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Aníbal Barca 3: La Batalla de Zama

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Por: Adán de Abajo

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En el campamento se creó un revuelo: gritos de alarma, vociferaciones y alaridos. Al amanecer, un par de jinetes romanos arrojó un bulto por encima de la empalizada que protegía a las fuerzas africanas  y luego escaparon a todo galope. Se trataba de un saco de lana con un pesado contenido que causó la alarma general entre las tropas cartaginenses. No tardaron en llevárselo al general, quien aún dormía en su tienda, agotado: su mente y su organismo comenzaban a dar muestras de cansancio tras casi seis años de campaña en suelo extranjero. Había perdido uno de sus ojos por una infección mientras cruzaba un pestífero pantano en el Norte de Italia. Muchas eran sus victorias, bastantes las legiones enemigas exterminadas, varios los senadores muertos bajo las lanzas y espadas de sus mercenarios africanos, miles de esclavos capturados, cuantiosos tesoros incautados, ciudades caídas o pasadas a su lado. Empero, Roma no se rendía ni daba muestras de pretender firmar una tregua con él, contrariamente, parecía un monstruo a quien cada vez brotaban nuevos tentáculos y cabezas a las cuales Aníbal sin piedad amputaba o asestaba golpes. Roma no parecía tener final, lo cual ya empezaba a cansarlo y hacerlo dudar sobre las posibilidades últimas de la guerra. Cartago, su patria en el Norte de África, no se decidía a enviarle nuevos contingentes, con los cuales pudiese inclinar aún más la balanza a su favor, varias de las ciudades ibéricas en Hispania perdidas a manos de los romanos. La ciudad de Capua, al sur de Italia, quien era su aliada, cayó a manos del implacable senador Fabio, el anciano sabio, quien castigó duramente a sus ciudadanos por traición.

Monómaco y Maharbal, sus dos principales lugartenientes, solicitaron permiso para ingresar a su tienda llevando el extraño objeto. El contenido del saco arrojado por los legionarios no tardó en emerger, dejando pasmado y en shock a Aníbal. Una cabeza humana, atada a dos manos igualmente cercenadas: se trataba de la cabeza de Asdrúbal, su hermano, y las manos de Sileno, el secretario y escriba griego, amigo íntimo de los Barca, quien habría acompañado a su familia desde la época de las  primeras guerras en Sicilia contra Roma. Aníbal pidió quedarse solo, irrumpió en el llanto desolador, luego en un silencio que se prolongó durante varios días. Asdrúbal era su hermano más amado, adorado.

Asdrúbal había tomado la misma ruta por la que su hermano mayor y su ejército transitaron a través de los Pirineos, con la idea de llegar a Italia y unírsele en la lucha contra los romanos. Al contrario de Aníbal, sus tropas se encontraban maltrechas, tras la última derrota en Baécula, en donde se enfrentara contra Cornelio Escipión, el hijo de los escipiones, y tuviera que batirse en retirada, salvando apenas sus elefantes y los principales pertrechos. Al descender desde las montañas en suelo Italiano sería avistado su ejército, perseguido durante días por tres legiones, capitaneadas por Fabio hijo. Los cónsules interceptaron a sus jinetes que llevaban una carta para Aníbal, la cual nunca llegaría a su destino. De hecho, Aníbal ignoraría todo acerca de la presencia de su hermano hasta esa mañana, en que le llevaron su cabeza en estado de descomposición. Las tres legiones habrían rodeado a sus tropas, llevándolo a una trampa, Asdrúbal moriría valientemente, lanzándose con su caballo sobre la infantería romana. Su ejército quedaría diezmado, los sobrevivientes obligados a retornar por el paso de los Pirineos hacia Iberia.

Los africanos unieron la cabeza de Asdrúbal al cuerpo de un prisionero italiano, quien tuvo la misma complexión que el hermano de los bárcidas. Prosiguieron a los rituales funerarios, los sacrificios y las hogueras en honor del joven caído.

Al transcurrir tres días, Aníbal mandó reunir a sus poderosas tropas: libios, celtíberos, cartaginenses, etíopes, ibéricos. Su ejército hasta ahora se encontraba invicto: nadie había logrado vencerlo en suelo italiano. Nadie lo había vencido jamás, ni en Italia, ni en áfrica, ni en Iberia.

A pesar de negarse a rendir, Roma aún se encontraba contra la pared, bajo las suelas de Aníbal.

El general subió a lomos de Sirius, el enorme elefante macho sobreviviente de las primeras jornadas desde Hispania, hace más de seis años. Se sumaron otros siete paquidermos, enviados desde Cartago en las últimas semanas. Los gigantes encabezaron la marcha con el general a la vanguardia. Sus hombres, más que nunca se sentían inspirados y listos al combate, prestos a vengar la muerte de Asdrúbal. Invitarían a los romanos a presentar combate abierto delante de las murallas de la misma Roma.

Al llegar a las puertas de la capital italiana, dispusieron a los elefantes al frente de las filas. El resto de las tropas tras de ellos: los jinetes númidas, las poderosas infanterías celtíberas, ibéricas, libias, lideradas por Monómaco: el general fenicio; también los honderos baleáricos, con sus proyectiles preparados para arrojarlos sobre los manípulos romanos; la invencible caballería africana, capitaneada por Mahárbal.

Dentro de la ciudad, todos temblaban, el pánico absoluto cundía. Las dos legiones que restaban tras las anteriores y fatídicas batallas emergieron de las puertas de las murallas para defenderla. Iniciaron su formación vacilantes, temblorosas, conocedoras de que aquellos mercenarios venidos de lejanas tierras les traerían la muerte.

Poco antes de que Aníbal, a lomo de Sirius, diera la orden de ataque, una densa tormenta comenzó a caer sobre ambos ejércitos. El agua subió, convirtiendo las Colinas de Marte en un pantano. Ese día no se pudo iniciar el combate.

A la mañana siguiente, cuando las tropas de los dos ejércitos se habían formado de nueva cuenta, la lluvia volvió a caer. Los sacerdotes avisaron a Aníbal que aquello debía ser una señal de su dios Baal. Entonces ordenó el repliegue hacia las montañas. Su fiero ejército se retiró a través de las mismos senderos por donde había llegado.

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Por su parte, en Hispania, el joven Cornelio Escipión recogía un triunfo tras otro: luego de apoderarse de Cartago Nova en un ataque relámpago y vencer a Asdrúbal, salía nuevamente vencedor sobre el tercero de los hermanos de Aníbal: Magón Barca, quien apenas pudo escapar con vida tras perder a diez mil hombres. Hasta ahora, Escipión daba muestras claras de haber aprendido bastante de los movimientos del propio Aníbal, imitándolos al invadir en su propio suelo a los cartaginenses y al llevar a una trampa al ejército de Asdrúbal, aislándolo de sus hermanos en Baécula. Tal como Aníbal hizo con un senador tras otro durante los primeros años de la guerra en Italia.

Tras perder Cartago Nova, los africanos comenzaron a desmoralizarse, cayendo en breve  todos sus bastiones de poder en Hispania a manos de los romanos, de donde se nutrían económica y militarmente. En poco tiempo ya sólo quedaba un ejército púnico en activo en la península, dirigido por el hermano más joven de Aníbal, Hanón Barca, quien no tardó en quedar fuera de combate en una emboscada en las Islas Baleares, mientras se esforzaba por encontrar nuevos mercenarios para apoyar a su patria. Una lanza romana atravesaría su yegua durante una emboscada, despeñándose luego esta y fracturándole la pierna. Sus hombres lo embarcarían inconsciente, con las heridas infectadas, de regreso a África, falleciendo en el trayecto a través del mar.

Pronto, Cornelio Escipión recibió la orden del Senado Romano de embarcarse a Sicilia con sus hombres, unificando sus tropas con las dos legiones sobrevivientes de la batalla de Canas, las cuales aguardaban por él en la isla italiana. Ahí se dispuso a entrenarlas de día y de noche durante semanas. Preparando un golpe maestro: la invasión de África y el ataque a los cartaginenses en su propia tierra natal.

Embarcó a sus hombres y pertrechos y cruzó el Mediterráneo.

En las costas del Continente Negro, los cartaginenses y sus aliados aguardaban por él para castigarlo por su osadía y expulsarlo de vuelta al mar. Magón, el último hermano con vida de Aníbal, tras ser derrotado en Hispania había regresado a Cartago, rehaciéndose y construyendo una fuerte alianza con Sífax, el emperador de los libios. A su lado luchaba también Asdrúbal Giscón, un noble cartaginense, veterano general, quien había peleado primero con Amílcar Barca en Sicilia y luego en Italia al lado de Aníbal. Sífax se había apoderado recientemente de varios reinos, dejando a Masinisa, hijo del rey Gea de los númidas, desterrado. Gea y Masinisa fueron aliados durante décadas de los cartaginenses, particularmente de la familia Barca, desde la época de Amílcar. Luchando como aliados al lado de ellos. Eran incluso familiares, pues una hermana de Aníbal estaba casada con un pariente del rey Gea. A partir de la avaricia de Sífax, los aliados de Cartago se veían obligados a dividirse, el príncipe Masinisa, no se quedaría de brazos cruzados, dejando a Sífax usurpar su trono. Pronto se pasaría de lado de los romanos, apoyando a Escipión y proporcionándole dos mil mortíferos jinetes númidas.

Tras algunas escaramuzas en las que a veces ganaron los romanos y en otras fueron forzados a retirarse por parte de los africanos, Escipión realizó una acción sorpresiva, incendiando de noche el campamento donde descansaban Sífax y Magón Barca. Todos sus animales, soldados y pertrechos se perderían. Magón sucumbiría finalmente entre las llamas y Sífax resultaría capturado mientras intentaba escabullirse entre las cenizas. Masinisa retomaría su trono, limpiando la memoria de su anciano padre Gea y brindando a los romanos todo su apoyo en África, poniendo en verdaderos problemas a Cartago, hacia donde dirigirían todos sus esfuerzos bélicos a continuación.

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Ante la penosa situación a la que paulatinamente era sometida Cartago por parte de Escipión y sus legiones, el Senado Cartaginense no tuvo más remedio que enviar un mensaje a Aníbal hasta Italia para que acudiera a defenderla de los romanos. Cartago había hecho un último esfuerzo por repeler a Escipión enviando de nueva cuenta a Asdrúbal Giscón al frente de una avanzada de mercenarios ibéricos, griegos y africanos, los cuales sucumbirían por completo en una última e inútil refriega.

Aníbal ya se encontraba más que agotado con la situación de desgaste a la que lo sometían los romanos, sin rendirse en lo absoluto, aunque los vapuleara sin cesar en los últimos seis años. Sus tres hermanos muertos, Iberia perdida por completo. En algún momento pensó en retomar el camino de los pirineos y retornar a Hispania para recuperarla y asegurar el abastecimiento económico y militar de su familia y sus aliados africanos. Pero el apremio de defender su ciudad natal, en donde se encontraban su esposa y su hijo, le hicieron dirigirse finalmente hacia África y organizar la defensa contra los romanos.

Reagrupo a sus hombres, incluyendo a todos los iberos y celtíberos que lo siguieron desde los Alpes e Hispania, prometiéndoles fortunas en oro con tal de seguirlo hacia África. Comenzó su descenso por la península, exprimiendo la bota italiana hasta el último suspiro de riquezas, botines y alimentos para llevárselos con él. Se embarcó por fin en el sur de Italia con todos sus hombres, caballos, con Sirius, el viejo elefante y otros seis paquidermos veteranos.

En Cartago lo esperaría el senado de su ciudad con setenta paquidermos nuevos, listos para enfrentar a los romanos.

Apenas tuvieron tiempo él y sus tropas de descansar un poco y recuperar el aliento tras el largo viaje desde Europa. Se internaron en el desierto con sus animales y armas. Se dice que se abrían paso en las llanuras africanas y contemplaban gacelas, antílopes, cebras y leones alejándose al contemplar su ejército. Una noche el rugido de un león macho despertó a Aníbal, inyectándole un mal presentimiento al respecto de la conclusión de la guerra. La pérdida de sus hermanos, el retiro incierto de Italia sin haber concluido su tarea de derrotar a Roma, tantos años de viajes y guerras, lo tenían demasiado desgastado.

Antes de emprender la última y decisiva batalla, Aníbal se entrevistó con Escipión. Sus jinetes númidas lo habían traicionado, pasándose del lado de Masinisa, el príncipe de Numidia y ahora aliado de Roma. El general africano planteó al joven senador romano la posibilidad de la rendición, sabía que sus tropas, aunque diestras, veteranas e invictas, se encontraban agotadas. Aníbal deseaba descansar y retornar con su esposa Ímilce y su hijo, Ímilco, a Cartago, para reponer tantos años de ausencia y marchas.

Cornelio Escipión planteó unos términos incumplibles, forzando a los africanos a presentar combate. En esta ocasión los italianos eligieron el territorio para enfrentarlos: la llanura de Zama, un paraje abierto y parejo en donde ambas fuerzas se encontrarían en similares ventajas.

Los setenta elefantes fueron colocados a la cabeza de las fuerzas cartaginenses, tras de ellos todos los contingentes de mercenarios que servían a Aníbal, encabezados por Monómaco. En la caballería celtíbera, ibérica y púnica se encontraba, como siempre, el fiel Mahárbal. Empero, dicha caballería se hallaba en serias desventajas con respecto a su contraparte romana, enriquecida ahora por todos los jinetes númidas que lucharían del lado de Cornelio Escipión y Roma.

La orden de ataque fue dada, los setenta elefantes, con Sirius a la cabeza, cargaron contra la infantería romana, que en esta ocasión utilizó escudos de plata, trompetas y tambores para sembrar el pánico entre los paquidermos. Presas de un terror repentino, los elefantes retrocedieron, huyendo del estruendo causado por los romanos, embistiendo a sus propios manejadores y a la infantería pesada africana. Los romanos procedieron a arrojar sus pilos contra los paquidermos fuera de control y en poco tiempo inutilizaron a toda la fuerza de gigantes africanos.

A continuación Monómaco ordeno a sus veteranos que se reagruparan, y se enzarzaron con la infantería romana sin piedad, vengando la muerte de sus animales. La infantería cartaginense aún era implacable, y sus filas barrían a los manipulos italianos, parecía que la batalla comenzaba a equilibrarse de nueva cuenta y que los africanos contarían con enormes posibilidades de triunfar, como siempre. En eso, Masinisa, príncipe de los númidas, tras dar cuenta de la caballería celtíbera e ibérica de Aníbal, rodeó por la retaguardia a los púnicos, masacrando a la mayoría de los veteranos de Monómaco. En breve, tras este movimiento, el rumbo de la guerra quedaría decidido, a favor de los romanos.

Mahárbal y Monómaco se abrieron paso a través del cerco que formaron los italianos en torno de los africanos, logrando extraer con vida a buena parte de los veteranos mercenarios de Iberia, Cartago y las Galias, hombres fieles hasta la muerte a Aníbal. Rodearon a su general Barca para protegerlo y emprendieron la marcha de regreso a su capital. Atrás dejaban las llanuras de Zama, sembradas con la sangre y los cadáveres de sus hombres. Se trataba de la primera y rotunda derrota que sufriría Aníbal.

 

 

El Canto de las Palomas Habaneras

 

 

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El Canto de las Palomas Habaneras (Palomas de Collar)

Por: Adán de Abajo

 

A mi padre: Carlos, y mi abuelo, Jesús D.

 

¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios,

 y en la noche terrestre descubrirás tu Doble Luminoso,

tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y él sea tu Genio.

Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.


(HERMES TRIMEGISTO -Llamada a los iniciados.)

 

 

“¡No cantan, gorjean….!” Les decía su abuelo cada que comenzaban su concierto. De niños, nunca entendieron el significado completo de la palabra “gorjear”. Pero lo descubrirían vívidamente al escucharlo todas las mañanas y a veces al anochecer, cuando los machos ostentaran sus pequeños buches ante las hembras de cuello fino, rodeadas por sus collares de líneas oscuras, para seducirlas. Inclinándose al ritmo de sus canciones y elevándose de nueva cuenta cada vez, para volver a mostrar el buche e hipnotizar a sus parejas.

Y ellos recordarían la palabra “gorjear” muchos años después, cuando el abuelito se hubiera ido de este mundo y tan sólo les quedaran sus recuerdos, evocados por el sonido de las palomas. Por eso siempre les gusto tener palomas habaneras, puesto que les recordaban al anciano patriarca. Aquel canto inducía ciertos estados de calma por las madrugadas, desde las cinco, en las mañanas frías. Unos sentimientos casi místicos de tan cotidianos y naturales venían acompañando esos cantos. Perdidos en la infancia más remota y tranquila. Les hacían sentir que aunque el amanecer se encontraba cerca, aún podían permitirse dormir un poco más antes de la hora de levantarse e ir a la escuela. Igual que si todos los días fuesen domingo.

“¡No cantan, gorjean…!”

Un día que se encontraban de paseo, el abuelo compró un par a un pajarero en Coyoacán, que según les dijo, venía desde Querétaro con todo y su cargamento de aves. Las puso en una jaula de bambú y ellos se las trajeron hasta Guadalajara en el autobús. Eran muy prolíficas, muy cariñosas entre ellas, buenas para hacer su nido en una vieja lata de sardinas y procrear todo el año. Sin importar en lo absoluto de qué estación se tratara. Eso sí, muy fieles entre ellas, pues casi nunca cambiaban de pareja, una vez elegida la adecuada. A menos que el macho fuese medio flojo y no frecuentara el nido familiar. Pronto, del primer par que se habían traído de México, surgió toda una parvada.

Su papá les fabricó un palomar y ellas tuvieron más espacio, volando en su interior, desde los comederos en el piso, donde las alimentaban con maíz quebrado, millo y pedazos de pan duro, hacia sus nidos fabricados con cajas de madera, desde donde asomaban los pichones que aún no se atrevían a descender, exigiendo a sus progenitores su obligada ración alimenticia.

Cuando el abuelo vino de visita, al año siguiente, traía otro par de habaneras, esta vez de color blanco: “copos de nieve…”. Les señaló que se llamaba a aquella variedad. Resultó que ambas eran hembras y al liberarlas en el palomar, rápidamente fueron captadas por dos jóvenes y ganosos machos marrones que parecían esperarlas con ansias. De su cruza no tardaron en poblar el palomar toda una casta de palomas pintas: blancas con manchas café, marrón y negras, incluyendo sus obligados collares, resultando llamativas y elegantes. Las hijas e hijos de estas se mezclaron con las primeras generaciones: color canela y café, generando extraños matices de marrón con puntos blancos, negros y grises. El patio de la casa siempre estaba lleno de su hipnótica música y su gorjeo.

Para el mes de Diciembre, el abuelo, quien sabía muchísimo de palomas y aves, pues había pasado su infancia en Tlaltenango de Sánchez Román, en Zacatecas, rodeado de cenzontles, mirlos, canarios, gorriones, periquitos y palomas, les explicó la historia de las habaneras:

“… en realidad no se llaman habaneras, sino palomas de collar. Y no son de la Habana, sino de Medio Oriente. Los turcos las llevaron a España, y ahí se aclimataron perfectamente, poblando por completo la península, enamorando a la gente, que se sintió encantada teniendo a una pareja o más en pequeñas jaulas en sus ventanas. Los españoles las trajeron más tarde y se adaptaron perfectamente a América, proliferando desde Sudamérica hasta los Estados Unidos…”

Y el abuelo interrumpía su historia para dar varias caladas a sus cigarros Raleigh y beber café de Colima.

La historia fue interrumpida cuando llegaron nuevos invitados y el anciano se tuvo que levantar de su equipal para saludar a los recién llegados, que también eran hijos y nietos suyos. El abuelo era igual de prolífico que sus palomas.

Tuvieron que completar la historia de las palomas habaneras por ellos mismos, porque al año siguiente el abuelo no pudo regresar a Guadalajara , debido a un paro respiratorio, falleciendo al poco tiempo. Su amor por el cigarro, igual o más fuerte que el de las aves, no ayudaría mucho a sus pulmones ni a su corazón.

Dedujeron por cuenta propia que las palomas de collar o comúnmente denominadas habaneras, en algún momento escaparon de sus jaulas y comenzaron a mezclarse, cariñosas y fecundas como sabían ser, con las variedades de palomas silvestres de México: con las palomas pintas de montaña, con las güilotas y con otras negras que también tenían su propia variedad de canto.

Las ciudades del Occidente de México no tardaron en poblarse cada vez más y en acostumbrarse a la presencia de las palomas de collar y a las nuevas y extrañas cruzas que surgían con las mezclas de todas, aún más prolíficas, cantadoras, amorosas y adaptables que sus antecesoras. Anidando en árboles, postes de luz, balcones, azoteas y torres.

Pronto las verían llenar los árboles en el Jardín San Marcos en Aguascalientes hasta saturarlos, los Centros Históricos de Morelia, Zacatecas y Guanajuato, y las antiguas colonias empedradas de Guadalajara.

“¡No cantan, gorjean…!” Recordarían cada que fueran llenados los comederos en el palomar de su patio, cada que se dieran las cinco de la mañana y sintieran que aún podían quedarse un poco más en la cama durante las madrugadas frías, antes de tenerse que levantar para ir ahora a trabajar, o para llevar a su propia descendencia a la escuela.

 

El emperador de todos los pájaros (Una leyenda del Occidente de México)

Cenzontle

 

Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga…

y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.

(Alfonso Reyes -Quédate Callado)

 

 Por: Adán de Abajo

 

Dedicado a mis alumnitos y a mis compañeros profesores de la Colonia Jalisco  y Tonalá. Con muchísimo cariño y agradecimiento.

 

A la orilla de la Barranca de Huentitán, en la arbolada del patio que embellecía la escuela primaria Agustín Yáñez, las aves se arremolinaban todas las mañanas sobre las ramas, acompañando con sus cantos y trinos la entrada de los estudiantes entre  las 7:45 y las 8:00 AM.

