G. I. Gurdjieff: La Lucha de los Magos

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  1. La Lucha de los Magos

“La Lucha de los Magos”: anunció esa mañana el conservador diario de San Petersburgo.

Era el año 1914. Rusia sufría las embestidas y consecuencias de la Primera Guerra Mundial.

Crisis internas y externas en su sociedad preparaban el escenario para la Revolución de Octubre que sobrevendría.  Casi inmediatamente después de acabar con la última Gran Guerra Mundial, ya se presentía en el aire el olor a sangre, pólvora, muerte  y fuego de la siguiente matanza.

No sólo una cruenta ruptura económica y de clases agitaba al País Blanco, también las hambrunas y el descontento social cundían.

Sectarias y subversivas ideologías nacían y se propagaban, confundiendo o encendiendo al pueblo con violentos y febriles ánimos. Los errores estratégicos y militares cometidos por el Zar, su ingenuidad y prepotencia, en breve le costarían el trono, su vida y la de su familia.

Los valores de los grupos de la sociedad oscilaban entre un materialismo ramplón, consecuencia de nocivas lecturas de Marx y Engels, así como un cristianismo místico primitivo, casi medieval.

Nuevos mesías emergían a cada paso prometiendo la salvación: hipnotistas, líderes revolucionarios, anarquistas, socialistas, espiritistas, conspiradores políticos. Todos confluían, se enfrentaban, copulaban, en una densa y explosiva coctelera social. El espíritu brillaba por su ausencia.

Al joven psicólogo y periodista P. D. Ouspensky le desagradó el título del espectáculo: “La Lucha de los Magos”. Escuchó que la dirigía un hindú, luego alguien le dijo que se trataba de un griego del Cáucaso. Pensó que sería un nuevo mercachifles, un farsante, uno más de los múltiples estafadores que visitaban San Petersburgo, anunciando que venían de la India o del Extraño Oriente, para transmitir y mostrar profundas enseñanzas, con la oscura finalidad de engordar sus bolsillos, aprovechándose de la curiosidad e ignorancia del público.

Todo lo que sonara misterioso y oriental resultaba muy rentable desde aquel entonces.

Recortó el anuncio del periódico y por alguna inexplicable razón, lo guardó entre sus cuadernos. Acababa de llegar de la India, previamente buscó maestros, escuelas espirituales, quería algo más. Así que el anuncio de un nuevo místico en su ciudad no lo entusiasmó demasiado.

  1. El Hombre del Mostacho

 

Gurdjieff

 

 

Lo encontró a los pocos días en la terraza de un café de San Petersburgo. Lo impresionó a la distancia el amplio y prolongado mostacho, su estatura imponente y la corpulencia de su dorso. Mostrando una fortaleza y vitalidad poco comunes. El brillo de su cráneo por completo rapado. Luego una voz gruesa y cristalina, límpida, atrapó sus oídos. Un rudo acento caucásico al hablar: persa o afgano mezclado con ruso oriental o griego, quizá. Sobre todo los ojos penetrantes, comprensivos y profundísimos, traspasaban a sus interlocutores, desnudando sus almas e inhibiéndolos.

Resultó imposible no escucharlo sin fascinación. Se sentaron en la misma mesa. El joven Ouspensky era escéptico, desilusionado de los misticismos y las escuelas espirituales. No quería nuevos maestros, ni prometedoras enseñanzas. No creía ni esperaba nada. Tras una búsqueda espiritual de años, luego de su regreso de la India, se volcaba de nuevo en el raciocinio y el análisis científico.

La guerra y las prisiones, por donde transito en la última década, trastornaron los jóvenes nervios del psicólogo, se encontraba desilusionado, sensible en exceso y deprimido. Leía sin parar, abrevaba de los avances de las ciencias exactas: la física, la química y las matemáticas, en busca de un asidero, también de la literatura mística, teosófica y esotérica. Sin proponérselo, su encuentro con el mago cambiaría el rumbo de su vida y su trabajo.

Gurdjieff lo escuchó atentamente, enfocó con interés su mirada, y luego refutó tranquilamente cada argumento del joven periodista. Bebiendo una tras otra, decenas de tazas de café turco y fuerte armañac. Hablando despacio y sin perder un solo instante la calma. De las arraigadas creencias del novel psicólogo Ouspensky acerca de todas las cosas, no quedaría absolutamente nada en pie.

Gurdjieff nació en Armenia, en una pequeña ciudad del Cáucaso, conocida hoy como Georgia. Poseedor desde niño de una curiosidad insaciable, fue educado por un Pope de la Iglesia Ortodoxa, de quien devoraría toda su biblioteca. Preparándose con él, originalmente como médico y sacerdote de la Iglesia Griega Cristiana.

Durante la adolescencia emprendería viajes por la Ruta de Seda, Persia, Jerusalén, Palestina, Egipto, India. Ya como tratante de alfombras, sanador e hipnotista. O como maestro de danzas y organizador de espectáculos orientales. Aprendería de artesanos, alquimistas, cazadores, criadores de animales, cocineros, médicos tradicionales, incluso de los ladrones del Cáucaso, quienes le ayudarían a desarrollar una paciencia de santo, al permanecer durante días y días acechando en la estepa, sobre las rocas, con un rifle y sin mover un solo músculo.

  1. El Sufrimiento Consciente

Para comenzar con su trabajo psicológico, Gurdjieff aconsejó a Ouspensky no evadir en lo absoluto sus emociones negativas ni tampoco alimentarlas, sino vivirlas a plenitud, sentirlas en totalidad y observarlas a la distancia.

Sabiendo de antemano que el sufrimiento consciente lo volvería finalmente un individuo despierto. El Mago señaló que por lo general, el hombre dormido, el hombre que se vuelve combustible para la Luna, el hombre masa, vive sin querer sufrir, buscando exclusivamente el placer. Produciendo respuestas mecánicas y asociaciones mentales involuntarias, las cuales se encuentran por completo fuera de su control. Evadiendo las responsabilidades y los sufrimientos conscientes. Evitando cargar y llevar a cuestas, voluntariamente su propia cruz.

Le pidió a Ouspensky que no hablara absolutamente con nadie de sus dolencias espirituales, pues al contárselas a otros, las amplificaba y las vivía como mayores. El Sufrimiento Consciente era todo lo contrario: consistía en soportar por decisión propia las más crueles tareas y disciplinas, pero teniendo muy claro el objetivo que se lograría con ellas: ser dueño de Sí Mismo y vencer los hábitos negativos y automáticos.

A partir de entonces, Ouspensky se convertiría en uno de sus principales discípulos. Transcribiría sus enseñanzas orales, charlas y conferencias, en el que más tarde sería el célebre texto: Fragmentos de una Enseñanza desconocida.

Con el tiempo Gurdjieff se interesaría cada vez más por sus Danzas Sagradas, se avocaría en la redacción de su propia obra escrita: Relatos de Belcebú a su Nieto, y en componer música sacra con su armonio.

Viajaría a  Nueva York en varias ocasiones y encontraría ahí un nuevo hogar.

Por su parte, Ouspensky continuaría escribiendo, poniendo en práctica y difundiendo las enseñanzas del Cuarto Camino, pero por cuenta propia. Constituyéndose él mismo como un verdadero maestro.

 

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