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Aníbal Barca 3: La Batalla de Zama

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Por: Adán de Abajo

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En el campamento se creó un revuelo: gritos de alarma, vociferaciones y alaridos. Al amanecer, un par de jinetes romanos arrojó un bulto por encima de la empalizada que protegía a las fuerzas africanas  y luego escaparon a todo galope. Se trataba de un saco de lana con un pesado contenido que causó la alarma general entre las tropas cartaginenses. No tardaron en llevárselo al general, quien aún dormía en su tienda, agotado: su mente y su organismo comenzaban a dar muestras de cansancio tras casi seis años de campaña en suelo extranjero. Había perdido uno de sus ojos por una infección mientras cruzaba un pestífero pantano en el Norte de Italia. Muchas eran sus victorias, bastantes las legiones enemigas exterminadas, varios los senadores muertos bajo las lanzas y espadas de sus mercenarios africanos, miles de esclavos capturados, cuantiosos tesoros incautados, ciudades caídas o pasadas a su lado. Empero, Roma no se rendía ni daba muestras de pretender firmar una tregua con él, contrariamente, parecía un monstruo a quien cada vez brotaban nuevos tentáculos y cabezas a las cuales Aníbal sin piedad amputaba o asestaba golpes. Roma no parecía tener final, lo cual ya empezaba a cansarlo y hacerlo dudar sobre las posibilidades últimas de la guerra. Cartago, su patria en el Norte de África, no se decidía a enviarle nuevos contingentes, con los cuales pudiese inclinar aún más la balanza a su favor, varias de las ciudades ibéricas en Hispania perdidas a manos de los romanos. La ciudad de Capua, al sur de Italia, quien era su aliada, cayó a manos del implacable senador Fabio, el anciano sabio, quien castigó duramente a sus ciudadanos por traición.

Monómaco y Maharbal, sus dos principales lugartenientes, solicitaron permiso para ingresar a su tienda llevando el extraño objeto. El contenido del saco arrojado por los legionarios no tardó en emerger, dejando pasmado y en shock a Aníbal. Una cabeza humana, atada a dos manos igualmente cercenadas: se trataba de la cabeza de Asdrúbal, su hermano, y las manos de Sileno, el secretario y escriba griego, amigo íntimo de los Barca, quien habría acompañado a su familia desde la época de las  primeras guerras en Sicilia contra Roma. Aníbal pidió quedarse solo, irrumpió en el llanto desolador, luego en un silencio que se prolongó durante varios días. Asdrúbal era su hermano más amado, adorado.

Asdrúbal había tomado la misma ruta por la que su hermano mayor y su ejército transitaron a través de los Pirineos, con la idea de llegar a Italia y unírsele en la lucha contra los romanos. Al contrario de Aníbal, sus tropas se encontraban maltrechas, tras la última derrota en Baécula, en donde se enfrentara contra Cornelio Escipión, el hijo de los escipiones, y tuviera que batirse en retirada, salvando apenas sus elefantes y los principales pertrechos. Al descender desde las montañas en suelo Italiano sería avistado su ejército, perseguido durante días por tres legiones, capitaneadas por Fabio hijo. Los cónsules interceptaron a sus jinetes que llevaban una carta para Aníbal, la cual nunca llegaría a su destino. De hecho, Aníbal ignoraría todo acerca de la presencia de su hermano hasta esa mañana, en que le llevaron su cabeza en estado de descomposición. Las tres legiones habrían rodeado a sus tropas, llevándolo a una trampa, Asdrúbal moriría valientemente, lanzándose con su caballo sobre la infantería romana. Su ejército quedaría diezmado, los sobrevivientes obligados a retornar por el paso de los Pirineos hacia Iberia.

Los africanos unieron la cabeza de Asdrúbal al cuerpo de un prisionero italiano, quien tuvo la misma complexión que el hermano de los bárcidas. Prosiguieron a los rituales funerarios, los sacrificios y las hogueras en honor del joven caído.

Al transcurrir tres días, Aníbal mandó reunir a sus poderosas tropas: libios, celtíberos, cartaginenses, etíopes, ibéricos. Su ejército hasta ahora se encontraba invicto: nadie había logrado vencerlo en suelo italiano. Nadie lo había vencido jamás, ni en Italia, ni en áfrica, ni en Iberia.

A pesar de negarse a rendir, Roma aún se encontraba contra la pared, bajo las suelas de Aníbal.

El general subió a lomos de Sirius, el enorme elefante macho sobreviviente de las primeras jornadas desde Hispania, hace más de seis años. Se sumaron otros siete paquidermos, enviados desde Cartago en las últimas semanas. Los gigantes encabezaron la marcha con el general a la vanguardia. Sus hombres, más que nunca se sentían inspirados y listos al combate, prestos a vengar la muerte de Asdrúbal. Invitarían a los romanos a presentar combate abierto delante de las murallas de la misma Roma.

Al llegar a las puertas de la capital italiana, dispusieron a los elefantes al frente de las filas. El resto de las tropas tras de ellos: los jinetes númidas, las poderosas infanterías celtíberas, ibéricas, libias, lideradas por Monómaco: el general fenicio; también los honderos baleáricos, con sus proyectiles preparados para arrojarlos sobre los manípulos romanos; la invencible caballería africana, capitaneada por Mahárbal.

Dentro de la ciudad, todos temblaban, el pánico absoluto cundía. Las dos legiones que restaban tras las anteriores y fatídicas batallas emergieron de las puertas de las murallas para defenderla. Iniciaron su formación vacilantes, temblorosas, conocedoras de que aquellos mercenarios venidos de lejanas tierras les traerían la muerte.

Poco antes de que Aníbal, a lomo de Sirius, diera la orden de ataque, una densa tormenta comenzó a caer sobre ambos ejércitos. El agua subió, convirtiendo las Colinas de Marte en un pantano. Ese día no se pudo iniciar el combate.

A la mañana siguiente, cuando las tropas de los dos ejércitos se habían formado de nueva cuenta, la lluvia volvió a caer. Los sacerdotes avisaron a Aníbal que aquello debía ser una señal de su dios Baal. Entonces ordenó el repliegue hacia las montañas. Su fiero ejército se retiró a través de las mismos senderos por donde había llegado.

