clarinete más agradable y preciado, y sus movimientos, la música más sensual que su ser captara nunca antes.

Tomaron una bebida portuguesa servida en las rocas cuyo nombre Dimitri jamás escuchó mencionar y mucho menos pudo memorizar. Tenía un sabor a hierbabuena en extremo dulce que lo empalagó y un elevado grado de licor que se le subió hasta la frente. Al punto de desinhibirlo y hacerlo apretarse aún más hacia el cuerpo de la española.

Caminaron cogidos de la mano, sin saber cuándo se entrelazaron sus dedos de regreso al apartamento. Dimitri quería hacer algo, pero no se atrevía, hasta que la viuda lo tomó del cuello con cierta violencia y acercó su rostro a los labios del joven para devorárselos con un beso.

Aprendieron a hacer el amor, no sólo por la inexperiencia y el desconocimiento casi absoluto del mexicano, sino también porque la viuda llevaba más de dos años sin estar con ningún hombre. Dimitri osciló con ferocidad desde la inhibición sexual completa y la impotencia total debida a la timidez, hasta las volteretas interminables, rodando sobre el cuerpo de Edna y ella sobre él. Comiéndose los cuerpos el uno al otro, bebiendo sus fluidos y secreciones, penetrándose mutuamente por la boca, el sexo, el ano y los poros.

Las sesiones de español y latín se postergaban sin razón. Dolores y Azul debían salir por órdenes expresas de la española a visitar a alguna nueva tía o amiga  y perderse durante toda la tarde.

Al terminar las jornadas de precioso sexo, Dimitri le interpretaba infinitas melodías en su flauta, desnudo, cerrando sus ojos, concentrado y soplando sobre el instrumento mientras la viuda le escuchaba boca abajo sobre las sábanas. Sin ropa en lo absoluto, el culo compacto y henchido mirando hacia el techo, el rostro descansando sobre la almohada, adormecida en un trance hipnótico con aquel instrumento celestial.

13

Resultó de un modo tan natural que la viuda lo presentara ante sus amistades como su novio y al poco tiempo como su prometido, pues pasaban siempre todo el tiempo juntos. Leían, hacían el amor, caminaban junto con las niñas, escuchaban a Dimitri interpretar una nueva pieza en la flauta o comían acompañándose.

El mexicano prácticamente se había ido a vivir al apartamento de las mujeres. Escribía sobre su mesa y desayunaba con ellas, conversaban hasta que se llegaba el otro día y se reían los cuatro de cualquier cosa. Y cuando se quedaba a dormir encerrado en la habitación de la viuda, las chicas ya ni se sorprendían. También les leía lo que iba escribiendo y escuchaba sus comentarios al respecto.

Aquellos últimos meses en España fueron de los mejores que el triste pastorcillo viviera hasta ahora, sintiéndose por primera vez tan bien con aquellas mujeres, considerándolas más que su familia.

De su hermano, aunque lo hería ocasionalmente el recuerdo de su cabeza esperándolo en alguna parroquia del Norte de Jalisco, la verdad es que se detenía poco en su recuerdo gris. Con Margarita su madre eran aún más raros los minutos dedicados a meditar en su imagen. Los meses se hicieron casi un año más viviendo fuera de su país. En total dos años en el exilio voluntario fuera de Sánchez Román y lo más lejos posible de su familia.

Firmaron el acta de matrimonio civil con sus nombres: Dimitri Dávila y Edna Ituarte, en el momento que la española tenía ya dos meses de embarazo. Era imposible que con aquellas sesiones extenuantes de sexo en las que el mexicano terminara y eyaculara hasta dos o tres veces en las entrañas de la española, no aparecieran antes los síntomas de la preñez.

El escritor tenía muchos planes y estaba contento a pesar de todos los acontecimientos ocurridos en México. La Guerra Cristera estaba en su apogeo, parecía por momentos que los cristeros ganarían la partida al gobierno. El tema de aquella guerra le atraía inspiradoramente para comenzar una nueva obra. Su primer libro se vendía bien en el viejo continente, muy pronto lo traducirían al portugués y al italiano, brindándole nuevas regalías y recursos financieros para sostener a su familia.

Por primera vez en más de dos años fuera de México, volvió a sentir la necesidad de volver a su país. Al fin y al cabo ya no era el mismo sujeto inseguro, reprimido y temeroso que dejara el pueblo natal. Ya era un escritor de cierto prestigio, estaba casado con una atractiva mujer que lo quería, tenía dos hijastras no menos hermosas y pronto sobrevendría un nuevo hijo. Si regresaba a México con su familia, pensaba, no se quedaría mucho tiempo en Sánchez Román. Recorrería la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas recopilando testimonios, tomando apuntes y entrevistando informantes para escribir su nuevo libro. Probablemente se marcharían al poco tiempo, ya sea a la capital de Zacatecas o a la misma Guadalajara con el fin de iniciar una vida diferente. Siempre y cuando la situación en el país lo permitiera. Planeaba y meditaba sin cesar el joven escritor.

No tardaron en abordar un carguero rumbo a América, con destino a Veracruz, llevando su nueva familia, sus libros, su flauta y un nuevo miembro en gestación.

-¿De ónde sacaste esa gachupina?

“Gachupina”

Preguntará la India Margarita con un resentimiento arcaico.

Al mirar por vez primera a Edna, la anciana revivirá en su interior antiguas querellas y guerras perdidas, protagonizadas por sus ancestros caxcanes contra los españoles. Un caudillo indígena llamado Tenamaxtli se rebeló contra los conquistadores por los años de 1600. Apedreando y asesinando a muchísimos europeos. Dicen que la corona española  mandó a más de cien mil soldados peninsulares y guerreros tlaxcaltecas desde el centro de México con el fin de sofocar la insurrección. Diez años de guerrillas, masacres, linchamientos y hambrunas. Al final los caxcanes serían derrotados gracias a la fiereza de los indios tlaxcaltecas. Un triunfo de indígenas sobre indígenas, para beneficio de los conquistadores.

Edna encarnará la belleza y elegancia de los jinetes europeos, ataviados con sus armaduras y trajes de metal. Españoles castellanos, gallegos, vascos y catalanes. Detestados hasta la muerte, también amados y deseados en secreto por los indios de Zacatecas.

Al principio las españolas temerán  a Margarita por sobre todas las cosas. Luego se acostumbrarán a vivir en la misma casa que aquella indígena morena, arrugada y fría. Las niñas dormirán en la recámara que fuera de Juan Pablo, mientras que Dimitri y Edna se quedarán en el cuarto que fue del escritor desde la infancia.

-¿Ti casaste a la iglesia, Carajo…?

Volverá a cuestionar Margarita en repetidas ocasiones.

Lo llamaban “Carajo”, ella y Juan Pablo cuando querían humillarlo.

-¡No mamá…! ¡Por Dios…! ¡No…!

Responderá Dimitri, inseguro y dubitativo.

-¡Tónces tu unión no fue sellada por Dios…!

-¡No me importa…!

Balbuceará a penas el escritor. Sin atreverse aún a confrontarla ni a defenderse de ella.

La indígena permanecerá la noche entera despierta, parando oreja desde el petate en el rinconcito pelón que consistía su paupérrimo dormitorio. Escuchando el resuello y los jadeos producidos por los amantes desde el cuarto de su hijo.

En delante, en todo Sánchez Román, la española y sus hijas serán conocidas como “las gachupinas”.

14

A tan sólo nueve kilómetros de la ciudad de Aguascalientes, prácticamente a las puertas de la Capital Hidrocálida, cristeros y gubernamentales se encontraron de nueva cuenta.

Para entonces, aunque Plutarco Elías Calles ganaba en apariencia unas elecciones democráticas en México, Álvaro Obregón continuaba gobernando el país desde su oficina privada. Centralizando el poder militar, jurídico, económico y social alrededor de su persona. Nada raro en este lado del mundo desde el inicio de los tiempos. Calles no era más que un simple vasallo  quien rendía cuentas al dictador.

Empero, no todo resultaba tan sencillo para Obregón y sus secuaces. Carlos Domingo y las fuerzas cristeras parecían invencibles. Ahora se preparaban para lanzarse sobre un nuevo objetivo. Si no se les detenía cuanto antes, acabarían apoderándose de Guadalajara, la ciudad más importante del Occidente de México. Si lo conseguían, se encontrarían muy cerca de echar a Obregón y su gente definitivamente, y destronar al gobierno de un golpe.

Para entonces, Obregón mandó reunir en Aguascalientes a la élite de sus seguidores, junto con el mejor armamento a su disposición. En las sombras, el dictador también negociaba con la Iglesia Católica Mexicana y su insuflada élite clerical. No tardaría en llegarles al precio para obligar al ejército cristero a rendirse, una vez comprados los curas y ordenado el desarme por parte de los párrocos y obispos.

Los obregonistas contaban con el mejor armamento a su disposición. Hasta la ciudad de Aguascalientes fueron llevados treinta cañones y doce ametralladoras, con las cuales se hizo picadillo al ejército de Dorados de Pancho Villa algunos años antes.

Por su parte, el ejército cristero engrosaba sus filas día a día, no sólo con voluntarios católicos, sino con hordas de indios y campesinos de la más humilde ralea. Contingentes indígenas provenientes de los más diversos grupos étnicos del país. La Guerra Cristera se perfilaba cada vez hacia una guerra de castas semejante a la Lucha de Independencia que abanderara el cura Miguel Hidalgo poco más de cien años atrás.

Desde hace mucho tiempo, la Guerra Cristera dejaba de ser un movimiento religioso, para convertirse en un conflicto social de gran envergadura. El grueso de los grupos más pobres y olvidados de México se enfrentaba contra una élite de ricos, latifundistas, hacendados y presuntos revolucionarios, quienes pretendían gobernar el país a sus anchas y gusto. Era evidente que la Revolución Mexicana no había tocado los derechos de bastantes familias enriquecidas sobre la base de la explotación de los pobres desde siglos atrás. Una élite de pseudo-revolucionarios era cómplice de un sistema social que cambió muy poco desde la época colonial. Un grupúsculo de revolucionarios gobernaba apoyando a los ricos, liderados por Obregón y coludidos con latifundistas y hacendados.

Con el fuego de las mismas ametralladoras que despedazaran a los hombres de Pancho Villa, fueron recibidos los cristeros en Rincón de Romos, comunidad demasiado cercana a la ciudad de Aguascalientes.

David Quintero y parte de la caballería cayeron primero, pretendiendo flanquear a las fuerzas gubernamentales, sorprendidos en plena estrategia y arrasados con un fuego imparable. Perdiéndose sin remedio.

Las falanges y la infantería cristera fueron rechazadas en dos ocasiones. Se trataba de un ejército de veteranos militares financiados por Álvaro Obregón, quienes lucharon contra Porfirio Díaz, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Victoriano Huerta. De ningún modo los cristeros se enfrentaban a los mismos  pelones y mal comidos soldados agraristas, a quienes aplastaron con anterioridad.

Carlos Domingo reunió a sus dispersas fuerzas y les ordenó la retirada

Las tropas de élite de Obregón los persiguieron durante todo un día, picándoles los talones sin descanso y causándoles más bajas en la refriega y la huida. Hasta que los cristeros atinaron a refugiarse en la seguridad de los cañones de la Sierra de Morones. Los cuales eran de su dominio absoluto.

En la Sierra, el centauro huichol reorganizó sus fuerzas, mandó curar a los heridos, recogió a los rezagados y escondió parte de los víveres y el parque que le quedaban.

Bajo el ímpetu de su triunfo, los obregonistas acamparon en el fondo de un acantilado, confiados en que los cristeros ya no representarían peligro alguno tras aquella derrota.  Brindando la oportunidad única al líder indígena de emboscarlos y sepultarlos en aquel sitio.

A los dos días, a las tres de la mañana, algunos de sus mejores hombres se infiltraron en el campamento federal. Los emisarios de Carlos Domingo se colaron disfrazados de gubernamentales, confundiéndose en las sombras, bajo la tenue luz de una luna menguante. Prendieron fuego a sus tiendas, incendiaron sus carretas, armas y enceres, blandiendo fugaces antorchas impregnadas con manteca y resina.

