DONDE EL MAL NUNCA TE PUEDA TOCAR

grabados_chaman

Por: Carlos Filiberto Cuéllar

ÍNDICE

1.)    Primera Parte: Las Rutas Ancestrales de los Antiguos Caminantes del Occidente de México.

2.)  Segunda Parte: Maracame

 3.)  Tercera Parte: La Niña Huichola

 

 A mi esposa Cory  y mis hijos: Carlina e Isaac Alejandro.

 

No puede haber solución para ninguno de los problemas del mundo sin una total aproximación al amor y al sexo. Casi todas las destrucciones y autodestrucciones, casi todo el odio y tristeza, casi toda la codicia y ansias de dominio surgen del ansia de amor y de sexo. Y los manantiales y las fuentes del amor y del sexo son tan inagotables como el propio Universo.

 (JOLAN CHANG –El Tao del Sexo y del Amor)

 

You are raining in. I can´t escape that feeling. You´re dripping into the buckets I have placed. Where Damage isn´t already done

 (THE RADIO DEPT –Where Damage isn´t already done)

 

 

  PRIMERA PARTE:

LAS RUTAS ANCESTRALES DE LOS ANTIGUOS CAMINANTES DEL OCCIDENTE DE MÉXICO

1

Sus pechos quedaron al descubierto, provocando aplausos y silbidos del público que la adoraba. Se despojó de la blusa, ajustadísima contra las bubis más codiciadas de Uruapan Michoacán. Arrojándola sobre el público. Cayendo en manos de uno de sus clientes consentidos: don Daniel, un mecánico soldador, quien la atrapó agradecido, cual si se tratara de una bendición.

Sonrió, natural y tierna, inundando con el caudal de sus ojos verdes la totalidad del table dance, induciendo a todos en un rito milenario. Era el retorno de la Noche de los Tiempos, donde las mujeres preparaban sortilegios para establecer lazos invisibles con los hombres a quienes amaban y no los dejaban partir más. Cuando la Diosa Madre acudía, rauda, invocada durante las ceremonias en los bosques a las tres de la mañana, escuchando las plegarias y curando los corazones doloridos de sus adeptas, exorcizando o apoderándose de voluntades a su antojo.

Las otras desnudistas solían decir que si pensaban en una cara bonita, era precisamente la de ella: Yhajaira. Al mismo tiempo altiva, sexy y plena de ternura. Tampoco podían envidiarla, porque Yhajaira se hacía querer por todas sus compañeras y sus clientes, a pesar de los pesares.

Cuando recién llegó a trabajar al Manantial, uno de los bules más conocidos de la región, ninguna de las putas la quería por ser más bonita que todas, más femenina que ellas y por nunca quitarse las tangas. Cosa que sus compañeras aborrecían, pues les parecía que con ello se daba mucho más a desear, robándoles posibles clientes. Aquello significaba romper el código ético de los prostíbulos, en donde ninguna de las encueradas debía secuestrar la clientela cautiva de la otra.

No muchos conocían la verdadera causa de su renuencia a mostrar su sexo durante los bailes.

El precedente se sentó el día que un conocido jefe de una banda local de atracadores y extorsionadores quiso matar con una daga a Queta, la puta más joven de todas: apenas veinte años. Porque la chica no permitió que le introdujera el dedo en su tierna vulva.

La música fue silenciada. La pirujita chillaba, implorando, semejando un puerco al borde del sacrificio, arrastrándose desnuda en cuatro patas debajo de las mesas de la disco. Escapando de los ataques de su agresor. Nadie se atrevía a hacer nada, pues temían que las represalias del malandrín no se hicieran esperar contra cualquiera que siquiera osara hacer algún comentario.

El individuo, ex militar convertido al crimen organizado: una masa obesa de rostro desfigurado por el acné adolescente y la viruela infantil, acostumbrado a sentirse dueño de vidas y almas, la perseguía con el cuchillo desenvainado, presto a clavárselo, insultándola y riéndose. Las otras putas sólo se animaban a gritar, histéricas y solicitando que alguien hiciera algo para salvar a Queta.

Entonces Yhajaira se paró frente a él, obstruyéndole el paso hacia la indefensa chica, muy alta y decidida, pues medía más de un metro setenta y tantos de estatura. Amenazándolo con su cuerpo semidesnudo y sus ojos verdes.

¡Si la tocas, el Mal te seguirá durante toda tu vida! ¡Te vas a podrir vivo, desgraciado…!

¡Tú no te metas, puta asquerosa! ¿Es cierto lo que dicen, verdad?, ¿Que en realidad eres hombre…?

El personaje soltó una carcajada ronca y nerviosa, un gruñido propio de un Hombre del Cromañón, que sus seguidores celebraron. Queriéndose burlar de los rumores que circulaban sobre Yhajaira e intentando ridiculizarla.

¡Cuando te violaron de niño, no lo hicieron por maldad! ¡El sacerdote de tu pueblo te quería mucho de todos modos…!

Soltó en una oración relajada la de los ojos verdes, como si hubiera presenciado el acto en que el párroco de su pueblo natal le introdujo una verga gigantesca al atracador, desflorando su ano inexperto cuando tenía doce años.

¡Perdona al sacerdote y Dios te perdonará inmediatamente! ¡Perdona a esta muchacha y serás bendecido para siempre!

Agregó la encuerada.

Todos se quedaron en silencio. ¿Cómo era posible que la puta supiese tanto de la vida de aquel rufián, si ella era mucho más joven que él y no nació en Michoacán, sino que provenía de un pueblo paupérrimo del Estado de Guerrero? Nadie escuchó nunca que el hombre fuera abusado en la infancia. De hecho nadie más que el malandrín y el propio sacerdote, autor de la penetración, conocían del evento.

El Cromañón palideció, torpe y paralizado. Se desmoronó e inclinó su cabeza chata hacia delante. Guardó su arma y pidió a sus secuaces seguirlo hacia la salida del congal tras liquidar la cuenta. Nunca más volvió a molestar a las muchachas.

Desde entonces Yhajaira se ganó el cariño de todas, además del mote de bruja y vidente.

 2

Conforme giraba con discreción y elegancia sus caderas, dando pequeños pasos hacia delante y algunos hacia atrás sobre unos tacones de diez centímetros que la hacían parecer aún más alta de lo que era, Ojos Verdes no paraba de sonreír, reconociendo a sus amigos, a sus clientes más queridos, también a los nuevos que se sumarían a su redil de admiradores. Bendiciendo con sus mirada en cada parpadeo  a los comensales, al igual que la papisa de alguna inmemorial ceremonia pre-cristiana.

Esa presencia angelical y bondadosa, aunada a sus pechos y caderas, constituía la mezcla que volvía locos a los clientes.

Sus tetas tenían la justa medida: no excesivas, como la mayoría de las bailarinas que se inyectaban silicón hasta inflarlas desproporcionadamente, ni demasiado pequeñas. Con los pezones rosados y erectos por el frío del aire acondicionado artificial. Sus admiradores las adoraban cuando se contoneaban al ritmo del baile que Yhajaira seguía con una cumbia o un bolero. Su mayor éxito lo constituían los boleros, que encendían a sus clientes, principalmente los que interpretaba la Sonora Santanera o la vieja orquesta de Mike Laure. Así los bailaba: lenta y encantadora.

Un cliente norteamericano le pagó los implantes de los senos porque cuando ella comenzó a bailar en un congal de Chilpancingo a los dieciséis años, los tenía muy chiquitos. El gringo estaba enamorado de ella y pretendió sacarla del negocio. Cosa a la que Yhajaira se negó rotundamente. Su estrellato apenas comenzaba.

Esa noche, mientras finalizaba su baile, descubrió al Antropólogo. Nunca lo vio antes. Por su forma de vestir y de moverse, supo que el sujeto no era de Uruapan y que su profesión no era común y corriente. A la chica le atrajo también su manera de mirar: estudiando cada detalle del ambiente, incapaz de de despojarse de su rol de observador de los grupos humanos. Se notaba a leguas, nada más por los anteojos redondos, la postura erecta de su espalda y los ojos decididos, que el tipo era un entendido de la vida y de los libros. La cuestión era: qué hacía en ese tugurio, visitado por michoacanos desmadrosos, traficantes y admiradores de las putas.

A su manera Yhajaira también se dedicaba a investigar a los hombres. Aunque su formación académica no pasó más allá del segundo de primaria, tenía una aguda y diestra percepción, entrenada durante años de trabajo en los bules. No solía irse a la cama con cualquiera: para acceder a tener sexo con alguien, iniciaba un complejo proceso de análisis de la apariencia, los modos, la voz y la personalidad del presunto cliente, que le permitía  saber si el usuario sería de fiar, además de capaz de entender y apreciar las particularidades corporales que la volvían única. De ese modo se ahorraba malos tragos y amarguras cuando un tipo pretendía alguna práctica sexual desagradable o peligrosa para ella.

El secreto de su sexo estaba reservado para unos cuantos: los limpios de corazón. Exclusivo de los iniciados, los elegidos, los que transitaron por un lento proceso de purificación. Y en encontrar amigos y personas de su confianza, Yhajaira era toda una experta. Así como en alejar a los degenerados y a los personajes de intenciones malévolas.

El Antropólogo encendió uno de los puros veracruzanos que solía comprar en el Sanborns de los Azulejos, en la Ciudad de México, donde pasaba buena parte de su tiempo, o en el de Avenida Vallarta y casi Unión, en Guadalajara. Bebió de su vaso Old Spice un whisky en las rocas y dio una placentera y lenta fumada a su habano. Media hora antes eligió la mesa más alejada de la pista de baile, en un rincón que estratégicamente le permitía observar al gusto a todas las encueradas y a sus clientes.

El arte de la percepción visual era uno de sus grandes placeres. Mirar y admirar el comportamiento humano lo complacía sobremanera. Además del desfile de las desnudistas que contoneaban sus ubres y culos en su andar rítmico por entre las mesas, olisqueando el dinero, a la caza de clientes que les invitasen las bebidas más caras, o les solicitasen sus tentadores servicios sexuales.

Se encontraba solo, interesado y a la vez indiferente hacia el entorno. A ratos clavaba su mirada anhelante en las curvas de alguna desnudista que le atraía fugazmente. En otro momento miraba discreto el baile privado que una puta proporcionaba a algún obrero o campesino, impúdica sobre las piernas del cliente, dejándose manosear y fingiendo que le agradaban las caricias desesperadas.

El Antropólogo se sumía en sus pensamientos. Precedido por un lento suspiro, dejando caer su mirada en el tabaco y el cenicero, mirándose las manos. Transitando de un aire de seguridad atrayente para las muchachas, hacia una melancolía inocultable que alejaría a cualquiera.

El bolero que bailaba Ojos Verdes era Mucho Corazón, interpretado por la antigua orquesta de Mike Laure. Yhajaira se sentía ya algo desesperada, pues por más que buscó durante su número la mirada del Antropólogo, el hombre no se dignaba a interesarse en su arte. Ella ignoraba hasta entonces, porqué de entre los más de cien comensales que inundaban el tugurio y que hubiesen pagado tres veces las cuotas exigidas por el dueño del congal para un sexo completo o un servicio VIP, con tal de acostarse con ella, precisamente se interesaba en ese hombre.

No podía calcular su edad: ¿28 años, 30, 35? Se preguntó la encuerada mientras la orquesta lanzaba las últimas notas de unos románticos metales, cerrando el clásico y bellísimo bolero de Emma Elena Valdelamar, uno de sus favoritos:

Di si encontraste
en mi pasado
una razón para quererme
o para olvidarme.

Pides cariño, pides ternura,
si te conviene,
no llames corazón
lo que tú tienes.

            Le resultaba difícil establecer la edad del tipo: durante unos segundos parecía demasiado jovial, al inundarse su ser por el deseo, provocado tras la cercanía de un tentador cuerpo desnudo. Más tarde, cuando la melancolía lo abrazaba, parecía un sujeto mucho más grande, agobiado por las experiencias de una vida que dejaba la etapa juvenil superada tiempo atrás.  Quebrantado por el peso de una existencia agobiante.

Yhajaira comenzó a descender de la pista, bamboneando sus senos claros, ostentando sus caderas, agradeciendo los aplausos de sus fans, sonriendo cual diva. Se acercó a la mesa del Antropólogo, dando a propósito un rodeo extra por entre las mesas, antes de perderse en los camerinos como usualmente procedía, hasta que por fin los ojos de ambos se encontraron.

La encuerada disminuyo la velocidad de su paso y bajo levemente su cara hermosa, de rasgos esculpidos en un himno a la mayor perfección del Ser Femenino.

¿Qué, no te gusto mi número…?

Preguntó ella. Fingiéndose ofendida por la distracción aparente del cliente. Sintiendo inexplicablemente que su habitual seguridad como bailarina y sexoservidora  vacilaba.

¿Perdón?

Expresó él en tono por demás educado. Causándole a la chica la impresión de un grave contraste y confundiéndola otro tanto, sorprendida con la actitud de dueño de sí mismo que ostentaba desde lejos, pero que luego se volcaba en una timidez extrema que el Científico no podía ocultar.

¡!¿Que si no te gusto mi baile?!!

Terminó de decirle al acercarse a su mesa y detenerse a mirarlo de cerca. Enfocándolo con unos verdes planetas oculares. Mostrando por su parte un interés creciente y también un nerviosismo inusual que helaba las yemas de sus dedos.

No podía dejar de mirarte….

Respondió el Antropólogo con voz baja, casi abatido.

Pues no parecías muy interesado. No me di cuenta que me pelaras ni una sola vez en toda la canción.

Sí te estaba observando. Pero yo sé mirar de una manera en que parece que no lo estoy haciendo.

¿Cómo….?

Se acerco aún más ella. Aumentando su interés. Sonriéndole con una boca lindísima que encogió el corazón del tipo. Fingiendo que no escuchaba, pero aprovechando el pretexto para verlo aún más de cerca.

¡Que sé mirar de una manera muy discreta en que parece que no lo estoy haciendo, pero sí estoy viendo…..! ¡No dejé de verte en todo el rato!

Casi le gritó el hombre, subiendo la voz ante una ruidosa pieza electrónica que iniciaba, anunciando a la próxima bailarina.

¿Y a qué te dedicas?

Soltó Yhajaira ya con mayor confianza, dejándose caer confianzuda en el sillón de cuero tras la mesa, donde se encontraba el Antropólogo instalado. Quedando con sus senos desnudos casi pegados al brazo del hombre. Luego volvió a preguntar:

¿Ay, me invitas una copa….?

¡Desde luego!

Le respondió él, sin poder ocultar, por más que se esforzaba, todo lo que le intimidaban la cara, los ojos y las bubis al descubierto de la muchacha.

El Antropólogo tomó su puro, dio una fumada ansiosa y llamó al mesero con un gesto de su otra mano.

Me dedico a la antropología, ¿Qué te tomas?

Acabó de decir un poco más relajado, arrojando el delicioso humo veracruzano.

3

¿El bolero que bailaste… es de María Grever, o me equivoco?

Cuestionó el hombre casi abstraído en la música.

¡Sí te equivocas! Respondió ella. Lo compuso Emma Elena Valdelamar.

Es bellísimo. A mis tíos les encantaba. Escupió el Antropólogo junto con un puño de humo.

¿¡Te aseguro que no sabes en qué circunstancias la compuso!?

Volvió a decir ella, haciéndose la interesante, fumando a la par de él, bocanada tras bocanada, pero cigarros con filtro, presa de un entusiasmo por la conversación que no muy comúnmente experimentaba con cualquier cliente desconocido.

Resulta que la autora era hija de familia…

Continuó ella en un tono muy dulce, susurrando al oído del Antropólogo, esforzándose por resultar más seductora de lo habitual:

De unos papás muy conservadores y tradicionalistas, muy mochos… Entonces un español comenzó a cortejarla. La artista no tardó en entusiasmarse, porque el hombre debía de ser guapísimo y se veía muy serio y muy formal. Venía de la Capital nada más para cortejarla. Ya estaba muy ilusionada, incluso habían hablado de boda y toda la cosa. Pero luego ella se dio cuenta que el hombre andaba haciendo averiguaciones sobre su familia. Que si sus papás tenían dinero y propiedades, que si no había más pretendientes…. Que si ella era casta y pura. Cuando la compositora se enteró de las averiguaciones de su pretendiente, lo mandó al demonio, enojadísima, y compuso esa canción….

