EL COLOMBICULTOR: Una Historia Espiritista

ImagenEL COLOMBICULTOR: Una Historia Espiritista

 

Por: Carlos Filiberto Cuéllar

 

A mis padres: Carlos y María Eugenia, quienes me inculcaron el amor por los animales.

 

ÍNDICE:

1. Primera Parte: La Casona y las Dos Muchachas.

2. Segunda Parte: Otra Mujer.

3. Tercera Parte: Adiós a la Casa.

 

PRIMERA PARTE

LA CASONA Y LAS DOS MUCHACHAS

 

A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva oscura, por haberme apartado del camino recto. ¡Ah! ¡Cuán penoso me sería decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo renueva mi temor; temor tan triste, que la muerte no lo es tanto! Pero antes de hablar del bien que allí encontré, relevaré las demás cosas que he visto. No sabré decir fijamente cómo entré allí; tan adormecido estaba cuando abandoné el verdadero camino.

(DANTE ALIGHIERI –Divina Comedia. Infierno. Canto Primero.)

 

 COLOMBICULTURA: Arte de criar y fomentar la reproducción de palomas .

(DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA  ESPAÑOLA DE LA LENGUA)

 

1

Margarita colocó una silla en el centro de la habitación y se posó encima de ella para poder estirar suficientemente el brazo e insertar el foco en la lámpara del techo. El foco giró cuidadoso bajo sus dedos de porcelana fina, hasta establecer contacto entre la bombilla y la corriente eléctrica,  descubriendo su pálida epidermis al encenderse e iluminando en su totalidad el dormitorio.

Toda la habitación estaba decorada con terciopelos y holanes blancos, bajo su gusto más personal. Su cama cubierta por el gigantesco fantasma de un velo transparente, sólo se abría de noche para que ella pudiera descansar. Permitiendo exclusivamente los lunes, miércoles y viernes, la visita de su hombre: los días justos en que le tocaba a ella recibir en su recámara a Trinidad, el único hombre de la casa.

Y Trinidad asistía puntual para dormir con Margarita, como si dormir con ella y hacerle el amor esos días solamente, estuviera regido por un calendario solar que controlara la totalidad de su conducta. Como si ambos fuesen dos girasoles, obedientes a la voluntad de los astros y los cambios fluviales.

La recámara, decorada muy al estilo de finales del siglo diecinueve, coronada con una figura del Sagrado Corazón en la cabecera, muñequitos de pasta, bronce y detalles de latón, hacía una combinación perfecta con el resto de la antigua casona donde vivían los tres habitantes.

Margarita salió de su recámara y caminó por los anchos pasillos como un fantasma delicado.

La historia de la casa se perdía  con sus ancestros, quienes la habitaron desde hace más de un siglo. Las habitaciones donde ellos dormían estaban en el segundo nivel de aquel arcaico palacete. Un cancel de hierro con macetas de helechos y jardineras repletas de flores raras y plantas adictas a la sombra, permitía asomarse al patio interior en el piso de abajo. En el primer nivel se encontraba instalado el taller de pintura automotriz y laminado de Trinidad, de donde provenían los no muchos recursos económicos de los que vivían.

Margarita se inclino por encima de aquel antiguo barandal de hierro y contemplo a Trinidad en plena faena. Trinidad sostenía una pistola de aerosol y disparaba la brisa azul sobre un Ford de modelo muy pasado. Él se dio cuenta que ella lo miraba, buscó con sus ojos tímidos los de ella y sonrió discreto, con una sencilla línea curveada en sus labios. Margarita, quien conocía demasiado a Trinidad, sabía que este vestigio de sonrisa y saludo, ya era mucho para las expresiones y la personalidad poco efusiva del sujeto. Aún así, ella también sabía valorar las escasas palabras y demostraciones de afecto de su hombre, y ésta sonrisa le pareció el más cálido abrazo que ella recibiera en la mañana.

Margarita continuó caminando por el viejo pasillo de roca, alrededor de la barandilla y las jardineras que delimitaban el vacío que llevaba al patio y al taller. Entró en la cocina: una de las habitaciones donde Lourdes, su hermana, asaba en un comal tomates y chiles secos. En una cazuela hervían los muslos de una gallina, y en otra, más pequeña, borboteaba un caldo de lentejas con perejil.

Margarita era silenciosa, al igual que Trinidad. En contraste, Lourdes, o Lulú, como la llamaban de cariño, hablaba casi todo el tiempo. Hablaba mientras hacía la comida, hablaba cuando comía, estudiaba platicándose a sí misma las cosas; leía en voz alta. Por eso se tardaba tanto en leer tan sólo un libro y en cocinar.

A las dos de la tarde, como siempre, Trinidad cerró el portón principal de la casa, que era la entrada a su taller y subió a comer. Margarita y Lulú ya lo esperaban con un guisado de gallina con chile y sopa de lentejas. Lulú hablaba sin parar mientras masticaban, y Trinidad y Margarita la escuchaban, asentían y sonreían con atención. No porque no se estuvieran comunicando con ella, al contrario, Lulú jamás dejó de sentirse escuchada y acompañada por Trinidad y su hermana Margarita, sino porque simplemente no les era de su naturaleza a estos dos últimos intercambiar palabras sin cesar, como sí lo era para la hermana más joven.

“Quiero estudiar biología.”

Dijo Lulú, y los otros dos le escuchaban. Desde que terminara la preparatoria, por lo menos habían sido unas veinte las opciones distintas para una carrera que temporalmente ilusionaran a Lulú, para luego decepcionarse por entero de ellas y buscar otras. Lourdes deseó estudiar primero medicina, luego contaduría pública, más adelante derecho y letras, pero siempre cambiaba, e invariablemente caía en un habitual estado de inseguridad absoluta, en el cual perdía toda orientación acerca de su vocación. Después de estar muy entusiasmada con estudiar una licenciatura o ingeniería, volvía a dudar de sí misma, deteniéndose justo antes de iniciar los trámites para cualquier escuela. Así transcurrieron los últimos cuatro años, sin poder decidirse por ninguna universidad, ayudando a su hermana en las labores de la casa, a Trinidad en algunas actividades del taller de laminado, o leyendo por su cuenta todos los libros que le compraban cada que una nueva profesión le pasaba por la mente. Trinidad le consiguió libros de medicina, filosofía, administración, literatura. Todos eran introducciones, a excepción de las novelas y Lourdes los leía en voz alta y a paso lento.

Trinidad terminó su comida, llevó sus platos a la pila de cemento que les servía de fregadero y se perdió por uno de los pasillos que llevaba a las escaleras de la azotea, donde vivían sus palomas.

“Ahora te va a comprar libros de biología…” Comentó Margarita en voz muy baja, y Lulú soltó una carcajada.

“¡Biología es la carrera que voy a estudiar…!” Gritó Lulú. Y Margarita sonrió, negando al mismo tiempo con la cara.

2

Lourdes tenía los martes, jueves y sábados en las noches para dormir con Trinidad. Lo esperaba una hora exactamente más tarde de lo que Margarita lo recibía los otros tres días de la semana. Era así, porque a partir de las seis de la tarde ella comenzaba a estudiar los libros que recién le conseguían para su nueva carrera o alguna novela interesante, y no era sino hasta las nueve de la noche cuando podía entrar Trinidad en su habitación. Ya que a esa hora Lourdes terminaba sus diarios y autodidactas estudios. A diferencia de Margarita, quien acostumbraba abrirle su puerta desde las ocho, o incluso desde las siete de la tarde, cuando compartía con él una taza de café negro con un trozo de pan, unas sonrisas y muchas menos palabras, para luego hacer el amor y dormir hasta el otro día.

Pero Lourdes era totalmente distinta: después de estudiar hasta las nueve de la noche, hacía el amor hasta que Trinidad se quedaba dormido, luego ella volvía a sus lecturas en la oscuridad, bajo la discreta luz de una lámpara de alógeno.  En muchas ocasiones, tras acoplarse con su hombre, ella tomaba su flauta transversal y se iba para la azotea, donde practicaba, dando conciertos a las palomas y las gallinas, despertándolas o arrullándolas con alguna sonata o corta melodía.

Nunca ocurrió que Trinidad se equivocara y que siendo martes, accidental o erróneamente apareciera por el cuarto de Margarita, debido a que estos días le pertenecían a Lulú con exclusividad. O al revés, que siendo el día en que tocaba hacer el amor con la hermana mayor, Trinidad pasara la noche con Lourdes. Estaban coordinados por un calendario abstracto y superior a ellos, escrito por encima de la voluntad de todos, que les dictaba cómo, cuándo, a qué horas y de qué manera hacer las cosas sin entorpecerse mutuamente. Al igual que les ocurría a las palomas y a las gallinas habitantes de su azotea, y que apenas o jamás se cuestionaron siquiera su pequeña existencia.

Trinidad se levantaba a las cinco de la mañana todos los días, incluso los domingos. Hacía oración inclinado ante un crucifijo de olivo, un Sagrado Corazón y una figura de San Francisco de Asís, y luego terminaba alguna lectura pendiente. Comenzaba un nuevo libro de su larga lista de espera, o repasaba su Biblia de Jerusalén.

Iniciaba ocasionalmente sus días con los Diálogos de Platón, con las Florecillas de San Francisco de Asís, o las Confesiones de San Agustín. A las siete subía religiosamente a su palomar, ubicado en la azotea de la vieja casona, para alimentar a sus palomas y a las gallinas que él mismo criaba. Cuando se daban las nueve, ya estaba de regreso en la cocina para desayunar.

Margarita también se levantaba temprano, aunque no tanto: a las siete de la mañana por lo general preparaba el desayuno. Luego almorzaban los dos. Lourdes se levantaba hasta las once del día, solamente porque a ella le tocaba elaborar la comida. Para entonces Margarita ya había hecho la mayor parte del quehacer en toda la casa.

Lourdes organizaba los ingredientes para la comida, extrayendo lo necesario del viejo refrigerador de escarcha, licuando salsas, picando cebolla, ajo, siempre tardándose demasiado tiempo en cada detalle y acompañada con su eterna plática para sí misma y para quien la escuchara, como una música eterna y muy particular que le resultaba imprescindible.

3

Trinidad era un hombre humilde, si es que en verdad puede llegar a afirmarse tal cosa de alguien. Su madre lo bautizó con el nombre de Trinidad por La Santísima Trinidad, y es posible asegurar que desde el inicio de la vida de este personaje había humildad en él. A la hora de su nacimiento, la imagen de su madre rogándole a una iconografía con el Dios Padre, el Dios hijo y el Dios Espíritu Santo, sobrevivir a la agonía del parto en la recámara, con una sensación de fin del mundo, asistida por una comadrona experta, un perro dormido bajo la cama y las imágenes de San Jorge Bendito y San Francisco de Asís, no dejarían de acompañarlo y anunciar desde ése día, la sencillez de la vida futura de este hombre. Sobre todo la figura del Espíritu Santo: la paloma blanca que al vuelo dejaba tras su cola una estela de luz, sería quien guiara su vida y se volviera por siempre su mayor y más importante sino.

Trinidad amaba las palomas, siempre supo que su mismo nombre estaba ligado con ellas, por su padrino el Espíritu Santo. Trinidad estudiaba en la escuela Niño Artillero, curioso nombre para una escuela que cambiaba de  administración al terminarse el turno matutino. Por la mañana se llamaba Escuela Niños Héroes, y los niños que asistían en ese turno iban bien vestidos, con sus refrigerios cuidadosamente preparados por sus mamás, sus uniformes limpios, niños bien portados que tenían las mejores calificaciones. Pero por la tarde se convertía en la Escuela Niño Artillero, entonces era otra cosa, casi nadie portaba el uniforme completo ni limpio, la mayoría de los niños llevaba los zapatos prestados por sus hermanos mayores, o botas de trabajo con las que ayudaban a sus padres por la mañana en algún taller mecánico. Por lo menos ese era el caso de Trinidad, quien trabajaba en la mañana en el taller de laminado de su padre.

Un día, a la hora de entrada de la escuela, Trinidad llegó arrastrando sus botas industriales después de una extenuante jornada laboral, encontrando a su primera paloma. Era un pichón que se cayó de un improvisado nido, ubicado sobre los ventanales de la dirección. Cuando alguien abrió la ventana, sin percatarse,  el vidrio barrió a la avecilla arrojándola sobre el patio de la escuela. Los niños que esperaban la primera campanada para formarse, justo antes de entrar al salón, ya comenzaban a ensayar la puntería, lanzando piedras sobre el pequeño pichón. Entonces Trinidad, escuchando el ruego del Espíritu Santo, corrió hacia la paloma, tomándola por las alas justo cuando algunos de sus compañeros afinaban cada vez más su puntería sobre el animal. “¡Órale, porqué te lo llevas!” Gritaban los infames compañeros que querían matarlo, pero Trinidad corrió hasta meterse en su salón.

