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La Batalla de los Chamanes

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Así, matar por matar, estaba prohibido no sólo en su tribu, sino en todos los pueblos indígenas que habitaban el Norte de México. Empero, había situaciones que por su naturaleza “especial”, no sólo representaban un acto de justicia, sino que eran necesarias y obligatorias. Aunque implicaran cierto grado de violencia y el asesinato de un opresor o enemigo de los pueblos indígenas.

En esos casos especiales, sí estaba permitido eliminar a un enemigo público, de hecho era un acto justo y obligado. Por difícil que pueda resultar comprenderlo por alguien no perteneciente a la mentalidad de los pueblos tarahumaras. Quien fácilmente tomaría esto como una justificación para el ojo por ojo y diente por diente, del que tanto se escandaliza la cultura occidental y judeocristiana.

Este acto de justicia divina pretendía ir mucho más allá.

El elegido era imbuido por los ancianos de su comunidad de un poder divino que le concedía la facultad de ejercer la justicia celestial. No cualquiera, desde luego llegaba a gozar de tal privilegio y responsabilidad.

Era el caso de Martín Pescador, el indio rarámuri quien llevaba más de un año preparándose para luchar contra el viejo brujo apache que venía desde el Norte del continente en varias ocasiones al año para hacer de las suyas.

Lobo Tuerto tenía su banda de forajidos, algunos mexicanos, mestizos, comanches y pies negros que lo seguían hasta la muerte, sembrando el miedo y el temor en los Estados Unidos y en México. Aprovechándose de las comunidades indígenas para su beneficio.

El brujo exigía a los pueblos indios dos veces al año, la entrega de una dotación de doncellas vírgenes o jóvenes que luego llevaba de contrabando hasta el centro de México para vendérselas a las fuerzas de Álvaro Obregón.

Las muchachas acababan convirtiéndose en prostitutas, soldaderas o esclavas sexuales de los soldados rasos. Mucha gente intentó pelear con él y frenar su contrabando cruel de mujeres. Pero Lobo Tuerto lanzaba maleficios a sus enemigos, les robaba el alma, los dejaba locos o los mataba antes que pudieran hacerle algo a él.

Martín pasó más de un año entrenándose, ayunando, dejando de comer sal, absteniéndose de mujer alguna. Debía entrar en un estado espiritual muy específico, en el cual tendría que volverse invisible para lograr sorprender al hechicero y matarlo. Poniéndole fin a su gobierno de terror por sobre los pueblos yaquis, mayos y rarámuris que cohabitaban el Norte del país.

Para hacerse “invisible”, Martín debía purificar su alma y su cuerpo hasta el máximo.

Cultivaría la compasión, la justicia, extirparía de él todo deseo de posesión material y carnal.

Martin era buena persona, listo, astuto, soñador y rápido para aprender. Pero llegar a hacerse lo suficientemente invisible para no ser captado por un brujo veterano y malvado y vencerlo en una lucha a muerte, era más de lo que se le podía pedir a un aprendiz.

Todo ello era un requisito necesario en su formación como curandero y médico de las regiones del Norte de México: enfrentar y derrotar a Lobo Tuerto, si es que él mismo quería en verdad llegar a convertirse en un chamán bueno y poderoso algún día. Al derrotar al apache, él mismo desarrollaría sus poderes más de lo que lo lograría sin enfrentar un obstáculo de tal naturaleza. Venciéndolo, los poderes del apache pasarían a la posesión de Martín. Si un brujo moría, según la creencia, su sabiduría y poderes serían asignados a su vencedor.

Antes de entrenarse como aprendiz de brujo, Martin fue tallador de pedernal. Un arte heredada por los pueblos precolombinos desde muchos siglos atrás. Un arte también a punto de desaparecer, en una época en que las armas de fuego sustituían por su facilidad, la caza del venado y del oso tan sólo con arco y flechas o lanza. Martín fue también soldado y agricultor junto con su papá y su abuelo, músico y violinista en las ceremonias tradicionales del pueglo, maestro de escuela y escribano, antes que los ancianos del consejo de chamanes lo llamaran para convertirse en brujo. Aprendió a leer de forma autodidacta y estudió por correspondencia inglés y pedagogía. Luego, uno de los ancianos soñó que Martín derrotaba al apache tan sólo con su arco y flechas.

Martín pasó muchos días afilando sus puntas de pedernal, fabricadas por él mismo, lubricándolas con el veneno de los colmillos de diez serpientes cascabel y cinco coralillos. Humedecía las flechas con el hocico de las víboras y luego las dejaba secar sobre su hoguera. Diez puntas filosísimas en total. Con ellas atacaría al brujo y paralizaría sus funciones vitales, aunque no sabía si lo mataría, pues según se contaba, Lobo Tuerto era inmortal.

Los ancianos tarahumaras le confeccionaron una máscara de bejucos mágica, que podía sonreír sola y le permitía camuflarse entre la maleza y las montañas para no ser visto. Le cubrieron el cuerpo semidesnudo con pintura de guerra. Le pusieron su máscara de brujo guerrero y luego Martín se fue a acechar a los apaches desde la cumbre de un árbol.

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El brujo malvado apareció desde una colina lejana, encabezando la fila de jinetes que lo seguían como fieles servidores. Martín distinguió en la oscuridad del ocaso en el bosque, la silueta de más de veinte mujeres atadas sobre los lomos de caballos y burros tras de sus captores. Eran las prisioneras y esclavas que serian vendidas.

Lobo Tuerto presentía desde días atrás algo fuerte y malo en su contra, pero por más que ensoñaba por las noches e invocaba a sus demonios aliados en busca de ayuda, no atinaba a saber con precisión qué o quién se preparaba para atacarlo.

Estaba a punto de anochecer. El viejo hechicero olisqueó el aire, con un presentimiento desconocido. Martín se había logrado hacer lo suficientemente invisible como para no ser detectado por su enemigo.

La primer flecha del rarámuri le pegó al brujo cerca del corazón y no lo mató, tan sólo le cortó la respiración y paralizó sus músculos. Lobo Tuerto gritó, alertando a sus forajidos, pero no lo suficientemente rápido como para que otra flecha envenenada no se le clavara en el estómago.

Sus seguidores disparaban a ciegas sus máusers y revólveres, pues de ningún modo podían percibir a Martín, que se había vuelto invisible. En eso aparecieron decenas de guerreros tarahumaras, ocultos compañeros y amigos de Martín, mataron a unos y aprisionaron a otros. Pronto liberaron a las mujeres esclavas y las desataron de sus monturas, donde viajaban sangrantes por las ataduras y enfermas debido al forzamiento y el secuestro.

Martin apareció, ya visible ante los hombres. Como renacido. No debía recibir pago alguno por el bien que había hecho. Con la ayuda de las mujeres liberadas y de los guerreros tarahumaras, cavaron un foso enorme durante toda la noche. Colocaron al brujo apache en el fondo. Aún seguía vivo y respiraba, aunque dificultosamente, con sus ojos inyectados de odio. Luego pusieron sobre él una tonelada de rocas. Ya nunca saldría de esa tumba en vida. Era la única forma de someter a un brujo inmortal.

Una de las mujeres liberadas, Brígida, una huichola que llevaba meses en manos de los apaches, decidió quedarse junto con Martín. Los chamanes no debían tener tratos ni relaciones con mujeres durante su entrenamiento mágico. Pasaban hasta diez años antes que un joven chaman recibía el permiso para tomar mujer o matrimoniarse.

El hecho de que una mujer decidiera seguirlo y vivir con él en su cabaña por el resto de la vida, era una señal divina, para que Martín dejara su etapa de abstinencia sexual y pasara a otra, y a otro nivel de su vida como brujo. Ya no sería más un novicio y aprendiz de curandero. Aunque aún le faltaban muchos otras pruebas que enfrentar y decisiones por asumir.

El fin de la época de abstinencia sexual del joven Martín había llegado, junto con el comienzo de otra nueva de práctica y más aprendizaje.

El Canto de las Palomas Habaneras

 

 

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El Canto de las Palomas Habaneras (Palomas de Collar)

Por: Adán de Abajo

 

A mi padre: Carlos, y mi abuelo, Jesús D.

 

¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios,

 y en la noche terrestre descubrirás tu Doble Luminoso,

tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y él sea tu Genio.

Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.


(HERMES TRIMEGISTO -Llamada a los iniciados.)

 

 

“¡No cantan, gorjean….!” Les decía su abuelo cada que comenzaban su concierto. De niños, nunca entendieron el significado completo de la palabra “gorjear”. Pero lo descubrirían vívidamente al escucharlo todas las mañanas y a veces al anochecer, cuando los machos ostentaran sus pequeños buches ante las hembras de cuello fino, rodeadas por sus collares de líneas oscuras, para seducirlas. Inclinándose al ritmo de sus canciones y elevándose de nueva cuenta cada vez, para volver a mostrar el buche e hipnotizar a sus parejas.

Y ellos recordarían la palabra “gorjear” muchos años después, cuando el abuelito se hubiera ido de este mundo y tan sólo les quedaran sus recuerdos, evocados por el sonido de las palomas. Por eso siempre les gusto tener palomas habaneras, puesto que les recordaban al anciano patriarca. Aquel canto inducía ciertos estados de calma por las madrugadas, desde las cinco, en las mañanas frías. Unos sentimientos casi místicos de tan cotidianos y naturales venían acompañando esos cantos. Perdidos en la infancia más remota y tranquila. Les hacían sentir que aunque el amanecer se encontraba cerca, aún podían permitirse dormir un poco más antes de la hora de levantarse e ir a la escuela. Igual que si todos los días fuesen domingo.

“¡No cantan, gorjean…!”

Un día que se encontraban de paseo, el abuelo compró un par a un pajarero en Coyoacán, que según les dijo, venía desde Querétaro con todo y su cargamento de aves. Las puso en una jaula de bambú y ellos se las trajeron hasta Guadalajara en el autobús. Eran muy prolíficas, muy cariñosas entre ellas, buenas para hacer su nido en una vieja lata de sardinas y procrear todo el año. Sin importar en lo absoluto de qué estación se tratara. Eso sí, muy fieles entre ellas, pues casi nunca cambiaban de pareja, una vez elegida la adecuada. A menos que el macho fuese medio flojo y no frecuentara el nido familiar. Pronto, del primer par que se habían traído de México, surgió toda una parvada.

Su papá les fabricó un palomar y ellas tuvieron más espacio, volando en su interior, desde los comederos en el piso, donde las alimentaban con maíz quebrado, millo y pedazos de pan duro, hacia sus nidos fabricados con cajas de madera, desde donde asomaban los pichones que aún no se atrevían a descender, exigiendo a sus progenitores su obligada ración alimenticia.

Cuando el abuelo vino de visita, al año siguiente, traía otro par de habaneras, esta vez de color blanco: “copos de nieve…”. Les señaló que se llamaba a aquella variedad. Resultó que ambas eran hembras y al liberarlas en el palomar, rápidamente fueron captadas por dos jóvenes y ganosos machos marrones que parecían esperarlas con ansias. De su cruza no tardaron en poblar el palomar toda una casta de palomas pintas: blancas con manchas café, marrón y negras, incluyendo sus obligados collares, resultando llamativas y elegantes. Las hijas e hijos de estas se mezclaron con las primeras generaciones: color canela y café, generando extraños matices de marrón con puntos blancos, negros y grises. El patio de la casa siempre estaba lleno de su hipnótica música y su gorjeo.

Para el mes de Diciembre, el abuelo, quien sabía muchísimo de palomas y aves, pues había pasado su infancia en Tlaltenango de Sánchez Román, en Zacatecas, rodeado de cenzontles, mirlos, canarios, gorriones, periquitos y palomas, les explicó la historia de las habaneras:

“… en realidad no se llaman habaneras, sino palomas de collar. Y no son de la Habana, sino de Medio Oriente. Los turcos las llevaron a España, y ahí se aclimataron perfectamente, poblando por completo la península, enamorando a la gente, que se sintió encantada teniendo a una pareja o más en pequeñas jaulas en sus ventanas. Los españoles las trajeron más tarde y se adaptaron perfectamente a América, proliferando desde Sudamérica hasta los Estados Unidos…”

Y el abuelo interrumpía su historia para dar varias caladas a sus cigarros Raleigh y beber café de Colima.

La historia fue interrumpida cuando llegaron nuevos invitados y el anciano se tuvo que levantar de su equipal para saludar a los recién llegados, que también eran hijos y nietos suyos. El abuelo era igual de prolífico que sus palomas.

Tuvieron que completar la historia de las palomas habaneras por ellos mismos, porque al año siguiente el abuelo no pudo regresar a Guadalajara , debido a un paro respiratorio, falleciendo al poco tiempo. Su amor por el cigarro, igual o más fuerte que el de las aves, no ayudaría mucho a sus pulmones ni a su corazón.

Dedujeron por cuenta propia que las palomas de collar o comúnmente denominadas habaneras, en algún momento escaparon de sus jaulas y comenzaron a mezclarse, cariñosas y fecundas como sabían ser, con las variedades de palomas silvestres de México: con las palomas pintas de montaña, con las güilotas y con otras negras que también tenían su propia variedad de canto.

Las ciudades del Occidente de México no tardaron en poblarse cada vez más y en acostumbrarse a la presencia de las palomas de collar y a las nuevas y extrañas cruzas que surgían con las mezclas de todas, aún más prolíficas, cantadoras, amorosas y adaptables que sus antecesoras. Anidando en árboles, postes de luz, balcones, azoteas y torres.

Pronto las verían llenar los árboles en el Jardín San Marcos en Aguascalientes hasta saturarlos, los Centros Históricos de Morelia, Zacatecas y Guanajuato, y las antiguas colonias empedradas de Guadalajara.

“¡No cantan, gorjean…!” Recordarían cada que fueran llenados los comederos en el palomar de su patio, cada que se dieran las cinco de la mañana y sintieran que aún podían quedarse un poco más en la cama durante las madrugadas frías, antes de tenerse que levantar para ir ahora a trabajar, o para llevar a su propia descendencia a la escuela.

 

Aníbal Barca 2: los días dorados de Cartago

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Por órdenes de Aníbal, los elefantes fueron cubiertos con grasa vegetal con el fin de protegerlos del  frío y la nieve. Eran muchos los que pensaban que al escalar esas alturas, los paquidermos no sobrevivirían. Sus propios hermanos y un sinnúmero de sus guerreros veteranos dudaban del juicio del general, por una parte. Por otra tenían enorme fe y respeto hacia los actos de su líder. Sin embargo, algunos sacerdotes ibéricos le relataron historias del Norte de la India, donde los elefantes asiáticos acompañaban a sus cuidadores en altitudes incluso mayores a las que enfrentarían en Italia.

Iniciaron la marcha. Iban treinta paquidermos, cerca de treinta mil caballos y un ejército multirracial de mercenarios libios, númidas, etíopes, púnicos e ibéricos. Tras recorrer la costa del Mediterráneo a lo largo de toda Hispania, se adentraron en el continente y emprendieron su ascenso. Primero los Pirineos, a continuación los Alpes. Cuyo ascenso y descenso, accidentadísimos, marchando a través de antiguos pasos que casi nadie se atrevía a utilizar, les permitiría desembocar en el fértil y hermoso valle de la Península Itálica y sembrar el terror en ella. Directo sobre la retaguardia de las legiones romanas, quienes demasiado tarde se apercibirían de que la guerra no se libraría de ningún modo en Cartago, en África, o en Hispania, como planificaban. Sino que se desarrollaría en su propia casa.

Atrás, en la Península Ibérica se quedaban los tres ejércitos africanos de resguardo, comandados por sus tres hermanos: Hanón, Magón y Asdrúbal Barca, respectivamente. Siendo Asdrúbal quien estaría a cargo de coordinar las acciones de las tres tropas, las cuales patrullarían el inmenso territorio conquistado desde décadas atrás por su padre: Amílcar, por su cuñado: Asdrúbal el bello, y por el propio Aníbal: el primogénito de los bárcidas, quien ahora marchaba hacia Italia. Deberían resguardar las ciudades bajo su control y librar la guerra ahí: a donde no tardarían en ser atacados por los romanos. Y en donde tampoco tardarían en surgir rebeliones de las tribus hispánicas sojuzgadas, aprovechando la guerra de sus opresores. Mientras el hermano mayor se preparaba para asestar un duro golpe en el corazón del Imperio Romano. Era demasiado lo que debían custodiar, su familia y los nobles cartaginenses se habían vuelto riquísimos a partir de exprimir sin piedad las comarcas y ciudades ibéricas.

 

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A lo largo de su trayecto, Aníbal y sus hombres serían emboscados por diversas tribus celtíberas y galas, hostiles no sólo a Roma, sino a cualquier tipo de ejército invasor que osase pasar a través de sus dominios. Una vez que iban sometiendo a los celtíberos, los incorporaban a su ejército, convenciéndolos, comprando sus servicios como mercenarios o ganándolos para su causa en contra de Roma mediante promesas.

Aníbal y sus hombres alcanzaron finalmente  los Valles Italianos en pleno verano, en el año 200 antes de Cristo. No tardaron en tener sus primeros enfrentamientos contra las legiones romanas, quienes acudieron al instante, al enterarse que eran invadidos en su propio suelo.

El senador, Publio Escipión, quien originalmente estaría destinado a combatir a Aníbal en sus dominios en Hispania, cambiaría por completo el rumbo de sus acciones militares. Teniendo que regresar a Italia para interceptar al general africano. Uniendo a una parte sus tropas con otras dos legiones, cuya tarea anterior habría consistido en mantener a las tribus galas bajo control. Ahora los celtas se habían unido al ejército multirracial de Aníbal para combatir a Roma.

Los Romanos tendieron a considerar los primeros dos enfrentamientos como simples escaramuzas. Aún no comprendían del todo la magnitud militar del genio que les invadía.  En Tesino y Trebia, donde se libraron aquellas confrontaciones, Aníbal los barrió por un flanco y otro con caballos y elefantes: primero con su caballería de númidas: rápidos, ligeros, mortíferos, liderados por el comandante africano Maharbal. De quien existen diversos desacuerdos históricos, si su origen era númida, efectivamente, o en realidad pertenecía a una familia noble de Cartago, habiéndose educado y entrenado junto a Aníbal y sus hermanos desde que eran niños. Así mismo, hizo uso de su caballería cartaginense y de sus elefantes de guerra, los cuales habían conseguido llegar intactos desde Hispania.

En Tesino, Escipión sería derribado por el proyectil de uno de los feroces honderos baleáricos que acompañaban a Aníbal desde iberia, estando al punto de morir embestido por la infantería púnica al perder su montura. Sería rescatado en el último instante por su joven hijo: Cornelio Escipión. Ahí quedarían fundidos para siempre los destinos de Aníbal Barca y los Escipiones.

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Pero el verdadero pánico y el horror no cundieron a lo largo de Italia, sino hasta la célebre batalla del Lago Trasimeno.

Escipión padre, una vez recuperado de las heridas más recientes y habiendo finalizado su cenado sin conseguir derrotar a Aníbal y apenas salvando la vida, sería asignado de nueva cuenta a Hispania en compañía de su hermano Cnéo, pretendiendo derrotar a los africanos en la península ibérica y tratando de debilitar el principal bastión de donde se nutrían económica y militarmente.

Por su parte, Aníbal se encargaría de procurar atraer al nuevo cónsul: Flamínido, hacia el lago Trasimeno a través de un angosto paso de montaña y bosques que aún existe en la actualidad. El cónsul, junto a sus dos legiones, llevaba semanas persiguiendo a Aníbal, añorando exterminarlo y regresar a Roma triunfal con el general africano cargado de cadenas. O con su cabeza en una estaca. Sin percatarse si quiera, que en lugar de perseguir a una presa, se adentraba cada vez en las fauces de un gran depredador.

Tras casi tres semanas de carrera, el cónsul se enteró que las tropas de Aníbal le aguardaban en las inmediaciones del lago para presentarle batalla. Se trataba de un terreno abierto, en apariencia, con el agua por detrás de los africanos: a los romanos les pareció que podrían aplastar a los invasores y arrojarlos hacia las profundidades de aquel lago. Para acceder a aquel claro debían apretarse a lo largo de un estrecho sendero boscoso que desembocaba en las aguas, teniendo que desordenar su formación para ingresar, cosa que los púnicos aprovecharían enteramente. El singular campo de batalla conformaba una T, en donde la parte superior de la misma era el lago y sus costas, a donde los romanos creían que chocarían contra los púnicos. Y la inferior el sendero boscoso por donde ingresarían.

Flamínido ordeno a sus legiones avanzar muy temprano en la mañana, marchando a paso veloz a través del angosto paso rodeado por bosques de árboles inmensos y antiguos. El camino obligó a los legionarios a estrecharse cada vez más unos contra otros para poder acceder a través del angosto camino. Sin percatarse que la noche anterior, Aníbal había mandado ocultarse a la infantería celtíbera y gala, a las tropas africanas y púnicas ligeras y a parte de su poderosa caballería tras las cortinas naturales que les brindaban aquellos árboles.

Los romanos avanzaron agotados hacia el valle que bordeaba el lago. Se encontraban marchando desde más allá de la madrugada, sin haber desayunado. Tal como proyectaba el general africano que debía acontecer.

La infantería pesada de Aníbal, liderada por el implacable general Monómaco les esperaba a la orilla de sus aguas, listos para entrar en acción. Las legiones creyeron que por fin se encontrarían en combate parejo. Poco antes de que los exhaustos romanos entraran en contacto con Monómaco y sus veteranos púnicos, se escucharon los cuernos galos y el chillido ensordecedor de las trompetas ibéricas y africanas, como el presagio de una muerte helada y sorpresiva. Todas las tropas celtíberas, hispánicas y africanas ligeras emergieron de los costados del bosque, cayendo sin piedad sobre los desprevenidos flancos romanos, arrasándolos rápidamente y sin piedad alguna. Arrojándoles miles de dardos, lanzas y todo tipo de proyectiles, sin darles apenas tiempo o ni siquiera, de desenvainar sus espadas. Los mercenarios libios los empalaron con sus poderosas lanzas, rematándolos con sus hachas y dagas, los galos arremetieron contra ellos con unas espadas gigantescas, mazos y también con hachas, los púnicos los destriparon con sus sables curveos hasta dejar una alfombra de viseras y sangre.

Las dos legiones resultarían exterminadas casi por completo, los sobrevivientes prisioneros y esclavizados, y Flamínido finalizaría empalado bajo una lluvia de lanzas cartaginenses. Los historiadores cuentan que los romanos sobrevivientes se arrojaban a las aguas del Trasimeno, pretendiendo huir en vano de los jinetes numínidas, quienes asestaban con admirable destreza con sus espadas sobre los cráneos italianos, abriéndolos o decapitándolos de un tajo, cual si fueran cocos, como relata el historiador griego Polibio. Dejando las aguas del lago por completo teñidas de color del vino tinto.

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Tras la batalla en el lago, el pánico y el horror cundieron por toda Italia. Por primera vez los Italianos presintieron que no se enfrentaban a un enemigo común y corriente. En la ciudad de Roma se estableció toque de queda, se prohibió, por precaución, que las mujeres utilizasen joyas y vestidos lujosos en la calle. Temblaban de miedo de tan sólo pensar que Aníbal podría marchar en cualquier momento sobre su capital.

Por su parte, Aníbal seguían cosechando triunfos, apoderándose de ciudades, cobrando incontables botines, confiscando cosechas y ganado a su antojo. Tras vencer al cónsul Fabio Máximo, uno de sus mayores enemigos, estableció su base de operaciones en la ciudad de Geronium, dejando descansar y recuperarse a placer a todo el grueso de sus tropas. Permitiéndoles comer, yacer con mujeres y beber. Después de muchos meses de marchas, batallas y viajes.

En el senado romano se congrego a dos cónsules: Emilio Paulo, quien era aliado y amigo de los Escipiones y Terencio Varrón, del lado de Fabio. Se reunirían por primera vez a un número impensable de legionarios como jamás habían luchado juntos: 100000 hombres. Mientras que Aníbal lideraba a cincuenta mil, superados numéricamente por poco más del doble por los italianos.

Los romanos se encontraban desesperados y ansiosos por presentarle combate cuanto antes al general africano, así es que este se aprovechó de nueva cuenta de su ímpetu, llevándolos al igual que a Flamínido a una trampa. Forzándolos a luchar en un terreno que él consideraba ventajoso para sus tropas.

Muchos fueron los nobles italianos que se enlistaron con la ambición de resultar triunfantes con el botín de guerra arrebatado a los púnicos, o con la posibilidad de capturar al general invasor o a alguno de sus célebres comandantes. Ignorando que la mayoría de ellos jamás regresaría con vida a Roma.

El sitio elegido por Aníbal fue el Valle de Canas, un inmenso terreno conformado por campos de trigo, cultivados desde la edad de bronce. Distribuyó a la infantería ligera de celtíberos, galos e ibéricos en el frente, quienes recibirían el impacto más fuerte de las inmensas legiones. Colocó a sus dos caballerías en los dos flancos de su ejército: a los temibles númidas del lado derecho y a la caballería celta, hispánica y cartaginense en el otro extremo.

Los romanos avanzaron como una inmensa máquina de guerra, muy bien ordenada y coordinada. El choque contra la infantería africana fue demasiado aparatoso. Los romanos creían que arrasaban las tropas púnicas. Entonces Aníbal hizo retroceder a su infantería ligera de celtas e hispánicos, haciéndoles creer a los italianos, aún más, que estaban ganando y que avanzaban hacia el interior del ejército invasor, desmantelándolo, mientras los galos e iberos aparentemente se retiraban.

Los romanos creían adelantar hacia el interior de las filas de Aníbal, sin darse cuenta que en realidad eran envueltos y rodeados por los africanos.

Aníbal había enviado a Monómaco y a la infantería pesada cartaginense, a resguardarse en las inmediaciones del valle desde antes del alba sin ser en lo absoluto detectados. A un toque de trompeta griega ordenado por el general, Monómaco avanzó con sus veteranos libios, etíopes y cartaginenses quienes se encontraban bastante frescos y ansiosos de entrar en combate y despojar a los muertos de su merecido botín de guerra. Los veteranos embistieron sin piedad a las legiones romanas por un costado, sin que estas lo esperasen en lo absoluto.

Por su parte el comandante Maharbal, líder de la caballería, tras haber liquidado por completo a su contraparte romana, regresó con sus jinetes númidas, en esta ocasión golpeando poderosa y mortalmente la retaguardia italiana.

En pocas horas, el que había sido uno de los más numerosos ejércitos romanos jamás congregados, se encontraba aprisionado por sus cuatro costados. Rodeado por completo por un ejército inferior numéricamente. Reducido poco a poco de manera sistemática, mientras los africanos, iberos, libios, galos, celtas y númidas avanzaban cada vez sobre más cadáveres italianos.

El joven Cornelio Escipión lograría escapar con Lelio, uno de sus hombres más fieles y con un grupo de legionarios. Abriéndose paso dificultosamente a través de las mortíferas filas africanas. Sin embargo, esa misma suerte no la tendrían los cónsules: Varrón y Emilio Paulo, quienes no conseguirían escapar de aquella trampa exterminadora.

Al finalizar la batalla, Aníbal arrancó los anillos consulares de los cuerpos de los generales romanos caídos. Colocándolos en su mano como trofeos de guerra, junto al de Flamínido, cobrado previamente.

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En Hispania, Asdrúbal, a pesar de algunas cruentas derrotas, sobre todo en el mar, donde perdió a parte de su flota naval tras un ataque sorpresa cerca de Cartago Nova, conseguía acosar sin piedad a Publio Escipión Padre y a su hermano Cnéo por tierra, quienes pretendían desbancarlo del liderazgo en Iberia.

Primero consiguió derrotar a Escipión padre, quien encontró finalmente su muerte a manos de los africanos, atravesado por una lanza númida que lo derribo para siempre de su montura. Luego concentró todas sus energías y recursos en rodear a Cnéo, hermano de Publio y a su vez tío de Cornelio Escipión, quien había conseguido escapar de la muerte en Canas.