¡Qué bonita historia…! Gritó el Antropólogo.

¿Bonita historia? ¿De dónde es bonita? ¡Es cruel e injusta! ¿No me digas que elegiste a tu novia por ser casta y pura?

Dijo ella en tono demasiado serio, haciendo evidente que se identificaba con la desilusión amorosa de la autora.

¿Mi novia? Preguntó el científico.

Yhajaira cambió rápidamente la melancolía previa por una sonrisa de satisfacción, sabiendo de inmediato que el Antropólogo estaba solo. El hombre mordía la primera carnada. De manera que el “estar solo” significaba para ella el hecho de que no había ninguna mujer en su vida. No solo la pregunta ingenua del tipo se lo dejaba en claro, el tono de voz abigarrado y triste le rebelaba un vacío y una nostalgia que la incitaban a continuar avanzando. En otro instante se sorprendió a sí misma transgrediendo los límites de la vida personal que se permitían horadar las sexoservidoras. Jamás solía estar tan interesada en ninguno de sus clientes, principalmente si no los conocía. El código ético de las encueradas, entre otras cosas, el Juramento Hipocrático que asumían las putas al iniciarse en su vida licenciosa, consistía en no rebelar a los clientes jamás, ni sus sentimientos, ni su verdadero nombre, mucho menos involucrarse sentimentalmente con ellos. Por su parte, Yhajaira parecía aventurarse en un abismo, caminando sobre una cuerda floja encima de las llamas, sin red de protección.

Para entonces la chica se colocó nuevamente su blusa pegadita, ocultando de nuevo sus pechos llamativos. El Antropólogo no podía dejar de mirarle las piernas que sobresalían de la diminuta tanga negra, ni los senos de pezones inflamados.

¿Puedo tocar tu pierna? Le preguntó él con timidez.

Ella le sonrió, asintiendo con la cara. Entonces la mano del científico comenzó a acariciar con delicadeza la piel del torneado muslo de Yhajaira.

¿Qué edad tienes? Susurró ella mientras se dejaba llevar por la melodía que emitían las caricias suaves sobre su pierna, casi embelesada. Disfrutaba demasiado la cercanía y el contacto con el cliente. Sintiendo con su piel y siguiendo con su mirada la mano cariñosa del Antropólogo.

¿Qué edad aparento? Cuestionó él, tomando creciente control sobre el diálogo.

Soy muy mala para adivinar la edad.

Y al decir esto, la desnudista mentía, pues casi siempre, tan solo con escuchar el tono de voz de alguien, podía establecer sus años cumplidos, aunque la apariencia del cliente fuese engañosa. Pero con el Antropólogo era distinto. Sus facultades analíticas comenzaban a fallarle. Su conciencia obnubilaba. La excitación de su piel la inducía en un trance hipnótico.

No sé: ¿28?

32….

Pareces a ratos mucho más joven, creía que tenías menos de treinta.

No. No, voy a cumplir los 33. ¿Puedo?

Preguntó el Antropólogo antes de acariciar el seno ya excitado de la chica. Yhajaira asintió con una sonrisa enternecida. Jamás nadie le pedía permiso antes de tocarla. Por lo general los clientes al contratar sus servicios o invitarle alguna copa, asumían de inmediato el derecho a magullarle sus curvas sin siquiera preguntar antes. Cosa que no le agradaba. También estaban aquellos que se atrevían a intentar manosearla sin pagar en lo absoluto: pícaros y degenerados oportunistas, con ellos era dura e implacable.

El Antropólogo tentaleó el pezón erecto bajo el algodón de la blusa.

¿Cuáles partes de tu cuerpo son más sensibles, quiero decir, más excitables…?

Preguntó ahora él. Toda su anterior timidez e inhibiciones desaparecían conforme su cuerpo y el de Yhajaira se hacían crecientemente familiares, hablándose en un lenguaje lo más lejano de las palabras, transmitiéndose extraños mensajes por medio de hormonas, sudor y caricias. Llamándose y alejándose, haciéndose amigos.

En un momento dado, el Antropólogo se desinhibió por completo y se transformó en un amante diestro, hábil con el verbo y el tacto. Un gato de la noche.

¡Mi espalda….! Casi no dejo que nadie me toque la espalda… Recitó ella con un sutil temblor en la voz. Ahora era ella quien cedía en la batalla. Su avanzada retrocedía unos pasos. ¡También el cuello, el cuello…! Añadió desvaneciéndose.

El Antropólogo comenzó a acariciarle el cuello y la nuca con los dedos de su mano derecha, envolviéndola al mismo tiempo cariñosamente con su brazo. Un aroma finísimo y varonil del último perfume de verano de Dolce & Gabbana: Light Blue, emanó de la camisa del hombre, fascinando a la chica. No cabía duda que el Científico tenía buen gusto. Ella cerró sus ojos y echó su cara hacia atrás, sintiendo la palma gruesa del cliente deslizarse sobre sus curvas. Disfrutando como un gatito arisco las caricias obtenidas tras una larga disputa. Recargada en el antebrazo del Antropólogo.

En un momento dado, al cerrar los ojos tras un breve parpadeo, Yhajaira perdió la conciencia, quedándose dormida en los brazos del cliente. Pronto aparecieron imágenes oníricas en su mente. Una parte de ella intentó aferrarse a la vigilia por última vez, no deseaba entregarse al sueño, mucho menos a los brazos del Antropólogo. Aunque parecía haberlo anhelado desde bastante tiempo atrás, años ha, desde antes de saber que lo encontraría esa noche en el congal. Desde que era una criatura atormentada y huérfana que creció en el Estado de Guerrero, acosada por las burlas de los niños de su pueblo. Cuando le gritaban maliciosos que no era ni hombre ni mujer. Tampoco ella sabía con certeza si era una cosa o la otra. Luego la pubertad, la confusión sexual, las primeras relaciones y acoplamientos, los experimentos eróticos, las desilusiones amorosas, los crueles amantes masculinos y femeninos. Todos los hombres de su pueblo queriendo sodomizarla. Siendo repudiada y adorada al mismo tiempo.

De ninguna manera se atrevía a negar que necesitara desde lo más profundo a alguien como él, aunque tampoco podía asegurar que sabía con certeza quién era aquel extraño científico que hoy la abrazaba. Le pidió a Dios durante años sin descanso, rogó demasiado en plegarias y promesas, y luego, cansada de rezar porque llegara alguien a su vida que le diera amor, se dio por vencida.

Se hizo el propósito de no ceder ante ningún hombre, había sido lastimada bastante en el pasado, la golpearon innumerables veces, la desgarraron por detrás, amputaron su corazón, la ilusionaron y luego la abandonaron sin decir nada, sin argumento, razón o explicación alguna. Alguien intentó esclavizarla alguna vez. No deseaba involucrarse sentimentalmente con nadie. Se convenció y repitió tantas veces para sí misma que nadie sería capaz de tomarla en serio. Era preferible siempre pelear, jamás entregarse y resignarse sin remedio a la soledad, en lugar de resultar herida como tantas veces.

Esa noche luchó y se resistió una última vez, intentando en vano movilizar sus músculos ya en total relajación y pronunciando una frase ininteligible que el Antropólogo silenció besándola en los labios. El abismo del sueño la devoró y la chica perdió el conocimiento, cayendo en un suave pozo que al mismo tiempo la urgía y clamaba por su conciencia

4

LA NOCHE : Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

 (EDUARDO GALEANO –La Noche)


Cuando abrió los ojos se sobresaltó. Sobre el escenario, Queta se despojaba de una diminuta tanga de satín al ritmo de La Vida Loca, exponiendo su depilado sexo de terciopelo. Aquello significaba que habían desfilado otras diez encueradas antes que ella en ése lapso de tiempo, implicando un total de cuarenta y cinco minutos. ¡Cuarenta y cinco minutos dormida! El Antropólogo iba por su tercer habano y por su cuarto trago. Continuaba envolviéndola con su brazo, sin dejar de admirar las curvas encantadoras y veinte añeras de Enriqueta.

Estuvo tan cómoda en los brazos del extraño que ni siquiera notó el paso del tiempo. Se estiró y trató de abrir los ojos todo lo posible para sacudirse la somnolencia. Empero, tampoco hacía nada por alejarse de aquellos brazos. Su cien derecha ardió, punitiva. Había bebido más rápido y más de la cuenta, ahora el alcohol la castigaba.  El hombre giró su cuello distraídamente hacia donde se encontraba ella y le deposito un beso en la mejilla. Yhajaira reaccionó ante la caricia producida por los labios del sujeto: le habían ganado la batalla, su infantería y caballería estaban derrotadas. Debía recuperar terreno, movilizar su ejército, rearmarse, lanzar una contraofensiva.

Se liberó de los brazos del hombre, aunque ya los adoraba, con un seno a punto de escapársele de la blusa, tambaleándose por los efectos del whisky, los brazos y las manos temblorosos. Se puso de pié. Encontrándose a la vez anhelante y violenta. Caminando insegura sobre los tacones enormes de bailarina.

Vuelvo en un momento… Dijo ahogadamente al Científico.

El Antropólogo la miró sin decir nada, sonriendo y dándole a entender que la esperaría, de ser necesario, la noche entera. Luego la observó perderse hacia el camerino, donde siempre desaparecían todas las encueradas.

Esa noche llovía demasiado en Uruapan, era una de las primeras tormentas de Mayo. En el tocador sus compañeras cuchichearon y sonrieron morbosas al contemplarla confundida y somnolienta. Descubriendo su inusual debilidad ante el interesante cliente. El hecho de haberse dormido en brazos del Antropólogo la volvería la comidilla de sus compañeras durante meses.

Yhajaira las fulminó con un vistazo recio y agresivo, recordándoles su jerarquía y liderazgo moral sobre ellas. Las putillas bajaron la mirada, continuando con lo suyo. Se sirvió un enorme vaso de agua hasta el tope, lo bebió de un jalón y se dirigió al espejo para polvearse la nariz. La imagen que apareció le resultó desastrosa. Los ojos desencajados y fuera de órbita. Su sonrisa lució descuadrada y patética. Desigual la posición de sus labios, el gesto poco natural. Se polveó la nariz y las mejillas y remarcó el lápiz en su boca. Al recordar al hombre que la esperaba, sintió los latidos apretarse en su pecho y garganta. Le molestaba la idea de sentirse vinculada de tal manera a un desconocido. Por otro lado, le agradaba pensar en encontrarse nuevamente entre sus brazos, aspirando el aroma de su perfume y escuchándolo hablar. Sobre todo su voz la volvía loca. Su charla. Su conversación cautivadora. Los relatos de sus viajes a través del Norte y el Sur de México, los libros leídos, los encuentros con brujos, maracames y caminantes a quienes había entrevistado. Todo en él la fascinaba.

Al salir del camerino de regreso a la pista, una corriente de aire fluvial y helado se coló desde la entrada golpeándole la cara, volviéndole más agudos los efectos del alcohol y los estragos de una resaca que se anunciaba severa para el día siguiente. A pesar de ello se irguió, elegante y segura para retornar a la mesa del cliente.

El hombre la contemplo, altiva y rauda aproximarse hacia su lugar. Su corazón disminuyó de tamaño, intimidado, al mismo tiempo que desbocado ante la presencia de la Diosa de la Feminidad, encarnada como nadie esa noche en Uruapan Michoacán en la figura de Yhajaira. La chica se dejó caer sobre sus piernas de un sentón, rodeándolo por el cuello. Tentándole la inevitable erección con el suculento removerse de las nalgas pesadas sobre el miembro. El Científico no pudo hacer menos que colocar sus brazos alrededor de la cintura, ciñéndola por encima de las caderas amplias y los muslos redondos, envolviendo con sus brazos aquel torso semidesnudo. Quedando al fin ambos entrelazados.

Cabe aclarar que era la primera vez, en varios años, que el sexo del científico se erguía como palmera del trópico ante los rayos solares y la brisa del mar. Hacía mucho tiempo que le era imposible experimentar una erección.

Sus dientes chocaron levemente al impacto de ambas bocas, gimiendo, respirando hondo y arrojando el aliento hasta el fondo de las entrañas del otro.

Las encueradas jamás besaban en la boca a nadie. Era mucho más fácil que el sexo de las putas se abriese, humedecido ante la incierta verga de un extraño, a que fuesen capaces de besarlo en la boca. Por la cantidad de plata precisa, podían irse a la cama con sus clientes. A veces bastaba con que les cayera bien un comensal para que se animaran a cogérselo por la mitad del precio fijado, a veces por nada, si tenían ganas de verdad. Pero jamás un beso en la boca. Nunca en la vida. La boca estaba reservada para un solo hombre. The One. A quien en silencio y calladas, a pesar de todo y todas ellas, esperaban. Aunque en la mayoría de las ocasiones no había tal, pues la inmensa mayoría de las chicas del antro no tenían novio, ni siquiera un padrote que las cuidase o fuese a recogerlas al terminar la jornada nocturna. Mucho menos un amor sincero y leal. Alguien que las quisiese y viese por ellas. Que las escuchase y mimase. Un amorcito. Era un tópico común en sus conversaciones, y que ellas daban por hecho, que la mayoría de los hombres se negaban a aceptar la vida licenciosa de las muchachas. Otros más, sínicos y convenencieros, las seguían sólo por su dinero, pues los cuantiosos ingresos económicos de las chicas resultaban tentadores a más de alguno. Bastantes vividores estarían encantados con el hecho de que una bella bailarina los mantuviera y les pagara todos sus gastos, además de brindarles sexo diario y gratuito. Por eso mismo evitaban a este tipo de individuos oportunistas. Las muchachas se resignaban a los amoríos fugaces, a los amantes clandestinos y al placer heterodoxo que les proporcionaban sus variados clientes. Finalmente, por sexo no paraban.

Se besaron durante media hora sin decir nada. El Antropólogo la tocaba sin descanso. No mediante caricias toscas y desesperadas, como la mayoría de los usuarios del congal. Las yemas de sus dedos dibujaban círculos sobre los pechos y las piernas de Yhajaira, trazando esferas, huevos, triángulos y espirales que nunca acababan. Sin oprimir demasiado sus músculos ni su piel. Suave y sutil, apenas rozando su tersura.

¿Quién te enseñó a acariciar? Preguntó ella desprendiendo su boca de los labios del hombre, con los ojos cerrados. ¿Y a besar…? Dime, ¿Quién te enseño…?

Ustedes. Respondió el Científico. He tenido algunas amigas de tu profesión….

Debemos agradecer a esas chicas por haberte enseñado a acariciar de esa manera, pues con su labor, nos beneficiamos las demás. ¿Así que eres un asiduo visitante de los tables dance? Luego se rió con una carcajada limpia y cristalina, como una cascada joven, sin el menor dejo de maldad.

Alguien de la administración del Manantial  gritó su nombre desde la barra, donde se preparaban los tragos y hacían los cobros. El dinero entraba sin cesar, la gente iba y venía, hombres y bailarinas metidas en sus tangas. La muchacha supo de inmediato que le tocaba su turno nuevamente para bailar.

¡Te voy a dedicar este número! Susurró al oído del hombre.

Es que ya me tengo que ir. Pronunció él con pesar. Mañana debo levantarme a las seis de la mañana para entrevistar a un informante.

¡Me voy a quedar enojada eh!

¿Pero porqué? Respondió el Científico apesadumbrado. En el fondo no quería separarse de ella.

Ni siquiera me has preguntado mi nombre, ni me has pedido mi número de teléfono, ni me has invitado a salir.

¿Irías conmigo a comer algún día?

No puedo responder si no me lo pides. Sonrió, maliciosa. Yhajaira recuperaba terreno, ya no se sentía tan vulnerable, su ofensiva se rearmaba, su infantería lanzaría un nuevo ataque. Un escuadrón de lanceros de su ejército se preparaba para arrojar sus miles de jabalinas a través de su mirada intensa. El hombre parecía caer en la emboscada.