Caos y confusión cundieron por entre los obregonistas. Una vez a salvo sus incendiarios emisarios, Domingo mandó llover  una tormenta de flechas, balas y pedernales, arrojados por sus indios y mestizos, quienes se habían apostado en las rocas, en las cumbres de aquellos acantilados que rodeaban el campamento enemigo.

Se escuchaban alaridos ensordecedores provenientes de los asustados federales. La lluvia de balas, piedras y saetas encendidas cayó durante más de una hora. Matando a muchísimos gubernamentales, achicharrándolos, hiriéndolos o lisiándolos, incendiando sus equipos de guerra.

Al amanecer, los cristeros cayeron sobre el diezmado campamento del gobierno. Un contingente de 80 guerreros a caballo, sobrevivientes  de la caballería liderada por Quintero, se abrió paso a través de las maltrechas filas del gobierno, asesinando y dividiendo al ejército enemigo en dos. Vengando al brujo rarámuri quien los comandara.

Las falanges indígenas emergieron de entre las rocas donde se escondían y formaron un solo erizo mortal que ahora sí logró embestir a los obregonistas, empalándolos, pisando a los caídos y arrojando sus proyectiles sobre los que ya huían.

Los cristeros no conseguirían aniquilar del todo a las tropas federales en aquella ocasión, pero sí los expulsarían en definitiva de las montañas de Morones. Haciéndolos huir derrotados hacia Aguascalientes y de ahí mandándolos de regreso a la Ciudad de México. Confiscándoles dos cañones, tres ametralladoras y más de doscientos caballos.

Carlos Domingo reunió de nueva cuenta a sus hombres, exhaustos pero felices y ebrios con el triunfo. Marchó junto con ellos rumbo a la Sierra Huichola, de regreso al Norte de Jalisco, donde se encontraban su bastión y su fortaleza sagrados.

15

Dimitri avistó a los  cristeros por primera vez en su vida cuando descendieron de la Sierra de Morones hacia el lado de Zacatecas y pasaron junto a Sánchez Román.

Había escuchado muchas historias sobre ellos. En el mundo entero se conocían las victorias anotadas por el centauro huichol para el bando cristero. Aquellos hombres le causaban admiración y también pesar, al hacerle recordar a su hermano muerto.

Las tropas lucían famélicas, desnutridas y desarrapadas. Habían luchado y sufrido demasiado. El pueblo entero se congregó a las afueras de Sánchez para entregar alimentos, ganado, oro y sacos de cereales al ejército de Carlos Domingo. Los cristeros iban de paso, pues luego marcharían con rumbo a Huejuquilla el Alto y más tarde se internarían en la Sierra Huichola para rearmarse.

De la Sierra del Norte de Jalisco habían partido y a ella regresaban para fortificarse de nueva cuenta.

La anciana indígena, madre de Dimitri, preparó tortillas, frijoles y chile con sus propias manos durante dos días sin descanso, para dar de comer a los extenuados y hambrientos hombres que acamparon en las afueras de Sánchez Román.

Dimitri observó a Carlos Domingo, sin dejar de estudiarlo ni estar interesado en él. Pensaba redactar una nueva novela con los retazos de historias y testimonios que le contaban los sobrevivientes y testigos de la guerra. También admiraba la fuerza y vitalidad del centauro, sorprendido con su envergadura a pesar de la avanzada edad. Al contemplarlo, no evitaba la tentación de crear un personaje literario semejante a aquel líder indígena. Carlos Domingo representaría un personaje ineludible en la historia que contemplaba ponerse a escribir.

Meditaba largo y tendido sobre una nueva trama durante buen tiempo antes de ponerse a escribir. De inicio trabajaba solo mentalmente las ideas para sus nuevos libros. Podría decirse que durante meses, prácticamente escribía en su mente toda la historia antes de sentarse sobre su escritorio a redactar.

Se sentía confundido con la idea de estar planificando una nueva obra, al mismo tiempo que el tema de los cristeros le causaba muchísimo pesar, pues le recordaba a cada minuto a su hermano Juan Pablo. Por encima de todo sabía que su deber ineludible como escritor era escribir. Su oficio y su carisma como artista le dejaban cada vez menos opción. De paso, intuía que la exploración de la Guerra Cristera como tema de su novela, le ayudaría de un modo u otro a exorcizarse de culpas, rencores, dolor y sobre todo de la presencia de Juan Pablo.

Estaba obligado a recoger la cabeza de su hermano en Huejuquilla el Alto, cosa para la que de ningún modo encontraba el valor aún. ¿Pero de no ser él quien fuera, quién más marcharía por los tristes restos de Juan? ¿Quién más si no su propio hermano? Se repetía Dimi como obseso.

-¡Tienes qui irte con ellos…! ¡Debes recoger a tu hermano…!

Ordeno Margarita.

La idea de cargar con la cabeza de Juan Pablo a cuestas le producía un horror  insostenible al siquiera imaginarlo. Experimentaba por otro lado tristeza y desilusión de sí mismo al no encontrar el valor para cumplir tal misión.

No podía negarse a lo que su madre le exigía. Margarita lo hacía sentir como si les debiera demasiado.

No sin preocuparlas, dejó a Edna y a las chicas en la casa materna y marchó sobre las ancas de una mula, siguiendo la retaguardia de una fila de soldados cristeros que ya remontaba el camino de la Sierra. Llegarían de paso por Huejuquilla el Alto, en el Norte de Jalisco, antes de perderse en los confines de las Montañas Wixaritaris.

Al despedirse, la gachupina lo abrazó y besó ardorosamente, queriendo arrancar los labios del muchacho con su boca. En el  vientre de Edna se agitaba la vida gestada por el amor de ambos. El embarazo hacía lucir a la viuda cada vez más luminosa, más hembra, crecientemente más mujer. Gustando  y embrujando al joven escritor en medida creciente y paralela al desarrollo de su belleza.

A lomos de su mula, Dimitri giró el cuello para mirar a Edna a la distancia antes de desaparecer de su vista. Las mujeres le decían adiós desde lejos, agitando las manos. La española y sus hijas lo hacían regocijarse nada más con el preciado espectáculo de su presencia.

Volvieron a él los ánimos al sentirse apoyado y amado por ellas. Debía cumplir con aquella misión, aunque no le agradara. Ahora tenía muchas razones para continuar viviendo y luchando, tenía una familia y su propia obra literaria. Poseía una seguridad absoluta de que de un modo u otro regresaría a su pueblo sano y salvo.

Se perdió tras los últimos jinetes que se hundieron en la espesura del monte.

16

-Le pido de favor brindar santa sepultura con todos los honores a este soldado. Mándele oficiar unas misas. El muchacho se comportó tan valiente como cualquiera de mis hijos…

Pronunció secamente Carlos Domingo. Fue lo único que el centauro dijo antes de retirarse. Extrajo varios billetes de la bolsa de su camisa y los ofreció al joven escritor. El dinero serviría para pagar los servicios fúnebres de un cura, aunque por entonces las celebraciones se efectuaran en alguna casa o escondrijo y no en el templo. Pues el culto público había sido prohibido por el gobierno. Las iglesias seguían cerradas bajo órdenes oficiales desde hace más de tres años.

Dimitri se negó a aceptarlos, si algo podía hacer por su hermano a éstas alturas, era solventar él mismo los gastos del sepelio. El anciano líder sonrió a Dimitri y se dio la vuelta para dirigirse hacia su castrado. Pronto sus unidades estarían de nueva cuenta en movimiento para internarse en el monte.

Lo último que pensó antes de verlo partir, no fue en el dolor y pesar por la pérdida de Juan Pablo. Pérdida en la que extrañamente y gracias a su nuevo proyecto literario, cada vez inquiría menos. Sino en el deseo de escribir un nuevo libro, una novela sobre la Cristiada, en la que un caudillo como Carlos Domingo y sus seguidores, serían los personajes centrales.

El capellán de la catedral le entregó un costal de yute, cuyo contenido apenas pesaba. Lo habían extraído a hurtadillas de abajo de una losa del altar.

Comenzó a temblar y transpirar sin descanso. No se atrevía por nada del mundo a abrir aquella bolsa, mucho menos a mirar su tétrico contenido.

Le sorprendió lo liviano de su peso, como si fuera de papel, acaso cascaron de huevo secado. Habían transcurrido casi dos años desde la muerte de su hermano y los restos se conservaron expresamente para ser recogidos por sus parientes y luego sepultados. Para entonces, aquellos despojos se encontrarían por demás tristes, secos y deshidratados. Apenas se parecerían a los hombres que los portaron en vida. Pensó Dimitri.

Observó al ejército cristero remontar la Sierra Huichola y perderse por entre los robledales y bosques de pinos de Huejuquilla. Su siguiente parada sería Santa Catarina, una comunidad plenamente indígena donde acamparían algunos días. Más tarde marcharían hacia Popotita, un ranchito ubicado al pié de un inmenso acantilado, en los confines de la Sierra, hogar de Carlos Domingo. Ubicado en las fronteras entre Nayarit, Jalisco y Durango.

Sería la última vez que se viera unificado al ejército cristero. La Iglesia Católica, comprada por Calles y Obregón, no tardaría en ordenar el desarme forzoso a todos los rebeldes. La rendición absoluta sería negociada en las sombras por los políticos y las altas esferas clericales. Al parecer, el dictador llegaría al precio a la élite eclesiástica. Obispos y cardenales anunciarían que la lucha finalizaba, el culto se reanudaba de manera normal, cual si nada hubiera pasado. Los cristeros estaban obligados a entregar sus armas y regresar a sus casas y ranchos cuanto antes.

Así como así.

Ningún político, ni obispo ni cardenal, pensaría de ningún modo jamás en la sangre derramada por tantos campesinos e indios a lo largo de aquellos años, ni en su lucha en pos de un sistema social más equitativo y humano. El Sistema Político Mexicano continuaría con más de lo mismo hacia un futuro  de nación incierto y triste. Ganancia de políticos, burgueses, latifundistas, agraristas y hacendados. Obviamente también para las altas esferas de la iglesia, cómplices y beneficiarias de aquella negociación.

Dos años más tarde moriría Carlos domingo de viejo, atrincherado en la sierra, rodeado de algunos de sus nietos y seguidores más aguerridos.

17

A lomo de su mula, Dimitri sintió las cabezas moverse al interior del costal. Parecían estar vivas, como si se trataran de ardillas o gatos rabiosos prisioneros en aquella bolsa. Revolviéndose y luchando por escapársele.

Fue la primera vez que presintió errores en su propio juicio y profundas confusiones en su mente.

Mientras cabalgaba continuó transpirando sin cesar. Algo raro ocurría con su organismo y su mente. Al colocarse la mano en la frente, se percató que su cuerpo hervía, por demás caliente y húmedo. Las cosas parecían no andar bien.

Para intentar tranquilizarse, extrajo del morral de lana su diminuta flauta dulce que siempre le acompañaba y entonó suavemente Cielito Lindo para alegrar su marcha. No logró la calma, a pesar de los esfuerzos por relajarse. Intentó con el Himno a la Alegría de Beethoven. Pronto la melodía se distorsionó de modo desgarrador, pues sus nervios hacían temblar sus labios y flaquear su aliento, impidiéndole interpretar su flauta con la misma soltura de siempre. Produciendo un sonido fantasmagórico que lo alteró aún más.

Al caer la noche, se le aparecieron sombras que bailaban y se ocultaban burlonas en el bosque apenas las percibía su mirada. Espiándolo y pareciendo reírse de su condición crecientemente debilitada.

Una de aquellas sombras malévolas se lanzó sobre su humilde montura, espantándola. No era un ser humano, quizá se tratara de un duende o un pequeño demonio habitante de los robledales de Monte Escobedo, donde ya se encontraba mientras avanzaba de regreso a Sánchez Román.

