Quetzalcóatl era mujer

serpiente

 

Totalidad, mi totalidad vencida por la fuerza de las parcelaciones. Imposible vencer esa realidad fragmentada creando su equivalente literario. ¿Para qué? Si la fragmentación real ya existe sin necesidad de literatura.

(CARLOS FUENTES –Cambio de Piel)

 

1

Lo más seguro es que ustedes ignoran quién fue Carmen Lira. La generación de ustedes, con su Internet y sus imágenes 3D, 4D, etcétera. Ustedes tienen ahora muchas más opciones de entretenimiento en comparación con las que contamos nosotros. Nada más encender sus teléfonos inteligentes y ya está.

Carmen Lira es de un tiempo cuando el cine y la pantalla grande eran todo en la vida. Eran la vida misma y la gente basaba su existencia en la conducta y las actitudes de Carmen. Carmen, Carmelita, Carmencita como le decían las señoras y las muchachas. Ellas no podían dejar de imitar su manera de hablar: directa y sincera, su voz suave y tranquila, y su acento provinciano. Al inicio la criticaban mucho por su habla cantadita, como buena tapatía, igual que su papá. Carmen era tan elegante y hermosa como su mama: la señora Laura Green, una guapa norteamericana que la dejó huérfana cuando tenía 6 años.

Ningún director con los que trabajó filmando sus casi veinte películas logró quitarle su acento: medio ranchero, por más que se empeñaron e intentaron disimularlo con ayuda de los sonorizadores y editores cinematográficos. Al contrario, tras su primera película, las doñas y las muchachas querían hablar igual y vestirse como ella. Con su voz pausada, segura de sí misma y su acento cantadito. Ni su primer marido pudo extirpárselo: Dietrich, el director de cine húngaro, avecindado en México, amigo de Fidel Castro y de Gabo. Quien casi la mata a golpes, porque le gustaba maltratarla antes de acostarse con ella y prácticamente la violaba varias veces a la semana. Ni su segundo esposo lo logró: Pepe Montalvo, el empresario chilango a quien también le agradaba darle sus buenos puños en la boca carnosa y anhelante antes de dormir con ella. Ambos decían que a Carmen le gustaba la violencia previa al acto sexual, pero nunca le preguntaron si en verdad era así.

Dietrich la descubrió en el Centro de Guadalajara a finales de los setenta, mientras iba caminando con su madrina, saliendo de Paris Nueva York cuando era casi una niña. Y le preguntó, con su acento de Europa Oriental en un  español lastimoso: “Disculpe señorita, le gustaría ser actriz de cine…”

Dietrich: en el fondo era buena persona y muy sensible para descubrir el talento innato. Y ella sobrevivió a ambos esposos, quedando viuda, hermosa y desempleada a los 38 años.

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Tú llegaste a trabajar con tan solo 16 años cumplidos a su suite en el Conutry Club de Guadalajara. Porque tu papá era el viejo jardinero de los campos de golf, y cuando su abogado le pidió que le recomendara  un joven jardinero, honrado y responsable para trabajar con la señora Lira, te llevó para cuidar su piscina, sus animales, su césped y sus rosas, malvas, violetas y gardenias.

Ella te sonrió la primera vez que se vieron, como si te conociera de antes. No era una patrona molesta ni exigente. Era dulce y generosa, casi no hablaba porque decían que estaba enferma de los nervios desde la muerte de su último esposo. Le gustaba cómo arreglabas su pasto y sus flores. También la manera en que te hacías cargo y alimentabas a sus dos perros pointer y a su viejo perro dálmata, y a su gato: Oliver, rescatado de la calle. Ellos también te querían, eran su familia y sus únicos amigos. Ellos la adoraban y tú no tardaste en adorarla también. Los animales y tú eran su club de fans número uno.

Aquellos ojos verdes, serenos como un lago, igual que en el bolero de los Panchos, esa boca de labios rellenos que toda Hispanoamérica e incluso Francia y Portugal llegarían a anhelar. Tú también la deseaste desde el primer instante, dedicando tu vida entera a cuidar sus animales, su jardín, su casa y su persona.

3

Y cuando se metía desnuda en la piscina del Country Club, frente a la cafetería, en plena tarde de sábado, delante de chicos y grandes. Paseándose como Dios la trajo a este mundo, o como diosa de alguna cultura antigua y extinta. Encueradita. Y su piel tersa y su vulva de lujo depilada que casi alucinabas. Corrías con una toalla o con su salida de baño para protegerla, envolviéndola. Rescatándola. Privando a los padres de familia y a los niños del lujo de admirar a una mujer tan bella como un lince.