¿Te gustaría ir a comer mañana conmigo? Preguntó él un tanto tímido.

¡Me gustan los mariscos! Respondió la desnudista poniéndose de pié. Luego recitó un número de teléfono móvil de Michoacán que comenzaba con muchos tres y varios cuatros.

El hombre se apresuró a extraer su teléfono celular de la bolsa del saco y lo registró tal cual lo iba escuchando. Volvió a preguntárselo para cerciorarse de que estuviese correctamente anotado en su lista de contactos. Lo releyó como diez veces más para asegurarse de que podría efectivamente buscarla al día siguiente. Era evidente que la muchacha le interesaba.

¿A qué hora puedo llamarte? Le gritó el hombre mientras ella se alejaba hacia la pista de baile. Pero por respuesta sólo obtuvo una sonrisa y un besito que Yhajaira le arrojó, dulce y tierna con uno de sus dedos.

Más tarde, cuando comenzó a retumbar el siguiente bolero que bailaría, interpretado por la legendaria orquesta de Beny More, al sentir en su cuerpo semidesnudo el hálito frío de las turbinas del aire acondicionado, instaladas cerca del tubo y la pista de baile, la chica se dio cuenta que de cualquier manera no había triunfado del todo. Tampoco salía totalmente ilesa de la justa. El aire artificial sobre su piel le hizo saber de las heridas infringidas a su ser en el combate. Todo su cuerpo estaba cubierto por un esmalte leve y húmedo. Toda ella lucía plateada por un barniz suave y acuoso, tibio y sexual. Nunca antes le ocurrió cosa parecida con nadie. Su cuerpo transpiró diluvios en aquellos brazos, y ahora brillaba encantador, traicionándola y tomando una iniciativa sorprendente. Sus hormonas y sus células hablaban un idioma novedoso. Su piel jamás olvidaría este primer encuentro.

5

Hasta las dos de la tarde se dio cuenta que su teléfono celular estuvo apagado desde las cinco del día anterior. Se maldijo por no encenderlo antes. Solía inactivarlo durante sus horas de trabajo para evitar ser molestada. Aunque tampoco recibía más llamadas que las de sus clientes preferidos, a quienes brindaba el honor de darles su número. Con quienes se dejaba invitar a comer, les acompañaba como dama a eventos públicos o les satisfacía sus necesidades sexuales con efectividad y discreción. Jamás proporcionaba su número a desconocidos o individuos sospechosos.

De pronto imaginó que quizá el sujeto intentó llamarla durante toda la mañana. Que a lo mejor creyó que ella no quería contestarle. Tal vez el encuentro del día anterior sólo fue algo fugaz y ocasional. Quizá, decepcionado ante el ominoso tono del buzón de voz, el hombre no volvería a buscarla.

Lo primero que hizo antes de entrar en el baño o poner el café para espabilarse fue encender el teléfono móvil. Ninguna llamada perdida, ni mensaje. Su corazón retumbo. Se maldijo. Le costó trabajo reconocer en sí misma la presencia de la tristeza. No quería volver a preocuparse por el abandono de ningún tipo, y ya estaba de nuevo decepcionada ante la inconstancia del nuevo sujeto.

La posterior actividad de limpiar su habitación, bañarse y ordenar su apartamento ubicado en una zona bonita del Centro de la Ciudad de Uruapan, le hizo olvidar al Antropólogo y dejar de esperar su llamada.

Eran ya las tres de la tarde, después de dos cafés chiapanecos y dos vasos de agua se dio cuenta que tenía hambre. Pensó en una lata de atún y una bolsa de galletas saladas. Cosa rara, pues gustaba de sumergirse en el complejo pero hermoso ritual de la cocina. Era una experta preparadora de suculentos platillos. Su Madrina le transmitió, además de los secretos de la brujería, la fórmula para la preparación de las mayores delicias de la comida michoacana y guerrerense. Aunque vivía sola, dedicaba diariamente mucho tiempo a la preparación de albóndigas, enchiladas de queso, tortitas de papas, morisqueta, pescado blanco rebosado con huevo, mole, zopes de carne deshebrada con frijoles, tamales, pollo con crema y chile chipotle. Con esos platillos gustaba de agasajarse a sí misma y a alguno que otro amante fortuito. No obstante, el día de hoy no sentía el deseo de preparar nada complicado. Tampoco tenía ganas de arreglarse ni de salir. Se sintió culpable por el descuido. La culpa de todo la tenía el hombre por no haberla llamado. Más bien nadie era responsable de su temporal abandono. Finalmente decidió hacer del atún unas croquetas fritas con una ensalada de repollo y mayonesa.

Su Madrina solía decirle que siempre que despertase triste, desmotivada y deprimida, en lugar de abandonarse a la melancolía, eligiera su mejor ropa, se maquillara impecablemente y se arreglara lo mejor posible. Según los consejos de la entrañable bruja, los días más tristes, debía cocinar los platillos más suculentos para acariciar su espíritu y sobrellevar la depresión. Ese día Yhajaira no sentía los ánimos suficientes para preparar algo sabroso, ni para arreglarse, ni maquillarse.

La tristeza la  avasallaba por periodos prolongados desde muchos años atrás. En sus veintiséis cumplidos sufrió muchas recaídas. Comenzó a los ocho años, cuando cobró total conciencia de que su sexo no era similar al del resto de las niñas. Aquello fue un descubrimiento y una revelación. Representó el resquebrajamiento de su mundo, la interrupción abrupta de su infancia. La intromisión de la crueldad del mundo humano en su vida. Siempre consideró lo más natural, el hecho de que aunque externamente era una niña, y de hecho muy bonita, contará en la entrepierna no con una vagina como las demás muchachas, sino con una pequeña manguerita sin testículos, a través de la cual orinaba. Un mínimo conducto, que por cierto, jamás se erguía.

Todo sobrevino cuando la descubrieron sus compañeras de la primaria, alzándose el vestido para orinar de pié, igual que un niño, por más que su Madrina le insistió que siempre se sentara en la taza del mingitorio, como el resto de las mujercitas. Pero ese día jugaba a los encantados y lo hacía muy felizmente, de modo que por la premura de retornar al juego lo antes posible, decidió orinar de pié. El rumor se esparció cual cáncer maligno. Llegó un punto en que la situación se volvió  insostenible, debido a las burlas y a la curiosidad de alumnos, padres de familia y profesores, que la chica tuvo que abandonar la escuela sin finalizar el segundo de primaria.

Lo peor no sólo fueron las burlas y mofas, sino que vino después, con la tentación de los hombres mayores y su morbo insaciable. Uno de los profesores, dos catequistas misioneros, el párroco, el dueño de la gasolinera de su pueblo. Todos ansiaban el placer que representaría desflorar el culito tierno de la niña con pene. Todos querían comérsela viva. Más de alguno ofreció dinero a ella o a su Madrina por tal que se dejase penetrar. Pero la Bruja, con quien Yhajaira creció desde que sus verdaderos padres la abandonaron recién nacida en su jardín, lanzó un maleficio contra aquel que intentase hacerle algún daño a su criatura. Más de alguno murió presa de insoportables dolores en las entrañas, luego de quererla violar, o con horrorosas infecciones en sus partes pudendas, poseídos por ardores fortísimos y altas temperaturas. Castigados por querer hacerle daño. El Señor Cura terminó picado de una viruela morada, purulenta y desconocida, tras intentar robársela en su camioneta. Suplicando a Dios que lo perdonase, sintiendo cómo sus plegarias se extinguían mientras las erupciones hirvientes y ardorosas desfiguraban su rostro, sexo, axilas y extremidades hasta matarlo.

Su Madrina le dijo que en delante su vida tendría que cambiar. Dejaría la escuela de modo definitivo. Yhajaira se convirtió desde entonces en la asistente en el “trabajo” que la vieja desempeñaba. A su morada de adobe en la sierra de Guerrero, acudían todos los días muchas personas de diversas clases sociales para ser curados por ella. Desde humildes campesinos y obreros, hasta señoras catrinas y hombres trajeados provenientes de la ciudad, que iban para que la mujer los aliviase y les extirpase el Mal. Sus tratamientos eran de lo más inverosímil pero efectivos. Desde darle de beber a alguien agua con clavos oxidados para tratar un cáncer de hígado; hacerlos ingerir sus propios excrementos con la finalidad de sanar una úlcera péptica; pasear en un columpio a algún sujeto para curarlo de esquizofrenia; palpar con sus manos amorosas un apéndice hinchado o una vesícula infectada, que se aliviaría con la simple presión de su tacto sagrado. Conmovía contemplar a la pequeña Ojos Verdes, correr de un lado a otro de la vivienda, siguiendo las órdenes de la Bruja. Ya fuera poniendo a hervir agua para desinfectar y lavar una herida, afilando un enorme cuchillo de montaña con el cual se realizaría una profunda incisión, o esterilizando trapos para ungir un vientre hinchado. Las enseñanzas de la bruja, que como un plus, era una excelente y famosa cocinera, constituyeron su principal escuela.

Estrepitoso, de su teléfono celular emergió el sonido de Nowhere Man de los Beatles. Su banda de rock predilecta. Era el tono de aviso. Alguien la llamaba. Su corazón se aceleró de la misma manera que la noche anterior. Una molestia emocional vibro en la boca de su estómago, la fastidiaba sentirse a la vez tan deseosa y angustiada. Hacía mucho que no se entusiasmaba tanto con nadie. Al mirar en la pantalla de su aparato el número que pretendía contactar con el suyo, se puso aún más nerviosa: se trataba de un teléfono desconocido. Con lada de otro estado del país. Pidió a la Virgen María para que el código fuese de Jalisco, de donde provenía el Antropólogo. Antes de contestar, junto sus manos en una plegaria y se persigno. Encomendándose a su Gran Madre Protectora.

 6

Si vuelvo alguna vez por el camino andado, no quiero hallar ni ruinas ni nostalgias. Lo mejor es creer que paso todo como debía, y al final me queda una sola certeza: haber vivido.

 (JOSÉ EMILIO PACHECO -Certeza)

El hombre se despertó a las cinco de la mañana, pese a haber conciliado el sueño hasta las dos de la madrugada. Tan sólo tres horas no eran suficientes para que su cerebro descansase. A pesar del agotamiento crónico, producto de largas jornadas de trabajo acumuladas y el desvelo en el bule del día anterior, se puso de pié. Tenía una reunión demasiado importante. Planeada con mucha anterioridad y sumo cuidado con ayuda de sus contactos.

Salió, ataviado en su abrigo de lana de manufactura purépecha, regalo de unos informantes indígenas habitantes de la faldas del volcán Paricutín. Dejando con pesar la comodidad de la habitación en que usualmente se hospedaba en el Hotel Concordia. Un establecimiento colonial ubicado en los portales del centro de Uruapan.

La oscuridad aún lo gobernaba todo. Una pesada cortina húmeda recubría la Plaza Central de la ciudad y los árboles gigantescos que la habitaban. El estómago le rugió hambriento, recordándole que no había cenado más que cuatro tragos de Johny Walker y varios cigarros. Pensó en un plato de morisqueta: comida típica michoacana elaborada a base de arroz cocinado al vapor, salsa de tomate, caldo de frijoles, cucharadas de crema y trozos de queso fresco. El cual complementaría con un par de cervezas heladas y sendos trozos de tasajo: carne de res o cerdo, salada y secada al sol hasta deshidratarse. Salivó y se saboreo. Se lamentó de que a esa hora no hubiese ningún establecimiento abierto para comer algo. Como único consuelo encendió uno de sus Whintons extra largos, que adquiría en el Sanborns de la ciudad de México o en el del centro de Zacatecas, ciudad a donde también era asiduo. Una de sus predilectas. Caminó con el tabaco en la boca y las manos metidas en las bolsas de su rústico abrigo. La melena negra recortada en capas se agitó con el aire húmedo michoacano. Arrugó su nariz para elevar el armazón de sus anteojos. Su cuerpo se estremeció ante la frialdad del ambiente. Tuvo que caminar cuatro cuadras ascendiendo por una pendiente, la cual conformaba la avenida que desembocaba en la entrada del Hotel Concordia, donde pernoctó.

A esas horas la caseta de ingreso al Parque Nacional ya era concurrida por varios deportistas uniformados para hacer ejercicio. Pagó los quince pesos del costo de entrada y se internó en un sendero rodeado por robles, aguacates, eucaliptos y  frondosos cítricos. El Parque Nacional era un nicho ecológico protegido y custodiado por el Gobierno del Estado. Todo en el ambiente lo eran las plantas nativas de Michoacán, los árboles, quienes robaban su espacio a la poca luz matinal que sobrevenía. El rumor indiscreto de los manantiales naturales, recorridos por el líquido helado e inquieto que danzaba sobre las rocas de las fuentes y los nacimientos. El chapoteo de las truchas, los bagres y las carpas, cuyos cuerpos obesos y resbaladizos ensayaban evadiéndose de las redes indígenas que más tarde los arrojarían, suculentos, a las cazuelas de aceite hirviendo para el desayuno.

El Antropólogo ascendió ahora por una empinada escalera de roca. De no ser por la suela de neumático de sus sandalias de cuero, que permitían a sus pies semidesnudos aferrarse con precisión a los mojados escalones de cantera, habría corrido el peligro de resbalar y caer al vacío varios metros abajo. Portaba al hombro un morral de hilo, tejido por manos huicholas en los confines de la sierra de Mezquitic. Trofeo de guerra de sus viajes e investigaciones a través de la árida frontera entre Jalisco y Zacatecas. En busca de la ruta que presuntamente llevo a los pueblos precolombinos desde el Occidente de México hacia Tenochtitlán y luego a Tulum, en el lejano Sureste del país.

Perseguía como un opiómano a su droga, desde años atrás, la incomprendida hipótesis de que diversas culturas indígenas habían hecho un viaje en boomerang desde Zacatecas, a través de Jalisco y luego hacia el Centro de México. Para luego retornar de nueva cuenta hacia el Occidente del país, y de nuevo volver a abandonar el Sur de Zacatecas. En un sin fin de idas y vueltas que duró varios miles de años. Guiados por las profecías de Quetzalcóatl y Tonantzin. Él mismo nació en Colotlán, un poblado ubicado entre el Norte de Jalisco y la frontera con el estado de Zacatecas. En pleno Occidente de México. Colotlán fue lugar de asentamientos humanos desde la Edad de Piedra, frontera desde donde los pueblos tolteco-chichimecas se defendieron durante milenios de las incursiones de los pueblos bárbaros del norte, de los que hasta ahora poco se sabía, más que eran nómadas, fieros guerreros y practicantes del canibalismo. A través de Colotlán surcaban antiguas rutas sagradas por las que transitaron diversos pueblos nativos de América con rumbo a sus sitios sagrados y rituales.

El Antropólogo abandonó a los dieciséis años su comunidad, al finalizar el bachillerato y marchó rumbo a la Ciudad de México para estudiar antropología en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Luego dejó la capital del país, asqueado de su ambiente intelectual y de sus personajes culturales de inflamados egos. Regreso al Occidente, igual que sus ancestros chichimecas, toltecas y los nómadas caxcanes, para estudiar una maestría en historia, en la Universidad Autónoma de su amada Zacatecas. Ciudad que solía visitar desde su infancia. Pese a las sugerencias de sus profesores antropólogos e historiadores, se negó a continuar con la educación universitaria formal. Repudiándola y sintiéndose asqueado de sus aulas y docentes acartonados. Abandonando la posibilidad de ingresar a un doctorado, aunque éste le habría permitido obtener trabajo en cualquier institución. Abrazando en delante el autodidactismo. Se dedicó a la investigación independiente. Contra la falta de fe de sus maestros y compañeros antropólogos, logró obtener un financiamiento internacional para sustentar su proyecto de la Ruta del Boomerang en el Occidente de México. Como la había bautizado. Pese a las cruentas críticas que sin cesar recibía por parte de sus colegas en los congresos de arqueología, historia y antropología, el Antropólogo seguía sosteniendo que la cultura del Centro de México, que tanto exaltaban los capitalinos, surgió no por generación espontánea en Tenochtitlán, sino que provenía del Occidente Mexicano. En un intercambio de ida y vuelta entre Centro y Occidente de México, desde Zacatecas y el Norte de Jalisco hasta el Lago de Texcoco, y probablemente luego hacia el sureste del país, hacia la Zona Maya en la península de Yucatán, a lo largo de miles de años. Una ruta que unía a diversos pueblos en una cadena incesante, donde ocasionalmente se producían encuentros entre razas. Combatiéndose, sometiéndose unos a otros, esclavizándose, exterminándose, comerciando o influyéndose mutuamente.