Una vez  a salvo, miró brevemente su botín: un pichón negro, casi un cuervo abominable, con la horripilancia de la niñez de los animales. Muchos animales son feos cuando son apenas crías. Tenía pocas plumas y conservaba pequeños cabellos color amarillo, como vestigios de su vida dentro del huevo. Lo guardó en uno de los compartimentos de su mochila. El animal, piando, se dejo coger, creyendo que la mano de Trinidad era su madre y la mochila, su nido.

El muchacho pasaría toda la noche construyendo un palomar para su ave, con los conocimientos, las herramientas y los materiales con que contaba un niño de la escuela primaria, quien vivía en una de las antiguas vecindades del Centro de la Ciudad.

4

 El resto de su vida no varió mucho. Empero, Trinidad no se aburría jamás. Se dedicó casi siempre a lo mismo: a cuidar de sus aves, las cuales multiplicaron su estirpe, y a continuar el trabajo del taller de laminado, herencia de su padre después de que éste falleciera. Le parecía increíble cómo en un parpadeo y medio suspiro, se le acabó su infancia, entre palomas y volkswaguens antiguos que le llevaban para pintar y laminar a su taller.

Terminó la escuela primaria y se le fueron sus años de la secundaria, entre palomas, coches viejos, insoportables culpas después de masturbarse y las infaltables amenazas del sacerdote de su barrio: el padre Raúl, de que las llamas del Averno y la  condena eterna, esperan para quien intente ir más allá de la cintura para abajo.

Luego la preparatoria pública: Trinidad era tan humilde y tímido, que siendo ya un joven quien podría haber aspirado, como mínimo a ser novio de alguna de sus compañeras del bachillerato, por lo menos de alguna de las que nadie más quería, de aquellas gritonas que se sentaban hasta atrás del salón de clases y que nadie se molestaba siquiera en mirar, no se atrevió jamás a actuar. Hasta que tras un mes de meditación y reflexión acerca de todos los pormenores y posibilidades, logró regalarle una de sus palomas blancas con una cartita de amor, a la única hija soltera de la sirvienta que trabajaba en una casa, justo enfrente del taller de su padre. Trinidad ya tenía en la mira a la muchacha: morena, casi negra, como escapada de un poema del cubano Nicolás Guillén:

“Piel,

carne de tronco quemado,

que cuando naufraga en el espejo,

ahúma/ las algas tímidas del fondo…”.

 Nunca se atrevió a hablarle, ni la muchacha contaba con su existencia en el mundo, escondido siempre en lo recóndito de su taller. Pero un día se presentó ante ella, así de repente, le ofreció una paloma blanca, con una cartita atada en la pata izquierda. La blancura de la paloma contrastaba con lo negro de la ahumada piel de Araceli. “¿QUIERES SER MI NOVIA?”. Y a Trinidad le parecía que al redactarla durante toda la noche anterior, creaba la más larga Oda a Persia, jamás escrita por el portugués Fernando Pessoa.  Araceli le llevaba diez años de edad, ruborizada, a pesar de su negrura, y Trinidad estuvo consciente de esta reacción. Ella le dijo que la esperara una semana, porque tenía que pensarlo y arreglar unas cosas.

“¿Qué cosas, cuáles tienes que arreglar?” Preguntó Trinidad desbordándose de ganas por ella.

“Cosas de mujeres” Respondió Araceli un tanto tímida, pero sabiendo que igual que a la paloma, ella ya lo tenía a él también entre sus manos.

No durarían demasiado de novios, seis meses a lo mucho. Trinidad no logró ir más allá de aquellos pezones morados que puntualizaban el límite de unos hermosos pechos color del carbón. Araceli ya se quería casar con él, aunque el pobre muchacho todavía no terminaba ni la preparatoria y tenía que atenerse a los ingresos asignados por la suerte de los clientes que asistían al taller. Trinidad no estaba seguro de tener que dedicar todo su salario y tiempo para compartirlo con una mujer, y posiblemente dejar los estudios ante un compromiso tan grande como el matrimonio.

“Espérame otros seis meses”. Le dijo.  “Nomás termino la prepa…”

Pero no pasarían más de dos semanas cuando Araceli huyó a la lejana Ciudad del Imperio, en busca de mejores y más rápidas oportunidades amorosas. Trinidad se quedó con todas las ganas de ir mucho más allá de esos pechos morenos: redondas obsidianas, tersas y voluptuosas. Años después se enteraría que Araceli tuvo tres hijos de tres hombres diferentes a quienes conoció en la Ciudad del Imperio, lejos de él. El solo pensar en buscarla, con sus tres niños de distintos padres, le producía una idea más bien  desagradable. ¿Qué haría él con tantos niños? Se preguntaba, mejor dedicarse a sus palomas. Muy pronto la olvidó.

Esa fugaz y breve historia de amor con la hija de una sirvienta, el trabajo con su padre en el taller, el final del bachillerato, las crisis económicas del país que embestían cada cierto tiempo los pequeños comercios como el suyo, agitaban su vida de manera rápida y estrepitosa, igual que el vuelo de sus palomas.

Poco antes de morir, su padre cambió el taller desde el barrio de las vecindades donde vivían, a la parte baja de una vieja casona que se encontraba frente a la Parroquia, en pleno Centro de la ciudad. Se asoció con un viejo comerciante y antiguo propietario de camiones de carga, quien por cierto también tenía dos hijas: Margarita y Lulú.

Apenas verlas por primera vez, Trinidad bajó la cara al piso, apenado, mientras ayudaba a su padre a instalar las herramientas: el torno, las pistolas para pintar los coches y  la sierra para rajar el metal. Margarita ya era algo madura, quizá un par de años mayor que Trinidad, Lulú apenas una adolescente que finalizaba para entonces la escuela secundaria. Pronto olvidó a la ingrata Araceli, para terminar enamorándose de las dos muchachas de la casa.

5

Don Prisciliano era el padre de Margarita y de Lulú. Ellas vivían en la parte superior de la casa en la que ahora estaba el taller de laminado. Trinidad las veía deambular por los pasillos desde el patio interior, donde él se dedicaba a pulir y lijar las láminas de los viejos coches que les llevaban, para luego ametrallarlos con el rocío de la pintura. Ellas no lo miraban ni un poco, entretenidas en cocer sus vestidos y atender las necesidades de su padre viudo.

Trinidad habló con don Prisciliano para solicitarle permiso de construir unos palomares en la azotea de aquella casona, debido a que sus animales se habían reproducido tanto, que ya le resultaba insuficiente el espacio en la vecindad para tenerlos. Don Prisciliano le dio la llave de la puerta de la azotea y el muchacho subió por unas oscuras escaleras de piedra, como si se introdujera en el interior de una antigua catacumba ascendente. La azotea de la casona era muy amplia. Trinidad pudo construir cerca de veinte palomares y pronto sus pichones tuvieron más que el espacio necesario y suficiente para multiplicar como los hijos de Abel, su abundante y numerosa estirpe. Margarita no decía nada al respecto de las palomas, pero Lourdes se oponía totalmente a la presencia de los animales y sobre todo a que fueran cientos de especímenes, además de incomodarle la idea de que Trinidad anduviera mañana y tarde alimentando bichos en su azotea. Sin embargo, don Prisciliano tenía la última palabra y al parecer a él no le incomodaban, pues al final él mismo acabo tomándoles gusto. El señor comenzó a pasar las tardes después de terminar las labores en el taller, junto con Trinidad, contemplando los rituales de alimentación y apareamiento de las aves.

6

Vinieron épocas difíciles. Don Prisciliano evadió impuestos durante años, no tanto por falta de dinero, sino por cuestión de comodidad. A lo largo de décadas permitió que los recibos de la oficina recaudadora se acumularan sin hacer nada por pagarlos, ni mucho menos pedir la asesoría de un contador público. Hasta que llegó un requerimiento por una cantidad que casi superaba el costo de su vieja casona. El hombre pasó muchos días sin dormir, revolviéndose en su cama y en su mente, porque no tenía para saldar semejante deuda. La situación económica del país de entrada no andaba del todo bien y la del taller en consecuencia no estaba mejor.  Lo peor del asunto es que el viejo no quería decir a nadie el apuro tan grande que traía.

Una mañana ya no pudo levantarse, paralizado por una embolia que le petrificó la cara y medio cuerpo. Don Prisciliano contó por fin a sus hijas con una entrecortada habla, apenas entendible, que le iban a quitar la amada casona, la cual perteneció a su familia por generaciones y que obviamente cerrarían el taller. Trinidad lo cargó en sus brazos para llevarlo a defecar al mingitorio, lo ayudó a desabrocharse el pantalón y lo sentó en la taza del excusado.

“Hijo, hazte cargo de mis hijas y del taller….” Dijo Don Prisciliano antes de expulsar sus eses fecales con estrépito.

Huérfano desde poco tiempo atrás, Trinidad tenía guardada cierta cantidad de dinero que le dejó su padre antes de morir y otro tanto fruto de los ahorros de casi diez años. Pidió el faltante como crédito al banco y logró salvar la casona y el taller.

La cuestión restante eran las hijas de don Prisciliano, quienes estuvieron toda su vida demasiado ligadas con el padre, excesivamente consentidas e incapaces de valerse por sí mismas e incluso de salir a la calle solas.

En la última etapa de la enfermedad de don Prisciliano, cuando el viejo ya no se levantaba de la cama en lo absoluto, Trinidad acompañó a regañadientes de la muchacha, pero para regocijo suyo, a Lourdes hasta la preparatoria, la cual apenas iniciaba ella en aquel entonces. Se sentía feliz de caminar silencioso en su compañía: muy bonita muchacha, preciosa, arreglada para gustarle a sus compañeros de clase. Trinidad se quedaba en la esquina mientras la observaba abrirse paso por el cancel automático y perderse en los edificios escolares. Luego regresaba para ayudar a Margarita con los cuidados de don Prisciliano, alimentar a sus aves y retomar las labores del taller.

Al final, ya era tan natural que Trinidad tuviera que mudarse a vivir en la parte baja de la casa, exactamente junto al taller, que las dos hijas ni siquiera comentaron el hecho. A la segunda planta, donde vivían Lourdes y Margarita, únicamente accedía para cargar a don Prisciliano al baño o sentarlo en la mesa a la hora de las comidas, siempre y cuando el señor se sintiera con ánimos  para acompañar a sus hijas a comer en la cocina. Trinidad se fue quedando a desayunar y a comer con ellas también, sin tener que calentar sus tortillas en una pequeña estufa eléctrica en su taller, como lo hacía cuando comía solo. Lourdes y Margarita se fueron acostumbrando a poner un juego de cubiertos extra en la mesa y a preparar raciones más considerables de comida ante el no poco apetito del Colombicultor.

7

Margarita cerró las pesadas cortinas de lino de su ventana y en contraste, abrió las de seda que cubrían su amplia cama, de colchón duro y espacioso en su habitación. Hoy le tocaba recibir a su hombre y ya estaba empezando a anochecer.

Fuera de la recámara, hacia los oscuros pasillos y el patio interior, se escuchaba todavía la presión de la bomba y la pistola de aire, la cual lanzaba una descarga colorida sobre el chasis de un viejo Renault. Seguramente Trinidad aún trabajaba bajo la petición de un cliente desesperado, quien les urgía para sacar su auto del taller.

Hubo un silencio en intervalos, en los que se escuchaba también el rechinido del portón cerrándose: era la hora de descansar y cerrar el taller. Otro lapso de casi una hora, en el que Margarita intuyó que Trinidad andaba preparando a sus animales para dormir. Aunque nadie se lo crea, un criador de aves experto y con conocimiento, sabe que hasta en la noche es necesario acompañar a los animales antes que se duerman, para verificar que todo esté en perfecto orden y no falte alimento ni agua. Verificando que las puertas de las jaulas de los gallineros y palomares estén suficientemente aseguradas para que ningún gato cazador, ni la muerte, si es que a ella también le apetece, encuentren con facilidad la entrada para hacer suyas las pequeñas vidas de las palomas y las gallinas.

Margarita caminó fuera de su habitación, como acostumbraba, alrededor de los pasillos, al igual que un espectro delicado  con su bata de noche bajo la cual, premeditadamente, para facilitar el encuentro con su hombre, brillaba por su ausencia la ropa interior. Se introdujo en la cocina de donde provenía un olor a café con canela, apagó la estufa en la que hervía una cazuela con frijoles y otra con el café de olla. Trinidad abrió la puerta antigua de la cocina, dividida en dos tablones gruesos y podridos y miró con ojos inmensos a Margarita. Todo estaba pre programado por el calendario biológico y solar que regía sus vidas.

Comieron los frijoles y tomaron el café. Mientras margarita lavaba los trastes en la pila de cemento, sintió que las manos de Trinidad la envolvían por la cintura y luego subían por el contorno de la bata, hasta encontrar el rastro de sus pezones, que al tocarlos cobraron vida como semillas fertilizadas. Margarita se estremeció y casi se deshizo entre las manos del Colombicultor. Era un fantasma a punto de desvanecerse entre los brazos  de la memoria y el deseo. Pero su propio deseo también le hizo recordar otras cosas:

“Hoy vi al sacerdote de nuevo…, al padre Raúl….”

Dijo ella, haciendo como que Trinidad no la acariciaba. Él no dejó de hacerlo, no se desprendió de su torso y su abdomen, era ya un viejo tema de conversación, bastante conocido por los tres.