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Por su parte, en Hispania, el joven Cornelio Escipión recogía un triunfo tras otro: luego de apoderarse de Cartago Nova en un ataque relámpago y vencer a Asdrúbal, salía nuevamente vencedor sobre el tercero de los hermanos de Aníbal: Magón Barca, quien apenas pudo escapar con vida tras perder a diez mil hombres. Hasta ahora, Escipión daba muestras claras de haber aprendido bastante de los movimientos del propio Aníbal, imitándolos al invadir en su propio suelo a los cartaginenses y al llevar a una trampa al ejército de Asdrúbal, aislándolo de sus hermanos en Baécula. Tal como Aníbal hizo con un senador tras otro durante los primeros años de la guerra en Italia.

Tras perder Cartago Nova, los africanos comenzaron a desmoralizarse, cayendo en breve  todos sus bastiones de poder en Hispania a manos de los romanos, de donde se nutrían económica y militarmente. En poco tiempo ya sólo quedaba un ejército púnico en activo en la península, dirigido por el hermano más joven de Aníbal, Hanón Barca, quien no tardó en quedar fuera de combate en una emboscada en las Islas Baleares, mientras se esforzaba por encontrar nuevos mercenarios para apoyar a su patria. Una lanza romana atravesaría su yegua durante una emboscada, despeñándose luego esta y fracturándole la pierna. Sus hombres lo embarcarían inconsciente, con las heridas infectadas, de regreso a África, falleciendo en el trayecto a través del mar.

Pronto, Cornelio Escipión recibió la orden del Senado Romano de embarcarse a Sicilia con sus hombres, unificando sus tropas con las dos legiones sobrevivientes de la batalla de Canas, las cuales aguardaban por él en la isla italiana. Ahí se dispuso a entrenarlas de día y de noche durante semanas. Preparando un golpe maestro: la invasión de África y el ataque a los cartaginenses en su propia tierra natal.

Embarcó a sus hombres y pertrechos y cruzó el Mediterráneo.

En las costas del Continente Negro, los cartaginenses y sus aliados aguardaban por él para castigarlo por su osadía y expulsarlo de vuelta al mar. Magón, el último hermano con vida de Aníbal, tras ser derrotado en Hispania había regresado a Cartago, rehaciéndose y construyendo una fuerte alianza con Sífax, el emperador de los libios. A su lado luchaba también Asdrúbal Giscón, un noble cartaginense, veterano general, quien había peleado primero con Amílcar Barca en Sicilia y luego en Italia al lado de Aníbal. Sífax se había apoderado recientemente de varios reinos, dejando a Masinisa, hijo del rey Gea de los númidas, desterrado. Gea y Masinisa fueron aliados durante décadas de los cartaginenses, particularmente de la familia Barca, desde la época de Amílcar. Luchando como aliados al lado de ellos. Eran incluso familiares, pues una hermana de Aníbal estaba casada con un pariente del rey Gea. A partir de la avaricia de Sífax, los aliados de Cartago se veían obligados a dividirse, el príncipe Masinisa, no se quedaría de brazos cruzados, dejando a Sífax usurpar su trono. Pronto se pasaría de lado de los romanos, apoyando a Escipión y proporcionándole dos mil mortíferos jinetes númidas.

Tras algunas escaramuzas en las que a veces ganaron los romanos y en otras fueron forzados a retirarse por parte de los africanos, Escipión realizó una acción sorpresiva, incendiando de noche el campamento donde descansaban Sífax y Magón Barca. Todos sus animales, soldados y pertrechos se perderían. Magón sucumbiría finalmente entre las llamas y Sífax resultaría capturado mientras intentaba escabullirse entre las cenizas. Masinisa retomaría su trono, limpiando la memoria de su anciano padre Gea y brindando a los romanos todo su apoyo en África, poniendo en verdaderos problemas a Cartago, hacia donde dirigirían todos sus esfuerzos bélicos a continuación.

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Ante la penosa situación a la que paulatinamente era sometida Cartago por parte de Escipión y sus legiones, el Senado Cartaginense no tuvo más remedio que enviar un mensaje a Aníbal hasta Italia para que acudiera a defenderla de los romanos. Cartago había hecho un último esfuerzo por repeler a Escipión enviando de nueva cuenta a Asdrúbal Giscón al frente de una avanzada de mercenarios ibéricos, griegos y africanos, los cuales sucumbirían por completo en una última e inútil refriega.

Aníbal ya se encontraba más que agotado con la situación de desgaste a la que lo sometían los romanos, sin rendirse en lo absoluto, aunque los vapuleara sin cesar en los últimos seis años. Sus tres hermanos muertos, Iberia perdida por completo. En algún momento pensó en retomar el camino de los pirineos y retornar a Hispania para recuperarla y asegurar el abastecimiento económico y militar de su familia y sus aliados africanos. Pero el apremio de defender su ciudad natal, en donde se encontraban su esposa y su hijo, le hicieron dirigirse finalmente hacia África y organizar la defensa contra los romanos.

Reagrupo a sus hombres, incluyendo a todos los iberos y celtíberos que lo siguieron desde los Alpes e Hispania, prometiéndoles fortunas en oro con tal de seguirlo hacia África. Comenzó su descenso por la península, exprimiendo la bota italiana hasta el último suspiro de riquezas, botines y alimentos para llevárselos con él. Se embarcó por fin en el sur de Italia con todos sus hombres, caballos, con Sirius, el viejo elefante y otros seis paquidermos veteranos.

En Cartago lo esperaría el senado de su ciudad con setenta paquidermos nuevos, listos para enfrentar a los romanos.

Apenas tuvieron tiempo él y sus tropas de descansar un poco y recuperar el aliento tras el largo viaje desde Europa. Se internaron en el desierto con sus animales y armas. Se dice que se abrían paso en las llanuras africanas y contemplaban gacelas, antílopes, cebras y leones alejándose al contemplar su ejército. Una noche el rugido de un león macho despertó a Aníbal, inyectándole un mal presentimiento al respecto de la conclusión de la guerra. La pérdida de sus hermanos, el retiro incierto de Italia sin haber concluido su tarea de derrotar a Roma, tantos años de viajes y guerras, lo tenían demasiado desgastado.