A la edad de treinta años ganó el Premio Nacional de Periodismo Cultural, por un impecable artículo donde describía sus primeros hallazgos de la Ruta del Boomerang. Lo que le permitió publicar su primer libro y acallar a muchos de sus detractores. Ahora se encontraba a dos meses de cumplir los treinta y tres. Venía siguiendo el rastro a un chamán, un hombre de conocimiento mitad purépecha y mitad huichol, quien representaría un informante esencial para su investigación.

Todo comenzó un año atrás, mientras trabajaba en el trazo de la Ruta del Boomerang, realizando entrevistas, diseñando mapas y midiendo terrenos, cuando se topó con un hombre medicina de la etnia wirrárica: un maracame: un hombre santo de los huicholes. El afortunado encuentro ocurrió en  la Sierra del Norte de Jalisco: parte de la infinita cadena montañosa de la Sierra Madre Occidental. Cuando por casualidad contactó a un anciano que supuestamente tenía conocimiento de la ruta seguida por antiguos caminantes indígenas. La fascinación por el chamanismo atrapó su atención por muchos meses y aparentemente le hizo abandonar su investigación original. Se dedicó durante semanas a devorar textos clásicos sobre medicina tradicional, consultando autores como Mircea Eliade y Michael Harner. Llegando hasta los polémicos libros del propio Carlos Castaneda,  a quien hasta entonces menospreció, debido a los prejuicios provenientes del medio universitario donde se formó. Los antropólogos académicos repudiaban los textos eclécticos de Castaneda. Y en el fondo envidiaban su éxito. Ahora que el Antropólogo era un individuo libre, igual que Castaneda, entendía más y revalorizaba al enigmático escritor y a su mítico Don Juan Matus.

Pasó muchas horas entrevistando brujos y maracames, transcribiendo información y volviéndola a escuchar infinitas veces en su grabadora de reportero. El Maracame no sólo le proporcionó bastantes datos, sino que lo inició en un ritual con peyote: la Planta Sagrada, junto con otros jóvenes novicios. Luego de su primer viaje místico, llegó a la conclusión de que los chamanes indígenas le proporcionarían una nueva clave para sustentar su hipótesis de la Ruta del Boomerang. Intuyó a partir de entonces que el chamanismo mesoamericano consistía en un conocimiento iniciático, de origen tolteco-chichimeca, surgido en el Occidente de México y extendido desde la frontera entre Jalisco y Zacatecas hasta Alaska y Canadá. Pero también en sentido inverso: hasta la punta del Cono Sur de América, con los pueblos de Chile y Argentina.

Los secretos del chamanismo y su difusión por el continente le hacían sentir que su Hipótesis del Boomerang no sólo parecía cada vez más palpable, sino que era aún más trascendental de lo que imaginó. Extendiéndose por toda América, en una ruta espiritual sin precedentes. ¡De pronto todo estaba conectado y adquiría sentido! ¡Su propia vida, su trabajo, su desarrollo espiritual, sus lecturas y sus escritos! Imaginó a los antiguos caminantes americanos recorriendo miles de kilómetros a pié. Surcando el continente entero a lo largo de años para visitar los Sitios Sagrados, realizar ceremonias y transmitir sus enseñanzas. Repentinamente, el Antropólogo se descubría a sí mismo como continuador de una tradición de viajeros que partían desde el Occidente Mexicano e inevitablemente regresaban a él.

Por fin subió hasta la cúspide de la estructura rocosa donde terminaban las empinadas y resbaladizas escaleras y se apeó sobre un tronco viejo y podrido. Extrajo de la cajetilla otro de sus Whinstons y lo encendió, dando desesperadas fumadas. Su condición física no era la misma a la de unos años atrás, cuando era capaz de caminar varios días recorriendo la Sierra Huichola sin perder el aliento y apenas comiendo lo indispensable.

Sobrevivió a infinitas batallas: intelectuales, amorosas, espirituales, académicas. El daño producido a su ser era inevitable. Su presión arterial cambiaba: de rápida y anormal, a lenta y apesadumbrada, sus pulmones no jalaban el suficiente aire. Su corazón y su espíritu sufrían a menudo de una insoportable tristeza y desilusión. Su vida estuvo tan enfocada al trabajo de investigación, a los libros y a la lucha por defender sus ideas, que cuando ocasionalmente su corazón se abría para dejar entrar a una mujer, lo hacía abrupto y sin tregua. Entonces sobrevenían las duras decepciones y el rechazo. Y aquel corazón, en cierto modo infantil e inexperto que se arriesgara irrefrenable, se replegaba al final, receloso, herido y desconfiado.

¡Ya no fume tanto Antropólogo! El cuerpo es la casa del espíritu y hay que cuidarlo.

Se escucho surgir una voz burlona de la nada. Era él: el informante a quien tanto añoró encontrar.

No crea Pedro, no es fácil quitarse los vicios. Respondió el Científico, fingiendo ecuanimidad, ocultando que la presencia de aquel sujeto lo turbaba.

 7

La mañana entera, desde las seis hasta las once anduvieron escalando cerros, subiendo pendientes, avanzando sobre escaleras de piedra, sumergiendo los pies semidesnudos en charcos helados. Seguir el paso al informante no resultaba tarea nada sencilla. Debía caminar tan rápido como él y sostener en todo momento con su brazo izquierdo su grabadora de reportero para captar la incesante y sinuosa conversación del sujeto.

Pedro Evangelista, a pesar de los setenta años que ya sobrepasaba, se desplazaba demasiado aprisa y respondía las preguntas sin perder el aliento, yendo de un tema a otro, desviándose del tópico central y llevando al Antropólogo hacia rincones insospechados. De la conversación barroca y fascinante de un indio autodidacta, al bramido multisonoro del bosque. El anciano poseía una condición física inmejorable que en mucho superaba a la del joven científico.

Al llegar a un claro, encima de un cerro de considerable tamaño, luego de escalarlo sin descanso, el Antropólogo se derrumbó.

No se preocupe Antropólogo, ya vamos a desayunar. Anunció el viejo en tono burlón.

En los años de su trabajo de campo, atravesando la Sierra Madre Occidental, el Científico aprendió de los huicholes a caminar en la montaña. Siempre le fascinó la elegancia y destreza con que los indígenas del Norte de Jalisco marcaban sus pasos, seguros y meditados, como la danza de aves preciosas: cisnes o garzas blancas sobre las piedras y los matorrales. Su andar por el monte semejaba una marcha alegre y preconcebida por disciplinados mariscales. A cada paso, los wirras elevaban moderadamente su pié y la respectiva rodilla, y luego depositaban sobre el suelo sus plantas desnudas o apenas calzadas por modestas sandalias tejidas con fibra de maguey. Pateaban el viento con levedad y dejaban caer su pié, como una flecha sutil clavada sobre la tierra fría. Silenciosos. Discretos, hermosos y humildes. Apenas haciéndose notar en los parajes inhóspitos de la cadena de la Sierra Madre Occidental. Como queriendo no irritar con sus pasos a los espíritus de la montaña, ni ofender a Tonantzin: la Diosa Madre tolteca quien también les era familiar a los miembros de la etnia wixarika.

El Antropólogo pasó muchas horas estudiando a los caminantes indígenas en su recorrido por las veredas o través del pleno cerro virgen. Más tarde, al terminar de escribir y estudiar sus datos, imitaba aquella marcha suave y ágil, levantando considerablemente cada rodilla, pateando el viento, como el zarpazo  de un águila sobre su presa caída, y luego depositando el pié, sin flexionar su arco en lo absoluto. Esto lo convirtió en un experto caminante de montaña, igual que sus ancestros indígenas: los huachimontones y los caxcanes, quienes también iban y venían desde el Occidente hacia el centro de México. Pronto descubrió que esa suerte de marcha indígena, representaba muchas ventajas para alguien que caminaba durante días con los pies desnudos, por entre rocas y zarzales. Imaginó que aquel estilo de caminar en el monte debió ser transmitido por generaciones a lo largo de miles de años. Que los viejos caminantes americanos marchaban de la misma manera por la tierra  agreste del Occidente Mexicano. Comenzó a utilizar siempre sandalias de cuero o yute para recorrer la sierra, igual que los milenarios viajeros indígenas, o a ir sin zapatos como ellos, durante días y días bajo el sol punitivo.

Pero esos eran ya otros tiempos perdidos. Luego de muchos años de investigación incomprendida, pobreza y caminatas eternas, viviendo de la caridad de los campesinos que lo obsequiaban con algún taco de frijoles, ganó el Premio de Periodismo Cultural y un financiamiento internacional. Su vida dio un completo viraje. Se volvió flojo para caminar, perezoso para desplazarse, dejó de hacer ejercicio y subió de peso. No requirió esforzarse tanto. El dinero que necesitaba  llegó a manos llenas y aún más. Pudo adquirir una cómoda casa en su natal Colotlán, donde montó su estudio y una nutrida biblioteca, comprarse mejores ropas, conseguir todos los libros que necesitaba y un moderno equipo de cómputo para escribir sus libros. Comer en los restaurantes caros de las ciudades de México que prefería, contratar hermosas prostitutas  en las noches solitarias y beber deliciosos tragos en elegantes tugurios.

Si los viejos científicos sociales se negaron en algún momento a escuchar sus teorías, el día de hoy un nuevo público comenzaba a prestarle oídos. Los congresos de humanidades y los foros universitarios se llenaban, ya no de viejos salitrosos y sordos, sino de ingenuos pero entusiastas jóvenes. Un nuevo indigenismo, entremezclado con ideas zapatistas, rock and roll, reggae, marihuana, cultura rastafari y talk shows televisivos, se apoderaba de la escena antropológica. Aderezado con un post-anarquismo  y una izquierda ecléctica de lo más extraños.

Aunque en lo absoluto se identificaba con estos distraídos estudiantes de antropología, psicología social, historia y letras, que le seguían, aprendió a tolerarlos y a comunicarse con ellos.  La mayoría de ellos eran  hasta más de diez años menores que él, de melenas prolongadas, barba y atuendo hippie. Trataba de escucharlos con paciencia y sin prejuicios, y sabía con exactitud qué decirles para encender su imaginación. A cambio, ellos se convirtieron en un público fervoroso y fiel que leía sus artículos y libros. Su primer libro, intitulado: Los Antiguos Caminantes del Occidente de México, escrito en un estilo que iba entre lo literario y lo antropológico, mezcla de novela y diario de campo científico, se convirtió en un best seller bastante leído en los círculos de estudiantes de humanidades en toda América Latina. Agotando pronto las primeras ediciones y apurando incesantes reimpresiones. Le sorprendía y a la vez incomodaba que la gente comenzara a reconocerlo en las ciudades que visitaba, en las librerías y cafés, o en los conciertos a que asistía en Zacatecas, Guadalajara, Ciudad de México o San Cristóbal de las Casas. Que de pronto lo abordasen jóvenes desconocidos para saludarlo y pedirle que les autografiase libros. Cuando se presentaba en algún foro académico o un congreso de ciencias sociales, los muchachos abarrotaban las aulas o auditorios donde el Antropólogo hablaba. En ocasiones, se sentía no tanto como un científico social, sino más bien una personalidad de la literatura de autoayuda o un artista de rock. Sin saber cómo, sus libros y charlas, más que como textos científicos, parecían ser leídos igual que guías de espiritualidad y recetarios de superación personal. La gente no parecía demasiado interesada en sus descubrimientos  científicos en concreto, tanto como por los relatos de sus viajes y sus vívidas descripciones de las rutas indígenas, que luego soñaban con recorrer los jóvenes idealistas al leer sus libros. Finalmente, la gente necesitaba cosas que estimulasen su imaginación, les sacasen del tedio de sus vidas y les brindasen alguna estructura temporal a su existencia sin rumbo. Aunque no le agradaba que su obra fuese entendida como textos de superación personal o de la New Age, finalmente las regalías de sus libros le permitían vivir sin preocuparse por el dinero. Cuando se saturaba del ambiente de las ciudades y se asqueaba de los congresos y foros organizados por comités estudiantiles y organizaciones culturales de jóvenes, retornaba al Occidente: a Colotlán, igual que los ancestrales viajeros indígenas. Ahí se refugiaba, escribiendo, escuchando música y leyendo.

 8

La comida para Pedro Evangelista resultaba un rito de comunión con la naturaleza, con los hombres y con el Todo. Contemplarlo masticar cada bocado más de sesenta veces y luego ingerir con suavidad el bolo alimenticio, consistía en un espectáculo al cual era imposible dejar de asistir.

El anciano, sentado a sus anchas sobre una roca, los pies completamente desnudos y callosos, la espalda recta, tomaba con sus dedos un puño de frijoles cocidos, un trozo blanco y carnoso de pescado y una punta suave de tortilla recién hecha. Posteriormente introducía  con lentitud la mezcla aderezada con salsa picante dentro de su boca. El Antropólogo contó sesenta masticadas a un solo bocado antes de engullirlo. La escena lo hacía por un lado sentirse avergonzado, pues él solía comer demasiado aprisa y casi tragaba la comida prácticamente sin masticarla. Por otro, lo invitaba a pensar en un nivel de autocontrol, templanza y seguridad personal sin precedentes por parte del viejo. ¿Cómo era posible que hasta en la comida, el indio pudiese denotar, sin la menor muestra de presunción, natural y fluido,  tal como era, un elevadísimo grado de autodominio?

Pedro Evangelista hablaba muy poco mientras comía. Escuchaba bastante, eso sí. Miraba atento y educado a sus interlocutores. Parpadeaba dulcemente. Apenas asentía a las preguntas que el Antropólogo le hacía, o a la cháchara incesante de las viejas que arrojaban a la manteca de cerdo hirviente el cuerpo regordete y sabroso de una trucha, o sobre el comal una amarillosa tortilla de maíz recién amasado. Pero la carne: Pedro Evangelista eligió el pez más pequeño, y a cambio pidió en su plato sendas cucharadas de frijoles, ensalada de nopales con jitomate y cebolla, hongos con pimienta y ajo, salsa picante de chile asado, guacamole y una tortilla de papa molida.

No hay que comer tanta carne. Le dijo al científico mientras se servía más salsa picante. Debes comer también otros tipos de alimentos para nutrir tu organismo.

El Antropólogo se maldijo. Había elegido el pez más grande y gordo, y además de las cucharadas de salsa y un poco de queso, evitó en lo posible los vegetales. La verdad es que se moría de hambre y la caminata lo extenuó. Al ver su plato repleto de proteínas y escaso de verduras y cereales, sintió vergüenza por sus costumbres alimenticias no muy reflexivas ni sanas. Prefería siempre comer más carne, picante, tortillas y pan, que todo lo demás. Las ensaladas y los vegetales le repugnaban. Pero no era del todo su culpa. Era la cultura alimenticia pueblerina en la que creció. En su comunidad natal, los vegetales no eran demasiado socorridos. A pesar de la escandalosa pobreza que siempre asoló el Occidente de México donde nació, en los poblados de su región, la gente prefería la carne de puerco y el chile demasiado picante por sobre todas las cosas. Las frutas, verduras y cereales eran alimentos de tercera categoría que se evitaban en lo posible, o a los cuales sólo se recurría cuando no había nada más que llevarse a la boca. La comida en su región, para resultar sabrosa en verdad, debía cubrir los suficientes requisitos de grasa y picante. De lo contrario no resultaba agradable.

Pedro Evangelista extrajo de su morral una botella de dos litros llena de agua cristalina. En cambio, el Antropólogo miró su botella de un litro de refresco de cola, con la que se empujaba los sagrados alimentos. De nuevo cayó en la cuenta de que su manera de alimentarse no era precisamente la más adecuada. Teniendo en cuenta su estado de salud actual, su elevada presión arterial y sus niveles de colesterol, aún a pesar de tener apenas treinta y dos años de edad.