“¿Qué te dijo? ¿Te dijo algo?”  Mencionó Trinidad como único comentario, aunque con una pizca de nerviosismo.

“No, nada, pero yo quisiera pedirle que nos dejara entrar al templo, aunque no fuera a las horas de la misa, cuando no hay tanta gente.”

Ambos sabían que para ellos, incluyendo a Lourdes, estaba prohibido siquiera poner un pie dentro de la Iglesia, puesto que la fuerza del castigo de Dios no se detendría, si ellos osaran desobedecer la orden del padre Raúl de no volver siquiera a pisar la casa de Dios, por practicar, vivir y aceptar como naturales los peores pecados.

“¿Pero para qué quieres entrar al templo? ¿Ya hemos hablado de esto, no?” Cuestionó Trinidad.

“Si, pero últimamente que me acuerdo mucho de mi papá, quisiera entrar para rezarle unos Padres Nuestros….”

“Pues se las puedes rezar acá, en la casa, tienes tu Sagrado Corazón que te compré, o podemos ir al panteón…”

“Si, pero no es lo mismo…”  Agregó ella.

Trinidad la jaló con suavidad de la cintura, de donde no se apartó jamás, como de su religión más profunda y la llevó nuevamente por los pasillos, hasta su habitación. Margarita se dejó hacer, con plena voluntad, al igual como había elegido hace algunos años, a su hombre a cambio de su Iglesia.

Se cerraron las puertas de la recámara. Las palomas dormían profundamente. A esa misma hora Lourdes estudiaba un libro de biología. Más tarde, la hermana menor puliría su flauta de plata antes de ofrecer un concierto nocturno en la azotea.

8

A partir de aquella noche todo cambió dentro de mí; volví a estar habitado; ya no era aquel lastimoso vacío por el que daban vueltas (como los desperdicios en una habitación abandonada) las nostalgias, los reproches y las acusaciones; de repente la habitación de mi interior estaba arreglada y alguien vivía dentro de ella.

(MILÁN KUNDERA  -La Broma)

 

Después de finalizar la preparatoria y tras el término de la relación con Araceli la morena, Trinidad escuchó el llamado de Dios.

Su propio padre murió apenas un año atrás. La embolia de don Prisciliano no tardó en terminar en un certero paro respiratorio, una media noche tranquila mientras Trinidad limpiaba sus palomares.  El viejo sonreía recostado sobre su cama y parecía dormir dulcemente. Fueron seis meses de sufrimiento, donde para comer debían llevarle a la boca los alimentos, cargarlo para ir al baño y vestirlo.

Después del entierro de don Prisciliano, durante la madrugada, Dios le habló a Trinidad y le dijo que ya no se preocupara por la ausencia de un padre, ni por la pérdida del suyo propio, ni por la de don Prisciliano, quien también fue durante algún tiempo un sustituto de la figura paterna. Que ya no se preocupara tampoco por la ingrata Araceli, quien lo había dejado. El amor de Dios, la vocación de servicio a los demás y el camino de la oración, constituirían aquella medicina necesaria para curar su alma amputada. Trinidad se acercó al Padre Raúl, el párroco del templo ubicado casi al frente de la casona donde vivían, y le dijo que Dios lo llamaba para ser uno de sus servidores.

El padre Raúl aceptó iniciar con Trinidad un proceso de acompañamiento para prepararlo antes de comenzar el pre noviciado, una de las primeras fases para iniciarse en el sacerdocio. Comenzó  a leer vidas de santos en pequeñas encuadernaciones que el sacerdote le prestaba y a leer la Biblia con mayor constancia, reuniéndose cada semana con el cura para conversar acerca de la impresión que le causaban las lecturas, lo que Dios le iba diciendo de cuando en cuando y lo que él mismo  lograba discernir a paso lento.

De las vidas de los santos dos le impresionaron más profundamente: la de San Francisco de Asís, y la de San Ignacio de Loyola. El sacerdote no se fijo cuando le entregó dos textos que eran dos biografías de San Ignacio. La primera, escrita por un carismático jesuita, hablaba de un Iñigo atormentado por revelaciones divinas, a quien también, al igual que a Trinidad, Dios le hablaba personalmente, instándolo a iniciar la contrarreforma y combatir a los protestantes herejes, como un mandato divino.

La segunda biografía del mismo santo, estaba escrita por otro jesuita, un doctor en historia eclesiástica que al parecer, por los comentarios escuetos de la contraportada del libro, tuvo que dejar la enseñanza y la investigación en Roma y regresar a su Uruguay natal para refugiarse en una parroquia de las intrigas políticas desatadas por sus propios compañeros sacerdotes. Ésta última obra del uruguayo presentaba a un Ignacio de Loyola sumamente vívido, sin ningún llamado divino, ni diálogo con Dios en lo absoluto. Un Ignacio más bien estratega político, experto en organizar a sus seguidores, quien realizaba penosos esfuerzos para estudiar, dadas las limitaciones intelectuales, producto de toda una vida dedicado a la milicia y a una etapa universitaria iniciada muy tardíamente.

Después de esta última biografía, Dios no volvió a hablarle a Trinidad. ¡Cuánto lamentaría el padre Raúl no fijarse cuando tomó los libros casi sin mirar y se los dio a Trinidad para que los leyera! Sin darse cuenta que entre aquellos ejemplares que le prestó, se encontraba el tomo escrito por un sacrílego cura de ideas marxistas, un renegado representante de la Teología de la Liberación. Trinidad, sumamente angustiado, tembloroso de las manos y la voz, le dijo al padre Raúl que Dios ya no le hablaba.

“Debes escuchar con más atención en tu interior hijo, ahí es donde Dios habita, por eso no lo has escuchado…”

“¡Pero ya no me habla…!” Decía desfallecido Trinidad.

“Es una trampa del demonio, para engañarte y que no te vuelvas un hombre de Cristo”.

La vida de San Francisco de Asís le devolvió una momentánea tranquilidad. Sobre todo le impresionó su convivencia con los animales, en esto se identificó plenamente con Francisco. Trinidad también amaba a su manera a las palomas y a las gallinas. Pero sus ojos ya no verían las cosas de la misma manera: a San Francisco, pensándolo bien, tampoco le habló directamente Dios, sino que él lo encontró a través de su trabajo con los pobres y el amor a sus animales. Dios no volvería a ser jamás el padre omnisapiente y severo, quien le ordenara hacer las cosas. Francisco de Asís había elegido su vida por decisión propia, sin ser convocado directamente por Dios. La tristeza y el miedo no tardaron en resurgir. Todo apuntaba ineludiblemente a una misma cosa, aunque se resistía: arriba del frágil mundo humano no existía nadie más que el silencio y el vacío, ninguna voz benévola y piadosa que atendiera las respuestas de las penantes almas de los hombres.

Pocos días faltaban para que Trinidad se fuera hasta una ciudad de Provincia para iniciar su pre noviciado. Lejos de estar feliz por acercarse el día en que comenzaría su proceso de conversión en un hombre de la Iglesia, estaba profundamente triste. Verdaderamente, la pérdida de Dios duele a muchos individuos tanto o más que la pérdida de sus más queridos seres.

Margarita y Lourdes, quienes para entonces y pese a todo lo vivido con Trinidad, poco hablaban con él, notaban que casi no comía. Adelgazó enormidades y tenía a sus palomas casi abandonadas y en el olvido. Margarita, mujer de una fe tan grande como sus ojos y su alma, asidua visitante diaria del templo, fue la primera en romper el silencio. Hasta entonces ellas casi no se dirigían con él, se limitaban a servirle su comida a las horas establecidas por el Orden Supremo y a contestar o afirmar con un sí o un no cuando era necesario comunicarse con él por los asuntos relativos al gasto y la manutención de la casa. Apenas se conocían los unos a los otros. Trinidad era ahora el principal sostén del taller y la casa, de su trabajo como laminero dependían totalmente los no muchos ingresos económicos que tenían los tres.

Margarita y Lourdes jamás trabajaron y hasta entonces ninguna de las dos se decidía por estudiar en la Universidad, dependientes y ligadas sobremanera a su padre.

Una noche, Trinidad se encontraba en la azotea junto a sus palomas, desparramado su cuerpo sobre un bote de latón, pensativo y silencioso, cuando se abrió la puerta que llevaba a la azotea.

Margarita parecía un ánima etérea, llevaba su bata de dormir muy bien atada al dorso y los brazos cruzados, cubriendo sus senos y su cuerpo del frío y de los espíritus chocarreros, la cara protegida por una mascarilla nocturna de aguacate, para embellecer y conservar la piel.

“¿Qué te pasa, tienes tiempo que no andas bien verdad?” Le preguntó ella.

Y esto era en aquella mujer educada con antiguos valores de recato discreción, un esfuerzo sobre humano por romper el horrible silencio que  oprimía a los tres seres. Trinidad, a quien tampoco se le daba aquello de las palabras, hasta entonces callaba todo lo que acontecía en el interior de su espíritu. Apenas intentó algunos comentarios acerca de sus dudas sobre Dios con su entonces guía espiritual, y la cólera del padre Raúl le obligó a callarse y  volver más volátiles y peligrosos sus estados de ánimo.

No dudó en comenzar a hablar con ella y decirle que repentinamente Dios se negó a responder sus cuestionamientos. Aquella voz paternal y divina que saciara su sed de respuestas durante toda su vida, se quedó en un áspero silencio. El alma piadosa de Margarita se compadeció de él. Sus ojos grandes y grises lo miraron con ternura, abriéndose de manera creciente, conforme Trinidad hablaba y le contaba a la muchacha lo que acontecía en su interior.

Margarita consideró como su deber católico cristiano rescatar su alma perdida. Lo tomó de la mano y lo llevó a su recámara para rezar con él en un amarillento libro de oraciones, herencia de su madre, a quien ella apenas conoció.

La oración era el mayor recurso con el que contaba la muchacha para tranquilizar su corazón. A lo largo de una semana: lunes, miércoles y viernes, Trinidad llegó a su recámara a las nueve y media, antes de que Margarita se durmiera y se sentó a rezar junto a ella durante media hora. Pidiendo ambos a Dios y a la Virgen María que nuevamente la voz del Padre Celestial se le presentara para orientarle y ayudarle a saber si en verdad tendría que elegir el sacerdocio.

Durante esas noches, Trinidad asistía puntual a la recámara de Margarita. La encontraba cubierta por su bata, casi para dormirse, su cuarto tapizado de holanes, muñecos de porcelana, un crucifijo y una imagen de la Virgen, rodeados de veladoras e inciensos humeantes. Se hincaban los dos y Margarita iniciaba el rosario, con una precisión  que sólo logró con años de práctica y perfeccionamiento en la fe.

Para la mitad de la semana aunque su Dios ingrato no volvió a presentársele, Trinidad logró calmarse por fin. La voz de Margarita pronunciaba en voz muy baja y dulce los Aves Marías y las Letanías y Trinidad contestaba un ruega por nosotros que a cada plegaría lo iba acercando más y más a ella.

Llegado el viernes y siendo que el hombre partiría el domingo para la Provincia, al terminar las oraciones, en el momento en que Margarita abrió los ojos tras un éxtasis religioso, Trinidad le robó un prolongado beso mientras ella se encontraba ante las sagradas imágenes religiosas. Una veladora se apagó en ese momento, al contacto de una corriente de aire malévolo o ante el agitado suspiro de la muchacha.

Para el sábado, Trinidad ya entrado en confianza con ella, le pidió que fueran al cine por la tarde. Margarita lanzó un “Sí” como si ésta afirmación hubiera sido dictada por el Orden Abstracto que ya comenzaba a formarse y a regir entre sus vidas, como si el mismo Padre Celestial ordenara que se acercaran el uno con el otro.

Al igual que un exigente ritual religioso, iniciaron al interior de la sala cinematográfica la práctica de todos los besos posibles, que fueron la comunión necesaria para volver a colocar al Colombicultor en el buen camino

El domingo, día en que Trinidad habría tenido que ir a la Provincia para empezar a prepararse como un hombre de Dios, nadie salió de la vieja casona y su portón de madera gigante no se abrió.

El padre Raúl por su parte, nunca le perdonaría haber optado por el camino de la carne y lo mundano, abandonando para siempre el sendero de Dios.

9

Dios sólo está allá donde están la justicia, el amor y la libertad. Es en éstas realidades donde él habita, y no necesariamente en las palabras piadosas, porque no siempre que decimos Dios incluimos la libertad, la justicia y el amor. Pero, si no incluimos estas realidades cuando hablamos de Dios, entonces no estamos hablando del Dios vivo, si no de un ídolo.

(LEONARDO BOFF –Iglesia, Carisma y Poder.)

 

Pero de ir a rezar con Margarita todos los días en su habitación y besarse con ella en el cine, a terminar bajo las cortinas de seda de su cama, sólo había un paso, que no sería automático ni sencillo.

