Juán José Arreola consigue hacer pasar al Camello por el ojo de una aguja

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No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

(JUAN JOSÉ ARREOLA –Confabulario)

 

1.

La gente se arremolinaba alrededor del joven juglar, fascinada y a la vez poseída por cierto temor, debido a su curiosa y poco común figura y su aún más singular habla, gestos y ademanes. Ataviado con desmodados sacos de terciopelo y estrafalarios sombreros de copa que nadie se atrevería a portar. Llamativos moños en el cuello, iguales a mariposas nocturnas y raras, posadas sobre su camisa. Aparentaba, más que un muchacho con 21 años de edad, tratarse de  un excéntrico caballero de la Europa del siglo XVIII.

Aún a pesar que muchos le temían y soltaban habladurías sobre su persona, no dejaban de congregarse a su alrededor al encontrarlo por las calles de la pequeña ciudad o en los cafés  de la misma, en donde mantenía entretenidos con sus monólogos durante horas a sus amigos, a los curiosos y sobre todo a las muchachas bonitas.

Lo lanceaban con sus preguntas insistentes y obsesivas sin dejarle tregua. Todos tenían noticia de su memoria prodigiosa, enciclopédica, y de la proverbial facilidad de palabra con que narraba cuentos, historias, del mismo modo que recitaba versos, coplas y letras de antiguas melodías. Sabían de sus conocimientos infinitos sobre diversos campos del saber humano. Como él mismo confesara, años más tarde en el prólogo de uno de sus libros, el habla y la conversación de campesinos y rancheros de su pueblo natal sería su principal escuela. Además de la biblioteca de su maestro de segundo de primaria, el humilde profesor José Ernesto Aceves, quien lo introduciría en el mundo de los poetas. Sabía de memoria novelas completas, cuentos de muchísimos autores y libros enteros de poesía en español, francés e inglés. A los doce años había leído ya a Baudelaire, a Giovanni Papini, a Zolá, a Dickens a Victor Hugo y a muchos otros.  En no pocas ocasiones en su lengua original. Era además un implacable y célebre jugador de ajedrez.

Como a todo buen juglar, quien jamás es profeta en su tierra, a veces se olvidaba que había nacido en el mismo pueblo que sus perseguidores: Zapotlán el Grande, ahora conocido como Ciudad Guzmán, en Jalisco.

En esta ocasión lo acosaban con el rumor de que conocía de memoria la última versión del Parto de los Montes, una narración del dominio público que a muchos intrigaba, del cual se decía que el flacucho juglar conocía el inicio.

Los curiosos y resentidos  cerraron  su paso mientras se dirigía a su trabajo en el colegio de monjas francesas donde impartía clases de literatura, redacción y francés a muchachos de secundaria. Lo amedrentaron y amenazaron con lincharlo en la plaza pública, frente a la catedral, si no se los contaba. Él se defendió igual que gato erizado, diciéndoles que en breve lo compartiría con todos en edición impresa a través del único periódico del pueblo, del cual era también periodista, para que lo leyesen y tuviesen acceso a él. Pero la gente era demasiado exigente con su modesta persona, acostumbrada a las bellas luces y fuegos artificiales de sus charlas, narraciones, pláticas y disertaciones en público. Como a buen juglar, querían escuchar el relato de sus propios labios. Le exigieron a toda costa, por sobre todas las cosas y en ese mismo instante, que les narrara el inicio de la última versión del Parto de los Montes.

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Unos años antes marchó hacia la Ciudad de México, contando tan sólo con tres años de la escuela primaria como únicos estudios formales. Con la finalidad de estudiar teatro, abandonando al poco tiempo sus clases debido a su impulsivo autodidactismo y al gusto por pasar las horas más bien sumergido en las bibliotecas de México y en los cafés, charlando con sus incontables amigos. Declarándose autodidacta desde entonces.

Su infancia transcurriría en plena Guerra Cristera, con monjas y curas escondidos en pasadizos secretos de antiguas casonas en Zapotlán y Guadalajara, misas clandestinas y rosarios a la media noche, en catacumbas, cuando los federales no pudiesen detectar a los fugitivos católicos.

Como principal formación, su padre, hombre a la vez práctico y soñador, simplemente lo pondría a trabajar, desempeñándose desde entonces en los más variados oficios: encuadernador, vendedor ambulante, periodista, corrector de estilo, difusor de la cultura, cuentacuentos, gramático, traductor, actor, guionista de teatro y cine, juglar e impresor.

En Guadalajara conocería al actor Luis Jouvet, quien le proporcionaría una beca del gobierno francés para viajar a París e involucrarse en el teatro, como espectador y extra en puestas en escena de las obras de Shakespeare. Empero, ni su frágil salud ni su delicado temperamento nervioso le permitirían adaptarse al frío clima europeo. Viéndose obligado a regresar a México, donde proseguiría trabajando, leyendo, contraería matrimonio y escribiría su primer libro y luego otros más.

El público de resentidos y curiosos que lo atosigaba no tendría piedad con él, consiguiendo acorralarlo y convencerlo al fin. No le quedaría más remedio que ponerse de pie, muy derecho, sobre una de las bancas de la plaza principal de Zapotlán el Grande. Se aclaró la garganta, a su alrededor se encontraban por lo menos cuarenta y tantas personas congregadas, a la expectativa del añorado inicio de su relato del Parto de los Montes. Repentinamente, un “calor de nido” se apoderó de su axila, debajo de su camisa y su chaleco. Algo comenzó a moverse, tierno y delicado: era un diminuto ratón blanco, casi recién nacido.