Terminó de comer más rápido que el viejo y que el resto de las personas congregadas alrededor de las dos mujeres, quienes ofrecían sus guisos de comida típica michoacana, cocinados sobre brazas de carbón. Tragó con voracidad toda la carne del enorme pez de casi dos kilogramos y cinco tortillas bastante amplias. Al final se decidió por servirse una porción grande de frijoles negros cocidos y más queso fresco. La verdad es que no comía nada desde casi veinticuatro horas atrás. El estómago le daba vueltas de hambre, devorándose a sí mismo.

Pensó en la riqueza y abundancia de la información que le proporcionó el viejo. Quien le habló de los orígenes del chamanismo, llegado a América durante la Edad de Hielo desde Siberia a través del estrecho de Bering. De cómo probablemente los ritos chamánicos se consolidaron en el Occidente de México, adquirieron un matiz particular y nuevos elementos como el peyote, y luego se difundieron por el resto del continente hacia el Norte y hacia el Sur.

Recordó la chica de la noche anterior. Con la caminata agotadora y el copioso almuerzo la había olvidado. Buscó en su bolsillo su teléfono celular y se dio cuenta que lo dejó olvidado en su habitación del hotel. Se agotó nada más de pensar en todo lo que tendría que caminar de regreso, atravesando el bosque del Parque Nacional y luego las largas cuadras hasta el Hotel Concordia para tomar su teléfono móvil y llamar a la muchacha. Se recostó sobre la hierba y cerró los ojos. Recordó la mirada de Ojos Verdes, su cuerpo y su aroma. No pudo esperar más. Se incorporó y se despidió de Pedro Evangelista lo más rápido que pudo. El anciano saboreaba tras su comida un tabaco sin filtro fabricado a mano con hoja de maíz deshidratada. Se tomaron de las manos prometiéndose un encuentro futuro en breve tiempo. Pedro lo jaló de la mano hacia sí y le dio un abrazo cálido, aunque apenas se conocían. El antropólogo se lo devolvió y finalmente se separaron.

 9

A las cuatro de la tarde Yhajaira arregladísima se baja del taxi.

Se sorprende a sí misma al ver cómo  logró vestirse y maquillarse con tal precisión en el menor tiempo, además de alcanzar a llegar a la hora exacta de la cita. Agradece a su oficio de bailarina por la destreza en el arreglo personal obtenida durante años de lipstick, sombras, rubores, tangas, minifaldas y tacones. Lleva su pelo rojizo y alaciado suelto. Los ojos verdes enormes, resaltados con un maquillaje azul y blanco impecable alrededor de los párpados y bajo las cejas. Un vestido negro muy ceñido, por encima de la rodilla. Infaltables, sus tacones que la elevan más allá de su ya de por sí considerable altura natural: casi un metro setenta y cinco centímetros. Por su estatura y elegancia, es imposible que los conductores que pasan a la orilla de la carretera no dejen de soltar imprecaciones, piropos o sonidos de claxon.

A la distancia, el Antropólogo la contempla caminar por la orilla de la carretera, aproximándosele. Lentes oscuros ochenteros enormes, al estilo de piloto aviador Top Gun. La figura alargada y de curvas voluminosas. Elegante y segura al avanzar.

Quedaron de verse a la salida de la ciudad de Uruapan, en el camino hacia Pátzcuaro Michoacán, donde se ubicaba un conocido restaurante de mariscos. Para complacencia  del gusto de la muchacha.

No se saludan besándose en la mejilla, sino dándose la mano. El Antropólogo se muestra notoriamente tímido y serio, en contraste con la cachondez manifestada la noche anterior. Le ofrece su mano y ella se queda congelada a la mitad de un beso de cachete con el que pretendía recibirlo. La chica reacciona con incomodidad ante el frío encuentro del hombre, pero rápidamente se adapta a la personalidad reservada del sujeto. Ya ha conocido a otros tipos iguales o incluso más fríos y cambiantes, quienes únicamente se ablandan hasta la segunda o tercera copas. Así que se reacomoda emocionalmente para manejar mejor la situación.

El Científico viste un pantalón de mezclilla y una camisa color café. Su cabello humedecido con fijador y relamido hacia atrás. Los anteojos perfectamente limpios y cristalinos, la barba que comienza a cubrirle el rostro. Se dio un baño al regresar del Parque Nacional.  Se perfumó el cuello y la camisa con otra de sus fragancias predilectas: un Perry Ellis 360 Red.

Adora coleccionar perfumes, buena parte de sus ingresos los dedica a buscar y adquirir raros aromas importados. Su sentido del olfato es uno de los principales órganos, a la par de su visión, con el que contacta de primera mano y con  el cual conoce el mundo. En más de una ocasión su nariz le salvó la vida en la Sierra Huichola, al detectar el olor a descomposición de algún alimento pasado. Evitando comer algo que en un momento dado, pudo causarle la muerte por el desate de una diarrea incontrolable en medio del campo y de la nada. Incluso es capaz de conocer el carácter de una persona, sus intenciones y pretensiones, si es de fiar o no, tan sólo con la captación del aroma corporal y el humor emanados por  un personaje desconocido, antes de permitir siquiera que se le acerque. Olores personales y únicos de cada sujeto, hombre o mujer, que él percibe desde más de dos metros de distancia. Suele pensar que un buen aroma corporal, de tolerable a grato e incluso cautivador, tiene que ver con un corazón limpio y un carácter templado ante las adversidades. Las personas mal intencionadas,  manipuladoras, cobardes y mentirosas desde su experiencia, desprenden aromas corpóreos agrios, pútridos e infectos. Algo instintivo en el Científico lo hace alejarse al instante de ellos.

Cabe aclarar que desde el inicio, la fragancia emitida por la piel y el cabello de Ojos Verdes, lo fascinó como ninguna otra desde hace muchos años.

Su corazón late demasiado aprisa mientras acomoda un equipal de cuero para que Yhajaira se siente. La chica se adelanta, acostumbrada a los buenos tratos y a la caballerosidad, sincera o falsa de sus clientes, depositando su trasero amplio y compacto sobre el asiento de baqueta. Luego él toma su lugar, quedando bastante cerca de ella.

Al sentarse establecen de manera natural una cercanía, la cual hace que la muchacha recupere algo de la confianza experimentada junto al Científico la noche anterior. Confianza perdida momentáneamente ante la máscara de frialdad con que se presentó hoy el hombre. Los tipos distantes, fríos, calculadores y racionales, tienden a resultarle interesantes de entrada, incluso a fascinarla, pero también a ponerla sobremanera nerviosa. No sería la primera vez que se decepcionara de un intelectualoide, o de un sujeto quien de pretender pasarse tanto de interesante, luego resulta  poco divertido, hueco y por demás complicado. La muchacha ya no quiere involucrarse  en lo absoluto con intelectuales, seres memorísticos, ostentadores de discursos montados, y hombres que ignoran por completo lo que sienten y lo que quieren de la vida. De esos ha encontrado a manos llenas en su camino.

¿Qué te tomas?

Pregunta él, utilizando un lugar común desgastado hasta el hartazgo. Mismo que ella neutraliza con su espontaneidad e irreverencia  femeninas:

¡Ay, ahorita no me hables de bebidas, por favor, me urge comer, son casi las seis de la tarde! ¡Me muero por un ceviche y un filete de pescado…!

Luego se ríe, contrariando al hombre.

¡Mesero…!

Grita él nervioso, no sabiendo qué hacer ni qué decir.

¡Mesero, necesito…! ¡Me urge, un filete zarandeado con mucha Salsa Valentina! ¡Y una cerveza oscura!

Grita ahora ella en tono ensayadamente seguro, alzando su mano alargada de uñas de acrílico, decoradas a su vez con piedras de fantasía, tonos azules y amarillos. En un gesto que es extensión de su desmesurado histrionismo. Tratando de disimular que también ella está nerviosa. Pretendiendo ocultar que se encuentra feliz por que al fin el hombre se decidió a buscarla en su teléfono celular.

Mastican, engullen, se miran, luego evaden las miradas, beben y se vuelven a mirar furtivamente. Yhajaira saborea cada trozo de su filete de pescado blanco asado sobre leña. El Antropólogo devora sendas tostadas de ceviche y bebe sin pensarlo tragos de cerveza oscura.

Cuando después de dar cuenta de su filete, la chica le avisa que va al baño, él se atreve rosar la mano fina y alargada de la fémina antes de permitirle marcharse. Más que solamente  tocarla, le coge los dedos largos y finos y los sostiene entre los suyos por una fracción de segundo. Como queriendo retenerla, que no se vaya.

A ella se le eriza la piel desde el cráneo hasta la punta del culo. El Científico, igualmente excitado ante la mezcla de la belleza de la muchacha, de su aroma, aunado a la ingesta de los camarones y el ceviche, siente un cosquilleo en el ombligo y la ingle: el anuncio de una cercana y preciada erección.

10

Todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto. Y no debemos vivir de una manera tan rígida, midiendo la longitud con una regla y los ángulos con un transportador como si la vida fuera un depósito bancario. ¿No te parece? Constantemente intentas que la vida se adecue a tu modo de ver las cosas. Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida.

 (HARUKI MURAKAMI  -Tokio Blues)

Luego que sus libros comenzarán a enriquecerlo y brindarle popularidad, el Antropólogo se dedicó a contratar los servicios de bailarinas, putas y sexo-servidoras a granel, a lo largo de casi seis años en todo el país. Al fin y al cabo ahora podía pagárselos.

En cada ciudad que visitaba por motivos de diversión o de trabajo, pedía a los taxistas que lo llevaran a las denominadas “zonas de tolerancia”, siempre y cuando las hubiese y fuesen seguras. Las cuales no eran más que los conglomerados donde los prostíbulos, tables-dance y bules se concentraban, junto con todas las chicas dedicadas a la “mala vida”. O solicitaba los números telefónicos de las casas de citas más notables y prestigiosas, para pedir que le enviaran a su habitación de hotel por lo menos una o dos de sus mejores modelos femeninas.

Una vez encontrándose con ellas en la privacidad de las habitaciones de hotel, se precipitaba sobre aquellos cuerpos, no en pocas ocasiones esculpidos artificialmente bajo el bisturí del cirujano plástico. Arrancándoles la ropa, chupándoles y mordiéndoles los senos con voracidad, sin ningún ritual de cortejo ni seducción previa. Las penetraba sin pensarlo, rápido y desesperado, apenas calzándose el obligatorio preservativo que las pirujas le exigían utilizar por encima de cualquier cosa. Y fornicaba con ellas, mordisqueándoles las bubis implantadas, apretándoles los glúteos hasta lastimarlas y marcarles la piel y convulsionándose como maquina de sodomizar, sobre las caderas de aquellas mujeres, hasta eyacular sin variación.

Mientras tuviese el dinero para contratar aquellos lujosos servicios, se acostó con centenares de mujeres bellas y anónimas a quienes pagó fortunas de dinero y regaló con espléndidos obsequios. Gastándose buena cantidad de las ganancias producidas por sus libros.

Le sorprendía a él mismo cómo cambió su vida. Comenzó siendo un muchacho pobre, nacido en la comunidad de Colotlán, ubicada al Norte del Estado de Jalisco, en México, un pueblo bastante lejano de la capital tapatía. Afanándose desde niño en la biblioteca municipal, leyendo cada libro de historia y de ciencias sociales caído en sus manos, puesto que no contaba con ningún dinero para comprarse todos los textos que le fascinaron en su adolescencia.

En aquel salón  húmedo y solitario de Colotlán, donde se empolvaban los cientos de volúmenes de humanidades que leyó en totalidad, descubrió Visión de los Vencidos, de León Portilla, Corazón de Piedra Verde, de Madariaga, el Chilam Balam y el Libro del Consejo, mejor conocido como el Popol Vuh. Tenía quince años de edad cuando se embebió con estas obras y decidió consagrarse para siempre al estudio de las culturas precolombinas. Siendo muy pobre, huérfano de padre y madre, criado por un tío campesino quien le transmitió férrea disciplina en todo lo que emprendiese, logró conseguir una beca proveniente de fondos internacionales. Hábil como era para los idiomas desde muy joven, logró dominar el inglés traduciendo canciones de Mick Jagger, Freddy Mercury y Carol King, y repitiendo en voz alta las lecciones provenientes de unos anacrónicos acetatos de los años cincuentas para enseñar el idioma de John Lennon y Jim Morrison; sus ídolos. Era el inicio de su incursión en las lenguas: más tarde lograría dominar el náhuatl, el huichol y el alemán, estudiándolos autodidactamente. La primera carta que redactó en inglés la dirigió a la fundación Henry Ford, solicitando apoyo para poder marcharse de Colotlán tras finalizar el bachillerato y dirigirse a la ciudad de México a estudiar antropología. Su inglés surtiría el efecto deseado, porque a los dos meses recibiría otra, redactada en la misma lengua, como respuesta positiva a su petición.

Siguieron sus años de estudiante del Instituto Nacional de Antropología, en la ciudad de México. Sus correrías por la Calle Donceles y Tacuba en busca de libros usados, los conciertos de los Caifanes y del Tri en el Zócalo. Las horas solitarias en la oscura sala de la Cineteca Nacional, mirando los festivales internacionales de cine. Su retorno al Occidente del país, cuatro años más tarde para estudiar la maestría en historia en la ciudad de Zacatecas.

A pesar de su gran facilidad para el dominio de las ciencias humanas y los idiomas, siempre padeció una severa timidez e incapacidad para relacionarse con las mujeres. Hasta antes de que su primer libro, Las Rutas Ancestrales de los Antiguos Caminantes le proporcionase un éxito económico inesperado, nunca tuvo novia, ni jamás se acostó con mujer alguna. Con los primeros ingresos por las regalías de su texto,  se dirigió a una casa de citas de la Colonia Roma en la Ciudad de México y perdió su virginidad a manos de una rubia de gigantescos pechos, quien se metió desnuda con él en una tina de hidromasaje, desvirgándole su miembro de un sentón, no sin antes habérselo acariciado largo y tendido bajo el agua burbujeante.

Aquella vida excitante, plena de sexo, tabaco, la infaltable mariguana que también le encantaba, y de mujeres quienes representaban cada vez rostros novedosos y cuerpos tentadores que gozar, terminó una noche en la ciudad de Monterrey.

Había ido hasta aquella ciudad en el extremo norte de su país, exclusivamente para asistir a un concierto de una de sus bandas de rock predilectas: Pearl Jam. A quienes quizá nunca más tendría ocasión de escuchar en vivo, debido a sus escasas visitas a México, además de los problemas legales del vocalista de la banda con las empresas internacionales distribuidoras de tickets.

Previamente, el Científico se informó del número de la casa de citas más prestigiosa de la Ciudad Regia, cargó con sendas cajetillas de cigarros y contrató a una chica alta, culona y de enormes senos. Tal como las prefería: bastante dotadas por detrás y por delante.

Pidió a la muchacha que lo acompañase al concierto y pagó también por su boleto de entrada. Esa noche estuvo feliz, escuchó la voz poderosa de Eddie Vedder y los acordes de su banda, se rió bastante, fumó casi dos cajas de cigarros en cuatro horas, bebió cinco tequilas, manoseó, abrazó y besó a la bella desconocida, a quien prometió buena propina a cambio de acompañarlo al concierto y luego irse a la habitación a realizar lo suyo.

Sin embargo, una vez en el cuarto del hotel, su miembro se negó por completo a realizar la familiar ascensión. Se quedó empequeñecido y tímido, recogido junto con la rugosa bolsa del escroto. Jamás le ocurrió cosa parecida, hasta antes  de aquel incidente en la ciudad de Monterrey, bastaba el aroma del perfume de las putas, o una ojeada a los ostentosos escotes que lo enloquecían, para que su verga se irguiese, gruesa como tronco, presta para penetrar un cuerpo nuevo, tibio y perfumado.