Fue en una ocasión, cuando ya habituados a rezar todos los lunes, miércoles y viernes juntos, así como a las idas al cine los sábados por la tarde, donde las bocas de ambos se lanzaban plegarias mutuas, que la lluvia los encontró al salir de una película. Margarita, temerosa de los relámpagos, se pegó hacia el cuerpo del Colombicultor. Trinidad no dudó en rodearla con su brazo, como si ésta extremidad estuviera destinada desde siempre para cumplir tal función vital. Abordaron un autobús atestado de gente  que les llevaría hasta la entrada de su casona.

Al bajarse de la furgoneta el cielo les llovía encima hasta ahogarlos y robarles el aire. En el transcurso en que Trinidad se buscó en los bolsillos la llave del portón, logró recuperar la mano de Margarita entrelazándola con la suya y la jaló, no hacia las escaleras de roca que la llevarían a ella hacia las habitaciones del segundo piso, donde es sabido ya que vivían las señoritas, sino hacia los oscuros confines del taller de laminado, ahí donde habitaba como cainita el Colombicultor, junto a su trabajo y sus herramientas.

En un lapso de tiempo inexistente, Trinidad ya era parte de la lluvia que humedecía las ropas y el cuerpo de Margarita, colándose entre sus piernas, precipitándose  por un túnel. Hicieron el amor sobre el camastro donde dormía desde la última etapa de la enfermedad de don Prisciliano, estremeciendo y haciendo rechinar los resortes oxidados de aquel lecho de alambre y trapos.

Margarita temió toda su vida por la pérdida de su virginidad. Apenas tuvo en su vida un solo novio, quien por cierto nunca fue del total agrado de don Prisciliano. Ella terminó a sus veintisiete años resignada a dedicar su vida a la oración, a acompañar a su padre  y cuidar a su hermana como una solterona. Encontrando en el templo y el servicio a los demás, el consuelo ante la ausencia del amor de un hombre. Por años, después de su adolescencia, a menudo se le presentaron pesadillas en las que era abusada y poseída por la fuerza a manos de regimientos de demonios desconocidos. En sus más oscuras y temidas fantasías, se asustaba al suponer que la primera penetración sería como si le introdujeran una espada por entre sus órganos genitales. La sola idea de tener un hombre dentro la aterraba. En este sentido, el contacto con Trinidad, que comenzó por ser gradual, inspirado en un primer momento por la hipnosis de las oraciones y las letanías, luego los besos y por último el cine, le ayudaron a vencer sus más profundas defensas que ella misma elaboraba, contra la invasión de un hombre sobre sus más preciadas murallas.

Trinidad la incorporó sobre sus muslos sin dejar de estar dentro de ella y la beso por dentro de su boca, casi hasta la garganta. Tomó su lengua con sus labios y bebió de ahí. De pronto sintió como ella cedía, temblaba en sus caderas y pubis y al final se relajaba. Era su primer orgasmo. A partir de ese momento las pesadillas de Margarita se irían definitivamente y los lunes, miércoles y viernes, el Colombicultor empezaría a visitarla, invariablemente para rezar con ella y amarla hasta el otro día.

Unos días después, Dios volvió a hablarle a Trinidad. Pero el Colombicultor no le respondió, se limitó el ingrato laminero, mal hijo de Dios, a rezarle todos los días en la madrugada, frente a la imagen del Sagrado Corazón, con la complicidad de Francisco de Asís e Ignacio de Loyola.

 

SEGUNDA PARTE

OTRA MUJER

Mar de Palomas

 

Yo sé lo que es un fantasma… Y  yo sé también lo que no es. No es el gemido horripilante ni es la sábana que se agita, esas son bobadas. ¿Qué es un fantasma? Un asunto no concluido, eso…

(SALMAN RUSHDIE –Los Versos Satánicos.)

 

1

Lourdes sufría de un singular miedo: temía a los fantasmas por encima de cualquier cosa. Toda su vida habitó en aquella casona, de la que su padre, quien también nació y murió en la misma, se sabía millones de historias.

Don Prisciliano quedó viudo cuando sus dos hijas eran muy pequeñas y no encontrando otra estrategia más eficaz para tenerlas entretenidas antes de acostarse, les platicaba sucesos en parte reales, en parte enriquecidos por el halo de su fantasía, acerca de personas, circunstancias trágicas y recurrentes sucedidas en esta casa. Una historia causó más impresión en Lourdes que ninguna otra, la misma que la propia madre de don Prisciliano le contara cuando éste también fue niño, de la desgracia acaecida a una mujer, una especie de llorona, quien perdió a su esposo en esa misma casa, contagiado de viruela, por lo menos cien años atrás. La idea de una mujer suelta por los pasillos de la casona, deambulando en busca de su marido fenecido, la aterraba.

A los once años, al despertar en la madrugada de un profundo sueño y colocar las plantas desnudas de los pies sobre el helado suelo de barro, Lulú vio delante de su cama por primera vez a Samanta, como le dijo su padre que nombraban a la mujer. Una figura transparente, poseedora de una tenue luz propia, la miraba casi sin verla, ausente, con una expresión de suma tristeza, luego se evaporó. Lourdes gritó y salió corriendo a través del prolongado pasillo hasta llegar al cuarto de don Prisciliano. El hombre se despertó sobresaltado por los gritos de su hija y pronto la consoló con un simple abrazo. Lourdes sintió desvanecerse todos sus temores entre los brazos de su padre, hasta quedarse completamente dormida, con un alivio tal que ahuyentaría a todos los fantasmas y temores del mundo.

Es obligado no dejar de preguntar la razón por la que los fantasmas escogen a los niños más imaginativos y preguntones, justamente de entre toda la diversidad infinita de tipos de personas que hay en el mundo y a quienes también podrían acercárseles. Encontrando un sinfín de especulaciones acerca de si el fantasma sólo existe en la mente del fantasioso niño, o si es una creación colectiva, como las circunstancias más adelante podrían hacer pensar. Si se trata de un mito social, una invención cultural, o si verdaderamente existe con independencia de las mentes de quienes creen verlo. Como puede verse, esto sólo conduciría al laberinto de un infructuoso y poco serio análisis de la percepción y sus alteraciones. Empero, Samanta continuó presentándose ante Lourdes todavía una decena de veces entre sus once y sus doce años, una vez por lo menos cada mes, casi con exactitud.

Lourdes no soportaba la idea de tener que levantarse a media noche para orinar, dado que el baño estaba al fondo del pasillo. Debía salir de su cuarto como en todas las casas antiguas y atravesarlo hasta el final, donde insensibles y conservadores arquitectos decidieron colocar el mingitorio, con la posibilidad de encontrar por ahí a la merodeadora de Samanta. Prefería quedarse con la vejiga hinchada y dolorida hasta el otro día, cuando la luz matutina alejaba  a los furtivos habitantes de la noche y entonces sin el menor miedo, poder evacuar.

El acabose ocurrió cuando después de que nadie le creía que la había visto, Margarita, a sus diecisiete años de edad, también la encontró, exactamente como se la describió su hermana pequeña. Con todo y los detalles que Lourdes olvidó describir, acerca de la bata blanca de dormir que llevaba Samanta puesta siempre y que más tarde tuvieron ambas oportunidad de corroborar. No hace falta más que el otro corrobore el mito, para que éste acabe volviéndose realidad. Lourdes casi enloquece cuando confirmó ciertos detalles, como la tal bata de dormir que ella no había mencionado pero que su hermana sí vio. No quedaba lugar a dudas de la presencia de una entidad y de quien sabe cuántas más en la casa. El padre Raúl acudió a bendecir la casona, por si aquel fantasma fuera malintencionado y amigo de Satanás. Sin embargo, como buena pecadora que debió haber sido, Samanta ignoró la bendición del cura y continuó apareciéndosele a  Lourdes a pesar del agua bendita y los conjuros del ministro.

Fue un singular sueño, ocurrido dos días antes de que Lourdes cumpliera los doce años, el que marcó la pauta de una desaparición muy prolongada de Samanta en la vida de Lourdes. En su sueño su mamá la instigaba severamente a no temer por ningún motivo a algo a lo que no había razón para tenerle miedo. La madre aparecía con un vestido de gala para fiesta, tal como la tenían en una foto, enmarcada en la habitación. Lucía en el sueño sumamente enojada con Lourdes, y le pedía, más bien le exigía por todos los medios que dejara de temer tan exageradamente:

“¡Es de los vivos querida hija, de quienes en realidad tienes que aprender a cuidarte!, ¡Porque los muertos ya no podemos hacer nada, te lo aseguro…!”.

Le dijo su mamá. Y Lourdes no volvió a ver a Samanta por lo menos durante unos cuatro años más.

Luego vino la mudanza de los lamineros a la parte baja de su casa, un período muy ajetreado en la vida de todos, con suficientes ocupaciones como para pensar en fantasmas. El trabajo del taller con Trinidad y su padre, la instalación de los palomares en su azotea. Lourdes intentó oponerse por todos los medios a que los bichos habitaran su hogar, debido a que a ella le desagradaban los animales. El pobre Trinidad tenía que agacharse ante las miradas de verdadero rechazo por parte de Lulú, quien se enfadaba cuando el laminero atravesara el segundo nivel donde ellas vivían, para subir a la azotea donde se les acondicionaron sus jaulas a las aves.

En una ocasión como a las doce de la noche, cuando el Colombicultor se encontraba limpiando los palomares, ocurrió un encuentro inesperado. Ese día por la tarde Lourdes estuvo más molesta de lo normal, porque ahora además de palomas, Trinidad llevó un par de gallos y por lo menos dos docenas de gallinas ponedoras a vivir también en la azotea. Ella subió a la azotea a esa misma hora con la intención de regañarlo y pedirle que se callara, en medio de todo el ruido que ocasionaba Trinidad, entre que limpiaba un palomar, clavaba unas tablas armando un gallinero y correteando a dos que tres gallinas escurridizas que se impacientaban, puesto que su hogar todavía estaba en construcción.

Cuando Lourdes llegó a la azotea con la clara intención de reclamarle y regañarlo por el ruido, por primera vez en un par de años que ya llevaban instalados los palomares, miró aquella extraña vida que se llevaba a cabo en su propia casa sin que ella apenas se diera cuenta. Había unas treinta enormes jaulas de alambre que contenían a centenares de palomas de distintos colores. Dentro se encontraban pequeños cajones de madera donde las parejas de palomas se introducían para conformar sus nidos, llevando pajitas y acomodándolas con delicadeza y arquitectura perfecta. Unos pichones en un cajón y otro, piaban y hacían volar a sus padres desde los comederos con maíz ubicados en el piso para alimentarlos rápidamente. Todo estaba en un perfecto orden en el que no había lugar para los cuestionamientos. Las gallinas ya terminaban de instalarse. Trinidad encerraba en una última jaula a un gallo subversivo, cuando volteó y a sus espaldas se encontraba Lourdes como una aparición. Ahora el fantasma ya no era Samanta sino Lulú. Trinidad temía las represalias y los regaños de Lourdes por hacer tanto ruido en la azotea a esas horas de la noche, la voz le tembló en un intento de disculpa antes de que ella pudiera decir algo. Sin embargo, Lourdes comenzó a mirar detalladamente cada uno de los interiores de los palomares, escuchando cómo los palomos machos llamaban a las hembras ululando, otras palomas en sus nidos cuidando a sus huevos o a sus polluelos, las gallinas picoteando el suelo de su nueva casa. Contrariamente a un ataque verbal por parte suya sobre Trinidad, ella comenzó a preguntarle acerca de los tipos y razas de palomas que había, cuánto tardaban los huevos en rompérseles el cascaron para dar lugar a los pichones, a qué horas se les alimentaba, cuántas veces al día, etcétera. Trinidad contestó tímido a todas las preguntas de Lourdes. Sobre todo ella, mucho más que Margarita, era quien más intimidaba y causaba una sensación de empequeñecimiento físico y moral en el pobre Trinidad. Lourdes acabó aceptando a las palomas y las gallinas.

Vino el término de la escuela secundaria: todo parecía ir excelente en la vida de Lulú, sin la presencia de la furtiva Samanta. Pero se presentó la enfermedad de su papá y un no muy corto sufrimiento en que su salud iba empeorando. La situación de la evasión de impuestos, las deudas, la intervención oportuna de Trinidad para salvar la casona, dificultades económicas para todos, su ingreso no tan agradable, como ella hubiera esperado a la preparatoria y por fin la muerte de su padre.

La misma noche del día del entierro de don Prisciliano, Samanta regresó, después de varios años sin aparecer. Lourdes salía hacia el pasillo ya bien entrada la noche, anestesiada de tanto sufrimiento en el día tras dejar a su padre en el panteón y llorar muchas horas. Se recargó en el barandal, mirando hacia el fondo del patio donde estaba el taller, al levantar los ojos, justo en la parte contraria del pasillo, en frente de ella, estaba nuevamente Samanta, mirándola con la misma expresión de hace cinco años, con la misma bata, fijamente, luego se evaporó.

