Ticky

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                                    (Ticky: La cebra-perro, por Domi)

 

Estaba convencida que de ningún modo era una cebra. O cuando menos no por completo. Una parte de ella se identificaba sobremanera con los perros que seguían las columnas de voluntarios quienes acompañaban al ejército en la retaguardia, desde que abandonaran África y cruzaran el Mediterráneo a través de las Columnas de Hércules. Con el fin de unirse al ejército de Aníbal Barca en Hispania y luego marchar con él hacia Italia.

Aquellas gentes se dedicaban a prestar variados servicios a los guerreros africanos: brindarles sexo, afilarles sus espadas, dagas, dardos, pulirles sus armaduras y proveerlos de toda clase de comestibles, con la finalidad de ayudarlos a sentirse aunque fuera un poco, cerca de su hogar. Su labor era demasiado modesta pero indispensable para mantener el buen ánimo de un ejército que viajaría tanto. Se trataba de numerosas familias nómadas de orígenes diversos y mezclados, sin un hogar fijo, dedicados al comercio y también a la rapiña, al final de cada batalla. Llevaban siempre poco más de una docena de perros que los acompañaban, ayudándolos con el cuidado de las cabras y las reses, y como mecanismos de alarma, cuando lobos, coyotes y otros pillos se acercaban con intenciones poco benévolas a su campamento. Los canes prestaban sus oídos y olfatos como radares naturales que podían proteger los rebaños de todo el ejército. Ahí se incluyó Ticky por propia cuenta, para extrañeza de todas las personas que iban en la marcha.

Desde que era un potrillo siempre tuvo el impulso de seguir a los chiquillos y a los perros cuando correteaban en las afueras de los asentamientos humanos, también a los padres de familia que cuidaban de aquellos. Nunca deseo permanecer con su manada en el sur de África.Y es que Ticky era una cebra del tipo borrico, no de la clase de cebras que son más bien caballos. Lo único que poseía de estos últimos era la enorme dentadura y las piernas potentes con las que podía cubrir largas distancias en el menor tiempo a través de las llanuras africanas.

Al inicio la gente la miraba raro, mezclada entre las cabras, perros y bueyes del ejército, ladrando como el mejor perro pastor, cuidando a las ovejas y a las reses para que no se extraviaran. Moviendo la cola a manera de hélice al igual que cualquier can.

Acabaron aceptándola  sobre todo la noche en que Ticky y el resto de la jauría del ejército  se enfrentó con una manada de perros lobo, poco antes de iniciar su ascenso a los Pirineos. Los cuales atacaron el campamento con la intención de cobrar la carne joven de algún carnero o niño de entre los seguidores. Aquella noche Ticky demostró que no sólo era mitad perro, al ladrar y morder con fuerza el lomo de dos depredadores, hiriéndolos, sino que además podía utilizar sus pezuñas para patear y aplastar los cráneos de más de tres carniceros.

Poco después llegó Elisa a su vida. Se acerco la misma noche de los lobos para curar las heridas en sus patas y hocico que le habían propinado los atacantes, untándoselas con grasa de res y hierbas medicinales.

Elisa era una esclava fugitiva de origen griego con dotes de curandera. Fue vendida en la isla de Creta por su madrastra a unos comerciantes libios, quienes la llevaron a Cartago  y a su vez la revendieron a una matrona. Dedicada al servicio sexual de los más siniestros individuos desde que tenía trece años, cuando estalló la guerra contra Roma consiguió evadirse de su ama  y se unió a las filas de seguidores y voluntarios que apoyaban al ejército africano. Tenía el objetivo claro de mejorar su situación económica, ayudando a cuidar el rebaño que transportarían hasta Italia, aplicando sus conocimientos en medicina y arrebatando uno que otro tesoro a los cadáveres de los caídos.

Un día unos merodeadores galos quisieron llevarse a la muchacha a la fuerza, pero como Elisa era muy aguerrida, se contentaron con golpearla e intentar violarla. Ya casi le habían arrancado su vestido cuando entró Ticky en acción, propinándoles coces mortales y mordiscos poderosos, con sus quijadas de asno y caballo y sus letales pezuñas. A uno le aplasto la nariz por completo y al más agresivo con la muchacha, casi le arrancó las partes pudendas de una diestra tarascada. Los galos huyeron, doloridos y convencidos de no volverse a meter jamás ni con la muchacha ni con aquel ser, en parte perro, en parte asno y en parte mula.

Elisa decidió abandonar la columna del ejército definitivamente, llevando con ella todas las monedas de plata y tesoros que había acumulado de las primeras batallas de Aníbal contra los romanos. Acompañada de Ticky, abordó un quinquerre griego con rumbo a su natal Isla de Creta. Al llegar no tardaron en recuperar las tierras que habían sido de su familia, rehabilitarlas con la colaboración de la cebra y dedicarse a la cría de gallos persas, hurones y conejos para comerciar con ellos.

Ticky transportaba todos los domingos las cajas de alambre donde se apilaban los animalitos engordados, siguiendo a la muchacha a través de las veredas, sin necesidad de que la atara con una cuerda o una rienda.

Elisa contrajo nupcias con un desertor cartaginés, evadido del ejército de Aníbal, a quien conoció luego de la batalla de Canas. El muchacho había acordado unirse con ella en la isla griega en el momento que el comandante africano dudara en invadir Roma y la guerra dejara de encontrarse inclinada a su favor. Aníbal había regresado a Cartago, llamado por el consejo de su ciudad para defenderla, dejando inconclusa su tarea en Italia.

Elisa e Imco, como se llamaba el soldado africano, engendraron un niño y cuatro niñas,  y todos crecieron muy cerca de Ticky, quien los cuidaba y paseaba en su lomo.

Una mañana, la cebra ya no pudo levantarse, avejentado y exhausto por tantos países recorridos, caminos andados y batallas sobrevividas. Cerro sus ojos negros y enormes en lo que casi parecía una sonrisa, dirigida a Elisa y a sus niños. Luego la sepultaron en el cementerio de su aldea, en el sitio que le correspondía a los miembros de la familia de la muchacha.

Aradna, la más pequeña de los hijos de Elisa, procedió a realizar un dibujo con gises y carboncillos de colores sobre la roca que le servía de lápida, creando una imagen en la que aparecía un animalito a la vez cebra, asno y perro.

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