Unió a sus propias tropas con las de su hermano más joven: Hanón Barca. Ubicó a todas sus fuerzas durante la noche al rededor del campamento de Cnéo, arrojando antorchas encendidas sobre sus pertrechos y empalizadas. Masacrando con una lluvia de lanzas primero a los defensores italianos, y luego permitiendo que sus jinetes númidas ingresaran y exterminaran a placer hasta el último romano. Polibio cuenta que el propio Asdrúbal fue quien tomó la vida de Cnéo con su espada, quien se batía valientemente al lado de sus últimos hombres.

Cartago parecía ser la potencia triunfadora que se impondría en el Mediterráneo, nadie parecía capaz de detener a Aníbal Barca y a sus hermanos. Aníbal envió al senado de Cartago a su hermano Hanón con un inmenso botín de guerra a base de oro y plata, con los anillos de sesenta mil legionarios caídos y con innumerables esclavos italianos capturados durante su incursión, como muestra de sus triunfos.

Incluso el emperador Filipo de Macedonia, al contemplar los avances indiscutibles que cultivaban los cartaginenses en Hispania e Italia, prometió a Aníbal desembarcar en los puertos romanos con una flota al año siguiente: una alianza entre Cartago y Grecia constituiría el fin del Imperio Romano para siempre.

Aníbal Barca 1: Los Orígenes del Genio Militar

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Por: Adán de Abajo

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Recolectaron más de un centenar de barcazas y botes de pescadores, pagando por ellos o tomándolos como tributo forzoso a la gente humilde del Norte de África. Sobre aquellas naves se colocó a ochocientos hombres, caballos, pertrechos e incontable armamento. A los elefantes se les hizo cruzar a flote, muy cerca de los botes, en compañía de sus cuidadores. Bomílcar, el experto entrenador de las bestias, juró al general que aquellos animales eran capaces de nadar aquello y mucho más, pese a sus aparatosas dimensiones, y así hicieron. Sorteando las olas a través de las Columnas de Hércules, abandonando las costas cartaginenses y dirigiéndose hacia un nuevo continente por conquistar.

El comandante elevó su puño frente a su gente en señal de triunfo: todo su ejército, incluyendo animales y equipo habían cruzado intactos el Mediterráneo desde África, pese a no contar con una flota. Durante su anterior guerra contra Roma perdieron todos sus navíos, así como varias islas en la frontera con Italia y Grecia, incluida Sicilia.  Su patria, otrora la más importante potencia marítima, heredera del imperio fenicio, de su cultura y sabiduría, fue humillada al final de la Primera Guerra Púnica, librada contra los italianos. Empero, nuevos tiempos de brillo vendrían para los africanos, ésta incursión constituía el primer paso decisivo de un nuevo renacimiento. Roma se encontraba entre sus objetivos militares a largo plazo.

Amílcar dejó a sus hijos en África, pese a que su primogénito de 12 años: Aníbal, cuyo nombre quería decir: el predilecto de Baal, se aferró a su tobillo, llorando e implorando que lo llevase con él. Más tarde tendría tiempo de mandarlos llamar: cuando tuviesen edad para acompañarle en las incursiones, mientras tanto los dejaría a cargo de su madre y de expertos profesores helénicos, quienes los formarían en la lengua y cultura griegas y en estrategias bélicas espartanas. Se reuniría con ellos cuando reconquistara nuevos territorios y consiguiese fundar una nueva capital en el territorio ganado.

Rápidamente ocultaron aquellos botes y se adentraron en la espesura del bosque que bordeaba la costa del continente Europeo, en aquella época, a esa tierra riquísima en recursos forestales, agrícolas y minerales se la nombraba Iberia. Un barco de guerra romano de trescientos remos: un trirreme,  no tardó en acercarse a la zona, patrullándola, temeroso ante los rumores de que Amílcar Barca, padre de todos los bárcidas, hubiese abandonado su palacio en Cartago con intenciones expansionistas y cruzara recién el Mediterráneo. No encontraron ni rastro de los púnicos.

Amílcar había encabezado la última guerra contra Roma, en la que por poco los vence. Su más reciente triunfo consistió en sofocar una rebelión de mercenarios griegos y africanos que estuvo muy cerca de apoderarse de la capital de Cartago y pasar por el filo de la espada a todos sus hombres, esclavizar a sus mujeres y niños. Aquellos parias fueron contratados originalmente para que lucharan a favor de los cartaginenses, volviéndose en su contra cuando vieron la oportunidad. Finalizaron como una alfombra interminable de cadáveres de más de dos kilómetros cuando Amílcar los rodeó y masacró. Desde entonces era considerado un héroe: el hombre más poderoso y temido de África.

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En muy breve tiempo  los púnicos se extendieron más allá de lo soñado, apoderándose de aldeas, ciudades y pueblos ibéricos, sometiendo, venciendo y esclavizando a su antojo. No faltaba demasiado para que se hicieran con la totalidad de la península.

Fue durante una emboscada, mientras lo acompañaban sus dos hijos adolescentes en una incursión para someter a ciertas tribus sublevadas, que Amílcar Barca resultó emboscado por el ejército de galos más grande que nunca antes se reunió para expulsar a los africanos de Europa.

Aníbal y su hermano Asdrúbal se escabulleron, custodiados por Monómaco, un libio, jefe de la infantería de élite púnica, escoltándolos a todo galope hasta encontrarse a salvo y guarecidos en Cartago Nova: la ciudad capital de los africanos en Europa. Pero Amílcar terminaría acuchillado a manos de los iberios. Algunos de sus biógrafos griegos y romanos afirmarían más tarde que en realidad falleció ahogado mientras trataba de obligar a sus enemigos a perseguirlo en la dirección opuesta hacia donde huían sus hijos. Precipitándose con su guardia personal: el Batallón Sagrado, al interior de las aguas de un río, intentando confundir a sus oponentes.

Cuando cumplió 23 años, Aníbal sería elegido como líder absoluto de los ejércitos que patrullaban Iberia. Sucediendo a su padre y a su cuñado: Asdrúbal el Bello, quien también murió degollado a manos de los indómitos iberos. Era bastante joven para convertirse en general, pero ya contaba con la confianza de todos sus hombres y la decisión unánime de colocarlo al frente de las tropas.

Pronto estableció control del sur de Iberia, vengando la muerte de su padre, rodeó con sus tropas al mismo inmenso ejército que se había congregado para emboscar al viejo Amílcar, efectuando una masacre con mucho menos tropas que sus opositores. De inmediato se convirtió en amo y señor de aquellas tierras.

A continuación dirigió su atención en Sagunto, una ciudad aliada del imperio romano. La decisión de sitiarla y apoderársela iniciaría una de las guerras más grandes del mundo antiguo. Se suponía que desde la anterior Guerra Púnica entre Cartago y Roma se habría firmado un tratado que dividía la península Ibérica en dos partes. Una para los italianos y otra para los africanos. Sagunto correspondía a los cartaginenses, empero, los saguntinos en su odio y rechazo a los africanos recurrieron a Roma para solicitar su auxilio. Lo cual colocaba a ambas potencias del Mediterráneo en una situación bastante conflictiva. Algunos senadores romanos como Fabio  y sus seguidores ansiaban iniciar la guerra con Cartago y detener su avance, Aníbal, desde su trinchera, se sentía destinado a destruir al imperio romano. Sagunto no era más que la pantalla de un problema mucho más antiguo que no tardaría en desencadenar en una guerra de impensables proporciones.

Roma en aquellos momentos se encontraba tratando de imponer orden y acrecentar sus fronteras con Grecia, nadie creía que Aníbal sería capaz de desafiar a los romanos. Los italianos aún no temían ni imaginaban el peligro que representarían  los africanos para sus colonias y la misma capital romana.

3

Con ayuda de sus hermanos: Asdrúbal, Hanón y Magón, Aníbal Barca sitió Sagunto, colocando catapultas, fosas y máquinas de asedió. Era consciente de que asaltando aquella ciudad iniciaría una de las guerras más grandes del mundo antiguo. La urbe no cedió con facilidad, sus nobles se sentían bastante seguros con el apoyo romano y sobre todo con la formidable muralla a la cual ningún otro ejército consiguió asaltar en el pasado. Los ladrillos de sus muros, fabricados de manera misteriosa, casi mágica, eran capaces de reacomodarse por sí solos cada que los africanos retiraban uno de ellos. Parecía que Sagunto jamás sería conquistada.

Una nueva rebelión de ibéricos, esta vez los carpetanos, quienes se negaban a mantenerse bajo el yugo de los cartaginenses, estalló. Aníbal debió marchar con parte de sus tropas hacia ellos para someterlos, dejando a su hermano Hanón al frente del sitio de Sagunto, encargado de tomarla cuanto antes. El general debía enfrentarse con una liga que congregaba a más de cuatro tribus peninsulares que se aliaron, aprovechando la resistencia ofrecida por los saguntinos, creyendo que aquel retraso representaba la posibilidad de expulsar a los cartaginenses de Iberia de una vez por todas. Sin embargo, Aníbal los arrasaría con sus elefantes y sus tropas de élite, las cuales eran cada día más experimentadas y diestras en la guerra, conformadas por libios, etíopes, númidas y engrosadas sus filas cada día con nuevos contingentes de iberos.

Se encontraron con los rebeldes en un río, cada uno de los respectivos ejércitos ubicados de un lado y otro del mismo. Los ibéricos pensaban que superarían numéricamente a los hombres de Aníbal, pero ignoraban que éste había mandado la noche anterior a su caballería númida y a su contingente de elefantes rodearlos por la retaguardia. Cruzando el caudal por un paso poco profundo sin ser detectados. Cuando los galos pretendieron avanzar atravesando la marea, la caballería africana, liderada por uno de los hombres de mayor confianza de Aníbal: el legendario Maharbal, cayó a sus espaldas, precedidos por los elefantes de guerra. Quienes se abrieron paso aplastando hombres y ensartándolos con sus colmillos. Entonces Monómaco, al frente de los libios, los etíopes, los púnicos y el resto de la infantería pesada cartaginense, avanzó hacia ellos, cruzando el río sin ningún problema y embistiéndolos a placer con sus poderosas lanzas. Para entonces los ibéricos habían perdido su formación, embestidos por caballos y paquidermos, presas del pánico total.

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Hanón fracasó repetidas veces en su intento de asaltar la ciudad. Retrasando el avance de los africanos, dando muestras anticipadas de su falta de decisión y escasas capacidades para comandar tropas. Sería hasta el regreso de Aníbal junto con sus otros hermanos: Asdrúbal y Magón, tras haber vencido y exterminado a los carpetanos, que Sagunto caería. Siendo reducida a ruinas, sus hombres pasados por las armas, sus familias tomadas prisioneras y los sobrevivientes dispersados al rededor de sus bosques.

Cada uno de aquellos movimientos, muy bien calculados por Aníbal, preparaba el escenario para un golpe mucho más grande y a mediano plazo: la invasión a Italia. Todas esas pequeñas conquistas le permitieron poco a poco hacerse de armas, víveres, animales, oro, reclutar tropas entre las tribus sometidas. No tardaron en llegar nuevos elefantes desde Cartago, junto a innumerables contingentes de mercenarios: libios, númidas, etíopes, griegos y púnicos.

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Los cartaginenses tenían la antigua costumbre, heredada de los fenicios, de contratar mercenarios de diversas naciones como ejércitos a sueldo: los libios, arrendados por su ambicioso rey: Sífax, quien se enriquecía a costa suya, formaban parte junto con los guerreros púnicos, de la infantería de élite cartaginense, muy temida por sus enemigos. Comandada por Monómaco, un libio de nariz ganchuda, sumamente feroz e implacable, de quien se decía que aún practicaba siniestros rituales canibalísticos y sacrificio de niños, ofrecidos a su oscura deidad fenicia: Moloc. Estaban también los númidas, cuyo amado rey: Gea, era un antiguo aliado de los Barca. Sus guerreros eran los mejores jinetes del mundo antiguo, quienes también jugarían un papel protagónico en el ejército africano. Aquellos hombres cabalgaban semidesnudos, apenas protegidos con escudos de cuero, con sus melenas ensortijadas al aire, montaban a pelo y utilizaban movimientos por completo inesperados con los cuales sorprendían a sus enemigos.

Además iba la infantería pesada cartaginense, conocida como el Batallón Sagrado, sumamente experimentada. Muchos de sus miembros habían acompañado a Amílcar Barca y a Monómaco desde la Primera Guerra Púnica y eran veteranos sumamente difíciles de superar en combate. Luchaban con una espada curvea y otra más pequeña o una daga. Pocos utilizaban escudo y se bastaban con su habilidad con la espada para presentar batalla.

Todos ellos se preparaban a seguir a Aníbal en su cometido. Convencidos de que su general era uno de los líderes más grandes de su tiempo.

Por su parte, los romanos pretendían invadir al mismo tiempo Cartago en el Norte de África y Cartago Nova en Iberia. Sin saber que Aníbal planificaba un golpe inesperado, mucho más profundo y doloroso, sin encontrarse en lo absoluto dispuesto a librar una guerra defensiva en sus propios territorios, sino todo lo contrario: invasiva: llevando el conflicto al centro mismo de Italia.

Ticky

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                                    (Ticky: La cebra-perro, por Domi)

 

Estaba convencida que de ningún modo era una cebra. O cuando menos no por completo. Una parte de ella se identificaba sobremanera con los perros que seguían las columnas de voluntarios quienes acompañaban al ejército en la retaguardia, desde que abandonaran África y cruzaran el Mediterráneo a través de las Columnas de Hércules. Con el fin de unirse al ejército de Aníbal Barca en Hispania y luego marchar con él hacia Italia.

Aquellas gentes se dedicaban a prestar variados servicios a los guerreros africanos: brindarles sexo, afilarles sus espadas, dagas, dardos, pulirles sus armaduras y proveerlos de toda clase de comestibles, con la finalidad de ayudarlos a sentirse aunque fuera un poco, cerca de su hogar. Su labor era demasiado modesta pero indispensable para mantener el buen ánimo de un ejército que viajaría tanto. Se trataba de numerosas familias nómadas de orígenes diversos y mezclados, sin un hogar fijo, dedicados al comercio y también a la rapiña, al final de cada batalla. Llevaban siempre poco más de una docena de perros que los acompañaban, ayudándolos con el cuidado de las cabras y las reses, y como mecanismos de alarma, cuando lobos, coyotes y otros pillos se acercaban con intenciones poco benévolas a su campamento. Los canes prestaban sus oídos y olfatos como radares naturales que podían proteger los rebaños de todo el ejército. Ahí se incluyó Ticky por propia cuenta, para extrañeza de todas las personas que iban en la marcha.

Desde que era un potrillo siempre tuvo el impulso de seguir a los chiquillos y a los perros cuando correteaban en las afueras de los asentamientos humanos, también a los padres de familia que cuidaban de aquellos. Nunca deseo permanecer con su manada en el sur de África.Y es que Ticky era una cebra del tipo borrico, no de la clase de cebras que son más bien caballos. Lo único que poseía de estos últimos era la enorme dentadura y las piernas potentes con las que podía cubrir largas distancias en el menor tiempo a través de las llanuras africanas.

Al inicio la gente la miraba raro, mezclada entre las cabras, perros y bueyes del ejército, ladrando como el mejor perro pastor, cuidando a las ovejas y a las reses para que no se extraviaran. Moviendo la cola a manera de hélice al igual que cualquier can.

Acabaron aceptándola  sobre todo la noche en que Ticky y el resto de la jauría del ejército  se enfrentó con una manada de perros lobo, poco antes de iniciar su ascenso a los Pirineos. Los cuales atacaron el campamento con la intención de cobrar la carne joven de algún carnero o niño de entre los seguidores. Aquella noche Ticky demostró que no sólo era mitad perro, al ladrar y morder con fuerza el lomo de dos depredadores, hiriéndolos, sino que además podía utilizar sus pezuñas para patear y aplastar los cráneos de más de tres carniceros.

Poco después llegó Elisa a su vida. Se acerco la misma noche de los lobos para curar las heridas en sus patas y hocico que le habían propinado los atacantes, untándoselas con grasa de res y hierbas medicinales.

Elisa era una esclava fugitiva de origen griego con dotes de curandera. Fue vendida en la isla de Creta por su madrastra a unos comerciantes libios, quienes la llevaron a Cartago  y a su vez la revendieron a una matrona. Dedicada al servicio sexual de los más siniestros individuos desde que tenía trece años, cuando estalló la guerra contra Roma consiguió evadirse de su ama  y se unió a las filas de seguidores y voluntarios que apoyaban al ejército africano. Tenía el objetivo claro de mejorar su situación económica, ayudando a cuidar el rebaño que transportarían hasta Italia, aplicando sus conocimientos en medicina y arrebatando uno que otro tesoro a los cadáveres de los caídos.

Un día unos merodeadores galos quisieron llevarse a la muchacha a la fuerza, pero como Elisa era muy aguerrida, se contentaron con golpearla e intentar violarla. Ya casi le habían arrancado su vestido cuando entró Ticky en acción, propinándoles coces mortales y mordiscos poderosos, con sus quijadas de asno y caballo y sus letales pezuñas. A uno le aplasto la nariz por completo y al más agresivo con la muchacha, casi le arrancó las partes pudendas de una diestra tarascada. Los galos huyeron, doloridos y convencidos de no volverse a meter jamás ni con la muchacha ni con aquel ser, en parte perro, en parte asno y en parte mula.

Elisa decidió abandonar la columna del ejército definitivamente, llevando con ella todas las monedas de plata y tesoros que había acumulado de las primeras batallas de Aníbal contra los romanos. Acompañada de Ticky, abordó un quinquerre griego con rumbo a su natal Isla de Creta. Al llegar no tardaron en recuperar las tierras que habían sido de su familia, rehabilitarlas con la colaboración de la cebra y dedicarse a la cría de gallos persas, hurones y conejos para comerciar con ellos.

Ticky transportaba todos los domingos las cajas de alambre donde se apilaban los animalitos engordados, siguiendo a la muchacha a través de las veredas, sin necesidad de que la atara con una cuerda o una rienda.

Elisa contrajo nupcias con un desertor cartaginés, evadido del ejército de Aníbal, a quien conoció luego de la batalla de Canas. El muchacho había acordado unirse con ella en la isla griega en el momento que el comandante africano dudara en invadir Roma y la guerra dejara de encontrarse inclinada a su favor. Aníbal había regresado a Cartago, llamado por el consejo de su ciudad para defenderla, dejando inconclusa su tarea en Italia.

Elisa e Imco, como se llamaba el soldado africano, engendraron un niño y cuatro niñas,  y todos crecieron muy cerca de Ticky, quien los cuidaba y paseaba en su lomo.

Una mañana, la cebra ya no pudo levantarse, avejentado y exhausto por tantos países recorridos, caminos andados y batallas sobrevividas. Cerro sus ojos negros y enormes en lo que casi parecía una sonrisa, dirigida a Elisa y a sus niños. Luego la sepultaron en el cementerio de su aldea, en el sitio que le correspondía a los miembros de la familia de la muchacha.

Aradna, la más pequeña de los hijos de Elisa, procedió a realizar un dibujo con gises y carboncillos de colores sobre la roca que le servía de lápida, creando una imagen en la que aparecía un animalito a la vez cebra, asno y perro.

Delirio en la Guerra Cristera

Crisitada

 

Por: Adán de Abajo

 

Al comenzar la biografía de mi héroe, siento cierta perplejidad. En efecto, aunque lo llamo héroe, bien sé que no es ningún gran hombre. Preveo, por tanto, fatalmente, preguntas como esta: ¿En qué es extraordinario para convertirlo en héroe…? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y porqué? ¿Hay alguna razón para que yo, lector, consagre mi tiempo a conocer su vida?

 (FEDOR DOSTOIEVSKY –Los hermanos Karamazov)

 

Vi en sus ojos un relámpago de indignación, Y esta vez fui yo quien humillé los míos y sentí enrojecerse mi rostro  bajo su mirada.

(JACK LONDON – El Lobo de Mar)

 

 

Para mi hermano Armando, valiente y avezado médico de la Sierra Huichola.

Para mis abuelos: Cuca Arellano, Petrita Zaragoza y Jesús Dávila.

 

 

Dimitri removió su cuerpo con lentitud, la pierna derecha se le adormecía produciéndole piquetes en el pie y en el muslo.

Quitar la vista de su libro y suspender su lectura era un sacrificio que eludía desde hace más de una hora. La novela controlaba su voluntad. No podía dejar de encontrarse inmerso en su historia.

“Pero antes de todo están las cabras, los borregos y los chivos….”

Se dijo a sí mismo, forzándose a creer que así era. No demasiado convencido, cada vez menos resignado a aquella labor, para su desgracia.

Cerró el grueso volumen y se levantó con pesadez padeciendo un leve vértigo  mientras circulaba de nuevo la sangre en su cabeza y sus músculos. Apoyó su brazo derecho en el roble, cuyo tronco le sirvió de respaldo cuando leía, abrió la boca enorme en un bostezo y con la mano izquierda guardo su preciado libro en el morral de lana.

El viejo roble era un antiguo compañero de juegos y lecturas de la infancia. En su corteza permanecían las cicatrices de los chiquillos que lo treparon, nombres de enamorados trazados en su tronco herido a punta de navaja, y la apertura que le hizo un rayo al caerle en medio de una tormenta a finales del siglo diecinueve.

Dimitri enfocó su vista utilizando sus manos como unos binoculares en busca de las cabras y borregas. El corazón le latió angustioso: el rebaño no estaba donde lo dejó pastando hace una hora. Se separo del longevo árbol y abandonó su sombra fresca. Llevo los dedos a la boca y lanzó un poderoso chiflido, similar al que su padre emitía para llamar a los animales o para hablarles a él y a su hermano cuando los necesitaba.

Nada respondió a su llamado, más que el eco de los cañones y las montañas que lo rodeaban enmudecidos.

Corrió en círculos erráticos por la planicie reverdecida con las lluvias. La mejor temporada para la leche y la lana: el verano, y él perdió a los animales. Siguió chiflando nervioso, temblando y atragantándose con los dedos y su saliva.

El temor le hizo recordar a su hermano: Juan Pablo le gritaría diez mil insultos y le daría unos buenos palos por perder la principal fuente de ingresos familiares.

Las borregas y las chivas, además de una beca de la parroquia, sostenían sus estudios en el extranjero. Hace más de un año que no veía a su madre y a su hermano, y ahora precisamente que regresó a su pueblo natal para las vacaciones, perdió a los animales.

2

La Tarada, como nombraban a una perra pastora blanca, respondió al llamado con sus gruesos ladridos.  Dimitri se precipitó hacia el fondo de un cañón, desde donde provenía la respuesta de la pastora.

A la distancia daba la ilusión de que el lugar donde el animal se encontraba era cercano, pero remontándola, la distancia  resultó mucho mayor de lo que aparentaba. En lo que corrió torpemente, tropezando en varias ocasiones y torciéndose el tobillo, transcurrió casi otra hora. El sol comenzaba a ponerse y la noche amenazaba con sorprenderlo lejos del pueblo.

La Tarada apareció, enorme, gris y lanuda, con la lengua gigantesca y moviéndole el grueso rabo. Tras de ella el Marihuano, un perro mestizo color marrón, de oreja mocha, producto de la dentellada de un coyote, fiero cazador e infalible guardián de las ovejas.

Los perros lo saludaron gustosos, para ellos no transcurría el tiempo ni había razón para preocuparse mientras no aparecieran los coyotes o algún extraño quisiera robarse al rebaño.

La perra lo lamió saludándolo y el macho le mordió con suavidad la mano en señal de simpatía, pero Dimitri no los sintió. Caminó automatizado hacia el lugar de donde salieron los perros y luego suspiró con alivio. El rebaño se encontraba a salvo. Los guardianes caninos hicieron bien su trabajo al no permitir que se extraviara ninguna borrega.

3

Eran las once de la noche cuando cerraba el corral y metía la última chiva.

La cantidad de ovejas y chivos era enorme: sumaban cuatrocientos animales entre cabras y borregas.

Los perros se adelantaron introduciéndose en la casa antes que él, prestos a cobrar su merecida ración de caldo de res y tortillas.

Dentro, su madre y su hermano lo esperaban con las caras aplanadas.

Prolongados minutos de silencio sobrevinieron. Lo castigaban fingiendo ignorarlo cuando se enojaban con él. Después de un torturante lapso de silencio, lo lanceaban con sus palabras.

Comenzó Juan Pablo con una pregunta, la más corta y la más temible:

-¿En dónde andabas…. Carajo….?

Cuánto molestaba a Dimitri su voz paternal, desesperada y autoritaria. Cuánto extrañaba su sonido plateado, de tenor, cuando se encontraba en el extranjero y transcurrían hasta dos años sin verlo. Pronto se iría de nuevo a continuar con sus estudios. ¡Cuánta frustración y amor contenidos en la voz del hermano mayor!, como diciéndole: “¡Es por ti que me mato cada día trabajando, es por ti que no tengo el amor de una mujer!… ¡Es por ti, que mi sexo se marchita a mis veintisiete años…!”

-¡Ya me voy a regresar a España…, no se apuren…!

Atino a responderles con voz dolorida, evadiendo el cuestionamiento. Se sentía culpable cada que los confrontaba o se defendía de sus ataques verbales. A pesar de saber de antemano que las agresiones eran injustas en su mayoría.

-¡No te pregunto si ya tíbas, Carajo!…. ¡Sino dón tabas….!

Intervino Margarita con resentimiento, utilizando un castellano de marcado acento indígena, pleno de arcaísmos y frases provenientes de una lengua vieja y ancestral, traída a estas tierras por furibundos conquistadores españoles.

A veces Dimitri pensaba que lo odiaban o lo culpaban por algo antiguo y desconocido. Algo de lo que él no era de ningún modo partícipe. Siempre se unían cuando querían torturarlo.

En Madrid su vida no era mejor que en aquel rancho del estado de Zacatecas. Era más bien un pandemonio. Sintiéndose fuera de toda lógica y sin lograr encontrar su sitio. No convivía con los otros estudiantes ni amistaba con nadie. Pasaba los días en las bibliotecas, sumergido en Julio Verne, en Víctor Hugo, en Jack London y en el temible Dostoievski.

Su hermano deseaba que Dimitri estudiara derecho o medicina, pero Dimi prefería la literatura.

Al terminar el bachillerato, Juan pablo intentó imponérsele, cual dictador, pretendiendo forzarlo a decidirse por una profesión liberal. Pero Dimitri huyó hacia la Sierra de Morones y se perdió durante dos días. Ahí donde sus ancestros caxcanes se atrincheraron contra los españoles por los años de 1600, permaneció oculto, nervioso y llorando. Para reaparecer unos días después en Sánchez Román y encontrar a su hermano, molesto, pero dispuesto a negociar. El primogénito se había ablandado.

Al final, Dimitri se decidió por una opción intermedia: el magisterio, que no le desagradaba tanto y con la que calmaba a Juan y a su madre. Pero nunca se convenció del todo. La verdad es que ni él mismo sabía con exactitud lo que quería. Si existiera una profesión en la que pudiera pasarse todo el día recostado, leyendo historias y poemas, ésa es la que escogería sin miramientos.

4

Juan Pablo y Dimitri se querían muchísimo. Antes de morir Don Felipe, su padre, de un tumor en el cerebro, encargó a Juan cuidar de su madre Margarita y del pequeño Dimitri. Desde los trece años Juan trabajó sin descanso para que nada faltara a la madre ni al hermano menor. Alquilando sus servicios como arriero, cargador, recolector, cegador. Luchando contra ladrones, coyotes y hambrunas para acrecentar el preciado rebaño, principal patrimonio heredado por su padre.

Dimi, como lo llamaba Juan Pablo, aprendió a leer en su Biblia desde los cuatro años, a los siete escribió su primer cuento.

Siendo niños, Juan se convenció  que su hermano pequeño sería un individuo importante. Aunque él apenas sabía leer y contar con los dedos, intuyó que Dimitri se convertiría en un gran escritor, en un científico o un médico quien ayudaría a su pueblo y a su familia a salir del atraso y la ignominia.

Dimitri estudió el bachillerato en un seminario en Totatiche, un pueblo cercano al suyo, donde los curas nunca perdieron la esperanza de capturar su vocación y convertirlo en hombre de Dios. Pero fracasaron ingenuamente, pues el alma de Dimi era inaprensible.

Al cumplir diecinueve años, Juan Pablo lo mandó a Europa a estudiar la Normal de Profesores. Juan se hacía ilusiones de que Dimitri regresaría convertido en el maestro del pueblo.