El miedo de los doce años parecía instalarse de nueva cuenta, tal y como en aquella época. Samanta volvió a hacerle visitas esporádicas pero contundentes a la pobre Lourdes, en las circunstancias menos esperadas y sobre todo, en contraste con la época de hace cinco años, ahora también se le hacía visible durante el día. A veces mientras preparaba la comida, subiendo las escaleras desde el taller hacia su habitación, en su propia recámara, Incluso una vez mientras estaba sentada en la taza del baño, haciendo sus necesidades y leyendo una singular novela.

Lourdes acostumbraba y gozaba verdaderamente leer, sobre todo como consuelo ante la pérdida de su padre y la dificultad de decidirse por una profesión a la cual dedicarse. Aún más cuando la lectura se llevaba a cabo en el baño mientras orinaba, sentada, o defecaba muy cómoda en el mingitorio. En esa ocasión se divertía enormidades con La Feria, libro de uno de sus escritores favoritos: Juan José Arreola. Al bajar el libro con la intención de tomar el papel del baño y hacer buen uso de él, ahí estaba Samanta, esta vez sumamente cerca de ella, podría haberla tocado si es que hay razón para querer tocar a un fantasma. Samanta desapareció después de cinco segundos. Lourdes casi se infarta.

Le resultó imposible dormir por las noches sin taparse la cara con una sábana, pese al calor de los veranos, con el firme propósito de no ser sorprendida en pleno sueño por la férrea aparecida.

Llegó la época en que su hermana Margarita, quien siempre fue con ella sumamente cercana y protectora, casi un sustituto de madre, empezó a acercarse cada vez más al Colombicultor y dedicarle algo de menos atención a ella. Margarita y Trinidad rezaban juntos antes de dormirse y empezaban a tratarse de una manera extrañamente familiar. Se iban los sábados por las tardes y no regresaban sino hasta que había anochecido bastante. Lourdes se sintió cada vez más sola y enfrentada a las recurrentes visitas de Samanta.

Como  le resultaba sumamente difícil dormir y pasaba las noches más bien tratando de leer que dedicándole atención a sus temores, una noche sorprendió a Trinidad saliendo del cuarto de Margarita, un tanto sospechoso, un tanto culpable, en flagrante delito. Se llegó la hora en que las dos hermanas tuvieron que hablar, Margarita uso la palabra “relación” cuando dijo “tengo una relación con Trinidad”. Lourdes no podía creerlo. ¿Qué estaba pasando, que debido a estar ella pensando todo el tiempo en Samanta y en buscar la forma de alejarla o huir de ella, no se daba cuenta de tantas cosas que sucedían a su alrededor?

“¡Pero es un vil laminero, un mecánico…! ¿No sientes desagrado de andar con él? ¡Imagínate, con las mismas manos con que arregla los carros, te acaricia!”

Le dijo Lourdes con cierto sarcasmo.

“Pues no, no es así, él me  gusta bastante…”

Respondió Margarita.

2

Entre sedas ariscas deslizándose

 -todo misterio, toda erizada suavidad acariciante-

el insondable, el desdeñoso fantasma,

tigre sin jaula porque no hay prisión

                                                           capaz de atajar

esta soberanía, esta soberana soberbia,

el gato adoptivo,

el gato exlumpen sin pedigrí (con prehistoria),

deja su harén y con elegancia suprema

se echa en la cama en donde yaces desnuda.

(JOSÉ EMILIO PACHECO –Un fantasma)

 

Tras la muerte de don Prisciliano, unos meses después de iniciada la “relación” con Margarita, nadie objeto el hecho de que Trinidad se fuera a vivir a la habitación que fue de don Prisciliano. Sería demasiado inventar, que esta misma habitación, aunque ninguno de ellos lo sepa jamás, fue la misma donde Samanta y su marido se amaron hace casi cien años, entre sábanas bordadas por ella misma y enloquecedores orgasmos, misma recámara en la que más tarde murió su esposo de viruela, quizás también ya enfermo y en pleno acto sexual.

Ni Lourdes ni  Margarita pusieron objeción alguna, pues al fin y al cabo él era el dueño de la casa y quien había pagado por ella, cuando Trinidad humildemente les pidió permiso para que le dejaran dormir en el segundo nivel en uno de los cuartos, argumentando que abajo hacía demasiado frío.

“Que se vaya a la recámara de mi papá, ahí hay una cama matrimonial muy cómoda”. Dijo Margarita.

Lourdes se reprimió de hacer algún comentario negativo, aunque lo hubiera querido. Continuaba viendo al pobre Trinidad como a un invasor que vino a quitarles su casa.

Una de esas noches, Lourdes despertó con el imperioso deseo de ir al baño, presionada por la fuerza de su vejiga al interior de la ingle punzante. Al abrir los ojos, Samanta estaba nuevamente frente a ella. Daba la impresión que desde la muerte de su padre, Samanta se iba haciendo más recurrente, así como sus apariciones eran también más cercanas físicamente. La pobre Lulú saltó hacia el otro lado de la cama, tropezándose con un buró donde guardaba su ropa interior y sus pinturas, tirándolo todo con una de sus piernas semidesnudas, golpeándose muy fuerte pero sin sentir el dolor. Anestesiada por el miedo, abrió la puerta de su recámara y salió hacia el pasillo, creyendo que se le salía el corazón. Por desgracia ya no estaba su padre para correr con él a ahuyentar el miedo.

Trinidad también andaba por ahí, se despertó desde una hora antes debido a que un gato cazador rondaba sus palomares desde hacía días y unos ruidos en la azotea le hicieron tomar la carabina de don Prisciliano. Se apresuró a ponerse de pié para dar fin al molesto animal que dejó sin cabeza a más de alguna ingenua paloma que se quedaba dormida cerca de las rejas de las jaulas, al alcance de la certera garra del depredador. Sin embargo, él no pudo dar esa noche con el dañino animal, entonces regresaba de la azotea por las escaleras hacia el pasillo cuando vio correr y huir a Lourdes como de la muerte misma.

“¿Qué te pasa Lulú?” Le preguntó Trinidad acercándosele muy sorprendido.

Lourdes no le respondía, era ella verdaderamente quien parecía el fantasma: tan blanca que toda la sangre se le fue del rostro, perteneciente a la categoría de los seres del Más Allá. Trinidad, quien escuchó por propia voz de Margarita acerca de las apariciones de Samanta y de los enormes temores de Lulú, casi adivinó lo que le sucedía.

“Mira… –le dijo el laminero con una voz dulce, sin acercársele demasiado-, no temas de los fantasmas, a mí me decían cuando era niño, que los que son peligrosos, son los vivos, a esos sí es a los que debemos tenerles miedo, esos sí son de cuidado…”

Y estas palabras, que tan familiares le eran y tan similares a las que en algún sueño escuchó de su madre, le hicieron reaccionar en ese instante.

“A un fantasma –proseguía suavemente hablando el Colombicultor- lo que debes hacer es confrontarlo, acercártele para quitarle la sábana y desnudarlo para ver qué hay detrás de él. Muy probablemente lo que encontrarás será lo que menos esperas: a lo mejor sólo hay algo que ni te imaginabas que sería tan importante como para asustarte, o no encuentres nada bajo él…”

“Ay Trino   es muy fácil decirlo, a lo mejor nunca has visto un fantasma –le respondió Lourdes un poco más vuelta en sí misma- pero al verla te juro que lo que menos querrías es acercártele….”

“No, nunca lo he visto. Pero vamos viendo…” Proseguía en voz baja y tranquilo el Colombicultor. “¿Dónde la viste…, en tu cuarto? Te acompaño para que la busquemos juntos y veamos qué pasa…”

“¡No…!”

Trinidad estableció contacto físico por primera vez con Lulú, la tomó del hombro y la llevó, aunque ella no quería, a su cuarto.

“Veremos si se aparece esa fantasma y a ver si se las arregla conmigo…”

Lourdes se pegó hacia el cuerpo de Trinidad y al hacerlo sintió igual que cuando la abrazaba su papá, a sus mayores miedos desaparecer.

Al entrar en el cuarto, como era de esperarse, Samanta, quien tenía como especialidad asustar a los temperamentos frágiles, ya no estaba. Ella esperaría otro momento más repentino y oportuno para hacer sus apariciones nuevamente. Un hombre sumamente pecador y sucio como Trinidad, un mecánico quien escapó las puertas del seminario y que no conocía ya ni del temor de Dios, no era del interés de un fantasma, como para que éste gastara su energía y su ectoplasma en aparecérsele. Algunos fantasmas se alimentan especialmente del miedo de los vivos, pero cuando este alimento escasea, no hay razón para persistir con su presencia. Esa noche Samanta no volvió a presentarse ante Lourdes. El laminero alejado de la mano de Dios, se sentó en una mecedora frente a la cama de Lulú mientras ella se recostaba y ahí esperó hasta que se quedó profundamente dormida.

 3

                                               Oh, Dios tormento,

                                               Desalójate de mí,

                                               No me hieras más

                                               Con tus sublimes labios sucios…

 

                                               Veo que tienes sed y no quiero darte el agua. No.

                                               Veo que caminas, que adelantas, que sueñas, que redimes.

                                               Yo no iré contigo.

                                               (JOSÉ REVUELTAS –Oh Dios Tormento.)

 

Trinidad a pesar de los pesares nunca dejo de orar delante Dios, sobre todo cuando se trataba de hacerlo en la recámara de Margarita los lunes, miércoles y viernes antes de dormir, días en que por cierto, comenzó a participar de la oración también Lourdes. Tranquilizando su alma con los rezos y pidiéndole al creador que alejara a los malos espíritus. E en especial a uno, más bien fantasma femenino, que no le dejaba en paz.

Trinidad se inclinaba todos los días al levantarse por la madrugada, antes de iniciar las labores  del taller y la atención a sus aves, delante de una figura del sagrado corazón, herencia única de su madre. Pero más que una súplica y un encuentro con el Padre Celestial, las oraciones de Trinidad, más que  ruegos y encomiendas, como lo fueron durante toda su infancia y adolescencia, hasta antes de que Dios dejara de hablarle, ahora eran breves meditaciones hacia dentro de sí mismo. Trinidad permanecía silencioso delante de su Sagrado Corazón y en ese momento, en lugar de pedir al Señor que los ingresos del taller incrementaran para lograr la manutención de la casa, que no se enfermaran las palomas ni las gallinas, o que Margarita y Lourdes estuvieran siempre junto a él, lo que había en él era un profundo silencio, como el eco de un jarro vacío, que lejos de angustiarle como antes, ahora lo reconfortaba. Al final el Silencio del Absoluto fue la mejor voz que encontrara para acompañarse.

Por esos días los trabajos en el taller comenzaron a escasear considerablemente  hasta llegar a la extinción total. Las pistolas para pintar y la compresora permanecían al igual que Dios, en un silencio de tumba. Se fueron haciendo cada vez más escasos  los clientes que llevaran algún viejo Ford o un Volkswagen para detallar o laminar, que al final de el último mes ya se había quedado el taller vacío con la última entrega de un Renault pintado de verde. Todo el siguiente mes transcurrió sin mayor novedad: el taller desierto sin más habitantes que Trinidad, tumbado en un diván tan viejo como la casa, leyendo el periódico y la Biblia, las herramientas sin usar. Entonces comenzaron las preocupaciones. En otros tiempos, como sí ocurrió, Trinidad acudiría corriendo al Sagrado Corazón a implorar al Padre Celestial por su intersección para que llegaran más clientes. Pero ahora sólo lo habitaba el Silencio.

Las primeras en perder la calma fueron Margarita y Lourdes, quienes se angustiaban tan sólo de ver el taller vacío y a Trinidad sin trabajo, ellas continuaban pidiendo a Dios que los ayudara. Una vez perdidas las esperanzas, el Colombicultor subió una mañana a la azotea y pasó casi todo el día con sus aves, sin abrir el taller. Las muchachas se preocuparon cada vez más. Pasó una semana así, sin volver a abrir el portón del taller y sin que nadie llamara para decir: “Aquí traigo mi coche viejo para reparar”.

La razón de aquella escasez de trabajo podría encontrarse en buena parte en el ingreso incontrolado al país de vehículos provenientes de la Ciudad del Imperio, lugar a donde se fue Araceli hace años, así como a una consiguiente devaluación del costo de los automóviles. De tal manera que ahora era más fácil para cualquiera, incluso para quien jamás soñó con comprar un coche, adquirirlo. Del mismo modo, a nadie le interesaba ya conservar en buen estado la pintura y la apariencia de sus vehículos. Contadas personas pretendían conservar en sus manos algún coche pasado de moda por más de un año, nadie invertiría con un laminero el capital en pintura y detalles, si era mucho más fácil venderlo por una pequeña cantidad y comprar otro más económico y en mejor estado. ¿Hasta dónde les llevaría eso?, se repetía Trinidad: a la saturación de automóviles importados que por su edad eran prohibidos en la Ciudad del Imperio, para que ya no llenaran de humo el ambiente allá ni entorpecieran el tráfico con su pesado chasis. Pero  en este país las consecuencias serían una contaminación excesiva de humo y vehículos,  una reducción de aquellas personas interesadas en tener un apego profundo y un cuidado especial por sus autos. En el fondo era eso: el desapego total y la falta de cuidado con las cosas,  el daño al medio ambiente con tantos vehículos desechados que en éste país sí eran bien acogidos por los irresponsables y superfluos.