Pero la sociedad hispanoamericana que una vez amara sus películas y su imagen, nunca le perdonaría que abandonara a su segundo esposo para escaparse con un guerrillero a las selvas de Guatemala en 1986. Cuando los soldados se lo mataron  y la encerraron a ella en una cárcel de Honduras, acusándola de proteger terroristas y narcotraficantes. Y ya ningún director de cine quiso volver a trabajar con ella porque la vetaron en el cine y la televisión. Ni su gran amigo Arturo Ripstein, quien la diera a conocer en Francia, Portugal y España, ni su cuate del alma, Gabriel Retes, quienes tanto la querían, podrían hacer nada por ella ni por su carrera como actriz que se perdía sin remedio.

No le importó.

Se mudó a un departamento en la Ciudad de México, en plena Avenida Reforma. No necesitaba trabajar, sus dos esposos le dejaron propiedades y cuentas de banco. Se inscribió en la carrera de antropología social  en el INAH. Eufórica y excéntrica, ahí hizo sus primeros desnudos públicos por primera vez y no frente a las cámaras. También leyó muchísimo, bastantes novelas, cuentos y libros de ciencias sociales. No dejó de agredir a un profesor de lingüística con un lapicero, clavándoselo en la rodilla. Nunca se supo que el personaje llevaba semanas acosándola sexualmente. Dijeron que estaba loca, que era un brote psicótico.

4

Se rumoraba que era esquizofrenia o neurosis, o ambas. La prensa manejó que su mente se deterioró debido a la muerte de su último esposo. Pero sus admiradores y los que la conocíamos un poco, estábamos seguros que no era la muerte del empresario mexicano lo que dejó su corazón en ruinas. Sino la detención, tortura y final tiro de gracia a su gran amor por parte de grupos contrainsurgentes en Centroamérica. Se llamaba Manik: un guerrillero nicaragüense que se entrenó en Rusia y China en guerra de guerrillas, quien además había estudiado una maestría en ciencias sociales en el Museo del Hombre, en París.

Su marido mexicano fallecería de una trombosis que liquidó su cerebro y pulmones de un golpe. La prensa trató de ocultar que era adicto a la cocaína, al alcohol y a otras sustancias desde varias décadas atrás. Culpando indirectamente a Carmen por su muerte tras abandonarlo y escapar con Manik. No muchos sabían que el empresario le pegaba desde que se casaron y que además de graves adicciones y alcoholismo, tenía diversos amantes, incluyendo hombres y travestis.

Los hijos y sobrinos de Pepe Montalvo quisieron asesinarla en una ocasión, metiéndose a su casa a media noche, intentando ahogarla en su propia piscina. Tú la salvaste junto con sus tres perros. Los animales se dieron gusto mordiéndolos y tú los echaste a escobazos. A uno de ellos, el más ambicioso, lo mordió el viejo dálmata en los testículos y nunca se curó. Querían matarla y quedarse  con todas sus cosas por que don Pepe le dejó todo a Carmen.

Y ella no pararía de quererte desde entonces ni de decirte: “Mi niño…” y “Mi Cielo…” Te pediría que te quedaras a vivir en su cuarto de huéspedes en el jardín, para que la cuidaras.

Y un día llegaría a visitarte, atravesando descalza su sembradío de malvas, violetas, margaritas, aralias arborícolas y helechos. Con la complicidad absoluta de los perros y los peces dorados de su fuente japonesa. Totalmente la piel blanquecina al aire bajo su bata de baño. Los glúteos y las mamas generosas bamboleándose musicales, mientras sus plantas tibias evitaban aplastar las flores y se humedecían con el rocío de la madrugada a las tres de la mañana con el césped. Metiéndose debajo de tus sábanas sin preguntártelo antes. Y tú, que por alguna razón no te sorprendiste demasiado. La devoraste con tus brazos y tus besos, haciéndola desaparecer completita. Cobrando un afecto goloso por sus senos, dejándote cabalgar de un golpe por unas nalgas gigantes que chocaban sobre tu ingle, como dos  planetas recién nacidos en plena colisión. Como Venus y Marte; como Quetzalcóatl y Huitzilopochtli dándose batalla en plena guerra chichimeca. Combatiéndose, confrontándose, acoplándose sobre ti, succionando tu pelvis.