Sánchez Román jamás tuvo maestro propio.

En Madrid, Dimitri pasaba sus horas en las bibliotecas, leyendo libros de aventuras y novelas, faltando obligadamente a clases o gastando las tardes en meditar sobre su cama casi sin moverse. Los autores del siglo diecinueve ocupaban su atención desde hace meses, el descubrimiento de Dostoievski estremeció su mente y agitó sus nervios. También transcurría sus horas entonando viejas melodías mexicanas y valses españoles en una diminuta flauta dulce.

De por sí, Dimitri era un temperamento nervioso e hipersensible. Cualquier evento que ocurría alrededor de su vida era procesado y modelado hasta el infinito por su imaginación imparable. De modo que la menor situación o el contacto con algún individuo sin la más mínima importancia, desataba en Dimi un complicado mecanismo imaginativo que trasformaba los eventos y las personas, magnificando ciertos detalles y minimizando otros. Añadiendo colores que no estaban presentes en sus cuadros mentales, poniendo ya más luz o más sombra a los paisajes internos.

Lo grave aparecía cuando esos coloridos cuadros psicológicos se rebelaban contra su creador, transformándose en fantasmas y demonios que lo acosaban.

Así es que en Crimen y Castigo, la primera novela de Dostoievski que cayó en sus manos, Dimitri se vio como en un espejo en el joven Raskolnikov, el protagonista dostievskiano. Al igual que el personaje principal del escritor ruso, Dimi era un estudiante pobre y torturado en una ciudad que le resultaba ajena.

Cuando Raskolnikov enloqueció y planeó matar a la usurera con un hacha, Dimitri temió que se le metieran ideas obsesionantes a las cuales sería incapaz de sacar de su cabeza. Arrojó su Crimen y Castigo en el fondo de su buhardilla e interrumpió su lectura, sufriendo singulares angustias y miedo a perder la razón, manteniéndose muchos días en vela.

Más tarde recuperó el libro para leerlo de una sentada en un solo día hasta el final, sin salir para nada de su habitación de estudiante.

Para cuando regresó a Sánchez Román, su pueblo natal en México, el temor a los personajes dostoievskyanos estaba superado. En estas vacaciones de verano se dedicaba por entero a leer Los Hermanos Karamazov, considerada la obra maestra del ruso y se encantaba con el libro.

La obra literaria del Maestro de San Petersburgo  le dio la idea de escribir su primera novela, desarrollada en el Occidente de México, donde se encontraba su pueblo.

Tímidamente, pues aún dudaba de sus dotes narrativas, redactó las primeras páginas. Pensaba recrear un personaje similar a su padre, un pastorcillo hijo de un escribano español y una india caxcana. Pero las obligaciones de sus estudios magisteriales lo alejaban de sus proyectos creativos y de sus lecturas, y él odiaba cada vez más la escuela. El magisterio era un compromiso abominable e ineludible. No sólo su hermano y su madre, sino toda la gente de aquel pueblecito del Sur de Zacatecas tenían sus esperanzas puestas en él. Sería el primer maestro de primaria nacido en Sánchez Román.

5

Dimitri se despidió de Margarita y de su hermano Juan Pablo. En el fondo agradecía que el verano concluyera y con él las vacaciones. Aunque tampoco le entusiasmaba volver al Viejo Continente.  Sentía a la vez culpa, pena y remordimiento al dejar a su familia en el pueblo y regresar a España. No creía merecerlo y tampoco le interesaba esforzarse con los estudios.

Los dos meses en Sánchez Román fueron plenos en tormentas diluvianas, ése año llovió como nunca durante días enteros. El río que descendía de la Sierra de Morones y desembocaba a la orilla de su pueblo, el cual el resto del año no era más que un hilillo inofensivo donde abrevaban las borregas y las vacas, se desbordo, inundando dos barrios completos. Llevándose ganado, pertenencias, desbaratando casas y arrastrando consigo a más de un cristiano, a quien no volvieron a ver.

Viejas querellas con su madre y hermano brotaron como el cauce desenfrenado del río de la sierra y las montañas. La vuelta de los recuerdos de su padre, al igual que los síntomas de una enfermedad recurrente y crónica, resurgieron tras años de desaparecidos.

En la figura de Dimitri, Margarita y Juan Pablo creían ver a un fantasma: Don Felipe, quien muriera dejándolos solos hace años.

Dimitri padecía el mismo carácter nervioso, el mismo desinterés por el mundo, las migrañas y la distracción excesiva. También era alto y encorvado como el padre, de iguales cabellos ondulados, la nariz ganchuda. Dimitri encaraba la imagen de Don Felipe: el caminar despacio, inclinándose al andar,  las pestañas  alargadas como deidad egipcia. La frente expandida y amplia, semejante a una aureola celeste. Por eso lo atacaban sin descanso. A Don Felipe no le gustaba hacer otra cosa más que  leer, pasar las horas pensando y mirando el vacío. Del mismo modo que a Dimi.

Cuando sus hijos apenas eran niños, don Felipe transfirió la responsabilidad de los animales al pobre Juan Pablo. Desentendiéndose por completo del trabajo como pastor.

La madre y el hermano volcaban su enojo sobre el hijo menor, como reclamándole al padre por dejarlos desvalidos, por no ser como el resto de los cabezas de familia del pueblo. De tanto leer libros a Don Felipe le salió un tumor en el cerebro. Quien pagaba el pato por aquel viejo odio era el joven Dimitri. Todo el coraje acumulado durante décadas vertido sobre él. Toda la ira guardada y el enorme amor malsano.

Cuando pensaba en su familia, Dimitri padecía esa ambivalencia y esa naturaleza doble y enredada. Al mismo tiempo que lo embargaba la nostalgia al recordarlos y echarlos de menos cuando se encontraba en Europa, rechazaba de facto la idea de siquiera encontrarse cerca de ellos. Nunca podía estar mucho tiempo con su mamá y su hermano sin odiarlos por pretender saber lo que era mejor para su vida.  Lo peor del asunto era que él mismo ignora precisamente qué debía hacer con su existencia. Si lo supiera, se decía a sí mismo, o si tuviera el valor, se iría del pueblo para siempre y no regresaría tampoco a la España que lo asfixiaba. ¿Pero a dónde huir…?

 

Dejó su triste Sánchez Román atrás. Un viaje en carreta hasta la ciudad de Guadalajara que resultó odioso, lluvias incesantes, mosquitos, hambre, pues apenas llevaba el dinero suficiente para su transportación. Dinero que debía, contra su orgullo irascible, recibir de la mano de Juan Pablo.

De la capital de Jalisco abordó un oxidado autobús de pasajeros hacia la Ciudad de México. Luego otro cacharro aún más viejo y lento rumbo al puerto de Veracruz. De ahí un barco mohoso hacia el Viejo Continente en un incómodo encierro marítimo de dos semanas.

Sólo le quedaban seis meses antes de graduarse como profesor normalista. Si conseguía mantener la suficiente paciencia, con el último jalón de la Normal podría quitarse de encima aquellos estudios y complacer a su hermano y a su madre.

6

Tras finalizar sus estudios de la Normal, Dimitri permaneció todavía un año más en España. Prestando sus servicios como maestro particular de español, literatura, latín y matemáticas. La verdad es que no deseaba volver a su pueblo natal. Evitaba reencontrarse con su familia por todos los medios.

Las cartas de  su hermano Juan Pablo se acumulaban desesperadas, solicitándole e incluso exigiéndole su regreso a Sánchez Román en México cuanto antes. La situación  política en su país era cada vez más tensa.

Era 1925. El gobierno pos revolucionario de Álvaro Obregón se esforzaba por doblegar a un feroz campesinado que luchó al lado de Francisco Villa, Emiliano Zapata y otros centauros durante la revolución.  La estrategia consistía en introducir el agrarismo y la propiedad privada dentro de las ancestrales comunidades de campesinos, donde agricultores y grupos indígenas siempre concibieron la propiedad colectiva como medio natural de sobrevivencia. De hecho se unieron a la lucha armada de 1910 con la esperanza de que continuara siendo así.

Por medio de la imposición de la propiedad  privada, Obregón pretendía dividir a un país plenamente rural y aguerrido, liderado por fieros ancianos e indómitos caciques indígenas que no creían de ningún modo en el gobierno oportunista.

La Iglesia Católica era el centro del debate. Los asesores de Obregón le aconsejaban fundar una iglesia mexicana independiente del  Vaticano y controlada por el Partido Revolucionario.

Tocados en sus intereses, los curas instigaban al pueblo para rebelarse contra el ateo y mal gobierno. Los sacerdotes, acosados, encarcelados e incluso pasados por las armas. Se suspendió el culto o se oficiaba misa en catacumbas y escondrijos.

El pueblo se solidarizó con los clérigos. La iglesia aparentaba ser el centro del conflicto, pero en realidad era el antiguo orden de campesinos e indígenas quien se preparaba para levantarse contra las innovaciones agrarias, la propiedad privada y el oportunista gobierno de Obregón.  La revolución no resultó lo esperado: Zapata y Villa fueron asesinados por sus propios compañeros de guerra. El mismo Obregón quien en 1912  marchó junto a Pancho Villa hacia la capital, mandó pasar bajo el fuego de la ametralladora a los legendarios Dorados del general chihuahuense. Luego, ordenó la emboscada donde moriría también el propio Centauro del Norte bajo el fuego  de más de ciento cincuenta detonaciones.

El conflicto religioso que se avecinaba, amenazaba con ser aún mucho más popular y más grande que la reciente revolución mexicana.

Juan Pablo pronto se puso del lado de los que ya se auto nombraban como cristeros. Un ejército rebelde de campesinos católicos, mestizos e indígenas, quienes enfrentarían al mal gobierno.

Vendió buena parte de su rebaño para seguir al general  Carlos Domingo: un viejo líder de ochenta años, mitad huichol y mitad mestizo. Quien en la década pasada mantuvo a ralla a los villistas, protegiendo del saqueo a las comunidades de Mezquitic, Huejuquilla, Colotlán y la Laguna de Monte Escobedo de los supuestos revolucionarios.

Desde muy joven Domingo se alquilaba como vaquero, pronto se rebeló contra los caciques de Mezquitic, matando en un duelo a muerte a uno de sus primogénitos de un solo tiro. Era temido por latifundistas, militares y agraristas. Contaban  que se arrojó al piso y desde el suelo baleó a su adversario, eludiendo las esquirlas enemigas.

Aunque ya tenía ochenta años, el anciano aún podía viajar jornadas enteras a lomo de su castrado Palomo y dar en el blanco con su pistola a gran distancia. La gente de la región prefería acudir a él en lugar de al gobierno para que les proporcionara justicia, consultándolo sobre asuntos familiares, de tierras y ganado. Era analfabeta y vivía en Popotita, un ranchito ubicado en los confines de la Sierra Huichola , Aunque solía moverse como por su casa a través de los territorios del Sur de Zacatecas, Durango, Aguas Calientes y el Norte de Jalisco.

Carlos Domingo odiaba a los revolucionarios. Mucho tiempo ansió colocar un tiro en el vientre del propio Pancho Villa, por permitir que sus Dorados saquearan y violaran en su territorio. Cuando decidió levantarse contra Obregón, toda la Sierra Huichola hirvió como una cazuela de azufre para seguirlo. Hordas de tepehuanos, huicholes, mejicaneros y mestizos se sumaron fielmente a su avanzada, siguiéndolo a favor de los Cristeros. Grupos enteros de diverso origen étnico y cultural que hasta entonces se mostraban recelosos o neutrales frente a la Revolución Mexicana, se alzaron al fin para seguir al anciano líder.

Juan Pablo lo conoció cuando llevaba sus ovejas a la Sierra de Morones a pastar. En una ocasión un grupo de villistas rezagados intentó asesinarlo y robarle sus animales, no sin antes pretender violarlo para luego colgarlo.

Los forajidos lo sorprendieron mientras orinaba en un río, lo apresaron y desnudaron, divirtiéndose humillándolo. Juan creía que estaba perdido, que moriría tras ser ultrajado su cuerpo y se llevarían sus animales.

Entonces apareció el viejo huichol con parte de su contingente. Domingo odiaba a los villistas por sobre todas las cosas, también era un hombre justo. Sus huicholes y tepehuanos se lanzaron sobre los forajidos tras un solo gesto del anciano y pronto pasaron por sus machetes a los villistas.

Juan Pablo quedaría fascinado con la figura del anciano, algo así como un Moisés belicoso, un guerrero del Antiguo Testamento, el esperado líder del Pueblo Elegido. El padre que nunca tuvo y a quien deseaba seguir hasta la muerte.

Margarita, igual que mucha gente de Sánchez Román, apoyaba a los Cristeros y a su guerra. No se opuso  a que su primogénito los siguiera.  Creía que debía lucharse a favor de la iglesia y de los hombres de Dios. Para ella como para la mayoría de la gente del pueblo, se trataba de una guerra a favor de Cristo y de la Virgen María.

De hecho la mujer necesitaba que Dimitri regresara lo antes posible para trabajar como  maestro del pueblo y colaborar con los gastos familiares y de la lucha.

7

Dimitri se negaba a responder o siquiera abrir la correspondencia que llegaba de su país. La dejaba acumular sobre su escritorio saturado de libros y papeles y luego la sacaba de su buhardilla en alguna bolsa junto con la basura. Sólo sabía por los periódicos que el conflicto con la Iglesia en México crecía hasta resultar incontrolable para el gobierno. Dejando una gigantesca estela de muertos entre las filas de católicos y agraristas.

Se enteró que su hermano dejaba Sánchez Román para internarse en los confines de la sierra, siguiendo a una columna de cristeros liderados por un centauro indígena. Supo de las  derrotas infringidas a los rebeldes, también de sus triunfos por sobre las tropas oficialistas. Seguía el curso de la guerra tratando de no enterarse de los acontecimientos, pero recibiendo noticias por medio de los diarios y de algunos camaradas mexicanos quienes lo enteraban de la situación en su país de cualquier modo. Por todo el mundo se sabía del movimiento liderado por los católicos revolucionarios.

Por su parte, además de las clases particulares que impartía para sostenerse en Europa, sus principales energías continuaban encausadas en la lectura de sus escritores favoritos. En ese entonces descubrió a Charles Dickens y a Jack London, embebiéndose con todas su obras. También trabajaba en sus tiempos libres en la novela que traía entre manos desde el último viaje a México.

Lo único que le interesaba de la vida eran las lecturas de sus autores predilectos y la creación de su obra, que por entonces llegaba más allá de las ciento cincuenta cuartillas redactadas a mano. Poniéndolo feliz con el avance de su escritura implacable.

Aquellos largos meses en Madrid después de finalizar los estudios como normalista y de que comenzara la Guerra Cristera en México, se volvieron más de un año fuera de su país.

Sin saberlo, o sin ser muy consciente de ello, el joven zacatecano se buscaba a sí mismo, ignorando a dónde lo llevaría aquel deambular errático o en qué lugar terminaría.  Empero, alguna luz aparecía gradualmente en la nebulosidad de su existencia y algo comenzaba a encontrar. Con cada página escrita, arrancada, tachonada, vuelta a corregir o a reescribir, algo de una anhelada y desconocida tranquilidad le llegaba, en oleadas breves pero alentadoras.

Buscando la inalcanzable perfección  en la escritura, el joven pastorcillo también adelantaba en su camino personal. Lo que iba dando como resultado, además de una obra literaria que no pedía nada a otras de su tiempo, era el desarrollo y la construcción de su propia imagen ante sí mismo como escritor. Inscrita en sus células, en sus emociones y en toda su corporeidad. Obtenida con muchos trabajos y sacrificios. Brindándole una creciente seguridad en sí mismo que jamás tuvo, reflejada en sus pasos, en su habla y en sus manos que escribían incansables. Volviéndolo paulatinamente más entero, más confiado, más seguro y tranquilo.

Nunca antes tuvo aquella certeza, mucho menos la constancia absoluta de la importancia de saber quién es uno, cuál es su sitio, cuál su misión y lugar en el universo. Cosa que ni en el trabajo como campesino en Sánchez Román, ni mucho menos  en los estudios de normalista encontraba.

-¿Cuántos años tienes?

Le preguntó aquella mujer, elegantemente vestida y más alta que él al contemplarlo de pié en la entrada de su apartamento en Madrid. Era la viuda de un abogado que trabajó como secretario personal del Rey de España. Quien muriera durante una misión especial en Marruecos, dejándola sola con sus hijas.

Alguien le proporcionó  las referencias de Dimitri y lo mandó llamar para contratarlo como profesor de español y latín de sus dos hijas adolescentes.

El joven mexicano llevaba los zapatos agujereados en las puntas, metido en un grisáceo  traje a rallas bastante pasado de moda. Un intelectual joven y pobre, a leguas. Pensó la viuda.

-23.

Respondió el muchacho.

-¿¡Tus lecturas de cabecera…!?

Volvió a interrogar la española con cierta autoridad.

El joven no atinó a distinguir si aquello consistía en pregunta, afirmación, presunción o insulto. ¿A qué profesor se le preguntaban sus libros predilectos antes de contratarlo? ¿Qué debía responder ante aquello?

Guardó silencio sin atreverse a decir nada

-¿Que cuáles son tus autores favoritos muchacho…?

Casi gritó la mujer exasperándose, con un marcado acento castellano. Descomponiéndosele los gestos por la explosión emocional.

De aquel estado casi natural de fémina altanera, se entrevió una juventud deliciosa, oculta bajo la máscara de seriedad de ex esposa de diplomático. Mujer culta con bastante mundo.

Dimitri descubrió por un instante que la mujer era más joven de lo aparentado. Los ojos color aceituna, pómulos esculpidos con obstinada intencionalidad, la cara afilada delicadamente hasta terminar en una fina barbilla. Sobre todo su piel, de un moreno pálido, gitano o moro, mantenía un brillo y una, que se antojaba como tersura irresistible al tacto. Cuando llegase el momento de acariciarla toda.

Se llamaba Edna Ituarte, dama bastante conocida en la sociedad madrileña de los veintes.

-¡Platón, la Biblia, Santo Tomás….!

Recitó Dimitri como autómata. Ocultando sus verdaderos gustos. Temiendo ante todo encontrarse con tradicionalistas ideas y prejuicios con respecto a los libros proscritos de su preferencia, que lo alejarían de la posibilidad de obtener el necesario trabajo. Escondiendo su afinidad por autores aventureros, jugadores y autodidactas como los suyos.

-¡Demasiado conservador…!

Profirió la mujer, dirigiéndose a sus hijas, quienes se encontraban sentadas al lado, como las damas de compañía pertenecientes al séquito de una gran reina: su madre.

-Parece buena gente.

Increpó la más joven, de ojos azulados y coquetos. Su nombre precisamente era Azul, como el color de aquellos ojos enormes que tendían hacia el violeta y horadaban curiosos la silueta y la personalidad del mexicano. Algo había en Dimitri que atraía a la muchacha. Tenía doce años.

La otra muchacha sólo atino a sonrojarse en demasía, hasta que el rubor le llegó al nacimiento del cabello en la hermosa frente amplia y clara. Se llamaba Dolores. Lola. Era una año mayor que Azul, aunque bastante más tímida y reservada que ella. Al parecer el joven pastorcillo y escritor resultaba interesante a las dos chicas.

-¡Dickens, Hugo, London, Dostoievski…!

Se animó a confesar Dimitri ante la simpatía que igualmente a él provocaban las mujeres.

Se sentía en la atmósfera un ambienten de atracción inmediata.

-¿Cómo?

Preguntó la señora, poniéndose de pié y sorprendiéndose. Ahora sin saber ella si lo que le lanzaba el mexicano era un cuestionamiento o el fragmento de un idioma extinto, articulado bajo el efecto de un delirio místico.

-¡Que mis escritores predilectos son Dickens, Hugo, Dostoievski y Jack London!

Las tres mujeres estallaron en carcajadas, que a pesar de su violencia e histerismo resultaban agradables a los oídos del mexicano. Música o campanas que nunca antes sus oídos solitarios  atrajeron, ni mucho menos captaron.

No evito pensar que se burlaban de él, de sus autores predilectos y autodidactas como él mismo, de su traje de estudiante pobre y extranjero. Tomó su portafolio y caminó hacia las escaleras, agachado, dispuesto a retirarse. Avergonzado y algo triste, pues al instante había gustado de la compañía de las tres damas. Esperanzado por un minuto con la posibilidad del trabajo y de su amistad. En Europa se encontraba tan solo y necesitado de alguien.

-¡Que se va mamá…!

Grito Dolores por primera vez, rompiendo el tímido silencio en que habitualmente vivía.

-¡Óigame, no le he pedido todavía que se retire. London, Dickens y Dostoievski se encuentran entre nuestros autores predilectos también…!

Dimitri permaneció congelado en el pasillo, hacia las escaleras que lo llevarían de nuevo a la calle y se quedó mirando a la española con los ojos muy abiertos.

La viuda se aproximo, marcando los tacones nerviosos a cada paso. Enfocándolo también ella con su mirada transparente, abriendo sus ojos aceitunados aún más grandes. Su mirada por fin  reveló a una mujer en extremo sincera, refinada y fuerte, con bastantes experiencias de la vida reunidas en su haber. En un lapso mínimo de silencio en que se encontraron el mexicano y ella, se traslució desde sus ojos una tendencia inocultable de temperamento cálido, incluso ardiente y pasional por parte de aquella mujer mayor que él.

-¿Quiere quedarse a trabajar con nosotras? Necesitamos un maestro particular de gramática y álgebra.

Casi suplico la viuda antes que Dimitri abandonara su apartamento.

Aquella mujer, la viuda, Edna.

8

Al fin se animó a destapar algunas de las cartas enviadas por su hermano desde México. Además de descubrir horrorosas faltas de ortografía y una redacción de campesino casi analfabeta, quien escribía prácticamente como hablaba en su cotidianidad, se enteró descifrando en aquellos barrocos mensajes del desarrollo de la guerra

Los Cristeros avanzaban en sus triunfos, poniendo cada vez más en jaque al gobierno de Obregón. Se preparaban elecciones en su país y era seguro que el sucesor sería Plutarco Elías Calles, un monigote designado por Álvaro Obregón, para gobernar en su nombre.

Durante un tiempo pareció que los rebeldes católicos ganarían la guerra.

El ejército de Carlos Domingo había emboscado a las tropas federales en tres ocasiones, haciendo uso de la caballería de manera magistral, al frente de la cual se encontraba ya su hermano Juan Pablo.

Los federales se confiaron al inicio, creyendo encontrarse ante las simples escaramuzas de bandoleros inexpertos. Pero las estrategias del cacique huichol los tomaban por sorpresa. En tres ataques definitivos, los Cristeros resultaron victoriosos  bajo el mando de aquel centauro huichol entre la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas.

Juan Pablo se convirtió en el brazo derecho del anciano líder, encabezando su caballería de más de doscientos jinetes experimentados. Quienes lo mismo blandían el machete y el sable por sobre los cráneos rapados de los agraristas, que disparaban desde sus jamelgos atinando en el   blanco con sus fusiles, marchando a más de cincuenta kilómetros por hora.

Juan Pablo daba muestras de una inteligencia y astucia para luchar y sobrevivir poco conocida.

Así era Juan, pensaba Dimitri, siempre supo superar las peores dificultades, pelear y sortear obstáculos en apariencia infranqueables para los otros. Por eso la gente admiraba su fuerza y lo seguía a donde quiera. Ojalá no le pasara nunca nada al exponer constantemente su vida y lograra salir con bien de aquella empresa. Volvió a pensar el hermano menor.

Sintió un dejo de nostalgia, también de pena por encontrarse del otro lado del Océano Atlántico y no apoyar en lo absoluto las causas de su hermano y su madre. Afortunadamente  para él, la nostalgia sólo le duró unos segundos. Nada de lo que sucedía en México lo convencía del todo.

Carlos Domingo pronto envió a Juan Pablo a realizar diversas misiones especiales en beneficio del ejército rebelde. Marchó disfrazado en un tren a la ciudad de México, viajó a Guadalajara, a Aguascalientes y Lagos de Moreno. En busca de apoyo financiero, municiones, alimentos, medicinas  y caballos proporcionados en secreto por diversas familias católicas del Occidente de México.

El movimiento Cristero crecía, extendiéndose paralelamente en otros estados de la República Mexicana, convirtiéndose en una red de apoyo bastante eficaz para los insurrectos. Desde el Norte hasta el Sur del país había levantamientos o financiadores dispuestos a colaborar. Multitudes de asociaciones católicas, grupos de oración, ligas guadalupanas y legiones de campesinos e indígenas se sumaban cada día a los ejércitos cristeros. Sea como guerrilleros voluntarios, con su apoyo financiero, en especie o moral.

Nada de esto parecía impresionar, mucho menos atraer el interés de Dimitri. Su vida se concentraba en la creación de su obra, de la cual ya se vislumbraba el final. Alguien lo contactó con un editor en España y este se interesó por su historia. Tras leer parte de los avances de su novela prometió publicársela.

Por las mañanas escribía desde las cinco, cuando se levantaba, tan sólo tomando un breve descanso para almorzar algo a las once. En las tardes se dirigía a la casa de la viuda y transcurría las horas en compañía de aquellas mujeres. Llevándoles cada día lecturas novedosas, planteándoles preguntas incisivas y ayudándolas a reflexionar. Dimitri resultó para ellas un maestro demasiado singular, que aplicaba el método socrático, les compartía nuevos autores y propiciaba en ellas el desarrollo del pensamiento crítico.

Edna, la señora, solía quedarse en la sala mientras tejía o leía algún libro, participando pasivamente, aunque con no menos interés en las clases. Escuchando las disertaciones del mexicano, las participaciones de sus hijas, o acompañando con su risa alguna broma gastada por parte de las chicas hacia Dimitri.

De pronto al mexicano se le hacía indispensable asistir diariamente a la casa de las mujeres, y ellas también lo extrañaban cuando no estaba o llegaba tarde a las sesiones.

La viuda y sus hijas vivían de una pensión que el gobierno Español les asignara desde la muerte del esposo. Con los cambios de gobierno, Edna y su familia comenzaron a perder sus privilegios. Como su marido había sido un personaje cercano al Rey, al perder el monarca parte de su popularidad, también la gente cercana a la aristocracia española, como la viuda, sufriría con la suspensión de los apoyos económicos de los que vivía.

 9

Carlos Domingo mandó a la caballería agazaparse y esconderse en los linderos del valle de Monte Escobedo. Fuera de la vista del enemigo.

Por su parte, Juan Pablo  había diseñado unos cañones construidos con grandes tubos de bronce, otrora utilizados para transportar agua potable. Aquellos cilindros enormes eran rellenados  con pólvora, clavos, tornillos, arena, piedras de hormiguero y cualquier fragmento metálico que pudiese introducirse por sus bocas. Posteriormente, el pastor los hacía detonar con la ayuda de una mecha fabricada con hilachos y resina cruda de pino. Una vez encendido su rudimentario dispositivo activador, aquellos dragones de bronce vomitaban una pesadilla de fuego, piedras, arena y metales derretidos. Que se impregnaban e incrustaban en los cuerpos del enemigo, amedrentándolos, quemándolos e hiriéndolos sin remedio hasta sembrar el caos en sus filas.

Juan Pablo se ocultó junto con otros 150 jinetes en los linderos del valle, donde comenzaban los robledales y bosques de pinos gigantes de la Sierra de Monte Escobedo. A unos cuantos kilómetros de una comunidad conocida como el Mortero, perteneciente al estado de Zacatecas, en la frontera con Jalisco. Bajo aquellas coníferas inmensas y raras, sobrevivientes de la Edad de Hielo, Juan  Pablo y sus jinetes se resguardaron llevándose doce cañones de bronce.

Desmontaron sus animales, manteniéndolos muy cerca de las tropas para poder utilizarlos en cualquier momento y cubriéndose con ramas.

Al fondo del valle, Carlos Domingo y 400 miembros de su infantería se alinearon ordenadamente, preparándose para hacer frente al ejército federal.

Alguien dio el aviso en el campamento de las tropas gubernamentales donde pernoctaban tranquilamente las fuerzas de Obregón y varios centenares de mercenarios agraristas pagados a sueldo.