Trinidad tampoco desperdició el tiempo, mucho le quedó de los pasados encuentros y diálogos con Dios y con el padre Raúl, principalmente el habituarse a leer. Para muchos, La Biblia es el primer contacto y nada desdeñable con el mundo de la literatura. De ahí a San Juan de la Cruz, a Platón y Aristóteles. Dante con su Divina Comedia, los rusos del siglo diecinueve. Un sinfín de autores, desde los griegos clásicos, pasando por la Edad Media hasta el presente. En esos momentos en que el taller se volvió improductivo, Trinidad la pasaba  atendiendo a sus palomas toda la mañana, dedicando luego sus tardes enteras, entrampado con San Agustín o con la Divina Comedia,  pensando sobre mil cosas.

Entre meditaciones que empezaron a volverse especulaciones sin rumbo y horas enteras perdidas en los palomares y las gallinas, Trinidad comenzó a soñar con aves por la noche y a sentir que el dinero ya les era insuficiente.

Después de un mes y medio, bajó de con sus palomas a la hora de la comida, la ropa sucia, la mirada desgastada de tanto pensar. Sería Margarita quien le sorprendiera nuevamente y le mostrara, de entre la maleza de sus confusiones, un sendero hacia dónde dirigirse de nueva cuenta:

“¡Ya sé qué vamos a hacer!” Les dijo a él y a Lulú en plena comida.

“¿Y qué vamos a hacer?” Preguntó Lourdes, quien poco a poco también se iba haciendo cada vez más cercana a Trinidad.

“Venderemos palomas y huevos de gallina. Ya tenemos muchísimas ¿No es así?, resulta más caro alimentarlas. Estoy segura de que no faltará gente interesada en comprar un par de palomas, para tenerlas en sus casas…”

“O comérselas incluso…” Añadió Trinidad dando un bocado de sopa de habas.

“¡Desde luego!”  Afirmaron casi al unísono las señoritas.

“¿Pero dónde las venderemos?” Volvió a preguntar Lourdes.

Margarita ya tenía, después de varios días de rogar al Creador por sabiduría, respuestas para todo:

“Pues en el mercado que se pone dos veces a la semana frente al Santuario, en las afueras de la ciudad, ahí van personas de todas las colonias y viene gente de pueblos cercanos para surtir su mandado. A más de alguno le harán falta huevos de gallina o comprar un par de palomas para acompañarse, como mascotas e incluso para un guisado.” Recitó ella con suma seguridad.

“¿Pero quién se hará cargo de la casa, alguien tiene que quedarse para cuidar y preparar la comida?” Preguntó Trinidad.

“Puedo ser yo quien se quede, o Lourdes.”

No tardaron más de lo que duró la comida en decidir que Margarita sería quien se haría cargo de atender la casa y preparar la comida, mientras que Trinidad y Lourdes saldrían muy temprano los jueves y sábados por la mañana para ir al mercado en las afueras de la ciudad y vender sus aves.

Por su parte el abasto de aves no sería ningún problema puesto que la cantidad de palomos ya superaba en poco a los mil ejemplares.

Al día siguiente partieron Trinidad  y Lulú para el Santuario donde se instalaba el mercado, llevando sus jaulas con algunas palomas y gallinas.

4

Nos gustaba la casa  porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

 (JULIO CORTÁZAR –Casa tomada.)

 

Margarita y Lourdes apenas salían de aquella casona donde se criaron. Don Prisciliano les costeó estudios hasta la escuela secundaria,  pese a los desórdenes de su economía doméstica, no fue durante buen tiempo un hombre precisamente pobre, todo lo contrario. Por lo que habría podido cuando menos enviarlas al Bachillerato del Gobierno e incluso a la Universidad Pública. Sin embargo decidió, por lo menos para Margarita, que ella mejor permaneciera en su casa, ayudándole con las labores domésticas, asumiendo el lugar de la madre ausente y apoyando a la hermana más chica. Margarita nunca se cuestionó ni sufrió en lo absoluto al tener que quedarse en la casa. Ella misma, hasta antes de caer en los brazos de Trinidad, se resignó  a pasar sus mejores años dedicada a atender la casa que era suya desde hacía cuatro generaciones.

Esto no era del todo el caso de Lourdes y tampoco don Prisciliano se opuso a que su hija pequeña estudiara alguna carrera en la Universidad. Esa era la principal cuestión: Lourdes ansiaba entrar a la Universidad Pública y no existían obstáculos, incluso contaba ahora con el apoyo total de su hermana y de Trinidad, pero el problema era encontrar una carrera a la cual inscribirse.

Si no eran los miedos a los fantasmas, era la angustia ante la incapacidad de decidirse por una profesión para estudiar. Entre sus gustos, Lulú se inclinaba por la literatura y la música. Cuando dijo a Trinidad y a Margarita que deseaba estudiar flauta transversal para estar ocupada y entretenida, en lo que lograba decidirse por una carrera universitaria, no pasó más de una tarde antes de que Trinidad le comprara su instrumento: una flauta de plata con estuche de madera, forrado de cuero. Las primeras ganancias de la venta de aves, lejos de guardarse para tiempos más difíciles, las utilizó Trinidad en ir a comprar la flauta transversal en un bazar de instrumentos musicales usados.

Lulú comenzó a asistir a clases de música todas las tardes, a veces no regresaba sino hasta la noche, preocupando sobremanera a su hermana, pero sobre todo a Trinidad, quien empezó a padecer la insoportable idea de que Lulú encontraría novio en la escuela de música. No significaba esto que ahora que gozaba del amor de Margarita, desdeñara su compañía y el rezar y dormir con ella, sino que también y probablemente en la misma medida, Trinidad amaba a la hermana menor.  Muchos se preguntarán cómo es que alguien pueda repartir su amor en las mismas proporciones e intensidad entre dos mujeres distintas que además eran hermanas, pero tendrían que conocer a éste hombre desde el inicio y recordar que desde su llegada a esta casona, se sintió inevitablemente fascinado por los encantos tan diferentes pero hermosos de ambas muchachas.

Como hasta los fantasmas seguían a Lourdes, tampoco cuesta trabajo suponer que pronto se le presentaron interesantes pretendientes en la escuela de música. Desde desorientados rockeros, violinistas pasionales y alcohólicos como Silvestre Revueltas, pianistas de finos dedos y espíritus melancólicos, hasta genios incomprendidos. Incluso  algunos de sus propios maestros no tardaron en asediarla. Al mismo tiempo que Lulú no se negaba ante las consideraciones de estos hombres, descubrió que sus progresos con la flauta transversal eran rápidos y que le iba gustando cada vez más la música, sintiéndose muy cómoda dentro de ella.

Trinidad tuvo que soportar la tristeza y angustia cuando la veía llegar ya noche hasta su casa, acompañada por uno de sus maestros de armonía. Un joven pianista y guitarrista bastante diestro con las cuerdas y las palabras seductoras, dirigidas a una dama. El Colombicultor decidió disimular su tristeza y fingir ante las dos muchachas que nada pasaba dentro de él, sobre todo con Margarita, de quien principalmente temía perder el gran amor ganado con cuantiosos esfuerzos y a costa incluso de perder a su Dios.

Por su parte Lourdes lucía más radiante que nunca: la cercanía con la música esculpió sobre ella una belleza de oscuros acordes. Pronto dejó de ser adolescente, sus rasgos faciales y delicadas formas corporales tomaron una madurez y un encanto que superaba las mejores obras. El maestro de piano hizo cada vez más recurrentes las ocasiones de acompañarla a su casa, hasta que Trinidad observo desde la azotea cómo se besaban discretamente en la esquina, antes que ella caminara hasta la entrada de la casona y se perdiera en su enorme portón. ¡Cuánto deseó arrojarle al músico un trozo de cantera en la cabeza desde su azotea!

Desde entonces estuvo silencioso y tendió a encerrarse cada vez más dentro de sí mismo, de manera semejante a la época en que perdió a su Dios. También dejó de acercarse a hablar con ella durante las madrugadas para consolarla y ayudarla a olvidar sus temores a los fantasmas. Lourdes pretendió ignorar la verdadera causa de aquella inesperada conducta por parte del Colombicultor. Margarita también cayó en una tristeza sin igual, ella sí lograba intuir el origen del sufrimiento de Trinidad, al mismo tiempo que no evitó sentirse sumamente desdichada al entender que el amor de este hombre no era solamente suyo.

 5

Era ya de noche. En la azotea, justo encima de la cocina, Margarita terminó de tender la ropa. Unas blancas sábanas despedían aroma a detergente y perfume: una combinación de jabón y fragancias que ella misma se inventó para blanquear la ropa y las sábanas, suavizarlas y dormir en medio de agradables esencias. Ella sabía que a Trinidad le encantaban aquellos aromas, especialmente de los días en que le tocaba dormir con ella,  aunque nunca lo hablaron. Simplemente se perdían en el placer de las sábanas aromáticas y la piel. Si se detuvieran por un momento a reflexionar y dialogar al respecto,  dicho placer perdería su encanto al ser verbalizado y comprendido por la razón.

Cogió la canasta vacía donde se guardaba la ropa húmeda al salir de la lavadora, la colocó justo detrás de ella y volteó hacia el techo del resto de la casa, donde se ubicaban los palomares de Trinidad. Escuchó el ulular de dos o tres palomos y esto la llenó de especial tranquilidad, ella también amaba a las aves. No imaginaba siquiera la naturaleza del suceso que estaba a punto de ocurrirle y transformar toda su cotidianidad. Siempre solía decirle a su hombre que le gustaba escuchar aquel sonido con que las palomas se acurrucan en la madrugada, le parecía una música que las aves producían para sí mismas y para tranquilizar el ambiente.

Hoy le tocaba  a ella dormir con Trinidad. Y aunque contradictorias emociones la torturaron durante años al pensar en ella y su hermana Lourdes compartiendo al mismo hombre, no podía dejar de ansiar que se llegara la noche para estar nuevamente con él.

Fue un instante, casi menos de un fragmento de un segundo mortal, en que Margarita olvidó que del otro lado de los tendederos donde colgaban sus perfumadas sábanas, se acababa la azotea y se encontraba el peligroso vacío de tres pisos hasta la calle. Margarita tropezó con la canasta de la ropa húmeda y se fue de lado envuelta en una de sus cuidadas sábanas. Hubiera caído tapizada de blanco perfumado hasta la calle y se hubiera hecho pedazos su cuerpo pálido de seda y porcelana, de no ser porque una mano larga y delicada, un prensil y fuerte miembro femenino la cogió de la suya y la sostuvo antes de caer. Fue un contacto preciso y salvador, aunque no podía ver de quién se trataba, con la visión obstaculizada por la sábana. La mano la soltó en cuanto Margarita pudo recuperar por sí misma el equilibrio, aunque no podía ver quién le prestaba su ayuda, envuelta su cara en la sábana. En cuanto pudo liberar su rostro para ver quién estaba junto a ella, ya no había nadie. ¿Un ángel guardián, la Virgen María a quien tanto se encomendaba, el espíritu de su madre? Inmediatamente pensó también en Samanta como una posibilidad. Al fin y al cabo ella también la vio una vez hace muchos años. Definitivamente Samanta ya era un miembro más de la familia y habitante de la casa,  hasta probablemente un ancestro lejano y perdido en el tiempo  de su árbol genealógico. Hasta ahora ella y Lulú siempre hablaron sobre ella con miedo, como si fuese algo diabólico. De tratarse de Samanta, este suceso que casi le cuesta la vida, limpiaría definitivamente todas las impresiones negativas que hasta ahora tenían de ella.

Cuando Margarita contó a Lourdes y a Trinidad lo ocurrido, Trinidad se prometió colocar un alambrado alrededor de la azotehuela y los tendederos para que nadie volviera a peligrar al tender la ropa. Algo en Lourdes también se transformó. No volverían a tener a Samanta jamás como un ser diabólico e indeseable.

Desde entonces colocarían en el suelo del pasillo un plato con dulces y una copita de jerez con una veladora encendida, como agradecimiento, para que Samanta se sintiera ya como parte de la familia.

6

Cuando el maestro de música desapareció, Lourdes cayó en una enorme tristeza.

Quedaron de verse en la estación de autobuses para ir a una ciudad vecina, supuestamente para recoger un dinero del músico y luego abordar desde ahí un tren hacia la Ciudad del Imperio. Él le prometió que se irían juntos a esa ciudad a buscar grandes oportunidades como músicos, comenzarían tocando en las calles y los cafés. Más tarde el éxito de su arte los llevaría a los teatros y a los escenarios de los grandes espectáculos. La idea fascinó a Lourdes, quien nunca se alejó demasiado de su casa y tanto ansiaba conocer nuevos lugares del mundo. Se imaginaba recorriendo la ciudad del Imperio de la mano de su novio, ella tocando la flauta y él acompañándola con la guitarra.