Los campesinos e indios los conocían también y los nombraban alushes o diablillos desde que él era niño

Aquel duendecillo oscuro e informe se coló entre las patas de su montura, haciéndola revirar de terror. Lanzándolo dolorosamente contra las piedras y el lodo junto con el saco de yute, los restos de su hermano y las pocas pertenencias que llevaba.

Dimitri profirió un alarido de espanto al mirar a aquella criatura del Inframundo, un alushe o duende prehispánico, quien le sonrió descarado antes de desaparecer por entre los árboles. Mostrándole una boca con cientos de dientes puntiagudos y amarillentos, arrojándole un aliento irrespirable de éter, azufre y mierda. La sombra se perdió juguetona en el bosque, luego de derribarlo, emitiendo agudas carcajadas, no sin antes sonreírle de nueva cuenta. Aquel sigiloso duende indígena, quien luego se desvaneció en la floresta.

Los campesinos contaban historias sobre los alushes o diablillos, habitantes de la Sierra desde la Noche de los Tiempos. Ahora Dimitri los conocía de primera mano. Se decía que sabían enloquecer a los hombres y hacerlos  perderse en el bosque. Los indígenas también los nombraban  chaneques o duendes diminutos. Solían dejarles parte de su cosecha  como ofrenda para asegurarse un buen término en sus cultivos. La gente del campo acostumbraba decir que preferían tenerlos como aliados, ofreciéndoles comida y regalos, que como enemigos en su contra.

Las cabezas de los difuntos saltaron de su saco. Dimitri se vio obligado a descubrir la expresión tranquila con la que muriera Juan Pablo, en contraste con su propio rostro, aterrorizado y trastornado. Apenas se distinguían los rasgos faciales de su hermano, desfigurados con el paso del tiempo, el polvo y la sal.

Cogió la cabeza de Juan, atinando a guardar velozmente su flauta en el morral. Corrió, intentando escaparse de los chaneques y duendes que le perseguían.

Contempló a su mula perderse a toda marcha, huyendo desquiciada, relinchando y piafando entre los robledales. Los alushes y chaneques no tardarían en atacar y hacer suyo al pobre animalito enloquecido.

Dimitri continuó corriendo por el bosque, la cabeza de Juan envuelta en su propia camisa. La sentía revolverse junto a su vientre, tirarle mordidas al estómago, sacudirse, girar y gritonear enojada. La escuchó hablar y vociferar frases hirientes. Llamándolo “Carajo”. Maldiciéndolo hasta la eternidad, reclamándole el no apoyarlo durante la guerra, el abandonar a Margarita y al rebaño en su pueblo.

Al no soportar aquellos insultos y humillaciones, Dimitri se animó a arrojar la cabeza contra un roble, haciéndola fracturarse el cráneo descalcificado. Luego se desplomó exangüe sobre el suelo.

Extrajo unos cerillos de su viejo morral. Encendió una hoguera bajo aquel árbol y sin pensarlo, presa de impulsos desconocidos, quizá poseído por la voluntad de aquellos duendes  y chaneques oscuros, tan temidos por los indios y rancheros de la región, depositó en el fuego la cabeza de Juan Pablo.

Un aroma a carroña y carne humana calcinada se desprendió a lo largo de aquella parte del bosque. Las sombras se congregaron de nueva cuenta alrededor de Dimitri, tal vez asustadas ante aquel espectáculo lúgubre e indescifrable hasta para ellas mismas. Quizá alegrándose al ser partícipes de aquel delirio irrefrenable y macabro.

El alushe o duende quien lo derribara de su mula, se aproximo hacia él por segunda ocasión, divertido. Mostrándole una boca inmensa y poblada de dientes, sonriendo. Era el líder de aquellos seres del Averno.

“Cómetela….”

Pareció ordenarle aquel demonio enano y mal intencionado.

Dimitri obedeció sin dudarlo, las manos temblorosas, la mirada poseída por voluntades de otro mundo. Introdujo sus dedos largos en los cuencos del cráneo, extrayendo los ojos grisáceos y disecados de Juan, que en vida tanto lo acusaran y reclamaran. Los mastico sin pensarlo, encontrando un sabor acre, salado, casi agradable.

“Continúa….”

Pronunció el alushe fascinado con el espectáculo.

Lo rodeaban cientos de sombras animadas y perversas, gozando con aquella escena, divertidas y frenéticas, excitadas con lo que apreciaban sus infernales ojillos, aplaudiendo y vociferando insultos horribles y diabólicos en antiguas lenguas impronunciables por los hombres. Nutriéndose con las interminables escenas de aquel delirio caníbal.

Arrancó el cuero cabelludo, lo limpió de las greñas resecas y chamuscadas que aún le quedaban. Se atragantó con él. Masticó las mejillas y la boca requemada de su hermano. Tragó todo, hasta devorar por completo la carne secada que rodeaba el cráneo. Dejando tan sólo los tejidos más duros e incomibles.

Finalmente arrojó los huesos sobrantes sobre la hoguera, atizándola y avivándola aún más con los desperdicios y echando más leña. Las llamas se elevaron tres metros, consumiendo lo que quedaba de su hermano, sin dejar rastro del cráneo, los maxilares y las quijadas restantes. No dejando más que cenizas y polvo de lo que alguna vez fue  Juan Pablo.

La mente se le atrofió aún más, perdió contacto con el entorno circundante. Todo le dio vueltas. Unas nauseas insoportables emergieron de sus entrañas, impeliéndolo a vomitar. Devolvió la totalidad del contenido de su estómago sobre el suelo, hasta quedarse vacío y desvanecido.

Perdió el conocimiento, abandonándose por completo a las intenciones de aquellos seres que solían hacer perderse a los hombres y tanto se evadían de Dios.

Se desplomó una vez más, quedando a merced de aquellas entidades, duendes, alushes y chaneques. Quienes apenas tuvieron la oportunidad, se precipitaron con voracidad sobre su ser, cubriéndolo todo con el hielo de su noche.

18

A los dos días lo llevaron unos arrieros hasta Sánchez Román, la ropa hecha girones, semidesnudo, enflaquecido, mugroso e incapaz de pronunciar palabra alguna. Por suerte lo habían encontrado tirado en el bosque, inconsciente, deshidratado, mudo, confundido y muerto de hambre. Decían que se había vuelto loco.

La española y sus hijas corrieron a abrazarlo y envolverlo en un zarape. Pronto lo llevaron al interior de la casa, lo lavaron, cambiaron sus ropas, lo alimentaron y le dieron de beber.

El cariño proporcionado por las damas no tardaría en curarlo.

Gradualmente se fue recuperando, aunque seguía sin poder pronunciar ni una palabra.

Logró sonreír dificultosamente en cuanto descubrió a Edna, a Azul y a Lola  a su lado. En delante las mujeres conseguirían alegrarlo hasta en las circunstancias más horribles y en los peores infiernos de su vida.

Margarita era un hielo, una montaña de muerte y amargura que lo miraba acusadoramente.

-¡¿¿Dón tá tu hermano….??!  ¡¡Lo abandonaste…. idiota…!! ¡¡Dejaste solito a mijo… Cabrón, inútil…!!

Interrogó e insultó la india, llena de odio y rencor.

Lo detestaba como siempre, con un odio antiguo proveniente de tiempos más viejos aún que las vidas de ella y de sus hijos. Un odio del cual, en cierto modo, ella no era del todo responsable y al cual tampoco comprendía. Odio, resentimiento y veneno cuyo origen se remontaba a la época de sus ancestros caxcanes, cuyas revueltas y fieras luchas no podrían liberar su a pueblo de la esclavitud, la muerte y las enfermedades traídas por los conquistadores españoles. De aquellos insaciables europeos a quienes los indios abominaban y al mismo tiempo consideraban hermosos, como divinidades blancas sobre sus monturas. A los que, a pesar de desear su muerte con todo el corazón, secretamente anhelaban también arrancar de sus jamelgos para poseerlos y acoplarse con ellos, procreando una nueva raza, híbrida y guerrera.

Margarita inyectaba con su mirada un veneno de animal ponzoñoso. Pareciendo ser lo único que conocían sus ojos desesperanzados y perversos. Lo hacía sin conocer la causa de sus acciones. Ignorando ser más que el instrumento de una fuerza maligna y arcaica que la perseguía desde antes de llegar a este mundo, originada en épocas inmemoriales, trascendiéndola hasta el infinito. Un veneno lejano y arquetípico que no tardaría en matarla a ella misma al ser  su portadora.

Dimitri se irguió desde su petate en el suelo, donde yacía recostado, encarándola por primera vez sin miedo, mirándola con unos globos oculares desorbitados e inflamados. Ojos de loco y de diablo. Mudo y aguerrido por encima de todo. No había respuesta para su pregunta. Los rastros y el recuerdo de Juan Pablo quedaron borrados para siempre. Pero no su memoria, que sería rescatada en un libro próximo, extraído de su mano.

Margarita se intimidó al instante, Dimitri nunca se había atrevido a retarla, mucho menos a levantarle la mirada y la voz. Su hijo no podía hablar, pero la expulsaba con  sus pupilas enrojecidas y desquiciadas, reprobándola y devolviéndole su odio por primera vez.

La india se retiró al instante sin saber qué hacer. No había explicaciones, nada qué decir. Su primogénito se perdió para siempre desde el día que marchara tras las tropas rebeldes.

A los cuatro días, la india ya no se despertó de su humilde lecho de petates y tierra, muerta al detenerse su corazón y su cerebro mientras dormía.

Al explicar su muerte, las gentes del pueblo recordarían que murió de enojo y tristeza por la muerte de su hijo mayor, el más querido.

19

Un pequeño varón nació a los dos meses de enterrar a Margarita, cambiando por completo la atmósfera lúgubre y mortuoria, de rencor y guerra que reinaba no sólo en la casa de Dimitri, sino en todo Sánchez Román. Brindando un aire fresco y perfumado de criatura inocente y recién nacida.

Dimitri seguía sin hablar pero sonreía más a menudo. Paulatinamente logró ponerse de pié, tan sólo para sentarse en el escritorio y comenzar a escribir su novela sobre la Guerra Cristera. Cristeros, la intitularía.

Conforme avanzaba en su nueva obra, también iniciaba caminatas por los derredores de la Sierra de Morones, en donde otrora él y  Juan Pablo jugaron de niños e hicieron pastar el rebaño.

Por primera vez en su vida se sentía cómodo en su pueblo natal, en su casa y con su familia. Ya no quería irse de ahí, había olvidado sus planes de volverá España, de irse a vivir a Guadalajara o a Zacatecas. Estaba a gusto ahí.

Azul y Dolores, quienes  se habían  convertido en atractivas y femeninas adolescentes, llenaban la casa con sus risas, canciones y juegos. Abrazando al pequeño hijo de su madre y Dimitri, jugando con él, vistiéndolo y cargándolo a todas partes. Edna se convirtió en la reina innegable de aquel hogar, atendiendo al bebé, solicitando el apoyo de sus hijas, atendiendo todo lo relativo a las necesidades de su nuevo hogar en Sánchez. Pronto se decidió que el nuevo miembro de la familia se llamaría Raúl, Raúl Dávila, apellidado al igual que su padre.

De su rebaño quedaban aún algunos animales, cabras y ovejas que cuidó Margarita hasta sus últimos días.

Mudo y discreto, Dimitri los arriaba junto con los perros pastores, el morral de lana al hombro con la libreta para escribir, el refrigerio y la flauta dulce. El rebaño no tardó en volver a crecer y hacerse próspero de nueva cuenta, brindándoles lana, carne y leche.

Compaginaba las labores de pastoreo con largas horas escribiendo bajo el antiguo roble donde se echaba a leer desde niño. Mientras los animales rumiaban y los perros los agrupaban, metiéndolos en cintura a dentelladas.

Escribía durante una hora o dos, sin dejar de echar vistazos hacia el llano para vigilar a las bestias y los canes. Extraía su flauta e interpretaba Cielito Lindo o  La Feria de las Flores, para acompañarse. Luego tocaba algo delicado de Bach. Guardaba su instrumento, comía un pedazo de tortilla con queso, alguna manzana y retomaba la escritura imparable dos o tres horas más. Para volver ya entrada la noche a su casa en compañía de su mujer e hijos. Quienes le esperaban para cenar.

