Un gringo visita a las prostitutas mexicanas en plena vía pública

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Dean aparenta mucho menos años de los que en realidad tiene. Acaba de cumplir cuarenta, aunque la gente al conocerlo piensa que apenas sobrepasa los treinta. Esto lo complace. Sobre todo al pensar en las chicas mexicanas, las cuales le fascinan.

Dean, Dean DeLeo. Su padre era un inmigrante italo-americano con el mismo nombre a quien le gustaba mucho leer novelas y libros de política. Murió de un infarto en París en un viaje de negocios. De él, Dean adquirió el gusto insaciable por la lectura y la avidez por devorar libros de todo tipo, aunque sus preferidos son los novelistas y poetas norteamericanos: Whitman, Poe, Bukowski, Kerouac, Miller, Ginsberg, Dos Pasos, Hemingway, etc.

Es imposible no observar la similitud entre su nombre y el del guitarrista de la emblemática banda grunge: Stone Temple Pilots. Ambos se llaman Dean DeLeo. Coincidentemente, por esos días acababa de morir el vocalista de la misma, el legendario Scott Weiland tras un largo y penoso peregrinar a través de las adicciones, las clínicas de rehabilitación y los hospitales psiquiátricos.

-¿No serás acaso el viejo guitarrista de los Stone…? Lo increpa alguien una mañana, en tono de broma durante su desayuno.

A lo que él sólo se concreta a responder que el inglés de su interlocutor es bastante fluido. Adulándolo. De ningún modo piensa que se refiere a los Rolling Stones, o a los Stone Roses, bandas inglesas ambas, bastante conocidas y respetadas. Hay quien dice que los Stone Temple Pilots fueron lo mejor que existió en la década de los noventa.

Dean labora como voluntario, impartiendo cursos de capacitación a paramédicos en la Cruz Verde y Roja. O eso dice.

A Dean le agrada desayuna siempre frijoles refritos con tortillas requemadas, queso y café negro. Es casi vegetariano. Aunque de repente se escapa a alguna esquina por unos tacos de carne asada o se permite pedir unos chilaquiles con pollo como desayuno. Le encantan los chilaquiles.

A Dean le gusta mucho la comida mexicana y le fascinan aún más las mujeres de este país. Lleva años buscando a su musa inspiradora en algún lugar de América Latina, el Mediterráneo, el Norte de África o en un suburbio perdido de Oriente Medio. Entre las múltiples ciudades que conoce gracias a su trabajo como voluntario y que recorre a pie de principio a fin, extrayendo y coleccionando imágenes de todas ellas con su Ipod 3.

Dean es paramédico autodidacta, nunca fue a la universidad ni finalizó siquiera el bachillerato, pero estudia muchísimo y de todo por cuenta propia, incluyendo idiomas, de los cuales habla más de cuatro. Así aprobó una certificación en rescate y toxicología: es experto en suicidios provocados por intoxicaciones y venenos. Y en cómo rescatar a quienes se encuentran en esas situaciones tras intentar quitarse la vida con diversas sustancias.

Dean recorre los callejones de la antigua zona roja de Guadalajara, de la misma manera que camina por las zonas de putas de Barcelona, Marruecos, La Paz y Lima. No lo dice, pero no cesa de buscar a una mujer a quien quizá conoció en otra vida. Por alguna razón, siente en lo más profundo que la encontrará en el mundo de las prostitutas callejeras.

Camina el Parque Morelos, cerca del Centro, de un extremo a otro, no habla con ellas, sólo las observa con paciencia, sin prejuicios, con bastante interés, hasta con cierta familiaridad y cariño en su mirada. Se desplaza por los callejones retorcidos y mugrientos, admira sus piernas y traseros en licras y lejeans. Adivinando el hilo diminuto de las tangas surcando las enormes nalgas de algunas, que lo envenenan. Les sonríe y ellas le corresponden, creyendo que contratará sus servicios. Pero no.

Dean cruza la avenida República donde desfilan algunas putitas callejeras, a punto de ascender hacia la Plaza Tapatía por unos escalones ruinosos. Es una morenita de ojos grandes, enfundada en lejeans y tops rojos. Intercambian algunas palabras breves en el dificultoso español que Dean apenas  habla. Trescientos pesos. Es bonita, le agrada, se llama Mary, sobre todo sus caderas y el hijo de las tangas que surca su trasero, el cual de repente quisiera explorar de cerca.  Pero no es lo que busca.

Dean avanza por las escaleras que lo llevarán hacia la Plaza Tapatía. El ambiente es infesto: el olor a orina y vomito dejado por borrachos e indigentes en los escalones puede causar nauseas a cualquiera, pero no a Dean, quien está acostumbrado a casi todo. Nadie sabe que además de rescatista en muchos países del mundo, estuvo detenido casi un año en un reformatorio de Los Ángeles por posesión de cocaína cuando tenía trece años. Pero ya es pasado.

Nadie sabe  tampoco que acaba de publicar una novela en los Estados Unidos y se encuentra trabajando en otra nueva.

Dean tiene unos pies muy grandes, calzados siempre en sus tenis nike azules. Sus enormes pies lo llevan a través de las escaleras. La morenita se queda mirándole con nostalgia desde la calle, abajo. Antes de irse le regaló un billete de cincuenta pesos nada más porque sí. Cuando regrese a su cuarto de hotel en el Centro, abrirá de nuevo su computadora portátil para proseguir escribiendo. Mañana terminará de impartir sus cursos y el sábado retornará en un vuelo a Washington, donde vive con su esposa. ¿Quién puede decir ahora qué viajes y cuántas chicas callejeras le esperen aún a sus tenis y  a su mirada?

Dean desaparece, asciende desde un averno diminuto hacia quien sabe dónde. De pronto todo es luz y Dean DeLeo se encuentra en otro ambiente por completo distinto.

 

 

 

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