Antes de emprender la última y decisiva batalla, Aníbal se entrevistó con Escipión. Sus jinetes númidas lo habían traicionado, pasándose del lado de Masinisa, el príncipe de Numidia y ahora aliado de Roma. El general africano planteó al joven senador romano la posibilidad de la rendición, sabía que sus tropas, aunque diestras, veteranas e invictas, se encontraban agotadas. Aníbal deseaba descansar y retornar con su esposa Ímilce y su hijo, Ímilco, a Cartago, para reponer tantos años de ausencia y marchas.

Cornelio Escipión planteó unos términos incumplibles, forzando a los africanos a presentar combate. En esta ocasión los italianos eligieron el territorio para enfrentarlos: la llanura de Zama, un paraje abierto y parejo en donde ambas fuerzas se encontrarían en similares ventajas.

Los setenta elefantes fueron colocados a la cabeza de las fuerzas cartaginenses, tras de ellos todos los contingentes de mercenarios que servían a Aníbal, encabezados por Monómaco. En la caballería celtíbera, ibérica y púnica se encontraba, como siempre, el fiel Mahárbal. Empero, dicha caballería se hallaba en serias desventajas con respecto a su contraparte romana, enriquecida ahora por todos los jinetes númidas que lucharían del lado de Cornelio Escipión y Roma.

La orden de ataque fue dada, los setenta elefantes, con Sirius a la cabeza, cargaron contra la infantería romana, que en esta ocasión utilizó escudos de plata, trompetas y tambores para sembrar el pánico entre los paquidermos. Presas de un terror repentino, los elefantes retrocedieron, huyendo del estruendo causado por los romanos, embistiendo a sus propios manejadores y a la infantería pesada africana. Los romanos procedieron a arrojar sus pilos contra los paquidermos fuera de control y en poco tiempo inutilizaron a toda la fuerza de gigantes africanos.

A continuación Monómaco ordeno a sus veteranos que se reagruparan, y se enzarzaron con la infantería romana sin piedad, vengando la muerte de sus animales. La infantería cartaginense aún era implacable, y sus filas barrían a los manipulos italianos, parecía que la batalla comenzaba a equilibrarse de nueva cuenta y que los africanos contarían con enormes posibilidades de triunfar, como siempre. En eso, Masinisa, príncipe de los númidas, tras dar cuenta de la caballería celtíbera e ibérica de Aníbal, rodeó por la retaguardia a los púnicos, masacrando a la mayoría de los veteranos de Monómaco. En breve, tras este movimiento, el rumbo de la guerra quedaría decidido, a favor de los romanos.

Mahárbal y Monómaco se abrieron paso a través del cerco que formaron los italianos en torno de los africanos, logrando extraer con vida a buena parte de los veteranos mercenarios de Iberia, Cartago y las Galias, hombres fieles hasta la muerte a Aníbal. Rodearon a su general Barca para protegerlo y emprendieron la marcha de regreso a su capital. Atrás dejaban las llanuras de Zama, sembradas con la sangre y los cadáveres de sus hombres. Se trataba de la primera y rotunda derrota que sufriría Aníbal.

 

 

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Aníbal Barca 2: los días dorados de Cartago

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Por órdenes de Aníbal, los elefantes fueron cubiertos con grasa vegetal con el fin de protegerlos del  frío y la nieve. Eran muchos los que pensaban que al escalar esas alturas, los paquidermos no sobrevivirían. Sus propios hermanos y un sinnúmero de sus guerreros veteranos dudaban del juicio del general, por una parte. Por otra tenían enorme fe y respeto hacia los actos de su líder. Sin embargo, algunos sacerdotes ibéricos le relataron historias del Norte de la India, donde los elefantes asiáticos acompañaban a sus cuidadores en altitudes incluso mayores a las que enfrentarían en Italia.

Iniciaron la marcha. Iban treinta paquidermos, cerca de treinta mil caballos y un ejército multirracial de mercenarios libios, númidas, etíopes, púnicos e ibéricos. Tras recorrer la costa del Mediterráneo a lo largo de toda Hispania, se adentraron en el continente y emprendieron su ascenso. Primero los Pirineos, a continuación los Alpes. Cuyo ascenso y descenso, accidentadísimos, marchando a través de antiguos pasos que casi nadie se atrevía a utilizar, les permitiría desembocar en el fértil y hermoso valle de la Península Itálica y sembrar el terror en ella. Directo sobre la retaguardia de las legiones romanas, quienes demasiado tarde se apercibirían de que la guerra no se libraría de ningún modo en Cartago, en África, o en Hispania, como planificaban. Sino que se desarrollaría en su propia casa.

Atrás, en la Península Ibérica se quedaban los tres ejércitos africanos de resguardo, comandados por sus tres hermanos: Hanón, Magón y Asdrúbal Barca, respectivamente. Siendo Asdrúbal quien estaría a cargo de coordinar las acciones de las tres tropas, las cuales patrullarían el inmenso territorio conquistado desde décadas atrás por su padre: Amílcar, por su cuñado: Asdrúbal el bello, y por el propio Aníbal: el primogénito de los bárcidas, quien ahora marchaba hacia Italia. Deberían resguardar las ciudades bajo su control y librar la guerra ahí: a donde no tardarían en ser atacados por los romanos. Y en donde tampoco tardarían en surgir rebeliones de las tribus hispánicas sojuzgadas, aprovechando la guerra de sus opresores. Mientras el hermano mayor se preparaba para asestar un duro golpe en el corazón del Imperio Romano. Era demasiado lo que debían custodiar, su familia y los nobles cartaginenses se habían vuelto riquísimos a partir de exprimir sin piedad las comarcas y ciudades ibéricas.

 

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A lo largo de su trayecto, Aníbal y sus hombres serían emboscados por diversas tribus celtíberas y galas, hostiles no sólo a Roma, sino a cualquier tipo de ejército invasor que osase pasar a través de sus dominios. Una vez que iban sometiendo a los celtíberos, los incorporaban a su ejército, convenciéndolos, comprando sus servicios como mercenarios o ganándolos para su causa en contra de Roma mediante promesas.