Llegaron noticias de la muerte del dictador Álvaro Obregón. Un valiente seminarista de los jesuitas se atrevió a ajusticiarlo en plena plaza pública con una pistola. Le destrozó el hígado al acercársele por un costado, descargando su arma al mismo tiempo que lo envolvía en un abrazo amoroso y mortal. Obregón creyó que era un pariente o un admirador, dejándose rodear por los brazos del sacerdote antes que la descarga atravesara  su cuerpo e hiciera explotar sus entrañas. La gente del pueblo comentó el hecho, sin evitar alegrarse durante algunos días. El dictador pagaba con sangre toda la sangre vertida bajo sus órdenes. Después olvidaron para siempre al jerarca político y no volvieron a hablar nunca más de él, del mismo modo que los cristeros comenzaban a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel era un pueblo que olvidaba pronto, aunque se lamentara a ratos de su amnesia.

Dimitri no volvió a hablar, pero escribía mucho y sin descansar. Parecía que en lugar de palabras le salían páginas y páginas imparables de sus manos. “El escritor mudo” le decían en toda la región.

A lo largo del sur del Estado de Zacatecas y el Norte de Jalisco, la gente escuchó que Dimitri Dávila escribía una importante obra sobre la Guerra Cristera, la cuál sería dada a conocer en Europa y Estados Unidos. Muchos testigos de primera mano, ex soldados agraristas y cristeros, gente que vivió el conflicto en carne propia, acudieron hasta Sánchez Román para narrar al escritor sus vivencias y ayudarlo a terminar su libro. El pastor les escuchaba con paciencia, mirándolos casi sin parpadear, transmitiéndoles una calma lograda por él mismo, luego de atravesar infiernos sin fin, hundiéndose y emergiendo. No respondía, pues no podía hacerlo con su voz, pero sus ojos y su rostro los comprendían y les prestaban mucha atención.

Para cuando finalizó su nueva obra: Cristeros, un volumen de más de quinientas cuartillas de una novela histórica y la envió a Europa para su publicación, un nuevo hijo, ahora una niña fruto de su relación con la gachupina llegaba. Parecía que con los partos literarios de sus obras, llegaban también nuevos hijos. La nombraron Tania, Tania Dávila, como buena hija de Dimitri.

En ese entonces lograban una posición económica que si no era demasiado elevada, sí era harto cómoda. Las regalías por su primer libro le generaban un constante cheque mensual enviado desde Madrid, que aunque no era demasiado gordo, sí era seguro.

Su novela sobre la Cristiada se hacía famosa en el Viejo Continente y era leída cada vez por nuevos lectores. La tradujeron al inglés y en los Estados Unidos se popularizó aún más, brindando buenas regalías al escritor y a su familia con las ventas por la traducción y las reediciones. La gente en Norteamérica parecía muy interesada por conocer lo ocurrido durante el conflicto de los cristeros en el Occidente de México.

Transcurrieron los años, Dimitri acumuló un hijo más junto con Edna. Lo llamaron Aníbal, como al comandante cartaginense. Azul se casó con un empresario norteamericano que se la llevó a Nueva York a vivir. Dolores se fue a Guadalajara a estudiar la Normal para maestros, en aquella ciudad se casó también y se quedó a trabajar.

Los hijos de Dimitri crecieron.  Cuando cumplió los doce años, Tania murió ahogada durante una inundación en la que nuevamente se desbordó el Río de Morones que descendía de la Sierra, arrastrándola para siempre. Nunca encontraron su cuerpo El escritor lloró durante meses y jamás se recuperó del todo. Edna volvió a escuchar de nuevo su voz, que no se manifestaba desde hace mucho, pero sí lloraba y vociferaba lamentos desgarradores. Dimitri le dedico un libro entero a su pequeña. Escribía pretendiendo curarse un poco de las pérdidas sufridas, dándole a la vida una nueva historia escrita a cambio de cada herida infringida a su ser en el combate.

Con el paso de los años tendría que escribir más libros al partir Edna y dejarlo solo y viudo, sus hijos varones se irían también, después de hacer sus respectivas vidas y culminarlas. Respondiendo Dimitri con una valerosa historia culminada, en respuesta a cada golpe mortal.

20

“¡¡¡Ahí viene el gringo!!!”

Gritaron los chiquillos en Sánchez Román. Pronto le cambiarían de nombre a aquel lugar, que dejaba de ser un poblado pequeño, olvidado en el Sur de Zacatecas y se volvía gradualmente una ciudad de considerable tamaño.

“Tlaltenango”, habían decidido los políticos en turno que se llamaría en delante el pueblo, el cual perfilaba para convertirse en una importante ciudad comercial. Ubicada en las faldas de la Sierra de Morones, en una estratégica región de paso entre las ciudades de Aguascalientes, Guadalajara y Zacatecas.

“¡¡¡Que ahí viene el gringo!!!”

Volvían a proferir los muchachos, excitados, admirados y burlones. En realidad no era gringo, sino francés. Un historiador quien indagaba sobre la Guerra Cristera. El francés se dedicaba a rastrear testimonios de primera mano de gente que hubiera participado en el conflicto, decían que preparaba su tesis de doctorado sobre el tema de los cristeros.

Cuando los chiquillos lo guiaron hacia la casa de Dimitri, el francés rebosaba de gusto y emoción. Ignoraba que Dimitri Dávila, autor de una novela sobre la Guerra Cristera aún viviera y radicara precisamente en Tlaltenango de Sánchez Román. Donde por mera coincidencia pasaba aquellos días mientras realizaba su investigación.

Dimitri no se encontraba en su casa. Las gentes le dijeron que andaba en Morones con sus perros y sus borregas. Hasta allá se iba para pastorear, leer, escribir o tocar su flauta.

El francés debió caminar casi medio día, hasta que se le atardeció, siguiendo las señas que le diera la gente para dar con el sitio donde el escritor acostumbraba descansar y pastar a sus animales. Se conmovió al saber que el artista creaba la mayor parte de sus libros recostado bajo un árbol, mientras su rebaño pacía.

Le informaron que se había quedado mudo desde los tiempos de la Cristiada. El historiador no esperaba demasiado, simplemente aspiraba a verlo, conocerlo, quizá sentarse un rato junto a él.

El francés divisó a la distancia el rebaño al pié del valle, frente a las montañas de Morones, cobijado del sol bajo sus sombras.

Protegido por un gigantesco roble de más de cien años, se inclinaba un anciano sobre la libreta, escribiendo sin descanso. La barba y la melena completamente blancas y enredadas, bifurcadas en una sola mata espesa.

Debería haber cumplido casi los setenta y cinco años de edad, o un poco más, según los cálculos del francés.

El anciano escritor escuchó pasos a su retaguardia. Tenía un oído muy fino. Se incorporó y enfocó al francés, que ya se encontraba demasiado cerca.

El historiador andaba de mezclilla, camisa de manta y guaraches. El cabello rubio un tanto largo y la patilla prolongada de acuerdo a la moda de los setentas. A simple vista parecía más un hippie que un especialista en humanidades. Levantó su mano, saludando a Dimitri.

Los dos hombres se sentaron tranquilos bajo el roble. El francés sonrió. Dimitri pudo ver que era buena gente, sencillo, incluso un tanto ingenuo. Lo que le brindó confianza.

Hace mucho tiempo que sus hijos se habían ido y que su mujer partió hacia el Otro Mundo también. Vivía solo, pero estaba bien. Las prolongadas caminatas diarias en el monte tras los perros y el rebaño lo mantenían activo y fuerte. La lectura, la música y la escritura brindaban a su cerebro y a su mente una agilidad envidiada por los jóvenes.

El francés y el anciano se miraron sin hablar durante largo tiempo.

Dimitri extendió sus ojos hacia el cielo, los desvió hacia las montañas de Morones, como pidiéndoles permiso. Frunció un gesto, arrugando por completo su rostro, en una mueca que al mismo tiempo era dolorosa y serena, a punto de iniciar una charla.

Y por primera vez en más de cuarenta años, comenzó a hablar y conversar con el desconocido.

En la ruta de Parménides García Saldaña

parménid

 

 

El éxtasis de las buenas almas se había transformado (súbitamente) en tedio. La droga había dejado de ser efectiva. El gran cambio de la Flower Generation confirmaba, una vez más, la pequeña verdad (very earthy) de Karlitos Marx: las revoluciones burguesas tienen corta vida.

 Parménides García Saldaña –En la Ruta de la Onda

 

1

A José Agustín le resultó imposible abrir la puerta de su departamento al amigo quien aquella madrugada le llamaba e imploraba a las tres de la mañana.

Primero lo escucho llorar y suplicar como un perrito abandonado desde el pasillo helado de aquel edificio de condominios en la Ciudad de México, cerca de Tlaltelolco. Al no recibir respuesta, Parménides García Saldaña, sabiendo que su amigo escritor se encontraba dentro, enfurecido, comenzaría a arrojar insultos y a gritar fuera de sí, pateando la puerta y orinándose sobre ella. Maldiciendo a los amigos, a su familia, a dios y a la sociedad.

José Agustín y Parménides compartieron previamente muchas experiencias: etílicas, filosóficas, cannábicas y literarias. José Agustín cuenta en su libro El Rock de la Cárcel, que se le partía el alma al saber que no podía de ningún modo abrir la puerta a un amigo entrañable quien había enloquecido. Dentro se encontraba también su esposa, y no le resultaba nada cómodo exponerla a los desvaríos del loco. Dicen que Parménides solía además enamorarse de las mujeres de sus cuates. En distintas épocas pero por motivos semejantes, ambos estarían en la cárcel. Sólo que Parménides recaería varias veces más, no sólo en los penales por posesión de drogas y escándalos, sino en los psiquiátricos por su condición mental, crecientemente deteriorada. Nunca tuvo una relación estable con ninguna chica, aparte de los encuentros casuales con otras adictas y bebedoras,  amantes ocasionales igualmente inestables a él y sexoservidoras. El vínculo entre Parménides y José Agustín acabaría fracturándose de cualquier manera. La complicidad estaba rota para siempre.

En sus travesías psicotrópicas y alcohólicas, García Saldaña sufriría más adelante un accidente que lo reduciría a una silla de ruedas durante casi un año. Muchas veces sus amigos lo encontrarían viviendo en la calle y haciendo cualquier cosa con tal de conseguir droga y bebida.

Resultaba difícil imaginar que aquel vagabundo y drogadicto casi indigente, vivió durante diez años en los Estados Unidos becado por su padre. Angloparlante como cualquier gringo. Estudió primero una licenciatura en economía y posteriormente otra en literatura inglesa en la Universidad de Luisiana. Con un puñado de libros publicados en su haber: uno de poesía, dos novelas y un ensayo que se constituiría en el manifiesto legendario de toda una época y de un periodo fundamental de la historia moderna.

Durante sus años en el extranjero, Parménides estudió  con detenimiento los movimientos sociales de la década de los sesentas. Rastreó y dio seguimiento a  líderes, pensadores y artistas como Malcom X, Abbie Hoffman y Bob Dylan, leyó sus discursos y libros, escuchó sus álbumes hasta el hartazgo y fue testigo indirecto del  asesinato del primero.

En su célebre y actualmente difícil de conseguir manifiesto: En la Ruta de la Onda, Parménides relata que el movimiento cultural de la Onda surgió primero en Europa y los Estados Unidos, entre los aristócratas y adinerados jóvenes de los años veintes, quienes hastiados del establishment, a la vez víctimas, beneficiarios y subproductos del mismo, comenzaron a abandonar sus vidas de privilegios y emprendieron viajes por carreteras y en barcos, escribieron poesía, aprendieron a tocar instrumentos musicales y experimentaron con las síncopas. Sin dejar por supuesto, de beber sendas cantidades de whisky e iniciar con la quema de marihuana.