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Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Se trataba de un producto muy seguro para comercializarse, recomendado desde hace 2000 años por el mismísimo Jesucristo. ¿Quién no lo adquiriría?

Para ello hizo toda clase de experimentos lingüísticos, alquímicos y narrativos. Redujo al camello primero desde su estado animal a su expresión  química más pura: un diminuto derivado del zinc. Haciendo gala de toda clase de conocimientos sobre física, química, gramática, fonética y matemáticas. Para atraer a la mayor cantidad de público, adoptó el nombre de un físico alemán: Arpaud Niklaus, producto de su enorme e incansable imaginación.

La consistencia del zinc, aunque breve, no era aún lo suficientemente pequeña como para penetrar el ojo de la aguja. Se esforzó aún más por reducir al camello hasta su parte más ínfima: la eléctrica. Al igual que el escritor y astrónomo inglés Rodney Collins señala: la expresión más pura de la energía consiste en electrones libres, los cuales son la manifestación cuántica del alma. Ellos vienen del sol y regresarán a él cuando logren cumplir su ciclo cósmico, y tal vez luego irán más allá, hacia otra galaxia: Sirio o Antares. Un pedazo de las estrellas del que todos los seres en el planeta Tierra poseemos en nuestros corazones.

El alma del camello consiguió al fin penetrar el ojo de la aguja sin ningún problema, deslizándose a través de él y teletransportándose hacia el otro lado del diminuto instrumento. Transformada en un delgado hilo de energía. Así, el joven juglar, lograría también reducir sus cuentos y relatos hasta su mínima expresión narrativa, como el más preciso y diestro relojero del lenguaje, creando los más bellos y perfectos micro relatos de la literatura universal. Convirtiéndose en uno de los padres de este género.

No tardaron en acosarlo ahora nuevos clientes, curiosos y agresivos. Demandándole que los ayudase a transformar sus pesados cuerpos y almas a su estado energético más puro, no sólo para transitar a través de ojos de agujas, sino para escapar hacia lejanos sitios, huyendo de sus pecados, crímenes y pasado. Intentando mediante su aparato, expiar sus culpas y evadir sus responsabilidades. El juglar se dio cuenta que si accedía, se volvería cómplice de criminales, gentes de dudosas reputaciones y turbias historias. Por ello, decidió abandonar el nombre de Niklaus, cancelar sus experimentos físicos y las ventas del famoso aparato, más no los narrativos.

Con la finalidad de alejarlos o de ofrecerles una salida más justa para sus culpas y pecados, además de continuar generando recursos económicos para sostener a su familia, se convirtió ahora en vendedor de exóticos y mortíferos animales. Consiguió una Migala, un poco común tipo de arácnido, mezcla de cangrejo, araña y escorpión: una  escorpéndula. La cual, según prometía con su habilidosa voz de cuentacuentos y comerciante, asesinaría a su comprador sin ningún dolor ni molestia, en plena noche y cuando menos se le esperase. Ayudando a suicidas y delincuentes a escapar de sus responsabilidades morales y crímenes. Entonces todos los curiosos, exigentes y resentidos, se alejaron y le dejaron en paz para siempre. Y aunque se vendieron varios ejemplares de aquel repulsivo y peligroso ser, jamás se tuvo noticia de que ninguno de ellos lograra picar a nadie.

Sesenta años después, luego de escribir bastamente, dar clases y tratar de preparar a jóvenes escritores para convertirse en la vanguardia que revolucionaría la literatura mexicana, su exigente pero fiel clientela y público conseguiría finalmente acorralarlo y recluirlo en el interior de una estatua de bronce. Situada en la parte lateral de la Rotonda de los Hombres Ilustres, en el Centro Histórico de su amada Guadalajara. Con forma semejante a la suya, aunque no exactamente igual, sobre todo en la parte del rostro. Por lo cual el juglar no estaría muy satisfecho ni conforme con su nuevo hogar.

Se le hicieron homenajes y reediciones de todos sus libros para intentar convencerlo de quedarse ahí. Lecturas públicas y maratones literarios con niños que leían en voz alta sus cuentos y su novela durante horas.

A pesar de que el juglar ya tenía más de ochenta años de edad, aún seguía manteniendo aquel carácter indómito que lo impulsara a convertirse en un célebre escritor autodidacta y campeón de ajedrez. Negándose por completo a permanecer recluido dentro de aquella prisión helada y metálica, escaparía una madrugada, habiéndose transformado a sí mismo en un fino y delicado hilo de electrones libres. Igual que en su antiguo aparato para reducir al camello.

Como una columna de espermatozoides inquietos y anhelantes, buscando su destino definitivo en el óvulo de alguna estrella lejana, los electrones sutiles de su alma escaparon a través del gélido corazón de aquella estatua. Desidentificándose y liberándose de ella de manera definitiva. Extendiéndose una y otra vez sin parar, desdoblándose desde el delicado y magnífico  hilo energético que ahora era, hacia una amplia tela solar sin principio ni fin, la cual formaría parte de todos los textos, relatos, comedias, poemas, tragedias, narraciones, lenguas, lenguajes y libros escritos por la humanidad.

 

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