Estaban las calandrias: raras en sus visitas, engreídas, escandalosas y mitoteras, pero elegantes de plumaje. Bastante glotonas ante la gran variedad de frutos que abundaban en el jardín: capulines, granadas, huamúchiles, limones, naranjos, etc. Estaban los tordos: feos pero alegres, las conguitas con sus ojitos hermosos y diminutos, las primaveras con su canto hipnótico y bello, las palomas de alas pintas, provenientes de lo más profundo de la barranca. Había zanates y ticuces, llamados así desde antes de los españoles  por su intenso color negro en el plumaje y su sinuoso canto. Estaban el cardenal y los gorriones, muy apreciados por su trinar, los agraristas, un poco menos agraciados que los anteriores pero simpáticos al fin y al cabo.

Por último se encontraba el cenzontle, llegado desde lo más recóndito de la barranca y de sus cañones. Conocido como el mil voces, quien era el emperador de todas las aves y ocasionalmente concedía el honor de visitar el jardín de la escuela. Amado y protegido por reyes indígenas desde épocas inmemoriales, adorado y codiciado. Deleitando a los niños, profesores, padres de familia y al resto de las aves con su concierto multisonoro que no era tan frecuente.

Varios años atrás, los pájaros hicieron un pacto con los niños de la escuela para que estos no volvieran a arrojarles piedras ni a trepar sus árboles para coger sus nidos ni sus polluelos. A cambio, los plumíferos tendrían a los árboles completamente libres de insectos dañinos y plagas que pudieran ponerlos en peligro.

Así vivieron varias décadas en armonía: las aves dedicadas a su canto y a alimentarse de los frutos e insectos que se daban en los árboles, y los alumnos a estudiar sin molestarles.

Hasta que comenzó a aparecerse Juanito por los pasillos y los rincones de la primaria. A veces lo veían los niños en los bebederos, otras rondaba los baños de niñas al inicio de la jornada. Sus apariciones eran cada vez más frecuentes, vestidito con su uniforme azul y la camisa blanca, con cara de “yo no fui”, al igual que cualquier alumno.

Todo entro en severo caos cuando la señora que hacía el aseo por poco se infarta al encontrarlo de repente a la salida de la dirección. Y lanzó un chillido histérico que hizo salir a todos de sus salones. Juanito parecía gustar de sorprender y hacer entrar en pánico a niños y adultos.

Los pájaros notaron que los estudiantes y los maestros estaban cada vez más alterados y asustados, que cada día ponían menos atención a sus cantos y algarabías. Mucho menos a sus clases y tareas. Las maestras se encontraban nerviosas, susceptibles e irritables. Los emplumados dejaron de concurrir el jardín y partieron  hacia otros sitios de la barranca en busca de comida y refugio.

Un buen día, un par de calandrias chismosas osaron posarse sobre una de las palmas que había en el jardín, nada más por satisfacer su morbo. Comentaban y cuchicheaban lo que había sucedido con aquella arbolada y con aquel jardín que otrora habían sido tan alegres y tan plenos de aves de diversos tipos.

En eso vino el cenzontle, quien las escuchó al vuelo y las calló con su poderoso y bellísimo canto de mil pájaros a la vez.

El concierto que dio el emperador de la barranca fue de tal potencia y hermosura en aquella ocasión, que los niños dejaron de estar atemorizados y las maestras se relajaron. Un centenar  de seres emplumados retornaron, atraídos por su monarca, eligiendo el jardín como su sitio predilecto. Y de Juanito no volvió a verse ni a comentarse nada jamás.

El cenzontle terminó su concierto ante el buen ánimo general de personas, aves y árboles. Se aclaró el buche y antes de retornar a los confines de la montaña, de donde había emergido, atinó a decirles a todos, pero sobre todo dirigiéndose a aquel par de calandrias entrometidas y alborotadoras:

 

-¡Alguna vez viví como niño… y estudié en esta escuela! ¡Pero ya me fui para siempre!

 

 

Allen Ginsberg emprende su primer viaje astral

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Nuestros peludos y desnudos cuerpos de logro
que crecen para transformarnos en dementes girasoles
formales en el ocaso…
(ALLEN GINSBERG -Sutra del Girasol)

 

 

Un medio día de estío, el poeta yacía desnudo en su diminuto departamento  de Brooklyn al lado de su amante. Los dos con patillas nutridas, los cuerpos velludos de ambos, tendidos tras el éxtasis sexual definitivo.

Una mosca vino a posarse en el culo  aún húmedo de su novio, atraída por restos seminales no muy lejanos. Luego aterrizó  sobre su miembro, él le tiró un manotazo y casi la atrapa en el aire cuando intentaba huir.

Entonces decidió que ese era el momento de conocer por fin el Nirvana y alcanzar el Despertar.  Relajó su cuerpo al máximo y cerró sus ojos, dispuesto a entrar en un trance profundo, en esta ocasión sin el auxilio de ninguna sustancia enervante. Fue sumiéndose lentamente en el silencio de la meditación conforme sus músculos se aflojaban, se hundió en tal estado que creyó dormir.

De pronto se encontró en medio de un supermercado en donde continuaba desnudo, al igual que el resto de los clientes y comensales. Reflexionó un momento mientras echaba un ojo a los culitos al aire de los chicos que acomodaban las verduras y descubrió, medio escondido, a Walt Whitman, quien sin que nadie hasta ahora lo viera, se deleitaba las pupilas ante el espectáculo de nalgas morenas y blanquecinas desfilando, y bolsas rosadas de escrotos sacudiéndose acompasadas.

Al viejo Barba-gris le molestó que lo sacaran de su anonimato y lo descubrieran en pleno éxtasis contemplativo, pero al final acepto intercambiar dos o tres frases con Ginsberg, quien era un gran admirador suyo desde la infancia.

-¡Son ángeles, no hables demasiado fuerte!

Sentenció el viejo de la barba clara, dirigiéndose al poeta barbudo más joven.

En la apariencia todo aquello era similar a cualquier otro supermercado de Nueva York al que anteriormente hubiera ido a comprar víveres  y cigarros, a excepción de que todos se encontraban desnudos y nadie parecía realmente comprar nada.

-Observa…

Insistió Whitman. Cerca de ellos, tras una pila de latas de sardinas en salsa de tomate parecía ocultarse otro poeta, deseoso de no ser descubierto, avergonzado  de su desnudez y observando con deseo y locura los glúteos angelicales que ellos también admiraban. Era García Lorca.

-¡No me gusta esta América de hoy en día…!

Gruñó Barba-gris. Luego se alejó.

 

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De pronto Ginsberg ya no se encontraba en un supermercado sino a la orilla del puerto de Nueva York y a su lado ya no estaba Whitman, sino Jack Kerouac, su amigo entrañable quien muriera hace no mucho.

-Estuve en tu tumba Jack… Fuimos hace poco Dylan y yo, con su guitarra…

Atinó a pronunciar tembloroso, con mucha nostalgia, pena y cierta culpa por seguir vivo aún.

El diestro novelista se limitó a sonreírle y señalar con su dedo un girasol que crecía en plena orilla del puerto. Ginsberg observó  que no era una flor común y corriente, sino que se encontraba extrañamente viva y luminosa. Era un pequeño sol en sí misma y este conocimiento le pareció al poeta toda una revelación.

Cuando menos acordó, Whitman y Kerouac ya iban a bordo de un modesto carguero, similar a los que se utilizaban en el puerto para remolcar cacharros  y basura. Ginsberg pensó que esa debía ser la apariencia actual de la barca de Caronte.

Su pequeño girasol comenzó a arder y girar con tal intensidad, que aquella luz lo llevó de regreso  a su cama junto a su novio en el  apartamento.

-¿Qué te pasa, querido?

Musitó una voz varonil y afectuosa.

Y el poeta se encontraba preso de tal emoción y de una sonrisa gigantesca y hermosa. Sabiendo que a la próxima vuelta de aquella barcaza en el puerto, quizá él sería el próximo pasajero

Pedro Juan Gutiérrez entona boleros en un mercado de México

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Y sí. Volvimos a la basura al día siguiente. 
De todos modos, me parece que trabajamos por gusto.
Ahora veo más locos y mendigos en la calle.
Parece que se reproducen como conejos. 
Por todas pares uno los ve cochambrosos, borrachos. Hablando solos.
(Pedro Juan Gutiérrez -Sabor a Mí)

 

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Randy llena la cubeta de agua en los depósitos que se encuentran a la mitad de la calle. No hay pavimento y los drenajes descargan debajo de las banquetas sobre los pies de niños descalzos y perros famélicos. Transporta el cubo hasta su cuarto de azotea en el séptimo piso del multifamiliar y lo vierte en los tanques que tiene en su techo, es el viaje número cuarenta y dos que realiza desde la calle hasta su casa esta mañana. La espalda y el hombro se lo reclaman. Sus vecinos, también habitantes del edificio, deben realizar la misma acción si quieren tener el líquido en sus habitaciones. El Municipio únicamente les conecta el servicio de agua potable una vez a la semana, a veces a la quincena.

Randy aprovecha la ubicación de su único cuarto donde vive con su familia para recolectar agua de la lluvia en varios botes grandes de plástico y ahorrarse, aunque sea una vez al año, el trabajo de subir las cubetadas a lo largo de los casi doscientos escalones. Pero aunque se encuentra en mitad del verano, no ha llovido desde hace semanas y no le queda más remedio que levantarse a las seis de la semana y acarrear el agua para que no le falte a sus seres queridos antes que él se vaya a trabajar.

Le gusta criar palomas y gallinas, a un lado de su cuarto tiene dos palomares repletos, también tiene tres perras de pelea y un gato. Junto con su esposa está criando dos niños: una pequeñita y un varoncito que aún son bebés. Por lo que debe subir muchos baldes de agua cada dos días para cubrir las necesidades de su familia y sus animales.

Luego está el viacrucis para llevar cada día el pan a tantas bocas. Su situación económica estaría peor de no ser por los apoyos del gobierno federal que consiguió su esposa Alondra, gracias a los cuales sus bebés pueden gozar de varios litros de leche y una despensa algo variada que les llegan tres veces por semana todo el año.

Randy y Alondra son sobrevivientes de tiempos muy duros juntos, su relación parece estrecharse con el tiempo, a pesar de las crisis económicas y las frecuentes gripes de los niños.

Tras llenar los tres contenedores grandes de agua y beberse una taza de café con leche y un pan, se cuelga la vieja guitarra de cedro rojo y besa a Alondra. Los niños se precipitan a rodearlo por el cuello en un abrazo conjunto y le truenan repetidos besitos en las mejillas. Para luego retornar corriendo frente a la pantalla plana que también les regaló el gobierno donde tienen conectado su DVD, una de las mayores posesiones de la familia. Alondra los entretiene en las vacaciones con todas las películas de Disney a falta de televisión por cable, pero añora que las clases en el kinder reinicien pronto porque le es difícil mantenerlos sin aburrirse todo el día. Las perras lo despiden igualmente animosas con un exótico movimiento de rabos y caderas, las lenguas de fuera, sonriéndole.

Randy desciende las escaleras del edificio silbando, guitarra en la espalda y bolsa de canguro a la cintura donde guarda las monedas que se gana en el día. Buscando enfrentar la monstruosidad de la urbe y dispuesto a seducirla con su canto y sus acordes a toda costa.

Ese día Alondra luce más hermosa que de costumbre, más mujer, o él siente quererla más de lo que siempre la ha querido desde que la conoció aquella tarde en que ayudó a su hermano a llevar serenata en una de las vecindades del Centro. La realidad es que ella sospecha encontrarse encinta por tercera vez, aunque no ha podido corroborar sus presentimientos ni rebelárselos a Randy.

2

Tres mercados de la ciudad recorridos de punta a punta cantando y rascando su guitarra y casi trece camiones del transporte público utilizados como escenarios para su música. Su bolsa en la cintura se encuentra algo llena, ha cumplido sobradamente su cuota del día. Después de casi ochenta boleros y una veintena de rumbas, guapangos, rancheras y sones casi sin repetir una sola pieza, entonados a lo largo de la mañana sin descanso. Se siente satisfecho y de tan buen ánimo como para solicitar una cerveza para acompañar los tacos de hígado encebollado y moronga con que se premiará su dura jornada de trabajo.

Lejos están los días cuando tocaba en la orquesta de la Facultad de Pedagogía, de la que también era estudiante. Antes que estallara la huelga de maestros y él se pusiera del lado del grupo disidente. La huelga sería quebrada. Pero a él lo expulsarían en el último semestre, antes de poderse graduar, echándolo también de la orquesta y perdiendo su sueldo semanal. Para entonces Alondra ya esperaba a su niña más grande.

Desde entonces Randy intentaría toda clase de oficios mal pagados para cubrir los gastos de su joven familia, terminando sus días como músico callejero, que al parecer es lo que mejor le sale, con lo cual no le va al fin y al cabo tan mal.

3

Decide regresar a su casa para pasar el resto de la tarde con sus hijos y su esposa. De pronto descubre la cabeza calva y brillante del escritor, los brazos musculosos expuestos por la camisa sin mangas, la sonrisa enorme. Sabe cómo es, lo conoce de las fotos en las contraportadas de sus libros. De él leyó una trilogía sabrosa, cachonda y majadera, muy bien escrita, y un bellísimo libro de relatos que tiene el título de un bolero de Álvaro Carrillo.

-¡Me sé “Sabor a Mí”!

Le grita Randy a Pedro Juan.

Al escritor cubano le encanta que lo reconozcan, sobre todo la gente sencilla en medio de un mercado como este, a donde le agrada  ir a comer birria de chivo con tortillas a mano cada que se encuentra de visita en la ciudad.

-¡Pues dale muchacho!

Sentencia el escritor con buen ánimo, incitándolo a rascar su maltrecho y experimentado instrumento de cuerdas.

Randy se luce con el requinto y le exprime sus mejores notas. Luego trata de agradarlo con una hermosa interpretación de “Nosotros” y “Vete de mí” de su paisano: Bola de Nieve. Sabe que a Pedro Juan le gustan los boleros. Leyó casi todos sus libros cuando estudiaba Pedagogía y acariciaba el deseo de volverse escritor y maestro revolucionario. Pero de esos años y de aquellas tardes transcurridas leyendo, tocando la guitarra para Alondra con tanta ilusión, ha llovido ya. A veces se siente abrumado con tantas responsabilidades de adulto y presiente que su vida anterior como músico de la orquesta y estudiante la vivió otra persona, ya muerta.

4

-¡Siéntate hermano!

Le convida el escritor, pidiendo a la mesera dos cervezas, dispuesto a devolver y recompensar la gran amabilidad del músico.

Randy anhela vomitarle un mundo de palabras y emociones, compartirle cuánto lo ha leído y disfrutado sus libros. Pero la situación lo sobrepasa. Escuchó en días previos que habían invitado a Pedro Juan a una feria municipal del libro a dar una conferencia, más nunca imaginó encontrarlo desayunando en medio del Mercado Corona.

Va a decirle algo, no sabe con exactitud qué, pero en lugar de frases, le brotan lágrimas y llantos. Se encuentra emocionado de conocerlo y deprimido sin saberlo desde meses atrás. Así es que al encontrarse frente al cubano , su corazón no logra contenerse, ablandado con el par de cervezas que llevaba encima.

Pedro Juan se siente conmovido ante el joven músico.

-¡Mira hijo, no llores, no es para tanto, no hay nada que no tenga solución…! ¡Mejor cántame otra vez “Sabor a Mí”!

Le dice casi paternalmente a Randy.

Y el bolerista se desboca sobre el requinto con toda el alma, secando unas lágrimas y entonando con la poderosa caballería que le sale por la garganta y que no es poca.

Pedro Juan se pone también melancólico y alegre a la vez. Pide otro par de cervezas y enciende un habano. Comenzándolo a acompañar con una voz de barítono nada desdeñable. La multitud en el Corona guarda silencio para escuchar a los dos trovadores.

5

Al momento de despedirse Pedro Juan le entrega varios billetes de dólares como propina y abraza al muchacho como a alguien de su familia. Él también trabajó interminables años en las calles del  Centro de la Habana, vendiendo helados y toda clase de chucherías para sobrevivir.

Randy regresa en tren ligero en silencio, presa de múltiples emociones, listo para contarle a su esposa todo lo que ese día le  ha pasado. Por su parte, Alondra le tendrá la confirmación de una noticia que es más que evidente desde semanas atrás.

Gregory Corso contempla un tigre en el Zoológico de Chapultepec

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1

Sus ojos eran opacos y la mirada de muerte. El espíritu emigró lejos del cuerpo desde hace tiempo. La boca entreabierta, abandonada a sí misma, mostraba un colmillo astillado con el que otrora derribó y descuartizó  grandes presas en las planicies africanas.

El poeta se encontraba ubicado del otro lado del enrejado, tras una valla de alambres y arbustos y de un foso con agua pestífera que separaba la jaula de los visitantes. Algo se retorció en su estómago y aguijoneó su pecho. Un sentimiento inmisericorde. Nostalgia por sus varios años de condena en dos de las prisiones más violentas de los Estados Unidos cuando aún era menor de edad. Dolor ante un ser que ni siquiera anhelaba ya la libertad, sirviendo de diversión a niños y adultos quienes eran incapaces de entender porqué estaba ahí. ¿Porqué terminó sus días confinado en un exhibidor de bestias si nació libre y anduvo, recorrió, cazó y se reprodujo a su antojo?

En la cárcel conoció a muchos convictos quienes se hacían cuestionamientos semejantes.

Gregory Corso desconocía si el felino dormía o estaba en algún tipo de trance. Los cuencos mortecinos se dirigían con indiferencia hacia el vacío, sin importarle la prisión que le rodeaba ni los mirones que no le quitaban los ojos de encima. Mucho menos aquel  poeta, considerado el más joven de los escritores beats, quien lo estudiaba con detenimiento y se esforzaba en vano en reconstruir su vida anónima.

El escritor ladeó su rostro para intentar colocarse dentro de los ojos del tigre y mirar lo que estaba mirando. Hizo un enorme esfuerzo de atención y concentración en la bestia, intentando ubicarse dentro de su perspectiva de animal cautivo. Unas gotas de sudor rodaron por su frente, su corazón comenzó a latir a toda máquina.

Por un segundo tuvo la certeza de que el felino ya no respiraba.

 

2

Llegó desde Nueva York haciendo autostop junto con su mejor amigo, el gran poeta beat: Allen Ginsberg. Acababan de recorrer juntos casi todas las universidades estadounidenses y algunos países de Europa leyendo alocados y vanguardistas versos, organizando performances y siendo protagonistas de duraderas fiestas. Ginsberg lo desenterró de un bar de lesbianas en San Francisco, donde trabajaba como cuidador y escribía poemas sobre una mesita en sus ratos libres. Quiso ligárselo desde un inicio y fracasó una y otra vez. Empero, se hicieron enormes amigos y compañeros de viaje. Recién terminaba una condena de tres años por robo en la frontera con Canadá, donde conoció a los más temidos mafiosos italianos, quienes lo acogieron y patrocinaron sus estudios autodidactas en la biblioteca de la prisión.

En Ciudad de México se reunieron con Jack Kerouac, el cual muy pronto los abandonaría para recorrer Europa y Marruecos, dejándoles abierta la invitación de reencontrarse con él en el Norte de África, donde los esperaba el padre de todos los beats: William Burroughs.

Gregory Corso logró apreciar las cualidades más íntimas de la piel del felino: las comisuras de donde brotaban los bigotes, el tono amarillento de los dientes desgastados, la sinuosidad con la que sus rallas negras surcaban la piel rojiza y majestuosa a pesar de los años y el cautiverio.

Estaba haciendo un profundo estudio de todos sus detalles fisiológicos y psíquicos, diseccionando su anatomía y su espíritu.

En prisión, el escritor estuvo a punto de ser violado en las regaderas, hasta que un gorila de Lucky Luciano le salvó el culo al defenderlo y despedir a sus agresores. Quedando con esto comprometido definitivamente con la mafia italiana. Le presentarían al Padrino: Lucky, quien lo recibiría como a un hijo y lo adoptaría igual que a mascota. Incitándolo a que leyera y escribiera, aprovechando las largas horas en la prisión.

3

El sonido metálico del candado de la jaula sonó. Un cuidador del zoológico arrojó los despojos de un aborto de becerro. El animalito casi palpitaba todavía, probablemente habría sido sacado apenas hace un par de horas del vientre de su madre, sacrificada en el matadero. Una tensión desgarró el aire y el ambiente como un cuchillo muy fino, como los colmillos casi en hoz del felino.

Cierta cantidad de gente al rededor de la jaula y en torno a Corso se congregó, a la expectativa de lo que haría el gran depredador con el becerro. Todos querían un espectáculo. El poeta se sintió compadecido, ahora por el pequeño bobino. Molesto contra aquel publico bestial que añoraba ver sangre.

Su primer libro se lo patrocinaron sus amigos de la Universidad de Harvard, en donde transcurrió un par de años haciéndose pasar por estudiante, durmiendo en los apartamentos de sus compañeros, colándose en el comedor tres veces al día, seduciendo a las muchachas, escribiendo poesía y obras de teatro, devorándose sin piedad la biblioteca completa, metiéndose de oyente a las clases sobre literatura y filosofía grecolatinas. Hasta que no fuera descubierto por el decano y este desistiera de echarlo cuando leyera su bella obra. Convirtiéndolo en un poeta visitante.

El público ni siquiera se dio cuenta cómo ocurrió. En un instante en que los niños y las señoras ya estaban gritando asustados y los varones y muchachos decían “¡Oh!”. Y el poeta se precipitaba a  extraer su libreta del saco de terciopelo para tomar apuntes mientras parpadeaba.