Aníbal y sus hombres alcanzaron finalmente  los Valles Italianos en pleno verano, en el año 200 antes de Cristo. No tardaron en tener sus primeros enfrentamientos contra las legiones romanas, quienes acudieron al instante, al enterarse que eran invadidos en su propio suelo.

El senador, Publio Escipión, quien originalmente estaría destinado a combatir a Aníbal en sus dominios en Hispania, cambiaría por completo el rumbo de sus acciones militares. Teniendo que regresar a Italia para interceptar al general africano. Uniendo a una parte sus tropas con otras dos legiones, cuya tarea anterior habría consistido en mantener a las tribus galas bajo control. Ahora los celtas se habían unido al ejército multirracial de Aníbal para combatir a Roma.

Los Romanos tendieron a considerar los primeros dos enfrentamientos como simples escaramuzas. Aún no comprendían del todo la magnitud militar del genio que les invadía.  En Tesino y Trebia, donde se libraron aquellas confrontaciones, Aníbal los barrió por un flanco y otro con caballos y elefantes: primero con su caballería de númidas: rápidos, ligeros, mortíferos, liderados por el comandante africano Maharbal. De quien existen diversos desacuerdos históricos, si su origen era númida, efectivamente, o en realidad pertenecía a una familia noble de Cartago, habiéndose educado y entrenado junto a Aníbal y sus hermanos desde que eran niños. Así mismo, hizo uso de su caballería cartaginense y de sus elefantes de guerra, los cuales habían conseguido llegar intactos desde Hispania.

En Tesino, Escipión sería derribado por el proyectil de uno de los feroces honderos baleáricos que acompañaban a Aníbal desde iberia, estando al punto de morir embestido por la infantería púnica al perder su montura. Sería rescatado en el último instante por su joven hijo: Cornelio Escipión. Ahí quedarían fundidos para siempre los destinos de Aníbal Barca y los Escipiones.

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Pero el verdadero pánico y el horror no cundieron a lo largo de Italia, sino hasta la célebre batalla del Lago Trasimeno.

Escipión padre, una vez recuperado de las heridas más recientes y habiendo finalizado su cenado sin conseguir derrotar a Aníbal y apenas salvando la vida, sería asignado de nueva cuenta a Hispania en compañía de su hermano Cnéo, pretendiendo derrotar a los africanos en la península ibérica y tratando de debilitar el principal bastión de donde se nutrían económica y militarmente.

Por su parte, Aníbal se encargaría de procurar atraer al nuevo cónsul: Flamínido, hacia el lago Trasimeno a través de un angosto paso de montaña y bosques que aún existe en la actualidad. El cónsul, junto a sus dos legiones, llevaba semanas persiguiendo a Aníbal, añorando exterminarlo y regresar a Roma triunfal con el general africano cargado de cadenas. O con su cabeza en una estaca. Sin percatarse si quiera, que en lugar de perseguir a una presa, se adentraba cada vez en las fauces de un gran depredador.

Tras casi tres semanas de carrera, el cónsul se enteró que las tropas de Aníbal le aguardaban en las inmediaciones del lago para presentarle batalla. Se trataba de un terreno abierto, en apariencia, con el agua por detrás de los africanos: a los romanos les pareció que podrían aplastar a los invasores y arrojarlos hacia las profundidades de aquel lago. Para acceder a aquel claro debían apretarse a lo largo de un estrecho sendero boscoso que desembocaba en las aguas, teniendo que desordenar su formación para ingresar, cosa que los púnicos aprovecharían enteramente. El singular campo de batalla conformaba una T, en donde la parte superior de la misma era el lago y sus costas, a donde los romanos creían que chocarían contra los púnicos. Y la inferior el sendero boscoso por donde ingresarían.

Flamínido ordeno a sus legiones avanzar muy temprano en la mañana, marchando a paso veloz a través del angosto paso rodeado por bosques de árboles inmensos y antiguos. El camino obligó a los legionarios a estrecharse cada vez más unos contra otros para poder acceder a través del angosto camino. Sin percatarse que la noche anterior, Aníbal había mandado ocultarse a la infantería celtíbera y gala, a las tropas africanas y púnicas ligeras y a parte de su poderosa caballería tras las cortinas naturales que les brindaban aquellos árboles.

Los romanos avanzaron agotados hacia el valle que bordeaba el lago. Se encontraban marchando desde más allá de la madrugada, sin haber desayunado. Tal como proyectaba el general africano que debía acontecer.

La infantería pesada de Aníbal, liderada por el implacable general Monómaco les esperaba a la orilla de sus aguas, listos para entrar en acción. Las legiones creyeron que por fin se encontrarían en combate parejo. Poco antes de que los exhaustos romanos entraran en contacto con Monómaco y sus veteranos púnicos, se escucharon los cuernos galos y el chillido ensordecedor de las trompetas ibéricas y africanas, como el presagio de una muerte helada y sorpresiva. Todas las tropas celtíberas, hispánicas y africanas ligeras emergieron de los costados del bosque, cayendo sin piedad sobre los desprevenidos flancos romanos, arrasándolos rápidamente y sin piedad alguna. Arrojándoles miles de dardos, lanzas y todo tipo de proyectiles, sin darles apenas tiempo o ni siquiera, de desenvainar sus espadas. Los mercenarios libios los empalaron con sus poderosas lanzas, rematándolos con sus hachas y dagas, los galos arremetieron contra ellos con unas espadas gigantescas, mazos y también con hachas, los púnicos los destriparon con sus sables curveos hasta dejar una alfombra de viseras y sangre.

Las dos legiones resultarían exterminadas casi por completo, los sobrevivientes prisioneros y esclavizados, y Flamínido finalizaría empalado bajo una lluvia de lanzas cartaginenses. Los historiadores cuentan que los romanos sobrevivientes se arrojaban a las aguas del Trasimeno, pretendiendo huir en vano de los jinetes numínidas, quienes asestaban con admirable destreza con sus espadas sobre los cráneos italianos, abriéndolos o decapitándolos de un tajo, cual si fueran cocos, como relata el historiador griego Polibio. Dejando las aguas del lago por completo teñidas de color del vino tinto.