La estación estaba totalmente del otro lado de la ciudad y muy lejos de la casona. Lourdes tan sólo estuvo ahí una vez en su vida, fue acompañada de su padre para recoger a un comerciante de herramientas que venía del Imperio hace varios años. Estaba asustada, nerviosa pero feliz. Espero entusiasmada durante los primeros quince minutos en que no llegaba. A la media hora comenzó a sospechar que algo no salía como lo planearon ella y su novio.

Después de una hora, ya muy angustiada y triste, todavía por segundos albergaba la posibilidad de  verlo venir por el andén. No vivía descontenta en su casa, compartiendo su vida con Trinidad y su hermana, pero siempre acarició la idea de irse de esa ciudad para conocer la del Imperio. Esa era la fantasía que abrazaban muchos: huir de la crisis económica y la corrupción de los gobiernos que dejaba su país  cada vez más desolado y empobrecido, y llegar a la ansiada Ciudad del Imperio.

A las dos horas, Lourdes se desmoronó completamente. No lloró, no dijo nada. Comenzó a deambular sin rumbo por los suburbios de la ciudad, moviéndose en territorios totalmente desconocidos y peligrosos para una chica.

7

Vivir el inconsciente es un secreto personal que sólo muy difícilmente puede comunicarse y sólo a muy pocas personas…. Las figuras que se manifiestan son femeninas. Ello constituye un indicio de que el inconsciente es de naturaleza femenina. Son hadas o atrayentes sirenas  que fascinan al solitario caminante y lo hacen extraviar.

(CARL GUSTAV JUNG –Psicología y Alquimia.)

 

Fue de una manera inesperada, casi como la visión de un delirio, la primera vez que Trinidad corroboro la presencia ineludible de Samanta. No fue ella quien le sorprendiera a él, como solía hacerlo con las muchachas, sino que fue él quien la encontró desprevenida en inusuales  y extrañas circunstancias.

Una de sus palomas escapó de la jaula,  al intentar escabullirse de las manos del Columbicultor voló hacia la calle y golpeó su cuerpo en una antena de televisión, desgarrándose el buche completamente, como si el pobre animalito fuera una bolsa rota sin fondo. Trinidad salió corriendo de su casa y la recogió en la calle hecha un manojo de sangre y de viseras esparcidas que se le salieron, aún viva y arrastrándose desesperada, tratando de huir de su cuidador en un impulso natural de supervivencia. Trinidad la recogió y supo introducir los intestinos del animal de nuevo, coser rápidamente con aguja e hilo el vientre abierto. La colocó en una jaula separada de las demás para que sanara. Aunque estuvo un poco triste y muy lastimada los primeros días, con el paso de las semanas el animalito recuperó el ánimo, su vientre cicatrizaba y volvía a comer con entusiasmo y a beber agua.

Fue a este animal al que Samanta estaba contemplando interesada y conmovida, cuando Trinidad llegó repentinamente a su azotea. Era una visión de lo más inusual, nadie más que él y en ocasiones las hermanas subían al lugar donde se encontraban las aves. Samanta se encontraba de espaldas contemplando a la paloma que casi había sanado. Una mujer rolliza con el cabello ensortijado y rojo, llevaba un vestido blanco hasta el suelo,  Trinidad pudo apreciar a través de su falda larga, unas hermosas y amplias nalgas, así como unas caderas generosas y unas piernas bien dotadas. En vida esta mujer fue una preciosidad.

Aunque nadie se lo crea, las voluptuosas caderas de Samanta robaron la atención de Trinidad, mucho más que la idea de encontrar a una mujer desconocida vestida de blanco en su propia casa. En vez de asustarse al encontrar el fantasma, quedó admirado ante aquellas voluminosas y bellas posaderas.

Samanta volteó repentinamente al sentirse observada y lejos de encontrar miedo y pánico como pasaba con las mujeres de la casa, se topó con los ojos de Trinidad, inyectados de deseo y curiosidad.

La mujer se apartó de los palomares, desplazándose rápidamente del lugar donde la habían sorprendido, desconcertada ante aquel hombre inusual y amante de las aves. Como si flotara, pues no se apreciaban sus pasos al andar, comenzó a alejarse cada vez más. Trinidad intentó seguirla y hablarle, pero ella era muy rápida.

“¿Puedo ayudarte, buscas algo…?” Le preguntó él, solícito y con voz amable antes que ella se perdiera por entre las azoteas de las casas vecinas.

“No… no sé… después…” Dijo la mujer intimidada ante la reacción del Colombicultor, se alejó a toda prisa a través de los techos de las otras casas hasta desaparecer en la nada, dejándolo solo y anhelante.

8

Se han publicado muchos  tratados  sobre palomas, en diferentes lenguas, y algunos de ellos son importantísimos por ser de considerable antigüedad. Me he relacionado con varios criadores eminentes y he sido admitido en los clubes colombófilos de Londres. La diversidad de las razas es algo asombroso.

(CHARLES DARWIN –El Origen de las Especies)

 

Los colipavos son una raza de palomas que efectivamente poseen una cola erecta, provista de una gran cantidad de plumas sembradas en el rabo de forma circular, formando un abanico enhiesto. El resultado de esta inusual parte posterior de las aves, es la cola de un pequeño pavo real, que en realidad viene a ser una paloma. Poseen además un enorme buche que aumenta de tamaño conforme la variedad del colipavo es más fino, caminan produciendo nerviosos y rápidos movimientos del cuello, la cabeza y el buche hacia atrás y adelante. Algunas llegan a tener un buche tan grande que no puede verse la cabecita de ojos rojizos, superada por el mapamundi de su panza redondeada, la cual llevan a cuestas, trabajosamente, como un globo terráqueo. Los hay de varios colores: negros, café, color chocolate, que son hermosos y elegantes, pero los más bellos son los colipavos blancos. Estos son los favoritos de Trinidad, aunque  no sólo tiene blancos.

Se dice que Darwin también amaba especialmente a estos últimos, y que cruzo algunos colipavos de color blanco con otras que se conocen como palomas calzadas, las cuales tienen las patas cubiertas de plumas y con membranas de piel entre los dedos. Que a los hijos de ésta mezcla, sucesivamente los cruzó con palomas mensajeras igualmente blancas, luego  a estos con maromeras de  aire: aquellas que producen círculos perfectos al vuelo. Su intención era, como pudo constatar después de estar entrecruzando animales de diversas variedades y razas, llegar a una paloma prototipo, la primera de la cual se derivaron las miles de razas que hay en estos días, en cautiverio. Darwin, después de estar cruzando animales de plumaje blanco principalmente, dio por fin con una paloma azul grisáceo, color que no tenía nada que ver con ninguno de sus padres, abuelos y bisabuelos blancos. Esto le hizo plantear una de sus teorías: la de la reversibilidad, que nos dice que la vida tiende a manifestar regresiones o a reaparecer en las nuevas generaciones de una especie, rasgos antiguos que habían sido perdidos  en su evolución.

Darwin estuvo buscando luego el lugar de dónde pudieron haber salido estas palomas primigenias y en el norte de África encontró, anidadas en barrancos, una antigua variedad de palomas azuladas y grisáceas, sumamente ariscas y difíciles de domesticar, las que probablemente fueron los ancestros de las coloridas y elegantes aves de ornato que crían los hombres modernos. Probablemente las palomas, como señala el mismo Darwin, han acompañado a la humanidad desde los orígenes de su cultura,  desde el inicio de la historia de la domesticación animal, junto con los gatos y los perros. En antiguos vestigios de culturas como la persa, la egipcia y la fenicia, hay noticias de que los emperadores, los comerciantes y los hombres humildes de todas las épocas, amaban y promovían el cuidado y la cría de palomas.

A Trinidad le duele muchísimo tener que empezar a vender muchas de sus aves. La economía del taller está a punto de llevar a los habitantes de la casona a la quiebra. Con ayuda de Lourdes y Margarita, colocan una buena cantidad de pichones en cajas de madera a modo de jaulas. Luego suben estas jaulas a un carrito y se ponen en marcha rumbo al mercado del Santuario. También llevan parte de sus gallinas.

Los animales de Trinidad están tan bien criados y alimentados,  tienen tan bonitos colores y plumaje, que la gente no duda en comenzar a llevárselos. No los pueden vender en un precio demasiado elevado, dado que la economía de su país en general es pésima para todas las personas. Diversos individuos de todas las edades, desde ancianas, niños, jóvenes amantes de los animales y simples curiosos, no tardan en llevarse una pareja tras otra de sus palomas,  también las gallinas para un buen caldo.

Acomodaron el carrito junto al puesto de un pajarero, que no vende palomas pero trae todo tipo de coloridos canarios, periquitos y gorriones.

Trinidad contesta con monosílabos, no muy contento ni conforme, cuando la gente le pregunta por sus amadas aves, pero Lourdes, mucho más sonriente y dulce, se encarga de que la gente supere el desconcierto producido por el arisco Colombicultor y que los clientes no duden en comprar las palomas.

El vender los animales no soluciona del todo los problemas económicos: cuando casi los acaben, no tendrán más aves que vender, puesto que no es demasiado lo que ganan como para tener tiempo de seguirlos reproduciendo. Además de todo, Trinidad no aceptará venderlas absolutamente a todas. Mientras la gente pasa frente a ellos y contempla sus aves, o algunos las compran, piensa que por lo menos se quedara con una veintena de colipavos blancos y otros diez de alas café que tanto le gustan.

Lo que lo une a ellas no es exclusivamente un sentimiento de posesión, como si fueran estas aves fetiches o artículos de lujo. Sólo quien ha convivido con ellas de cerca puede entender lo que es el placer hipnótico de quedarse horas contemplando sus conductas y sus hábitos de socialización y reproducción. Fascinado ante su vuelo en parvadas, capaz de describir círculos perfectos y en formaciones casi calculadas matemáticamente.

Cuando no les hayan quedado más que unas cuarenta palomas, no tendrán más remedio que vender la casona. Todos están conscientes de ello. Recientemente, el municipio les ha ofrecido adquirir como patrimonio histórico su antiguo palacio para convertirlo en un edificio público. Es triste para ellos, sobre todo para las muchachas, quienes siempre vivieron ahí, pero muy probablemente tendrán que vender la casona.

9

Lo que sucedió posteriormente se los fue contando Lourdes  en fragmentos sueltos y desperdigados que recogió de su memoria poco a poco, conforme los fue recuperando tras la fuerte impresión.

Caminó sola, con una mochila y su flauta transversal. Estuvo tan triste por no saber más del músico, que su cerebro bloqueó completamente todo contacto con el mundo, dando como resultado una amnesia del pasado y del presente que le hizo deambular sin saber de sí misma durante tres días.

Transitaba sola por las calles, anhelando encontrarlo en algún rincón, buscando dar con él, obtener una disculpa, una aclaración, un beso. Se alegraba cuando escuchaba las notas aisladas de un acordeón o los acordes melancólicos de la guitarra de algún músico callejero. No comía y caminaba por los suburbios, deslizándose como una figura fantasmagórica, con la mirada extraviada en el infinito, apenas fijándose al cruzar las calles, pálida y enflaquecida. Los hombres de aquellos barrios se le acercaban, atraídos por su belleza, le hablaban, trataban de invitarla, de seducirla o de darle dinero a cambio de sus encantos. Lourdes no respondía, no miraba directamente nada ni nadie. Se alejaban de ella las gentes, creyendo encontrarse ante una loca.

Por su parte Trinidad y Margarita, aunque la extrañaban, sabían por medio de una carta que le dejara Lulú a su hermana, que se marchaba a la ciudad del Imperio con su novio músico. El Colombicultor continuó tan triste, que dejo de ir a visitar a la hermana mayor durante las noches. Margarita por su parte cayó en un triste silencio. Dejaron de platicar. Apenas se comunicaban entre ellos con monosílabos para referirse a las cuestiones más elementales de la manutención de la casa y a la hora de los alimentos. Margarita lloraba toda la noche, algo en el orden abstracto que les cobijaría en el futuro, estaba todavía incompleto y la hacía sufrir a ella desmedidamente.

Trinidad apenas tenía fuerzas para trabajar un rato por las mañanas, pasaba el resto de la tarde y buena parte de la noche refugiado en sus palomares, ni el contacto con sus amadas aves lograba aliviar su angustia.

Fue así, durante tres noches seguidas en que ellos no supieron nada de la hermana menor, hasta que Samanta, quien permanecía presente pero observando a la distancia, perfectamente enterada de todo lo que acontecía en la casona, se acercó a Trinidad. El Colombicultor alimentaba a sus animales, cuando al levantar la cabeza la encontró casi de frente. Trinidad no le temía, al contrario, no dejaba de sentir una combinación de fascinación, curiosidad y deseo por ella:

“Debes ayudarla, está perdida, la he visto por la calle….” Le dijo Samanta.

“¿Sabes dónde está…?” Preguntó el Colombicultor sin miramientos.

“La he visto…, anda sola y está mal de la mente, debes acudir pronto…”

“¿Por dónde… puedes guiarme?”

“En los suburbios, corre peligro, debemos ir inmediatamente”.

Y los vecinos que vivían alrededor de la casona se quedaron extrañados al ver salir a Trinidad saliendo a toda prisa de su palacio, acompañado de una pálida mujer a quien jamás vieron por ese barrio.