El huichol y sus cristeros los esperaban para entablar batalla. Juntos, los hombres del gobierno y sus aliados sumaban 800 efectivos contra los cuales se enfrentarían poco menos de seiscientos cristeros, no del todo bien armados. Por lo menos no igual de bien armados que los soldados profesionales, financiados y equipados con dinero de la nación.

Muchos de los guerrilleros de Carlos Domingo eran indígenas tepehuanos y huicholes quienes vestían taparrabos y andaban descalzos. Armados con arcos y flechas, lanzas y cuchillos de montaña. Sus torsos desnudos constituían un blanco fácil para los modernos rifles de los federales. Empero, una vez enzarzados en la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, los habitantes de la sierra eran diez veces más letales que un soldado raso, mal pagado y poco curtido en la vida de la montaña.

Los federales se adentraron en el valle con lentitud y vacilantes. No les faltaban pocas razones para temer encontrarse próximos a una trampa.

Un comandante de los gubernamentales, de enorme cráneo triangular y rapado el casco por completo, olisqueó la atmósfera, temeroso de una emboscada.

Frente a ellos se encontraban formados en perfecto orden los hombres de Carlos Domingo, aguardando por el enfrentamiento.

El centauro apareció delante de sus filas. Ataviado en su calzón de manta blanco y con un abrigo de lana diseñado expresamente para él por una anciana tepehuana. Portando un enorme y elegante sombrero de manufactura wixarika, con centenares de colguijes pendiendo de sus alas, su tamaño y envergadura indicaban un elevado rango a nivel espiritual entre los brujos indígenas. Los ancianos de las comunidades de la Sierra Huichola se lo entregaron para que lo protegiera durante la batalla.

La gente de sus filas lucía sus calzoncillos blancos también de manta, guerreros adornados con  plumas, penachos y pintura ritual. Armados con prolongadas lanzas de más de dos metros de longitud, macizos arcos de cornamenta de venado y agudas saetas de mezquite. Fusiles y antiguos mosquetes de un solo tiro, listos para dispararse sobre el enemigo.

El ejército federal se les aproximo en silencio y a paso lento. Cuando pasaron junto a las arboladas donde Juan Pablo y su caballería se encontraban ocultos, se escucharon varios estruendos.

Las doce bocas de los cañones escupieron al unísono su aliento de lumbre, metal y roca hirviente sobre los vulnerables flancos del ejército de Obregón,

Los fragmentos al rojo vivo, la arena y rocas derretidos se incrustaron en sus cuerpos, encendiendo sus ropas, perforando sus carnes y haciendo cundir el pánico entre las filas de los gubernamentales.

Los cañones atronaron tres veces más, hiriendo al enemigo, achicharrándolo y rompiendo sus filas.

De entre los árboles emergió la caballería cristera, encabezada por Juan. Los jinetes dispararon sus fusiles sobre los agraristas, los empalaron con sus lanzas o blandieron un filoso machete por sobre las cabezas rapadas de los soldados enemigos, abriéndoles el cráneo como  cocos fracturados.

Al fondo del valle, la infantería cristera aún no se movía ni chocaba con los federales.

El castrado de Carlos Domingo relinchó, elevándose sobre sus dos patas traseras, aspirando el aroma del inicio de la batalla, contagiado por la adrenalina, el olor de la sangre y la pólvora que ya cundía y se propagaba en todo el terreno.

El anciano levantó el brazo en señal de fuerza. Tenía ochenta y dos años de edad. Sus hombres, mestizos e indígenas, lanzaron un feroz grito de apoyo a su líder que rebotó haciendo eco en las montañas cercanas. El centauro miró al cielo con sus profundos ojos grises, se encomendó a sus dioses antiguos y extrajo su sable del cinturón. Entonces dio la señal de ataque.

La infantería cristera se precipitó sobre las unidades del gobierno, que, desorientadas por los ataques laterales y el fuego de los cañones, los recibió en desorden. Se escucharon bastantes disparos en ambos bandos, pero la mayor parte de la lucha ocurrió cuerpo a cuerpo.

Desde el flanco del ejército enemigo, Juan Pablo propiciaba incesantes y mortíferos golpes con ayuda de sus hombres. Un indígena de origen náhuatl: Martín Pescador, había sido asignado por Carlos Domingo como su guardaespaldas personal. Desde su cabalgadura, el indio no dejada de disparar una flecha tras otra y no se le despegaba al joven pastorcillo. Debía protegerlo por sobre todas las cosas y responder con su vida por la de Juan.

La caballería siguió girando, atacando, regresando y volviendo a golpear a los agraristas, avanzando, penetrando sus costados y aplastándolos cada vez más. Por su parte, las unidades federales perdían gradualmente lo poco de formación que les quedaba, cayendo en el desorden total, el pánico y la desesperanza, preludio de la muerte y la derrota absoluta.

Juan Pablo utilizaba un prolongado sable español bastante filoso para abrirse pasa por entre las angustiadas cabezas de los agraristas, abriéndoles el cráneo o decapitándolos. A su lado, Martín Fierro no cesaba de disparar sus saetas a diestra y siniestra.

Alguien derribó a la yegua de Juan, en realidad la bala iba dirigida a su pecho pero erró el blanco, haciendo saltar los sesos ensangrentados de su montura. El pastor rodó hasta el suelo, lastimándose el cuerpo. El comandante de los federales se disponía a atravesarlo con su bayoneta cuando lo detuvo una flecha del arquero indígena. Veinte soldados del gobierno se precipitaron sobre el líder de la caballería cristera. Juan derribó a tres de ellos con su espada. Los demás se le vinieron encima. Martín Pescador disparó cinco flechas más, cegando cinco vidas de aquellos soldados pelones. Se arrojó sobre ellos desde su caballo tordillo pura sangre, con su enorme cuchillo curvo desenvainado. Degolló de un golpe a un oficial del gobierno. Luego cayeron más y más federales sobre ellos hasta que todo se volvió una masa confusa de carne, sangre y hombres sin sentido.

Desde el frente del valle, Carlos Domingo iba reduciendo las filas de los federales, pisando con sus cascos y sus hombres encima de los enemigos muertos. Capturando prisioneros, rematando gente con el tiro de gracia. El anciano estaba feliz, preso de un frenesí por el triunfo de la batalla que contagiaba a sus tropas y se extendía entre los hombres, infundiéndoles un ánimo creciente hacia el fin de la lucha.

Cuando uno de sus oficiales tepehuanos, un indígena de considerable estatura, oscura piel y facciones aguerridas, armado con una poderosa lanza, le avisó que ganaban la batalla, aún no se imaginaba la suerte que habían corrido el joven pastorcillo y su guardaespaldas, al caer heroicamente en medio del combate.

10

No fue sino hasta un mes más tarde cuando Dimitri recibió la noticia de la muerte de su hermano. El mismo día que recogiera un adelanto por las regalías de su novela, al fin culminada y entregada a su editor.

El triunfo que significaba obtener unos buenos ingresos económicos producto de su primer libro se veía oscurecido por la violenta y trágica pérdida. Casi media hora después de depositar junto con sus pocos ahorros en una cuenta de banco las pesetas entregadas por el editor, recibió la misiva desde México, redactada a mano por el secretario de Carlos Domingo. Era un solo párrafo corto, contundente y desgarrador:

“URGE VENGA A HUEJUQUILLA EL ALTO EN MÉXICO CUANTO ANTES. CUERPO DE SU HERMANO SE PERDIÓ, PARA RECOGER LA CABEZA DEL OCCISO…”

Tan sólo la cabeza de Juan Pablo y de Martín Fierro dejaron los federales antes de ser vencidos por los cristeros.

Aquella batalla triunfal resultó de cualquier manera  un triste capítulo para las tropas de Carlos Domingo. Juan Pablo era conocido y amado por sus compañeros y su muerte fue bastante llorada y sufrida tanto por mestizos como por indios.

Para entonces, Edna y sus hijas, ya no contaban con recursos económicos para pagar las clases particulares que les impartía el mexicano. Se habían mudado a un barrio bastante popular e instalado en un apartamento mucho más modesto y pequeño. Contando a penas con el mínimo presupuesto para rentar un mugriento piso y costear, no sin esfuerzos, sus alimentos.

A pesar de todo Dimitri seguía asistiendo con ellas todos los días. No le importaba que no tuvieran para remunerarle sus clases privadas. Necesitaba de su compañía diaria por sobre todas las cosas, de sus risas, chistes, conversaciones. También, inexplicablemente, se sentía urgido de la presencia constante y ardiente de Edna, la viuda. Su silueta sentada todos los días a unos metros suyos, alimentaba su vista famélica y carente de sensualidad. El aroma de las finas fragancias de la viuda nutría su olfato, otrora carente de amor, muerto de hambre de feminidad y del perfume marrón emanado desde el sexo femenino.

Notaba que la mujer se arreglaba cada vez más para esperarlo y sentarse junto a sus hijas a escuchar la clase. El rostro anteriormente áspero y amargo de la viuda se iluminaba nada más con ver a Dimitri aparecer en la entrada de su apartamento. En poco tiempo, con la ilusión de la llegada de profesor mexicano, Edna florecía cual gardenia irrigada y fertilizada con una nueva ilusión. Aunque era cinco años mayor que el joven escritor.

Y Dimitri sentía ahogarse el pecho con los propios latidos de su corazón nada más de verla. No estaba del todo seguro de ser correspondido, aunque había señales inequívocas como la amabilidad, la sonrisa y disposición por parte de Edna.

Aquel día se sentía confundido y desolado. La misiva desde México avisando de la muerte de su hermano, la emoción por la publicación de su libro opacada por la triste noticia. Todo era una mescolanza de sentimientos: tristezas, alegrías fugaces, depresión, frenesí, regocijo, desesperanza.

Subió por la escalera que le llevaba al modesto apartamento de las mujeres. Se aproximó a la puerta encontrándola entreabierta.

La viuda se hallaba sentada, sola, en la pequeña sala de aquel piso, con la maciza pierna cruzada sobre la otra. Arreglada con vestido de fiesta, elegantemente maquillada y peinada. Aguardaba por él.

-Esta vez no están las niñas en casa….

Dijo ella al despegar los ojos aceitunos de su lectura. De la pasta que sostenían sus manos se leía el título de la obra leída: Martín Eden, de Jack London. Enfocando a Dimitri con aquellas piedras lunares color verde.

Envolviéndolo y devorándolo con sus globos oculares preciosos.

11

 

Colgados

 

Los indios que seguían a Carlos Domingo  salaron las cabezas de Juan Pablo y Martín Pescador para preservarlas. A sabiendas que los restos del arquero de origen náhuatl, quien diera su vida defendiendo al comandante de la caballería cristera, no serían reclamados por nadie. Así morían los indios en la guerra y en la vida: una vez caídos en combate, sus cuerpos eran abandonados en el campo, a lo mucho cubiertos rápidamente con rocas y ramas para evitar que los zopilotes los picotearan. Muchos de ellos ni siquiera recibían aquella sepultura, improvisada sobre su despojos. Olvidados y sin ningún ritual fúnebre ni oración en pos de sus almas. Condenados a agusanarse en el olvido.

Una vez saladas, ambas cabezas fueron secadas al sol para evitar que se pudrieran. Sahumadas más tarde durante veinte horas sobre brasas de nogal. Tras recibir aquel tratamiento casero, casi culinario, los restos disecados de los guerrilleros se depositaron en la catedral de Huejuquilla el Alto, una pequeña ciudad ubicada en el extremo norte del Estado de Jalisco, en la entrada de la Sierra Huichola. Ocultadas por el capellán de la iglesia bajo unas lozas de cantera para que nadie las profanara. Con la consigna de  entregarlas a la propia madre o al hermano del pastorcillo cristero.

Las fuerzas de Carlos Domingo se desplazaron rumbo al poblado de Jalpa,  ciudad no muy grande, ubicada en el Sur de Zacatecas, en los límites con Jalisco. Donde contaban con la totalidad de su población como simpatizantes y seguidores de los cristeros.

En Jalpa aguardaron una semana por la llegada de un nuevo elemento: David Quintero, indígena originario de Sonora, de la etnia rarámuri, quien comandaba un contingente de trescientos guerreros tarahumaras, yaquis y mayos. Provenientes del norte del país, quienes juraron unirse a la causa de Carlos Domingo.

Al séptimo día arribó a la ciudad la columna de jinetes liderada por Quintero. Sus hombres armados con arcos, flechas, rifles y lanzas, habían cabalgado más de setecientos kilómetros en un día y medio de marcha forzada para encontrarse con el centauro cristero.

De Quintero se decía que era brujo y curandero. Que solía lanzar sortilegios malignos a sus enemigos antes de hacerles la guerra. Con sus hombres se unió a una rebelión apache en california, la cual sembró la muerte y causó muchas bajas entre los soldados norteamericanos antes de ser sofocada. Su ejército se dedicaba lo mismo al pillaje y el atraco que a las causas revolucionarias y el anarquismo de libre ideología. El abuelo de Quintero luchó al lado del cura Miguel Hidalgo en la Guerra de Independencia poco más de cien años atrás.

El ejército cristero se dividió expresamente en dos fuerzas. La infantería que ya superaba los seiscientos hombres marchó con Carlos Domingo a la cabeza, haciendo un rodeó hasta la ciudad de Zacatecas. Donde también contaban con sobrados simpatizantes y benefactores.

Por su parte, la caballería ahora liderada por Quintero se internó en la Sierra de Morones.

Se reencontrarían en Villa Hidalgo, una ciudad ubicada justo en el medio de los Estados de Zacatecas y Aguascalientes. Donde tenían su base desde hacía meses gran parte de las fuerzas federales.

Una vez arrasada Villa Hidalgo y arrebatada a los gubernamentales, los cristeros marcharían sobre la ciudad de Aguascalientes para hacerla suya. El objetivo último de todos aquellos movimientos era aproximarse  lo más posible a Guadalajara y atacarla tras apoderarse de la Capital Hidrocálida.

Cerca de la ciudad de Zacatecas, Carlos Domingo se abasteció de parque y víveres. Con su infantería de a pié marchó al fin sobre el rumbo de la ciudad de Aguascalientes. En Villa Hidalgo los federales ya sabían que la infantería cristera se dirigía a paso veloz hacia ellos y se dispusieron a la defensa. Ignorando que una caballería de más de cuatrocientos jinetes comandada por Quintero remontaba la Sierra de Morones para caerles por la espalda.

Los dos ejércitos se encontraron un domingo de semana santa  por la mañana, mientras la población de Villa Hidalgo aún dormía.

Carlos Domingo organizó una poderosa falange de ciento cincuenta lanceros indígenas: nahuatls de los bosques de Colima, huicholes y tepehuanos de la Sierra de Jalisco y Durango, quienes serían los primeros en embestir a las fuerzas federales. Armados con prolongadas estacas  de más de dos metros, talladas en el tronco de forzudos robles y pinos nacidos en la Sierra Wixárika.

Aquellas falanges indígenas emulaban, sin saberlo, las unidades macedonias que otrora siguieron a Alejandro Magno rumbo a Oriente.

Los lanceros huicholes y tepehuanos arrojaron una lluvia proyectiles sobre las primeras filas del ejército federal. Así comenzó la batalla. Luego embistieron con una segunda y tercera lanza portada por ellos, empalándolos igual que mariposas o escarabajos disecados. Actuando de manera semejante a un solo  y mortífero puercoespín.

El resto de la infantería cristera se dividió por órdenes expresas de Domingo, saltando tras una señal del anciano líder sobre ambos flancos de las tropas federales.

Una vez producido el primer y el segundo impacto entre ambos ejércitos, el cual no resultó en absoluto suave para los federales y agraristas, Carlos Domingo, quien se encontraba al frente de los lanceros, ordeno a sus falanges indígenas retroceder. Haciendo creer al gobierno que se batían en retirada, ilusionándolos con un triunfo que no sería más que una trampa asesina.

Ingenuos, los federales empujaron más y más a las filas cristeras, sin darse cuenta que al hacerlo, quedaban envueltos por el abrazo letal de las fuerzas del centauro. Perdiendo también su formación y desordenándose gradualmente conforme avanzaban, creyendo hacer retirarse a los cristeros.

A los cuarenta y cinco minutos de iniciada la lucha, la caballería liderada por el brujo rarámuri emergió de las montañas de Morones para arrasar la retaguardia obregonista. Sus jinetes iban semidesnudos, ataviados con plumas, penachos y pintura de guerra. Podían arrojar una flecha tras otra desde sus jamelgos o disparar sus rifles al mismo tiempo que sus monturas se desplazaban a gran velocidad, confundiendo a los federales y penetrando sus filas. Atinando en plena marcha con sus dardos y mosquetes. Muchas de sus saetas habían sido mandadas ungir  con veneno de víbora de cascabel y coralillo por el brujo. Así es que si no mataban a los federales al atravesarles el corazón, lo hacían tras herirlos, intoxicándoles la sangre y el cerebro con su veneno reptil. Paralizando sus miembros y asfixiándolos al frenar con violencia sus funciones vitales.

Carlos Domingo volvió a la carga junto a sus lanceros. Con las astas por delante, las falanges cristeras embistieron de nueva cuenta a las tropas obregonistas. La infantería cristera presionó desde los flancos, envolviendo y oprimiendo al ejército del gobierno.

En minutos, el ejército del presidente Álvaro Obregón había sido rodeado por completo por la desaforada masa rebelde.

No tardarían más de una hora y media en encontrarse ambos líderes indígenas en el centro de un campo de batalla humedecido con los restos enemigos, alfombrado con los cuerpos, la sangre y las vísceras de dos mil federales masacrados.

12

Dimitri hundió su rostro en la cabellera perfumada y frondosa de la viuda. Precipitándose en una selva sin nombre, ni vereda alguna, ni salida. Aspirando el hálito de la piel en su cuello. Dejando rodear su nuca con aquellos brazos desnudos. A la vez que la envolvía a ella por la cintura bajo el ritmo atípico de una pieza de fox trot.

Se mecieron largamente a la luz de un salón de sociedad. Dimitri nunca asistía a lugares de esa naturaleza, no sólo porque le provocaban aversión, sino porque prefería invertir sus pocos recursos en libros, discos de acetato y comida. Sobre todo debido a que hasta antes de publicar su primer libro, siempre fue demasiado pobre y por demás tímido.

Esa tarde las hijas se quedaron en casa de una amiga. La viuda las envió con el consentimiento de ellas.

Lo esperaba sola, sentada en el sofá de su sala. ¿A quién impartiría Dimitri la sesión de literatura ese día? Realmente eso no importaba. En realidad la clase sería recibida más bien por el joven mexicano. ¡Le urgía!

-¿Quiere ir a tomar un café conmigo?

Preguntó Edna a un Dimitri por demás desconcertado y sorprendido.

Balbuceó un “me encantaría” salido de su boca sin abrir los labios en lo absoluto. La viuda captó sin dudas el sí lanzado por el escritor.

No sólo se sentaron en una terraza a beber té y pastel, sino que la viuda lo jaló hacia uno de los salones donde se ofrecían tardeadas con música en vivo, cantantes, bebidas y tapas. Era un ambiente festivo que hacía sentir a la gente como invitados a una celebración familiar, aunque en realidad pocos se conocían entre sí. O fingían no conocerse. Se bebía, bailaba y comía sin cesar, importando poco quien se encontraba al lado junto a la querida o la amante en turno.

El baile no consistía más que en un pretexto para abrazarla y estar cerca de ella. No importaban en lo absoluto los ritmos y músicas europeas tan de moda en España. La música que gustaba a Dimitri eran las viejas canciones rancheras compuestas durante el siglo diecinueve en su país, la mayoría de las veces por autores anónimos quienes no pretendían hacerse famosos ni ricos con sus  guitarras y melodías.

De niño aprendió a tocar la flauta de modo autodidacta, de la misma manera que sin guía ni tutor alguno había aprendido a redactar cuentos y novelas cortas desde los siete años. Sin ninguna escuela más que la lectura incansable de los escritores clásicos a quienes pretendía imitar.

Con su pequeño instrumento atraía a las ovejas y a los perros pastores del rebaño, los cuales gustaban de sus delicadas melodías.

Con la flauta interpretaba las humildes obritas que le eran tan entrañables, como La Adelita, Cielito Lindo, La Feria de las Flores. Bastándole aquellas piezas sencillas producidas por su pequeña flauta para alegrarse en su interior. Aventurándose de vez en vez con algo de Beethoven  o Mozart que aprendió de los curas en Totatiche en su época del seminario.

En Europa descubrió a Bach y le fascinaba interpretar  Tocata y Fuga, cuya versión le costó mucho esfuerzo lograr. Uno de sus compañeros de la Normal le descubrió unas partituras escritas por Nietzsche en sus pocos momentos de lucidez que lo fascinaron. Aunque ni siquiera soñaba en ponerse a tocar aquella música extraña e inquietante con su modesto instrumento.

Pero en esta ocasión la cintura de la viuda era su flauta o su clarinete más agradable y preciado, y sus movimientos, la música más sensual que su ser captara nunca antes.

Tomaron una bebida portuguesa servida en las rocas cuyo nombre Dimitri jamás escuchó mencionar y mucho menos pudo memorizar. Tenía un sabor a hierbabuena en extremo dulce que lo empalagó y un elevado grado de licor que se le subió hasta la frente. Al punto de desinhibirlo y hacerlo apretarse aún más hacia el cuerpo de la española.

Caminaron cogidos de la mano, sin saber cuándo se entrelazaron sus dedos de regreso al apartamento. Dimitri quería hacer algo, pero no se atrevía, hasta que la viuda lo tomó del cuello con cierta violencia y acercó su rostro a los labios del joven para devorárselos con un beso.

Aprendieron a hacer el amor, no sólo por la inexperiencia y el desconocimiento casi absoluto del mexicano, sino también porque la viuda llevaba más de dos años sin estar con ningún hombre. Dimitri osciló con ferocidad desde la inhibición sexual completa y la impotencia total debida a la timidez, hasta las volteretas interminables, rodando sobre el cuerpo de Edna y ella sobre él. Comiéndose los cuerpos el uno al otro, bebiendo sus fluidos y secreciones, penetrándose mutuamente por la boca, el sexo, el ano y los poros.

Las sesiones de español y latín se postergaban sin razón. Dolores y Azul debían salir por órdenes expresas de la española a visitar a alguna nueva tía o amiga  y perderse durante toda la tarde.

Al terminar las jornadas de precioso sexo, Dimitri le interpretaba infinitas melodías en su flauta, desnudo, cerrando sus ojos, concentrado y soplando sobre el instrumento mientras la viuda le escuchaba boca abajo sobre las sábanas. Sin ropa en lo absoluto, el culo compacto y henchido mirando hacia el techo, el rostro descansando sobre la almohada, adormecida en un trance hipnótico con aquel instrumento celestial.

13

Resultó de un modo tan natural que la viuda lo presentara ante sus amistades como su novio y al poco tiempo como su prometido, pues pasaban siempre todo el tiempo juntos. Leían, hacían el amor, caminaban junto con las niñas, escuchaban a Dimitri interpretar una nueva pieza en la flauta o comían acompañándose.

El mexicano prácticamente se había ido a vivir al apartamento de las mujeres. Escribía sobre su mesa y desayunaba con ellas, conversaban hasta que se llegaba el otro día y se reían los cuatro de cualquier cosa. Y cuando se quedaba a dormir encerrado en la habitación de la viuda, las chicas ya ni se sorprendían. También les leía lo que iba escribiendo y escuchaba sus comentarios al respecto.

Aquellos últimos meses en España fueron de los mejores que el triste pastorcillo viviera hasta ahora, sintiéndose por primera vez tan bien con aquellas mujeres, considerándolas más que su familia.

De su hermano, aunque lo hería ocasionalmente el recuerdo de su cabeza esperándolo en alguna parroquia del Norte de Jalisco, la verdad es que se detenía poco en su recuerdo gris. Con Margarita su madre eran aún más raros los minutos dedicados a meditar en su imagen. Los meses se hicieron casi un año más viviendo fuera de su país. En total dos años en el exilio voluntario fuera de Sánchez Román y lo más lejos posible de su familia.

Firmaron el acta de matrimonio civil con sus nombres: Dimitri Dávila y Edna Ituarte, en el momento que la española tenía ya dos meses de embarazo. Era imposible que con aquellas sesiones extenuantes de sexo en las que el mexicano terminara y eyaculara hasta dos o tres veces en las entrañas de la española, no aparecieran antes los síntomas de la preñez.

El escritor tenía muchos planes y estaba contento a pesar de todos los acontecimientos ocurridos en México. La Guerra Cristera estaba en su apogeo, parecía por momentos que los cristeros ganarían la partida al gobierno. El tema de aquella guerra le atraía inspiradoramente para comenzar una nueva obra. Su primer libro se vendía bien en el viejo continente, muy pronto lo traducirían al portugués y al italiano, brindándole nuevas regalías y recursos financieros para sostener a su familia.

Por primera vez en más de dos años fuera de México, volvió a sentir la necesidad de volver a su país. Al fin y al cabo ya no era el mismo sujeto inseguro, reprimido y temeroso que dejara el pueblo natal. Ya era un escritor de cierto prestigio, estaba casado con una atractiva mujer que lo quería, tenía dos hijastras no menos hermosas y pronto sobrevendría un nuevo hijo. Si regresaba a México con su familia, pensaba, no se quedaría mucho tiempo en Sánchez Román. Recorrería la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas recopilando testimonios, tomando apuntes y entrevistando informantes para escribir su nuevo libro. Probablemente se marcharían al poco tiempo, ya sea a la capital de Zacatecas o a la misma Guadalajara con el fin de iniciar una vida diferente. Siempre y cuando la situación en el país lo permitiera. Planeaba y meditaba sin cesar el joven escritor.

No tardaron en abordar un carguero rumbo a América, con destino a Veracruz, llevando su nueva familia, sus libros, su flauta y un nuevo miembro en gestación.

-¿De ónde sacaste esa gachupina?

“Gachupina”

Preguntará la India Margarita con un resentimiento arcaico.

Al mirar por vez primera a Edna, la anciana revivirá en su interior antiguas querellas y guerras perdidas, protagonizadas por sus ancestros caxcanes contra los españoles. Un caudillo indígena llamado Tenamaxtli se rebeló contra los conquistadores por los años de 1600. Apedreando y asesinando a muchísimos europeos. Dicen que la corona española  mandó a más de cien mil soldados peninsulares y guerreros tlaxcaltecas desde el centro de México con el fin de sofocar la insurrección. Diez años de guerrillas, masacres, linchamientos y hambrunas. Al final los caxcanes serían derrotados gracias a la fiereza de los indios tlaxcaltecas. Un triunfo de indígenas sobre indígenas, para beneficio de los conquistadores.

Edna encarnará la belleza y elegancia de los jinetes europeos, ataviados con sus armaduras y trajes de metal. Españoles castellanos, gallegos, vascos y catalanes. Detestados hasta la muerte, también amados y deseados en secreto por los indios de Zacatecas.

Al principio las españolas temerán  a Margarita por sobre todas las cosas. Luego se acostumbrarán a vivir en la misma casa que aquella indígena morena, arrugada y fría. Las niñas dormirán en la recámara que fuera de Juan Pablo, mientras que Dimitri y Edna se quedarán en el cuarto que fue del escritor desde la infancia.

-¿Ti casaste a la iglesia, Carajo…?

Volverá a cuestionar Margarita en repetidas ocasiones.

Lo llamaban “Carajo”, ella y Juan Pablo cuando querían humillarlo.

-¡No mamá…! ¡Por Dios…! ¡No…!

Responderá Dimitri, inseguro y dubitativo.

-¡Tónces tu unión no fue sellada por Dios…!

-¡No me importa…!

Balbuceará a penas el escritor. Sin atreverse aún a confrontarla ni a defenderse de ella.

La indígena permanecerá la noche entera despierta, parando oreja desde el petate en el rinconcito pelón que consistía su paupérrimo dormitorio. Escuchando el resuello y los jadeos producidos por los amantes desde el cuarto de su hijo.

En delante, en todo Sánchez Román, la española y sus hijas serán conocidas como “las gachupinas”.

14

A tan sólo nueve kilómetros de la ciudad de Aguascalientes, prácticamente a las puertas de la Capital Hidrocálida, cristeros y gubernamentales se encontraron de nueva cuenta.