5

Te pidió que la acompañaras a hacer el trabajo de campo para una investigación. Decía que había encontrado un antiguo emplazamiento religioso de origen tolteca hasta ahora desconocido, ubicado en Tequila, en el estado de Jalisco. Según ella, sería el descubrimiento del siglo que revolucionaría todas las versiones previas de la historia mesoamericana. Juraba que escribiría una historia totalmente femenina de América Precolombina. Que Quetzalcóatl fue en realidad mujer: una sacerdotisa tolteco-chichimeca con la que establecía diálogos telepáticos a través del tiempo y el espacio desde años atrás. Te hizo leer mucha antropología y etnología. Libros de historia precolombina y sobre todo novelas. De estas últimas, las de Carlos Fuentes resultaron tu banquete predilecto.

Gracias a ella aprendiste a ser buen lector, tú que ni si quiera soñaste con terminar la secundaria, porque tus padres preferían que trabajaras desde niño y contribuyeras a los gastos de la casa y a la manutención de tus cinco hermanos. Tú que llegaste a vender empanadas, jiricayas, gelatinas, bombones y periódicos en los semáforos. Dejabas de jugar a las canicas para irte a trabajar en las paradas de autobús.

No quería que te refinaras, le gustabas así como eras: un jardinero discreto y honrado que leía a Carlos Fuentes y daba de comer a sus perros y a su gato. Vistiendo ropas sencillas, moreno, bello, regando sus plantas y leyendo al terminar tu jornada cerca de su piscina. Tú que limpiabas su fuente japonesa repleta de peces dorados y rojizas carpas koi de ornato, que igualmente le hacías el amor por las madrugadas cuando ella atravesaba su jardín para encontrarse contigo.

Decía que estaba escribiendo un diario de cambo antropológico del cual resultaría todo un libro dividido en dos tomos. Que lo iba a publicar en la Ciudad de México y Francia al mismo tiempo. Un día encontraste por accidente sus cuadernos de notas, los leíste y te asustó el discurso delirante, enloquecido y estrambótico que había en ellos. Una mezcla entre novela, diario de loco y fragmentos inconexos que daban miedo. Hablaba de ti, de repente, luego de algún escritor o de cierto sitio que visitaron juntos en los días previos. Establecía diálogo con una sacerdotisa tolteca imaginaria, quien supuestamente la orientaba desde otra dimensión para efectuar sus investigaciones. Describía con lujo de detalle el cunnilingus que le aplicaste aquella mañana de domingo mientras preparaba hot cakes para el desayuno, metiéndote bajo sus faldas y entre sus chamorros. Haciendo uso de toda tu lengua habilidosa y arrastrándola hasta el éxtasis definitivo.

Te cayó como un golpe de agua congelada, algo que ya sabías: que Carmen no estaba del todo bien. Que la cabeza no le carburaba de manera normal. Que su libro resultaría impublicable y que asustaría a cualquier editor. Pero tú la querías y la hubieras adorado aunque estuviera cien veces más loca de lo que ya estaba.

Y todos los sitios a los que te llevo. La pirámide de Cholula, la más grande del mundo, en Puebla, incluso más grande que la de Keops en Egipto. Las Yácatas circulares y enigmáticas de Tzintzuntzan. Las construcciones igualmente redondas de los Guachimontones en Tehuchitlán. El Observatorio Astronómico en Palenque, que te dejó sin aliento. El palacio de Kukulkán, como nombraban los mayas a Quetzalcóatl, en Chichenitzá, de quien Carmen era devota absoluta. En cuya cima se besaron amorosamente tú y ella durante diez minutos. Y Carmen, que para nada realizaba antropología con su cerebro racional, sino que se devoraba aquellas construcciones impensables y milenarias con sus manos: tocándolas, manoseando sus muros y baldosas, refregando su cuerpo entero contra las placas de piedra. Devorando sus escalinatas, frescos, esquinas, circunvoluciones con su corazón, con sus muslos, con su vientre y su sexo. Parecía acoplarse eróticamente con ellas más que estudiarlas. Así hacía Carmen su trabajo de campo: sintiendo las pirámides, absorbiendo los cerros, los paisajes, las rocas y las ruinas mudas. Haciéndolas hablar y estremeciéndolas. Para luego escribir toda la noche, casi sin descanso, más que para visitarte, sus inusuales diarios de campo que a pesar de todo resultaban bellos, igual que ella.