10

“¿Acaso ignoraban que Dios prohíbe la poligamia? ¡Van a arder en el infierno los tres…! ¡Se van a condenar por vivir de esa manera…!”

Les grito el padre Raúl desde el patio de la casona. Trinidad permaneció en silencio cerca de él. Desde que entrara el anciano párroco al taller, no dejó de rosear con la pistola de aire un Renault viejo que se teñía poco a poco de color verde. El cura estaba poseído por una furia profética y condenatoria, se enteró por medio de los vecinos que los tres convivían sexualmente, compartiendo la misma cama, No dudó en acudir a la casona para hablar con ellos  y prohibirles que vivieran fuera de las leyes de Dios.

Las muchachas salieron asustadas de las habitaciones del segundo piso al escuchar los gritos, Margarita de su recámara y Lourdes de la cocina donde andaba en las faenas domésticas. Se acercaron al barandal de hierro sin descender al taller, como para protegerse de la agresividad del cura. El padre parecía fuera de sí, los ojos estaban por estallarle:

“¡¡¡Tú, debiste ir al seminario, escapaste del rebaño de Dios…!!!” Sentenció el cura, dirigiéndose a un silencioso Trinidad, señalándolo con el dedo como con un cuchillo amenazante. “¡¡¡Pero ellas han sido corrompidas, se han hecho unas mujeres pecadoras…!!!” Terminó de decir.

Las muchachas tampoco decían nada. Los ojos de Margarita derramaron algunas lágrimas y Lourdes miraba al párroco con una suficiencia que incendió aún más los ánimos proféticos del padre Raúl. El cura se ensaño ahora más con ellas:

“¡Mujeres perdidas, abortadas del buen camino, son como perras hambrientas de que se apareen con ellas…!” “¡¡Sodoma, Gomorra, Salomé….!!”

Cuando dijo esto último, Trinidad se puso pálido y dejando su pistola de aire se acerco al sacerdote:

“Más vale que aquí le pare, Padre Raúl, porque si no va a ver cómo soy realmente…” Le dijo el Colombicultor en un tono amenazante que silenció al ministro, amedrentándolo ahora a él.

“Es mejor que se vaya de aquí y que no vuelva…” Agrego Trinidad.

Las muchachas estaban asustadas, más por la reacción amenazante del Colombicultor que por las amenazas de  condena eterna del Padre Raúl.

“¡No quiero volver a verlos por el templo, no se vayan a aparecer ni por accidente, me entendieron! ¡Están fuera de mi Iglesia…!” Terminó de decir el párroco y desapareció a través del portón de la casona.

11

Dos hombres jóvenes y mal vestidos se precipitaron sobre ella. Uno la despojó de su flauta y su mochila, el otro la retuvo sujetándola de los brazos. El que le quitó sus cosas comenzó a acariciarle las piernas y los senos a través de su vestido. El que la retenía por los brazos le olisqueó los cabellos y le besó la nuca. La siguieron durante unas diez cuadras, atraídos por el encanto natural de la muchacha, por su singular elegancia y por encontrarla sola, al parecer perdida y confundida en ese barrio de los suburbios. Hasta que ella se metió en un callejón solitario y entonces aprovecharon la oportunidad para atacarla.

Ella no gritaba, no hablaba, no decía nada mientras sentía como pasaba aquel hombre su mano alrededor de su cuerpo, captando el aliento a excremento que emanaba de la boca desdentada que intentaba besarla. Parecía mirar hacia otro lado y no estar allí, todavía en busca del maestro de música.

Hasta que el puño del Colombicultor golpeó, cerrado y durísimo en la nuca, por la espalda del insolente profanador de aquel bello cuerpo. El individuo se desplomó  con fragilidad, como un viejo muro derrumbándose y no se volvió a levantar. El otro hombre asustado, atinó a soltar a Lulú:

“!No le estábamos haciendo nada, eh, nada…!” Gritó lleno de temor, con las manos temblorosas y apartándose de ellos.

Trinidad debió inspirarle verdaderamente temor: un laminero y cuidador de palomas, de más de un metro ochenta de estatura, los brazos y las manos curtidos bajo el hierro de los autos, capaces de desmembrar un Ford en segundos, susceptibles también de reparar con aguja e hilo el vientre de una paloma destripada.

El hombre salió huyendo tan rápido como pudo. Entonces Trinidad la cargó, al igual que si se tratara de una muñeca. Samanta recogió la flauta y la mochila del piso, los tres se pusieron en marcha con rumbo hacia la casa.

“Trino…” Alcanzó a decir  en un susurro la muchacha antes de perder completamente la conciencia y dormirse.

Con el paso de los días Lourdes fue recuperando la memoria y también el entusiasmo. Parecía que el hecho de estar nuevamente en su casona, cerca de Margarita y del Colombicultor la restablecía poco a poco. Margarita y Trinidad se turnaban cada día para cuidar de ella por las noches, llevarle de comer a la habitación, hablar con ella, cumplirle pequeños caprichos y hacerla sentir querida.

Margarita estaba feliz porque su hermana adorada volvió de nuevo. Trinidad apareció en su habitación otra vez los lunes, miércoles y viernes para amarla.

El Colombicultor se acercaba cada vez más a Lourdes. Le llevó una mañana de martes un bello colipavo blanco con una cartita atada a la pata izquierda que decía:

“YO TE QUIERO MUCHO…”

Y esta carta era una de las mayores proezas a que se atreviera este criador de palomas, Colombicultor silencioso y tímido. Esa misma noche le tocaba a Trinidad cuidar de ella, cuando arribó a las diez a su habitación para ver cómo estaba la joven flautista, sintió cómo la mano de Lulú le jalaba, tomándolo con suavidad por los cabellos y el cuello hacia sus sábanas, arrastrándolo a un abismo de seda, bocas y senos.

A partir de entonces quedarían los martes, jueves y sábados para visitar por las noches a la hermana menor, pero los lunes, miércoles y viernes, para Margarita.

TERCERA PARTE:

ADIÓS A LA CASA

 

colipavo                                          

 

Siempre me he sentido atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios.

(TRUMAN CAPOTE – Desayuno en Tiffanis)

 

1

Es noche de lunes, la última que pasará Trinidad en la casona. Han empacado ya la mayor parte de sus cosas personales. El Colombicultor pasó toda la tarde encerrando en pequeñas jaulas de madera a unas cincuenta palomas, que son las únicas que le quedan después de vender a más de mil. Son quince parejas de colipavos blancos, los otros veinte de color marrón, chocolate y unos cuantos negros. Por nada del mundo las dejaría. Donde quiera que vayan las llevará y les construirá  un nuevo palomar para comenzarlas a criar de nuevo donde sea. Al fin y al cabo éste hombre humilde es laminero y colombicultor de profesión, y nunca dejará de serlo.

En la mañana de ese mismo día firmaron el contrato de venta de la antigua casa al Ayuntamiento de su ciudad. Les dijeron que la convertirán en un edificio público, la remodelarán y embellecerán, construirán oficinas, un museo y un salón para eventos comunitarios. En cierto modo no puede haber un final mejor para la vieja y querida casona.

Las muchachas lloraron después de firmar la concesión de las escrituras, han vivido siempre aquí. Al día siguiente partirán caminando hasta la Ciudad del Imperio. Recorrerán una ruta de varias semanas, marchando a pié y empujando un carrito de mano en el que llevan tres jaulas de madera con cincuenta palomas, algunas cajas con objetos personales, ropa, agua y alimentos para cruzar la Frontera y llegar a la Ciudad del Imperio.

Se trata probablemente de la mejor decisión que puedan tomar. Obtendrán una buena suma con la venta del inmueble para iniciar un negocio en aquella ciudad, Trinidad podrá poner otro criadero de aves y lograrán una mejor vida. En éste barrio nadie de los vecinos los quiere por llevar una vida licenciosa y diferente a la de los demás. El padre Raúl se encargó de hacer correr la voz de lo que ocurre en aquella casa infernal y pecaminosa donde habitan los tres.

Trinidad termina de cerrar la última jaula en que se apretujan unos pichones blancos y hermosos con ojos rojizos. Desciende a través de la penumbra de su amada casa. Es cerca de la una de la mañana. Hoy le toca dormir con Margarita y él sabe que a ella no le importa que la despierte para hacerle el amor hasta la madrugada. Al fin y al cabo es la última noche que pasan en la casa.

Cuando llega a la recámara de la hermana mayor, encuentra la cama vacía y todavía perfectamente ordenada, al parecer Margarita no se acostó aún.

Trinidad se desnuda y se mete dentro de las sábanas de seda de Margarita. Escucha ruidos en el baño, oye el agua correr. Intuye que ella se prepara para el amor. Sigiloso, apaga la lámpara y todo en el cuarto de la muchacha se vuelve densas tinieblas.

A la media hora se escucha que abren la puerta del baño. Unos pies desnudos parecen recorrer el cuarto en busca de objetos, cremas, perfumes, se oye el tintineo de frascos de esencias femeninas y aceites faciales en cajas, empacados ya como duendecillos listos para el viaje, porque mañana se irán junto con los habitantes de la casa.

Después de algunos minutos, una mano larga y delicada toca los dedos desnudos del pié de Trinidad, luego se introduce por debajo de la sábana que cubre su cuerpo y recorre delicadamente su muslo poblado de bellos hasta llegar a la entrepierna.

En el momento en que aquella mano coge el pene de Trinidad y lo oprime con suavidad, tomándolo como un utensilio de uso común, haciéndolo crecer como a una víbora de cascabel embravecida, una boa constrictora en su máxima extensión, le entra a él una sospecha. No obstante el placer es demasiado grande. Pero ésta mano es diferente, se comporta distinta, anómala, no con el recato con que lo acarician las hermanas, quienes son más discretas y tímidas. Esta mano es hábil y desinhibida, diestra y ansiosa, le mima su miembro como si cortara un racimo de plátanos dulcísimos, le tentalea morosamente los testículos hasta hacerlos caer como cocos sobre la arena tropical.

Cuando la mujer se monta sobre él, el Colombicultor no alcanza todavía a discernir del todo. Unas gruesas caderas lo cabalgan hambrientas de un solo golpe, dos nalgas redondas como Saturno  y Venus se tragan su falo  en un movimiento rotatorio y diestro. En el instante en que las manos de Trinidad buscan a tientas en la oscuridad, aquellos gigantescos globos planetarios que le devoran pausadamente la ingle y la cintura, y frotan anhelantes, trémulas, aquellas bombas temblorosas, lubricadas con la secreción de su propio aceite, coronadas por el ano y la vulva voraz, se da cuenta repentinamente que es ella. Las hermanas son menudas, delgadas, frágiles y ligeras. Los cuartos traseros de ésta otra mujer pesan una enormidad, sus nalgas tienen vida propia cuando saltan sobre él y le masajean el miembro. La melena larga, rizada, ensortijada como una cascada de gruesos anillos de oro que se derrama sobre su cara jadeante. Las hermanas tienen el cabello liso y delgado.

“¡Eres tú!…, ¿porqué….?” Le pregunta Trinidad desvaneciéndose, con la voz al punto de la extinción.

“¡SHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH……..!”

Susurra solamente ella al arrojarle en la boca un aliento frío y acuoso, gélido y mortífero que le congela las entrañas y el cerebro hasta robarle el soplo vital.

2

A la mañana siguiente, cuando salen  empujando su carrito con las jaulas de palomas y sus pertenencias, los vecinos no dirán mucho al verlos perderse caminando juntos: Trinidad a cargo  del carromato con las cosas y las palomas, las muchachas un poco detrás de él, llevando algunas bolsas, Lourdes su mochila y su flauta.

Margarita cierra el portón por última vez. Tras ellos queda clausurada para siempre la casa, la muchacha tiene algunas lágrimas que se enjuaga con facilidad. Por su parte, Lourdes parece tranquila y segura, está dispuesta a enfrentar lo que venga en su viaje hacia la Ciudad del Imperio.

Trinidad como siempre no dice demasiado, se adelanta un poco, poniéndose en marcha y empujando el pesado carro. Las muchachas comienzan a seguirlo a poca distancia, son un grupo de peregrinos que no propician más que algunos comentarios en los vecinos de alrededor que ya no los quieren por ahí. El padre Raúl los mira receloso desde la acera de enfrente, a través de un ventanal de su parroquia.

No son los primeros peregrinos que son expulsados de su hogar. Forman una hilera alejándose para siempre del barrio: Trinidad hasta adelante con el carro y sus pichones, Margarita y casi enseguida, a muy poca distancia, Lourdes.

Pero los vecinos y el párroco no se sorprenderán tanto, hasta cuando  contemplen a una tercera mujer de quien no tienen noticia, caminando hasta atrás, como un vigía, una guardiana, una antigua diosa celta, una deidad proveniente de Ávalon. Frondosa, alta, erguida, reencarnada, resucitada. Con el cabello rizado y larguísimo.  Caminando justo detrás de las muchachas, cuidándoles la retaguardia, yéndose junto con ellas hasta desaparecer por las calles.

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