Para entonces, aunque Plutarco Elías Calles ganaba en apariencia unas elecciones democráticas en México, Álvaro Obregón continuaba gobernando el país desde su oficina privada. Centralizando el poder militar, jurídico, económico y social alrededor de su persona. Nada raro en este lado del mundo desde el inicio de los tiempos. Calles no era más que un simple vasallo  quien rendía cuentas al dictador.

Empero, no todo resultaba tan sencillo para Obregón y sus secuaces. Carlos Domingo y las fuerzas cristeras parecían invencibles. Ahora se preparaban para lanzarse sobre un nuevo objetivo. Si no se les detenía cuanto antes, acabarían apoderándose de Guadalajara, la ciudad más importante del Occidente de México. Si lo conseguían, se encontrarían muy cerca de echar a Obregón y su gente definitivamente, y destronar al gobierno de un golpe.

Para entonces, Obregón mandó reunir en Aguascalientes a la élite de sus seguidores, junto con el mejor armamento a su disposición. En las sombras, el dictador también negociaba con la Iglesia Católica Mexicana y su insuflada élite clerical. No tardaría en llegarles al precio para obligar al ejército cristero a rendirse, una vez comprados los curas y ordenado el desarme por parte de los párrocos y obispos.

Los obregonistas contaban con el mejor armamento a su disposición. Hasta la ciudad de Aguascalientes fueron llevados treinta cañones y doce ametralladoras, con las cuales se hizo picadillo al ejército de Dorados de Pancho Villa algunos años antes.

Por su parte, el ejército cristero engrosaba sus filas día a día, no sólo con voluntarios católicos, sino con hordas de indios y campesinos de la más humilde ralea. Contingentes indígenas provenientes de los más diversos grupos étnicos del país. La Guerra Cristera se perfilaba cada vez hacia una guerra de castas semejante a la Lucha de Independencia que abanderara el cura Miguel Hidalgo poco más de cien años atrás.

Desde hace mucho tiempo, la Guerra Cristera dejaba de ser un movimiento religioso, para convertirse en un conflicto social de gran envergadura. El grueso de los grupos más pobres y olvidados de México se enfrentaba contra una élite de ricos, latifundistas, hacendados y presuntos revolucionarios, quienes pretendían gobernar el país a sus anchas y gusto. Era evidente que la Revolución Mexicana no había tocado los derechos de bastantes familias enriquecidas sobre la base de la explotación de los pobres desde siglos atrás. Una élite de pseudo-revolucionarios era cómplice de un sistema social que cambió muy poco desde la época colonial. Un grupúsculo de revolucionarios gobernaba apoyando a los ricos, liderados por Obregón y coludidos con latifundistas y hacendados.

Con el fuego de las mismas ametralladoras que despedazaran a los hombres de Pancho Villa, fueron recibidos los cristeros en Rincón de Romos, comunidad demasiado cercana a la ciudad de Aguascalientes.

David Quintero y parte de la caballería cayeron primero, pretendiendo flanquear a las fuerzas gubernamentales, sorprendidos en plena estrategia y arrasados con un fuego imparable. Perdiéndose sin remedio.

Las falanges y la infantería cristera fueron rechazadas en dos ocasiones. Se trataba de un ejército de veteranos militares financiados por Álvaro Obregón, quienes lucharon contra Porfirio Díaz, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Victoriano Huerta. De ningún modo los cristeros se enfrentaban a los mismos  pelones y mal comidos soldados agraristas, a quienes aplastaron con anterioridad.

Carlos Domingo reunió a sus dispersas fuerzas y les ordenó la retirada

Las tropas de élite de Obregón los persiguieron durante todo un día, picándoles los talones sin descanso y causándoles más bajas en la refriega y la huida. Hasta que los cristeros atinaron a refugiarse en la seguridad de los cañones de la Sierra de Morones. Los cuales eran de su dominio absoluto.

En la Sierra, el centauro huichol reorganizó sus fuerzas, mandó curar a los heridos, recogió a los rezagados y escondió parte de los víveres y el parque que le quedaban.

Bajo el ímpetu de su triunfo, los obregonistas acamparon en el fondo de un acantilado, confiados en que los cristeros ya no representarían peligro alguno tras aquella derrota.  Brindando la oportunidad única al líder indígena de emboscarlos y sepultarlos en aquel sitio.

A los dos días, a las tres de la mañana, algunos de sus mejores hombres se infiltraron en el campamento federal. Los emisarios de Carlos Domingo se colaron disfrazados de gubernamentales, confundiéndose en las sombras, bajo la tenue luz de una luna menguante. Prendieron fuego a sus tiendas, incendiaron sus carretas, armas y enceres, blandiendo fugaces antorchas impregnadas con manteca y resina.

Caos y confusión cundieron por entre los obregonistas. Una vez a salvo sus incendiarios emisarios, Domingo mandó llover  una tormenta de flechas, balas y pedernales, arrojados por sus indios y mestizos, quienes se habían apostado en las rocas, en las cumbres de aquellos acantilados que rodeaban el campamento enemigo.

Se escuchaban alaridos ensordecedores provenientes de los asustados federales. La lluvia de balas, piedras y saetas encendidas cayó durante más de una hora. Matando a muchísimos gubernamentales, achicharrándolos, hiriéndolos o lisiándolos, incendiando sus equipos de guerra.

Al amanecer, los cristeros cayeron sobre el diezmado campamento del gobierno. Un contingente de 80 guerreros a caballo, sobrevivientes  de la caballería liderada por Quintero, se abrió paso a través de las maltrechas filas del gobierno, asesinando y dividiendo al ejército enemigo en dos. Vengando al brujo rarámuri quien los comandara.

Las falanges indígenas emergieron de entre las rocas donde se escondían y formaron un solo erizo mortal que ahora sí logró embestir a los obregonistas, empalándolos, pisando a los caídos y arrojando sus proyectiles sobre los que ya huían.

Los cristeros no conseguirían aniquilar del todo a las tropas federales en aquella ocasión, pero sí los expulsarían en definitiva de las montañas de Morones. Haciéndolos huir derrotados hacia Aguascalientes y de ahí mandándolos de regreso a la Ciudad de México. Confiscándoles dos cañones, tres ametralladoras y más de doscientos caballos.

Carlos Domingo reunió de nueva cuenta a sus hombres, exhaustos pero felices y ebrios con el triunfo. Marchó junto con ellos rumbo a la Sierra Huichola, de regreso al Norte de Jalisco, donde se encontraban su bastión y su fortaleza sagrados.

15

Dimitri avistó a los  cristeros por primera vez en su vida cuando descendieron de la Sierra de Morones hacia el lado de Zacatecas y pasaron junto a Sánchez Román.

Había escuchado muchas historias sobre ellos. En el mundo entero se conocían las victorias anotadas por el centauro huichol para el bando cristero. Aquellos hombres le causaban admiración y también pesar, al hacerle recordar a su hermano muerto.

Las tropas lucían famélicas, desnutridas y desarrapadas. Habían luchado y sufrido demasiado. El pueblo entero se congregó a las afueras de Sánchez para entregar alimentos, ganado, oro y sacos de cereales al ejército de Carlos Domingo. Los cristeros iban de paso, pues luego marcharían con rumbo a Huejuquilla el Alto y más tarde se internarían en la Sierra Huichola para rearmarse.

De la Sierra del Norte de Jalisco habían partido y a ella regresaban para fortificarse de nueva cuenta.

La anciana indígena, madre de Dimitri, preparó tortillas, frijoles y chile con sus propias manos durante dos días sin descanso, para dar de comer a los extenuados y hambrientos hombres que acamparon en las afueras de Sánchez Román.

Dimitri observó a Carlos Domingo, sin dejar de estudiarlo ni estar interesado en él. Pensaba redactar una nueva novela con los retazos de historias y testimonios que le contaban los sobrevivientes y testigos de la guerra. También admiraba la fuerza y vitalidad del centauro, sorprendido con su envergadura a pesar de la avanzada edad. Al contemplarlo, no evitaba la tentación de crear un personaje literario semejante a aquel líder indígena. Carlos Domingo representaría un personaje ineludible en la historia que contemplaba ponerse a escribir.

Meditaba largo y tendido sobre una nueva trama durante buen tiempo antes de ponerse a escribir. De inicio trabajaba solo mentalmente las ideas para sus nuevos libros. Podría decirse que durante meses, prácticamente escribía en su mente toda la historia antes de sentarse sobre su escritorio a redactar.

Se sentía confundido con la idea de estar planificando una nueva obra, al mismo tiempo que el tema de los cristeros le causaba muchísimo pesar, pues le recordaba a cada minuto a su hermano Juan Pablo. Por encima de todo sabía que su deber ineludible como escritor era escribir. Su oficio y su carisma como artista le dejaban cada vez menos opción. De paso, intuía que la exploración de la Guerra Cristera como tema de su novela, le ayudaría de un modo u otro a exorcizarse de culpas, rencores, dolor y sobre todo de la presencia de Juan Pablo.

Estaba obligado a recoger la cabeza de su hermano en Huejuquilla el Alto, cosa para la que de ningún modo encontraba el valor aún. ¿Pero de no ser él quien fuera, quién más marcharía por los tristes restos de Juan? ¿Quién más si no su propio hermano? Se repetía Dimi como obseso.

-¡Tienes qui irte con ellos…! ¡Debes recoger a tu hermano…!

Ordeno Margarita.

La idea de cargar con la cabeza de Juan Pablo a cuestas le producía un horror  insostenible al siquiera imaginarlo. Experimentaba por otro lado tristeza y desilusión de sí mismo al no encontrar el valor para cumplir tal misión.

No podía negarse a lo que su madre le exigía. Margarita lo hacía sentir como si les debiera demasiado.

No sin preocuparlas, dejó a Edna y a las chicas en la casa materna y marchó sobre las ancas de una mula, siguiendo la retaguardia de una fila de soldados cristeros que ya remontaba el camino de la Sierra. Llegarían de paso por Huejuquilla el Alto, en el Norte de Jalisco, antes de perderse en los confines de las Montañas Wixaritaris.

Al despedirse, la gachupina lo abrazó y besó ardorosamente, queriendo arrancar los labios del muchacho con su boca. En el  vientre de Edna se agitaba la vida gestada por el amor de ambos. El embarazo hacía lucir a la viuda cada vez más luminosa, más hembra, crecientemente más mujer. Gustando  y embrujando al joven escritor en medida creciente y paralela al desarrollo de su belleza.

A lomos de su mula, Dimitri giró el cuello para mirar a Edna a la distancia antes de desaparecer de su vista. Las mujeres le decían adiós desde lejos, agitando las manos. La española y sus hijas lo hacían regocijarse nada más con el preciado espectáculo de su presencia.

Volvieron a él los ánimos al sentirse apoyado y amado por ellas. Debía cumplir con aquella misión, aunque no le agradara. Ahora tenía muchas razones para continuar viviendo y luchando, tenía una familia y su propia obra literaria. Poseía una seguridad absoluta de que de un modo u otro regresaría a su pueblo sano y salvo.

Se perdió tras los últimos jinetes que se hundieron en la espesura del monte.

16

-Le pido de favor brindar santa sepultura con todos los honores a este soldado. Mándele oficiar unas misas. El muchacho se comportó tan valiente como cualquiera de mis hijos…

Pronunció secamente Carlos Domingo. Fue lo único que el centauro dijo antes de retirarse. Extrajo varios billetes de la bolsa de su camisa y los ofreció al joven escritor. El dinero serviría para pagar los servicios fúnebres de un cura, aunque por entonces las celebraciones se efectuaran en alguna casa o escondrijo y no en el templo. Pues el culto público había sido prohibido por el gobierno. Las iglesias seguían cerradas bajo órdenes oficiales desde hace más de tres años.

Dimitri se negó a aceptarlos, si algo podía hacer por su hermano a éstas alturas, era solventar él mismo los gastos del sepelio. El anciano líder sonrió a Dimitri y se dio la vuelta para dirigirse hacia su castrado. Pronto sus unidades estarían de nueva cuenta en movimiento para internarse en el monte.

Lo último que pensó antes de verlo partir, no fue en el dolor y pesar por la pérdida de Juan Pablo. Pérdida en la que extrañamente y gracias a su nuevo proyecto literario, cada vez inquiría menos. Sino en el deseo de escribir un nuevo libro, una novela sobre la Cristiada, en la que un caudillo como Carlos Domingo y sus seguidores, serían los personajes centrales.

El capellán de la catedral le entregó un costal de yute, cuyo contenido apenas pesaba. Lo habían extraído a hurtadillas de abajo de una losa del altar.

Comenzó a temblar y transpirar sin descanso. No se atrevía por nada del mundo a abrir aquella bolsa, mucho menos a mirar su tétrico contenido.

Le sorprendió lo liviano de su peso, como si fuera de papel, acaso cascaron de huevo secado. Habían transcurrido casi dos años desde la muerte de su hermano y los restos se conservaron expresamente para ser recogidos por sus parientes y luego sepultados. Para entonces, aquellos despojos se encontrarían por demás tristes, secos y deshidratados. Apenas se parecerían a los hombres que los portaron en vida. Pensó Dimitri.

Observó al ejército cristero remontar la Sierra Huichola y perderse por entre los robledales y bosques de pinos de Huejuquilla. Su siguiente parada sería Santa Catarina, una comunidad plenamente indígena donde acamparían algunos días. Más tarde marcharían hacia Popotita, un ranchito ubicado al pié de un inmenso acantilado, en los confines de la Sierra, hogar de Carlos Domingo. Ubicado en las fronteras entre Nayarit, Jalisco y Durango.

Sería la última vez que se viera unificado al ejército cristero. La Iglesia Católica, comprada por Calles y Obregón, no tardaría en ordenar el desarme forzoso a todos los rebeldes. La rendición absoluta sería negociada en las sombras por los políticos y las altas esferas clericales. Al parecer, el dictador llegaría al precio a la élite eclesiástica. Obispos y cardenales anunciarían que la lucha finalizaba, el culto se reanudaba de manera normal, cual si nada hubiera pasado. Los cristeros estaban obligados a entregar sus armas y regresar a sus casas y ranchos cuanto antes.

Así como así.

Ningún político, ni obispo ni cardenal, pensaría de ningún modo jamás en la sangre derramada por tantos campesinos e indios a lo largo de aquellos años, ni en su lucha en pos de un sistema social más equitativo y humano. El Sistema Político Mexicano continuaría con más de lo mismo hacia un futuro  de nación incierto y triste. Ganancia de políticos, burgueses, latifundistas, agraristas y hacendados. Obviamente también para las altas esferas de la iglesia, cómplices y beneficiarias de aquella negociación.

Dos años más tarde moriría Carlos domingo de viejo, atrincherado en la sierra, rodeado de algunos de sus nietos y seguidores más aguerridos.

17

A lomo de su mula, Dimitri sintió las cabezas moverse al interior del costal. Parecían estar vivas, como si se trataran de ardillas o gatos rabiosos prisioneros en aquella bolsa. Revolviéndose y luchando por escapársele.

Fue la primera vez que presintió errores en su propio juicio y profundas confusiones en su mente.

Mientras cabalgaba continuó transpirando sin cesar. Algo raro ocurría con su organismo y su mente. Al colocarse la mano en la frente, se percató que su cuerpo hervía, por demás caliente y húmedo. Las cosas parecían no andar bien.

Para intentar tranquilizarse, extrajo del morral de lana su diminuta flauta dulce que siempre le acompañaba y entonó suavemente Cielito Lindo para alegrar su marcha. No logró la calma, a pesar de los esfuerzos por relajarse. Intentó con el Himno a la Alegría de Beethoven. Pronto la melodía se distorsionó de modo desgarrador, pues sus nervios hacían temblar sus labios y flaquear su aliento, impidiéndole interpretar su flauta con la misma soltura de siempre. Produciendo un sonido fantasmagórico que lo alteró aún más.

Al caer la noche, se le aparecieron sombras que bailaban y se ocultaban burlonas en el bosque apenas las percibía su mirada. Espiándolo y pareciendo reírse de su condición crecientemente debilitada.

Una de aquellas sombras malévolas se lanzó sobre su humilde montura, espantándola. No era un ser humano, quizá se tratara de un duende o un pequeño demonio habitante de los robledales de Monte Escobedo, donde ya se encontraba mientras avanzaba de regreso a Sánchez Román.

Los campesinos e indios los conocían también y los nombraban alushes o diablillos desde que él era niño

Aquel duendecillo oscuro e informe se coló entre las patas de su montura, haciéndola revirar de terror. Lanzándolo dolorosamente contra las piedras y el lodo junto con el saco de yute, los restos de su hermano y las pocas pertenencias que llevaba.

Dimitri profirió un alarido de espanto al mirar a aquella criatura del Inframundo, un alushe o duende prehispánico, quien le sonrió descarado antes de desaparecer por entre los árboles. Mostrándole una boca con cientos de dientes puntiagudos y amarillentos, arrojándole un aliento irrespirable de éter, azufre y mierda. La sombra se perdió juguetona en el bosque, luego de derribarlo, emitiendo agudas carcajadas, no sin antes sonreírle de nueva cuenta. Aquel sigiloso duende indígena, quien luego se desvaneció en la floresta.

Los campesinos contaban historias sobre los alushes o diablillos, habitantes de la Sierra desde la Noche de los Tiempos. Ahora Dimitri los conocía de primera mano. Se decía que sabían enloquecer a los hombres y hacerlos  perderse en el bosque. Los indígenas también los nombraban  chaneques o duendes diminutos. Solían dejarles parte de su cosecha  como ofrenda para asegurarse un buen término en sus cultivos. La gente del campo acostumbraba decir que preferían tenerlos como aliados, ofreciéndoles comida y regalos, que como enemigos en su contra.

Las cabezas de los difuntos saltaron de su saco. Dimitri se vio obligado a descubrir la expresión tranquila con la que muriera Juan Pablo, en contraste con su propio rostro, aterrorizado y trastornado. Apenas se distinguían los rasgos faciales de su hermano, desfigurados con el paso del tiempo, el polvo y la sal.

Cogió la cabeza de Juan, atinando a guardar velozmente su flauta en el morral. Corrió, intentando escaparse de los chaneques y duendes que le perseguían.

Contempló a su mula perderse a toda marcha, huyendo desquiciada, relinchando y piafando entre los robledales. Los alushes y chaneques no tardarían en atacar y hacer suyo al pobre animalito enloquecido.

Dimitri continuó corriendo por el bosque, la cabeza de Juan envuelta en su propia camisa. La sentía revolverse junto a su vientre, tirarle mordidas al estómago, sacudirse, girar y gritonear enojada. La escuchó hablar y vociferar frases hirientes. Llamándolo “Carajo”. Maldiciéndolo hasta la eternidad, reclamándole el no apoyarlo durante la guerra, el abandonar a Margarita y al rebaño en su pueblo.

Al no soportar aquellos insultos y humillaciones, Dimitri se animó a arrojar la cabeza contra un roble, haciéndola fracturarse el cráneo descalcificado. Luego se desplomó exangüe sobre el suelo.

Extrajo unos cerillos de su viejo morral. Encendió una hoguera bajo aquel árbol y sin pensarlo, presa de impulsos desconocidos, quizá poseído por la voluntad de aquellos duendes  y chaneques oscuros, tan temidos por los indios y rancheros de la región, depositó en el fuego la cabeza de Juan Pablo.

Un aroma a carroña y carne humana calcinada se desprendió a lo largo de aquella parte del bosque. Las sombras se congregaron de nueva cuenta alrededor de Dimitri, tal vez asustadas ante aquel espectáculo lúgubre e indescifrable hasta para ellas mismas. Quizá alegrándose al ser partícipes de aquel delirio irrefrenable y macabro.

El alushe o duende quien lo derribara de su mula, se aproximo hacia él por segunda ocasión, divertido. Mostrándole una boca inmensa y poblada de dientes, sonriendo. Era el líder de aquellos seres del Averno.

“Cómetela….”

Pareció ordenarle aquel demonio enano y mal intencionado.

Dimitri obedeció sin dudarlo, las manos temblorosas, la mirada poseída por voluntades de otro mundo. Introdujo sus dedos largos en los cuencos del cráneo, extrayendo los ojos grisáceos y disecados de Juan, que en vida tanto lo acusaran y reclamaran. Los mastico sin pensarlo, encontrando un sabor acre, salado, casi agradable.

“Continúa….”

Pronunció el alushe fascinado con el espectáculo.

Lo rodeaban cientos de sombras animadas y perversas, gozando con aquella escena, divertidas y frenéticas, excitadas con lo que apreciaban sus infernales ojillos, aplaudiendo y vociferando insultos horribles y diabólicos en antiguas lenguas impronunciables por los hombres. Nutriéndose con las interminables escenas de aquel delirio caníbal.

Arrancó el cuero cabelludo, lo limpió de las greñas resecas y chamuscadas que aún le quedaban. Se atragantó con él. Masticó las mejillas y la boca requemada de su hermano. Tragó todo, hasta devorar por completo la carne secada que rodeaba el cráneo. Dejando tan sólo los tejidos más duros e incomibles.

Finalmente arrojó los huesos sobrantes sobre la hoguera, atizándola y avivándola aún más con los desperdicios y echando más leña. Las llamas se elevaron tres metros, consumiendo lo que quedaba de su hermano, sin dejar rastro del cráneo, los maxilares y las quijadas restantes. No dejando más que cenizas y polvo de lo que alguna vez fue  Juan Pablo.

La mente se le atrofió aún más, perdió contacto con el entorno circundante. Todo le dio vueltas. Unas nauseas insoportables emergieron de sus entrañas, impeliéndolo a vomitar. Devolvió la totalidad del contenido de su estómago sobre el suelo, hasta quedarse vacío y desvanecido.

Perdió el conocimiento, abandonándose por completo a las intenciones de aquellos seres que solían hacer perderse a los hombres y tanto se evadían de Dios.

Se desplomó una vez más, quedando a merced de aquellas entidades, duendes, alushes y chaneques. Quienes apenas tuvieron la oportunidad, se precipitaron con voracidad sobre su ser, cubriéndolo todo con el hielo de su noche.

18

A los dos días lo llevaron unos arrieros hasta Sánchez Román, la ropa hecha girones, semidesnudo, enflaquecido, mugroso e incapaz de pronunciar palabra alguna. Por suerte lo habían encontrado tirado en el bosque, inconsciente, deshidratado, mudo, confundido y muerto de hambre. Decían que se había vuelto loco.

La española y sus hijas corrieron a abrazarlo y envolverlo en un zarape. Pronto lo llevaron al interior de la casa, lo lavaron, cambiaron sus ropas, lo alimentaron y le dieron de beber.

El cariño proporcionado por las damas no tardaría en curarlo.

Gradualmente se fue recuperando, aunque seguía sin poder pronunciar ni una palabra.

Logró sonreír dificultosamente en cuanto descubrió a Edna, a Azul y a Lola  a su lado. En delante las mujeres conseguirían alegrarlo hasta en las circunstancias más horribles y en los peores infiernos de su vida.

Margarita era un hielo, una montaña de muerte y amargura que lo miraba acusadoramente.

-¡¿¿Dón tá tu hermano….??!  ¡¡Lo abandonaste…. idiota…!! ¡¡Dejaste solito a mijo… Cabrón, inútil…!!

Interrogó e insultó la india, llena de odio y rencor.

Lo detestaba como siempre, con un odio antiguo proveniente de tiempos más viejos aún que las vidas de ella y de sus hijos. Un odio del cual, en cierto modo, ella no era del todo responsable y al cual tampoco comprendía. Odio, resentimiento y veneno cuyo origen se remontaba a la época de sus ancestros caxcanes, cuyas revueltas y fieras luchas no podrían liberar su a pueblo de la esclavitud, la muerte y las enfermedades traídas por los conquistadores españoles. De aquellos insaciables europeos a quienes los indios abominaban y al mismo tiempo consideraban hermosos, como divinidades blancas sobre sus monturas. A los que, a pesar de desear su muerte con todo el corazón, secretamente anhelaban también arrancar de sus jamelgos para poseerlos y acoplarse con ellos, procreando una nueva raza, híbrida y guerrera.

Margarita inyectaba con su mirada un veneno de animal ponzoñoso. Pareciendo ser lo único que conocían sus ojos desesperanzados y perversos. Lo hacía sin conocer la causa de sus acciones. Ignorando ser más que el instrumento de una fuerza maligna y arcaica que la perseguía desde antes de llegar a este mundo, originada en épocas inmemoriales, trascendiéndola hasta el infinito. Un veneno lejano y arquetípico que no tardaría en matarla a ella misma al ser  su portadora.

Dimitri se irguió desde su petate en el suelo, donde yacía recostado, encarándola por primera vez sin miedo, mirándola con unos globos oculares desorbitados e inflamados. Ojos de loco y de diablo. Mudo y aguerrido por encima de todo. No había respuesta para su pregunta. Los rastros y el recuerdo de Juan Pablo quedaron borrados para siempre. Pero no su memoria, que sería rescatada en un libro próximo, extraído de su mano.

Margarita se intimidó al instante, Dimitri nunca se había atrevido a retarla, mucho menos a levantarle la mirada y la voz. Su hijo no podía hablar, pero la expulsaba con  sus pupilas enrojecidas y desquiciadas, reprobándola y devolviéndole su odio por primera vez.

La india se retiró al instante sin saber qué hacer. No había explicaciones, nada qué decir. Su primogénito se perdió para siempre desde el día que marchara tras las tropas rebeldes.

A los cuatro días, la india ya no se despertó de su humilde lecho de petates y tierra, muerta al detenerse su corazón y su cerebro mientras dormía.

Al explicar su muerte, las gentes del pueblo recordarían que murió de enojo y tristeza por la muerte de su hijo mayor, el más querido.

19

Un pequeño varón nació a los dos meses de enterrar a Margarita, cambiando por completo la atmósfera lúgubre y mortuoria, de rencor y guerra que reinaba no sólo en la casa de Dimitri, sino en todo Sánchez Román. Brindando un aire fresco y perfumado de criatura inocente y recién nacida.

Dimitri seguía sin hablar pero sonreía más a menudo. Paulatinamente logró ponerse de pié, tan sólo para sentarse en el escritorio y comenzar a escribir su novela sobre la Guerra Cristera. Cristeros, la intitularía.

Conforme avanzaba en su nueva obra, también iniciaba caminatas por los derredores de la Sierra de Morones, en donde otrora él y  Juan Pablo jugaron de niños e hicieron pastar el rebaño.

Por primera vez en su vida se sentía cómodo en su pueblo natal, en su casa y con su familia. Ya no quería irse de ahí, había olvidado sus planes de volverá España, de irse a vivir a Guadalajara o a Zacatecas. Estaba a gusto ahí.

Azul y Dolores, quienes  se habían  convertido en atractivas y femeninas adolescentes, llenaban la casa con sus risas, canciones y juegos. Abrazando al pequeño hijo de su madre y Dimitri, jugando con él, vistiéndolo y cargándolo a todas partes. Edna se convirtió en la reina innegable de aquel hogar, atendiendo al bebé, solicitando el apoyo de sus hijas, atendiendo todo lo relativo a las necesidades de su nuevo hogar en Sánchez. Pronto se decidió que el nuevo miembro de la familia se llamaría Raúl, Raúl Dávila, apellidado al igual que su padre.

De su rebaño quedaban aún algunos animales, cabras y ovejas que cuidó Margarita hasta sus últimos días.

Mudo y discreto, Dimitri los arriaba junto con los perros pastores, el morral de lana al hombro con la libreta para escribir, el refrigerio y la flauta dulce. El rebaño no tardó en volver a crecer y hacerse próspero de nueva cuenta, brindándoles lana, carne y leche.

Compaginaba las labores de pastoreo con largas horas escribiendo bajo el antiguo roble donde se echaba a leer desde niño. Mientras los animales rumiaban y los perros los agrupaban, metiéndolos en cintura a dentelladas.

Escribía durante una hora o dos, sin dejar de echar vistazos hacia el llano para vigilar a las bestias y los canes. Extraía su flauta e interpretaba Cielito Lindo o  La Feria de las Flores, para acompañarse. Luego tocaba algo delicado de Bach. Guardaba su instrumento, comía un pedazo de tortilla con queso, alguna manzana y retomaba la escritura imparable dos o tres horas más. Para volver ya entrada la noche a su casa en compañía de su mujer e hijos. Quienes le esperaban para cenar.