Según nos relata amenamente Parménides en su ensayo, el cannabis en sus orígenes era una droga exclusiva de los afroamericanos y los jamaiquinos. En el momento en que los jóvenes blancos de barrio pobre  y los de clases sociales acomodadas, comienzan a fumar marihuana también, sobre todo aquellos que se atrevieron a transgredir los límites de zonas como Manhattan y Brooklyn,  el movimiento de la Onda desciende hacia las clases medias y bajas. La Onda y la mota, como la nombra una y otra vez el eternamente joven escritor mexicano, se popularizan y se vuelven accesibles y al alcance de casi todos. Por primera vez en la historia, dice Parménides, se les concede el permiso a los jóvenes de ser hedonistas.

Parménides es testigo de la amplia politización de los movimientos juveniles, los cuales se extienden cual peligrosa epidemia, susceptibles de contagiar a la sociedad entera con sus esperanzas en un posible cambio, mismos que en sus inicios eran tan sólo drogas, sexo y enajenación.

Los Black Panters son los primeros en politizarse y exigir al gobierno gringo, más que nada, por sobre todas las cosas, respeto a la gente de color y la cultura afroamericana.

El psicólogo Abbie Hoffman comienza a politizar a los hippies y a convertirlos en subversivas cabezas pensantes. Los pone a leer a su maestro Herbert Marcuse: el pensador de la Escuela de Frankfurt, también a Aldous Huxley, a Erich Fromm e incluso a Krishnamurti. Los enseña a analizar, a dialogar y a discernir. Despierta en ellos la conciencia social y política, brindándole un rumbo bastante crítico al movimiento hippie. Entonces surgen los Yippies: Fusión de los diestros Panteras Negras y los hippies pensantes.

En el momento en que los Black Panters y la élite crítica del movimiento hippie se unen para luchar por sus derechos humanos, políticos y a protestar contra la Guerra de Vietnam, el Sistema Social Norteamericano siente sacudirse su tinglado. Entonces el hipismo deja de ser un juego exótico y divertido de niñitas y comienzan las persecuciones, las desapariciones y la verdadera represión.

Cuando regresa a México a fines de los sesenta, Parménides es un amplio conocedor de los escritores norteamericanos: Jack Kerouac, William Burroghs, W, Faulkner, Thom Wolf y Norman Mailler. También del rock en todas sus vertientes. Aquí se dedica a iniciar a cualquier cantidad de jóvenes literatos, escritores y rockeros en los autores y grupos musicales de culto que él conoce a profundidad.

Pero Parménides no es de ningún modo un iluso e ingenuo pachequín, enajenado del rock y de la literatura extranjera. Parme, como lo llaman sus amigos más íntimos, es entonces un depurado escritor, poseedor de un estilo bastante particular y trabajado y de una conciencia crítica y social agudísima y filosa.

De ningún modo se deja seducir por la rebeldía ficticia de los Rollings Stones y el misticismo de masas de John Lennon, cuya música respeta y ama, pero a cuyos intérpretes critica sin piedad.  Si tuviera que elegir, tal como lo confiesa, entre Mick Jagger y Bob Dylan, se quedaría con este último, puesto que mientras él primero se empeñaba en aprenderse de memoria las canciones del blues negro, el buen Dylan se embebía con las lecturas de Kant y Shakespeare.

Por culpa de aquellos rebeldes que en el fondo no se rebelan ante nada y sólo quieren ser millonarios, dice Parménides, el movimiento de la Onda estaría condenado al fracaso, al ser convertido irremediablemente en un cliché y un subproducto comercial.

2

La música sella y estrecha la complicidad entre sus adeptos. El rockero quiere encontrar oídos para contagiarlos y enviciarlos con sus longplays y su guitarra. En tiempos actuales cada vez le resulta más difícil hacerse de orejas dispuestas y atentas.

Parménides suscitaba entre sus conocidos y amigos una doble y contradictoria reacción emocional: por un lado lo querían y respetaban su erudición, conocimientos y experiencias, y por otro, evadían en lo posible encontrárselo en la calle, como a cualquier borracho o drogadicto inaguantable. Por una parte inspiraba devoción e identificación entre sus jóvenes seguidores y lectores, y por otra, repulsión debida a sus vicios, manías, delirios y obsesiones.

Su cadáver llevaba diez días en descomposición cuando fue encontrado en la azotea de un edificio en Polanco, en la Ciudad de México. Fue difícil determinar si se trató de congestión alcohólica, sobredosis, delirium trémens, o una mezcla explosiva de todos ellos.

Previamente, él mismo se había encargado de aniquilar y destruir todos los lazos y vínculos de complicidad con sus amigos pachecos, rockeros y escritores. Todos ellos le sacaban la vuelta a toda costa.

Ernest Hemingway, Por Quien Doblan las Escopetas

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A man named Thomas Hudson, who was a good painter, lived there in that house and worked there and on the island the greater part of the year… Thomas Hudson, who loved the island, did not want to miss any spring, nor summer, nor any fall or winter….

(ERNEST HEMINGWAY –Islands in the Stream)

 

La escritura de Hemingway es ordenada y pulcra, como alguna de sus múltiples escopetas, revólveres y rifles con los que hizo safaris por África en repetidas ocasiones. Los cuales tenía resguardados en el sótano de su casa de Idaho, a cuyo arsenal recurriría ya en su senectud, en pos de la poderosa escopeta Boss, para utilizarla un buen día contra sí mismo.

Bien pulidos, calibrados, listos para accionarse, los sujetos  y tópicos de sus oraciones emergen en cada párrafo perfecto, seguidos por sus predicados fieles, en sentencias breves, precisas y contundentes, como los disparos de un batallón de fusilamiento, pulcramente sincronizado para dar en el blanco. Éste estilo pragmático, concreto, muy poco errático y efectivo, sería una de sus fórmulas para el éxito literario. El cual tendría una influencia inmensa en cientos de escritores norteamericanos posteriores a él, e incluso en el mundo del  cine.

Islands in the Stream (Islas en el Golfo) nos muestra a un Hemingway disciplinado, con una vida casi espartana, como la de un antiguo guerrero griego o un monje de la Iglesia Ortodoxa. La vida de su personaje principal: Thomas Hudson, un exitoso pintor norteamericano, transcurre sin sobresaltos: rutinaria, ordenada pero sumamente productiva en lo artístico. Exiliado en una isla del Pacífico de la que es uno de los pocos habitantes y propietarios, su cotidianidad tan sólo se altera unas pocas semanas al año, cuando sus hijos lo van a visitar desde los Estados Unidos. Levantándose a las cinco de la mañana todos los días para ejercitarse y nadar en la hermosa bahía que habita, transcurre la mayor parte del día en su estudio, trabajando sin descanso en sus cuadros -es paisajista-, haciendo algunas pocas pausas para comer frugalmente, beber algunos tragos de buen licor y responder su correspondencia.

Solitario, férreo artista y creador, igual que Hudson, así era también Hemingway en sus largas estancias entre París, La Habana e Idaho, escribía buena parte de sus novelas y relatos de pié, sobre su poderosa máquina de escribir, tecleando incansable y girándose de espaldas tan sólo unos minutos al día para beber tragos de ron cubano y dar fumadas a sus deliciosos habanos.

Pero Thomas Hudson, del mismo modo que Hemingway, también es un hombre de acción: miembro de la CIA, la segunda parte de su novela nos mostrará un lado contrastante del meditabundo e introspectivo pintor Hudson. Trabajando en la Habana para el Servicio Secreto Norteamericano poco antes de la Revolución Cubana, aprovechando sus amplios conocimientos en idiomas europeos y cultura universal. Hará su contribución a sus compatriotas, ayudándoles a descifrar mensajes en clave de gobiernos enemigos También Hemingway tuvo una vida movidísima: reportero durante la primera guerra mundial, camillero voluntario y cronista periodístico, sería herido en acción en Europa y se enamoraría de una bella enfermera. De cuya vivencia surgiría la increíble novela Adiós a las Armas.  Recurrente cazador en África, sufriría varios accidentes en sus andanzas por el Continente Negro, caídas de aviones, quemaduras, fracturas, pérdida de todo su cabello y barba en incendios. De estas experiencias emergería uno de los mejores relatos cortos de la literatura universal: Las Nieves del Kilimanjaro, en donde la infección en la pierna perforada al caminar cerca de unos arbustos de un escritor, cuyo fracasado matrimonio contrasta con sus éxitos literarios, lo arrastra a una muerte lenta y angustiante, consumido por la gangrena, el miedo y los sentimientos de culpa.

Las Nieves del Kilimanjaro culminará con el descenso del escritor, quien a pesar de todo tendrá tiempo para reconciliarse con su última esposa y con la vida. Agonizando y lanzando su último aliento mientras contempla las cumbres nevadas del Kilimanjaro. Así sería también la vida de Hemingway: con rotundos éxitos en lo artístico, pero severos fracasos en sus múltiples y fallidos matrimonios, la paternidad y la vida afectiva.

El legendario Robert Jordan, héroe de su más famosa y celebrada novela: Por Quien Doblan las Campanas, elegiría una muerte heroica y tranquila mientras trata de huir con una pandilla de partisanos en la España de la Guerra Civil. Encontrándose al punto de conseguir escapar con el puñado de guerrilleros republicanos a quienes lidera a través las serranías de Navarra, tras conseguir volar con dinamita un puente de los franquistas, una bala de mortero matará al caballo de Jordan cuando ya casi se encontraba fuera del alcance de sus enemigos. En una decisión culminante y definitiva, se despedirá de su novia, la bella María, eligiendo esperar detrás de un árbol con su ametralladora a los militares que les siguen los pasos. Con la cadera fracturada, el fin de Jordan es seguro.

Así también, una  solitaria mañana, Hemingway descenderá dando traspiés por las escaleras de su sótano en los Estados Unidos. Paranoico, creyendo que el FBI lo monitorea día con día debido a sus vínculos con el gobierno cubano y con la República Española. Los incipientes síntomas de demencia senil y delirium tremence, fruto de una vida  de la mano del alcohol, constituirían la música de fondo de su último capítulo. Descolgaría la escopeta calibre 2, doblándola y desdoblándola temblorosamente en un clic, tras introducirle los dos cartuchos expansivos. Una depresión profunda lo perseguiría también desde meses atrás, al saber que de ningún modo podría recuperar sus manuscritos alojados en un banco en Cuba de antes de la Revolución, ni su casa en la Habana, ni su biblioteca de más de 3000 volúmenes, ni sus cañas de pescar, ni sus armas, ni otras de sus amadas pertenencias.

El helado orificio de la escopeta penetraría su boca y el accionar de su gatillo, no se harían esperar.

Jack London después del Apocalipsis

 

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La humanidad, tan numerosa durante mi infancia y primera juventud, ha desaparecido. Yo soy el último de los que vivieron en los días de la peste y que conoce las maravillas de aquellos lejanos tiempos. Nosotros, que dominamos el planeta (la tierra, los mares y el aire) y que éramos semejantes a los dioses, vivimos ahora en un estado de salvajismo primitivo a lo largo de los ríos, en esta región de California.

 

( JACK LONDON –La Peste Escarlata)

 

  1. The Scarlet Plague

El anciano tiene más de noventa años de edad. Si su memoria no le fallase tanto debido a los estragos de la senilidad y de la vida tan dura que debió sobrellevar después que todo terminara, se daría cuenta que en realidad bordea prácticamente los 100 años.

Antiguo profesor de literatura e historia de la Universidad de Berkeley, John Smith se debate con sus nietos y bisnietos en torno a una hoguera, en las costas de un  San Francisco desolado y en ruinas:

“Aquí vacacionábamos cientos de personas, en esta misma playa, fuimos miles de seres humanos….”

Sentencia a su progenie, tratando de ilustrar sus primitivas e incultas mentes y de interesarlos en la historia, no sólo de su vida, sino de la humanidad entera,  casi extinta.

Pero los muchachos, niños y preadolescentes, se ríen del viejo. Acostumbrados a sus disertaciones y charlas repetitivas, aburridos de tanto oírlas, tienden a tildarlo de loco y oxidado.