Pero esta vez no ocurrió así. El Antropólogo se quedó recostado, contrariado y confundido sobre la cama de hotel. Invadido de ansiedad y angustia. Con su pene achicado y tímido. La bella mujer le dijo que no se preocupara, que en ocasiones ocurría de tal manera. Recogió su propina y se marchó, dejándolo solo y deprimido.

Algunos intentos con otras mujeres más, pero su miembro se negó a responderle. No lograría acostarse con mujer alguna desde entonces. Comenzaría un negro pero ilustrativo episodio de su vida, en el que se refugiaría en el alcohol y el tabaco, dejaría de caminar como solía hacerlo, recorriendo las antiguas rutas indígenas, y subiría bastante de peso, consolándose al visitar restaurantes, taquerías y pescaderías. Perdiendo el entusiasmo por las rutas indígenas, las caminatas y los viajes en la Sierra con la finalidad de entrevistar a algún informante. Devorando cada vez nuevos platillos, engullendo comida con el mismo entusiasmo que en otros tiempos recorriera prostíbulos, bules y casas de citas.

También leyó mucho. En esos años de impotencia sexual y abstinencia forzada, leyó sin parar hasta dos o tres libros por semana. Repasó los clásicos de la antropología que estudiara durante su licenciatura. Aprendió portugués por su cuenta, estudiando con unos discos compactos e incursionó en el psicoanálisis, pretendía asimilar parte de su método para incorporarlo a su trabajo antropológico. Devoró muchos textos de historia de México, obteniendo bastante placer con la trilogía de La Cristiada, escrita por Jean Meyer.

Y descubrió la literatura. En aquella época de estados de ánimo grises, temores, depresiones y tristezas, leyó de principio a fin numerosas novelas y libros de cuentos. Se fascinó con Juan Rulfo y Agustín Yáñez, identificándose bastante con las obras de ambos autores, jaliscienses igual que él. Paulatinamente fue concediéndole un enfoque crecientemente literario a sus trabajos antropológicos. Aunque intuitivamente, desde su primer libro ya se había acercado al género de la novela antropológica.

Escuchó alguna vez que San Agustín se volvió un erudito después que la impotencia sexual se apoderara de su miembro, tras décadas de orgías, bisexualidad y sexo desenfrenado. De algún modo se explicaba a sí mismo su situación, comparando su vida con la de un monje del Medioevo, igual que Agustín de Hipona. Se consolaba pensando que en delante, su existencia, a pesar de contar apenas con 32 años, estaría consagrada a la lectura, la escritura y la investigación. Nada más de sexo. Aunque a veces, como la noche anterior en Uruapan, se escapaba ocasionalmente a algún congal para admirar a las encueradas, recordando sus grandes épocas de placer carnal.

La noche del Manantial con Yhajaira era la primera vez en cerca de cuatro años que de manera natural se erguía su miembro. La primera erección en años. Por ello, además del atractivo inusual que le despertaba la bailarina guerrerense, es que decidió buscarla, para averiguar si era posible volver a acostarse y estar con alguna mujer de nueva cuenta.

11

Cuando murió su madrina, Yhajaira contaba dieciséis años. Decidió dejar la casa de la anciana bruja en Guerrero y marchar con rumbo a la ciudad de Morelia en busca de una nueva vida y aventuras en algún lugar donde no la conociera nadie. Pensaba en experimentar una existencia diferente, plena de estímulos citadinos y vida nocturna en una capital mucho más movida que su comunidad en la Sierra del Estado de Guerrero.

Su primer trabajo fue en la trastienda de una librería esotérica, leyendo la Baraja Española y el Tarot a variados clientes.  Aprendió a manipular ambos tipos de cartas bajo la tutela de la bruja desde que era niña, y a estudiar la personalidad de los “consultantes” desde la primera ojeada. Pronto crecieron sus admiradores, que asistían con la hermosa pitonisa para que les predijera el futuro y les proporcionara consejos para sus vidas. Ahí conoció a un sex dealer que se dedicaba  a acomodar muchachas hermosas en diversos congales del país y la invitó a trabajar como desnudista, prometiéndole dinero rápido a cambio de vender sus encantos.

Durante un sueño se le apareció su difunta madrina, proporcionándole la anuencia para convertirse en bailarina, siempre y cuando la música que acompañase sus números fuesen boleros, que tanto gustaban a la bruja. Cansada de las bajas propinas que recibía por las lecturas de cartas y con el deseo de encontrar una vida mejor, decidió convertirse en desnudista.

En su carrera de más de diez años como bailarina, Yhajaira conoció a muchos hombres y mujeres, y se convirtió en amante de varios de ellos, al inicio sin discriminar. Volviéndose más y más exigente con el paso del tiempo.

Hasta hace poco se dio cuenta que en cada encuentro sexual se entregaba y desbocaba toda su alma en busca de algo intangible y etéreo, con la esperanza de encontrar un amor. Pero fallaba en cada intento. Luego se volvió cada vez más selectiva con sus clientes y sus amantes. Se había decepcionado de demasiados hombres y mujeres, cada uno le prometía el cielo y todas las estrellas en un palmo, y luego se marchaban, o pretendían controlar su vida, procurando esclavizarla y cortarle sus preciadas alas.

El último gran intento de luchar por el amor fue cuando se ligó a un apuesto traficante proveniente de Sonora. Era algo más joven que ella, con hermosa sonrisa y ojos azules. Movía buena parte del mercado de alcohol ilegal y autos robados, además organizaba peleas de gallos. Él le llevó serenata una madrugada con un prestigioso mariachi y le declaró su amor a la mexicana. La muchacha creyó que al fin encontraba lo que desde años atrás buscó con tantas ansias. Dejó los congales y el baile y se marchó con él a vivir a la ciudad de Culiacán. Dispuesta a convertirse en ama de casa y amarlo sin condiciones para siempre.

No pasaron más de seis meses cuando el joven pretendió controlar la vida de Ojos Verdes en su totalidad. No le permitía salir de la casa, la tenía amedrentada y amenazada con la promesa de matarla si se atrevía a dejarlo o lo engañaba. El hombre juró amarla desde el inicio, pero desarrolló unos celos enfermizos que le hacían pensar todo el tiempo que Yhajaira se acostaba con otros hombres. La muchacha intentó huir en una ocasión, más su novio le propinó una dura golpiza luego de encontrarla en la central de autobuses, a punto de marcharse de la ciudad, y la subió tirándola por los cabellos a una camioneta. Casi la manda al hospital por las lesiones. Llegando un punto en que no le permitía siquiera salir a la esquina.

Desesperada, tras ocho meses de reclusión, desengañada de su amor, recordó el nombre de un antiguo cliente norteamericano con quien sostenía una cercana amistad. El extranjero la quería y le rogó varios años para que se casara con él y se fuese a los Estados Unidos. Era su amigo al fin y al cabo. Yhajaira se acordó del número de celular que solía marcar en la ciudad de Morelia para contactar al gringo en Michoacán. Ignoraba si el americano se encontraría en aquellos momentos en México, o posiblemente estuviese de viaje en el extranjero, como solía hacerlo. Era la persona en quién más podía confiar en ese entonces.

En la casa del traficante no se le permitía realizar llamada alguna. El teléfono estaba clausurado y la puerta cerrada con candado la mayor parte del tiempo. El joven utilizaba a la chica como esclava sexual. Le compraba tentadoras y minúsculas piezas de lencería: tangas, sostenes, babydolls y ligueros, obligándola a esperarlo por las noches, vestida con aquella ropa sensual, nada más para llegar y penetrarla por el culo.

La chica pasaba el resto de los días mirando la televisión, ojeando revistas, llorando o leyendo algunos libros que los asistentes del muchacho le llevaban, y conversando con aquellos hombres. A tal grado de hacérselos amigos y ganarse cierta confianza de parte de ellos.

En otro sueño volvió a aparecérsele su madrina, diciéndole que era el tiempo de regresar a Michoacán y retomar su carrera de bailarina, tras casi un año de reclusión.

A la mañana siguiente uno de los colaboradores de su novio olvidó su teléfono celular en la sala de aquella casa. Yhajaira supo guardarlo entre su escote y esperar hasta encontrarse por completo sola. El muchacho y sus hombres tardaban a veces varios días en regresar, dejándole víveres y agua para que pudiese subsistir. Quedándose sola la mayoría del tiempo.

En un inicio temió que el teléfono móvil estuviese interceptado por aquellos hombres malvados, capaces de cualquier cosa. Más tarde, tras tomar una breve siesta sobre un sillón, la invadió un sentimiento de seguridad sin precedentes. Lloró demasiado, prácticamente la violaron en bastantes ocasiones en los últimos meses, la golpearon y le desgarraron por detrás al poseerla. No tenía nada que perder. Ya no amaba al hombre, incluso lo detestaba, nada la retenía a su lado.

Marcó de memoria el número de su amigo gringo y antes que transcurrieran cinco minutos, estaba saludándolo y poniéndose de acuerdo con él para que la recogiese  la mañana siguiente en un centro comercial de la ciudad de Culiacán.

Desde varios días atrás, meditó sobre la posibilidad de escalar una frondosa palma que se elevaba por encima de una de las bardas del jardín y salir de la casa a través de ella. Tomó del closet apenas dos cambios de ropa y algo de dinero que tenía guardado de otras épocas, puso todo en una mochila mediana de tirantes, junto con su cepillo de dientes y un ejemplar de Los Evangelios para Sanar de Jodorowsky, libro que mandó comprar con uno de aquellos hombres quienes le tenían secuestrada, un texto que le proporcionó bastante consuelo en los últimos meses de aislamiento.

Aún con miedo a que llegaran aquellos sujetos y la descubriesen, Yhajaira subió por el tronco de la palmera, resbalándose y lastimando sus manos, pero cogiéndose con bastante fuerza. Todo el trabajo físico desempeñado durante su infancia y adolescencia en casa de su madrina la bruja, amén del fortalecimiento durante su baile como desnudista en el tubo, fortalecieron sus extremidades lo suficiente como para no olvidar que nada la haría caer hacia el vacío de más de cuatro metros que representaba la barda. Tenía la seguridad de que saldría ilesa y se libraría de modo definitivo de aquel asunto, a pesar de los obstáculos.

Una vez casi en la cumbre, Yhajaira se sujetó poderosamente con su brazo de un arco de cantera que se extendía por encima de la barda del jardín. Elevó su pierna todo lo que pudo raspando su rodilla contra la roca, y cuando menos acordó, ya tenía medio cuerpo fuera de aquella casa que la tuvo prisionera durante casi un año. Una patrulla policial que realizaba su ronda en aquella zona residencial pasó a unos cuantos metros de la chica, sin que los oficiales la vieran. Cuando se alejó, la muchacha columpió su cuerpo hacia el exterior, sujetándose de unos helechos silvestres nacidos sobre la barda de roca, arrancándolos sin quererlo, pues no podían sostener su cuerpo alto  y macizo de piernas largas. Cayó amortiguando el golpe sobre el césped del jardín exterior, lastimándose de cualquier manera el tobillo, pero pudiéndose levantar y caminar todo lo rápido que le permitía su torcedura, alejándose de aquella colonia. Enfilándose a toda prisa hacia su libertad.

Temblorosa, adolorida, magullada, muriéndose de miedo, se colocó sobre el rostro sus gafas color café oscuro para ocultar algunas lágrimas y su cutis sin maquillar. Reacomodó su cabello, atándolo con una dona de algodón en una bella cola rojiza y renqueando, se aproximó a una avenida grande de cuatro carriles en donde consiguió detener un taxi. Nadie la vio salir, nunca más pisaría la ciudad de Culiacán de nuevo.

Logró encontrarse con el gringo una hora más tarde. El hombre había llegado hasta aquella ciudad manejando durante toda la noche en una camioneta último modelo. Yhajaira lo abrazó y comenzó a llorar. No estuvo con un rostro ni una voz amiga desde hace meses. El Gringo enfiló su vehículo con rumbo a la ciudad de Guadalajara y de ahí al Distrito Federal.

Se ocultó con la Ciudad de México por casi tres meses en casa del norteamericano, con el temor a que su ahora ex novio la buscase o diera con su pista y la de su amigo. Si aquel joven descubriera su rastro, no tardaría en hacerles sufrir su venganza, torturándola y matándola junto con su cómplice. Pero como cosa providencial, quizá la ayuda de su madrina desde el Más Allá, escuchó una mañana en el noticiero que su joven ex amante fue secuestrado mientras salía de su casa, precisamente la de Culiacán, de donde huyo la chica semanas antes. Lo golpearon y subieron a la fuerza a la cajuela de un vehículo desconocido. La muchacha lamentó la suerte de su ahora ex novio, aunque en cierto modo agradecía al cielo que aquel hombre perverso desapareciera del panorama, permitiéndole retomar su carrera como bailarina sin temor alguno.

Regresó a la farándula, esta vez ya no en la ciudad de Morelia, sino en Uruapan, como a una hora y media de la Capital del Estado. Fue cuando comenzó a trabajar en el Manantial, donde más tarde conocería al Antropólogo.

Un año antes de su encuentro con el Científico, alguien le contó que finalmente había aparecido el cuerpo de su ex. Al parecer, al joven delincuente lo mantuvieron encerrado durante meses, torturándolo horriblemente, hasta que al final alguien se compadeció de él y le dio un tiro en la cabeza. Encontraron su cadáver  desnudo y magullado en Guamúchil, una pequeña ciudad ubicada como a dos horas de Culiacán. Al parecer los autores del homicidio eran miembros de una banda contraria al grupo con el cual colaboraba el joven.

Yhajaira sintió algo de tristeza, pero, principalmente, liberación.

 11

 Antes de cruzar la avenida, el Antropólogo pasó su brazo alrededor de la cintura de la muchacha. Lo hizo de modo natural, consecuencia de la comida, que al final resultó suculenta y grata. Tras la ingesta de los pescados asados sobre brasas de leña michoacana, de las tostadas de carnoso ceviche, cortado en blandos y regordetes trozos, curtidos previamente al limón y al perejil. De la conversación enriquecida con la risa sexy y blanca de la fémina, y del oscuro humor del hombre. Quien gustaba burlarse sobremanera de sí mismo, riendo y contemplándose ante el espejo tragicómico de su  borrada autoimagen, ya desgastada  y derrumbada por las vivencias y los tropezones de la vida. Luego también de los espumosos cafés capuchinos y del pastel de las tres leches, el favorito de Yhajaira, ordenados al finalizar el copioso festín.

La muchacha se sorprendió no sólo riendo, sino carcajeándose con las ocurrencias del Científico. Así que acordar ir al cine para pasar el resto de aquella tarde-noche juntos,  era algo automático y fácil.

Se dejó rodear por el brazo del hombre, complacida, sintiendo un calorcito que le reconfortaba su cintura y el estómago. Luego avanzaron  hacia la plaza comercial donde se ubicaban las cerca de veinte salas cinematográficas.

Déjame escoger la película a mí,  ¿Sí….?

Le susurro la chica mientras continuaban abrazados, mirando los letreros gigantes donde se presentaban cerca de veinte opciones distintas para elegir en diversos horarios durante el resto de la tarde ya oscurecida.

Una de Tarantino estaría bien….

Lanzó el Científico sin desear presionarla, pero evidenciando que no estaba dispuesto a someterse a dos horas  de tortura, aguantando un churro hollywoodense irrespirable.

Yhajaira vaciló, meditó la opción que le brindaba el hombre: Inglorious Bastards, la última película de Quentin Tarantino. Quería complacerlo, pero temía por otro lado verse abrumada con un filme hiperviolento que la haría sentirse nerviosa incluso durante varias horas después de salir del cine. Lo pensó mucho, miró al hombre, casi aburrido por su indecisión, y decidió darle por su lado.