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Tras la batalla en el lago, el pánico y el horror cundieron por toda Italia. Por primera vez los Italianos presintieron que no se enfrentaban a un enemigo común y corriente. En la ciudad de Roma se estableció toque de queda, se prohibió, por precaución, que las mujeres utilizasen joyas y vestidos lujosos en la calle. Temblaban de miedo de tan sólo pensar que Aníbal podría marchar en cualquier momento sobre su capital.

Por su parte, Aníbal seguían cosechando triunfos, apoderándose de ciudades, cobrando incontables botines, confiscando cosechas y ganado a su antojo. Tras vencer al cónsul Fabio Máximo, uno de sus mayores enemigos, estableció su base de operaciones en la ciudad de Geronium, dejando descansar y recuperarse a placer a todo el grueso de sus tropas. Permitiéndoles comer, yacer con mujeres y beber. Después de muchos meses de marchas, batallas y viajes.

En el senado romano se congrego a dos cónsules: Emilio Paulo, quien era aliado y amigo de los Escipiones y Terencio Varrón, del lado de Fabio. Se reunirían por primera vez a un número impensable de legionarios como jamás habían luchado juntos: 100000 hombres. Mientras que Aníbal lideraba a cincuenta mil, superados numéricamente por poco más del doble por los italianos.

Los romanos se encontraban desesperados y ansiosos por presentarle combate cuanto antes al general africano, así es que este se aprovechó de nueva cuenta de su ímpetu, llevándolos al igual que a Flamínido a una trampa. Forzándolos a luchar en un terreno que él consideraba ventajoso para sus tropas.

Muchos fueron los nobles italianos que se enlistaron con la ambición de resultar triunfantes con el botín de guerra arrebatado a los púnicos, o con la posibilidad de capturar al general invasor o a alguno de sus célebres comandantes. Ignorando que la mayoría de ellos jamás regresaría con vida a Roma.

El sitio elegido por Aníbal fue el Valle de Canas, un inmenso terreno conformado por campos de trigo, cultivados desde la edad de bronce. Distribuyó a la infantería ligera de celtíberos, galos e ibéricos en el frente, quienes recibirían el impacto más fuerte de las inmensas legiones. Colocó a sus dos caballerías en los dos flancos de su ejército: a los temibles númidas del lado derecho y a la caballería celta, hispánica y cartaginense en el otro extremo.

Los romanos avanzaron como una inmensa máquina de guerra, muy bien ordenada y coordinada. El choque contra la infantería africana fue demasiado aparatoso. Los romanos creían que arrasaban las tropas púnicas. Entonces Aníbal hizo retroceder a su infantería ligera de celtas e hispánicos, haciéndoles creer a los italianos, aún más, que estaban ganando y que avanzaban hacia el interior del ejército invasor, desmantelándolo, mientras los galos e iberos aparentemente se retiraban.

Los romanos creían adelantar hacia el interior de las filas de Aníbal, sin darse cuenta que en realidad eran envueltos y rodeados por los africanos.

Aníbal había enviado a Monómaco y a la infantería pesada cartaginense, a resguardarse en las inmediaciones del valle desde antes del alba sin ser en lo absoluto detectados. A un toque de trompeta griega ordenado por el general, Monómaco avanzó con sus veteranos libios, etíopes y cartaginenses quienes se encontraban bastante frescos y ansiosos de entrar en combate y despojar a los muertos de su merecido botín de guerra. Los veteranos embistieron sin piedad a las legiones romanas por un costado, sin que estas lo esperasen en lo absoluto.

Por su parte el comandante Maharbal, líder de la caballería, tras haber liquidado por completo a su contraparte romana, regresó con sus jinetes númidas, en esta ocasión golpeando poderosa y mortalmente la retaguardia italiana.

En pocas horas, el que había sido uno de los más numerosos ejércitos romanos jamás congregados, se encontraba aprisionado por sus cuatro costados. Rodeado por completo por un ejército inferior numéricamente. Reducido poco a poco de manera sistemática, mientras los africanos, iberos, libios, galos, celtas y númidas avanzaban cada vez sobre más cadáveres italianos.

El joven Cornelio Escipión lograría escapar con Lelio, uno de sus hombres más fieles y con un grupo de legionarios. Abriéndose paso dificultosamente a través de las mortíferas filas africanas. Sin embargo, esa misma suerte no la tendrían los cónsules: Varrón y Emilio Paulo, quienes no conseguirían escapar de aquella trampa exterminadora.

Al finalizar la batalla, Aníbal arrancó los anillos consulares de los cuerpos de los generales romanos caídos. Colocándolos en su mano como trofeos de guerra, junto al de Flamínido, cobrado previamente.

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En Hispania, Asdrúbal, a pesar de algunas cruentas derrotas, sobre todo en el mar, donde perdió a parte de su flota naval tras un ataque sorpresa cerca de Cartago Nova, conseguía acosar sin piedad a Publio Escipión Padre y a su hermano Cnéo por tierra, quienes pretendían desbancarlo del liderazgo en Iberia.

Primero consiguió derrotar a Escipión padre, quien encontró finalmente su muerte a manos de los africanos, atravesado por una lanza númida que lo derribo para siempre de su montura. Luego concentró todas sus energías y recursos en rodear a Cnéo, hermano de Publio y a su vez tío de Cornelio Escipión, quien había conseguido escapar de la muerte en Canas.

Unió a sus propias tropas con las de su hermano más joven: Hanón Barca. Ubicó a todas sus fuerzas durante la noche al rededor del campamento de Cnéo, arrojando antorchas encendidas sobre sus pertrechos y empalizadas. Masacrando con una lluvia de lanzas primero a los defensores italianos, y luego permitiendo que sus jinetes númidas ingresaran y exterminaran a placer hasta el último romano. Polibio cuenta que el propio Asdrúbal fue quien tomó la vida de Cnéo con su espada, quien se batía valientemente al lado de sus últimos hombres.

Cartago parecía ser la potencia triunfadora que se impondría en el Mediterráneo, nadie parecía capaz de detener a Aníbal Barca y a sus hermanos. Aníbal envió al senado de Cartago a su hermano Hanón con un inmenso botín de guerra a base de oro y plata, con los anillos de sesenta mil legionarios caídos y con innumerables esclavos italianos capturados durante su incursión, como muestra de sus triunfos.