La voz del profesor es débil y se pierde en su garganta agotada de nonagenario. Smith cesa de intentar comunicarse con ellos y centra su atención en las suculentas ostras y cangrejos que sus nietos le llevan tras asarlos en las brasas de su fogata.

“¿Alguien tiene un cangrejo… un cangrejo….?” Suplica el anciano.

“No hay abuelo”, le responden burlones, pero no es cierto.

Por fin, su más leal y querido nieto, su fiel escudero y aprendiz: Hare-Lip, quien siempre lo defiende y ve por él, se compadece y le entrega un enorme crustáceo ahumado, con la concha abierta previamente, cuya carne color salmón se deshace igual a mantequilla en la boca desdentada del patriarca. Entonces, nos percatamos que Smith se encuentra casi totalmente ciego, razón por la cual los nietos aprovechan la menor oportunidad para burlarse de él.

“¡En mis tiempo no tratábamos así a nuestros mayores….!”

Es lo único que alcanza a decir el abuelo, y su bocado de carne rosada se desliza hacia su garganta en un sollozo, acallando sus palabras y algunas lágrimas. Mismas que no se sabe si son producto de su estado de ánimo nostálgico o de lo calientes y quemantes que se encuentran los bocadillos recién cocinados que engulle.

Todos visten raídas pieles de cabra y oso en bastante mal estado. Sus cabelleras largas y pegajosas, sus rostros con costras y añejas manchas de lodo, mugre y restos de comida. Nos remontan hacia un tiempo prehistórico y lejano, cuando los primeros hombres vivieron en cavernas y descubrieron el fuego. Pero no es así, tristemente, no es ninguna escena de ningún pasado remoto, se trata del futuro de la humanidad.

Todos poseen extraños nombres: Hare-Lip, Hoo-Hoo, Cross-Eyes, Edwyn, mezcla de rasgos icónicos de su habla cotidiana y vestigios de un idioma inglés corrompido que otrora hablaron sus antecesores en California.  Todo ello nos hace pensar en unas mentalidades tribales y en la degeneración del lenguaje humano, el cual perdió en los últimos cien años sus cualidades abstractas y conceptuales, sustituyéndolas por rasgos concretos y situacionales. Del mismo modo que los antiguos pueblos nómadas que poblaran Norteamérica muchos siglos antes y nombraran a sus hijos con calificativos según sus cualidades guerreras o espirituales: Caballo Loco, Nube Gris, Alce Viejo, Ojo de Humo, Águila Vieja, Toro Sentado.

De pronto, su comida es interrumpida por una manada de lobos que bordea la playa, tratando de acercarse a su rebaño de cabras, el cual debe ser una de sus mayores posesiones. Cuatro perros mitad pastores ingleses y mitad pastores alemanes se precipitan hacia los depredadores, custodiando las cabras y ovejas, listos para iniciar la contienda contra los ladrones. Los chicos retoman sus arcos y hondas y comienzan a arrojarles proyectiles. Hare-Lip demuestra que además de ser el más paciente y amoroso con su abuelo de entre sus hermanos y primos, es el mejor tirador. Las fieras son espantadas, los perros reciben su premio de pescado y crustáceos, y los chicos se reagrupan en la hoguera, en torno a John Smith. El viejo piensa por un momento que Hare-Lip posee todas las cualidades, tanto físicas como espirituales, de un futuro y justo patriarca para su clan.

Tras finalizar su almuerzo, los muchachos clavan sus dedos en la arena del mar, descubren y desentierran los esqueletos de tres personas: dos adultos y un niño.

“Debió tratarse de una familia… Lo más probable es que intentaban huir de San Francisco, pero la peste no los dejó llegar muy lejos…” Sentencia Smith mientras culmina el último bocado de su cangrejo gigante ahumado.

Por fin los muchachos se interesan en sus palabras y le piden al abuelo que les narre de nueva cuenta la historia de la Peste Escarlata, la cual arraso con millones de vidas, casi exterminando a la humanidad y a su cultura, retrotrayéndola en poco tiempo hasta la época de las cavernas.

Mientras John Smith comienza a deshilvanar su relato sobre la Peste Escarlata y el fin de la humanidad, sus nietos despojan de sus dientes a las osamentas humanas, insertándolos luego en hilos de cáñamo para conformar llamativos y siniestros collares para adornar sus cuellos y pechos. Interrumpen al viejo en continuas ocasiones, quien en vano trata de reprenderlos por faltar al respeto a los restos óseos de aquella familia. Pero nuevamente es ignorado. Pronto se entabla un cerrado debate entre él y sus descendientes en torno hacia el significado de la palabra “Escarlata”. Los más jóvenes prefieren utilizar el término “Rojo”: “La peste Roja”. ¿Para qué usar otra palabra más complicada y rara para sus reducidos léxicos: “Escarlata…”? Se preguntan los chicos, dudando y cuestionando todo lo que comparte con ellos Smith.

  1. La Estética del Canibalismo Post-apocalíptico

Publicada en 1912, tras años de fallidos intentos de un joven Jack London por dar a su conocer su obra durante sus primeros tiempos como escritor, La Peste Escarlata (1912) no recibió en su época toda la atención que merecía al aparecer en una revista literaria de San Francisco.

Con el transcurso de los años y luego de que London se volviera un autor demasiado exitoso, sobre todo tras la aparición de las joyas que lo inmortalizaran: Colmillo Blanco, El Llamado de la Selva, Lobo de Mar, etc., La peste Escarlata no sería valorada sino hasta mucho después de su aparición, incluso luego de la muerte de London. Volviéndose cada vez más entrañable, más real.

Adelantada en demasía a su época, publicada durante el reinado de la máquina de vapor, el evolucionismo darwiniano y el apogeo de la filosofía positivista y científica. Un tiempo ya extraviado y también lejano. Cuando la inmensa mayoría de los hombres se consideraban a sí mismos como los mayores triunfos de la evolución en el Universo, dueños absolutos de la naturaleza, del Planeta Tierra, de sus cielos, sus mares, animales y bosques. Con una fe fanática en la ciencia y la razón. Es muy comprensible que con tanta ilusión hacia la historia de la humanidad y en la evolución de su raciocinio, a nadie le llamase demasiado la atención el adentrarse en un escenario post-apocalíptico y desgarrador.

En ese sentido Jack London era más bien un autor demasiado raro, por completo ajeno a su época.

Hasta finales de los años noventa del siglo XX, La Peste Escarlata adquiriría un sentido por completo realista, próximo y vívido. En la medida que el fin del siglo y el milenio sobrevenían.

En la manera desgarradora con que London nos describe la caída de los seres humanos: hogueras gigantescas y humeantes, cánticos desquiciados, matanzas, decapitaciones de la gente enloquecida tras la caída de los gobiernos y la policía, producto del contagio de la Peste Escarlata, la breve pero genial novela del escritor californiano nos recuerda al relato de otro autor norteamericano: Cormac MacCarty. Quien en su espléndida pero brutal obra: The Road, nos describe escenarios análogos, casi calcados de la obra de London: cráneos humanos empalados sobre la nieve, gente comiéndose una a otra, enormes incendios que hacían parecer la noche un eterno y quemante día, cánticos delirantes surgidos de una humanidad bestializada y despojada de sus valores.

No por nada, en algunos medios, tanto La Peste Escarlata como The Road han sido catalogadas como relatos de horror.

La obra de MacCarty y la de London coinciden en mostrarnos un escenario escalofriante tras el fin del mundo,  animalizado y poco alentador en su mayoría. Ambos autores no son nada entusiastas de un renacimiento humano luego del Apocalipsis, contrariamente, son despiadados con la vida humana grupal. No poseen demasiada fe en la humanidad en tanto colectividad, sino más bien parecen creyentes en la fuerza y el triunfo de la sobrevivencia de algunos pocos hombres, a la vez fuertes y poseedores de profundos valores universales.

A diferencia de innumerables obras de moda y de la actualidad, televisivas y cinematográficas: The Walking Dead, Resident  Evil, etc., las cuales, hasta ingenuas, manifiestan una estética del fin del mundo cuidada y sofisticada: hermosas amazonas y fieros guerreros de las carreteras post-apocalípticas, armados con sables, ballestas, escopetas, kalashimovs, etc. Montados en motocicletas y vehículos todoterreno. Con un vestuario que los muestra a la vez atractivos, bellos y fascinantes. Haciendo anhelar a muchos de los televidentes y espectadores, recorrer aquellos parajes post-apocalípticos junto con ellos.

En la misma tónica tendríamos por ejemplo The Day (Canadá, 2011), un filme independiente producido en Norteamérica que muestra las andanzas de cinco jóvenes: dos hermosas amazonas y tres valerosos caballeros, en un escenario tras el fin del mundo, plagado de clanes caníbales de los cuales deben, por sobre todas las cosas, evadirse. En esta película incluso se alude al Valhala de los vikingos, tratando de brindarle una tónica espiritual a las aventuras de estos héroes del apocalipsis.

Sin embargo, tras releer La Peste Escarlata y The Road, surge en nosotros el cuestionamiento de si acaso el escenario posterior al fin del mundo resultaría de una estética tan sofisticada y cuidada con la que todas las obras actuales nos quieren seducir. Si de verdad el fin de la cultura humana daría lugar a bellos héroes y escenarios salvajes pero atrayentes. O si por su parte, tras el fin del mundo, el ambiente no resultaría acaso escalofriante e insoportable, como estos dos autores norteamericanos adelantan.

Es curioso que Jack London, desde 100 años atrás sugiriera al año 2012 como el del inicio de la Peste Escarlata. El mismo que los Mayas vaticinaban como el del fin de una era.

Repentinamente, en su novela, los rostros de los enfermos comienzan a cubrirse de un tono rojo sanguinolento, escarlata, precisamente. La temperatura de los contagiados sube hasta hacerles estallar el cerebro y los pacientes mueren tan sólo veinte minutos después de resultar enfermos. La lógica narrativa es sencilla: la Peste Escarlata surgió debido al aumento poblacional y a la saturación de los espacios urbanos de hombres que viven como ratas en hacinamiento.

John Smith es de los pocos sobrevivientes. Por alguna razón desconocida, él es inmune. A pesar de que  la humanidad llega al punto de la extinción debido a la epidemia, el profesor jamás enferma.

Orillado a huir de las ciudades, donde ocurren la mayor cantidad de matanzas y actos vandálicos, se retira hacia el campo con sólo un caballo y tres perros pastores, los cuales serían los abuelos de aquellos canes que ayudarían a sus nietos a cuidar los rebaños de cabras en la playa de la primera escena.

Tras permanecer algunos años aislado en la montaña, sin tener contacto con ningún hombre, Smith regresaría a la Costa de California donde se encontraría con algunas pocas personas sobrevivientes. Se casaría con una sencilla mujer, elegida en un diezmado campamento y lentamente comenzaría junto con ellos a tratar de repoblar la Tierra.

  1. El resurgimiento de la magia y el fanatismo

Lo que más le duele y horroriza al centenario abuelo es el fanatismo de sus nietos, quienes parecen profesar una fe ciega en Cross-Eyes, un brujo embaucador quien se dice capaz de curar todas las enfermedades e invocar a los espíritus. Le molesta que los chicos le crean de una manera que trastoca la locura, que incluso señalen querer ser como él cuando sean grandes.

Para él, este fanatismo desquiciado es resultado de la muerte de la cultura humana. Tardarían muchísimo siglos antes que los hombres redescubrieran la ciencia y la cultura pensante, sugiere London.

De pronto, Smith les recuerda a sus nietos que en una cueva cercana dejo enterrado un cajón con todos sus libros. Los chicos no parecen demasiado interesados en los libros ni en la lectura, tanto como en los hechizos de Cross-Eyes, en cazar, pescar y cuidar a sus cabras y perros.

Se ponen todos de pie, Hare-Lip como siempre, ayuda a que el abuelo pueda desplazarse, lo toma de la mano y lo guía como el mejor lazarillo. Los jóvenes, el anciano y los animales se pierden hacia la montaña, de regreso a su refugio.