Yhajaira era una chica inteligente, aunque no terminó sus estudios primarios leyó todos los libros que caían en sus manos, muchos recomendados por clientes bastante cultos, como buenas novelas, best sellers,  y respetables libros de autoayuda. Conversó igualmente durante sus años de bailarina con todo tipo de hombres, de los más variados estratos sociales y niveles culturales, desde campesinos y chóferes de camión hasta profesores universitarios, artistas, científicos e intelectuales. Todos cautivados por sus encantos. De todos ellos aprendió o se quedó con algo. Así que en su haber se encontraban almacenadas y concentradas un sinnúmero de experiencias propias y de otros que enriquecían su vida interiormente y la volvían una mujer bastante perspicaz y aguzada. Amén de la rica experiencia y sabiduría oral transmitidas por su madrina la bruja durante su infancia y adolescencia. Conocía algo de cine, entre un millar de comedias rosas norteamericanas y unas cuantas de terror, tuvo la suerte de contemplar algunas buenas piezas de cine-arte y del cine clásico mundial en compañía de sus cultos clientes. Así que Tarantino no le resultaba del todo desconocido, aunque en su interior prefería las comedias románticas.

El filme resultó ciertamente sangriento, pero a la vez divertido, incluso bastante inteligente, cosa que ella supo apreciar, pese a sus nervios.

Hacia el final de la película, el científico se acercó a su cuello perfumado y lo besó. Ella volteó su rostro mientras aparecían los créditos finales y unió su boca con la del hombre, que le resultaba insoportablemente varonil e irresistible. Se besaron con el mismo ahínco de la noche anterior. Él no logró evitar acariciar uno de sus pechos bajo la oscuridad, lo fascinó el tamaño del seno, su temperatura, consistencia y forma. Algo se anunció presuroso en su entrepierna, anhelado en todo su esplendor desde años atrás.

¡Si señor! ¡Se trataba de una erección amplia, dura, voluminosa y plena, como las de antaño!

Esa noche él se encargó de llevarla hasta su apartamento en un taxi. Pidió al chofer  que lo esperara mientras la acompañaba hasta su puerta en el cuarto piso de su edificio.

Ella era un ser de luz de tan contenta. Él emanaba entusiasmo por todos los poros, la barba crecida y oscura. Quizá en ese frenesí de deseo y alegría, la sinceridad los arrastró hasta el límite de sus actos al despedirse. El Científico ya se creía enamorado. Por su parte, Yhajaira pretendía mostrar todas sus cartas desde un inicio y no esconder nada. Sus numerosas experiencias con el sexo y el amor le enseñaron que si quería que las cosas salieran bien, antes que nada debía ser lo más sincera posible.

Durante muchos años… Dijo tímidamente el Antropólogo. He tenido problemas de erección…. Y creo que por fin me estoy curando….

Ella sonrió sin ninguna malicia al escucharlo, luego pronunció, serena pero un tanto conmovida:

Yo nací con un pequeño pene, pero soy una mujer de pies a cabeza….

No lo dudo ni por un momento. Agregó el Científico.

Y se besaron en la oscuridad del pasillo.

12

La mañana volvió a transcurrir rápida y con mucha agitación, ascendiendo por interminables escaleras de roca, escalando cerros, trepando el tronco de viejos árboles, corriendo y sumergiendo los pies en charcos y riachuelos. Todo era por seguir el paso al viejo Pedro Evangelista, pero en esta ocasión no pretendía  entrevistarlo ni obtener sus testimonios como chamán para redactar algún libro.

¡Ay, ya no puedo más…!

Se quejó el Antropólogo.

¡Aguanta! Si quieres curarte de tu sexo tendrás que hacer lo que yo te pida.

Ordenó el anciano.

¡Ya tengo hambre y no me quedan nada de fuerzas….!

Insistió el Científico.

Parte de las prescripciones del brujo para que el Antropólogo superase su impotencia sexual, consistían en practicar bastante ejercicio todos los días y muy temprano, pese al frío y la lluvia. Así como erradicar por completo de su vida el vicio del cigarro. Según el indio, bastante de su problema de erección se debía al consumo de tabaco excesivo, mismo que minó en los últimos años el trabajo de su corazón y de su circulación sanguínea, incluyendo en su sexo y en todos los vasos que irrigaban la totalidad de su cuerpo. El Científico sabía que hasta sus ojos comenzaban a sufrir las consecuencias del daño a la circulación de su sangre, mermando su capacidad visual y poniendo en riesgo su valorada percepción de imágenes variadas, paisajes, colores y luz, a las cuales tanto amaba. La graduación requerida por sus anteojos aumentó en un tiempo relativamente corto, junto con el grosor de los cristales. Sentía tristeza al tomar de repente conciencia de cómo permitió que su salud física y espiritual se deteriorase tanto en los últimos años a causa de tonterías, decepciones y apegos que no valían la pena, también de hábitos alimenticios deplorables.

Para que su pene se irguiese de nuevo con normalidad, debía oxigenar la totalidad de sus células, echar a andar los músculos y fortificar el corazón y los pulmones. De modo que la sangre pudiese irrigar con la suficiente presión su verga, tanto como para conseguir una erección firme y poderosa, durante el tiempo adecuado y disfrutar de nueva cuenta del sexo.

Así mismo, debía abandonar casi por completo la ingesta de carne, principalmente de vaca y cerdo, también la leche y los quesos que tanto le gustaban. El exceso de grasas y proteínas animales contribuía del mismo modo, según le señalara el brujo, a la obstrucción de sus venas y arterias y al enlentecimiento de su flujo sanguíneo. En su lugar, ingerir vegetales y cereales. Dejar del todo los refrescos embotellados y cualquier tipo de alimentos procesados, a los cuales Pedro Evangelista solía llamar “comida basura”. El panorama futuro en cuestión de su fascinación por la comida y el tabaco se presentaba triste. Pero todo aquello valía la pena si es que lograba que su miembro se echase a andar de nuevo. La posibilidad de estar en la intimidad con Yhajaira lo estimulaba demasiado.

Desayunaron sentados sobre rocas volcánicas, arrojadas por el nacimiento del volcán Paricutín hace casi cien años y acomodadas igual que asientos en derredor del fuego. Congregados en torno a la lata de manteca calentada con brasas de carbón que servía como estufa a la indígena purépecha, quien vendía pescados fritos, tortillas hechas a mano y diferentes guisos michoacanos. Junto a ellos se encontraban otros indígenas, campesinos, turistas curiosos de la comida michoacana y deportistas mestizos que echaban un taco de frijoles con chile y queso o un pescado frito en manteca de puerco después del ejercicio físico matinal en los linderos del Parque Nacional.

El hombre se vio obligado a comer un plato de verdolagas con jitomate, cebolla y chile serrano, también unos tacos de ensalada de nopales con cilantro y una trucha pequeña hervida al vapor. En lugar de refresco embotellado, apuro sus bocados con tragos de helada agua natural, extraída de los manantiales del Parque Nacional. Su lengua y sus papilas gustativas extrañaron el estímulo fuerte, excitante y adictivo para su gusto, de la manteca enchilada y la carne con mucha sal que lo enloquecían a diario. A pesar de ello, su paladar mal educado y consentido durante toda una vida con los antojitos mantecosos y salados, comenzó a apreciar las ensaladas de vegetales crudos con tortillas y chile, y la carne blanca de pescado con poca sal y picante.

13

Se miró al espejo y contempló sus mejillas y cuello cada vez más oscurecidos y poblados por la barba azulosa y negra. El cabello en su rostro, la melena prolongada azabache que llegaba a los hombros y los anteojos gruesos, comenzaban a proporcionarle un aspecto crecientemente rudo, viril y a la vez inusual. Pensó en dejarse crecer aún mucho más la barba y el cabello.

Se sonrió, complacido de sí mismo: por primera vez le gustaba lo que veía cuando se colocaba ante al espejo. Era la primera ocasión en su vida que lograba parecerse físicamente a lo que soñara desde siempre que quería llegar a ser. Se gustaba, su imagen era cada vez más cercana a su ideal. Y eso lo hacía sentirse fuerte y feliz sobremanera.

Pedro Evangelista le decía que la barba crecida y abundante era señal del aumento de virilidad, el incremento de una actitud masculina y de seguridad en sí mismo creciente. De seguro, el fortalecimiento físico y espiritual de un hombre incrementaba no sólo las fuerzas psíquicas y emocionales, sino la producción de hormonas masculinas en su organismo. Notaba que desde que practicara los ejercicios prescritos por el brujo, le nacía más cabello en el rostro, las mejillas y el cuello. También perdía peso paulatinamente, volviendo su cuerpo más ágil y flexible.

Llevaba varias semanas ejercitándose a diario bajo la tutela del brujo y encontrándose por las tardes con Yhajaira para besarla y estar con ella. Estaba a punto de cumplir los 33 años de edad y seguía creciéndole la barba pese a ya no ser un adolescente y haber detenido su desarrollo físico hace más de una década. O por lo menos creyendo que su crecimiento corporal ya no continuaría hasta ahora. Ante esto, Pedro Evangelista le repetía que cada quince años, según las tradiciones indígenas del Occidente de México, el hombre y la mujer renacían de nueva cuenta después de cierto periodo de años, renovando la totalidad de células de sus organismos. Contrario a la teoría evolucionista, en la cual fue formado académicamente el Científico en la escuela de antropología, la cual señalaba que el ser humano, conforme transcurren los años, se encaminaba hacia la vejez, la corrupción de sus funciones y la muerte irremediable.

El Antropólogo estaba a punto de entrar a la edad del Mecías: Jesucristo. Un período de la vida que debía aprovechar a toda costa, según enfatizara el brujo, para hacer resurgir su virilidad, hombría y fuerzas interiores. Extirpando de su corazón todos los miedos, egoísmos, rencores e inmadurez. Las tradiciones indígenas del Occidente parecían indicarle que era posible renacer en cada nueva etapa de la vida, siempre y cuando sortease con éxito las pruebas correspondientes a cada nuevo estadio de su desarrollo. Empero, a pesar de contemplar las evidencias innegables del renacer de su organismo y de su sexo, aún le costaba asimilar la idea de la renovación y recreación celular, propuesta por las culturas precolombinas, misma que contradecía todo el racionalismo y el darwinismo que impregnara su visión de la vida y el hombre. A él le habían enseñado que las neuronas morían una vez dañadas por el paso de los años y el uso de las drogas, y que no se regeneraban de ningún modo. Los académicos y teóricos occidentalizados creían fehacientemente que una vez iniciado el proceso de corrupción de la mente y la carne, nada sería capaz de detenerlo hasta su destino último en la tumba.

Contrario a todo el pensamiento occidental de antropólogos y psicólogos con quienes había estudiado y quienes creían ciegamente en una visión lineal y fatalista del desarrollo humano, los indígenas del Occidente de México consideraban que era posible volver a nacer y renovarse por completo en cada nueva etapa de la vida de un hombre.

Los ejercicios trasmitidos por el brujo consistían en caminatas rápidas y prolongadas, marcando el paso y resintiendo el arco del pie en el suelo y en cada zancada. Realizar giros rítmicos de la cintura y las piernas. El brujo le aseguraba que unas piernas fuertes y una cadera poderosa, eran garantía de una vida sexual plena. La gente que mostraba poca movilidad y gracia en sus caderas al andar, de seguro no se había desarrollado sexualmente lo suficiente como para experimentar una gran sensibilidad y recibir placer al máximo. Es decir, no maduraban ni crecían desde el punto de vista erótico. Unas piernas endebles y flacas, aunadas a unas caderas débiles, un culo seco y poco grácil, constituían señales  de una menguada vida sexual. Amén de unas fuerzas vitales y espirituales subdesarrolladas e incluso extintas. Estos individuos, quienes mostraban un paso poco firme, inseguro y titubeante, probablemente tampoco podían disfrutar demasiado del sexo ni mucho menos proporcionar placer a sus amantes, aunque pretendiesen con ingenuidad ser infalibles en la cama.

El Antropólogo también debía dar determinados golpes con el puño cerrado, hacia delante y contra el viento, así como patadas atacando al aire y codazos hacia atrás, enfrentando a un enemigo invisible y liberándose de su abrazo maligno. Enfrentando a un presunto contrincante espiritual: luchando contra su propia sombra. Más bien encontrándose con ella como con un rival invencible pero a la vez necesario. O reencontrándose con ella. No había peor enemigo que él mismo cuando libraba batallas en su interior.

Repentinamente se sintió como iniciado en algún tipo de arte marcial del Oriente. Al preguntarse por los orígenes de los ejercicios indicados por Pedro Evangelista, cobró conciencia de estar practicando una disciplina corporal milenaria, la cual lo llevaría poco a poco a expandir los centros energéticos de todo su organismo. Fortificándolo, permitiéndole respirar mejor y desempeñarse sexualmente de modo infalible.

Cobró conciencia de encontrarse al alba de una tradición marcial antiquísima practicada desde la Noche de los Tiempos por los brujos que cohabitaron y surcaron el Occidente de México. Recordó los testimonios de algunos hombres de poder, maracames y practicantes de la brujería mexicana, quienes le hablaron de las exigencias del hombre de conocimiento. Las cuales urgían a cualquier brujo, curandero, hombre de poder o tlamantini, a incrementar su poder. Debiendo cultivar a diario no sólo su espíritu, sino su cuerpo en totalidad: su sexo, su pensamiento, sus músculos, sus sentidos y su inteligencia.

Sin quererlo, las recurrentes Rutas Ancestrales de los Antiguos Caminantes del Occidente de México que le dieran para vivir y lo llevaran al descubrimiento de un mundo fascinante, volvían a atraerlo a su sendero como un imán a los fragmentos metálicos extraviados años atrás. Rejuveneciéndolo y haciéndolo nacer de nueva cuenta para recuperar su sexo.

Notaba que las erecciones se volvían poco a poco más frecuentes. Por las madrugadas, al despertar tras un sueño profundo, para su sorpresa, encontraba su miembro erigido hasta su máxima capacidad. Se lo acariciaba con ternura, a veces con lágrimas en los ojos, agradecido, y luego se volvía a quedar dormido.

 14

No existe el azar  en el desarrollo de la  vida humana… Siento que se libra una batalla que provocará mayores o menores sufrimientos dependiendo de nuestra capacidad para entender nuestro destino y la dirección hacia la cual debamos enfocar nuestros esfuerzos.

 (JACOBO GRINBERG –La Conquista del Templo)

Esa tarde la chica desempolvó su Tarot de Marsella, heredado de su madrina la bruja, quien le enseñó multitud de métodos y maneras posibles de leerlo e interpretarlo. Tenía más de dos años sin abrirlo, sin tirar lecturas en lo absoluto ni barajarlo. Las desilusiones en el amor y en la vida, así como las preocupaciones materiales por el dinero y el cómo mantener e incrementar la belleza física, como buena bailarina, la absorbieron de tal forma en los últimos meses, que sus intereses por la magia, la brujería y el esoterismo, adquiridos de su Madrina desde edades tempranas, casi desaparecieron.

Extrajo el Tarot de una bolsita color rojo, según le indicara su Madrina que debía mantenerse las cartas para evitar que perdiesen su energía y resultasen más poderosas en cada consulta. Se sentó ante la mesa de madera de su apartamento, donde tomaba sus comidas y bebía a menudo café y té escuchando sus discos de los Beatles. Cogió cuatro cartas, sin ver por debajo de ellas y formo una hilera vertical sobre el mantel del comedor. Cada una de ellas representaría un punto de su cuerpo: la más alta simbolizaría el centro de su frente, instalada a la altura del Tercer Ojo, por encima de las cejas. La segunda representaría su corazón,  ubicada en su pecho, junto con las emociones ligadas a él: el amor, las pasiones profundas y el entusiasmo vital. La tercera se ubicaría simbólicamente a la altura de su ombligo, designando sentimientos muy básicos: las ganas de vivir, el coraje para enfrentar la adversidad y la fuerza para asumir decisiones importantes. También los miedos estarían ubicados en el vientre y el ombligo, y los enojos y resentimientos.

La última, ubicada en su sexo, sería la base que sostendría el conglomerado de su existencia, los impulsos que alimentarían al resto del edificio sagrado de su cuerpo y su alma. Eros: el amor carnal y la energía que alimentaba el universo y animaba a todos los seres.

Con aquellas cuatro cartas boca abajo conformaría, cuando las descubriese, una especie de espejo espiritual ante el cual mirarse de frente, sin tapujos y sin censura. Radiografía temporal y relativa de su alma para escudriñarse a sí misma.

Las destapó, con algo de nerviosismo.