Fueron los tres mejores años de tu vida.

6

 

quetzal 1

 

Cuando se quedó dormida, completamente relajada en su cama, sonriente, después que yacieran juntos. Y el fatídico día siguiente en que Carmen nunca volviera a despertar. Los médicos determinando que se trató de un infarto fulminante mientras dormía. Murió tranquila, recitaban lúgubres y satisfechos los especialistas. Tenía su enfermedad mental como antecedente clínico de que ella no estaba del todo bien. Los familiares de don Pepe Montalvo y Dietrich precipitándose para repartirse sus pertenencias como sabandijas carroñeras: su departamento en la Ciudad de México, una granja con invernaderos en Avándaro, su casa en Houston y su suite en el Country Club de Guadalajara.  Donde permanecía la mayor parte del tiempo. No te permitirían siquiera ver una última vez su cadáver. Te echarían sin pensárselo. Dejándote llevar contigo tan sólo los tres perros, el gato y los libros de Carlos Fuentes. Lo único que por cierto, no les interesaba. ¿Quién más o mejor que tú los cuidaría a todos ellos? Averiguarías posteriormente, a través de la prensa, que su cuerpo sería incinerado y colocado en una cripta de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, junto al ánfora de níquel donde reposaban las cenizas inertes de don Pepe.

Entonces y sólo hasta entonces, comenzarían a revalorar su trabajo: los ciclos con sus películas en las universidades y la Cineteca Nacional. Los directores, actores y escritores quienes la conocieron u oyeron hablar de ella, impartiendo conferencias magistrales. De pronto todo mundo era experto en Carmen. Alguien del mundo de la televisión y el cine, un advenedizo, con el financiamiento de los hijos de don Pepe Montalvo, proyectando filmar una película sobre su vida, protagonizada por una actriz de moda mucho más joven, pareja de un político en turno. Habían pasado casi diez años desde que Carmen filmara su última película y huyera con Manik hacia Centroamérica. Alejándose de las cámaras para siempre. Desde entonces permaneció en el anonimato, estudiando antropología en México y luego en Guadalajara, escribiendo su libro y dedicándose a sus animales y sus plantas.

Y sólo tú sabrías cuánto llorarías en tu apartamento, ya sin tus padres ni hermanos. Y sin Carmen: Carmelita, Carmencita. Solitario y consolado tan sólo por la presencia cálida de los tres perros y de Oliver, el gato callejero. Cuánto extrañarías su cuerpo y sus besos, sólo tú, jardinero, sabrías cuanto.

Tu mente comenzando a fallar, como la de Carmen. Debido quizás al dolor que no soportabas y a la tristeza que no te daba tregua ni durante el sueño. Jugándote tretas y poniéndote trampas en las que no podías dejar de caer a cada paso. Afianzándote a la única compañía que te brindaban los animales, lo único que en aquel momento te salvaría de la locura. Escuchando pasos y ruidos en el pasillo de tu apartamento, en la cocina o el baño: risitas, susurros, muacs y shssss. Encerrándote en tu habitación con los animales para no ser acosado por singulares sonidos, chirridos, sombras, siluetas, pasos y voces.

Descubrirías, con una mueca trabajosa, que te dejó los singulares cuadernos con sus diarios y notas de campo. Haciéndotelos llegar a través de su abogado. Resultándote aún más difícil aquel pasaje, impensablemente doloroso, al recordarte con su letra, todo lo vivido a su lado.

Con la pena a cuestas y las taquicardias de tu corazón en ruinas, acribillado con flechas toltecas y nahuas, desangrado, lapidado con pedernales guerreros, arrojados por hombres águila y jaguar, igual que las pirámides que visitaron juntos tantas veces. Comenzarías a hojearlos y leerlos.

7

Los dedos chatos y breves de Manik se entrelazaron con los de Carmen, mucho más finos y alargados que los suyos. Él, algo más bajito que ella, su cuerpo y su carácter muy fuertes: un líder nato, poseía una voz poderosa, de barítono. Con la cual la enamoró. Asió su cuerpo al de ella, rozando con su pecho sus senos, sus labios con los suyos, cerciorándose de reojo que el mozo en el andén subiera con cuidado sus mochilas a la parte de abajo del autobús de la ADO. Le entregó una moneda de cinco pesos como propina. Ella no dejó de mirar constantemente a todos lados durante las dos horas que aguardaron su salida hacia Tuxtla Gutiérrez. Temía que la gente de don Pepe la estuviera espiando y la hubiera seguido hasta la Central Norte. Capaces de todo, incluso de llevársela a la fuerza de regreso junto a su marido y de hacer daño a Manik.