 

 

La Muerte de Jack London

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Martin  negó con la cabeza sin dar explicaciones. ¿Cómo iba a explicarlo? Se horrorizó ante el abismo intelectual que existía entre él y el resto de la gente. Nunca podría cruzarlo para explicarles su posición nietzscheana con respecto al socialismo. No había suficientes palabras en el idioma inglés ni en ningún otro idioma para hacerles inteligible su actitud y su conducta. Para ellos, el más alto concepto de buena conducta era que se buscara un empleo… ¡Buscar un empleo…! “¡Pobres y estúpidos esclavos…!”

 

(JACK LONDON –Martín Eden)

 

 

  1. El pequeño huérfano autodidacta de Chicago

La idea de derribar con sus hombros por accidente algunos de los costosos jarrones orientales, o de los finos muñecos de porcelana con acabados de oro que sobresalen de los libreros y las mesas de té, le produce horror.

Su cuerpo fibroso, otrora bastante útil para navegar y maniobrar alguno de los múltiples navíos de bucaneros, traficantes, cazadores de ballenas y focas en donde se ha desenvuelto, parece encontrarse por completo fuera de lugar en esta casa de una de las familias aristocráticas de Chicago. Haciéndolo sentir incómodo y nervioso, sumamente pequeño, en comparación con sus dueños. De hecho en esta lujosa residencia, sus músculos poderosos que en otro tiempo,  no muy lejano, amedrentaran a sus enemigos o le permitieran extraer con facilidad oro de Alaska y perlas del Pacífico, parecen salir de sobra.

Luego aparece ella: Ruth, la muchacha más bonita que él admirara jamás. Delgada, de tez blanca, la frente amplia y hermosa: perteneciente a un delicado e inteligente cráneo semítico. El rostro y las manos finas lo harán amarla desde un inicio.

“Martín Eden….”

Lo presentan los dos hermanos de Ruth. Aparentemente Martín salvó a uno de ellos en una pelea callejera. El adolescente burgués, con algunas copas encima, se envalentonó lo suficiente como para hablar más de la cuenta en un bar de los suburbios. Una pandilla de truhanes por poco le arranca el pellejo, entonces entró Eden en escena para salvárselo.

Como agradecimiento, lo invitaría a cenar la misma noche a su casa para presentarlo con su familia.

Lo que más impresiona a Martín, más que la cerámica importada, los cubiertos de plata y las ropas costosas de aquellas gentes y sus modales, son los libreros repletos hasta el techo de volúmenes sobre música, filosofía, poesía. La cultura lo hace sentirse empequeñecido y diminuto en comparación con aquellos quienes tuvieron acceso a una educación universitaria.

Los dos hermanos estudian derecho, siguiendo los pasos del padre, lo más seguro es que acabarán incorporándose al despacho de la familia, y la muchacha asiste a un bachillerato en humanidades.

La música que Ruth interpreta al piano hacia el final de la cena termina por reafirmarle aún más la sensación de nadidad sobre su ser que le producen sus sofisticados anfitriones: la chica hermosísima y delicada, sus dos hermanos fantoches y los padres, compungidos y estirados.

Nunca escuchó hablar de Bach ni mucho menos tuvo acceso jamás a la música de Wagner, pero su belleza lo impresiona hondamente y le hace enamorar aún más de la muchacha, quien la interpreta. Él está acostumbrado a escuchar antiguas melodías de marinos, entonadas al atardecer, al final de las jornadas, a capela o con alguna diminuta flauta como único acompañamiento, a lo mucho, y alguno que otro fox trot en los bailes populares, mientras no dejara de coger por  la cintura a alguna obrera bonita.

Martin Eden viste un par de gastadas botas industriales con casquillo, de las cuales sobresale el platinado del hierro en las puntas, debido al desgaste de la piel. Así como un grueso y avejentado abrigo de franela color beige, sobreviviente de mil batallas y viajes, el cual debió acompañarle prácticamente en todas sus travesías por las islas del Pacífico, Sudamérica y Alaska.

Sin importarle su apariencia ni su condición, Eden consigue acercarse a la muchacha y entablar conversación con ella. Hablan de libros, a pesar de haber asistido únicamente dos años a la escuela, Martín no es ningún tonto, y esto lo demostrará a lo largo de toda la trama. Conoce de memoria a un par poetas y alguno que otro volumen de Nietzsche, encontrado por accidente en la biblioteca pública. Con esto le basta para llamar la atención de Ruth y comenzar a enamorarla también.

Al final se despiden educadamente con una promesa: en delante Ruth será su preceptora y le ayudará a familiarizarse con las principales mentes representantes de la Cultura Occidental y sus obras, a las cuales la muchacha estudia en su bachillerato.

  1. El Hijo de un Astrólogo y Mercachifles

Aunque nunca lo confesara abiertamente, Martín Eden es una de las obras más autobiográficas  y personales de Jack London.

No es que cada uno de sus personajes de sus libros más laureados, leídos en todo el mundo y traducidos a decenas de idiomas, no resultasen también un alter ego de London, pero cuando profundizamos con cierto detalle en sus obras, Eden nos hace sentir ante la presencia más cercana y sentida del verdadero London.

Está Buck: el fiero perro criollo con sangre de pastor alemán y san Bernardo, protagonista del Llamado de la Selva. Está también Colmillo Blanco, el perro-lobo tirador de trineos. Dos personajes del mundo canino que lo catapultaran a la fama y lo volvieran parte del legado de la literatura universal. Jack London puede presumir el ser uno de los autores juveniles que más ha iniciado en la lectura y sido parte de las primeras obras leídas por niños y jóvenes de todo el mundo.

Y estamos los adultos, quienes proseguimos leyéndolo y releyéndolo entrañablemente a través de diferentes y sucesivas etapas de nuestra vida. Extrayendo en cada una de ellas nuevos significados y emociones.

Jack London se encuentra presente en cada uno de sus personajes del mundo animal, quienes se enfrentan a la Madre Naturaleza, la doman, la enamoran y acaban entregándose al final a ella. Por algo él mismo fue marino mercante, traficante, pirata de perlas del Pacífico, cazador de ballenas, policía naval.

También está Dragóninof, el terrorista y asesino a sueldo quien a su vez tiene un poderoso dominio de la filosofía, la física y las matemáticas, personaje principal de una de sus obras no tan conocidas, pero no menos fascinante: Asesinos L.S.

Está Darrell Standing, un intelectual, escritor y analista político, prisionero debido a sus ideas radicales, acusado de causar alboroto y de incitar a la rebelión, quien utiliza técnicas de yoga para sobrellevar las torturas a que le someten sus captores al interior de una especie de cárcel-manicomio en los Estados Unidos. Standing es el héroe de otra de sus obras menos populares e igualmente, no menos geniales: El Peregrino de la Estrella.

Jack London es cada uno de aquellos singulares seres, pobladores de sus libros: es Buck y Colmillo Blanco, Dragóninof, Standing, del mismo modo que cada autor es al mismo tiempo y en cierto modo, cada una de sus propias creaciones. O estas representan por lo menos alguna parte de él.

Pero Martín Eden es, desde nuestro punto de vista, el más íntimo y el más personal, sobre quien London imprimiera más cantidades de su propia sangre y esperma al parirlo y engendrarlo, ignoramos si proponiéndoselo conscientemente o no.

Al igual que Eden, Jack London tuvo como única escuela las bibliotecas públicas de California, a las cuales devoró por completo. Logrando como producto de una disciplina bestial, impuesta en jornadas descomunales de lectura y escritura de hasta 12 horas, hacerse con una cultura autodidacta bastante respetable. Con la cual superaría incluso a las engreídas mentalidades universitarias de su época, poseedoras de postgrados y repetidoras mecánicas de teorías: al igual que loros, como el mismo Eden afirmaría en algún momento, burlándose de ellos.

Martín Eden logra no sólo aprender a todos los autores que Ruth le acerca, no tardando en emparejarla e incluso dejarla atrás rápidamente, y a sus hermanos, quienes están a punto de ser abogados. Al descubrir a Herbert Spencer, uno de los padres del positivismo, su mente alcanzará una comprensión de los fenómenos de la naturaleza, la sociedad y la cultura, que lo ayudará a ordenar cada una de sus lecturas anteriores y desarrollar un poderoso juicio crítico. Del cual carecerían gran parte de sus contemporáneos.

El autodidactismo en Eden y en London no deja de producir crudas pero fascinantes contradicciones como resultado: al mismo tiempo que es un súper nietzscheano, amante del individualismo y el desarrollo de la fuerza interna del ser, también es un tierno defensor de las minorías, los obreros, los migrantes, los niños, las mujeres y sobre todo los animales. Un socialista individualista y metafísico: también adorador de la Madre Naturaleza, fervoroso creyente en los poderes personales de los seres humanos y los animales, surgidos luego de tomarse la vida como una escuela de la cual hay muchas cosas que aprender, al superar y sobreponerse a cada obstáculo. Ni más ni menos que el Superhombre de Nietzsche.

Huérfano, hijo de un astrólogo mercachifles, quien abandonara a su madre inmediatamente después de dejarla en cinta, London crecería vagando en las calles de Chicago, aprendiendo a defenderse a puñetazos con cada contrincante vencido.

También Eden es un huérfano autodidacta, bastante bueno con los puños, quien en algún punto consigue conquistar a Ruth y convertirla en su prometida. Aunque los padres de ella le advierten que no posee ni un solo dólar para ofrecerle, y esta realidad, de inicio, no deja de hacer mella en la hermosa muchacha. Y para empeorar las cosas, además de todas sus desventajas como novio de Ruth, Martín Eden también quiere ser escritor.

Tanto London como Martín Eden son bastante aficionados a la bebida, a las fiestas, a los viajes, a las mujeres y a la lectura.

 

  1. Los Gérmenes de la Autodestrucción

 

En lo alto, encaramado en la punta oscilante de los mástiles, por encima de la cubierta de los navíos, había contemplado los relámpagos del sol sobre el cristal de las aguas, donde las colonias de corales iridescían sobre las turquesas profundas del fondo del mar, y gobernaba las embarcaciones hacia el puerto seguro de lagunas como espejos, donde anclaban las márgenes coralinas, coronadas de palmas frondosas… Y combatía en olvidados campos de batalla, cuando el sol se ocultaba para no admirar aquella carnicería que presidieron las estrellas de la noche…

(JACK LONDON –El Peregrino de la Estrella)

 

La tarea de convertirse en un escritor que consiga vivir de sus artículos y  novelas, con tal de tener algo que ofrecer a su prometida, prácticamente destruye al joven Eden por el grado de dificultad que le representa.

El deambular a través de infames editoriales, periódicos y revistas a lo largo de todo California, el recibir siempre sus obras en devolución, o perderlas en manos de delincuentes editores sin escrúpulos, quienes pretenden publicarlas sin pagar un solo centavo. Teniendo que vivir de sus ahorros, conseguidos tras años de desgastarse en diferentes barcos y mares, o laborando quince horas al día en una lavandería, quebrándose el espinazo, al lado de entrañables amigos inmigrantes.

Ruth no resistirá aquella vida tan dura y tan sufrida, sin ningún futuro aparente a corto plazo. Ella lo incita a terminar el bachillerato, a incorporarse como ayudante en el despacho de abogados de su padre. Pero Martin Eden, igual que London, por encima de cualquier cosa, cree en sí mismo y en sus libros. Por lo que no acepta ninguna de estas propuestas, arriesgándose e incluso perdiendo para siempre el amor de su novia, quien al final se decepcionará terriblemente de la vida del pobre Martín.

Presa de diarreas, gripas y tifoidea, desnutrido, tras días sin probar un solo bocado, enflaquecido y debilitado, triste tras el abandono del amor de su vida, la “Maquinaria Editorial” como Martín Eden la llama, por fin produce un fallo a su favor: sus cuentos, ensayos y una de sus novelas, comienzan a ser publicados.

Lentamente recupera su peso y salud, consigue pagar sus deudas y ayudar a los familiares y amigos quienes con esfuerzos confiaron alguna vez en él, prestándole algunos dólares.