Llegaron noticias de la muerte del dictador Álvaro Obregón. Un valiente seminarista de los jesuitas se atrevió a ajusticiarlo en plena plaza pública con una pistola. Le destrozó el hígado al acercársele por un costado, descargando su arma al mismo tiempo que lo envolvía en un abrazo amoroso y mortal. Obregón creyó que era un pariente o un admirador, dejándose rodear por los brazos del sacerdote antes que la descarga atravesara  su cuerpo e hiciera explotar sus entrañas. La gente del pueblo comentó el hecho, sin evitar alegrarse durante algunos días. El dictador pagaba con sangre toda la sangre vertida bajo sus órdenes. Después olvidaron para siempre al jerarca político y no volvieron a hablar nunca más de él, del mismo modo que los cristeros comenzaban a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel era un pueblo que olvidaba pronto, aunque se lamentara a ratos de su amnesia.

Dimitri no volvió a hablar, pero escribía mucho y sin descansar. Parecía que en lugar de palabras le salían páginas y páginas imparables de sus manos. “El escritor mudo” le decían en toda la región.

A lo largo del sur del Estado de Zacatecas y el Norte de Jalisco, la gente escuchó que Dimitri Dávila escribía una importante obra sobre la Guerra Cristera, la cuál sería dada a conocer en Europa y Estados Unidos. Muchos testigos de primera mano, ex soldados agraristas y cristeros, gente que vivió el conflicto en carne propia, acudieron hasta Sánchez Román para narrar al escritor sus vivencias y ayudarlo a terminar su libro. El pastor les escuchaba con paciencia, mirándolos casi sin parpadear, transmitiéndoles una calma lograda por él mismo, luego de atravesar infiernos sin fin, hundiéndose y emergiendo. No respondía, pues no podía hacerlo con su voz, pero sus ojos y su rostro los comprendían y les prestaban mucha atención.

Para cuando finalizó su nueva obra: Cristeros, un volumen de más de quinientas cuartillas de una novela histórica y la envió a Europa para su publicación, un nuevo hijo, ahora una niña fruto de su relación con la gachupina llegaba. Parecía que con los partos literarios de sus obras, llegaban también nuevos hijos. La nombraron Tania, Tania Dávila, como buena hija de Dimitri.

En ese entonces lograban una posición económica que si no era demasiado elevada, sí era harto cómoda. Las regalías por su primer libro le generaban un constante cheque mensual enviado desde Madrid, que aunque no era demasiado gordo, sí era seguro.

Su novela sobre la Cristiada se hacía famosa en el Viejo Continente y era leída cada vez por nuevos lectores. La tradujeron al inglés y en los Estados Unidos se popularizó aún más, brindando buenas regalías al escritor y a su familia con las ventas por la traducción y las reediciones. La gente en Norteamérica parecía muy interesada por conocer lo ocurrido durante el conflicto de los cristeros en el Occidente de México.

Transcurrieron los años, Dimitri acumuló un hijo más junto con Edna. Lo llamaron Aníbal, como al comandante cartaginense. Azul se casó con un empresario norteamericano que se la llevó a Nueva York a vivir. Dolores se fue a Guadalajara a estudiar la Normal para maestros, en aquella ciudad se casó también y se quedó a trabajar.

Los hijos de Dimitri crecieron.  Cuando cumplió los doce años, Tania murió ahogada durante una inundación en la que nuevamente se desbordó el Río de Morones que descendía de la Sierra, arrastrándola para siempre. Nunca encontraron su cuerpo El escritor lloró durante meses y jamás se recuperó del todo. Edna volvió a escuchar de nuevo su voz, que no se manifestaba desde hace mucho, pero sí lloraba y vociferaba lamentos desgarradores. Dimitri le dedico un libro entero a su pequeña. Escribía pretendiendo curarse un poco de las pérdidas sufridas, dándole a la vida una nueva historia escrita a cambio de cada herida infringida a su ser en el combate.

Con el paso de los años tendría que escribir más libros al partir Edna y dejarlo solo y viudo, sus hijos varones se irían también, después de hacer sus respectivas vidas y culminarlas. Respondiendo Dimitri con una valerosa historia culminada, en respuesta a cada golpe mortal.

20

“¡¡¡Ahí viene el gringo!!!”

Gritaron los chiquillos en Sánchez Román. Pronto le cambiarían de nombre a aquel lugar, que dejaba de ser un poblado pequeño, olvidado en el Sur de Zacatecas y se volvía gradualmente una ciudad de considerable tamaño.

“Tlaltenango”, habían decidido los políticos en turno que se llamaría en delante el pueblo, el cual perfilaba para convertirse en una importante ciudad comercial. Ubicada en las faldas de la Sierra de Morones, en una estratégica región de paso entre las ciudades de Aguascalientes, Guadalajara y Zacatecas.

“¡¡¡Que ahí viene el gringo!!!”

Volvían a proferir los muchachos, excitados, admirados y burlones. En realidad no era gringo, sino francés. Un historiador quien indagaba sobre la Guerra Cristera. El francés se dedicaba a rastrear testimonios de primera mano de gente que hubiera participado en el conflicto, decían que preparaba su tesis de doctorado sobre el tema de los cristeros.

Cuando los chiquillos lo guiaron hacia la casa de Dimitri, el francés rebosaba de gusto y emoción. Ignoraba que Dimitri Dávila, autor de una novela sobre la Guerra Cristera aún viviera y radicara precisamente en Tlaltenango de Sánchez Román. Donde por mera coincidencia pasaba aquellos días mientras realizaba su investigación.

Dimitri no se encontraba en su casa. Las gentes le dijeron que andaba en Morones con sus perros y sus borregas. Hasta allá se iba para pastorear, leer, escribir o tocar su flauta.

El francés debió caminar casi medio día, hasta que se le atardeció, siguiendo las señas que le diera la gente para dar con el sitio donde el escritor acostumbraba descansar y pastar a sus animales. Se conmovió al saber que el artista creaba la mayor parte de sus libros recostado bajo un árbol, mientras su rebaño pacía.

Le informaron que se había quedado mudo desde los tiempos de la Cristiada. El historiador no esperaba demasiado, simplemente aspiraba a verlo, conocerlo, quizá sentarse un rato junto a él.

El francés divisó a la distancia el rebaño al pié del valle, frente a las montañas de Morones, cobijado del sol bajo sus sombras.

Protegido por un gigantesco roble de más de cien años, se inclinaba un anciano sobre la libreta, escribiendo sin descanso. La barba y la melena completamente blancas y enredadas, bifurcadas en una sola mata espesa.

Debería haber cumplido casi los setenta y cinco años de edad, o un poco más, según los cálculos del francés.

El anciano escritor escuchó pasos a su retaguardia. Tenía un oído muy fino. Se incorporó y enfocó al francés, que ya se encontraba demasiado cerca.

El historiador andaba de mezclilla, camisa de manta y guaraches. El cabello rubio un tanto largo y la patilla prolongada de acuerdo a la moda de los setentas. A simple vista parecía más un hippie que un especialista en humanidades. Levantó su mano, saludando a Dimitri.

Los dos hombres se sentaron tranquilos bajo el roble. El francés sonrió. Dimitri pudo ver que era buena gente, sencillo, incluso un tanto ingenuo. Lo que le brindó confianza.

Hace mucho tiempo que sus hijos se habían ido y que su mujer partió hacia el Otro Mundo también. Vivía solo, pero estaba bien. Las prolongadas caminatas diarias en el monte tras los perros y el rebaño lo mantenían activo y fuerte. La lectura, la música y la escritura brindaban a su cerebro y a su mente una agilidad envidiada por los jóvenes.

El francés y el anciano se miraron sin hablar durante largo tiempo.

Dimitri extendió sus ojos hacia el cielo, los desvió hacia las montañas de Morones, como pidiéndoles permiso. Frunció un gesto, arrugando por completo su rostro, en una mueca que al mismo tiempo era dolorosa y serena, a punto de iniciar una charla.

Y por primera vez en más de cuarenta años, comenzó a hablar y conversar con el desconocido.

GIGANTOPITECUS: Las Crónicas de un Monstruo

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Por: Adán de Abajo

 

ÍNDICE:

1.     Primera Parte: Las Crónicas de un Monstruo

2.     Segunda Parte: El Monasterio en el Monte Athos y el Arca de Noé

3.     Tercera Parte: El verdadero Diluvio Universal

 

ando a los habitantes de las comarcas cercanas en paz. Dedicándonos a cuidar a nuestras cabras, asnos, y algunos perros que se venían a vivir con nosotros. De cualquier manera se nos había dado una fuerte lección de vida, al perder a varios de nuestros hermanos en los violentos encontronazos.

De un modo u otro nos convertimos en un importante contrapeso contra la crueldad del

1. Primera Parte:

Las Crónicas de un Monstruo

 

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas… -¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros. Pero un día, el Gigante regresó…

(OSCAR WILDE –El Gigante Egoísta)

 

 El hombre que tiene menos necesidades es el más evolucionado. Y el que ha recorrido el mundo en avión o en auto, es, sin duda, menos sabio que el que lo ha hecho a pie.

 (LOUIS CHARPENTIER –Los Gigantes y su Origen)

 

 ¡Olvida la muerte, piensa en la vida! El que cuida al de junto debe ser hombre seguro. Se cuida solo quien va adelante, pero protege a su compañero.Y por generaciones perdurará su nombre.

 (EPOPEYA DE GILGAMESH -Tablilla IV)

 

                                               A mis Hijos: Carolina e Isaac Alejandro.

 

  1

Provengo de otros tiempos, demasiado lejanos. Mi memoria se extiende más allá que la de cualquier otro ser en este mundo, allende los países, los continentes, los mares.

Los de mi familia y de mi especie siempre fuimos grandes, mucho más grandes en comparación con los seres humanos. A menudo nos confundían con los Titanes, pues también ellos fueron enormes, incluso más que nosotros. Pero cuando llegamos, los Titanes ya habían sido vencidos y diezmados. Tan sólo encontramos algunos restos antiguos de sus cráneos y esqueletos, ocho veces nuestro tamaño y algunas leyendas perdidas sobre ellos. También nosotros llegamos a decir alguna vez, al escavar el desierto o la nieve y desenterrar sus osamentas: “¡Ésta tierra debió ser habitada hace muchos años por gigantes…!”

Ignorábamos que con el transcurso de las décadas, los siglos y milenios, los nuestros, tras un prolongado periodo de gloria y supremacía, también serían derrotados y perseguidos hasta reducir su número y extinguirse. Los hombres que horadaran nuestros huesos  en el fango  y los glaciares dirían, mucho tiempo después, del mismo modo que nosotros algún día proclamamos: “¡Anteriormente, este planeta estuvo habitado por Gigantes…!”

Lo cierto es que mucho antes lo poblaron los Titanes, bastante más viejos y grandes que nuestra gente, la cual llegaría más tarde, y a quienes con los años se bautizaría, en todos los mitos y leyendas humanos posteriores, como los Gigantes.

Y también a nosotros, un buen día, nos tocaría el turno de irnos, reducidos y proscritos, no sin antes haber arrasado la Tierra, devorado a sus bestias, secado los ríos y erosionado los campos de cultivo hasta dejarlos estériles por la sobreexplotación. Castigados debido a nuestro orgullo, improperios y abusos.

2

Una vez aclarada la diferencia entre los Titanes y nosotros: los Gigantes, proseguiré con mi narración.

Mi familia  pertenecía a una estirpe de gigantes de piel oscurecida tras generaciones de cultivar los valles y caminar bajo el sol del desierto. Habitábamos una meseta cálida y arenosa, que a pesar de todo era muy noble para los cultivos y el ganado. En lo que algún día sería el Imperio Persa, muy cerca de lo que hoy es Irak. Para ser más específico.

En aquellos días había más agua y vegetación en la zona.

Ya desde mis tiempos, ésa amada tierra era escenario de disputas, matanzas y guerras.

Debo dejar claro que así como existen muy diferentes clases, razas y tipos de hombres, también existieron diversos y variados tipos de gigantes. Había Gigantes barbudos de piel blanca y cabello rojizo, quienes habitaron las montañas nevadas del Tíbet y parte de Europa; Gigantes con ojos rasgados y cabello crespo, que surcaban las estepas y las tierras de China y Japón, acompañados de enormes perros lanudos muy inteligentes, que ya no existen.

Mis padres eran parte de una tribu de Gigantes pastores, naturales de los valles de Oriente Medio y buena parte de África. Criábamos un tipo especial de ganado vacuno, corpulento y de gran estatura,  de enormes cornamentas y prolongadas ubres; unas criaturas muy temperamentales y nerviosas, pródigas con su carne y leche. Tampoco existe ya este tipo de ganado gigante. Estos animales vivían en estado semisalvaje, acostumbrados a que nosotros los guiásemos junto con nuestros perros del desierto hacia los ríos y los pastizales. Los protegíamos de su depredador natural: el lobo cavernario, muy grande, salvaje e insaciable. Su  mordida era una de las más temidas por las personas y las bestias.

3

Durante muchos siglos mi gente vivió en paz con sus animales, sus familias, sus pastizales y su desierto. Éramos poseedores del secreto de la ganadería y también conocíamos los misterios de la agricultura y la hidrología. Se decía que los últimos Titanes habían legado dichos secretos a los ancianos sabios y magos de nuestras tribus.

A pesar de las tierras tan secas, sabíamos extraer el agua desde el río Éufrates, y llevarla a lo largo de grandes distancias a través de canaletas de barro por sobre las dunas hasta nuestros pastizales, para irrigar la cebada y el trigo, y dar de comer a las vacas.

No sé si tienen noticia que hoy en día, nuestro amado Éufrates se encuentra contaminado y casi seco, ya desde entonces le exfoliábamos parte de sus nutritivas aguas para alimentar nuestros cultivos y refrescar a los animales.

También desde mis tiempos, la gente no sabía respetar a los otros y se empeñaba en anhelar las pertenencias de sus vecinos.

Un buen día, una horda de Gigantes procedentes del Norte de África, liderados por Gerión, un mestizo quien poseía sangre de Titán, arribó desde el Occidente.

La gente de nuestra comarca no era guerrera, mi padre organizó un tributo para tratar de complacer a los invasores. Llevaron ante Gerión costales de cereal, queso, leche, bolsas de carne secada, jamones ahumados y piedras preciosas extraídas del Éufrates. Deseaban comprar la paz y obligar a los bárbaros a desviar su ruta de paso lejos de nuestro pueblo. Pero aquel gigante no sólo se burló de mi padre y sus parientes, sino que decapitó y mandó empalar a todos los habitantes de mi aldea para robarles su ganado, arrasó los cultivos y destruyó los sistemas de agua potable con que alimentábamos nuestra tierra. No se volverían a ver nunca más por esas latitudes, las grandes cornamentas ni los dorados lomos de nuestras vacas gigantes. El hambre, la muerte y destrucción se cernieron durante mucho tiempo por aquellos lares. Solamente sobreviviría yo con un puñado de huérfanos andrajosos, condenados a la pobreza y el vagabundeo.

Gerión se llevó todo nuestro ganado hacia el interior del Continente Africano, sin dejarnos más que algunas cabras desnutridas y famélicas.

De hecho, les comparto, el vocablo “vaca” procede de la lengua que hablábamos en ese entonces los Gigantes, tanto de Oriente, como de Europa, Asia y África. El “gigántico”, era una lengua madre, ya desaparecida, que los dioses legaron a los Titanes. La cual heredamos nosotros por sucesión natural, al desaparecer aquellos. Sería entre otras, una palabra dejada por nosotros para la posteridad, la cual adoptarían los hombres más tarde, sin conocer sus orígenes gigánticos.

Los humanos harían suya a su vez buena parte las raíces, vocablos, giros e imágenes de esta lengua, antiquísima y olvidada. Ignorando que la lengua de la que procedían, se remontaba mucho más allá del Diluvio Universal.

Años más tarde, Gerión sería el mismo gigante quien moriría a manos de Hércules, en otra de tantas miles de guerras inútiles, ahora contra los hombres. Peleando por los mismos secretos sobre la agricultura y la ganadería por los que moriría mi padre. Pero de ello hablaré algo más tarde.

4

Conforme crecimos, el puñado de huérfanos sobrevivientes y yo, nos volvimos pendencieros y rapaces. Nos dedicamos al pillaje y a saquear los pocos cultivos que le quedaban a la pobre gente de mi región. No es que quiera justificar los crímenes de aquella época, pero es que nos hallábamos resentidos y con un cúmulo de furia almacenada contra los adultos y todo el mundo por abandonarnos a nuestra suerte.

Nos refugiamos en un oasis que se encontraba en el interior de unos acantilados, en pleno desierto. Nombramos Madre a aquel paraíso, pleno de agua fresca, higueras y  árboles de dátiles. En aquel lugar cuidamos algunas cabras y asnos, arrebatados a quien se podía o encontrados en el desierto. Los reprodujimos hasta convertirlos en un considerable rebaño, del cual empezamos a vivir. En las entrañas de Madre nos convertimos en hombres jóvenes, aprendiendo lo que podíamos o hurtábamos al desierto. No teniendo más familia que los compañeros de orfandad y nuestros animales. Ningún maestro más que Madre, las montañas, las cabras, los perros y las dunas.

Hasta allá fueron a perseguirnos parte de los mercenarios de Gerión, quien se volvió señor de África y Oriente Medio.

Los campesinos y agricultores que quedaban, le pagaban tributo forzado. Así es que él y sus Gigantes adquirieron la obligación de defender a sus súbditos. No tardaron en reunir parte de su ejército y armamento para ir en nuestra búsqueda, haciendo eco de las quejas contra nuestros crímenes y fechorías.

Los mercenarios rodearon nuestro acantilado, en donde vivía yo con otros doce huérfanos, bandoleros y rebeldes. Nos arrojaron lanzas con punta de bronce, ellos eran poseedores del secreto de los metales. Muchos años atrás los Titanes rebelaron a Gerión los misterios del bronce y el hierro, ignorando aquellos últimos sabios, que el ambicioso mestizo fabricaría con ellos armas, y no herramientas de cultivo, arados y yuntas, como les hizo creer.

Cinco de los nuestros quedaron empalados y sin vida en el primer encuentro. Respondimos rápidamente, organizándonos y lanzándoles una lluvia de pedernales  y obsidianas afiladísimos, las que tallábamos expresamente como armas punzocortantes. Las colocábamos en hondas, fabricadas con cuero de bestia, haciéndolas girar a velocidades increíbles, para golpear luego y causar la muerte en el enemigo.

Con el tiempo, los huérfanos nos volvimos muy diestros honderos y pastores del desierto, así es que los hombres de Gerión encontraron su talón de Aquiles, una y otra vez al tratar de escalar las rocas de nuestros acantilados para perseguirnos. Los proyectiles les volaban los sesos de un solo golpe, levantándoles la tapa del cráneo o incrustándoseles en sus huidizas frentes y aplastándoles sus cerebros. Haciéndolos rodar sin vida hacia el exterior de nuestras montañas. Jamás conocieron municiones tan letales y extrañas como las nuestras.

Una y otra vez les rechazamos, hasta que no quedó ni uno sólo de sus emisarios. Les despojamos de sus armas, cortamos sus cabezas y quemamos los cadáveres en una hoguera en pleno desierto, como advertencia para el dictador. Las llamas ascendían hasta el cielo de la noche, apreciándose desde kilómetros de distancia. Era una excelente revancha por todo lo que el invasor hizo a nuestra gente muchos años atrás.

Gerión se revolcó de coraje al saber que sus tropas fueron diezmadas y  humilladas intentado someter a un grupo de huérfanos zarrapastrosos. Mandó contingentes en dos ocasiones más, y en todas ellas los molimos a tiros y hondazos, cada vez más rápidos y certeros. La última ocasión los emboscamos antes de llegar a Madre, sorprendiéndoles por la mañana, cuando se disponían a atacarnos. También murieron varios de mis hermanos.

No quedamos más que  yo y otros dos huérfanos habitantes de los acantilados. Ya comenzábamos a convertirnos en hombres. La gente aprendió a respetarnos y a temernos a pesar de todo, pues habíamos vencido a los mercenarios invasores. Los tres sobrevivientes nos fuimos retirando del crimen y la vida licenciosa gradualmente, dej

invasor, lo que le impedía hacer lo que quería con la gente de la región. También Gerión fue un poderoso freno para nosotros, impidiéndonos continuar en un camino de crímenes y saqueos, molestando como lo habíamos hecho a agricultores y pastores inocentes.

Gerión y sus Gigantes nos dejaron tranquilos, probablemente ya no deseaban perder más soldados. Pronto utilizarían todos sus hombres y recursos para iniciar una guerra a gran escala. Gerión se preparaba para cruzar el Mediterráneo e invadir Europa. Sus informantes le habían dicho que las tribus que habitaban aquel continente eran en ese entonces bastante primitivas y poseían muchos recursos naturales. El autócrata anheló despojar a aquellas gentes de sus posesiones, someterlos y volverlos sus sirvientes. Buscaba nuevas tierras que explotar, pastizales donde alimentar sus innumerables ganados y yacimientos de metales para construir armas cada vez más letales y efectivas, con el fin de someter mayor cantidad de almas. En el fondo, era el primer dictador entre miles que irían llegando, quienes en el futuro, a lo largo de toda la historia de los hombres, gigantes y humanos, ambicionarían ser dueños del mundo entero.

5

La palabra “puta” también es un vestigio de la lengua gigántica, que heredaríamos a los seres humanos posteriores. Otros vocablos semejantes, provenientes de nuestro idioma gigántico materno serían: “caca”, “vaca”, “puta”, “oveja”, “pato”, “honda”, etc. Como he dicho, ésta lengua a su vez nos fue legada a nosotros los gigantes, por los Titanes. Tal vez el término correcto para hablar de nuestra lengua madre sería el “Titánico”, en lugar de gigántico. Aunque nadie se acuerde de ellos, pese a la gran importancia que tuvieron en la historia de los hombres, como he venido insistiendo.

Nuestra lengua era sencilla en apariencia. No utilizaba grandes construcciones sintácticas, no requería para la comunicación de amplias formaciones gramaticales, ni largas oraciones, como muchas lenguas de hoy en día, resultado del desarrollo cultural y el crecimiento tecnológico. Sino que se valía de sencillas frases formadas incluso por una o dos palabras solamente. En la actualidad, el alemán, por ejemplo, que es una lengua “aglutinante”, es decir, que tiende a fusionar diversas formaciones gramaticales en una sola estructura, tiene mucho de lo que alguna vez fue el gigántico. De manera que un solo concepto, podía comunicar una inmensa variedad de significados, que en ocasiones superaba los miles. ¡Imaginen un idioma cuyas palabras poseyeran varios miles de significado cada una! Por lógica, resultaría también un idioma con no muchas palabras. Nuestras palabras eran entonces excesivamente polisémicas: complejas en demasía en sus significados, pero sencillas y útiles para la comunicación.

Los vestigios de la escritura que quedó de nosotros hablan precisamente de lo simple  y a la vez profunda que era nuestra lengua, utilizando más bien símbolos, jeroglíficos y pictogramas trazados sobre rocas y tablillas,  para representar conceptos que resultarían sumamente difíciles de encerrar o encasillar en los términos actuales.

Los antropólogos, lingüistas y arqueólogos modernos, cuando hoy en día se devanan los sesos siguiendo nuestro rastro e intentando sondear nuestra psicología, ni siquiera logran acercarse apenas un poco, intuyendo lejana y equívocamente un significado muy amplio y abstracto que encerraba nuestra escritura simbólica, como muestra de nuestro rico idioma gigántico. Queriendo ignorar que nuestro pueblo estuvo constituido en algún tiempo por hombres enormes, mucho más grandes que ellos y en cierto modo, más sabios. La antropología, la arqueología, la psicología y biología modernas no aceptan de ninguna manera que existimos los Gigantes. Nos bautizaron despectivamente, con suma ignorancia, como los Hombres de la Edad de Piedra. Pero aquel que ignora los hombros de los ancestros sobre los que sin saberlo está parado, se encuentra condenado a perpetuar los mismos errores hasta la eternidad, y por ende, a desaparecer en el polvo del olvido. Al igual que nosotros.

6

La palabra “puta”  en nuestros tiempos no tenía la acepción soez, despectiva y descalificativa que tiene hoy en día para la mayoría de los hombres comunes y corrientes.

Una puta era una sabia, una curandera, una bruja. Igual hacía el amor si el paciente llegaba a gustarle o lo necesitaba como parte de su tratamiento, o simplemente le realizaba una limpia o una cirugía espiritual. Creaba lazos invisibles cuando deseaba curar, embrujar o enamorar a un individuo. Pero el sexo no era obligado ni indispensable al solicitar sus servicios.

Los seres humanos se dedicarían a perseguir, desprestigiar y asesinar a las hermosas prostitutas y brujas de todo el planeta en años posteriores, cuando perdieran la conexión con la Diosa Madre y con la Madre Tierra. En el momento en que decidieran que Dios no sería más mujer, sino varón: un patriarca prepotente e impío llamado Jehová. Quien crearía buena parte de las religiones beligerantes, cerebrales y frías de los tiempos posteriores.

Una mañana en que alimentaba a mis ovejas con granos de cebada y garbanzo hidratados, y a mis perros con una mezcla de cebollas, sal de mar y frijoles de soya hervidos, escuche una voz de mujer llamándome, solicitando mi ayuda. No era una voz que viniera de alguna extensión específica del desierto, sino que parecía provenir desde el interior de mi propia mente. Alguien estaba en apuros y utilizaba los poderes de su mente para solicitar auxilio. Fue la primera vez que presentí la posibilidad de un mundo mágico, desconocido para mí, más allá de la cruel existencia que había llevado hasta entonces.

Tomé mi honda y un cayado que utilizaba como garrote para ahuyentar a los chacales y a los lobos de las cavernas cuando asediaban a mi rebaño. Calcé mis sandalias de cuero y me colgué mi morral de yute donde portaba una vejiga de camello con agua potable y municiones para mi honda. Dos de mis más fieles perros se pusieron en marcha junto conmigo.

Dejé la seguridad de mi refugio y corrí por el desierto siguiendo únicamente a mi corazón.

Tras una hora de deambular errático, guiado únicamente por mi intuición y el olfato de mis perros, descubrí los restos de una caravana, cuyos dromedarios y domadores habían sido atacados y muertos por una manada de lobos cavernarios.

El lobo cavernario era el depredador más temido por los hombres antiguos y las criaturas prehistóricas, su mordida era la más poderosa, capaz de arrancar un bocado completo de carne con todo y piel de la armadura del cocodrilo, o de fracturar de un tajo el espinazo de un buey. En alguna época las jaurías de lobos prehistóricos prosperaron hasta la sobrepoblación. Engordaron a placer con la carne de las numerosas especies de mamíferos y reptiles gigantes que habitaban la tierra en épocas remotas. Los lobos cavernarios fueron en buena parte los responsables de la desaparición de los últimos titanes, los dinosaurios y mastodontes, a quienes acosaron en grupos de cazadores expertos, hasta reducirlos a unos cuantos individuos y luego exterminarlos. Mucha gente y animales perecieron durante siglos bajo sus fauces. Aquélla fue la era del lobo, en donde ésta criatura reino sin rival, prosperó y evolucionó  hasta desarrollar una dentadura y talla enormes, además de una inteligencia despierta, cercana a la del hombre.

En nuestra época, los gigantes habíamos logrado mantenerlos a raya, cazándolos con mucho esfuerzo e ingenio y obligándolos a permanecer en territorios delimitados donde no causaran tanto daño, principalmente hacia las montañas. El lobo cavernario aprendió a temer a los gigantes. Yo y mis dos hermanos  jugamos un importante papel al volvernos cazadores de lobos, evitando que asediaran a los rebaños, persiguiéndolos con nuestras hondas y colocándoles trampas mortales con estacas y puntas envenenadas. Luego de que venciéramos a las hordas de Gerión y echáramos al lobo hacia la montaña, la gente de nuestra región comenzó a respetarnos aún más.  En nuestro acantilado denominado Madre se desarrolló una pequeña pero sólida comunidad de gigantes huérfanos, a quienes acogíamos y brindábamos refugio. Entre ellos fui elegido yo como su líder temporal.

