Ernest Hemingway, Por Quien Doblan las Escopetas

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A man named Thomas Hudson, who was a good painter, lived there in that house and worked there and on the island the greater part of the year… Thomas Hudson, who loved the island, did not want to miss any spring, nor summer, nor any fall or winter….

(ERNEST HEMINGWAY –Islands in the Stream)

 

La escritura de Hemingway es ordenada y pulcra, como alguna de sus múltiples escopetas, revólveres y rifles con los que hizo safaris por África en repetidas ocasiones. Los cuales tenía resguardados en el sótano de su casa de Idaho, a cuyo arsenal recurriría ya en su senectud, en pos de la poderosa escopeta Boss, para utilizarla un buen día contra sí mismo.

Bien pulidos, calibrados, listos para accionarse, los sujetos  y tópicos de sus oraciones emergen en cada párrafo perfecto, seguidos por sus predicados fieles, en sentencias breves, precisas y contundentes, como los disparos de un batallón de fusilamiento, pulcramente sincronizado para dar en el blanco. Éste estilo pragmático, concreto, muy poco errático y efectivo, sería una de sus fórmulas para el éxito literario. El cual tendría una influencia inmensa en cientos de escritores norteamericanos posteriores a él, e incluso en el mundo del  cine.

Islands in the Stream (Islas en el Golfo) nos muestra a un Hemingway disciplinado, con una vida casi espartana, como la de un antiguo guerrero griego o un monje de la Iglesia Ortodoxa. La vida de su personaje principal: Thomas Hudson, un exitoso pintor norteamericano, transcurre sin sobresaltos: rutinaria, ordenada pero sumamente productiva en lo artístico. Exiliado en una isla del Pacífico de la que es uno de los pocos habitantes y propietarios, su cotidianidad tan sólo se altera unas pocas semanas al año, cuando sus hijos lo van a visitar desde los Estados Unidos. Levantándose a las cinco de la mañana todos los días para ejercitarse y nadar en la hermosa bahía que habita, transcurre la mayor parte del día en su estudio, trabajando sin descanso en sus cuadros -es paisajista-, haciendo algunas pocas pausas para comer frugalmente, beber algunos tragos de buen licor y responder su correspondencia.

Solitario, férreo artista y creador, igual que Hudson, así era también Hemingway en sus largas estancias entre París, La Habana e Idaho, escribía buena parte de sus novelas y relatos de pié, sobre su poderosa máquina de escribir, tecleando incansable y girándose de espaldas tan sólo unos minutos al día para beber tragos de ron cubano y dar fumadas a sus deliciosos habanos.

Pero Thomas Hudson, del mismo modo que Hemingway, también es un hombre de acción: miembro de la CIA, la segunda parte de su novela nos mostrará un lado contrastante del meditabundo e introspectivo pintor Hudson. Trabajando en la Habana para el Servicio Secreto Norteamericano poco antes de la Revolución Cubana, aprovechando sus amplios conocimientos en idiomas europeos y cultura universal. Hará su contribución a sus compatriotas, ayudándoles a descifrar mensajes en clave de gobiernos enemigos También Hemingway tuvo una vida movidísima: reportero durante la primera guerra mundial, camillero voluntario y cronista periodístico, sería herido en acción en Europa y se enamoraría de una bella enfermera. De cuya vivencia surgiría la increíble novela Adiós a las Armas.  Recurrente cazador en África, sufriría varios accidentes en sus andanzas por el Continente Negro, caídas de aviones, quemaduras, fracturas, pérdida de todo su cabello y barba en incendios. De estas experiencias emergería uno de los mejores relatos cortos de la literatura universal: Las Nieves del Kilimanjaro, en donde la infección en la pierna perforada al caminar cerca de unos arbustos de un escritor, cuyo fracasado matrimonio contrasta con sus éxitos literarios, lo arrastra a una muerte lenta y angustiante, consumido por la gangrena, el miedo y los sentimientos de culpa.

Las Nieves del Kilimanjaro culminará con el descenso del escritor, quien a pesar de todo tendrá tiempo para reconciliarse con su última esposa y con la vida. Agonizando y lanzando su último aliento mientras contempla las cumbres nevadas del Kilimanjaro. Así sería también la vida de Hemingway: con rotundos éxitos en lo artístico, pero severos fracasos en sus múltiples y fallidos matrimonios, la paternidad y la vida afectiva.

El legendario Robert Jordan, héroe de su más famosa y celebrada novela: Por Quien Doblan las Campanas, elegiría una muerte heroica y tranquila mientras trata de huir con una pandilla de partisanos en la España de la Guerra Civil. Encontrándose al punto de conseguir escapar con el puñado de guerrilleros republicanos a quienes lidera a través las serranías de Navarra, tras conseguir volar con dinamita un puente de los franquistas, una bala de mortero matará al caballo de Jordan cuando ya casi se encontraba fuera del alcance de sus enemigos. En una decisión culminante y definitiva, se despedirá de su novia, la bella María, eligiendo esperar detrás de un árbol con su ametralladora a los militares que les siguen los pasos. Con la cadera fracturada, el fin de Jordan es seguro.

Así también, una  solitaria mañana, Hemingway descenderá dando traspiés por las escaleras de su sótano en los Estados Unidos. Paranoico, creyendo que el FBI lo monitorea día con día debido a sus vínculos con el gobierno cubano y con la República Española. Los incipientes síntomas de demencia senil y delirium tremence, fruto de una vida  de la mano del alcohol, constituirían la música de fondo de su último capítulo. Descolgaría la escopeta calibre 2, doblándola y desdoblándola temblorosamente en un clic, tras introducirle los dos cartuchos expansivos. Una depresión profunda lo perseguiría también desde meses atrás, al saber que de ningún modo podría recuperar sus manuscritos alojados en un banco en Cuba de antes de la Revolución, ni su casa en la Habana, ni su biblioteca de más de 3000 volúmenes, ni sus cañas de pescar, ni sus armas, ni otras de sus amadas pertenencias.

El helado orificio de la escopeta penetraría su boca y el accionar de su gatillo, no se harían esperar.

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