El tigre se incorporó de un saltó, apoderándose del cuerpo entero de la trémula cría, para trepar en otro segundo imperceptible a su nido fabricado con troncos por sus cuidadores,  masticándolo a placer hasta convertirlo en nada.

 

 

 

 

Bukowski era un Buda

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1

Cass era mitad india navajo y mitad irlandesa. Tenía los ojos verdes, la piel trigueña y el cabello muy negro. Una mañana encontró al viejo Bukowski tomando una cerveza y escribiendo un poema tras otro sobre servilletas de papel en la barra solitaria de un bar.

-¿Porqué no me invitas una cerveza?

Le gritó desde el otro lado del salón, interrumpiendo su trabajo.

-¡Soy Henry Chinaski…! Por si te interesaba…

Respondió aburrido el poeta.  Muchas eran las chicas que se le acercaban con la esperanza de beber gratis a sus costillas, o de interesarlo con sus tristes vidas para ver si las convertía en personajes de sus cuentos y novelas.

Cass se dejó caer sobre el sillón que estaba a su lado, y Hank descubrió que no sólo era bellísima. En sus ojos y su rostro de ángel  había un poco de inocencia y sinceridad, pero sobre todo un mucho de locura.

Esto lo fascinó.

Llevaba un vestido de seda casi transparente, muy pegado a su cuerpo esbelto de gacela. Hank presintió sus caderas delicadas y unos pechos como cisnes diminutos que rosaron su hombro. Cass no llevaba ropa interior debajo.

En la cama descubrió sus múltiples cicatrices en las muñecas, antebrazos y garganta. Algunas realizadas por clientes maniáticos sexuales. La mayoría trazadas por ella misma a punta de navaja.

Unas lágrimas asomaron de los viejos párpados de Hank. Se estaba enamorando poco a poco de ella. Cass era hiperactiva, se entregaba enterita a él: le hacía el amor sin pedirle nada a cambio, cocinaba deliciosos platillos, cortaba el cabello y diseñaba sus propios vestidos para ella y sus amigas.

2

Nuevas lágrimas brotaron de los hinchados párpados de Bukowski-Chinaski. Al abrir recostado en la cama de su ruinoso apartamento en un suburbio de Los Ángeles, la carta donde se le informaba sobre la muerte de uno de sus amigos de toda la vida. Ramón Vásquez, el actor jubilado, apareció muerto en la sala de su mansión en Mohave. Un par de hermanos: Linconl y Andrew, ex militares desempleados y buenos mozos tocaron el timbre de la casa de Ramón. Conociendo de su gusto por los muchachos de tipo atlético, le ofrecieron sus servicios sexuales a cambio de unos sándwiches y tragos. En cuanto ingresaron a su casa lo maniataron y torturaron, forzándolo a que les rebelara el escondite donde presuntamente se encontrarían sus dólares y joyas. En un momento dado, cuando se dieron cuenta que Ramón no poseía nada de lo que buscaban, lo violaron y procedieron a arrancarle su miembro con un gancho, dejándolo morir desangrado en la madrugada.

Hank estalló en sollozos incontrolables, él y su viejo amigo Ramón se conocieron en el hipódromo, eran apostadores empedernidos. El actor intentó seducirlo las primeras ocasiones, renunciando al darse cuenta que Chinaski no cedía ni un milímetro. No tenían nada en común, aunque a Bukowski le agradaba la manera absolutamente transparente con que se relacionaba Ramón, sin negar en lo más mínimo que se lo quería coger a cada momento. El actor jamás se compadecía a sí mismo y esto encantaba al poeta, además de aguantar largas jornadas de bebida juntos sin parar.

Cass lo abrazó para consolarlo, acallando sus sollozos con sus senos desnudos y diminutos, precipitándose a montarlo de un golpe con sus caderas habilidosas.

3

Bukowski cerró sus viejos párpados extenuados. Eran muchas las penas que aquejaban un tiempo su corazón. para luego dejarlas partir a través de su espíritu impecable, sobreviviente de treinta años como empleado del Servicio Postal Norteamericano e innumerables palizas por parte de su padre cuando niño y adolescente. Llevaba semanas sin tener noticia de Cass, hasta antes que el dubitativo cantinero  le rebelara no sin hacer cierto esfuerzo: “…siento mucho lo de tu amiga…”.

Hank pensó de inmediato en las cicatrices de su garganta e ingle. Por fin lo consiguió la muchacha. Era violenta y amorosa, demasiado impulsiva, sobre todo cuando se liaba a golpes con sus clientes  menos apreciados o trataba de matarse a cuchilladas.

Tan sólo un mes antes Chinaski le propuso que se fuera a vivir con él. Pero Cass se negó.

“…Un par de años de abstinencia sexual…” Pensó, secándose dos o tres lágrimas.

De la misma manera que el escritor Jack Kerouac, Henry no tenía prejuicios ni problema alguno con las indias como Cass, ni con las mexicanas ni las afroamericanas. Lo volvían loco todas por igual. Amaba a los perros y sobre todo a los gatos, de los cuales tuvo bastantes y le dolía mucho, como si fueran sus hermanos, cuando alguien les hacía daño. No tenía ningún problema con los homosexuales, ni con los latinos ni con inmigrantes de ningún género. Llegaba a quererlos a todos ellos y se lamentaba con el mismo dolor por unos y otros cuando partían.

Unos tamalitos, mi amor…

Anciana purépecha con rebozo (Ramón López Álvarez) 3

 

 

El carrito de tamales se desplazó empujado por añejas y trabajadas manos hasta el extremo del periférico. La anciana los preparaba de mole rojo, verde y piña. Llevaba un frasquito con salsa de chile macho, sumamente picoso para acompañarlos.

-Se los compro todos. Le dijo un hombre un tanto nervioso y apurado.

-¡No mi señor! -Respondió ella orgullosa. Si se los vendo todos no voy a tener para mis demás clientes.

-¡Ah qué vieja mamona! ¡Usted es la más ojete de todas!

Y la mujer dejó de mirarlo para atender a otros clientes que aguardaban.

El hombre dio varias vueltas alrededor de su puesto, viendo cómo la gente acababa con los tamales uno a uno, sirviéndoselos con chile casero, crema y queso para acompañarlos.

Cuando ya no le quedaba uno solo de sus suculentos productos, el individuo regresó hacia la mujer, siguiéndola a la distancia mientras ella avanzaba lento, empujando el carrito ya vacío de sus productos.

De pronto, la anciana se dio la vuelta ciento ochenta grados para increparlo:

-¡Muchacho majadero! ¿Porqué me dijiste todas esas cosas…?

-¡¡¡Perdóneme madrecita!!! ¡¡Soy un hocicón!!

La tamalera se quedó meditando, sin dejar de observar al individuo.

-¡Pobrecito mi hijo…! Nomás quería sus tamales. Tenga uno que me quedó aunque sea:

Y saco uno de piña que se había reservado para cenárselo más tarde, ofreciéndolo al hombre con sus manos temblorosas.

-¡No los quiero para comérmelos! Yo lo que quería era ayudarla.

Extendió un puño de billetes que metió con discreción en delantal de la anciana.

-¡Ah ya me acordé de ti. Me robaste cuando estabas chico todas mis ganancias. Después te balacearon y te mandaron al hospital.

Y el hombre se acarició el estómago con nostalgia.

Quetzalcóatl era mujer

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Totalidad, mi totalidad vencida por la fuerza de las parcelaciones. Imposible vencer esa realidad fragmentada creando su equivalente literario. ¿Para qué? Si la fragmentación real ya existe sin necesidad de literatura.

(CARLOS FUENTES –Cambio de Piel)

 

1

Lo más seguro es que ustedes ignoran quién fue Carmen Lira. La generación de ustedes, con su Internet y sus imágenes 3D, 4D, etcétera. Ustedes tienen ahora muchas más opciones de entretenimiento en comparación con las que contamos nosotros. Nada más encender sus teléfonos inteligentes y ya está.

Carmen Lira es de un tiempo cuando el cine y la pantalla grande eran todo en la vida. Eran la vida misma y la gente basaba su existencia en la conducta y las actitudes de Carmen. Carmen, Carmelita, Carmencita como le decían las señoras y las muchachas. Ellas no podían dejar de imitar su manera de hablar: directa y sincera, su voz suave y tranquila, y su acento provinciano. Al inicio la criticaban mucho por su habla cantadita, como buena tapatía, igual que su papá. Carmen era tan elegante y hermosa como su mama: la señora Laura Green, una guapa norteamericana que la dejó huérfana cuando tenía 6 años.

Ningún director con los que trabajó filmando sus casi veinte películas logró quitarle su acento: medio ranchero, por más que se empeñaron e intentaron disimularlo con ayuda de los sonorizadores y editores cinematográficos. Al contrario, tras su primera película, las doñas y las muchachas querían hablar igual y vestirse como ella. Con su voz pausada, segura de sí misma y su acento cantadito. Ni su primer marido pudo extirpárselo: Dietrich, el director de cine húngaro, avecindado en México, amigo de Fidel Castro y de Gabo. Quien casi la mata a golpes, porque le gustaba maltratarla antes de acostarse con ella y prácticamente la violaba varias veces a la semana. Ni su segundo esposo lo logró: Pepe Montalvo, el empresario chilango a quien también le agradaba darle sus buenos puños en la boca carnosa y anhelante antes de dormir con ella. Ambos decían que a Carmen le gustaba la violencia previa al acto sexual, pero nunca le preguntaron si en verdad era así.

Dietrich la descubrió en el Centro de Guadalajara a finales de los setenta, mientras iba caminando con su madrina, saliendo de Paris Nueva York cuando era casi una niña. Y le preguntó, con su acento de Europa Oriental en un  español lastimoso: “Disculpe señorita, le gustaría ser actriz de cine…”

Dietrich: en el fondo era buena persona y muy sensible para descubrir el talento innato. Y ella sobrevivió a ambos esposos, quedando viuda, hermosa y desempleada a los 38 años.

2

Tú llegaste a trabajar con tan solo 16 años cumplidos a su suite en el Conutry Club de Guadalajara. Porque tu papá era el viejo jardinero de los campos de golf, y cuando su abogado le pidió que le recomendara  un joven jardinero, honrado y responsable para trabajar con la señora Lira, te llevó para cuidar su piscina, sus animales, su césped y sus rosas, malvas, violetas y gardenias.

Ella te sonrió la primera vez que se vieron, como si te conociera de antes. No era una patrona molesta ni exigente. Era dulce y generosa, casi no hablaba porque decían que estaba enferma de los nervios desde la muerte de su último esposo. Le gustaba cómo arreglabas su pasto y sus flores. También la manera en que te hacías cargo y alimentabas a sus dos perros pointer y a su viejo perro dálmata, y a su gato: Oliver, rescatado de la calle. Ellos también te querían, eran su familia y sus únicos amigos. Ellos la adoraban y tú no tardaste en adorarla también. Los animales y tú eran su club de fans número uno.

Aquellos ojos verdes, serenos como un lago, igual que en el bolero de los Panchos, esa boca de labios rellenos que toda Hispanoamérica e incluso Francia y Portugal llegarían a anhelar. Tú también la deseaste desde el primer instante, dedicando tu vida entera a cuidar sus animales, su jardín, su casa y su persona.

3

Y cuando se metía desnuda en la piscina del Country Club, frente a la cafetería, en plena tarde de sábado, delante de chicos y grandes. Paseándose como Dios la trajo a este mundo, o como diosa de alguna cultura antigua y extinta. Encueradita. Y su piel tersa y su vulva de lujo depilada que casi alucinabas. Corrías con una toalla o con su salida de baño para protegerla, envolviéndola. Rescatándola. Privando a los padres de familia y a los niños del lujo de admirar a una mujer tan bella como un lince.

Pero la sociedad hispanoamericana que una vez amara sus películas y su imagen, nunca le perdonaría que abandonara a su segundo esposo para escaparse con un guerrillero a las selvas de Guatemala en 1986. Cuando los soldados se lo mataron  y la encerraron a ella en una cárcel de Honduras, acusándola de proteger terroristas y narcotraficantes. Y ya ningún director de cine quiso volver a trabajar con ella porque la vetaron en el cine y la televisión. Ni su gran amigo Arturo Ripstein, quien la diera a conocer en Francia, Portugal y España, ni su cuate del alma, Gabriel Retes, quienes tanto la querían, podrían hacer nada por ella ni por su carrera como actriz que se perdía sin remedio.

No le importó.

Se mudó a un departamento en la Ciudad de México, en plena Avenida Reforma. No necesitaba trabajar, sus dos esposos le dejaron propiedades y cuentas de banco. Se inscribió en la carrera de antropología social  en el INAH. Eufórica y excéntrica, ahí hizo sus primeros desnudos públicos por primera vez y no frente a las cámaras. También leyó muchísimo, bastantes novelas, cuentos y libros de ciencias sociales. No dejó de agredir a un profesor de lingüística con un lapicero, clavándoselo en la rodilla. Nunca se supo que el personaje llevaba semanas acosándola sexualmente. Dijeron que estaba loca, que era un brote psicótico.

4

Se rumoraba que era esquizofrenia o neurosis, o ambas. La prensa manejó que su mente se deterioró debido a la muerte de su último esposo. Pero sus admiradores y los que la conocíamos un poco, estábamos seguros que no era la muerte del empresario mexicano lo que dejó su corazón en ruinas. Sino la detención, tortura y final tiro de gracia a su gran amor por parte de grupos contrainsurgentes en Centroamérica. Se llamaba Manik: un guerrillero nicaragüense que se entrenó en Rusia y China en guerra de guerrillas, quien además había estudiado una maestría en ciencias sociales en el Museo del Hombre, en París.

Su marido mexicano fallecería de una trombosis que liquidó su cerebro y pulmones de un golpe. La prensa trató de ocultar que era adicto a la cocaína, al alcohol y a otras sustancias desde varias décadas atrás. Culpando indirectamente a Carmen por su muerte tras abandonarlo y escapar con Manik. No muchos sabían que el empresario le pegaba desde que se casaron y que además de graves adicciones y alcoholismo, tenía diversos amantes, incluyendo hombres y travestis.

Los hijos y sobrinos de Pepe Montalvo quisieron asesinarla en una ocasión, metiéndose a su casa a media noche, intentando ahogarla en su propia piscina. Tú la salvaste junto con sus tres perros. Los animales se dieron gusto mordiéndolos y tú los echaste a escobazos. A uno de ellos, el más ambicioso, lo mordió el viejo dálmata en los testículos y nunca se curó. Querían matarla y quedarse  con todas sus cosas por que don Pepe le dejó todo a Carmen.

Y ella no pararía de quererte desde entonces ni de decirte: “Mi niño…” y “Mi Cielo…” Te pediría que te quedaras a vivir en su cuarto de huéspedes en el jardín, para que la cuidaras.

Y un día llegaría a visitarte, atravesando descalza su sembradío de malvas, violetas, margaritas, aralias arborícolas y helechos. Con la complicidad absoluta de los perros y los peces dorados de su fuente japonesa. Totalmente la piel blanquecina al aire bajo su bata de baño. Los glúteos y las mamas generosas bamboleándose musicales, mientras sus plantas tibias evitaban aplastar las flores y se humedecían con el rocío de la madrugada a las tres de la mañana con el césped. Metiéndose debajo de tus sábanas sin preguntártelo antes. Y tú, que por alguna razón no te sorprendiste demasiado. La devoraste con tus brazos y tus besos, haciéndola desaparecer completita. Cobrando un afecto goloso por sus senos, dejándote cabalgar de un golpe por unas nalgas gigantes que chocaban sobre tu ingle, como dos  planetas recién nacidos en plena colisión. Como Venus y Marte; como Quetzalcóatl y Huitzilopochtli dándose batalla en plena guerra chichimeca. Combatiéndose, confrontándose, acoplándose sobre ti, succionando tu pelvis.

5

Te pidió que la acompañaras a hacer el trabajo de campo para una investigación. Decía que había encontrado un antiguo emplazamiento religioso de origen tolteca hasta ahora desconocido, ubicado en Tequila, en el estado de Jalisco. Según ella, sería el descubrimiento del siglo que revolucionaría todas las versiones previas de la historia mesoamericana. Juraba que escribiría una historia totalmente femenina de América Precolombina. Que Quetzalcóatl fue en realidad mujer: una sacerdotisa tolteco-chichimeca con la que establecía diálogos telepáticos a través del tiempo y el espacio desde años atrás. Te hizo leer mucha antropología y etnología. Libros de historia precolombina y sobre todo novelas. De estas últimas, las de Carlos Fuentes resultaron tu banquete predilecto.

Gracias a ella aprendiste a ser buen lector, tú que ni si quiera soñaste con terminar la secundaria, porque tus padres preferían que trabajaras desde niño y contribuyeras a los gastos de la casa y a la manutención de tus cinco hermanos. Tú que llegaste a vender empanadas, jiricayas, gelatinas, bombones y periódicos en los semáforos. Dejabas de jugar a las canicas para irte a trabajar en las paradas de autobús.

No quería que te refinaras, le gustabas así como eras: un jardinero discreto y honrado que leía a Carlos Fuentes y daba de comer a sus perros y a su gato. Vistiendo ropas sencillas, moreno, bello, regando sus plantas y leyendo al terminar tu jornada cerca de su piscina. Tú que limpiabas su fuente japonesa repleta de peces dorados y rojizas carpas koi de ornato, que igualmente le hacías el amor por las madrugadas cuando ella atravesaba su jardín para encontrarse contigo.

Decía que estaba escribiendo un diario de cambo antropológico del cual resultaría todo un libro dividido en dos tomos. Que lo iba a publicar en la Ciudad de México y Francia al mismo tiempo. Un día encontraste por accidente sus cuadernos de notas, los leíste y te asustó el discurso delirante, enloquecido y estrambótico que había en ellos. Una mezcla entre novela, diario de loco y fragmentos inconexos que daban miedo. Hablaba de ti, de repente, luego de algún escritor o de cierto sitio que visitaron juntos en los días previos. Establecía diálogo con una sacerdotisa tolteca imaginaria, quien supuestamente la orientaba desde otra dimensión para efectuar sus investigaciones. Describía con lujo de detalle el cunnilingus que le aplicaste aquella mañana de domingo mientras preparaba hot cakes para el desayuno, metiéndote bajo sus faldas y entre sus chamorros. Haciendo uso de toda tu lengua habilidosa y arrastrándola hasta el éxtasis definitivo.

Te cayó como un golpe de agua congelada, algo que ya sabías: que Carmen no estaba del todo bien. Que la cabeza no le carburaba de manera normal. Que su libro resultaría impublicable y que asustaría a cualquier editor. Pero tú la querías y la hubieras adorado aunque estuviera cien veces más loca de lo que ya estaba.

Y todos los sitios a los que te llevo. La pirámide de Cholula, la más grande del mundo, en Puebla, incluso más grande que la de Keops en Egipto. Las Yácatas circulares y enigmáticas de Tzintzuntzan. Las construcciones igualmente redondas de los Guachimontones en Tehuchitlán. El Observatorio Astronómico en Palenque, que te dejó sin aliento. El palacio de Kukulkán, como nombraban los mayas a Quetzalcóatl, en Chichenitzá, de quien Carmen era devota absoluta. En cuya cima se besaron amorosamente tú y ella durante diez minutos. Y Carmen, que para nada realizaba antropología con su cerebro racional, sino que se devoraba aquellas construcciones impensables y milenarias con sus manos: tocándolas, manoseando sus muros y baldosas, refregando su cuerpo entero contra las placas de piedra. Devorando sus escalinatas, frescos, esquinas, circunvoluciones con su corazón, con sus muslos, con su vientre y su sexo. Parecía acoplarse eróticamente con ellas más que estudiarlas. Así hacía Carmen su trabajo de campo: sintiendo las pirámides, absorbiendo los cerros, los paisajes, las rocas y las ruinas mudas. Haciéndolas hablar y estremeciéndolas. Para luego escribir toda la noche, casi sin descanso, más que para visitarte, sus inusuales diarios de campo que a pesar de todo resultaban bellos, igual que ella.

Fueron los tres mejores años de tu vida.

6

 

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Cuando se quedó dormida, completamente relajada en su cama, sonriente, después que yacieran juntos. Y el fatídico día siguiente en que Carmen nunca volviera a despertar. Los médicos determinando que se trató de un infarto fulminante mientras dormía. Murió tranquila, recitaban lúgubres y satisfechos los especialistas. Tenía su enfermedad mental como antecedente clínico de que ella no estaba del todo bien. Los familiares de don Pepe Montalvo y Dietrich precipitándose para repartirse sus pertenencias como sabandijas carroñeras: su departamento en la Ciudad de México, una granja con invernaderos en Avándaro, su casa en Houston y su suite en el Country Club de Guadalajara.  Donde permanecía la mayor parte del tiempo. No te permitirían siquiera ver una última vez su cadáver. Te echarían sin pensárselo. Dejándote llevar contigo tan sólo los tres perros, el gato y los libros de Carlos Fuentes. Lo único que por cierto, no les interesaba. ¿Quién más o mejor que tú los cuidaría a todos ellos? Averiguarías posteriormente, a través de la prensa, que su cuerpo sería incinerado y colocado en una cripta de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, junto al ánfora de níquel donde reposaban las cenizas inertes de don Pepe.

Entonces y sólo hasta entonces, comenzarían a revalorar su trabajo: los ciclos con sus películas en las universidades y la Cineteca Nacional. Los directores, actores y escritores quienes la conocieron u oyeron hablar de ella, impartiendo conferencias magistrales. De pronto todo mundo era experto en Carmen. Alguien del mundo de la televisión y el cine, un advenedizo, con el financiamiento de los hijos de don Pepe Montalvo, proyectando filmar una película sobre su vida, protagonizada por una actriz de moda mucho más joven, pareja de un político en turno. Habían pasado casi diez años desde que Carmen filmara su última película y huyera con Manik hacia Centroamérica. Alejándose de las cámaras para siempre. Desde entonces permaneció en el anonimato, estudiando antropología en México y luego en Guadalajara, escribiendo su libro y dedicándose a sus animales y sus plantas.