Incluso el emperador Filipo de Macedonia, al contemplar los avances indiscutibles que cultivaban los cartaginenses en Hispania e Italia, prometió a Aníbal desembarcar en los puertos romanos con una flota al año siguiente: una alianza entre Cartago y Grecia constituiría el fin del Imperio Romano para siempre.

Aníbal Barca 1: Los Orígenes del Genio Militar

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Por: Adán de Abajo

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Recolectaron más de un centenar de barcazas y botes de pescadores, pagando por ellos o tomándolos como tributo forzoso a la gente humilde del Norte de África. Sobre aquellas naves se colocó a ochocientos hombres, caballos, pertrechos e incontable armamento. A los elefantes se les hizo cruzar a flote, muy cerca de los botes, en compañía de sus cuidadores. Bomílcar, el experto entrenador de las bestias, juró al general que aquellos animales eran capaces de nadar aquello y mucho más, pese a sus aparatosas dimensiones, y así hicieron. Sorteando las olas a través de las Columnas de Hércules, abandonando las costas cartaginenses y dirigiéndose hacia un nuevo continente por conquistar.

El comandante elevó su puño frente a su gente en señal de triunfo: todo su ejército, incluyendo animales y equipo habían cruzado intactos el Mediterráneo desde África, pese a no contar con una flota. Durante su anterior guerra contra Roma perdieron todos sus navíos, así como varias islas en la frontera con Italia y Grecia, incluida Sicilia.  Su patria, otrora la más importante potencia marítima, heredera del imperio fenicio, de su cultura y sabiduría, fue humillada al final de la Primera Guerra Púnica, librada contra los italianos. Empero, nuevos tiempos de brillo vendrían para los africanos, ésta incursión constituía el primer paso decisivo de un nuevo renacimiento. Roma se encontraba entre sus objetivos militares a largo plazo.

Amílcar dejó a sus hijos en África, pese a que su primogénito de 12 años: Aníbal, cuyo nombre quería decir: el predilecto de Baal, se aferró a su tobillo, llorando e implorando que lo llevase con él. Más tarde tendría tiempo de mandarlos llamar: cuando tuviesen edad para acompañarle en las incursiones, mientras tanto los dejaría a cargo de su madre y de expertos profesores helénicos, quienes los formarían en la lengua y cultura griegas y en estrategias bélicas espartanas. Se reuniría con ellos cuando reconquistara nuevos territorios y consiguiese fundar una nueva capital en el territorio ganado.

Rápidamente ocultaron aquellos botes y se adentraron en la espesura del bosque que bordeaba la costa del continente Europeo, en aquella época, a esa tierra riquísima en recursos forestales, agrícolas y minerales se la nombraba Iberia. Un barco de guerra romano de trescientos remos: un trirreme,  no tardó en acercarse a la zona, patrullándola, temeroso ante los rumores de que Amílcar Barca, padre de todos los bárcidas, hubiese abandonado su palacio en Cartago con intenciones expansionistas y cruzara recién el Mediterráneo. No encontraron ni rastro de los púnicos.

Amílcar había encabezado la última guerra contra Roma, en la que por poco los vence. Su más reciente triunfo consistió en sofocar una rebelión de mercenarios griegos y africanos que estuvo muy cerca de apoderarse de la capital de Cartago y pasar por el filo de la espada a todos sus hombres, esclavizar a sus mujeres y niños. Aquellos parias fueron contratados originalmente para que lucharan a favor de los cartaginenses, volviéndose en su contra cuando vieron la oportunidad. Finalizaron como una alfombra interminable de cadáveres de más de dos kilómetros cuando Amílcar los rodeó y masacró. Desde entonces era considerado un héroe: el hombre más poderoso y temido de África.

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En muy breve tiempo  los púnicos se extendieron más allá de lo soñado, apoderándose de aldeas, ciudades y pueblos ibéricos, sometiendo, venciendo y esclavizando a su antojo. No faltaba demasiado para que se hicieran con la totalidad de la península.

Fue durante una emboscada, mientras lo acompañaban sus dos hijos adolescentes en una incursión para someter a ciertas tribus sublevadas, que Amílcar Barca resultó emboscado por el ejército de galos más grande que nunca antes se reunió para expulsar a los africanos de Europa.

Aníbal y su hermano Asdrúbal se escabulleron, custodiados por Monómaco, un libio, jefe de la infantería de élite púnica, escoltándolos a todo galope hasta encontrarse a salvo y guarecidos en Cartago Nova: la ciudad capital de los africanos en Europa. Pero Amílcar terminaría acuchillado a manos de los iberios. Algunos de sus biógrafos griegos y romanos afirmarían más tarde que en realidad falleció ahogado mientras trataba de obligar a sus enemigos a perseguirlo en la dirección opuesta hacia donde huían sus hijos. Precipitándose con su guardia personal: el Batallón Sagrado, al interior de las aguas de un río, intentando confundir a sus oponentes.

Cuando cumplió 23 años, Aníbal sería elegido como líder absoluto de los ejércitos que patrullaban Iberia. Sucediendo a su padre y a su cuñado: Asdrúbal el Bello, quien también murió degollado a manos de los indómitos iberos. Era bastante joven para convertirse en general, pero ya contaba con la confianza de todos sus hombres y la decisión unánime de colocarlo al frente de las tropas.

Pronto estableció control del sur de Iberia, vengando la muerte de su padre, rodeó con sus tropas al mismo inmenso ejército que se había congregado para emboscar al viejo Amílcar, efectuando una masacre con mucho menos tropas que sus opositores. De inmediato se convirtió en amo y señor de aquellas tierras.

A continuación dirigió su atención en Sagunto, una ciudad aliada del imperio romano. La decisión de sitiarla y apoderársela iniciaría una de las guerras más grandes del mundo antiguo. Se suponía que desde la anterior Guerra Púnica entre Cartago y Roma se habría firmado un tratado que dividía la península Ibérica en dos partes. Una para los italianos y otra para los africanos. Sagunto correspondía a los cartaginenses, empero, los saguntinos en su odio y rechazo a los africanos recurrieron a Roma para solicitar su auxilio. Lo cual colocaba a ambas potencias del Mediterráneo en una situación bastante conflictiva. Algunos senadores romanos como Fabio  y sus seguidores ansiaban iniciar la guerra con Cartago y detener su avance, Aníbal, desde su trinchera, se sentía destinado a destruir al imperio romano. Sagunto no era más que la pantalla de un problema mucho más antiguo que no tardaría en desencadenar en una guerra de impensables proporciones.