Un periodista lo involucra en una nota de prensa con una manifestación de obreros y anarquistas, a donde había asistido tan sólo  para acompañar a un amigo. Martín Eden se vuelve de pronto un escritor de moda, representante de la rebeldía y las masas insurrectas. Invitado a banquetes y fiestas de la aristocracia. La gente de todos los estratos sociales comienza a identificarse con él, así como ocurrió y continúa sucediéndole a su autor, Jack London.

De ser un huérfano vagabundo, marinero y obrero, Eden se transforma en un escritor millonario y conocido. Sin embargo, el daño a su espíritu está hecho, nada conseguirá devolverle la alegría ni la vitalidad, la decepción por el amor traicionado de Ruth lo destruirá por dentro. Nunca más volverá a escribir.

Algo en Jack London también lo mantendría decepcionado de la sociedad y del mundo, sin ninguna posibilidad de sobreponerse a las decepciones de la vida. Por algo nunca conseguiría del todo alejarse de la bebida, acudiendo a ella en formas autodestructivas y recurrentes.

Algunos de sus biógrafos afirman que nunca estuvieron demasiado claras las circunstancias de su muerte. Unos dicen que fue por alcoholismo, otros sugieren que murió por propia mano.

Nosotros, por nuestra parte, podemos intuir los gérmenes de la autodestrucción y del suicidio a partir de la vida de Martín Eden y del fin de otros personajes suyos:

  1. Dragóninof se precipitará por propia voluntad con una balsa hacia el fondo de un abismo en el mar, luchando por enmendar su alma tras tantos asesinatos y por liberar la conciencia de su hija de los mismos.
  2. Buck, el perro de pelea, abandonará la vida al lado de los seres humanos, prefiriendo liderar una banda de perros salvajes y lobos en Alaska, con quienes correrá a lo largo de la Eternidad.
  3. Martín Eden, tras abrir la escotilla del barco de vapor en donde realizaría un viaje rumbo a las islas del Pacífico para comprar una hacienda, se arrojaría sin remedio hasta el fondo del océano, experimentando un gran alivio a su vida atormentada.
  4. Y el autor y político: Darrell Standing tampoco logrará superar las penalidades impuestas por sus carceleros, pereciendo asfixiado, o más bien dejando de luchar bajo una ajustada camisa de fuerza, que le ataran sus carceleros hasta destriparlo.

Así, sintiendo sobre su cuerpo semidesnudo las aguas tibias del Pacífico a la media noche, luego de saltar desde su camarote hacia el océano y la penumbra, Martín Eden comenzará a nadar hacia el fondo interminable del océano, convulsionándose en medio de un abismo de agua y oscuridad, quedándose quieto en un espasmo definitivo.

 

 

Jack Kerouac: el vababundo budistas que escribía como niño

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Desconfío de cualquier tipo de budismo o de cualquier filosofía o sistema social que rechace el sexo.

(JACK KEROUAC – Los Vagabundos del Dharma)

 

  1. Un Pacto de Semen entre dos amigos.

Jack Kerouac realizó un pacto espiritual con su amigo, casi hermano: el poeta, naturalista y orientalista Gary Snyder. No efectuaron un pacto de sangre, como en los antiguos ritos paganos o en la brujería ancestral, porque ambos eran budistas zen y dentro de éste los rituales son sencillos y austeros. Apenas practicaban la simple meditación y la oración, de preferencia al aire libre.

Su pacto consistía en que aquel que muriera primero y transitara al Otro Mundo antes, regresaría desde el Más Allá para entregarle las llaves del Cielo al que sobreviviese.  Al igual que en las antiguas hermandades y fraternidades esotéricas.

No tuvieron que cortar sus muñecas para extraer sangre y juntar el plasma del uno con el del otro para luego ingerirlo. Lo único que bebían era garrafas enormes de vino tinto, oporto y agua helada de los ríos de los Estados Unidos, en sus múltiples viajes, escaladas, autostops y campamentos desde la Costa Este a la Oeste y viceversa.

Su juramento mutuo fue simple: se tomaron de las manos y abrazaron afectuosamente durante su última caminata juntos, prometiendo permanecer unidos y echarse la mano en la búsqueda de la iluminación, incluso más allá de la muerte. Poco después Gary Snyder tomaría un barco rumbo a Japón para estudiar idiomas orientales y budismo en un templo en Kioto. Y Kerouac proseguiría sus viajes a lo largo de las interminables carreteras americanas, leyendo sin parar y escribiendo las que serían sus míticas novelas. Lo hicieron mientras se encontraban en las montañas de California, siguiendo la añeja ruta de paso que utilizaba Jack London, a quien admiraban, en sus exploraciones, varias décadas atrás. Acampando, escalando y bebiendo simplemente agua casi congelada de los ríos norteamericanos.

En cambio, un par de años antes, sí realizaron un pacto de semen, al compartir a la misma hermosa chica: Rossy, acostándose con ella primero Snyder y luego Kerouac, quien estaba enamorado secretamente de ella desde que era novia de su mejor amigo. Por mucho tiempo, el escritor Jack  Kerouac adoró a Rossy, la entonces novia de su hermano, y no podría acceder a ella hasta que Snyder no se hubiera separado de ella para emparejarse con una hermosa morena de ojos verdes: la enigmática Psyche.

Todo ello podemos conocerlo siguiendo la pista a la trama de una de las más aclamadas novelas de culto de Jack Kerouac: The Dharma Bums (Los Vagabundos del Dharma). En ella Kerouac no utilizó su nombre verdadero ni el de Snyder, el suyo lo cambió por el del sencillo aprendiz de escritor: Raymond Smith y el de Snyder fue cambiado por el del legendario personaje de su novela: Jappy  Ryder. El protagonista de su historia no es Ray Smith –o Kerouac- como pudiese pensarse, aunque él es el narrador, sino Jappy –Gary Snyder-. En ella Ray no sólo es su amigo, casi hermano, es prácticamente su discípulo, con el aprende sobrevivencia y campismo en las montañas de California, también asimila de su amigo las nociones y técnicas básicas de budismo zen y meditación, del mismo modo que se prepara para ser el enorme novelista y narrador que llegaría a ser con los años.

Gary Snyder –o Jappy-, es un joven poeta y antropólogo de ascendencia judía, quien traduce poemas chinos y japoneses antiguos desde su idioma original, conoce varias lenguas, ha estudiado en tres de las mejores universidades de los Estados Unidos y fue criado por una pareja de leñadores ecologistas y librepensadores en una cabaña junto con su hermana, en las montañas de Oregon.

Kerouac por su parte es un aprendiz de escritor y budista, descendiente de una familia de migrantes franceses y canadienses, con varios de sus miembros en el ejército. Incomprendido por su madre, sus hermanos y su cuñado, quienes piensan que está loco por el estilo de vida que lleva: dedicado a la meditación, a viajar de autostop casi sin un dólar en la bolsa y a leer y escribir. El único quien comprende un poco al extraño vagabundo budista y muestra  aprecio y empatía hacia él es Loui, su pequeño sobrino, hijo de su hermana, además de sus tres perros golden.

Ray –o Kerouac-, y su cuñado, tendrán un amargo enfrentamiento cuando Raymond regrese a su casa materna para las fiestas de Navidad. Ray pasará tardes y noches enteras en las montañas heladas del norte de Washington en compañía de sus tres viejos perros, quienes lo esperan cada año para acompañarlo en sus meditaciones budistas en invierno, al pie de un gigantesco pino. Su cuñado se enfurecerá al ver cómo lo aman sus perros, reclamándole que él ha invertido bastante dinero en ellos como para que se los lleve sin correa al bosque. La única verdad es que su familia no lo comprende e incluso le teme, como fervientes católicos que son, a excepción de su madre y Loui, el sobrino. Raymond Smith no tardará en dejarlos nuevamente, al final de las fiestas decembrinas, para proseguir sus correrías por las carreteras americanas, a través de las cuales llegaría incluso hasta la Ciudad de México.

  1. El Viaje a Francia en busca de sus Orígenes

 

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Jappy Ryder –Snyder- acapara la atención de todas las chicas al interior del grupo de hippies, anarquistas, hippsters, escritores y filósofos, quienes décadas después serían conocidos como la Generación Beat. No sólo las mujeres, sino todos los amigos aman a Jappy. Incluyendo Raymond.  Ray se siente sólo, incomprendido por su familia, con muy poco éxito con las mujeres y sin lograr publicar aún sus escritos. Encuentra consuelo meditando largas horas bajo los árboles, en las montañas y escribiendo y estudiando sin descanso.

Poco antes de marcharse a Japón los amigos deciden hacerle una fiesta de despedida a Jappy. La fiesta será memorable, realizada en una cabaña en las montañas de California. Kerouac cuenta que la celebración duró casi cuatro días de bebida, sexo, drogas, música y convivencia bajo los pinos del helado bosque. Jappy deambulará desnudo, cargando una garrafa de vino tinto por entre los invitados. Pronto, otros le imitan, despojándose de sus ropas, bailando, precipitándose a las habitaciones de la cabaña y a furtivos rincones del bosque para entregarse al sexo con las chicas o con otros muchos.

Hacia el cuarto día de la fiesta, Kerouac y Snyder se escaparán durante la madrugada para recorrer una vieja ruta de paso trazada por Jack London en sus relatos a través de las montañas. La ruta los llevará hasta el mar, en ella es en donde realizarán su pacto espiritual con el fin de seguir siendo hermanos después de la muerte. El viaje será intenso, místico y melancólico, pues es la antesala del viaje de Snyder a Oriente. Los jóvenes artistas ignoran si volverán a verse alguna vez. Desde la montaña pueden admirar a lo lejos la ciudad de San Francisco y su mítico y gigantesco puente.

Cuando regresen se producirá la despedida definitiva: Snyder tomará el carguero rumbo a Japón, no sin antes hacer el amor rápida y apasionadamente con Psyche dentro de su camarote. Los amigos lo contemplarán partir a través del Océano Pacífico y perderse en su lejanía infinita.

A partir de entonces los rumbos de ambos escritores tomarían senderos muy distintos. Snyder permanecería varios años en Oriente, estudiando idiomas, literatura y budismo. Regresando mucho después para convertirse en profesor universitario y asesor de diversos institutos en Norteamérica. Kerouac conseguiría publicar primero su legendaria novela On the Road, situándose en las filas de los escritores norteamericanos más leídos. Le seguirían una serie de éxitos literarios que a pesar de todo, no conseguirían alejarlo de la bebida ni de las drogas.

Kerouac emprendería un viaje rápido a Francia, en busca de sus ancestros y de los orígenes de su apellido, el cual se remonta hasta una familia de emigrantes europeos, quienes irían a vivir a Canadá. De esta experiencia surgiría todo un libro de viajes en Europa.

Muchos críticos señalan la influencia indudable de la música de jazz en la escritura de Kerouac, mucho más que la del rock, al cual el escritor despreciaba, aunque el surgimiento del mismo coincidió con sus éxitos literarios. Se ha señalado en diversas ocasiones que la escritura de Kerouac sigue el ritmo sincopado de piezas semejantes a las de Miles Davis, Chet Baker y Charly Parker, a quienes escuchaba mientras leía y escribía. Sin embargo, al leerlo y dejarnos llevar por sus obras, nosotros experimentamos el misticismo y la libertad de unos relatos escritos como si fueran las tiernas fantasías de un niño. Los temas y tópicos de sus capítulos se suceden caprichosamente, del mismo modo que los viajes y andanzas por las carreteras y bosques de sus personajes. No hay rumbo fijo, sólo la espontaneidad del momento, la acción pura sin propósito, como buenos aprendices de monjes budistas.

El primero de ambos escritores en cumplir el pacto espiritual sería Kerouac, quien fallecería a los 47 años de una fuerte hemorragia interna, producto de su alcoholismo. Snyder todavía viviría muchos años, llegando a la vejez, convirtiéndose en un anciano sabio, experto en antropología, meditación y religiones. No sabemos si en algún punto Kerouac retornaría desde el Más Allá, como lo prometió, para entregarle a su amigo y hermano, las Llaves del Cielo.