Y sólo tú sabrías cuánto llorarías en tu apartamento, ya sin tus padres ni hermanos. Y sin Carmen: Carmelita, Carmencita. Solitario y consolado tan sólo por la presencia cálida de los tres perros y de Oliver, el gato callejero. Cuánto extrañarías su cuerpo y sus besos, sólo tú, jardinero, sabrías cuanto.

Tu mente comenzando a fallar, como la de Carmen. Debido quizás al dolor que no soportabas y a la tristeza que no te daba tregua ni durante el sueño. Jugándote tretas y poniéndote trampas en las que no podías dejar de caer a cada paso. Afianzándote a la única compañía que te brindaban los animales, lo único que en aquel momento te salvaría de la locura. Escuchando pasos y ruidos en el pasillo de tu apartamento, en la cocina o el baño: risitas, susurros, muacs y shssss. Encerrándote en tu habitación con los animales para no ser acosado por singulares sonidos, chirridos, sombras, siluetas, pasos y voces.

Descubrirías, con una mueca trabajosa, que te dejó los singulares cuadernos con sus diarios y notas de campo. Haciéndotelos llegar a través de su abogado. Resultándote aún más difícil aquel pasaje, impensablemente doloroso, al recordarte con su letra, todo lo vivido a su lado.

Con la pena a cuestas y las taquicardias de tu corazón en ruinas, acribillado con flechas toltecas y nahuas, desangrado, lapidado con pedernales guerreros, arrojados por hombres águila y jaguar, igual que las pirámides que visitaron juntos tantas veces. Comenzarías a hojearlos y leerlos.

7

Los dedos chatos y breves de Manik se entrelazaron con los de Carmen, mucho más finos y alargados que los suyos. Él, algo más bajito que ella, su cuerpo y su carácter muy fuertes: un líder nato, poseía una voz poderosa, de barítono. Con la cual la enamoró. Asió su cuerpo al de ella, rozando con su pecho sus senos, sus labios con los suyos, cerciorándose de reojo que el mozo en el andén subiera con cuidado sus mochilas a la parte de abajo del autobús de la ADO. Le entregó una moneda de cinco pesos como propina. Ella no dejó de mirar constantemente a todos lados durante las dos horas que aguardaron su salida hacia Tuxtla Gutiérrez. Temía que la gente de don Pepe la estuviera espiando y la hubiera seguido hasta la Central Norte. Capaces de todo, incluso de llevársela a la fuerza de regreso junto a su marido y de hacer daño a Manik.

Su viaje iniciaría en la Ciudad de México y los llevaría durante casi 13 horas a través de Puebla y Veracruz para culminar en Chiapas. Desde ahí abordarían otro hasta la ciudad de Antigua, ya en Guatemala, donde los contactos de Manik los estarían esperando para trasladarlos hasta un sitio desconocido en la selva, cerca del Océano Pacífico.

La sacerdotisa le ordenó que abandonara a su marido cuanto antes. Acátl le habló con una voz femenina, limpia pero llena de una autoridad interna. Comenzó a presentarse en su recámara del Country Club, a donde el marido la visitaba cuando menos una vez al mes.

Carmen lo pasaba en los sets de filmación en Monterrey y la Ciudad de México. Así viviría casi toda la década de los ochenta: entre el Distrito Federal, Nuevo León y su suite del Country Club de Guadalajara. Siendo visitada eventual e inevitablemente por su marido. Era un tributo sufrido y doloroso que tenía qué pagar sin saber porqué.

“¡Él es el indicado…!”

Sentenció Acátl luego de que los presentara un contacto en Coyoacán. Se le aparecía en las madrugadas y pasaban largas horas hablando hasta el amanecer.

Los guerrilleros querían que filmara un documental sobre los movimientos de liberación en Centroamérica. A ella no le interesaba en lo absoluto la política. Pero estaba harta de su marido y de los medios de comunicación en México y en toda Latinoamérica. Añoraba enamorarse de alguien y hacer algo interesante. Manik era el portavoz. Se sintió atraída hacia él desde el inicio.

Sus dedos chatos y breves. Con los mismos que pulsaba las cuerdas de su guitarra, entonando con su voz grave y bella añejas melodías de Violeta Parra, Víctor Jara y Óscar Chávez. Con los mismos dedos y manos que escribía artículos de ciencias sociales y comunicados de su movimiento en Nicaragua y Guatemala. Las extremidades cortas que la acariciaban como nadie lo hizo jamás.

Y tú no podrías dejarte de sentir celoso al encontrar esos pasajes en sus diarios. Odiando a Manik Zaragoza, envidiándolo porque era un tipo instruido que la tuvo antes que tú. Alegrándote en el fondo por su tortura y muerte. Reprimiéndote luego y lamentándote después, porque Carmen lo amo también y te dolería mucho que sufriera, aunque no fuera por ti.

Sus dedos mínimos que la acariciaron una vez, siendo despojados de sus uñas ensangrentadas y mutilados por la policía centroamericana  en aquella prisión de Honduras. Sus ojos y sus cejas reventados por los golpes y su cuerpo estremecido por las descargas eléctricas aplicadas en los testículos por un oficial extranjero.

8

Llevabas días escuchando ruidos, pasos y voces en el pasillo. Esa noche te encerraste en la recámara de tu departamento con los perros bien dormidos bajo tu cama. Intentaste dormir, fallaste, manteniéndote despierto contra tu voluntad.

Hacia las tres de la mañana aquello era un concierto de gemidos, susurros, voces y pasos. Alguien o algo intentó varias veces abrir la chapa de tu puerta, luego cesó. Te tapaste con la sábana todo el rostro. Una mano recorrió tu cuerpo sobre la tela, acariciándote. Creíste reconocer aquella mano y sus caricias. Te hacías las ilusiones de que era una extremidad familiar. Levantaron de un golpe tus sábanas. Los perros ni se inmutaron. En un instante ya estabas besando y succionando unos senos que te conocías de memoria. ¿Carmen? ¿Habría escapado antes de la cremación y en realidad no habría muerto? Quizá regresó de la muerte para encontrarse contigo. Repentinamente su boca era más helada de lo normal, sus nalgas y su cadera en extremo frías, pero iguales de diestras a las de tu amada.

Te detuviste un instante. Recordaste que a las tres solía visitarla ella, la sacerdotisa. Quisiste hablar. Había algo en aquel cuerpo que te recordaba indudablemente al de ella. Por segundos jurabas que era tu Carmen. Tratas de articular algunas palabras, pero te silenció a besos y sentones.

En un susurro, jadeante, exhausta ella también, te dijo al oído: “soy las dos….” Y se desmayó sobre ti.

 

Delirio en la Guerra Cristera

Crisitada

 

Por: Adán de Abajo

 

Al comenzar la biografía de mi héroe, siento cierta perplejidad. En efecto, aunque lo llamo héroe, bien sé que no es ningún gran hombre. Preveo, por tanto, fatalmente, preguntas como esta: ¿En qué es extraordinario para convertirlo en héroe…? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y porqué? ¿Hay alguna razón para que yo, lector, consagre mi tiempo a conocer su vida?

 (FEDOR DOSTOIEVSKY –Los hermanos Karamazov)

 

Vi en sus ojos un relámpago de indignación, Y esta vez fui yo quien humillé los míos y sentí enrojecerse mi rostro  bajo su mirada.

(JACK LONDON – El Lobo de Mar)

 

 

Para mi hermano Armando, valiente y avezado médico de la Sierra Huichola.

Para mis abuelos: Cuca Arellano, Petrita Zaragoza y Jesús Dávila.

 

 

Dimitri removió su cuerpo con lentitud, la pierna derecha se le adormecía produciéndole piquetes en el pie y en el muslo.

Quitar la vista de su libro y suspender su lectura era un sacrificio que eludía desde hace más de una hora. La novela controlaba su voluntad. No podía dejar de encontrarse inmerso en su historia.

“Pero antes de todo están las cabras, los borregos y los chivos….”

Se dijo a sí mismo, forzándose a creer que así era. No demasiado convencido, cada vez menos resignado a aquella labor, para su desgracia.

Cerró el grueso volumen y se levantó con pesadez padeciendo un leve vértigo  mientras circulaba de nuevo la sangre en su cabeza y sus músculos. Apoyó su brazo derecho en el roble, cuyo tronco le sirvió de respaldo cuando leía, abrió la boca enorme en un bostezo y con la mano izquierda guardo su preciado libro en el morral de lana.

El viejo roble era un antiguo compañero de juegos y lecturas de la infancia. En su corteza permanecían las cicatrices de los chiquillos que lo treparon, nombres de enamorados trazados en su tronco herido a punta de navaja, y la apertura que le hizo un rayo al caerle en medio de una tormenta a finales del siglo diecinueve.

Dimitri enfocó su vista utilizando sus manos como unos binoculares en busca de las cabras y borregas. El corazón le latió angustioso: el rebaño no estaba donde lo dejó pastando hace una hora. Se separo del longevo árbol y abandonó su sombra fresca. Llevo los dedos a la boca y lanzó un poderoso chiflido, similar al que su padre emitía para llamar a los animales o para hablarles a él y a su hermano cuando los necesitaba.

Nada respondió a su llamado, más que el eco de los cañones y las montañas que lo rodeaban enmudecidos.

Corrió en círculos erráticos por la planicie reverdecida con las lluvias. La mejor temporada para la leche y la lana: el verano, y él perdió a los animales. Siguió chiflando nervioso, temblando y atragantándose con los dedos y su saliva.

El temor le hizo recordar a su hermano: Juan Pablo le gritaría diez mil insultos y le daría unos buenos palos por perder la principal fuente de ingresos familiares.

Las borregas y las chivas, además de una beca de la parroquia, sostenían sus estudios en el extranjero. Hace más de un año que no veía a su madre y a su hermano, y ahora precisamente que regresó a su pueblo natal para las vacaciones, perdió a los animales.

2

La Tarada, como nombraban a una perra pastora blanca, respondió al llamado con sus gruesos ladridos.  Dimitri se precipitó hacia el fondo de un cañón, desde donde provenía la respuesta de la pastora.

A la distancia daba la ilusión de que el lugar donde el animal se encontraba era cercano, pero remontándola, la distancia  resultó mucho mayor de lo que aparentaba. En lo que corrió torpemente, tropezando en varias ocasiones y torciéndose el tobillo, transcurrió casi otra hora. El sol comenzaba a ponerse y la noche amenazaba con sorprenderlo lejos del pueblo.

La Tarada apareció, enorme, gris y lanuda, con la lengua gigantesca y moviéndole el grueso rabo. Tras de ella el Marihuano, un perro mestizo color marrón, de oreja mocha, producto de la dentellada de un coyote, fiero cazador e infalible guardián de las ovejas.

Los perros lo saludaron gustosos, para ellos no transcurría el tiempo ni había razón para preocuparse mientras no aparecieran los coyotes o algún extraño quisiera robarse al rebaño.

La perra lo lamió saludándolo y el macho le mordió con suavidad la mano en señal de simpatía, pero Dimitri no los sintió. Caminó automatizado hacia el lugar de donde salieron los perros y luego suspiró con alivio. El rebaño se encontraba a salvo. Los guardianes caninos hicieron bien su trabajo al no permitir que se extraviara ninguna borrega.

3

Eran las once de la noche cuando cerraba el corral y metía la última chiva.

La cantidad de ovejas y chivos era enorme: sumaban cuatrocientos animales entre cabras y borregas.

Los perros se adelantaron introduciéndose en la casa antes que él, prestos a cobrar su merecida ración de caldo de res y tortillas.

Dentro, su madre y su hermano lo esperaban con las caras aplanadas.

Prolongados minutos de silencio sobrevinieron. Lo castigaban fingiendo ignorarlo cuando se enojaban con él. Después de un torturante lapso de silencio, lo lanceaban con sus palabras.

Comenzó Juan Pablo con una pregunta, la más corta y la más temible:

-¿En dónde andabas…. Carajo….?

Cuánto molestaba a Dimitri su voz paternal, desesperada y autoritaria. Cuánto extrañaba su sonido plateado, de tenor, cuando se encontraba en el extranjero y transcurrían hasta dos años sin verlo. Pronto se iría de nuevo a continuar con sus estudios. ¡Cuánta frustración y amor contenidos en la voz del hermano mayor!, como diciéndole: “¡Es por ti que me mato cada día trabajando, es por ti que no tengo el amor de una mujer!… ¡Es por ti, que mi sexo se marchita a mis veintisiete años…!”

-¡Ya me voy a regresar a España…, no se apuren…!

Atino a responderles con voz dolorida, evadiendo el cuestionamiento. Se sentía culpable cada que los confrontaba o se defendía de sus ataques verbales. A pesar de saber de antemano que las agresiones eran injustas en su mayoría.

-¡No te pregunto si ya tíbas, Carajo!…. ¡Sino dón tabas….!

Intervino Margarita con resentimiento, utilizando un castellano de marcado acento indígena, pleno de arcaísmos y frases provenientes de una lengua vieja y ancestral, traída a estas tierras por furibundos conquistadores españoles.

A veces Dimitri pensaba que lo odiaban o lo culpaban por algo antiguo y desconocido. Algo de lo que él no era de ningún modo partícipe. Siempre se unían cuando querían torturarlo.

En Madrid su vida no era mejor que en aquel rancho del estado de Zacatecas. Era más bien un pandemonio. Sintiéndose fuera de toda lógica y sin lograr encontrar su sitio. No convivía con los otros estudiantes ni amistaba con nadie. Pasaba los días en las bibliotecas, sumergido en Julio Verne, en Víctor Hugo, en Jack London y en el temible Dostoievski.

Su hermano deseaba que Dimitri estudiara derecho o medicina, pero Dimi prefería la literatura.

Al terminar el bachillerato, Juan pablo intentó imponérsele, cual dictador, pretendiendo forzarlo a decidirse por una profesión liberal. Pero Dimitri huyó hacia la Sierra de Morones y se perdió durante dos días. Ahí donde sus ancestros caxcanes se atrincheraron contra los españoles por los años de 1600, permaneció oculto, nervioso y llorando. Para reaparecer unos días después en Sánchez Román y encontrar a su hermano, molesto, pero dispuesto a negociar. El primogénito se había ablandado.

Al final, Dimitri se decidió por una opción intermedia: el magisterio, que no le desagradaba tanto y con la que calmaba a Juan y a su madre. Pero nunca se convenció del todo. La verdad es que ni él mismo sabía con exactitud lo que quería. Si existiera una profesión en la que pudiera pasarse todo el día recostado, leyendo historias y poemas, ésa es la que escogería sin miramientos.

4

Juan Pablo y Dimitri se querían muchísimo. Antes de morir Don Felipe, su padre, de un tumor en el cerebro, encargó a Juan cuidar de su madre Margarita y del pequeño Dimitri. Desde los trece años Juan trabajó sin descanso para que nada faltara a la madre ni al hermano menor. Alquilando sus servicios como arriero, cargador, recolector, cegador. Luchando contra ladrones, coyotes y hambrunas para acrecentar el preciado rebaño, principal patrimonio heredado por su padre.

Dimi, como lo llamaba Juan Pablo, aprendió a leer en su Biblia desde los cuatro años, a los siete escribió su primer cuento.

Siendo niños, Juan se convenció  que su hermano pequeño sería un individuo importante. Aunque él apenas sabía leer y contar con los dedos, intuyó que Dimitri se convertiría en un gran escritor, en un científico o un médico quien ayudaría a su pueblo y a su familia a salir del atraso y la ignominia.

Dimitri estudió el bachillerato en un seminario en Totatiche, un pueblo cercano al suyo, donde los curas nunca perdieron la esperanza de capturar su vocación y convertirlo en hombre de Dios. Pero fracasaron ingenuamente, pues el alma de Dimi era inaprensible.

Al cumplir diecinueve años, Juan Pablo lo mandó a Europa a estudiar la Normal de Profesores. Juan se hacía ilusiones de que Dimitri regresaría convertido en el maestro del pueblo.

Sánchez Román jamás tuvo maestro propio.

En Madrid, Dimitri pasaba sus horas en las bibliotecas, leyendo libros de aventuras y novelas, faltando obligadamente a clases o gastando las tardes en meditar sobre su cama casi sin moverse. Los autores del siglo diecinueve ocupaban su atención desde hace meses, el descubrimiento de Dostoievski estremeció su mente y agitó sus nervios. También transcurría sus horas entonando viejas melodías mexicanas y valses españoles en una diminuta flauta dulce.

De por sí, Dimitri era un temperamento nervioso e hipersensible. Cualquier evento que ocurría alrededor de su vida era procesado y modelado hasta el infinito por su imaginación imparable. De modo que la menor situación o el contacto con algún individuo sin la más mínima importancia, desataba en Dimi un complicado mecanismo imaginativo que trasformaba los eventos y las personas, magnificando ciertos detalles y minimizando otros. Añadiendo colores que no estaban presentes en sus cuadros mentales, poniendo ya más luz o más sombra a los paisajes internos.

Lo grave aparecía cuando esos coloridos cuadros psicológicos se rebelaban contra su creador, transformándose en fantasmas y demonios que lo acosaban.

Así es que en Crimen y Castigo, la primera novela de Dostoievski que cayó en sus manos, Dimitri se vio como en un espejo en el joven Raskolnikov, el protagonista dostievskiano. Al igual que el personaje principal del escritor ruso, Dimi era un estudiante pobre y torturado en una ciudad que le resultaba ajena.

Cuando Raskolnikov enloqueció y planeó matar a la usurera con un hacha, Dimitri temió que se le metieran ideas obsesionantes a las cuales sería incapaz de sacar de su cabeza. Arrojó su Crimen y Castigo en el fondo de su buhardilla e interrumpió su lectura, sufriendo singulares angustias y miedo a perder la razón, manteniéndose muchos días en vela.

Más tarde recuperó el libro para leerlo de una sentada en un solo día hasta el final, sin salir para nada de su habitación de estudiante.

Para cuando regresó a Sánchez Román, su pueblo natal en México, el temor a los personajes dostoievskyanos estaba superado. En estas vacaciones de verano se dedicaba por entero a leer Los Hermanos Karamazov, considerada la obra maestra del ruso y se encantaba con el libro.

La obra literaria del Maestro de San Petersburgo  le dio la idea de escribir su primera novela, desarrollada en el Occidente de México, donde se encontraba su pueblo.

Tímidamente, pues aún dudaba de sus dotes narrativas, redactó las primeras páginas. Pensaba recrear un personaje similar a su padre, un pastorcillo hijo de un escribano español y una india caxcana. Pero las obligaciones de sus estudios magisteriales lo alejaban de sus proyectos creativos y de sus lecturas, y él odiaba cada vez más la escuela. El magisterio era un compromiso abominable e ineludible. No sólo su hermano y su madre, sino toda la gente de aquel pueblecito del Sur de Zacatecas tenían sus esperanzas puestas en él. Sería el primer maestro de primaria nacido en Sánchez Román.

5

Dimitri se despidió de Margarita y de su hermano Juan Pablo. En el fondo agradecía que el verano concluyera y con él las vacaciones. Aunque tampoco le entusiasmaba volver al Viejo Continente.  Sentía a la vez culpa, pena y remordimiento al dejar a su familia en el pueblo y regresar a España. No creía merecerlo y tampoco le interesaba esforzarse con los estudios.

Los dos meses en Sánchez Román fueron plenos en tormentas diluvianas, ése año llovió como nunca durante días enteros. El río que descendía de la Sierra de Morones y desembocaba a la orilla de su pueblo, el cual el resto del año no era más que un hilillo inofensivo donde abrevaban las borregas y las vacas, se desbordo, inundando dos barrios completos. Llevándose ganado, pertenencias, desbaratando casas y arrastrando consigo a más de un cristiano, a quien no volvieron a ver.

Viejas querellas con su madre y hermano brotaron como el cauce desenfrenado del río de la sierra y las montañas. La vuelta de los recuerdos de su padre, al igual que los síntomas de una enfermedad recurrente y crónica, resurgieron tras años de desaparecidos.

En la figura de Dimitri, Margarita y Juan Pablo creían ver a un fantasma: Don Felipe, quien muriera dejándolos solos hace años.

Dimitri padecía el mismo carácter nervioso, el mismo desinterés por el mundo, las migrañas y la distracción excesiva. También era alto y encorvado como el padre, de iguales cabellos ondulados, la nariz ganchuda. Dimitri encaraba la imagen de Don Felipe: el caminar despacio, inclinándose al andar,  las pestañas  alargadas como deidad egipcia. La frente expandida y amplia, semejante a una aureola celeste. Por eso lo atacaban sin descanso. A Don Felipe no le gustaba hacer otra cosa más que  leer, pasar las horas pensando y mirando el vacío. Del mismo modo que a Dimi.

Cuando sus hijos apenas eran niños, don Felipe transfirió la responsabilidad de los animales al pobre Juan Pablo. Desentendiéndose por completo del trabajo como pastor.

La madre y el hermano volcaban su enojo sobre el hijo menor, como reclamándole al padre por dejarlos desvalidos, por no ser como el resto de los cabezas de familia del pueblo. De tanto leer libros a Don Felipe le salió un tumor en el cerebro. Quien pagaba el pato por aquel viejo odio era el joven Dimitri. Todo el coraje acumulado durante décadas vertido sobre él. Toda la ira guardada y el enorme amor malsano.