Roma en aquellos momentos se encontraba tratando de imponer orden y acrecentar sus fronteras con Grecia, nadie creía que Aníbal sería capaz de desafiar a los romanos. Los italianos aún no temían ni imaginaban el peligro que representarían  los africanos para sus colonias y la misma capital romana.

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Con ayuda de sus hermanos: Asdrúbal, Hanón y Magón, Aníbal Barca sitió Sagunto, colocando catapultas, fosas y máquinas de asedió. Era consciente de que asaltando aquella ciudad iniciaría una de las guerras más grandes del mundo antiguo. La urbe no cedió con facilidad, sus nobles se sentían bastante seguros con el apoyo romano y sobre todo con la formidable muralla a la cual ningún otro ejército consiguió asaltar en el pasado. Los ladrillos de sus muros, fabricados de manera misteriosa, casi mágica, eran capaces de reacomodarse por sí solos cada que los africanos retiraban uno de ellos. Parecía que Sagunto jamás sería conquistada.

Una nueva rebelión de ibéricos, esta vez los carpetanos, quienes se negaban a mantenerse bajo el yugo de los cartaginenses, estalló. Aníbal debió marchar con parte de sus tropas hacia ellos para someterlos, dejando a su hermano Hanón al frente del sitio de Sagunto, encargado de tomarla cuanto antes. El general debía enfrentarse con una liga que congregaba a más de cuatro tribus peninsulares que se aliaron, aprovechando la resistencia ofrecida por los saguntinos, creyendo que aquel retraso representaba la posibilidad de expulsar a los cartaginenses de Iberia de una vez por todas. Sin embargo, Aníbal los arrasaría con sus elefantes y sus tropas de élite, las cuales eran cada día más experimentadas y diestras en la guerra, conformadas por libios, etíopes, númidas y engrosadas sus filas cada día con nuevos contingentes de iberos.

Se encontraron con los rebeldes en un río, cada uno de los respectivos ejércitos ubicados de un lado y otro del mismo. Los ibéricos pensaban que superarían numéricamente a los hombres de Aníbal, pero ignoraban que éste había mandado la noche anterior a su caballería númida y a su contingente de elefantes rodearlos por la retaguardia. Cruzando el caudal por un paso poco profundo sin ser detectados. Cuando los galos pretendieron avanzar atravesando la marea, la caballería africana, liderada por uno de los hombres de mayor confianza de Aníbal: el legendario Maharbal, cayó a sus espaldas, precedidos por los elefantes de guerra. Quienes se abrieron paso aplastando hombres y ensartándolos con sus colmillos. Entonces Monómaco, al frente de los libios, los etíopes, los púnicos y el resto de la infantería pesada cartaginense, avanzó hacia ellos, cruzando el río sin ningún problema y embistiéndolos a placer con sus poderosas lanzas. Para entonces los ibéricos habían perdido su formación, embestidos por caballos y paquidermos, presas del pánico total.

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Hanón fracasó repetidas veces en su intento de asaltar la ciudad. Retrasando el avance de los africanos, dando muestras anticipadas de su falta de decisión y escasas capacidades para comandar tropas. Sería hasta el regreso de Aníbal junto con sus otros hermanos: Asdrúbal y Magón, tras haber vencido y exterminado a los carpetanos, que Sagunto caería. Siendo reducida a ruinas, sus hombres pasados por las armas, sus familias tomadas prisioneras y los sobrevivientes dispersados al rededor de sus bosques.

Cada uno de aquellos movimientos, muy bien calculados por Aníbal, preparaba el escenario para un golpe mucho más grande y a mediano plazo: la invasión a Italia. Todas esas pequeñas conquistas le permitieron poco a poco hacerse de armas, víveres, animales, oro, reclutar tropas entre las tribus sometidas. No tardaron en llegar nuevos elefantes desde Cartago, junto a innumerables contingentes de mercenarios: libios, númidas, etíopes, griegos y púnicos.

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Los cartaginenses tenían la antigua costumbre, heredada de los fenicios, de contratar mercenarios de diversas naciones como ejércitos a sueldo: los libios, arrendados por su ambicioso rey: Sífax, quien se enriquecía a costa suya, formaban parte junto con los guerreros púnicos, de la infantería de élite cartaginense, muy temida por sus enemigos. Comandada por Monómaco, un libio de nariz ganchuda, sumamente feroz e implacable, de quien se decía que aún practicaba siniestros rituales canibalísticos y sacrificio de niños, ofrecidos a su oscura deidad fenicia: Moloc. Estaban también los númidas, cuyo amado rey: Gea, era un antiguo aliado de los Barca. Sus guerreros eran los mejores jinetes del mundo antiguo, quienes también jugarían un papel protagónico en el ejército africano. Aquellos hombres cabalgaban semidesnudos, apenas protegidos con escudos de cuero, con sus melenas ensortijadas al aire, montaban a pelo y utilizaban movimientos por completo inesperados con los cuales sorprendían a sus enemigos.

Además iba la infantería pesada cartaginense, conocida como el Batallón Sagrado, sumamente experimentada. Muchos de sus miembros habían acompañado a Amílcar Barca y a Monómaco desde la Primera Guerra Púnica y eran veteranos sumamente difíciles de superar en combate. Luchaban con una espada curvea y otra más pequeña o una daga. Pocos utilizaban escudo y se bastaban con su habilidad con la espada para presentar batalla.

Todos ellos se preparaban a seguir a Aníbal en su cometido. Convencidos de que su general era uno de los líderes más grandes de su tiempo.

Por su parte, los romanos pretendían invadir al mismo tiempo Cartago en el Norte de África y Cartago Nova en Iberia. Sin saber que Aníbal planificaba un golpe inesperado, mucho más profundo y doloroso, sin encontrarse en lo absoluto dispuesto a librar una guerra defensiva en sus propios territorios, sino todo lo contrario: invasiva: llevando el conflicto al centro mismo de Italia.

