¿Cómo superar las Crisis Emocionales por Tí Mismo?

depresión

 

Un hombre despegado, sabiendo que no tiene posibilidad de poner vallas a su muerte, sólo tiene una cosa que lo respalde: el poder de sus decisiones. Tiene que ser, por así decirlo, el amo de su elección. Debe comprender por completo, que su preferencia es su responsabilidad, y una vez que hace su elección no queda tiempo para lamentos, ni recriminaciones. Sus decisiones son definitivas, simplemente porque su muerte no le da tiempo de adherirse a nada.

(DON JUAN MATUS. –En: Carlos Castaneda, Una Realidad Aparte)

 

  1. El poder de las propias decisiones

Tal vez resulte obvio y a la vez difícil, el que nos recomienden reflexionar y analizar fríamente nuestra propia situación, en el momento de encontrarnos en el clímax de una crisis emocional o espiritual. Es decir, en la parte más álgida y dura, cuando la mente nos ametralla con el fuego a quemarropa y sin piedad de las culpas, los reproches, el miedo y la conmiseración.

Pero la actividad de concentrar la mente y discernir acerca de las últimas decisiones, algunas de las cuales pueden habernos llevado a la situación actual de incertidumbre, duda y temor, contribuirá, si no a atenuar o disminuir la ansiedad y el sufrimiento, por lo menos a brindarle en un primer momento, un significado distinto a la tormenta por la cual se está transitando.

Sabremos que lo que nos tortura, es producto de variadas decisiones tomadas sin que nadie nos obligara en lo absoluto a hacerlo, o peor aún, no asumidas en su momento y cobradas ahora con crueles intereses. Entonces contaremos con la oportunidad única de transformar el significado de la difícil situación experimentada. Sea para fortalecerse, una vez que se está seguro que se eligió lo mejor, a pesar de las consecuencias emocionales y materiales que puedan estar latigueándonos en el momento. Sea  para recobrar la oportunidad de asumir los propios errores y vislumbrar la posibilidad de elegir diferentes caminos en un futuro y corregir lo corregible. Tratando de no repetirlos nunca más, desde luego.

Contemplando así la realidad indescriptible y dura de las propias decisiones y actos, la crisis, aunque no menos dolorosa y catastrófica por ello, tendrá la oportunidad de adquirir un sentido por completo distinto que incluso se convierta en una oportunidad de trascendencia y evolución para el resto de la vida. Tal como sugería el psiquiatra, neurólogo y psicoterapeuta judío, Víctor Frankl, tras vivir una larga y penosa experiencia en un campo de concentración nazi. Donde en no pocas ocasiones tuvo la oportunidad de rescatar del suicidio y la apatía mortal a algunos de sus compañeros prisioneros. Antes que ellos se arrojaran para morir electrocutados en los alambrados de la prisión.

A continuación, podremos decidir rotunda y profundamente en nuestro corazón, que saldremos y superaremos los obstáculos y las tormentas que nos encontramos viviendo y que nada nos destruirá. Principalmente esto. Siendo así, nada ni nadie conseguirá apartarnos ni desviarnos de nuestra decisión absoluta e irrevocable de salir adelante y resolver por nosotros mismos nuestros problemas.

  1. Evitar contar o relatar nuestras dificultades a la mayor cantidad de personas posibles e incluso a nadie, si esto pudiera lograrse

Antiguos psicólogos y médicos de diversas épocas como el Mulaj Nashrudín, Teofrasto Paracelso y el mago George I. Gurdjieff, aconsejaban que cuando se padecieran dificultades o se tuvieran problemas, no se le compartieran ni se le contaran a nadie. Ellos explicaban que cada que platicamos o relatamos nuestras penas y preocupaciones a los otros, éstas se hacen crecientemente más grandes y asfixiantes. Lo mejor, según su sabiduría antigua, consistía en aprender a sobrellevar las penalidades por uno mismo lo más posible, y a contenerlas y disminuirlas en el propio corazón.  El cual es el único y verdadero refugio para cada uno.

Socializando y hablando en exceso de nuestra difícil situación, también nos exponemos al punto de vista y a los comentarios de los otros. Su visión de nuestras propias vivencias siempre será muy relativa, por más que nos conozcan. Sólo nosotros mismos sabemos lo que nos duele algo, o el trabajo que nos representa enfrentar y resolver ciertas cosas. Aunque a otros les parezca que nuestros problemas son insignificantes. Lo que para uno es muy sencillo, por su experiencia, cualidades y ventajas en la vida, para el otro puede representar un verdadero viacrucis, y esto solamente lo sabe él.

También nos exponemos ante los otros a cierta amargura y maldad de la que muchos tienen escondida en diversas dosis, aprovechando la menor oportunidad para sacarla y arrojarla a los demás. Cuando nos encontramos en crisis, nunca falta quien nos hable de su afortunada vida, ni de sus enormes logros en este mundo, haciéndonos sentir, en ocasiones intencionalmente, muy mal.

Siempre que hay alguien quien se encuentra en alguna crisis, nunca faltan las buenas almas caritativas, las cuales no tardarán en arribar para hacer, como dicen en Latinoamérica, leña del árbol caído. La sangre fresca, no tardará en atraer a más de algún tiburón sádico. Y éstos gozan sintiéndose bien, particularmente cuando a los demás no les andan muy bien las cosas.

Por ello habrá que tener muchísimo cuidado al elegir a quién compartir nuestras penas, problemáticas y dificultades, y con quien, ni de chiste acercarnos en estos momentos. Si lo vemos fríamente, en los momentos de crisis emocional, una mala elección de compañía o consejero nos puede hacer mucho más daño y confundirnos más.

Es muy útil discernir cuáles de nuestros problemas y dificultades sí requieren ser compartidos y socializados con nuestros familiares, amigos y pareja. Separándolos de aquellos que sólo nosotros tenemos el deber de resolver por nuestra cuenta. Sin ayuda de nadie. Sobre todo en el momento de encontrarnos en la parte más difícil de una crisis emocional.

Si intentamos detenernos un poco por un momento, por más dura que sea nuestra situación, el mero acto de comenzar a reflexionar acerca de qué cosas debemos resolver nosotros mismos, sin la ayuda ni los puntos de vista de los demás, se convertirá en algo que nos proporcionará un poco de calma.

Estar conscientes que en la medida que compartimos nuestras penas y sufrimientos, estos corren el peligro de adquirir dimensiones emocionales mayores cada que hablamos con alguien de ellos. De tanto repetirlos a los demás, los problemas se vuelven más reales y más aterrorizantes.

Es muy delgada la línea entre compartir y socializar nuestras dificultades, y  convertir a estos en quejas y conmiseraciones.

Además, buscando en los demás las respuestas que necesitamos, nos perdemos la oportunidad de aprender a encontrarlas en nosotros mismos, lo cual debería ser la finalidad última de toda enseñanza psicológica o espiritual.

En el momento más duro de una crisis, de la índole que ésta sea, acordarse de que las respuestas que buscamos en los demás, podrían ser mucho más tranquilizadoras, redentoras, prácticas y definitivas, si surgieran y fueran generadas por nosotros mismos.

 

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