Cuando pensaba en su familia, Dimitri padecía esa ambivalencia y esa naturaleza doble y enredada. Al mismo tiempo que lo embargaba la nostalgia al recordarlos y echarlos de menos cuando se encontraba en Europa, rechazaba de facto la idea de siquiera encontrarse cerca de ellos. Nunca podía estar mucho tiempo con su mamá y su hermano sin odiarlos por pretender saber lo que era mejor para su vida.  Lo peor del asunto era que él mismo ignora precisamente qué debía hacer con su existencia. Si lo supiera, se decía a sí mismo, o si tuviera el valor, se iría del pueblo para siempre y no regresaría tampoco a la España que lo asfixiaba. ¿Pero a dónde huir…?

 

Dejó su triste Sánchez Román atrás. Un viaje en carreta hasta la ciudad de Guadalajara que resultó odioso, lluvias incesantes, mosquitos, hambre, pues apenas llevaba el dinero suficiente para su transportación. Dinero que debía, contra su orgullo irascible, recibir de la mano de Juan Pablo.

De la capital de Jalisco abordó un oxidado autobús de pasajeros hacia la Ciudad de México. Luego otro cacharro aún más viejo y lento rumbo al puerto de Veracruz. De ahí un barco mohoso hacia el Viejo Continente en un incómodo encierro marítimo de dos semanas.

Sólo le quedaban seis meses antes de graduarse como profesor normalista. Si conseguía mantener la suficiente paciencia, con el último jalón de la Normal podría quitarse de encima aquellos estudios y complacer a su hermano y a su madre.

6

Tras finalizar sus estudios de la Normal, Dimitri permaneció todavía un año más en España. Prestando sus servicios como maestro particular de español, literatura, latín y matemáticas. La verdad es que no deseaba volver a su pueblo natal. Evitaba reencontrarse con su familia por todos los medios.

Las cartas de  su hermano Juan Pablo se acumulaban desesperadas, solicitándole e incluso exigiéndole su regreso a Sánchez Román en México cuanto antes. La situación  política en su país era cada vez más tensa.

Era 1925. El gobierno pos revolucionario de Álvaro Obregón se esforzaba por doblegar a un feroz campesinado que luchó al lado de Francisco Villa, Emiliano Zapata y otros centauros durante la revolución.  La estrategia consistía en introducir el agrarismo y la propiedad privada dentro de las ancestrales comunidades de campesinos, donde agricultores y grupos indígenas siempre concibieron la propiedad colectiva como medio natural de sobrevivencia. De hecho se unieron a la lucha armada de 1910 con la esperanza de que continuara siendo así.

Por medio de la imposición de la propiedad  privada, Obregón pretendía dividir a un país plenamente rural y aguerrido, liderado por fieros ancianos e indómitos caciques indígenas que no creían de ningún modo en el gobierno oportunista.

La Iglesia Católica era el centro del debate. Los asesores de Obregón le aconsejaban fundar una iglesia mexicana independiente del  Vaticano y controlada por el Partido Revolucionario.

Tocados en sus intereses, los curas instigaban al pueblo para rebelarse contra el ateo y mal gobierno. Los sacerdotes, acosados, encarcelados e incluso pasados por las armas. Se suspendió el culto o se oficiaba misa en catacumbas y escondrijos.

El pueblo se solidarizó con los clérigos. La iglesia aparentaba ser el centro del conflicto, pero en realidad era el antiguo orden de campesinos e indígenas quien se preparaba para levantarse contra las innovaciones agrarias, la propiedad privada y el oportunista gobierno de Obregón.  La revolución no resultó lo esperado: Zapata y Villa fueron asesinados por sus propios compañeros de guerra. El mismo Obregón quien en 1912  marchó junto a Pancho Villa hacia la capital, mandó pasar bajo el fuego de la ametralladora a los legendarios Dorados del general chihuahuense. Luego, ordenó la emboscada donde moriría también el propio Centauro del Norte bajo el fuego  de más de ciento cincuenta detonaciones.

El conflicto religioso que se avecinaba, amenazaba con ser aún mucho más popular y más grande que la reciente revolución mexicana.

Juan Pablo pronto se puso del lado de los que ya se auto nombraban como cristeros. Un ejército rebelde de campesinos católicos, mestizos e indígenas, quienes enfrentarían al mal gobierno.

Vendió buena parte de su rebaño para seguir al general  Carlos Domingo: un viejo líder de ochenta años, mitad huichol y mitad mestizo. Quien en la década pasada mantuvo a ralla a los villistas, protegiendo del saqueo a las comunidades de Mezquitic, Huejuquilla, Colotlán y la Laguna de Monte Escobedo de los supuestos revolucionarios.

Desde muy joven Domingo se alquilaba como vaquero, pronto se rebeló contra los caciques de Mezquitic, matando en un duelo a muerte a uno de sus primogénitos de un solo tiro. Era temido por latifundistas, militares y agraristas. Contaban  que se arrojó al piso y desde el suelo baleó a su adversario, eludiendo las esquirlas enemigas.

Aunque ya tenía ochenta años, el anciano aún podía viajar jornadas enteras a lomo de su castrado Palomo y dar en el blanco con su pistola a gran distancia. La gente de la región prefería acudir a él en lugar de al gobierno para que les proporcionara justicia, consultándolo sobre asuntos familiares, de tierras y ganado. Era analfabeta y vivía en Popotita, un ranchito ubicado en los confines de la Sierra Huichola , Aunque solía moverse como por su casa a través de los territorios del Sur de Zacatecas, Durango, Aguas Calientes y el Norte de Jalisco.

Carlos Domingo odiaba a los revolucionarios. Mucho tiempo ansió colocar un tiro en el vientre del propio Pancho Villa, por permitir que sus Dorados saquearan y violaran en su territorio. Cuando decidió levantarse contra Obregón, toda la Sierra Huichola hirvió como una cazuela de azufre para seguirlo. Hordas de tepehuanos, huicholes, mejicaneros y mestizos se sumaron fielmente a su avanzada, siguiéndolo a favor de los Cristeros. Grupos enteros de diverso origen étnico y cultural que hasta entonces se mostraban recelosos o neutrales frente a la Revolución Mexicana, se alzaron al fin para seguir al anciano líder.

Juan Pablo lo conoció cuando llevaba sus ovejas a la Sierra de Morones a pastar. En una ocasión un grupo de villistas rezagados intentó asesinarlo y robarle sus animales, no sin antes pretender violarlo para luego colgarlo.

Los forajidos lo sorprendieron mientras orinaba en un río, lo apresaron y desnudaron, divirtiéndose humillándolo. Juan creía que estaba perdido, que moriría tras ser ultrajado su cuerpo y se llevarían sus animales.

Entonces apareció el viejo huichol con parte de su contingente. Domingo odiaba a los villistas por sobre todas las cosas, también era un hombre justo. Sus huicholes y tepehuanos se lanzaron sobre los forajidos tras un solo gesto del anciano y pronto pasaron por sus machetes a los villistas.

Juan Pablo quedaría fascinado con la figura del anciano, algo así como un Moisés belicoso, un guerrero del Antiguo Testamento, el esperado líder del Pueblo Elegido. El padre que nunca tuvo y a quien deseaba seguir hasta la muerte.

Margarita, igual que mucha gente de Sánchez Román, apoyaba a los Cristeros y a su guerra. No se opuso  a que su primogénito los siguiera.  Creía que debía lucharse a favor de la iglesia y de los hombres de Dios. Para ella como para la mayoría de la gente del pueblo, se trataba de una guerra a favor de Cristo y de la Virgen María.

De hecho la mujer necesitaba que Dimitri regresara lo antes posible para trabajar como  maestro del pueblo y colaborar con los gastos familiares y de la lucha.

7

Dimitri se negaba a responder o siquiera abrir la correspondencia que llegaba de su país. La dejaba acumular sobre su escritorio saturado de libros y papeles y luego la sacaba de su buhardilla en alguna bolsa junto con la basura. Sólo sabía por los periódicos que el conflicto con la Iglesia en México crecía hasta resultar incontrolable para el gobierno. Dejando una gigantesca estela de muertos entre las filas de católicos y agraristas.

Se enteró que su hermano dejaba Sánchez Román para internarse en los confines de la sierra, siguiendo a una columna de cristeros liderados por un centauro indígena. Supo de las  derrotas infringidas a los rebeldes, también de sus triunfos por sobre las tropas oficialistas. Seguía el curso de la guerra tratando de no enterarse de los acontecimientos, pero recibiendo noticias por medio de los diarios y de algunos camaradas mexicanos quienes lo enteraban de la situación en su país de cualquier modo. Por todo el mundo se sabía del movimiento liderado por los católicos revolucionarios.

Por su parte, además de las clases particulares que impartía para sostenerse en Europa, sus principales energías continuaban encausadas en la lectura de sus escritores favoritos. En ese entonces descubrió a Charles Dickens y a Jack London, embebiéndose con todas su obras. También trabajaba en sus tiempos libres en la novela que traía entre manos desde el último viaje a México.

Lo único que le interesaba de la vida eran las lecturas de sus autores predilectos y la creación de su obra, que por entonces llegaba más allá de las ciento cincuenta cuartillas redactadas a mano. Poniéndolo feliz con el avance de su escritura implacable.

Aquellos largos meses en Madrid después de finalizar los estudios como normalista y de que comenzara la Guerra Cristera en México, se volvieron más de un año fuera de su país.

Sin saberlo, o sin ser muy consciente de ello, el joven zacatecano se buscaba a sí mismo, ignorando a dónde lo llevaría aquel deambular errático o en qué lugar terminaría.  Empero, alguna luz aparecía gradualmente en la nebulosidad de su existencia y algo comenzaba a encontrar. Con cada página escrita, arrancada, tachonada, vuelta a corregir o a reescribir, algo de una anhelada y desconocida tranquilidad le llegaba, en oleadas breves pero alentadoras.

Buscando la inalcanzable perfección  en la escritura, el joven pastorcillo también adelantaba en su camino personal. Lo que iba dando como resultado, además de una obra literaria que no pedía nada a otras de su tiempo, era el desarrollo y la construcción de su propia imagen ante sí mismo como escritor. Inscrita en sus células, en sus emociones y en toda su corporeidad. Obtenida con muchos trabajos y sacrificios. Brindándole una creciente seguridad en sí mismo que jamás tuvo, reflejada en sus pasos, en su habla y en sus manos que escribían incansables. Volviéndolo paulatinamente más entero, más confiado, más seguro y tranquilo.

Nunca antes tuvo aquella certeza, mucho menos la constancia absoluta de la importancia de saber quién es uno, cuál es su sitio, cuál su misión y lugar en el universo. Cosa que ni en el trabajo como campesino en Sánchez Román, ni mucho menos  en los estudios de normalista encontraba.

-¿Cuántos años tienes?

Le preguntó aquella mujer, elegantemente vestida y más alta que él al contemplarlo de pié en la entrada de su apartamento en Madrid. Era la viuda de un abogado que trabajó como secretario personal del Rey de España. Quien muriera durante una misión especial en Marruecos, dejándola sola con sus hijas.

Alguien le proporcionó  las referencias de Dimitri y lo mandó llamar para contratarlo como profesor de español y latín de sus dos hijas adolescentes.

El joven mexicano llevaba los zapatos agujereados en las puntas, metido en un grisáceo  traje a rallas bastante pasado de moda. Un intelectual joven y pobre, a leguas. Pensó la viuda.

-23.

Respondió el muchacho.

-¿¡Tus lecturas de cabecera…!?

Volvió a interrogar la española con cierta autoridad.

El joven no atinó a distinguir si aquello consistía en pregunta, afirmación, presunción o insulto. ¿A qué profesor se le preguntaban sus libros predilectos antes de contratarlo? ¿Qué debía responder ante aquello?

Guardó silencio sin atreverse a decir nada

-¿Que cuáles son tus autores favoritos muchacho…?

Casi gritó la mujer exasperándose, con un marcado acento castellano. Descomponiéndosele los gestos por la explosión emocional.

De aquel estado casi natural de fémina altanera, se entrevió una juventud deliciosa, oculta bajo la máscara de seriedad de ex esposa de diplomático. Mujer culta con bastante mundo.

Dimitri descubrió por un instante que la mujer era más joven de lo aparentado. Los ojos color aceituna, pómulos esculpidos con obstinada intencionalidad, la cara afilada delicadamente hasta terminar en una fina barbilla. Sobre todo su piel, de un moreno pálido, gitano o moro, mantenía un brillo y una, que se antojaba como tersura irresistible al tacto. Cuando llegase el momento de acariciarla toda.

Se llamaba Edna Ituarte, dama bastante conocida en la sociedad madrileña de los veintes.

-¡Platón, la Biblia, Santo Tomás….!

Recitó Dimitri como autómata. Ocultando sus verdaderos gustos. Temiendo ante todo encontrarse con tradicionalistas ideas y prejuicios con respecto a los libros proscritos de su preferencia, que lo alejarían de la posibilidad de obtener el necesario trabajo. Escondiendo su afinidad por autores aventureros, jugadores y autodidactas como los suyos.

-¡Demasiado conservador…!

Profirió la mujer, dirigiéndose a sus hijas, quienes se encontraban sentadas al lado, como las damas de compañía pertenecientes al séquito de una gran reina: su madre.

-Parece buena gente.

Increpó la más joven, de ojos azulados y coquetos. Su nombre precisamente era Azul, como el color de aquellos ojos enormes que tendían hacia el violeta y horadaban curiosos la silueta y la personalidad del mexicano. Algo había en Dimitri que atraía a la muchacha. Tenía doce años.

La otra muchacha sólo atino a sonrojarse en demasía, hasta que el rubor le llegó al nacimiento del cabello en la hermosa frente amplia y clara. Se llamaba Dolores. Lola. Era una año mayor que Azul, aunque bastante más tímida y reservada que ella. Al parecer el joven pastorcillo y escritor resultaba interesante a las dos chicas.

-¡Dickens, Hugo, London, Dostoievski…!

Se animó a confesar Dimitri ante la simpatía que igualmente a él provocaban las mujeres.

Se sentía en la atmósfera un ambienten de atracción inmediata.

-¿Cómo?

Preguntó la señora, poniéndose de pié y sorprendiéndose. Ahora sin saber ella si lo que le lanzaba el mexicano era un cuestionamiento o el fragmento de un idioma extinto, articulado bajo el efecto de un delirio místico.

-¡Que mis escritores predilectos son Dickens, Hugo, Dostoievski y Jack London!

Las tres mujeres estallaron en carcajadas, que a pesar de su violencia e histerismo resultaban agradables a los oídos del mexicano. Música o campanas que nunca antes sus oídos solitarios  atrajeron, ni mucho menos captaron.

No evito pensar que se burlaban de él, de sus autores predilectos y autodidactas como él mismo, de su traje de estudiante pobre y extranjero. Tomó su portafolio y caminó hacia las escaleras, agachado, dispuesto a retirarse. Avergonzado y algo triste, pues al instante había gustado de la compañía de las tres damas. Esperanzado por un minuto con la posibilidad del trabajo y de su amistad. En Europa se encontraba tan solo y necesitado de alguien.

-¡Que se va mamá…!

Grito Dolores por primera vez, rompiendo el tímido silencio en que habitualmente vivía.

-¡Óigame, no le he pedido todavía que se retire. London, Dickens y Dostoievski se encuentran entre nuestros autores predilectos también…!

Dimitri permaneció congelado en el pasillo, hacia las escaleras que lo llevarían de nuevo a la calle y se quedó mirando a la española con los ojos muy abiertos.

La viuda se aproximo, marcando los tacones nerviosos a cada paso. Enfocándolo también ella con su mirada transparente, abriendo sus ojos aceitunados aún más grandes. Su mirada por fin  reveló a una mujer en extremo sincera, refinada y fuerte, con bastantes experiencias de la vida reunidas en su haber. En un lapso mínimo de silencio en que se encontraron el mexicano y ella, se traslució desde sus ojos una tendencia inocultable de temperamento cálido, incluso ardiente y pasional por parte de aquella mujer mayor que él.

-¿Quiere quedarse a trabajar con nosotras? Necesitamos un maestro particular de gramática y álgebra.

Casi suplico la viuda antes que Dimitri abandonara su apartamento.

Aquella mujer, la viuda, Edna.

8

Al fin se animó a destapar algunas de las cartas enviadas por su hermano desde México. Además de descubrir horrorosas faltas de ortografía y una redacción de campesino casi analfabeta, quien escribía prácticamente como hablaba en su cotidianidad, se enteró descifrando en aquellos barrocos mensajes del desarrollo de la guerra

Los Cristeros avanzaban en sus triunfos, poniendo cada vez más en jaque al gobierno de Obregón. Se preparaban elecciones en su país y era seguro que el sucesor sería Plutarco Elías Calles, un monigote designado por Álvaro Obregón, para gobernar en su nombre.

Durante un tiempo pareció que los rebeldes católicos ganarían la guerra.

El ejército de Carlos Domingo había emboscado a las tropas federales en tres ocasiones, haciendo uso de la caballería de manera magistral, al frente de la cual se encontraba ya su hermano Juan Pablo.

Los federales se confiaron al inicio, creyendo encontrarse ante las simples escaramuzas de bandoleros inexpertos. Pero las estrategias del cacique huichol los tomaban por sorpresa. En tres ataques definitivos, los Cristeros resultaron victoriosos  bajo el mando de aquel centauro huichol entre la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas.

Juan Pablo se convirtió en el brazo derecho del anciano líder, encabezando su caballería de más de doscientos jinetes experimentados. Quienes lo mismo blandían el machete y el sable por sobre los cráneos rapados de los agraristas, que disparaban desde sus jamelgos atinando en el   blanco con sus fusiles, marchando a más de cincuenta kilómetros por hora.

Juan Pablo daba muestras de una inteligencia y astucia para luchar y sobrevivir poco conocida.

Así era Juan, pensaba Dimitri, siempre supo superar las peores dificultades, pelear y sortear obstáculos en apariencia infranqueables para los otros. Por eso la gente admiraba su fuerza y lo seguía a donde quiera. Ojalá no le pasara nunca nada al exponer constantemente su vida y lograra salir con bien de aquella empresa. Volvió a pensar el hermano menor.

Sintió un dejo de nostalgia, también de pena por encontrarse del otro lado del Océano Atlántico y no apoyar en lo absoluto las causas de su hermano y su madre. Afortunadamente  para él, la nostalgia sólo le duró unos segundos. Nada de lo que sucedía en México lo convencía del todo.

Carlos Domingo pronto envió a Juan Pablo a realizar diversas misiones especiales en beneficio del ejército rebelde. Marchó disfrazado en un tren a la ciudad de México, viajó a Guadalajara, a Aguascalientes y Lagos de Moreno. En busca de apoyo financiero, municiones, alimentos, medicinas  y caballos proporcionados en secreto por diversas familias católicas del Occidente de México.

El movimiento Cristero crecía, extendiéndose paralelamente en otros estados de la República Mexicana, convirtiéndose en una red de apoyo bastante eficaz para los insurrectos. Desde el Norte hasta el Sur del país había levantamientos o financiadores dispuestos a colaborar. Multitudes de asociaciones católicas, grupos de oración, ligas guadalupanas y legiones de campesinos e indígenas se sumaban cada día a los ejércitos cristeros. Sea como guerrilleros voluntarios, con su apoyo financiero, en especie o moral.

Nada de esto parecía impresionar, mucho menos atraer el interés de Dimitri. Su vida se concentraba en la creación de su obra, de la cual ya se vislumbraba el final. Alguien lo contactó con un editor en España y este se interesó por su historia. Tras leer parte de los avances de su novela prometió publicársela.

Por las mañanas escribía desde las cinco, cuando se levantaba, tan sólo tomando un breve descanso para almorzar algo a las once. En las tardes se dirigía a la casa de la viuda y transcurría las horas en compañía de aquellas mujeres. Llevándoles cada día lecturas novedosas, planteándoles preguntas incisivas y ayudándolas a reflexionar. Dimitri resultó para ellas un maestro demasiado singular, que aplicaba el método socrático, les compartía nuevos autores y propiciaba en ellas el desarrollo del pensamiento crítico.

Edna, la señora, solía quedarse en la sala mientras tejía o leía algún libro, participando pasivamente, aunque con no menos interés en las clases. Escuchando las disertaciones del mexicano, las participaciones de sus hijas, o acompañando con su risa alguna broma gastada por parte de las chicas hacia Dimitri.

De pronto al mexicano se le hacía indispensable asistir diariamente a la casa de las mujeres, y ellas también lo extrañaban cuando no estaba o llegaba tarde a las sesiones.

La viuda y sus hijas vivían de una pensión que el gobierno Español les asignara desde la muerte del esposo. Con los cambios de gobierno, Edna y su familia comenzaron a perder sus privilegios. Como su marido había sido un personaje cercano al Rey, al perder el monarca parte de su popularidad, también la gente cercana a la aristocracia española, como la viuda, sufriría con la suspensión de los apoyos económicos de los que vivía.

 9

Carlos Domingo mandó a la caballería agazaparse y esconderse en los linderos del valle de Monte Escobedo. Fuera de la vista del enemigo.

Por su parte, Juan Pablo  había diseñado unos cañones construidos con grandes tubos de bronce, otrora utilizados para transportar agua potable. Aquellos cilindros enormes eran rellenados  con pólvora, clavos, tornillos, arena, piedras de hormiguero y cualquier fragmento metálico que pudiese introducirse por sus bocas. Posteriormente, el pastor los hacía detonar con la ayuda de una mecha fabricada con hilachos y resina cruda de pino. Una vez encendido su rudimentario dispositivo activador, aquellos dragones de bronce vomitaban una pesadilla de fuego, piedras, arena y metales derretidos. Que se impregnaban e incrustaban en los cuerpos del enemigo, amedrentándolos, quemándolos e hiriéndolos sin remedio hasta sembrar el caos en sus filas.

Juan Pablo se ocultó junto con otros 150 jinetes en los linderos del valle, donde comenzaban los robledales y bosques de pinos gigantes de la Sierra de Monte Escobedo. A unos cuantos kilómetros de una comunidad conocida como el Mortero, perteneciente al estado de Zacatecas, en la frontera con Jalisco. Bajo aquellas coníferas inmensas y raras, sobrevivientes de la Edad de Hielo, Juan  Pablo y sus jinetes se resguardaron llevándose doce cañones de bronce.