Su viaje iniciaría en la Ciudad de México y los llevaría durante casi 13 horas a través de Puebla y Veracruz para culminar en Chiapas. Desde ahí abordarían otro hasta la ciudad de Antigua, ya en Guatemala, donde los contactos de Manik los estarían esperando para trasladarlos hasta un sitio desconocido en la selva, cerca del Océano Pacífico.

La sacerdotisa le ordenó que abandonara a su marido cuanto antes. Acátl le habló con una voz femenina, limpia pero llena de una autoridad interna. Comenzó a presentarse en su recámara del Country Club, a donde el marido la visitaba cuando menos una vez al mes.

Carmen lo pasaba en los sets de filmación en Monterrey y la Ciudad de México. Así viviría casi toda la década de los ochenta: entre el Distrito Federal, Nuevo León y su suite del Country Club de Guadalajara. Siendo visitada eventual e inevitablemente por su marido. Era un tributo sufrido y doloroso que tenía qué pagar sin saber porqué.

“¡Él es el indicado…!”

Sentenció Acátl luego de que los presentara un contacto en Coyoacán. Se le aparecía en las madrugadas y pasaban largas horas hablando hasta el amanecer.

Los guerrilleros querían que filmara un documental sobre los movimientos de liberación en Centroamérica. A ella no le interesaba en lo absoluto la política. Pero estaba harta de su marido y de los medios de comunicación en México y en toda Latinoamérica. Añoraba enamorarse de alguien y hacer algo interesante. Manik era el portavoz. Se sintió atraída hacia él desde el inicio.

Sus dedos chatos y breves. Con los mismos que pulsaba las cuerdas de su guitarra, entonando con su voz grave y bella añejas melodías de Violeta Parra, Víctor Jara y Óscar Chávez. Con los mismos dedos y manos que escribía artículos de ciencias sociales y comunicados de su movimiento en Nicaragua y Guatemala. Las extremidades cortas que la acariciaban como nadie lo hizo jamás.

Y tú no podrías dejarte de sentir celoso al encontrar esos pasajes en sus diarios. Odiando a Manik Zaragoza, envidiándolo porque era un tipo instruido que la tuvo antes que tú. Alegrándote en el fondo por su tortura y muerte. Reprimiéndote luego y lamentándote después, porque Carmen lo amo también y te dolería mucho que sufriera, aunque no fuera por ti.

Sus dedos mínimos que la acariciaron una vez, siendo despojados de sus uñas ensangrentadas y mutilados por la policía centroamericana  en aquella prisión de Honduras. Sus ojos y sus cejas reventados por los golpes y su cuerpo estremecido por las descargas eléctricas aplicadas en los testículos por un oficial extranjero.

8

Llevabas días escuchando ruidos, pasos y voces en el pasillo. Esa noche te encerraste en la recámara de tu departamento con los perros bien dormidos bajo tu cama. Intentaste dormir, fallaste, manteniéndote despierto contra tu voluntad.

Hacia las tres de la mañana aquello era un concierto de gemidos, susurros, voces y pasos. Alguien o algo intentó varias veces abrir la chapa de tu puerta, luego cesó. Te tapaste con la sábana todo el rostro. Una mano recorrió tu cuerpo sobre la tela, acariciándote. Creíste reconocer aquella mano y sus caricias. Te hacías las ilusiones de que era una extremidad familiar. Levantaron de un golpe tus sábanas. Los perros ni se inmutaron. En un instante ya estabas besando y succionando unos senos que te conocías de memoria. ¿Carmen? ¿Habría escapado antes de la cremación y en realidad no habría muerto? Quizá regresó de la muerte para encontrarse contigo. Repentinamente su boca era más helada de lo normal, sus nalgas y su cadera en extremo frías, pero iguales de diestras a las de tu amada.

Te detuviste un instante. Recordaste que a las tres solía visitarla ella, la sacerdotisa. Quisiste hablar. Había algo en aquel cuerpo que te recordaba indudablemente al de ella. Por segundos jurabas que era tu Carmen. Tratas de articular algunas palabras, pero te silenció a besos y sentones.

En un susurro, jadeante, exhausta ella también, te dijo al oído: “soy las dos….” Y se desmayó sobre ti.

 

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