En ocasiones aisladas, algunas jaurías se atrevían a dejar su territorio e internarse en el desierto y nuestras praderas para robar alguna oveja o degollar a un pastor desprevenido. Pero no tardaban en recibir su merecido castigo por parte nuestra, por medio de hondazos y palos que les hacían volver hacia las montañas, a donde pertenecían.

Al llegar al lugar de donde provenía el llamado, la jauría de lobos había destrozado a las bestias y a los hombres que los custodiaron, comieron buena parte de sus cuerpos y regaron los objetos que cargaban los dromedarios. Creando un panteón de sangre, huesos y desperdicios esparcidos por las arenas. Sólo quedaba en pié un elefante africano, herido y tambaleante, a quien los lobos tiraban una y otra mordida sobre las patas, el vientre y la cola para hacerlo caer. Sobre el lomo del paquidermo se agitaba también con pena, la caseta de maderas, terciopelos y seda donde debía viajar alguien.

Era bien sabido que los lobos cavernarios habían derrotado a los dinosaurios y a otros mastodontes aún más grandes desde hace mucho tiempo. Si no se animaban a lanzarse de una vez sobre aquella pobre bestia herida y únicamente se divertían con él, era porque ya se encontraban sus estómagos repletos con la carne de los dromedarios y sus caravaneros.

Los golpes de mi honda no se hicieron esperar, atiné primero a tres de los licaones que acosaban al mastodonte, rompiéndoles los cráneos y haciendo saltar sus sesos. Los demás lobos, al ver mi callado amenazante cernirse sobre sus cabezas, salieron disparados con rumbo a la estepa. Ya me conocían y sabían que no me andaba con rodeos. Mis dos perros se arrojaron sobre ellos, mordiéndoles el rabo y ladrándoles  cuando ya se perdían hacia la montaña.

El elefante pareció reconocer en mí a un posible amigo, o por lo menos a un ser amistoso quien salvó su vida. Sintiéndose a salvo, se inclinó hacia mí, permitiendo que la carga en su lomo quedara expuesta. Una voz de mujer emergió de la canastilla del animal:

-¿Cuál es tu nombre, pastor…..?  ¿Cómo te llamas?

-No me agradezcas tanto el salvar tu vida….

Respondí con sarcasmo. No estaba acostumbrado a tener tratos con mujeres, mucho menos a hablar con ellas. La mayor parte de mi vida sólo tuve contacto con bestias: cabras, asnos, dromedarios, perros y lobos, además de los niños huérfanos que llegaban a nuestro refugio. La mujer era un ser raro y desconocido para mí

-Discúlpame…. Muchas gracias por salvarnos…. ¿Cuál es tu nombre…?

Dijo por fin ella.

La verdad es que no recordaba si acaso me habían dado alguna vez un nombre, no sabía en aquel entonces lo que significaba llamarse de un modo u otro.

De la pequeña tienda en el lomo del paquidermo surgió una giganta de tez clara, alta, de cuerpo alargado, fino y rasgos hermosos en su rostro.

-Yo soy Deméter. ¿Tú no tienes nombre verdad…? Eres uno de los pastores huérfanos del desierto que se enfrentaron a Gerión. Había escuchado hablar de ustedes, hace mucho que quería conocerlos. Sus hazañas han llegado a ser escuchadas en rincones muy lejanos de este mundo.

La palabra puta adquirió para mí una acepción por completo nueva, jamás había contemplado tal belleza contenida en un gigante. Deméter era una puta-bruja, dedicada a curar a los hombres y a los animales, y a transmitir sus enseñanzas viajando de un lugar a otro con su caravana.

Ignoraba que mi destino cambiaría radicalmente a partir de mi encuentro con esa mujer, y así sería.

Segunda parte:

El Monasterio en el Monte Athos y el Arca de Noé

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 Con el pensamiento ordinario, la gente no distingue entre saber y comprensión. Piensan que cuanto más saben tanto más deben comprender.Es por esto que acumulan el saber o lo que ellos así llaman, pero no saben cómo se acumula la comprensión y no les importa saberlo. Por lo tanto, una persona ejercitada en la observación de sí, sabe con certidumbre que en diferentes períodos de su vida ha comprendido una sola y misma idea, un solo y mismo pensamiento, de maneras totalmente diferentes. A menudo le parece extraño que haya podido comprender tan mal lo que ahora comprende tan bien, según cree. Sin embargo, se da cuenta que su saber sigue siendo el mismo; que hoy no sabe nada más que ayer. ¿Qué es, entonces, lo que ha cambiado? Lo que ha cambiado es su ser.Tan pronto cambia el ser, la comprensión tiene también que cambiar.

 (GEORGE I. GURDJIEFF –En Busca de lo Milagroso)

 

 Aunque la historia de la expulsión del paraíso es alegórica, la encontramos reproducida simbólicamente en el desarrollo y la educación de cualquier niño civilizado. La condición original del animal humano es la de unidad. Está desnudo pero no hay vergüenza. Tanto el feto en la matriz como el bebé recién nacido viven en la dicha de la ignorancia. Todavía no son conscientes de su cuerpo y sus funciones. Esta condición temprana no es tan paradisíaca como un adulto pudiera imaginarse, pero se parece mucho al Jardín del Edén, en su falta de temporalidad y ausencia del conocimiento de la causa y el efecto, de lo bueno y lo malo. Refleja también el estado animal de la naturaleza, una condición en la cual la mente todavía no ha evolucionado hasta el punto de poder disociarse del cuerpo y dominarlo. Psicológicamente, éste estado es anterior a la formación del ego.

(ALEXANDER LOWEN –Amor y Orgasmo)

 

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Todo lo que viví en los años de mi juventud, aunque durante un tiempo llegué a considerarlo como duro y difícil en demasía, no se comparó con las aventuras, andanzas y enseñanzas que vinieron en épocas posteriores de mi vida.

Deméter comenzó por darme un nombre: “Te llamarás Enkidú, que significa gran amigo, en la lengua de los Titanes…” Pronunció ella al sumergirme en la orilla de las aguas del Río Éufrates, tomando mi frente y hundiéndome hasta los cabellos, como hacían desde tiempos inmemoriales los ancianos titanes cuando bautizaban a alguien o cuando le iniciaban en sus ritos  secretos y conocimientos mágicos. Los cuales de ningún modo compartían con cualquiera.

A partir de entonces ya nunca más fui una entidad aislada y sin rumbo que vagaba por el desierto sin ningún referente personal. Ahora era Enkidú, el líder de una comunidad de gigantes pastores del desierto, al igual que mi padre lo había sido alguna vez con los suyos.

La bruja no sólo me dio el nombre de Enkidú, sino que me transmitió las enseñanzas que su padre a su vez le había dado a ella: medicina, magia, herbolaria, control mental, hipnosis, cura y sanación por imposición de las manos, lectura de las piedras y la tierra, etc. Parece que aquella mujer veía en mí ciertas cualidades no sólo como líder tribal, sino como futuro hechicero, al igual que ella y los de su estirpe.

Deméter provenía de un lejano sitio en la cumbre del Monte Athos, en el país que hoy los hombres denominan Turquía. Siempre me hablaba de su padre, describiéndolo como uno de los más grandes magos en la historia de los gigantes: el sabio Noé.

Cuando culminó su periodo de aprendizaje como curandera y hechicera, al cumplir los 16 años, la chica dejo a su anciano padre y partió sobre el lomo de Kyzza: el elefante que la había protegido del ataque de los lobos y quien no sólo era su montura y su medio de transporte, sino su guardaespaldas personal y su mejor amigo. Para ella y los de su raza, incluso los animales eran dignos de ser bautizados y recibir un nombre personalizado, como un regalo, al igual que cualquier hombre.

En compañía de Kyzza el elefante y unos cuantos discípulos que con el paso del tiempo acumuló y la seguían a donde fuera, Deméter había recorrido muchas partes del mundo, curando cuerpos, exorcizando almas, enseñando su medicina y sabiduría a quien estuviera dispuesto a recibirla.

Pero con el ataque de los lobos cavernarios, todos los seguidores quienes la cuidaban y le ayudaban a transportar sus pertenencias y utensilios para la medicina y la brujería, se perdieron. De modo que sin proponérselo conscientemente, Deméter se quedó a vivir con los huérfanos del desierto en nuestro recinto llamado Madre.

La puta-bruja no sólo nos dio nombres a todos, sino que nos explicó por primera vez que había un Dios, quien había creado el mundo donde vivíamos y también a nosotros. Este Dios no era un hombre, o una entidad masculina, como hoy en día lo imaginan casi todos los hombres ignorantes, sino una mujer. Se trataba de la Diosa Madre: Gea, como la nombraba Deméter cada que se encomendaba a ella y pronunciaba su nombre en voz baja, al sanar a un enfermo, colaborar en un parto o presidir un rito de agradecimiento a la Tierra, antes de una cosecha o de sacrificar una cabra.

Gea sería desde entonces también mi única madre y mi único Dios, y nunca más nos separaríamos ya.

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Junto con la bruja, Kyzza el elefante permaneció con nosotros, ayudándonos con su tamaño y enorme fuerza a mover troncos, rocas, a cuidar a los rebaños y labrar la tierra. Entre aquel animal y yo surgió una gran e inexplicable amistad, un lazo tan fuerte como el que había con mis dos perros: León y Luna, a quienes del mismo modo bautizamos.

En ocasiones la bruja se encelaba, pues el gigantesco animal fue suyo desde que era un pequeño cachorro. Pero su celo no duro mucho, pues Deméter y yo nos convertimos en amantes, la mujer se consoló y calentó su cuerpo con el mío muchas veces en las noches desérticas y silenciosas. Su manera de enseñar conocimientos y transmitir la sabiduría de su padre no sólo era mediante explicaciones verbales, ritos y ejemplos, sino también haciendo el amor, como muchas de las putas-brujas-prostitutas-hechiceras de la antigüedad.

Casi dos años fuimos amantes, la bruja me dijo que aunque había tenido a varias parejas durante sus viajes y andanzas tras dejar a su padre, nunca permaneció tanto tiempo al lado de un solo hombre como conmigo. Empezamos casi jugando, sólo porque ella estaba sola y yo también. Ella vivía en una tienda fabricada con alfombras y terciopelos, traída desde el país de su padre, instalada cerca de unas higueras y olivos, mientras que yo habitaba una pequeña cueva en nuestro acantilado, durmiendo con mis perros sobre unas viejas pieles de cabra. Una noche escuché unos pasos en la oscuridad, a su voz de fémina ordenando a León y a Luna irse a dormir al huerto para dejarnos solos, lo cual hicieron a regañadientes, y su mano acariciando mi entrepierna por debajo de mis calzoncillos de cuero.

No era posible que tras dos años de frecuentes encuentros sexuales nocturnos, de nuestra relación no surgiera fruto alguno. Repentinamente, Deméter me avisó que seríamos padres, que debíamos formalizar nuestra unión para que el destino de nuestro hijo estuviera bendecido por nuestra diosa Gea. Nos casamos una tarde de sábado a la orilla del Éufrates, sin más testigos que Kyzza, nuestros perros, algunos compañeros pastores y la presencia omnisapiente y quieta de Gea.

 Al nacer nuestro pequeño le pusimos el nombre de Gamesh, que era un nombre de la lengua titánica,  y Deméter lo bautizó en el río como a todos nosotros.

La diosa Gea le dijo que su destino sería el de convertirse en un gran líder para los gigantes y los hombres, que con los años llegaría a ser un rey sabio y justo, como mucho hacía falta en el mundo. Su nombre sería recordado durante muchísimo tiempo a lo largo de las eras y los cambios en el mundo.

El período de gestación de un gigante era mucho más largo que el de los hombres. Un embrión duraba poco más de dos años y medio en el vientre de su madre. Las mujeres gigantes requerían muchos cuidados y no debían hacer demasiado esfuerzo físico durante esta etapa.

Al nacer mi hijo, mi vida se llenó de un perfume y un sabor dulcísimo y agradable, los cuales cambiarían mi existencia para siempre, haciéndola conocer por primera vez una probada de lo que era la felicidad. Entre Deméter y yo también creció una conexión cada vez más profunda al tener ahora una familia.

3                       

En ese tiempo comenzaron a prepararse cosas que en breve sacudirían nuestro mundo radicalmente. Tuvimos noticias de los primeros seres humanos, como ustedes, venidos desde el Continente Europeo, de Hispania y la Galia, incluso de más lejos: de la Atlántida, aquel lugar que ustedes hoy denominan América, hasta donde había llegado Gerión. En sus invasiones y búsquedas de nuevos territorios y tribus que someter, Gerión fue el primero en toparse con ellos. Al inicio eran unos seres salvajes, casi animales que vivían en cavernas y bosques, y no conocían ningún lenguaje ni forma de pensamiento. Vivían de lo que encontraban y tomaban a sus hermanas y primas como parejas sexuales. Llegaron a la tierra de los gigantes en jaulas, que los caravaneros traían  desde Europa para vender como ganado o como extrañas criaturas.

Incluso los humanos sirvieron en un inicio como alimento para muchos gigantes. Aquellos mitos que cuentan que los gigantes se comían a los niños humanos tienen mucho de cierto. Los primeros humanos también se usaban como esclavos, aprendían rápido y algunos hasta llegaron a dominar nuestra lengua, este sería el principio de nuestro fin.

Cada vez se veían más humanos en las comarcas y las casas de los gigantes, trabajando como parte de la servidumbre, como esclavos e incluso como ganado que sería sacrificado en ocasiones especiales para servir banquetes con su carne.

Muchos gigantes comenzaron a encariñarse con ellos y a enseñarles cosas, la psicología de los nuevos seres se desarrollaba rápidamente y pronto se volvían criaturas casi tan inteligentes como los gigantes. No tardarían en alcanzarnos e incluso sorprendernos.

Los hombres de Gerión descubrieron que los humanos poseían en su corazón una aguda capacidad para la violencia y la agresividad. Era fácil entrenarlos como peleadores y usarlos en enfrentamientos hasta la muerte, donde los caciques apostaban a favor o en contra de un guerrero humano. Así, Gerión entrecruzó razas de humanos, buscando especímenes cada vez más agresivos y aptos para la lucha. En un principio era sólo con fines de recreación, pues al dictador le complacía mucho contemplar las sangrientas luchas entre hombres. Después descubrió que podría crear ejércitos completos de guerreros humanos y utilizarlos como armas letales en contra de nuevos pueblos que sojuzgar.  Le sorprendió ver que sus bestias humanas podían someter entre cuatro o cinco a un soldado gigante, atacándolo como hormigas a un escorpión, sin piedad, hasta matarlo. Los seres humanos resultaron muchísimo más violentos y agresivos que los gigantes si se les sabía entrenar para la guerra y la matanza.

Formó y entrenó legiones completas de guerreros humanos que trajo desde Hispania y desde más lejos. Cruzaron el Estrecho de Gibraltar, entre Hispania y África, que en aquel entonces era un pequeño paso de arena y agua salada de unos pocos kilómetros que separaba un continente y otro. Pronto los teníamos a las puertas de nuestros valles, Gerión quería recuperar nuestro territorio para adjudicárselo y en esta ocasión trajo a un ejército tan grande como nunca se había visto para invadirnos.

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La gente de nuestra comarca se dividió, la mayor parte de nuestras familias simpatizaba con la esclavitud y con la idea de que Gerión volviera a nuestro territorio. Pues él era el principal esclavista. Les gustaba tener a los seres humanos como mascotas y como su servidumbre. Los humanos eran hermosos e inteligentes, resultaba imposible para muchos de los gigantes renunciar a las comodidades que les brindaba tener esclavos que hacían todo por ellos. Además, me duele reconocerlo, pero muchos gigantes se habían aficionado en poco tiempo a la carne humana y tampoco deseaban por ningún motivo renunciar a ella.

Algunos gigantes mostraban entonces claros signos de decadencia y no sólo comían carne de humanos, sino que habían encontrado la manera de aparearse con ellos y de tenerlos como juguetes sexuales. En aquellos encuentros aberrantes, no pocas veces perecían los humanos, destrozados por la fuerza de los cuerpos y las proporciones del sexo de los gigantes.  De estos intercambios anómalos comenzaron a surgir criollos: mezclas de sangre gigante y humana. Y del fruto de uno de estas cruzas nació Hércules, hijo de uno de los lugartenientes de Gerión y de una esclava humana proveniente de Creta, quien había muerto al parirlo. El joven Hércules no tardaría en mostrar grandes cualidades como guerrero, al unirse a las filas del dictador, en donde a su vez él mismo logro convertirse en uno de sus más fieros comandantes.

Más tarde Hércules, una creación del propio Gerión, representaría el mayor dolor de cabeza para el dictador.

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Yo había sido el principal líder de la rebelión de pastores, quienes echamos a hondazos a Gerión hace un buen tiempo, sabía que en cuanto arribara el tirano al Éufrates, no tardaría en vengarse de mí, ensañándose con mi familia y buscando asesinarnos.

En un inicio pretendí formar una resistencia de pastores para defender el río, pero prácticamente no encontré ningún eco a favor de mi causa. La mayoría de los gigantes se encontraban muy cómodos con su vida en la meseta y no deseaban pelear, además, la esclavitud hacía tres veces más confortable la existencia de las familias de gigantes. Nadie deseaba renunciar a sus privilegios ni a sus esclavos. La presencia de Gerión no representaba ningún peligro para los esclavistas. Ya nadie recordaba las hazañas que habíamos realizado los pastores del desierto al echar a Gerión y a los lobos de las cavernas.

Deméter consultó el oráculo de nuestra Diosa Gea, y ésta nos aconsejó abandonar el valle y el río cuanto antes.

Vendimos todas las cabras, los asnos y los dromedarios que teníamos, nosotros no poseíamos seres humanos ni éramos esclavistas. Compramos otro elefante: una hembra, a un caravanero que venía desde el sur de Asia. La nombramos Cumba, al igual que una deidad femenina africana, de quien Deméter escuchó hablar en sus lejanos viajes. Decía que el nombre de Cumba era una antigua acepción del de Gea.

Cargamos los dos elefantes con unas cuantas pertenencias y provisiones, Deméter se montó con Gamesh en sus brazos en el lomo de Kyzza y el elefante nuevo sirvió para llevar el resto de las cosas. Cumba se rebeló en un inicio, al intentar atarle una cadena al cuello y sujetarla de la montura de Kyzza. Se negaba a marchar detrás del viejo macho y se mostraba hostil hacia él. Por su parte nuestro amigo paquidermo tampoco deseaba ir detrás de una hembra joven y caprichosa. Finalmente conseguí que caminaran uno a la par del otro, para que nadie se sintiera desplazado. Yo iría al frente de la caravana, a pié, guiando al buen Kyzza, bastante dócil y amistoso, quien a su vez se encontraba atado, a regañadientes, por una cadena hacia el cuello de la joven hembra. En la retaguardia iban cinco de nuestros perros, entre ellos Luna y León, con tres cachorros guardianes suyos, bastante fuertes para el viaje. Los perros y los elefantes nos servirían no sólo como medios de transporte y compañeros, sino además como mecanismos de alarma y vigilancia durante el viaje, ayudándonos con sus agudos sentidos.

Tras haber partido, cuando nos encontrábamos a una semana de distancia de nuestro hogar, en el Éufrates era recibido Gerión con ovaciones y banquetes en su honor, sin encontrar la menor resistencia, junto con su ejército de humanos, gigantes y criollos.

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Marchamos durante poco más de dos años con nuestros animales y nuestro pequeño niño. Hallando a nuestro paso claros signos del fin de una era: plagas y epidemias que acababan con pueblos enteros de gigantes. Mortales enfermedades traídas por los seres humanos que venían de tierras lejanas. Los humanos eran bastante resistentes a ellas, pero los gigantes morían por decenas. Comarcas completas de gigantes habían desaparecido, dejando sólo con vida a los humanos  y los animales quienes habían servido a sus amos muertos. El tiempo de los gigantes se acercaba a su fin, y el de los hombres estaba próximo a dar inicio.

Deambulamos casi sin rumbo fijo por tierras por completo desconocidas para mí, buscando un lugar para establecernos, hacernos con un nuevo rebaño de cabras y un pedazo de tierra para cultivar. Pero las epidemias nos impedían acercarnos a las aldeas que otrora fueron habitadas por gigantes. No deseábamos que nuestro bebé, nosotros o nuestros animales sufriéramos contagio alguno de las enfermedades que arrasaban territorios completos. Los humanos que ahora los habitaban se volvieron hostiles hacia todos los que no eran como ellos, asumiéndose dueños absolutos, comenzaban a sentir que eran superiores a los gigantes y no nos querían cerca. Nos alejaban arrojándonos rocas o gritando insultos en dialectos humanoides mezclados con palabras gigánticas que sólo ellos comprendían.

Resultaba entendible su odio, pues sus opresores y amos habían sido como nosotros, se les había esclavizado, mutilado sus cuerpos y comido su carne, separado de sus familias en Europa, enjaulado y vendido en tierras lejanas como ganado y carne de cañón.

Por intermediación de Gea decidimos al final marchar hacia el monte Athos, donde nació y se educó mi mujer. Así es que realizamos un largo viaje durante muchos meses antes de llegar a las faldas de aquella montaña, en donde aún prosperaba un importante asentamiento de gigantes que se constituyó en una ciudad de tamaño mediana.

Anatolia era famosa por sus centros ceremoniales, sus curanderos y magos, por sus escuelas de enseñanza de diversas disciplinas: música, medicina, poesía, danza, alquimia, psicología.

Las epidemias aún no la alcanzaban cuando arribamos a aquella capital, casi tres años después de abandonar el Éufrates. La memoria de las catástrofes contempladas por nuestros ojos en los años anteriores causaba un fuerte contraste con la prosperidad y bonanza que aún reinaba en Anatolia. La ciudad parecía florecer en sus calles, pequeños mercados en donde había toda clase de vegetales, animales y flores. Sus habitantes no conocían la esclavitud y repudiaban el uso de la carne humana como alimento. Se encontraban concentrados por completo en sus actividades comerciales, enviando caravanas a través del desierto y las estepas hacia buena parte del mundo conocido. Los maestros dirigían sus centros espirituales, preocupados sobre todo por sus alumnos, sus monjes y sus iniciados.

En cuanto se supo que Deméter estaba en la ciudad, emisarios de su padre se precipitaron a contactarnos y darnos la bienvenida. Brindaron refugio a nuestros elefantes y perros y nos dieron un techo con agua y comida mientras aguardábamos un mensaje del mago Noé. En breve se  nos concedería permiso para iniciar la marcha de ascenso hacia la cumbre del monte Athos, en donde se ubicaba el monasterio que era la meta de nuestros prolongados  y extenuantes viajes.

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A los tres días emprendimos una última marcha junto con nuestros paquidermos y perros, guiados por un silencioso monje de piel amarillenta a quien todos respetaban y llamaban Milo. A través de un prolongado sendero que subía por un ángulo en ocasiones de casi setenta u ochenta grados de inclinado, ascendimos casi sin descanso en el esfuerzo final de nuestro viaje.

Kyzza se portaba cada vez más amable con Cumba, los viejos rivales no sólo se convirtieron en amigos, sino en fieros amantes.

A lo largo de nuestro interminable trayecto, el macho elefante se acopló con la hembra varias veces, dejándola en cinta de dos mellizos que no tardaban en llegar al mundo. A Cumba le costaba mucho trabajo cualquier esfuerzo y no dejábamos de preocuparnos por su estado y por sus crías a cada momento. Deméter también había quedado embarazada por segunda ocasión durante el viaje, nuestro Gamesh ya tenía tres años de edad cuando entrábamos en la puerta del monasterio del monte Athos. El recuerdo de la invasión del Éufrates y de nuestro éxodo era apenas una pesadilla muy lejana y perdida.

Fui presentado ante mi suegro: el mago más importante del mundo de los gigantes, Deméter le describió mis cartas de presentación como aprendiz de hechicero, diestro pastor y criador de animales, en breve fui acogido y admitido como alumno en las diferentes materias que se impartían en el recinto.

Mientras Deméter reposaba su embarazo y esperaba a nuestro segundo hijo, que sería una niña, yo colaboraba por las mañanas en las labores del monasterio: cuidando las cabras y el ganado, que era una de mis especialidades, ayudaba en la preparación de las tierras para el cultivo de los vegetales y cereales que constituían los alimentos de sus habitantes. Por la tarde me sumergía en los diversos cursos que se me habían asignado para seguir mi preparación como hechicero: psicología, filología, alquimia, análisis y terapia a través de sueños, sanación por medio de imponer las palmas de las manos, semántica y lexicografía del idioma titánico, etc. Se presuponía, según me informaron los eruditos, que dominando las bases gramaticales del idioma de los titanes, no sólo se llegaría a comprender en breve cualquier idioma del universo, sino que con la práctica, en pocos segundos se conseguiría captar la esencia y la verdad de cualquier fenómeno o circunstancia. El titánico era una lengua que permitía penetrar los secretos de las cosas casi al instante y comunicarse tanto con los vivos como con los muertos.

En el monasterio conocí a algunos monjes que tenían varios cientos de años de edad. Uno de los cursos al que se me permitió ingresar y que más me interesaron, era aquel que consistía en la cura de cualquier tipo de enfermedad o estado emocional, a través de la respiración. Por medio de la respiración, algunos de aquellos sabios habían logrado prolongar sus vidas de modo inimaginable. Pronto me volví uno de los alumnos más interesados en este tema, y practique sin descanso los ejercicios que nos asignaban, volviendo mis inhalaciones cada vez más largas y hondas, y mis exhalaciones crecientemente lentas y tranquilas.

La respiración terapéutica pronto tuvo efectos benéficos para mí: mi piel, mi cabello y mis expresiones faciales mejoraron notablemente, así como el vigor en mi cuerpo y mis órganos. Trayendo una especie de renovación que se incrementaba conforme mi vida se volvía más apacible en aquel lugar y yo me convertía en un alumno cada vez más dedicado.

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Noé era un anciano con casi trescientos cincuenta años de edad. Fue alumno directo de los últimos titanes. Me acogió como uno de sus principales discípulos, casi como un hijo, no sólo porque era esposo de Deméter, sino debido a una simpatía natural que surgió entre ambos desde el comienzo de nuestra relación. Su nombre penetraría la memoria cultural de muchos pueblos posteriores que se quisieron adjudicar su nacionalidad y sus méritos: sumerios, hebreos, egipcios, libios, aqueos, etc. Pero el hecho innegable es que Noé fue un gigante y que no perteneció a ninguna cultura humana conocida por los hombres de hoy.

Aquello a lo que tantos pueblos nombraron como el Arca de la Noé, brindando los más extraños y sorprendentes significados e interpretaciones, no era literalmente un arca en donde fueron introducidas parejas de animales para ser salvadas, como reza el mito bíblico. El Arca de Noé en la realidad era una escuela milenaria, en donde se preservaban no especies de animales, sino conocimientos ancestrales transmitidos desde antes de la época de los Titanes y custodiados posteriormente por éstos. En la escuela de Noé se preparaban y ejercitaban iniciados para portar y transmitir enseñanzas que venían desde muy lejos en el tiempo y el espacio, y nos eran depositadas de acuerdo a nuestro grado de desarrollo. Si se presentaban desastres naturales, masacres, guerras, holocaustos, exterminios, etc., la finalidad de nuestra escuela era preservar dichos conocimientos por encima de cualquier evento o circunstancia. Justo cuando la humanidad se encontraba más perdida y extraviada, como en la época que me tocó vivir, era cuando una escuela como la de Noé reaparecía en la escena para recuperar, acumular, preservar y transmitir las enseñanzas más antiguas e importantes a ciertos individuos elegidos, quienes a su vez deberían cuidarlas y difundirlas.

Un desastre sin precedentes estaba por ocurrir, manifestándose en todas las formas posibles y trastornando la vida de los gigantes y los hombres. Y de él no tardaríamos en recibir noticias.

9

Mi hija nació al transcurrir el primer año de nuestra estancia en el monasterio, la bautizamos con el nombre de Dione, en honor a nuestra Diosa Madre.