Desmontaron sus animales, manteniéndolos muy cerca de las tropas para poder utilizarlos en cualquier momento y cubriéndose con ramas.

Al fondo del valle, Carlos Domingo y 400 miembros de su infantería se alinearon ordenadamente, preparándose para hacer frente al ejército federal.

Alguien dio el aviso en el campamento de las tropas gubernamentales donde pernoctaban tranquilamente las fuerzas de Obregón y varios centenares de mercenarios agraristas pagados a sueldo.

El huichol y sus cristeros los esperaban para entablar batalla. Juntos, los hombres del gobierno y sus aliados sumaban 800 efectivos contra los cuales se enfrentarían poco menos de seiscientos cristeros, no del todo bien armados. Por lo menos no igual de bien armados que los soldados profesionales, financiados y equipados con dinero de la nación.

Muchos de los guerrilleros de Carlos Domingo eran indígenas tepehuanos y huicholes quienes vestían taparrabos y andaban descalzos. Armados con arcos y flechas, lanzas y cuchillos de montaña. Sus torsos desnudos constituían un blanco fácil para los modernos rifles de los federales. Empero, una vez enzarzados en la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, los habitantes de la sierra eran diez veces más letales que un soldado raso, mal pagado y poco curtido en la vida de la montaña.

Los federales se adentraron en el valle con lentitud y vacilantes. No les faltaban pocas razones para temer encontrarse próximos a una trampa.

Un comandante de los gubernamentales, de enorme cráneo triangular y rapado el casco por completo, olisqueó la atmósfera, temeroso de una emboscada.

Frente a ellos se encontraban formados en perfecto orden los hombres de Carlos Domingo, aguardando por el enfrentamiento.

El centauro apareció delante de sus filas. Ataviado en su calzón de manta blanco y con un abrigo de lana diseñado expresamente para él por una anciana tepehuana. Portando un enorme y elegante sombrero de manufactura wixarika, con centenares de colguijes pendiendo de sus alas, su tamaño y envergadura indicaban un elevado rango a nivel espiritual entre los brujos indígenas. Los ancianos de las comunidades de la Sierra Huichola se lo entregaron para que lo protegiera durante la batalla.

La gente de sus filas lucía sus calzoncillos blancos también de manta, guerreros adornados con  plumas, penachos y pintura ritual. Armados con prolongadas lanzas de más de dos metros de longitud, macizos arcos de cornamenta de venado y agudas saetas de mezquite. Fusiles y antiguos mosquetes de un solo tiro, listos para dispararse sobre el enemigo.

El ejército federal se les aproximo en silencio y a paso lento. Cuando pasaron junto a las arboladas donde Juan Pablo y su caballería se encontraban ocultos, se escucharon varios estruendos.

Las doce bocas de los cañones escupieron al unísono su aliento de lumbre, metal y roca hirviente sobre los vulnerables flancos del ejército de Obregón,

Los fragmentos al rojo vivo, la arena y rocas derretidos se incrustaron en sus cuerpos, encendiendo sus ropas, perforando sus carnes y haciendo cundir el pánico entre las filas de los gubernamentales.

Los cañones atronaron tres veces más, hiriendo al enemigo, achicharrándolo y rompiendo sus filas.

De entre los árboles emergió la caballería cristera, encabezada por Juan. Los jinetes dispararon sus fusiles sobre los agraristas, los empalaron con sus lanzas o blandieron un filoso machete por sobre las cabezas rapadas de los soldados enemigos, abriéndoles el cráneo como  cocos fracturados.

Al fondo del valle, la infantería cristera aún no se movía ni chocaba con los federales.

El castrado de Carlos Domingo relinchó, elevándose sobre sus dos patas traseras, aspirando el aroma del inicio de la batalla, contagiado por la adrenalina, el olor de la sangre y la pólvora que ya cundía y se propagaba en todo el terreno.

El anciano levantó el brazo en señal de fuerza. Tenía ochenta y dos años de edad. Sus hombres, mestizos e indígenas, lanzaron un feroz grito de apoyo a su líder que rebotó haciendo eco en las montañas cercanas. El centauro miró al cielo con sus profundos ojos grises, se encomendó a sus dioses antiguos y extrajo su sable del cinturón. Entonces dio la señal de ataque.

La infantería cristera se precipitó sobre las unidades del gobierno, que, desorientadas por los ataques laterales y el fuego de los cañones, los recibió en desorden. Se escucharon bastantes disparos en ambos bandos, pero la mayor parte de la lucha ocurrió cuerpo a cuerpo.

Desde el flanco del ejército enemigo, Juan Pablo propiciaba incesantes y mortíferos golpes con ayuda de sus hombres. Un indígena de origen náhuatl: Martín Pescador, había sido asignado por Carlos Domingo como su guardaespaldas personal. Desde su cabalgadura, el indio no dejada de disparar una flecha tras otra y no se le despegaba al joven pastorcillo. Debía protegerlo por sobre todas las cosas y responder con su vida por la de Juan.

La caballería siguió girando, atacando, regresando y volviendo a golpear a los agraristas, avanzando, penetrando sus costados y aplastándolos cada vez más. Por su parte, las unidades federales perdían gradualmente lo poco de formación que les quedaba, cayendo en el desorden total, el pánico y la desesperanza, preludio de la muerte y la derrota absoluta.

Juan Pablo utilizaba un prolongado sable español bastante filoso para abrirse pasa por entre las angustiadas cabezas de los agraristas, abriéndoles el cráneo o decapitándolos. A su lado, Martín Fierro no cesaba de disparar sus saetas a diestra y siniestra.

Alguien derribó a la yegua de Juan, en realidad la bala iba dirigida a su pecho pero erró el blanco, haciendo saltar los sesos ensangrentados de su montura. El pastor rodó hasta el suelo, lastimándose el cuerpo. El comandante de los federales se disponía a atravesarlo con su bayoneta cuando lo detuvo una flecha del arquero indígena. Veinte soldados del gobierno se precipitaron sobre el líder de la caballería cristera. Juan derribó a tres de ellos con su espada. Los demás se le vinieron encima. Martín Pescador disparó cinco flechas más, cegando cinco vidas de aquellos soldados pelones. Se arrojó sobre ellos desde su caballo tordillo pura sangre, con su enorme cuchillo curvo desenvainado. Degolló de un golpe a un oficial del gobierno. Luego cayeron más y más federales sobre ellos hasta que todo se volvió una masa confusa de carne, sangre y hombres sin sentido.

Desde el frente del valle, Carlos Domingo iba reduciendo las filas de los federales, pisando con sus cascos y sus hombres encima de los enemigos muertos. Capturando prisioneros, rematando gente con el tiro de gracia. El anciano estaba feliz, preso de un frenesí por el triunfo de la batalla que contagiaba a sus tropas y se extendía entre los hombres, infundiéndoles un ánimo creciente hacia el fin de la lucha.

Cuando uno de sus oficiales tepehuanos, un indígena de considerable estatura, oscura piel y facciones aguerridas, armado con una poderosa lanza, le avisó que ganaban la batalla, aún no se imaginaba la suerte que habían corrido el joven pastorcillo y su guardaespaldas, al caer heroicamente en medio del combate.

10

No fue sino hasta un mes más tarde cuando Dimitri recibió la noticia de la muerte de su hermano. El mismo día que recogiera un adelanto por las regalías de su novela, al fin culminada y entregada a su editor.

El triunfo que significaba obtener unos buenos ingresos económicos producto de su primer libro se veía oscurecido por la violenta y trágica pérdida. Casi media hora después de depositar junto con sus pocos ahorros en una cuenta de banco las pesetas entregadas por el editor, recibió la misiva desde México, redactada a mano por el secretario de Carlos Domingo. Era un solo párrafo corto, contundente y desgarrador:

“URGE VENGA A HUEJUQUILLA EL ALTO EN MÉXICO CUANTO ANTES. CUERPO DE SU HERMANO SE PERDIÓ, PARA RECOGER LA CABEZA DEL OCCISO…”

Tan sólo la cabeza de Juan Pablo y de Martín Fierro dejaron los federales antes de ser vencidos por los cristeros.

Aquella batalla triunfal resultó de cualquier manera  un triste capítulo para las tropas de Carlos Domingo. Juan Pablo era conocido y amado por sus compañeros y su muerte fue bastante llorada y sufrida tanto por mestizos como por indios.

Para entonces, Edna y sus hijas, ya no contaban con recursos económicos para pagar las clases particulares que les impartía el mexicano. Se habían mudado a un barrio bastante popular e instalado en un apartamento mucho más modesto y pequeño. Contando a penas con el mínimo presupuesto para rentar un mugriento piso y costear, no sin esfuerzos, sus alimentos.

A pesar de todo Dimitri seguía asistiendo con ellas todos los días. No le importaba que no tuvieran para remunerarle sus clases privadas. Necesitaba de su compañía diaria por sobre todas las cosas, de sus risas, chistes, conversaciones. También, inexplicablemente, se sentía urgido de la presencia constante y ardiente de Edna, la viuda. Su silueta sentada todos los días a unos metros suyos, alimentaba su vista famélica y carente de sensualidad. El aroma de las finas fragancias de la viuda nutría su olfato, otrora carente de amor, muerto de hambre de feminidad y del perfume marrón emanado desde el sexo femenino.

Notaba que la mujer se arreglaba cada vez más para esperarlo y sentarse junto a sus hijas a escuchar la clase. El rostro anteriormente áspero y amargo de la viuda se iluminaba nada más con ver a Dimitri aparecer en la entrada de su apartamento. En poco tiempo, con la ilusión de la llegada de profesor mexicano, Edna florecía cual gardenia irrigada y fertilizada con una nueva ilusión. Aunque era cinco años mayor que el joven escritor.

Y Dimitri sentía ahogarse el pecho con los propios latidos de su corazón nada más de verla. No estaba del todo seguro de ser correspondido, aunque había señales inequívocas como la amabilidad, la sonrisa y disposición por parte de Edna.

Aquel día se sentía confundido y desolado. La misiva desde México avisando de la muerte de su hermano, la emoción por la publicación de su libro opacada por la triste noticia. Todo era una mescolanza de sentimientos: tristezas, alegrías fugaces, depresión, frenesí, regocijo, desesperanza.

Subió por la escalera que le llevaba al modesto apartamento de las mujeres. Se aproximó a la puerta encontrándola entreabierta.

La viuda se hallaba sentada, sola, en la pequeña sala de aquel piso, con la maciza pierna cruzada sobre la otra. Arreglada con vestido de fiesta, elegantemente maquillada y peinada. Aguardaba por él.

-Esta vez no están las niñas en casa….

Dijo ella al despegar los ojos aceitunos de su lectura. De la pasta que sostenían sus manos se leía el título de la obra leída: Martín Eden, de Jack London. Enfocando a Dimitri con aquellas piedras lunares color verde.

Envolviéndolo y devorándolo con sus globos oculares preciosos.

11

 

Colgados

 

Los indios que seguían a Carlos Domingo  salaron las cabezas de Juan Pablo y Martín Pescador para preservarlas. A sabiendas que los restos del arquero de origen náhuatl, quien diera su vida defendiendo al comandante de la caballería cristera, no serían reclamados por nadie. Así morían los indios en la guerra y en la vida: una vez caídos en combate, sus cuerpos eran abandonados en el campo, a lo mucho cubiertos rápidamente con rocas y ramas para evitar que los zopilotes los picotearan. Muchos de ellos ni siquiera recibían aquella sepultura, improvisada sobre su despojos. Olvidados y sin ningún ritual fúnebre ni oración en pos de sus almas. Condenados a agusanarse en el olvido.

Una vez saladas, ambas cabezas fueron secadas al sol para evitar que se pudrieran. Sahumadas más tarde durante veinte horas sobre brasas de nogal. Tras recibir aquel tratamiento casero, casi culinario, los restos disecados de los guerrilleros se depositaron en la catedral de Huejuquilla el Alto, una pequeña ciudad ubicada en el extremo norte del Estado de Jalisco, en la entrada de la Sierra Huichola. Ocultadas por el capellán de la iglesia bajo unas lozas de cantera para que nadie las profanara. Con la consigna de  entregarlas a la propia madre o al hermano del pastorcillo cristero.

Las fuerzas de Carlos Domingo se desplazaron rumbo al poblado de Jalpa,  ciudad no muy grande, ubicada en el Sur de Zacatecas, en los límites con Jalisco. Donde contaban con la totalidad de su población como simpatizantes y seguidores de los cristeros.

En Jalpa aguardaron una semana por la llegada de un nuevo elemento: David Quintero, indígena originario de Sonora, de la etnia rarámuri, quien comandaba un contingente de trescientos guerreros tarahumaras, yaquis y mayos. Provenientes del norte del país, quienes juraron unirse a la causa de Carlos Domingo.

Al séptimo día arribó a la ciudad la columna de jinetes liderada por Quintero. Sus hombres armados con arcos, flechas, rifles y lanzas, habían cabalgado más de setecientos kilómetros en un día y medio de marcha forzada para encontrarse con el centauro cristero.

De Quintero se decía que era brujo y curandero. Que solía lanzar sortilegios malignos a sus enemigos antes de hacerles la guerra. Con sus hombres se unió a una rebelión apache en california, la cual sembró la muerte y causó muchas bajas entre los soldados norteamericanos antes de ser sofocada. Su ejército se dedicaba lo mismo al pillaje y el atraco que a las causas revolucionarias y el anarquismo de libre ideología. El abuelo de Quintero luchó al lado del cura Miguel Hidalgo en la Guerra de Independencia poco más de cien años atrás.

El ejército cristero se dividió expresamente en dos fuerzas. La infantería que ya superaba los seiscientos hombres marchó con Carlos Domingo a la cabeza, haciendo un rodeó hasta la ciudad de Zacatecas. Donde también contaban con sobrados simpatizantes y benefactores.

Por su parte, la caballería ahora liderada por Quintero se internó en la Sierra de Morones.

Se reencontrarían en Villa Hidalgo, una ciudad ubicada justo en el medio de los Estados de Zacatecas y Aguascalientes. Donde tenían su base desde hacía meses gran parte de las fuerzas federales.

Una vez arrasada Villa Hidalgo y arrebatada a los gubernamentales, los cristeros marcharían sobre la ciudad de Aguascalientes para hacerla suya. El objetivo último de todos aquellos movimientos era aproximarse  lo más posible a Guadalajara y atacarla tras apoderarse de la Capital Hidrocálida.

Cerca de la ciudad de Zacatecas, Carlos Domingo se abasteció de parque y víveres. Con su infantería de a pié marchó al fin sobre el rumbo de la ciudad de Aguascalientes. En Villa Hidalgo los federales ya sabían que la infantería cristera se dirigía a paso veloz hacia ellos y se dispusieron a la defensa. Ignorando que una caballería de más de cuatrocientos jinetes comandada por Quintero remontaba la Sierra de Morones para caerles por la espalda.

Los dos ejércitos se encontraron un domingo de semana santa  por la mañana, mientras la población de Villa Hidalgo aún dormía.

Carlos Domingo organizó una poderosa falange de ciento cincuenta lanceros indígenas: nahuatls de los bosques de Colima, huicholes y tepehuanos de la Sierra de Jalisco y Durango, quienes serían los primeros en embestir a las fuerzas federales. Armados con prolongadas estacas  de más de dos metros, talladas en el tronco de forzudos robles y pinos nacidos en la Sierra Wixárika.

Aquellas falanges indígenas emulaban, sin saberlo, las unidades macedonias que otrora siguieron a Alejandro Magno rumbo a Oriente.

Los lanceros huicholes y tepehuanos arrojaron una lluvia proyectiles sobre las primeras filas del ejército federal. Así comenzó la batalla. Luego embistieron con una segunda y tercera lanza portada por ellos, empalándolos igual que mariposas o escarabajos disecados. Actuando de manera semejante a un solo  y mortífero puercoespín.

El resto de la infantería cristera se dividió por órdenes expresas de Domingo, saltando tras una señal del anciano líder sobre ambos flancos de las tropas federales.

Una vez producido el primer y el segundo impacto entre ambos ejércitos, el cual no resultó en absoluto suave para los federales y agraristas, Carlos Domingo, quien se encontraba al frente de los lanceros, ordeno a sus falanges indígenas retroceder. Haciendo creer al gobierno que se batían en retirada, ilusionándolos con un triunfo que no sería más que una trampa asesina.

Ingenuos, los federales empujaron más y más a las filas cristeras, sin darse cuenta que al hacerlo, quedaban envueltos por el abrazo letal de las fuerzas del centauro. Perdiendo también su formación y desordenándose gradualmente conforme avanzaban, creyendo hacer retirarse a los cristeros.

A los cuarenta y cinco minutos de iniciada la lucha, la caballería liderada por el brujo rarámuri emergió de las montañas de Morones para arrasar la retaguardia obregonista. Sus jinetes iban semidesnudos, ataviados con plumas, penachos y pintura de guerra. Podían arrojar una flecha tras otra desde sus jamelgos o disparar sus rifles al mismo tiempo que sus monturas se desplazaban a gran velocidad, confundiendo a los federales y penetrando sus filas. Atinando en plena marcha con sus dardos y mosquetes. Muchas de sus saetas habían sido mandadas ungir  con veneno de víbora de cascabel y coralillo por el brujo. Así es que si no mataban a los federales al atravesarles el corazón, lo hacían tras herirlos, intoxicándoles la sangre y el cerebro con su veneno reptil. Paralizando sus miembros y asfixiándolos al frenar con violencia sus funciones vitales.

Carlos Domingo volvió a la carga junto a sus lanceros. Con las astas por delante, las falanges cristeras embistieron de nueva cuenta a las tropas obregonistas. La infantería cristera presionó desde los flancos, envolviendo y oprimiendo al ejército del gobierno.

En minutos, el ejército del presidente Álvaro Obregón había sido rodeado por completo por la desaforada masa rebelde.

No tardarían más de una hora y media en encontrarse ambos líderes indígenas en el centro de un campo de batalla humedecido con los restos enemigos, alfombrado con los cuerpos, la sangre y las vísceras de dos mil federales masacrados.

12

Dimitri hundió su rostro en la cabellera perfumada y frondosa de la viuda. Precipitándose en una selva sin nombre, ni vereda alguna, ni salida. Aspirando el hálito de la piel en su cuello. Dejando rodear su nuca con aquellos brazos desnudos. A la vez que la envolvía a ella por la cintura bajo el ritmo atípico de una pieza de fox trot.

Se mecieron largamente a la luz de un salón de sociedad. Dimitri nunca asistía a lugares de esa naturaleza, no sólo porque le provocaban aversión, sino porque prefería invertir sus pocos recursos en libros, discos de acetato y comida. Sobre todo debido a que hasta antes de publicar su primer libro, siempre fue demasiado pobre y por demás tímido.

Esa tarde las hijas se quedaron en casa de una amiga. La viuda las envió con el consentimiento de ellas.

Lo esperaba sola, sentada en el sofá de su sala. ¿A quién impartiría Dimitri la sesión de literatura ese día? Realmente eso no importaba. En realidad la clase sería recibida más bien por el joven mexicano. ¡Le urgía!

-¿Quiere ir a tomar un café conmigo?

Preguntó Edna a un Dimitri por demás desconcertado y sorprendido.

Balbuceó un “me encantaría” salido de su boca sin abrir los labios en lo absoluto. La viuda captó sin dudas el sí lanzado por el escritor.

No sólo se sentaron en una terraza a beber té y pastel, sino que la viuda lo jaló hacia uno de los salones donde se ofrecían tardeadas con música en vivo, cantantes, bebidas y tapas. Era un ambiente festivo que hacía sentir a la gente como invitados a una celebración familiar, aunque en realidad pocos se conocían entre sí. O fingían no conocerse. Se bebía, bailaba y comía sin cesar, importando poco quien se encontraba al lado junto a la querida o la amante en turno.

El baile no consistía más que en un pretexto para abrazarla y estar cerca de ella. No importaban en lo absoluto los ritmos y músicas europeas tan de moda en España. La música que gustaba a Dimitri eran las viejas canciones rancheras compuestas durante el siglo diecinueve en su país, la mayoría de las veces por autores anónimos quienes no pretendían hacerse famosos ni ricos con sus  guitarras y melodías.

De niño aprendió a tocar la flauta de modo autodidacta, de la misma manera que sin guía ni tutor alguno había aprendido a redactar cuentos y novelas cortas desde los siete años. Sin ninguna escuela más que la lectura incansable de los escritores clásicos a quienes pretendía imitar.

Con su pequeño instrumento atraía a las ovejas y a los perros pastores del rebaño, los cuales gustaban de sus delicadas melodías.

Con la flauta interpretaba las humildes obritas que le eran tan entrañables, como La Adelita, Cielito Lindo, La Feria de las Flores. Bastándole aquellas piezas sencillas producidas por su pequeña flauta para alegrarse en su interior. Aventurándose de vez en vez con algo de Beethoven  o Mozart que aprendió de los curas en Totatiche en su época del seminario.

En Europa descubrió a Bach y le fascinaba interpretar  Tocata y Fuga, cuya versión le costó mucho esfuerzo lograr. Uno de sus compañeros de la Normal le descubrió unas partituras escritas por Nietzsche en sus pocos momentos de lucidez que lo fascinaron. Aunque ni siquiera soñaba en ponerse a tocar aquella música extraña e inquietante con su modesto instrumento.

Pero en esta ocasión la cintura de la viuda era su flauta o su clarinete más agradable y preciado, y sus movimientos, la música más sensual que su ser captara nunca antes.