Ticky

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                                    (Ticky: La cebra-perro, por Domi)

 

Estaba convencida que de ningún modo era una cebra. O cuando menos no por completo. Una parte de ella se identificaba sobremanera con los perros que seguían las columnas de voluntarios quienes acompañaban al ejército en la retaguardia, desde que abandonaran África y cruzaran el Mediterráneo a través de las Columnas de Hércules. Con el fin de unirse al ejército de Aníbal Barca en Hispania y luego marchar con él hacia Italia.

Aquellas gentes se dedicaban a prestar variados servicios a los guerreros africanos: brindarles sexo, afilarles sus espadas, dagas, dardos, pulirles sus armaduras y proveerlos de toda clase de comestibles, con la finalidad de ayudarlos a sentirse aunque fuera un poco, cerca de su hogar. Su labor era demasiado modesta pero indispensable para mantener el buen ánimo de un ejército que viajaría tanto. Se trataba de numerosas familias nómadas de orígenes diversos y mezclados, sin un hogar fijo, dedicados al comercio y también a la rapiña, al final de cada batalla. Llevaban siempre poco más de una docena de perros que los acompañaban, ayudándolos con el cuidado de las cabras y las reses, y como mecanismos de alarma, cuando lobos, coyotes y otros pillos se acercaban con intenciones poco benévolas a su campamento. Los canes prestaban sus oídos y olfatos como radares naturales que podían proteger los rebaños de todo el ejército. Ahí se incluyó Ticky por propia cuenta, para extrañeza de todas las personas que iban en la marcha.

Desde que era un potrillo siempre tuvo el impulso de seguir a los chiquillos y a los perros cuando correteaban en las afueras de los asentamientos humanos, también a los padres de familia que cuidaban de aquellos. Nunca deseo permanecer con su manada en el sur de África.Y es que Ticky era una cebra del tipo borrico, no de la clase de cebras que son más bien caballos. Lo único que poseía de estos últimos era la enorme dentadura y las piernas potentes con las que podía cubrir largas distancias en el menor tiempo a través de las llanuras africanas.

Al inicio la gente la miraba raro, mezclada entre las cabras, perros y bueyes del ejército, ladrando como el mejor perro pastor, cuidando a las ovejas y a las reses para que no se extraviaran. Moviendo la cola a manera de hélice al igual que cualquier can.

Acabaron aceptándola  sobre todo la noche en que Ticky y el resto de la jauría del ejército  se enfrentó con una manada de perros lobo, poco antes de iniciar su ascenso a los Pirineos. Los cuales atacaron el campamento con la intención de cobrar la carne joven de algún carnero o niño de entre los seguidores. Aquella noche Ticky demostró que no sólo era mitad perro, al ladrar y morder con fuerza el lomo de dos depredadores, hiriéndolos, sino que además podía utilizar sus pezuñas para patear y aplastar los cráneos de más de tres carniceros.

Poco después llegó Elisa a su vida. Se acerco la misma noche de los lobos para curar las heridas en sus patas y hocico que le habían propinado los atacantes, untándoselas con grasa de res y hierbas medicinales.

Elisa era una esclava fugitiva de origen griego con dotes de curandera. Fue vendida en la isla de Creta por su madrastra a unos comerciantes libios, quienes la llevaron a Cartago  y a su vez la revendieron a una matrona. Dedicada al servicio sexual de los más siniestros individuos desde que tenía trece años, cuando estalló la guerra contra Roma consiguió evadirse de su ama  y se unió a las filas de seguidores y voluntarios que apoyaban al ejército africano. Tenía el objetivo claro de mejorar su situación económica, ayudando a cuidar el rebaño que transportarían hasta Italia, aplicando sus conocimientos en medicina y arrebatando uno que otro tesoro a los cadáveres de los caídos.

Un día unos merodeadores galos quisieron llevarse a la muchacha a la fuerza, pero como Elisa era muy aguerrida, se contentaron con golpearla e intentar violarla. Ya casi le habían arrancado su vestido cuando entró Ticky en acción, propinándoles coces mortales y mordiscos poderosos, con sus quijadas de asno y caballo y sus letales pezuñas. A uno le aplasto la nariz por completo y al más agresivo con la muchacha, casi le arrancó las partes pudendas de una diestra tarascada. Los galos huyeron, doloridos y convencidos de no volverse a meter jamás ni con la muchacha ni con aquel ser, en parte perro, en parte asno y en parte mula.

Elisa decidió abandonar la columna del ejército definitivamente, llevando con ella todas las monedas de plata y tesoros que había acumulado de las primeras batallas de Aníbal contra los romanos. Acompañada de Ticky, abordó un quinquerre griego con rumbo a su natal Isla de Creta. Al llegar no tardaron en recuperar las tierras que habían sido de su familia, rehabilitarlas con la colaboración de la cebra y dedicarse a la cría de gallos persas, hurones y conejos para comerciar con ellos.

Ticky transportaba todos los domingos las cajas de alambre donde se apilaban los animalitos engordados, siguiendo a la muchacha a través de las veredas, sin necesidad de que la atara con una cuerda o una rienda.

Elisa contrajo nupcias con un desertor cartaginés, evadido del ejército de Aníbal, a quien conoció luego de la batalla de Canas. El muchacho había acordado unirse con ella en la isla griega en el momento que el comandante africano dudara en invadir Roma y la guerra dejara de encontrarse inclinada a su favor. Aníbal había regresado a Cartago, llamado por el consejo de su ciudad para defenderla, dejando inconclusa su tarea en Italia.

Elisa e Imco, como se llamaba el soldado africano, engendraron un niño y cuatro niñas,  y todos crecieron muy cerca de Ticky, quien los cuidaba y paseaba en su lomo.

Una mañana, la cebra ya no pudo levantarse, avejentado y exhausto por tantos países recorridos, caminos andados y batallas sobrevividas. Cerro sus ojos negros y enormes en lo que casi parecía una sonrisa, dirigida a Elisa y a sus niños. Luego la sepultaron en el cementerio de su aldea, en el sitio que le correspondía a los miembros de la familia de la muchacha.

Aradna, la más pequeña de los hijos de Elisa, procedió a realizar un dibujo con gises y carboncillos de colores sobre la roca que le servía de lápida, creando una imagen en la que aparecía un animalito a la vez cebra, asno y perro.