Por su parte, nuestro pequeño Gamesh no se me separaba jamás. Fue muy inquieto desde que logró dar sus primeros pasos, lo investigaba y se interesaba por todo. El resto de los monjes y habitantes del recinto solían esconder sus cosas más preciadas, pues mi hijo era demasiado travieso y acostumbraba tomarlo todo. Rompiéndolo en no pocas ocasiones. Gamesh me acompañaba a pastar los rebaños y a ordenar las cabras, observando y estudiando con detenimiento cada detalle que yo lo enseñaba. Entraba con mi pequeño niño a varias de mis clases y conseguí enseñarlo poco a poco a permanecer tranquilo y quieto mientras un solemne monje disertaba sobre algún tema de medicina ancestral o alquimia frente a sus discípulos.

También nuestra familia de elefantes aumentó su número: Cumba tuvo dos crías que esperábamos desde nuestra llegada, ambos nacieron bastante sanos y hermosos, eran dos machos a quienes llamamos Yoko y Morris. El viejo Kyzza solía acompañarnos a Gamesh y a mí hacia los pastizales más lejanos en la ladera del Monte Athos, mientras guiábamos desde su lomo al innumerable rebaño del monasterio, ayudados por nuevas generaciones de nuestros perros pastores. Lo bañábamos en un arrollo y le mojábamos el lomo mientras las cabras bebían su agua. Cosa que el viejo paquidermo adoraba, dejándose hacer con los ojos cerrados mientras le acicalábamos. Luego comíamos una ración de pan, yogurt, leche de cabra y arroz que compartíamos con él.

De cada cosa que yo hacía con respecto a los animales y su cuidado, el pequeño Gamesh era una esponja que lo absorbía y aprendía todo. En algún momento llegué a pensar que en el futuro se convertiría en un pastor y criador de cabras, elefantes y perros, al igual que su padre, también en un estudiante del monasterio, del mismo modo que yo. Pero el destino de mi hijo estaba escrito, siendo aún mucho más grande que la humilde existencia de pastor y aprendiz de brujo de su padre, y más adelante tendríamos oportunidad de corroborarlo.

TERCERA PARTE:

EL VERDADERO DILUVIO UNIVERSAL

 

 03Gilgamesh

 Un joven chamán en potencia empieza por ser considerado en la comunidad como un hombre “enfermo”, atrapado en una abrumadora crisis psicológica que se expresa en una profunda confusión mental e incluso en enfermedad física. Si se puede curar, entonces puede ser un chamán, Enloquecer o morir. Sus opciones son limitadas.

 (SHELDON B. KOOP –Gurú: Metáforas de un Psicoterapeuta)

 

 Libre de idealidades y de pseudometas, el hombre sólo tiene a la función como su fuerza guiadora. Los chamanes le llaman a esto impecabilidad. Para ellos, ser impecable significa hacer todo lo mejor que uno pueda, y un tanto más.

 (CARLOS CASTANEDA –Las Enseñanzas de Don Juan)

 

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Transcurrieron 17 años viviendo en el monasterio, en un hermoso periodo de mucha tranquilidad, aprendizaje y alegrías, conviviendo y profundizando los lazos con la familia y los amigos. Nuestros hijos crecieron y se volvieron dos bellos jovencitos, quienes trabajaban y estudiaban con nosotros. Dione mostró pronto claras muestras de una fuerte vocación por la hechicería y la medicina tradicional, al igual que su madre. Gamesh se hacía bueno en el cuidado y manejo de animales, también con la música y el dominio del idioma titánico. Estos conocimientos le servirían más adelante, en una vida que él mismo elegiría, como guía y patriarca de pueblos enteros.

Empero, los signos del fin de nuestra era se harían cada vez más evidentes.

Las enfermedades y pestes alcanzaron por fin no sólo la capital de Anatolia, sino que se infiltraron silenciosamente hasta nuestro recinto. En seis meses fue arrasada más de la mitad de la población de la ciudad, contagiando a sus habitantes de viruela y diversos tipos de gripes que resultaron devastadoras. Los primeros infectados fueron los caravaneros que venían por la Ruta de la Seda desde China y Siberia, trayendo las pestes hasta nuestro hogar.

Piras gigantescas ardían  y alumbraban durante días y noches completas, incinerando los cadáveres de miles de víctimas. Mucha gente abandono la ciudad y remontó desesperada la antigua ruta, con rumbo hacia los países de la seda, en busca de lugares seguros en donde refugiarse. Muriendo en el camino o mucho antes de encontrar un sitio a salvo de las infecciones. En breve supimos que la Ruta de la Seda quedaba sembrada a lo largo de su trayecto, con los huesos de miles de gigantes fallecidos en el intento de llegar a cualquier otra parte. En China, Mongolia y Kirguistán, los pocos poblados que restaban se convirtieron en cementerios de gigantes, quedando borrados sus habitantes de la faz de la Tierra.

Los monjes del Athos intentaron curar a la gente, pero la medicina milenaria no parecía surtir efectos en los síntomas catastróficos de las nuevas enfermedades. Pronto todos los viejos monjes habían fallecido y el monasterio se quedó casi deshabitado. Yo tenía que actuar rápido, hasta ahora Deméter y nuestros hijos habían resultado ilesos, pero no quería esperar a que alguna de las enfermedades los tocara a ellos o a mí. Planee dejar el monasterio y buscar una ruta hacia Siberia por donde no hubieran transitado los infectados. Un monje de piel amarilla llamado Milo, quien nos guió hacia el monasterio unos años antes,  me rebeló que en aquel helado país existía un paso de hielo por donde podría cruzarse encima de un mar congelado, hacia la tierra que los antiguos conocían como la Atlántida. Manadas enteras de paquidermos, lobos y búfalos gigantes habían emigrado en los últimos años hacia aquella mítica tierra huyendo de las hordas  insaciables de Gerión.

Lo discutimos con Deméter y ella acordó consultarlo con nuestra Madre Gea para averiguar si era factible el plan de emigrar hacia una tierra demasiado lejana y desconocida.

Entonces nos avisaron que el viejo Noé estaba enfermo, una férrea neumonía lo invadió y consumió su cuerpo, otrora jovial y sano. Ningún hechizo ni ungüento, ni poción mágica sirvió para aliviarlo. Me dejó helado y con las piernas temblando, cuando poco antes de morir me nombró Gran Maestre del monasterio. En ningún momento aspiré ni soñé jamás con suplir la labor de mi suegro, mucho menos me creía con los méritos ni con los conocimientos para liderar y administrar el recinto como él había hecho durante tantos años. Aquello representaba una responsabilidad enorme, no sólo debería cuidar de los habitantes del monasterio, sino que tendría que ver por la preservación de los libros sagrados y los conocimientos milenarios que se resguardaban.

El viejo Noé se extinguió una madrugada y con él pareció morir una era completa en la que reinaron alguna vez los gigantes.

2

El anciano dictador Gerión también enfrentaba graves problemas con la administración de su basto reino. En Hispania preparaba cuatro legiones de guerreros humanos para invadir el Asia Septentrional, donde aún habitaban algunos pocos pueblos de gigantes y de otros seres homínidos llamados lugures, de quienes sus informantes le informaron que poseían minas muy ricas en metales, ganados prósperos y cultivos desbordantes. Gerión ansió despojarlos de sus pertenencias y esclavizarlos, igual como hizo con los hombres y gigantes.

Una madrugada, Hércules el mestizo, fruto de la cruza de uno de sus hombres con una humana, sorteó con un puñado de fieles suyos la delgada línea del Estrecho de Gibraltar, regresando una semana después a África al frente de las legiones que había financiado y entrenado el propio dictador. Pero no venían para servirlo, sino para aniquilarlo.

La rebelión de los humanos comenzó con Hércules a la cabeza, sus tropas destrozando a los batallones de gigantes que custodiaban Marruecos, y enfilando hacia el Éufrates, donde se estableció Gerión. Avanzaban con una ferocidad sin precedentes, empalando a cualquier gigante o humano que les presentara la menor resistencia. Arrasaban los campos de cultivos, los ganados y silos donde se almacenaban los cereales para el invierno. Gerión preparó una defensa con los hombres que le quedaban, pero Hércules ni siquiera le dio tiempo de organizarse suficientemente. Atacaron su campamento una noche, el propio Hércules le rompió las vértebras lumbares con un golpe de sus brazos, para que no consiguiera escapar. Lo hicieron prisionero tras matar a todos sus seguidores. Discapacitado y herido, le arrancaron la piel estando aún con vida y lo ataron moribundo al tronco de un árbol en el desierto, en medio de impensables alaridos para que se desangrara hasta morir o se lo tragaran los buitres. En el fondo, a pesar de todo, era una muerte justa para un tirano quien había arrastrado a la perdición a tantísimas personas, gigantes y seres humanos durante bastantes años.

No tardaron en llegar noticias hasta lo que quedaba de Anatolia, de que Hércules marchaba hacia ella con sus hombres para devastarla e invadir el monte Athos. El humano mestizo ansiaba despojar a los gigantes de sus secretos mágicos, pretendiendo convertirse ahora él en dueño absoluto del mundo. Un tirano era simplemente suplantado por otro, aún más sangriento y voraz.

Los humanos avanzaban tan rápido que no nos darían tiempo de preparar nuestra migración hacia Siberia y la Atlántida. Hasta Anatolia arribaban poco a poco los gigantes sobrevivientes de la devastación que dejaba a su paso el ejército humano, trayendo horribles noticias,  huyendo de la persecución y las masacres orquestadas por los rebeldes.

Me encontraba al frente de los restos del monasterio y de la ciudad, no podríamos huir hacia ninguna parte llevando familias completas, ancianos, mujeres, niños, rebaños y animales, así como antiguos manuscritos que requerían cuidados especiales, sin que nos dejara de perseguir Hércules implacablemente hasta darnos alcance. Casi sin pensarlo, retomé mis pasos de antiguo guerrillero del desierto. Rápidamente organicé a un grupo de pastores y caravaneros de las estepas, quienes sabían hacer uso de sus hondas para espantar a los lobos. Formé una falange con campesinos, obreros y monjes del Athos, forjando prolongadas jabalinas con las que fueron armados cada uno de los voluntarios. Construí una máquina para arrojar fuego con un gigantesco trozo de tubería de bronce que servía para almacenar trigo. En breve se había improvisado un frente de poco más de cuatrocientos gigantes dispuestos a proteger a sus familias y el Arca de Noé.

3

Desde la cumbre del monte Athos, el monje Milo y otros guerrilleros divisaron la gran masa del ejército humano aproximándose a gran velocidad.

Yo no había recibido ninguna formación militar, pero de mi vida en el desierto aprendí a realizar emboscadas y tender trampas. Esperé a que Hércules diera indicios de cómo procedería su invasión de Anatolia, para saber cómo reaccionar y anticipar sus movimientos.  El monje Milo en compañía de otros voluntarios, espiaba día y noche en la lejanía las acciones de los humanos, contando sus hogueras, tomando nota de sus avances, informándome al instante de cada paso dado por el ejército invasor.

Entonces Hércules cometió su primer error. Dividió sus tropas en dos para tratar de rodearnos, enviando a la mitad de su ejército por la espalda del monte Athos y la otra situándola cerca de la ciudad. Hércules se encontraba al frente de las tropas que acamparon delante de Anatolia, pretendiendo intimidar y aterrorizar con su sola presencia a los pocos habitantes que quedaban en ella. Manteniendo con él sus principales pertrechos y víveres, custodiados casi por mil hombres, quienes pretendían amedrentarnos. Con la segunda mitad de sus tropas, unos seiscientos efectivos,  formó una avanzada que intentaría rodear por la retaguardia el monte Athos, asaltar el monasterio y luego atacar por detrás de la ciudad.

Sin quererlo, el lugarteniente de los humanos nos había facilitado bastante la defensa, pues un ejército tres o cuatro veces menor que el suyo, como el nuestro, tenía pocas posibilidades de presentar batalla frontal ante su superioridad numérica. Al quedar divididas sus tropas, tendríamos más oportunidad de aprovechar su división y propiciarle fuertes golpes mortales.

El humano nunca pensó que mis hombres vigilaban cada uno de sus movimientos. Nosotros actuaríamos más rápido que cada uno de sus dos brazos armados.

Un caravanero proveniente de la India nos donó dos elefantes más, dos hembras quienes más tarde formarían pareja con cada uno de los hijos de Kyzza. Nuestro viejo macho, su hembra Cumba y los cuatro elefantes jóvenes fueron cubiertos por armaduras improvisadas de bronce, para protegerlos de los dardos y lanzas humanos. Los seres humanos jamás habían enfrentado la embestida de seis paquidermos perfectamente entrenados no sólo a modo de animales de carga y mascotas, sino como guerreros temibles y guardaespaldas de los gigantes. Y en breve les haríamos sentir su fuerza y velocidad.

Una mañana de domingo me monté sobre el lomo de Kyzza, marcharíamos él y yo delante de los otros cinco elefantes, manteniendo el liderazgo de nuestro ejército. Milo, el monje, iba con otro chico sobre Cumba y cuatro pastores guiarían al resto de los elefantes. Cuatrocientos cincuenta guerrilleros gigantes irían tras de nosotros, equipados con jabalinas de cuatro metros, escudos de roble, afiladas dagas  y cuchillos.

Cuando nos preparábamos para marchar directo sobre la avanzada de humanos que pretendía asaltar el monasterio, mi amado Gamesh se arrojó a las patas del paquidermo, rogándome que lo llevara. Por unos segundos me paralicé, no me sentía con el valor de exponer uno de mis seres más queridos a los infames proyectiles humanos, por otro lado, recordé la profecía de mi madre Gea sobre nuestro hijo: en el futuro sería un gran rey y líder de muchos pueblos. Decidí que aunque con demasiado riesgo, aquella batalla le serviría muchísimo de experiencia para forjarlo como un futuro patriarca justo y firme, quien en el último de los casos utilizaría la violencia armada como recurso para solucionar los problemas. Alguien quien también tendría que luchar hasta la muerte en muchas ocasiones con tal de defender a los suyos.

Los falangistas le ayudaron a subir hasta el lomo del gran Kyzza, ubicándose a mis espaldas:

-¡Te voy a cuidar muy bien la retaguardia…!

Me dijo en voz baja para que no lo escuchara el resto del batallón. Casi me saca las lágrimas. Su madre y su hermana estaban cerca, contemplándonos y dando sus bendiciones hacia todos los valerosos voluntarios.

Entonces emprendimos la marcha.

4

La avanzada del ejército humano acampó en un acantilado, facilitándonos la defensa del monasterio. Mientras tomaban sus alimentos y descansaban del difícil ascenso que representaba el monte Athos, los emboscaríamos. Ordené que ubicaran la máquina de fuego con su boca mortal  en dirección hacia ellos.

Apenas pudieron reaccionar ante cinco olas gigantescas de lumbre que les envolvieron, matándoles a cientos de hombres.

Se trataba de un improvisado cañón de bronce de treinta metros de largo, portado por veinte de nuestros más fuertes voluntarios. Los alquimistas del monasterio habían encontrado la manera de crear un fuego volátil, combinando fécula de maíz con cobre y otros minerales. Embutimos en la boca del cañón una tonelada de manteca, mezclada con la fórmula secreta de nuestros alquimistas, además de trozos de metal, rocas volcánicas muy duras y clavos afilados. Formando un fuego mortal que no sólo abrazaba a sus víctimas, sino que arrojaba puntas ardiendo, las cuales se les incrustaban y derretían sus cuerpos.

Tras del fuego los rodeamos por tres puntos desde el acantilado y desencadenamos varias avalanchas de rocas volcánicas muy grandes, sepultando a los que no fueron incinerados, acompañados de una lluvia de pedernales lanzados con hondas por nuestros pastores. Nuestros gigantes se arrojaron sobre ellos, destrozándolos, simplemente rematando a los heridos y unos cuantos  humanos que quedaban en pie tras la tormenta que desencadenamos en su contra. En ese primer encuentro no tuvimos necesidad de arriesgar la vida de ninguno de los nuestros.

Los voluntarios y los monjes estaban locos de contentos, la victoria subía sus ánimos, no tardé en urgirlos a guardar la calma y una mesura necesaria. La batalla más fuerte se presentaría cuerpo a cuerpo con Hércules y sus hombres.

Por su parte, el líder de los humanos contempló estupefacto las humaredas enormes producidas por nuestra máquina de fuego desde el campamento donde aguardaba. Algo le indicó que sus planes no se desarrollaban como lo planeó. Hasta ahora no encontró ningún tipo de resistencia en toda su invasión, había utilizado los propios hombres de Gerión para aniquilarlo. En Hispania, unas pitonisas le prometieron que él sería el emperador de un nuevo reino de humanos, en donde los gigantes no ocuparíamos ya ningún puesto.

Hércules aguardó toda la noche, mandó mensajeros y espías para averiguar lo que había sucedido con la mitad de su ejército, pero eran interceptados por nuestros honderos, o cazados por nuestros perros. Durante diez horas de oscuridad no recibió ninguna noticia, por primera vez el miedo y la duda lo paralizaron. Resultaba increíble que un soldado profesional de su envergadura no supiera en lo más mínimo cómo proceder. Sus informantes le contaron que la mayoría de los gigantes había muerto, contagiados por las pestes, jamás imaginó que un ejército desconocido aguardaba por él en Anatolia para presentarle batalla e incluso exterminarlo. Por primera vez el miedo a no lograr sus sueños corroyó sus entrañas.

Durante toda la noche los gigantes descendimos desde el monte Athos a través de un paso secreto de la montaña, surcado exclusivamente por antiguos pastores y caravaneros de las estepas. Lo descubrimos Gamesh y yo en nuestras correrías con Kyzza a lo largo de las faldas del monte, mientras guiábamos las cabras. De manera que el ejército enemigo no tendría ninguna posibilidad de detectarnos mientras marchábamos por ellos. La verdadera batalla comenzaría al amanecer, y por ningún motivo permitiríamos que el humano tomara la iniciativa, dando el primer golpe. Seríamos nosotros quienes lo apuñalaríamos  antes que pudiera siquiera saber en dónde ni con qué lo heriríamos.

5

Hércules recorrió con mirada nerviosa las faldas de nuestro monte, la neblina apenas le permitía percibir las siluetas desdibujadas de la ciudad casi abandonada, la sombra nebulosa  y quieta de nuestro monasterio en la cumbre. Se esforzaba bastante por mantenerse sereno y transmitir calma a sus hombres. No había dormido si quiera un minuto a lo largo de toda la noche, tampoco su gente. Eran las cinco de la mañana y en una hora o dos amanecería por completo. En las últimas horas envió uno tras de otro a veinte espías para averiguar la suerte de sus tropas, nadie de ellos regresó, sólo reinaba el silencio, los fantasmas de Anatolia y la niebla.

Un grito de guerra increíble se escuchó a través de la bruma y las sombras. Los humanos jamás presenciaron tal poder sonoro proveniente de la trompa y los pulmones de un paquidermo guerrero. El grito de Kyzza fue secundado por los otros cinco elefantes que barritaron al unísono tras de su líder. Los invasores sintieron la tierra temblar bajo sus pies, pues nuestras bestias la hacían retumbar en su carrera a toda marcha hacia ellos.

Sin estar del todo seguro de lo que se le venía encima, Hércules reaccionó rápidamente, haciendo sonar sus trompetas y ordenando a sus legiones ponerse de pié y prepararse para la batalla. A pesar de todo, sus fuerzas tenían la ventaja de su disciplina y su cuidada formación militar.

Kyzza emergió de la niebla conmigo y mi hijo en su lomo, embistiendo de un golpe a veinte de sus hombres, quienes apenas alcanzaron a distinguir en las sombras lo que se les venía encima. Tras de nosotros, los cinco elefantes se abalanzaron con sus jinetes sobre las filas del ejército humano sin dudar. Abriendo grandes canales y boquetes de sangre, vísceras y hombres muertos en la ordenada masa del enemigo. Sus soldados eran sumamente disciplinados, entrenados desde la infancia para asesinar o morir, de manera que al instante trataban de reordenarse a pesar de ser aplastados por aquellos animales guerreros. Entonces aparecieron nuestras falanges de gigantes, armados con sus lanzas, y tras de ellos los pastores, con cuchillos y cayados que utilizaban para aplastar las cabezas del ejército invasor. Los nuestros penetraron las filas enemigas a través de los boquetes hechos por los elefantes, impidiéndoles tomar sus posiciones defensivas de nuevo.

Los seis elefantes avanzaron a través de la compacta masa del ejército, despedazándolos, tras de nosotros, en los surcos de cadáveres aplastados que dejábamos a nuestro paso, penetraban las falanges de gigantes y pastores. En media hora los invasores cayeron en el desorden y el caos total, asustados por nuestros animales y embestidos por ellos.

En poco tiempo, con los paquidermos habíamos atravesado por completo al ejército invasor y debimos girar  para regresar al campo de batalla, embistiéndolos ahora por la retaguardia, causando aún más pánico y destrucción en las fuerzas enemigas.

La batalla estaba decidida y los invasores no la ganarían de ningún modo.

El propio Hércules nos salió al paso, desesperado y enloquecido ante su evidente derrota. Tomó un mazo de roca enorme y trató de aplastar la cabeza de Kyzza con un golpe. Entonces arremetí yo desde el lomo del paquidermo con una de nuestras jabalinas, antes que hiciera daño a mi mejor amigo. Cosa que de ningún modo le permitiría. El invasor debió desistir de su ataque, evitando quedar empalado con mi arma que por poco lo atraviesa como a una mariposa. Quiso lanzarse con su martillo de nuevo sobre nuestro amigo, aunque yo ya tenía lista otra lanza para atravesarlo y no fallar en esta ocasión. Pero un proyectil proveniente del mismo lomo de Kyzza, lanzado por el joven Gamesh, le hirió en el ojo, dejándolo tuerto. Muchísima sangre broto de su rostro, acompañado de alaridos de dolor del líder de los humanos.

Los gigantes ovacionaron a mi hijo, la lucha estaba culminada.

Sus hombres se precipitaron a prestar ayuda a Hércules, lo cargaron y se lo llevaron del campo de batalla antes que nuestro elefante lo aplastara.

En pocas horas el ejército enemigo había sido diezmado, destruido y vencido por completo. Los humanos huyeron con su líder y unos pocos sobrevivientes. Pensamos en perseguirlos y dar caza a Hércules, pero teníamos otros planes y proyectos que requerían toda nuestra energía. Debíamos preparar cuanto antes el viaje hacia Siberia, organizar familias, pertrechos, víveres, animales para la larga marcha que nos esperaba.

Luego nos enteramos que Hércules moriría a los pocos días, mientras intentaba regresar al Éufrates, envenenado por una de sus esclavas, quien deseaba vengarse del guerrero por asesinar a su familia. El destino de los autócratas resultaba irrisorio en ocasiones, casi cómico en la manera que llegaba a  su patético fin.

Hércules sería recordado mucho tiempo después como el hombre que venció a Gerión y el héroe que inició la rebelión de los humanos. También como el líder que perdió una guerra innecesaria y murió a manos de una sencilla mujer.

6

El Diluvio Universal no fue como lo describieron los autores bíblicos. No se trató de la inundación del mundo ni la desaparición de especies enteras de animales y hombres.

El Diluvio consistió en la dispersión voluntaria de los pocos gigantes que quedábamos hacia diversas partes del mundo, con el fin de resguardar los antiguos libros y conocimientos milenarios dejados por nuestros antecesores. Sí habría inundaciones posteriores, congelamientos, sequías, holocaustos, nacimientos de volcanes y más. En pocos años el mar inundaría el estrecho de Gibraltar, formando el Mar Mediterráneo y separando África de Europa. Un volcán nacería dentro de poco tiempo, a un costado del monte Athos, sepultando Anatolia por completo con su lava. La mitad de la Atlántida quedaría sumergida bajo el océano que luego sería bautizado con su nombre, perdiéndose con ella civilizaciones enteras de titanes, gigantes y lugures de quienes la posteridad apenas podría acordarse equívoca y dificultosamente. Más tarde los hombres bautizarían como América a aquel sitio milenario, que alguna vez albergo riquísimas culturas y pueblos ya desaparecidos.

La era de los humanos estaba en marcha y nosotros éramos unos pocos sobrevivientes, extraños especímenes y monstruos en peligro de extinción. Por medio de un sortilegio conjurado por Deméter, los gigantes adoptamos la forma de los seres humanos como disfraz para protegernos. Sabíamos que si nos presentábamos en nuestra apariencia original, estaríamos condenados a ser perseguidos y exterminados por los hombres.

La mayoría de los gigantes decidió partir de regreso hacia los valles del Río Éufrates y fundar una gran civilización allí. No deseaban ir con nosotros a un país desconocido y helado como Siberia, enfrentar peligros inimaginables y  circunstancias nuevas, sin precedentes. Querían que fuéramos con ellos y ofrecían nombrarme su rey, cosa a la que me negué. La Diosa Gea nos encomendó poco antes a mí y a Deméter marchar hacia Siberia y luego a la Atlántida para llevar y preservar los conocimientos secretos del Arca de Noé.

De manera espontánea la gente escogió a Gamesh como su líder. Mi hijo apenas tenía 20 años de edad, hasta ahora siempre había sido mi pequeño seguidor, mi más íntimo y cercano amigo, mi discípulo, mi aprendiz, mi muy amado. Había mostrado enorme valor en la batalla, hiriendo casi de muerte a Hércules con un dardo, se ganó de inmediato a todo el pueblo. Era hermoso, observador, inteligente y carismático. Poseía una voz  ronca, profunda y bella de barítono. La gente se quedaba en silencio, escuchándolo cuando él hablaba. Siempre estuvo a mi lado y detrás de mí. Ahora llegaba su hora de emprender su destino. Sobre todo a mí me costó muchísimo esfuerzo emocional el dejarlo ir. Al igual que antes de la batalla contra Hércules, sabía que debía permitirle marcharse con ellos.

Gamesh no lo dudó cuando lo nombraron líder de la caravana que partiría hacia el Éufrates, con más de ochocientos gigantes disfrazados de humanos. Protegidos bajo el hechizo de Deméter. Le obsequiamos a Kyzza para que no sólo lo transportara hasta allá, sino para que lo cuidara, protegiera y acompañara en su nueva vida. De un golpe tendría que desprenderme de dos de mis seres más amados. Pero así debía ser, un nuevo ciclo y una nueva era nacía en todos los aspectos. El monje Milo también iría con él para servirle como consejero, amigo y guía. Definitivamente nuestro hijo no estaría solo.

7

Una enorme caravana de gigantes disfrazados de humanos partió hacia el Éufrates. Fue la última vez que vimos a Gamesh, aunque con los años escucharíamos hablar bastante de él. Llegaría a convertirse en el rey de un imperio que albergara y diera cobijo a muchos pueblos distintos, de humanos y gigantes, enfrentaría muchos peligros, encontraría amigos y enemigos, conocería el miedo, la duda y el amor.

Al frente del contingente iban dos elefantes: Kyzza y Cumba, con Gamesh y Milo en sus lomos.

Por nuestra parte, Deméter, Dione y yo llevamos los cuatro elefantes restantes con nosotros: los hijos de Kyzza y las dos hembras nuevas, con quienes más adelante se aparearían. Diez monjes irían con nosotros, así como también una treintena de niños gigantes huérfanos, sobrevivientes de las guerras, las epidemias y las matanzas. Los habíamos acogido, brindándoles abrigo, la gente nos los mandaba o ellos venían por sí solos a nosotros. Los cuidábamos y protegíamos, también los educábamos. Con los años ellos nos ayudarían a preservar el Arca de Noé y serían parte de ella. Siempre habría un nuevo Gamesh y una Dione en cada pequeño que se cruzara en nuestro camino en busca de amor.

Emprendimos nuestra propia marcha, dirigiéndonos hacia una dirección completamente opuesta a la de nuestro hijo. También íbamos disfrazados de humanos, con nuestros elefantes, perros, cabras y ovejas.

Un año y medio después de partir, estaríamos cruzando un puente de hielo en el extremo norte de Siberia, detrás de una manada de mastodontes y búfalos salvajes, quienes dejaban Europa y Asia para internarse en un nuevo territorio. Sus instintos les indicaban que ahí encontrarían nuevos pastizales ricos en forraje y manantiales para prosperar. Nuestros instintos nos indicaban lo mismo, por ello los seguiríamos.

En el nuevo continente formaríamos una nueva civilización, con el tiempo nos llamarían los toltecas. La vida de los gigantes continuaría de manera discreta durante mucho tiempo más, cobijados bajo el disfraz de la apariencia humana.