Tomaron una bebida portuguesa servida en las rocas cuyo nombre Dimitri jamás escuchó mencionar y mucho menos pudo memorizar. Tenía un sabor a hierbabuena en extremo dulce que lo empalagó y un elevado grado de licor que se le subió hasta la frente. Al punto de desinhibirlo y hacerlo apretarse aún más hacia el cuerpo de la española.

Caminaron cogidos de la mano, sin saber cuándo se entrelazaron sus dedos de regreso al apartamento. Dimitri quería hacer algo, pero no se atrevía, hasta que la viuda lo tomó del cuello con cierta violencia y acercó su rostro a los labios del joven para devorárselos con un beso.

Aprendieron a hacer el amor, no sólo por la inexperiencia y el desconocimiento casi absoluto del mexicano, sino también porque la viuda llevaba más de dos años sin estar con ningún hombre. Dimitri osciló con ferocidad desde la inhibición sexual completa y la impotencia total debida a la timidez, hasta las volteretas interminables, rodando sobre el cuerpo de Edna y ella sobre él. Comiéndose los cuerpos el uno al otro, bebiendo sus fluidos y secreciones, penetrándose mutuamente por la boca, el sexo, el ano y los poros.

Las sesiones de español y latín se postergaban sin razón. Dolores y Azul debían salir por órdenes expresas de la española a visitar a alguna nueva tía o amiga  y perderse durante toda la tarde.

Al terminar las jornadas de precioso sexo, Dimitri le interpretaba infinitas melodías en su flauta, desnudo, cerrando sus ojos, concentrado y soplando sobre el instrumento mientras la viuda le escuchaba boca abajo sobre las sábanas. Sin ropa en lo absoluto, el culo compacto y henchido mirando hacia el techo, el rostro descansando sobre la almohada, adormecida en un trance hipnótico con aquel instrumento celestial.

13

Resultó de un modo tan natural que la viuda lo presentara ante sus amistades como su novio y al poco tiempo como su prometido, pues pasaban siempre todo el tiempo juntos. Leían, hacían el amor, caminaban junto con las niñas, escuchaban a Dimitri interpretar una nueva pieza en la flauta o comían acompañándose.

El mexicano prácticamente se había ido a vivir al apartamento de las mujeres. Escribía sobre su mesa y desayunaba con ellas, conversaban hasta que se llegaba el otro día y se reían los cuatro de cualquier cosa. Y cuando se quedaba a dormir encerrado en la habitación de la viuda, las chicas ya ni se sorprendían. También les leía lo que iba escribiendo y escuchaba sus comentarios al respecto.

Aquellos últimos meses en España fueron de los mejores que el triste pastorcillo viviera hasta ahora, sintiéndose por primera vez tan bien con aquellas mujeres, considerándolas más que su familia.

De su hermano, aunque lo hería ocasionalmente el recuerdo de su cabeza esperándolo en alguna parroquia del Norte de Jalisco, la verdad es que se detenía poco en su recuerdo gris. Con Margarita su madre eran aún más raros los minutos dedicados a meditar en su imagen. Los meses se hicieron casi un año más viviendo fuera de su país. En total dos años en el exilio voluntario fuera de Sánchez Román y lo más lejos posible de su familia.

Firmaron el acta de matrimonio civil con sus nombres: Dimitri Dávila y Edna Ituarte, en el momento que la española tenía ya dos meses de embarazo. Era imposible que con aquellas sesiones extenuantes de sexo en las que el mexicano terminara y eyaculara hasta dos o tres veces en las entrañas de la española, no aparecieran antes los síntomas de la preñez.

El escritor tenía muchos planes y estaba contento a pesar de todos los acontecimientos ocurridos en México. La Guerra Cristera estaba en su apogeo, parecía por momentos que los cristeros ganarían la partida al gobierno. El tema de aquella guerra le atraía inspiradoramente para comenzar una nueva obra. Su primer libro se vendía bien en el viejo continente, muy pronto lo traducirían al portugués y al italiano, brindándole nuevas regalías y recursos financieros para sostener a su familia.

Por primera vez en más de dos años fuera de México, volvió a sentir la necesidad de volver a su país. Al fin y al cabo ya no era el mismo sujeto inseguro, reprimido y temeroso que dejara el pueblo natal. Ya era un escritor de cierto prestigio, estaba casado con una atractiva mujer que lo quería, tenía dos hijastras no menos hermosas y pronto sobrevendría un nuevo hijo. Si regresaba a México con su familia, pensaba, no se quedaría mucho tiempo en Sánchez Román. Recorrería la Zona Norte de Jalisco y el Sur de Zacatecas recopilando testimonios, tomando apuntes y entrevistando informantes para escribir su nuevo libro. Probablemente se marcharían al poco tiempo, ya sea a la capital de Zacatecas o a la misma Guadalajara con el fin de iniciar una vida diferente. Siempre y cuando la situación en el país lo permitiera. Planeaba y meditaba sin cesar el joven escritor.

No tardaron en abordar un carguero rumbo a América, con destino a Veracruz, llevando su nueva familia, sus libros, su flauta y un nuevo miembro en gestación.

-¿De ónde sacaste esa gachupina?

“Gachupina”

Preguntará la India Margarita con un resentimiento arcaico.

Al mirar por vez primera a Edna, la anciana revivirá en su interior antiguas querellas y guerras perdidas, protagonizadas por sus ancestros caxcanes contra los españoles. Un caudillo indígena llamado Tenamaxtli se rebeló contra los conquistadores por los años de 1600. Apedreando y asesinando a muchísimos europeos. Dicen que la corona española  mandó a más de cien mil soldados peninsulares y guerreros tlaxcaltecas desde el centro de México con el fin de sofocar la insurrección. Diez años de guerrillas, masacres, linchamientos y hambrunas. Al final los caxcanes serían derrotados gracias a la fiereza de los indios tlaxcaltecas. Un triunfo de indígenas sobre indígenas, para beneficio de los conquistadores.

Edna encarnará la belleza y elegancia de los jinetes europeos, ataviados con sus armaduras y trajes de metal. Españoles castellanos, gallegos, vascos y catalanes. Detestados hasta la muerte, también amados y deseados en secreto por los indios de Zacatecas.

Al principio las españolas temerán  a Margarita por sobre todas las cosas. Luego se acostumbrarán a vivir en la misma casa que aquella indígena morena, arrugada y fría. Las niñas dormirán en la recámara que fuera de Juan Pablo, mientras que Dimitri y Edna se quedarán en el cuarto que fue del escritor desde la infancia.

-¿Ti casaste a la iglesia, Carajo…?

Volverá a cuestionar Margarita en repetidas ocasiones.

Lo llamaban “Carajo”, ella y Juan Pablo cuando querían humillarlo.

-¡No mamá…! ¡Por Dios…! ¡No…!

Responderá Dimitri, inseguro y dubitativo.

-¡Tónces tu unión no fue sellada por Dios…!

-¡No me importa…!

Balbuceará a penas el escritor. Sin atreverse aún a confrontarla ni a defenderse de ella.

La indígena permanecerá la noche entera despierta, parando oreja desde el petate en el rinconcito pelón que consistía su paupérrimo dormitorio. Escuchando el resuello y los jadeos producidos por los amantes desde el cuarto de su hijo.

En delante, en todo Sánchez Román, la española y sus hijas serán conocidas como “las gachupinas”.

14

A tan sólo nueve kilómetros de la ciudad de Aguascalientes, prácticamente a las puertas de la Capital Hidrocálida, cristeros y gubernamentales se encontraron de nueva cuenta.

Para entonces, aunque Plutarco Elías Calles ganaba en apariencia unas elecciones democráticas en México, Álvaro Obregón continuaba gobernando el país desde su oficina privada. Centralizando el poder militar, jurídico, económico y social alrededor de su persona. Nada raro en este lado del mundo desde el inicio de los tiempos. Calles no era más que un simple vasallo  quien rendía cuentas al dictador.

Empero, no todo resultaba tan sencillo para Obregón y sus secuaces. Carlos Domingo y las fuerzas cristeras parecían invencibles. Ahora se preparaban para lanzarse sobre un nuevo objetivo. Si no se les detenía cuanto antes, acabarían apoderándose de Guadalajara, la ciudad más importante del Occidente de México. Si lo conseguían, se encontrarían muy cerca de echar a Obregón y su gente definitivamente, y destronar al gobierno de un golpe.

Para entonces, Obregón mandó reunir en Aguascalientes a la élite de sus seguidores, junto con el mejor armamento a su disposición. En las sombras, el dictador también negociaba con la Iglesia Católica Mexicana y su insuflada élite clerical. No tardaría en llegarles al precio para obligar al ejército cristero a rendirse, una vez comprados los curas y ordenado el desarme por parte de los párrocos y obispos.

Los obregonistas contaban con el mejor armamento a su disposición. Hasta la ciudad de Aguascalientes fueron llevados treinta cañones y doce ametralladoras, con las cuales se hizo picadillo al ejército de Dorados de Pancho Villa algunos años antes.

Por su parte, el ejército cristero engrosaba sus filas día a día, no sólo con voluntarios católicos, sino con hordas de indios y campesinos de la más humilde ralea. Contingentes indígenas provenientes de los más diversos grupos étnicos del país. La Guerra Cristera se perfilaba cada vez hacia una guerra de castas semejante a la Lucha de Independencia que abanderara el cura Miguel Hidalgo poco más de cien años atrás.

Desde hace mucho tiempo, la Guerra Cristera dejaba de ser un movimiento religioso, para convertirse en un conflicto social de gran envergadura. El grueso de los grupos más pobres y olvidados de México se enfrentaba contra una élite de ricos, latifundistas, hacendados y presuntos revolucionarios, quienes pretendían gobernar el país a sus anchas y gusto. Era evidente que la Revolución Mexicana no había tocado los derechos de bastantes familias enriquecidas sobre la base de la explotación de los pobres desde siglos atrás. Una élite de pseudo-revolucionarios era cómplice de un sistema social que cambió muy poco desde la época colonial. Un grupúsculo de revolucionarios gobernaba apoyando a los ricos, liderados por Obregón y coludidos con latifundistas y hacendados.

Con el fuego de las mismas ametralladoras que despedazaran a los hombres de Pancho Villa, fueron recibidos los cristeros en Rincón de Romos, comunidad demasiado cercana a la ciudad de Aguascalientes.

David Quintero y parte de la caballería cayeron primero, pretendiendo flanquear a las fuerzas gubernamentales, sorprendidos en plena estrategia y arrasados con un fuego imparable. Perdiéndose sin remedio.

Las falanges y la infantería cristera fueron rechazadas en dos ocasiones. Se trataba de un ejército de veteranos militares financiados por Álvaro Obregón, quienes lucharon contra Porfirio Díaz, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Victoriano Huerta. De ningún modo los cristeros se enfrentaban a los mismos  pelones y mal comidos soldados agraristas, a quienes aplastaron con anterioridad.

Carlos Domingo reunió a sus dispersas fuerzas y les ordenó la retirada

Las tropas de élite de Obregón los persiguieron durante todo un día, picándoles los talones sin descanso y causándoles más bajas en la refriega y la huida. Hasta que los cristeros atinaron a refugiarse en la seguridad de los cañones de la Sierra de Morones. Los cuales eran de su dominio absoluto.

En la Sierra, el centauro huichol reorganizó sus fuerzas, mandó curar a los heridos, recogió a los rezagados y escondió parte de los víveres y el parque que le quedaban.

Bajo el ímpetu de su triunfo, los obregonistas acamparon en el fondo de un acantilado, confiados en que los cristeros ya no representarían peligro alguno tras aquella derrota.  Brindando la oportunidad única al líder indígena de emboscarlos y sepultarlos en aquel sitio.

A los dos días, a las tres de la mañana, algunos de sus mejores hombres se infiltraron en el campamento federal. Los emisarios de Carlos Domingo se colaron disfrazados de gubernamentales, confundiéndose en las sombras, bajo la tenue luz de una luna menguante. Prendieron fuego a sus tiendas, incendiaron sus carretas, armas y enceres, blandiendo fugaces antorchas impregnadas con manteca y resina.

Caos y confusión cundieron por entre los obregonistas. Una vez a salvo sus incendiarios emisarios, Domingo mandó llover  una tormenta de flechas, balas y pedernales, arrojados por sus indios y mestizos, quienes se habían apostado en las rocas, en las cumbres de aquellos acantilados que rodeaban el campamento enemigo.

Se escuchaban alaridos ensordecedores provenientes de los asustados federales. La lluvia de balas, piedras y saetas encendidas cayó durante más de una hora. Matando a muchísimos gubernamentales, achicharrándolos, hiriéndolos o lisiándolos, incendiando sus equipos de guerra.

Al amanecer, los cristeros cayeron sobre el diezmado campamento del gobierno. Un contingente de 80 guerreros a caballo, sobrevivientes  de la caballería liderada por Quintero, se abrió paso a través de las maltrechas filas del gobierno, asesinando y dividiendo al ejército enemigo en dos. Vengando al brujo rarámuri quien los comandara.

Las falanges indígenas emergieron de entre las rocas donde se escondían y formaron un solo erizo mortal que ahora sí logró embestir a los obregonistas, empalándolos, pisando a los caídos y arrojando sus proyectiles sobre los que ya huían.

Los cristeros no conseguirían aniquilar del todo a las tropas federales en aquella ocasión, pero sí los expulsarían en definitiva de las montañas de Morones. Haciéndolos huir derrotados hacia Aguascalientes y de ahí mandándolos de regreso a la Ciudad de México. Confiscándoles dos cañones, tres ametralladoras y más de doscientos caballos.

Carlos Domingo reunió de nueva cuenta a sus hombres, exhaustos pero felices y ebrios con el triunfo. Marchó junto con ellos rumbo a la Sierra Huichola, de regreso al Norte de Jalisco, donde se encontraban su bastión y su fortaleza sagrados.

15

Dimitri avistó a los  cristeros por primera vez en su vida cuando descendieron de la Sierra de Morones hacia el lado de Zacatecas y pasaron junto a Sánchez Román.

Había escuchado muchas historias sobre ellos. En el mundo entero se conocían las victorias anotadas por el centauro huichol para el bando cristero. Aquellos hombres le causaban admiración y también pesar, al hacerle recordar a su hermano muerto.

Las tropas lucían famélicas, desnutridas y desarrapadas. Habían luchado y sufrido demasiado. El pueblo entero se congregó a las afueras de Sánchez para entregar alimentos, ganado, oro y sacos de cereales al ejército de Carlos Domingo. Los cristeros iban de paso, pues luego marcharían con rumbo a Huejuquilla el Alto y más tarde se internarían en la Sierra Huichola para rearmarse.

De la Sierra del Norte de Jalisco habían partido y a ella regresaban para fortificarse de nueva cuenta.

La anciana indígena, madre de Dimitri, preparó tortillas, frijoles y chile con sus propias manos durante dos días sin descanso, para dar de comer a los extenuados y hambrientos hombres que acamparon en las afueras de Sánchez Román.

Dimitri observó a Carlos Domingo, sin dejar de estudiarlo ni estar interesado en él. Pensaba redactar una nueva novela con los retazos de historias y testimonios que le contaban los sobrevivientes y testigos de la guerra. También admiraba la fuerza y vitalidad del centauro, sorprendido con su envergadura a pesar de la avanzada edad. Al contemplarlo, no evitaba la tentación de crear un personaje literario semejante a aquel líder indígena. Carlos Domingo representaría un personaje ineludible en la historia que contemplaba ponerse a escribir.

Meditaba largo y tendido sobre una nueva trama durante buen tiempo antes de ponerse a escribir. De inicio trabajaba solo mentalmente las ideas para sus nuevos libros. Podría decirse que durante meses, prácticamente escribía en su mente toda la historia antes de sentarse sobre su escritorio a redactar.

Se sentía confundido con la idea de estar planificando una nueva obra, al mismo tiempo que el tema de los cristeros le causaba muchísimo pesar, pues le recordaba a cada minuto a su hermano Juan Pablo. Por encima de todo sabía que su deber ineludible como escritor era escribir. Su oficio y su carisma como artista le dejaban cada vez menos opción. De paso, intuía que la exploración de la Guerra Cristera como tema de su novela, le ayudaría de un modo u otro a exorcizarse de culpas, rencores, dolor y sobre todo de la presencia de Juan Pablo.

Estaba obligado a recoger la cabeza de su hermano en Huejuquilla el Alto, cosa para la que de ningún modo encontraba el valor aún. ¿Pero de no ser él quien fuera, quién más marcharía por los tristes restos de Juan? ¿Quién más si no su propio hermano? Se repetía Dimi como obseso.

-¡Tienes qui irte con ellos…! ¡Debes recoger a tu hermano…!

Ordeno Margarita.

La idea de cargar con la cabeza de Juan Pablo a cuestas le producía un horror  insostenible al siquiera imaginarlo. Experimentaba por otro lado tristeza y desilusión de sí mismo al no encontrar el valor para cumplir tal misión.

No podía negarse a lo que su madre le exigía. Margarita lo hacía sentir como si les debiera demasiado.

No sin preocuparlas, dejó a Edna y a las chicas en la casa materna y marchó sobre las ancas de una mula, siguiendo la retaguardia de una fila de soldados cristeros que ya remontaba el camino de la Sierra. Llegarían de paso por Huejuquilla el Alto, en el Norte de Jalisco, antes de perderse en los confines de las Montañas Wixaritaris.

Al despedirse, la gachupina lo abrazó y besó ardorosamente, queriendo arrancar los labios del muchacho con su boca. En el  vientre de Edna se agitaba la vida gestada por el amor de ambos. El embarazo hacía lucir a la viuda cada vez más luminosa, más hembra, crecientemente más mujer. Gustando  y embrujando al joven escritor en medida creciente y paralela al desarrollo de su belleza.

A lomos de su mula, Dimitri giró el cuello para mirar a Edna a la distancia antes de desaparecer de su vista. Las mujeres le decían adiós desde lejos, agitando las manos. La española y sus hijas lo hacían regocijarse nada más con el preciado espectáculo de su presencia.

Volvieron a él los ánimos al sentirse apoyado y amado por ellas. Debía cumplir con aquella misión, aunque no le agradara. Ahora tenía muchas razones para continuar viviendo y luchando, tenía una familia y su propia obra literaria. Poseía una seguridad absoluta de que de un modo u otro regresaría a su pueblo sano y salvo.

Se perdió tras los últimos jinetes que se hundieron en la espesura del monte.

16

-Le pido de favor brindar santa sepultura con todos los honores a este soldado. Mándele oficiar unas misas. El muchacho se comportó tan valiente como cualquiera de mis hijos…

Pronunció secamente Carlos Domingo. Fue lo único que el centauro dijo antes de retirarse. Extrajo varios billetes de la bolsa de su camisa y los ofreció al joven escritor. El dinero serviría para pagar los servicios fúnebres de un cura, aunque por entonces las celebraciones se efectuaran en alguna casa o escondrijo y no en el templo. Pues el culto público había sido prohibido por el gobierno. Las iglesias seguían cerradas bajo órdenes oficiales desde hace más de tres años.

Dimitri se negó a aceptarlos, si algo podía hacer por su hermano a éstas alturas, era solventar él mismo los gastos del sepelio. El anciano líder sonrió a Dimitri y se dio la vuelta para dirigirse hacia su castrado. Pronto sus unidades estarían de nueva cuenta en movimiento para internarse en el monte.

Lo último que pensó antes de verlo partir, no fue en el dolor y pesar por la pérdida de Juan Pablo. Pérdida en la que extrañamente y gracias a su nuevo proyecto literario, cada vez inquiría menos. Sino en el deseo de escribir un nuevo libro, una novela sobre la Cristiada, en la que un caudillo como Carlos Domingo y sus seguidores, serían los personajes centrales.

El capellán de la catedral le entregó un costal de yute, cuyo contenido apenas pesaba. Lo habían extraído a hurtadillas de abajo de una losa del altar.

Comenzó a temblar y transpirar sin descanso. No se atrevía por nada del mundo a abrir aquella bolsa, mucho menos a mirar su tétrico contenido.

Le sorprendió lo liviano de su peso, como si fuera de papel, acaso cascaron de huevo secado. Habían transcurrido casi dos años desde la muerte de su hermano y los restos se conservaron expresamente para ser recogidos por sus parientes y luego sepultados. Para entonces, aquellos despojos se encontrarían por demás tristes, secos y deshidratados. Apenas se parecerían a los hombres que los portaron en vida. Pensó Dimitri.

Observó al ejército cristero remontar la Sierra Huichola y perderse por entre los robledales y bosques de pinos de Huejuquilla. Su siguiente parada sería Santa Catarina, una comunidad plenamente indígena donde acamparían algunos días. Más tarde marcharían hacia Popotita, un ranchito ubicado al pié de un inmenso acantilado, en los confines de la Sierra, hogar de Carlos Domingo. Ubicado en las fronteras entre Nayarit, Jalisco y Durango.

Sería la última vez que se viera unificado al ejército cristero. La Iglesia Católica, comprada por Calles y Obregón, no tardaría en ordenar el desarme forzoso a todos los rebeldes. La rendición absoluta sería negociada en las sombras por los políticos y las altas esferas clericales. Al parecer, el dictador llegaría al precio a la élite eclesiástica. Obispos y cardenales anunciarían que la lucha finalizaba, el culto se reanudaba de manera normal, cual si nada hubiera pasado. Los cristeros estaban obligados a entregar sus armas y regresar a sus casas y ranchos cuanto antes.

Así como así.

Ningún político, ni obispo ni cardenal, pensaría de ningún modo jamás en la sangre derramada por tantos campesinos e indios a lo largo de aquellos años, ni en su lucha en pos de un sistema social más equitativo y humano. El Sistema Político Mexicano continuaría con más de lo mismo hacia un futuro  de nación incierto y triste. Ganancia de políticos, burgueses, latifundistas, agraristas y hacendados. Obviamente también para las altas esferas de la iglesia, cómplices y beneficiarias de aquella negociación.

Dos años más tarde moriría Carlos domingo de viejo, atrincherado en la sierra, rodeado de algunos de sus nietos y seguidores más aguerridos.

17

A lomo de su mula, Dimitri sintió las cabezas moverse al interior del costal. Parecían estar vivas, como si se trataran de ardillas o gatos rabiosos prisioneros en aquella bolsa. Revolviéndose y luchando por escapársele.

Fue la primera vez que presintió errores en su propio juicio y profundas confusiones en su mente.

Mientras cabalgaba continuó transpirando sin cesar. Algo raro ocurría con su organismo y su mente. Al colocarse la mano en la frente, se percató que su cuerpo hervía, por demás caliente y húmedo. Las cosas parecían no andar bien.

Para intentar tranquilizarse, extrajo del morral de lana su diminuta flauta dulce que siempre le acompañaba y entonó suavemente Cielito Lindo para alegrar su marcha. No logró la calma, a pesar de los esfuerzos por relajarse. Intentó con el Himno a la Alegría de Beethoven. Pronto la melodía se distorsionó de modo desgarrador, pues sus nervios hacían temblar sus labios y flaquear su aliento, impidiéndole interpretar su flauta con la misma soltura de siempre. Produciendo un sonido fantasmagórico que lo alteró aún más.

Al caer la noche, se le aparecieron sombras que bailaban y se ocultaban burlonas en el bosque apenas las percibía su mirada. Espiándolo y pareciendo reírse de su condición crecientemente debilitada.

Una de aquellas sombras malévolas se lanzó sobre su humilde montura, espantándola. No era un ser humano, quizá se tratara de un duende o un pequeño demonio habitante de los robledales de Monte Escobedo, donde ya se encontraba mientras avanzaba de regreso a Sánchez Román.

Los campesinos e indios los conocían también y los nombraban alushes o diablillos desde que él era niño

Aquel duendecillo oscuro e informe se coló entre las patas de su montura, haciéndola revirar de terror. Lanzándolo dolorosamente contra las piedras y el lodo junto con el saco de yute, los restos de su hermano y las pocas pertenencias que llevaba.

Dimitri profirió un alarido de espanto al mirar a aquella criatura del Inframundo, un alushe o duende prehispánico, quien le sonrió descarado antes de desaparecer por entre los árboles. Mostrándole una boca con cientos de dientes puntiagudos y amarillentos, arrojándole un aliento irrespirable de éter, azufre y mierda. La sombra se perdió juguetona en el bosque, luego de derribarlo, emitiendo agudas carcajadas, no sin antes sonreírle de nueva cuenta. Aquel sigiloso duende indígena, quien luego se desvaneció en la floresta.

Los campesinos contaban historias sobre los alushes o diablillos, habitantes de la Sierra desde la Noche de los Tiempos. Ahora Dimitri los conocía de primera mano. Se decía que sabían enloquecer a los hombres y hacerlos  perderse en el bosque. Los indígenas también los nombraban  chaneques o duendes diminutos. Solían dejarles parte de su cosecha  como ofrenda para asegurarse un buen término en sus cultivos. La gente del campo acostumbraba decir que preferían tenerlos como aliados, ofreciéndoles comida y regalos, que como enemigos en su contra.

Las cabezas de los difuntos saltaron de su saco. Dimitri se vio obligado a descubrir la expresión tranquila con la que muriera Juan Pablo, en contraste con su propio rostro, aterrorizado y trastornado. Apenas se distinguían los rasgos faciales de su hermano, desfigurados con el paso del tiempo, el polvo y la sal.

Cogió la cabeza de Juan, atinando a guardar velozmente su flauta en el morral. Corrió, intentando escaparse de los chaneques y duendes que le perseguían.

Contempló a su mula perderse a toda marcha, huyendo desquiciada, relinchando y piafando entre los robledales. Los alushes y chaneques no tardarían en atacar y hacer suyo al pobre animalito enloquecido.

Dimitri continuó corriendo por el bosque, la cabeza de Juan envuelta en su propia camisa. La sentía revolverse junto a su vientre, tirarle mordidas al estómago, sacudirse, girar y gritonear enojada. La escuchó hablar y vociferar frases hirientes. Llamándolo “Carajo”. Maldiciéndolo hasta la eternidad, reclamándole el no apoyarlo durante la guerra, el abandonar a Margarita y al rebaño en su pueblo.

Al no soportar aquellos insultos y humillaciones, Dimitri se animó a arrojar la cabeza contra un roble, haciéndola fracturarse el cráneo descalcificado. Luego se desplomó exangüe sobre el suelo.

Extrajo unos cerillos de su viejo morral. Encendió una hoguera bajo aquel árbol y sin pensarlo, presa de impulsos desconocidos, quizá poseído por la voluntad de aquellos duendes  y chaneques oscuros, tan temidos por los indios y rancheros de la región, depositó en el fuego la cabeza de Juan Pablo.

Un aroma a carroña y carne humana calcinada se desprendió a lo largo de aquella parte del bosque. Las sombras se congregaron de nueva cuenta alrededor de Dimitri, tal vez asustadas ante aquel espectáculo lúgubre e indescifrable hasta para ellas mismas. Quizá alegrándose al ser partícipes de aquel delirio irrefrenable y macabro.

El alushe o duende quien lo derribara de su mula, se aproximo hacia él por segunda ocasión, divertido. Mostrándole una boca inmensa y poblada de dientes, sonriendo. Era el líder de aquellos seres del Averno.

“Cómetela….”

Pareció ordenarle aquel demonio enano y mal intencionado.

Dimitri obedeció sin dudarlo, las manos temblorosas, la mirada poseída por voluntades de otro mundo. Introdujo sus dedos largos en los cuencos del cráneo, extrayendo los ojos grisáceos y disecados de Juan, que en vida tanto lo acusaran y reclamaran. Los mastico sin pensarlo, encontrando un sabor acre, salado, casi agradable.

“Continúa….”

Pronunció el alushe fascinado con el espectáculo.

Lo rodeaban cientos de sombras animadas y perversas, gozando con aquella escena, divertidas y frenéticas, excitadas con lo que apreciaban sus infernales ojillos, aplaudiendo y vociferando insultos horribles y diabólicos en antiguas lenguas impronunciables por los hombres. Nutriéndose con las interminables escenas de aquel delirio caníbal.

Arrancó el cuero cabelludo, lo limpió de las greñas resecas y chamuscadas que aún le quedaban. Se atragantó con él. Masticó las mejillas y la boca requemada de su hermano. Tragó todo, hasta devorar por completo la carne secada que rodeaba el cráneo. Dejando tan sólo los tejidos más duros e incomibles.

Finalmente arrojó los huesos sobrantes sobre la hoguera, atizándola y avivándola aún más con los desperdicios y echando más leña. Las llamas se elevaron tres metros, consumiendo lo que quedaba de su hermano, sin dejar rastro del cráneo, los maxilares y las quijadas restantes. No dejando más que cenizas y polvo de lo que alguna vez fue  Juan Pablo.

La mente se le atrofió aún más, perdió contacto con el entorno circundante. Todo le dio vueltas. Unas nauseas insoportables emergieron de sus entrañas, impeliéndolo a vomitar. Devolvió la totalidad del contenido de su estómago sobre el suelo, hasta quedarse vacío y desvanecido.

Perdió el conocimiento, abandonándose por completo a las intenciones de aquellos seres que solían hacer perderse a los hombres y tanto se evadían de Dios.

Se desplomó una vez más, quedando a merced de aquellas entidades, duendes, alushes y chaneques. Quienes apenas tuvieron la oportunidad, se precipitaron con voracidad sobre su ser, cubriéndolo todo con el hielo de su noche.

18

A los dos días lo llevaron unos arrieros hasta Sánchez Román, la ropa hecha girones, semidesnudo, enflaquecido, mugroso e incapaz de pronunciar palabra alguna. Por suerte lo habían encontrado tirado en el bosque, inconsciente, deshidratado, mudo, confundido y muerto de hambre. Decían que se había vuelto loco.

La española y sus hijas corrieron a abrazarlo y envolverlo en un zarape. Pronto lo llevaron al interior de la casa, lo lavaron, cambiaron sus ropas, lo alimentaron y le dieron de beber.

El cariño proporcionado por las damas no tardaría en curarlo.

Gradualmente se fue recuperando, aunque seguía sin poder pronunciar ni una palabra.

Logró sonreír dificultosamente en cuanto descubrió a Edna, a Azul y a Lola  a su lado. En delante las mujeres conseguirían alegrarlo hasta en las circunstancias más horribles y en los peores infiernos de su vida.

Margarita era un hielo, una montaña de muerte y amargura que lo miraba acusadoramente.

-¡¿¿Dón tá tu hermano….??!  ¡¡Lo abandonaste…. idiota…!! ¡¡Dejaste solito a mijo… Cabrón, inútil…!!

Interrogó e insultó la india, llena de odio y rencor.

Lo detestaba como siempre, con un odio antiguo proveniente de tiempos más viejos aún que las vidas de ella y de sus hijos. Un odio del cual, en cierto modo, ella no era del todo responsable y al cual tampoco comprendía. Odio, resentimiento y veneno cuyo origen se remontaba a la época de sus ancestros caxcanes, cuyas revueltas y fieras luchas no podrían liberar su a pueblo de la esclavitud, la muerte y las enfermedades traídas por los conquistadores españoles. De aquellos insaciables europeos a quienes los indios abominaban y al mismo tiempo consideraban hermosos, como divinidades blancas sobre sus monturas. A los que, a pesar de desear su muerte con todo el corazón, secretamente anhelaban también arrancar de sus jamelgos para poseerlos y acoplarse con ellos, procreando una nueva raza, híbrida y guerrera.

Margarita inyectaba con su mirada un veneno de animal ponzoñoso. Pareciendo ser lo único que conocían sus ojos desesperanzados y perversos. Lo hacía sin conocer la causa de sus acciones. Ignorando ser más que el instrumento de una fuerza maligna y arcaica que la perseguía desde antes de llegar a este mundo, originada en épocas inmemoriales, trascendiéndola hasta el infinito. Un veneno lejano y arquetípico que no tardaría en matarla a ella misma al ser  su portadora.

Dimitri se irguió desde su petate en el suelo, donde yacía recostado, encarándola por primera vez sin miedo, mirándola con unos globos oculares desorbitados e inflamados. Ojos de loco y de diablo. Mudo y aguerrido por encima de todo. No había respuesta para su pregunta. Los rastros y el recuerdo de Juan Pablo quedaron borrados para siempre. Pero no su memoria, que sería rescatada en un libro próximo, extraído de su mano.

Margarita se intimidó al instante, Dimitri nunca se había atrevido a retarla, mucho menos a levantarle la mirada y la voz. Su hijo no podía hablar, pero la expulsaba con  sus pupilas enrojecidas y desquiciadas, reprobándola y devolviéndole su odio por primera vez.

La india se retiró al instante sin saber qué hacer. No había explicaciones, nada qué decir. Su primogénito se perdió para siempre desde el día que marchara tras las tropas rebeldes.

A los cuatro días, la india ya no se despertó de su humilde lecho de petates y tierra, muerta al detenerse su corazón y su cerebro mientras dormía.

Al explicar su muerte, las gentes del pueblo recordarían que murió de enojo y tristeza por la muerte de su hijo mayor, el más querido.

19

Un pequeño varón nació a los dos meses de enterrar a Margarita, cambiando por completo la atmósfera lúgubre y mortuoria, de rencor y guerra que reinaba no sólo en la casa de Dimitri, sino en todo Sánchez Román. Brindando un aire fresco y perfumado de criatura inocente y recién nacida.

Dimitri seguía sin hablar pero sonreía más a menudo. Paulatinamente logró ponerse de pié, tan sólo para sentarse en el escritorio y comenzar a escribir su novela sobre la Guerra Cristera. Cristeros, la intitularía.

Conforme avanzaba en su nueva obra, también iniciaba caminatas por los derredores de la Sierra de Morones, en donde otrora él y  Juan Pablo jugaron de niños e hicieron pastar el rebaño.

Por primera vez en su vida se sentía cómodo en su pueblo natal, en su casa y con su familia. Ya no quería irse de ahí, había olvidado sus planes de volverá España, de irse a vivir a Guadalajara o a Zacatecas. Estaba a gusto ahí.

Azul y Dolores, quienes  se habían  convertido en atractivas y femeninas adolescentes, llenaban la casa con sus risas, canciones y juegos. Abrazando al pequeño hijo de su madre y Dimitri, jugando con él, vistiéndolo y cargándolo a todas partes. Edna se convirtió en la reina innegable de aquel hogar, atendiendo al bebé, solicitando el apoyo de sus hijas, atendiendo todo lo relativo a las necesidades de su nuevo hogar en Sánchez. Pronto se decidió que el nuevo miembro de la familia se llamaría Raúl, Raúl Dávila, apellidado al igual que su padre.

De su rebaño quedaban aún algunos animales, cabras y ovejas que cuidó Margarita hasta sus últimos días.

Mudo y discreto, Dimitri los arriaba junto con los perros pastores, el morral de lana al hombro con la libreta para escribir, el refrigerio y la flauta dulce. El rebaño no tardó en volver a crecer y hacerse próspero de nueva cuenta, brindándoles lana, carne y leche.

Compaginaba las labores de pastoreo con largas horas escribiendo bajo el antiguo roble donde se echaba a leer desde niño. Mientras los animales rumiaban y los perros los agrupaban, metiéndolos en cintura a dentelladas.

Escribía durante una hora o dos, sin dejar de echar vistazos hacia el llano para vigilar a las bestias y los canes. Extraía su flauta e interpretaba Cielito Lindo o  La Feria de las Flores, para acompañarse. Luego tocaba algo delicado de Bach. Guardaba su instrumento, comía un pedazo de tortilla con queso, alguna manzana y retomaba la escritura imparable dos o tres horas más. Para volver ya entrada la noche a su casa en compañía de su mujer e hijos. Quienes le esperaban para cenar.

Llegaron noticias de la muerte del dictador Álvaro Obregón. Un valiente seminarista de los jesuitas se atrevió a ajusticiarlo en plena plaza pública con una pistola. Le destrozó el hígado al acercársele por un costado, descargando su arma al mismo tiempo que lo envolvía en un abrazo amoroso y mortal. Obregón creyó que era un pariente o un admirador, dejándose rodear por los brazos del sacerdote antes que la descarga atravesara  su cuerpo e hiciera explotar sus entrañas. La gente del pueblo comentó el hecho, sin evitar alegrarse durante algunos días. El dictador pagaba con sangre toda la sangre vertida bajo sus órdenes. Después olvidaron para siempre al jerarca político y no volvieron a hablar nunca más de él, del mismo modo que los cristeros comenzaban a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel era un pueblo que olvidaba pronto, aunque se lamentara a ratos de su amnesia.

Dimitri no volvió a hablar, pero escribía mucho y sin descansar. Parecía que en lugar de palabras le salían páginas y páginas imparables de sus manos. “El escritor mudo” le decían en toda la región.

A lo largo del sur del Estado de Zacatecas y el Norte de Jalisco, la gente escuchó que Dimitri Dávila escribía una importante obra sobre la Guerra Cristera, la cuál sería dada a conocer en Europa y Estados Unidos. Muchos testigos de primera mano, ex soldados agraristas y cristeros, gente que vivió el conflicto en carne propia, acudieron hasta Sánchez Román para narrar al escritor sus vivencias y ayudarlo a terminar su libro. El pastor les escuchaba con paciencia, mirándolos casi sin parpadear, transmitiéndoles una calma lograda por él mismo, luego de atravesar infiernos sin fin, hundiéndose y emergiendo. No respondía, pues no podía hacerlo con su voz, pero sus ojos y su rostro los comprendían y les prestaban mucha atención.

Para cuando finalizó su nueva obra: Cristeros, un volumen de más de quinientas cuartillas de una novela histórica y la envió a Europa para su publicación, un nuevo hijo, ahora una niña fruto de su relación con la gachupina llegaba. Parecía que con los partos literarios de sus obras, llegaban también nuevos hijos. La nombraron Tania, Tania Dávila, como buena hija de Dimitri.

En ese entonces lograban una posición económica que si no era demasiado elevada, sí era harto cómoda. Las regalías por su primer libro le generaban un constante cheque mensual enviado desde Madrid, que aunque no era demasiado gordo, sí era seguro.

Su novela sobre la Cristiada se hacía famosa en el Viejo Continente y era leída cada vez por nuevos lectores. La tradujeron al inglés y en los Estados Unidos se popularizó aún más, brindando buenas regalías al escritor y a su familia con las ventas por la traducción y las reediciones. La gente en Norteamérica parecía muy interesada por conocer lo ocurrido durante el conflicto de los cristeros en el Occidente de México.

Transcurrieron los años, Dimitri acumuló un hijo más junto con Edna. Lo llamaron Aníbal, como al comandante cartaginense. Azul se casó con un empresario norteamericano que se la llevó a Nueva York a vivir. Dolores se fue a Guadalajara a estudiar la Normal para maestros, en aquella ciudad se casó también y se quedó a trabajar.

Los hijos de Dimitri crecieron.  Cuando cumplió los doce años, Tania murió ahogada durante una inundación en la que nuevamente se desbordó el Río de Morones que descendía de la Sierra, arrastrándola para siempre. Nunca encontraron su cuerpo El escritor lloró durante meses y jamás se recuperó del todo. Edna volvió a escuchar de nuevo su voz, que no se manifestaba desde hace mucho, pero sí lloraba y vociferaba lamentos desgarradores. Dimitri le dedico un libro entero a su pequeña. Escribía pretendiendo curarse un poco de las pérdidas sufridas, dándole a la vida una nueva historia escrita a cambio de cada herida infringida a su ser en el combate.

Con el paso de los años tendría que escribir más libros al partir Edna y dejarlo solo y viudo, sus hijos varones se irían también, después de hacer sus respectivas vidas y culminarlas. Respondiendo Dimitri con una valerosa historia culminada, en respuesta a cada golpe mortal.

20

“¡¡¡Ahí viene el gringo!!!”

Gritaron los chiquillos en Sánchez Román. Pronto le cambiarían de nombre a aquel lugar, que dejaba de ser un poblado pequeño, olvidado en el Sur de Zacatecas y se volvía gradualmente una ciudad de considerable tamaño.

“Tlaltenango”, habían decidido los políticos en turno que se llamaría en delante el pueblo, el cual perfilaba para convertirse en una importante ciudad comercial. Ubicada en las faldas de la Sierra de Morones, en una estratégica región de paso entre las ciudades de Aguascalientes, Guadalajara y Zacatecas.

“¡¡¡Que ahí viene el gringo!!!”

Volvían a proferir los muchachos, excitados, admirados y burlones. En realidad no era gringo, sino francés. Un historiador quien indagaba sobre la Guerra Cristera. El francés se dedicaba a rastrear testimonios de primera mano de gente que hubiera participado en el conflicto, decían que preparaba su tesis de doctorado sobre el tema de los cristeros.

Cuando los chiquillos lo guiaron hacia la casa de Dimitri, el francés rebosaba de gusto y emoción. Ignoraba que Dimitri Dávila, autor de una novela sobre la Guerra Cristera aún viviera y radicara precisamente en Tlaltenango de Sánchez Román. Donde por mera coincidencia pasaba aquellos días mientras realizaba su investigación.

Dimitri no se encontraba en su casa. Las gentes le dijeron que andaba en Morones con sus perros y sus borregas. Hasta allá se iba para pastorear, leer, escribir o tocar su flauta.

El francés debió caminar casi medio día, hasta que se le atardeció, siguiendo las señas que le diera la gente para dar con el sitio donde el escritor acostumbraba descansar y pastar a sus animales. Se conmovió al saber que el artista creaba la mayor parte de sus libros recostado bajo un árbol, mientras su rebaño pacía.

Le informaron que se había quedado mudo desde los tiempos de la Cristiada. El historiador no esperaba demasiado, simplemente aspiraba a verlo, conocerlo, quizá sentarse un rato junto a él.

El francés divisó a la distancia el rebaño al pié del valle, frente a las montañas de Morones, cobijado del sol bajo sus sombras.

Protegido por un gigantesco roble de más de cien años, se inclinaba un anciano sobre la libreta, escribiendo sin descanso. La barba y la melena completamente blancas y enredadas, bifurcadas en una sola mata espesa.

Debería haber cumplido casi los setenta y cinco años de edad, o un poco más, según los cálculos del francés.

El anciano escritor escuchó pasos a su retaguardia. Tenía un oído muy fino. Se incorporó y enfocó al francés, que ya se encontraba demasiado cerca.

El historiador andaba de mezclilla, camisa de manta y guaraches. El cabello rubio un tanto largo y la patilla prolongada de acuerdo a la moda de los setentas. A simple vista parecía más un hippie que un especialista en humanidades. Levantó su mano, saludando a Dimitri.

Los dos hombres se sentaron tranquilos bajo el roble. El francés sonrió. Dimitri pudo ver que era buena gente, sencillo, incluso un tanto ingenuo. Lo que le brindó confianza.

Hace mucho tiempo que sus hijos se habían ido y que su mujer partió hacia el Otro Mundo también. Vivía solo, pero estaba bien. Las prolongadas caminatas diarias en el monte tras los perros y el rebaño lo mantenían activo y fuerte. La lectura, la música y la escritura brindaban a su cerebro y a su mente una agilidad envidiada por los jóvenes.

El francés y el anciano se miraron sin hablar durante largo tiempo.

Dimitri extendió sus ojos hacia el cielo, los desvió hacia las montañas de Morones, como pidiéndoles permiso. Frunció un gesto, arrugando por completo su rostro, en una mueca que al mismo tiempo era dolorosa y serena, a punto de iniciar una charla.

Y por primera vez en más de cuarenta años, comenzó a hablar y conversar con el desconocido.