En la carta primera, correspondiente a su frente y a su visión de la vida,  apareció, agraciado, elegante y a la vez incomprensible: Le Mat: El Loco. Un vagabundo trotador de caminos inesperados. Indicándole que su sendero espiritual la seguiría llevando por parajes sorprendentes y cada vez más desconocidos. Que nada con respecto a su misión de vida y su destino, estaba escrito. De ningún modo terminaría sus días bailando en un tugurio pleno de malvivientes: un cambio de vida se aproximaba. Su corazón latió al intuir a partir de esta carta,  que su vida daría vuelcos por completo desconocidos en breve tiempo. Se preguntó si acaso el apuesto Antropólogo sería un factor determinante en los giros que tomase su destino.

Al destapar la carta del corazón, la siguiente en un sentido descendente después del Tercer Ojo, ubicada más bien a la altura del pecho, en el Plexo Solar, sintió un pánico que le heló las yemas de los dedos, mostrándole un personaje tenebroso: La Muerte. Al instante se esforzó por recordar las palabras de su madrina, quien le indicara una y otra vez que la presencia de la carta La Muerte no presagiaría necesariamente la pérdida física de la vida de alguien. Sino más bien una muerte psicológica, un cambio de sentimientos, de vocación, de creencias o de identidad, que generalmente no era para mal. Aunque doliese cualquier cambio anunciado por ella y produjese angustia de cualquier manera. Constató, comparando con la primera carta, que un giro muy fuerte en su vida y en sus sentimientos se gestaba sin tregua, avecinándose, e incluso ya estaba dado.

Se hizo la valiente, tragó saliva y respiró profundo para continuar destapando las cartas que le faltaban. Todo nuevo rumbo siempre le propiciaba miedo y angustia.

Se sintió aliviada al encontrar a la altura de la que representaría su ombligo, una carta esperanzadora: La Fuerza. Pudo intuir que al parecer, la energía y el coraje necesarios para afrontar lo nuevo que se presentase, sea cual fuere, no le harían falta. Si se acercaban cambios rotundos en su vida, o si estaban iniciados de antemano, Yhajaira tendría la suficiente entereza para afrontarlos, adaptarse a ellos e incluso sacarles la mejor partida.

La cuarta y última carta, al quedar descubierta boca arriba mostró al Ángel Caído: Belcebú, Baal, Lucifer, El Acusador: El Diablo.

Siempre supo que al aparecer el Diablo en las lecturas de Tarot, éste presagiaba la aparición de nuevos puntos de vista, que aunque en otro tiempo fuesen considerados perturbadores, malos, contradictorios e incluso revolucionarios, también llegaban a ser verdaderos, útiles y legítimos. Belcebú del Tarot mostraba una perspectiva subterránea que en muchas ocasiones terminaba siendo una visión valedera y justa aunque se le temiese. Al ubicarse el Diablo a la altura del sexo, anunciaba una verdadera sublevación de los instintos y un cambio de perspectiva radical en su vida sexual. Al final Belcebú no era malo en lo absoluto como el sentido común pudiese temer, igual que La Muerte. Pero inquietante, perturbador y sinónimo de cambios sustanciales, vuelcos y giros inesperados, eso sin duda sí.

Recordó que en algunas tradiciones ocultistas antiguas, según le enseñara su madrina, a la primera carta: El Loco o Le Mat, se le asociaba con Jesucristo. Supo de inmediato que el Antropólogo se encontraba a punto de cumplir los 33 años, la misma edad que Jesús de Nazaret.  Su destino a su lado parecía sellado.

Sus conclusiones acerca de la lectura de hoy se resumían en las siguientes: su mirada y su visión se dirigían hacia el joven Antropólogo, a nivel del corazón y de su sexualidad se encontraba a punto de iniciar un giro de 180 grados en su vida. Al inicio de una relación de pareja estable y profunda con el Científico. Por otro lado contaría con la fuerza suficiente para asumir cualquier cambio de rumbo y de vida que se presentase. Sintió que efectivamente, su vida y la del Científico avanzarían por rumbos semejantes. Se encontraba aún nerviosa pero contenta al pensarse vinculada con el hombre en un futuro, casi vuelto presente.

15

Solemos convencernos de que nuestro destino está cerrado y clausurado de antemano, sin posibilidad alguna de cambio o desenlace distinto al imaginado. Nos repetimos obsesionados, a cada momento, reparando en nuestro patético sino, que lo que nos tocó en suerte debe ser aceptado con resignación y a quemarropa. No alcanzamos a vislumbrar las múltiples bifurcaciones, quiebres, recovecos, vueltas, trampolines y columpios que puede tomar la propia existencia. Basta una pequeña sacudida en la seguridad de nuestro mediocre existir, el tambaleo tembloroso del andamio pueril de nuestras expectativas, creencias erróneas y sueños vanos, para convencernos, ciegos, sordos y anestesiados en nuestros sentimientos, que nos encontramos atravesando una crisis que nos desgaja por completo. Convencidos en nuestras cortas miras, ahogándonos en el cuenco diminuto de agua de nuestra cotidianidad, de que no tenemos por el momento salida. Olvidando que aquella sacudida existencial puede representar la anhelada oportunidad para encontrar el verdadero rumbo.

Se nos olvida que es necesario violentar nuestras propias creencias, transgredirnos y superarnos a nosotros mismos para llegar a estar vivos de verdad.

Yhajaira se creía condenada a trabajar como desnudista durante el resto de vida productiva que le quedase, obligada a responder benévola ante los jalones y manoseos de sus clientes, quienes no desaprovechaban la oportunidad para meterle mano a su cuerpo en bikini sin soltar propina alguna.

Cuando llegase más allá de los treinta y dos años de edad, si es que lograba conservar su físico lo mejor posible para continuar gustando a sus clientes, o no era infectada con alguna enfermedad de transmisión sexual, no le quedaría más remedio que verse forzada a dejar el escenario. Los clientes quienes pagaban las más sustanciosas propinas, preferían a las jovencitas, y a aquellas quienes aparentaban ser recién iniciadas en la vida licenciosa, aunque esto fuera pura apariencia. Abundaban bailarinas quienes entendían muy bien su negocio y a su mercado, haciéndose la lucha por parecer estudiantes de secundaria ingenuas y extraviadas que cayeron por accidente a trabajar en el table dance.

Un batallón de hábiles féminas de entre los dieciséis y los veintitrés años  había llegado en los últimos meses, captando la atención de los clientes más adinerados.

Parecía que los comensales preferían tentalear el culo en tanga de una chica disfrazada de colegiala, vistiendo su minifalda de cuadritos. Incluso pagar una fortuna para sacarla del congal y acostarse con ella en el más próximo motel. A contratar los servicios de una desnudista experimentada en las artes amatorias y en proporcionar el máximo placer a sus clientes. Las chicas más maduras y entradas en años, si no cultivaron previamente una clientela fiel, o aunque la tuviesen, se iban quedando atrás, olvidadas en los sillones de espera, a un lado del escenario en donde desfilaba la bailarina en turno. Aguardando a que algún visitante urgido se apiadase de ellas, esperando a que alguien atinara a descubrirlas y les invitase un trago.

Yhajaira tenía entre sus planes ahorrar el suficiente capital como para regresar a la ciudad de Morelia y comprar su propio apartamento, dejando de pagar renta para siempre. En aquel sitio, cuando lo adquiriese, pretendía volver a ejercer los conocimientos de brujería que le transmitió su Madrina desde que era niña y dedicarse a curar a sus consultantes, leyéndoles también el Tarot y la Baraja Española a quien se lo solicitase y vivir de sus consultas. El giro de su clientela, según soñaba, cambiaría totalmente.

Pero la verdad es que se había acostumbrado a gastar mucho dinero en vestuario, pelucas, accesorios, costosos perfumes y zapatos, de tal suerte que sus ahorros no eran de ningún modo los suficientes como para pensar en retirarse de la farándula. Tenía deudas en dos bancos y prestaba buenas cantidades de dinero a varios de sus conocidos, incluso a algunos clientes, sin interés alguno. Lo hacía de buena fe y la mayoría de las veces sus amigos no le devolvían la cantidad de capital prestado. De modo que la posibilidad de retirarse y adquirir su departamento aún resultaba lejana. Para liquidar sus deudas y acumular la suma suficiente como para dejar la vida nocturna, tendría que trabajar como mínimo cuatro años más. Llegar a los treinta, arriesgándose a los contactos sexuales inseguros con desconocidos, bajo el peligro de que algún día se rompiese el preservativo, por más precauciones que tomaba. Conviviendo con traficantes y gatilleros, al igual que su antiguo novio, quien la secuestró y la mantuvo cautiva casi un año. Si no la mataba alguien en un tiroteo o le cortaba el cuello algún desquiciado admirador, se arriesgaba a contagiarse de SIDA o hacerse vieja en el negocio. Debía pensar en una fórmula para salir lo antes posible de aquel tugurio, finiquitar sus deudas y buscar una nueva vida.

El Antropólogo por su parte, llegó a resignarse con el hecho de que su miembro no se levantaría  nunca más. De pronto se encontraba en manos de Pedro Evangelista, quien lo guiaba día a día en su recuperación sexual. Repentinamente no sólo recobraba su energía sexual y su erección, sino que volvía a escribir un nuevo libro, ahora sobre la sexualidad en el mundo prehispánico del Occidente de México. Tomando notas y redactando a mano en un grueso cuaderno, sentado en la Plaza principal de Uruapan, reflexionando y garabateando sobre su libreta en algún restaurante o café de la ciudad. Decidió volver a escribir, inspirándose en sus experiencias con el brujo y recopilando datos directamente de la voz de Pedro Evangelista. Además de dar cuenta en su manuscrito, como buen antropólogo, de sus propias vivencias, tropiezos, caídas y descubrimientos al estar en contacto con una sabiduría antigua y luchar por recuperar su sexo.

16

Quítatelo….

Le pidió el Científico al mirar las enormes bubis sujetas y resguardadas por el sostén.

La muchacha obedeció y desabrochó por detrás de su espalda el seguro del chichero, liberando como un torrente contenido durante mucho tiempo aquellos senos, que rebotaron varias veces contra el vacío al verse desaprisionados de sus riendas de holanes y varilla. Como dos caballos impetuosos.

El hombre mordisqueó los pezones regordetes y los estímulo con avidez, utilizando su lengua y labios, haciéndolos endurecerse sin la menor dificultad. Viéndolos tan de cerca, aunque anteriormente ya estuvo en contacto con ellos, esos pechos y sus pezones eran aún más gordos de lo que supusiera.

Se besaron. Yhajaira sólo traía puesta su tanga de nilón color rosa, casi transparente, tras la cual se vislumbraba un diminuto bultito carnoso en la entrepierna. Le acarició las nalgas y palpó con sus dedos los limites de aquel culo, hermoso, amplio y natural.

La muchacha se despojó también de la tanga, mostrando el pubis ligeramente poblado por una sombra vellosa color rojizo. En el centro de su blanca carne: la diminuta manguerita, casi inerte, por la que Yhajaira orinaba,

Nunca se erecta…. Nunca se para…

Comentó ella ante la curiosidad con que el Científico examinaba su pequeño miembro, rosado y casi inerte que únicamente le servía para expulsar la orina. Se lo tocó: blando y pálido, y aquel conducto casi microscópico pareció no responder en lo absoluto al estímulo de sus dedos, que lo tentalearon cuidadosamente.

Yhajaira le desabotonó el pantalón, deslizó la trusa color rojo que portaba el hombre y descubrió la verga morena, casi negra, erguida hasta su máxima capacidad. Le acarició el glande con uno de sus dedos, ensalivado previamente con la boca, formando círculos sobre su punta y logrando que aquella serpiente vibrase de excitación.

De su bolsa de mano, la muchacha extrajo un frasquito de vaselina, lo destapó y se remojó los dedos con aquella jalea resbalosa. Luego, ungió en su totalidad el órgano sexual del hombre.

La sensación acuosa lo regocijó. El Científico supo que el encuentro íntimo con ella llegaba a su clímax. La sustancia con que cubrían su pene serviría para facilitar la inserción del órgano por entre las nalgas de la chica, lubricando el ano y el conducto del recto, por donde sería penetrada.

Yhajaira se incorporó, echada boca abajo en el sillón, ofreciéndosele como el más hermoso presente. Mostrándole la curva de su espina dorsal y el brillo de su estilizada espalda. Irguió su enorme culo pálido, abriendo intencionalmente las nalgas en un movimiento experto de su coxis y sus caderas, dilatando el ano rosado con maestría. El cual sonrió, igual que una boquita anhelante. Invitando al Antropólogo a entrar en ella de inmediato.

El corazón del hombre latió angustioso. Los viejos temores y ansiedades que le perseguían desde hace años, haciéndolo fracasar en cada acto sexual, volvían a aparecer. Deseaba por sobre todas las cosas a Yhajaira, comenzaba incluso a enamorarse de ella, practicó mucho de la mano de Pedro Evangelista, pero seguía teniendo miedo.

Tragó saliva. A pesar de los temores, que no eran pocos ni leves, se acerco, inclinándose lo suficiente como para que su pelvis quedase ubicada a la altura del trasero de la muchacha. Su miembro entró en contacto con el orificio anal, una parte de la punta del pene comenzó a deslizarse hacia el interior de aquel conducto anillado.

Pero sus angustias lo derribaron de nueva cuenta. Por un momento la ansiedad y el miedo al fracaso fueron más fuertes que su deseo por Yhajaira, haciéndolo perder la excitación en su cuerpo y la fuerza en la erección que originalmente fuera dura y suficiente como para lograr cogerse a la chica.

El científico se derrumbó, alejándose de la muchacha, quedando echado junto a ella en el sofá, con su órgano sexual cada vez más pequeño y arrugado, retrotrayéndose hacia la bolsa del escroto con sus testículos, también avergonzados por el fracaso.

¿Qué te pasa, mi hermoso?

“Hermoso”. Así lo llamaba la muchacha desde hace un tiempo con cariño. Yhajaira estaba enterada de los problemas sexuales del hombre. A lo largo de las últimas semanas en que se entrenaba bajo la tutela del brujo, ella lo estimulaba con halagos y le proporcionaba ánimos y caricias. Comenzaba a quererlo, ya no sólo le parecía un individuo interesante y misterioso, sino tierno y entrañable. Necesitaba cada día de su compañía y de sus charlas, anhelaba en cada momento el brazo fuerte del hombre rodeando su cintura y envolviéndola para cruzar las calles. Entre ambos se establecía un vínculo poderoso y creciente que los unía cada vez más. Ella pensaba en él por las noches, cuando trabajaba en el congal y ya no podía mirar a ningún otro hombre. El Antropólogo respiraba su perfume aún cuando no se encontraba a su lado. Soñaba con ella aún cuando se dedicara a escribir en la soledad de un café o en su cuarto de hotel, inclinado sobre su libreta. Parafraseando oraciones y estrofas incansables.

Yhajaira  se recostó desnuda junto a él en el sillón y le echó su brazo encima del pecho, envolviéndolo cariñosamente como a un gatito.

¡Tranquilo Hermoso, podemos esperar….! Vas a ver que no tardará en parársete de nuevo tu pene y podremos hacer el amor.

La idea de perder el interés de la muchacha debido a su impotencia sexual lo atacó. Le costó mucho esfuerzo salir adelante desde los tiempos en que abandonara su pueblo natal. Siempre fue diferente a los otros, nunca obtuvo la simpatía de sus profesores ni de sus colegas. Sus libros tuvieron que emprender una tortuosa lucha por sí mismos para darse a conocer, recibía críticas infames donde quiera que llegara para mostrar los resultados de sus investigaciones. Jamás contó con el apoyo de una familia que le diese ánimos o le brindase estímulo moral, mucho menos económico. Siempre se relacionó con prostitutas, quienes recibían gustosas la paga a cambio de sus servicios sexuales. Le faltaba el cariño sincero de una chica. De pronto toda su vida le pareció una desgracia. Olvidándose por completo del éxito innegable cultivado por sus libros, de sus avances espirituales, ganados literalmente a punta de golpes, luchando contra instituciones, vacas sagradas de las ciencias sociales y del mundo editorial que recelaban contra los escritores más jóvenes. Haciéndose con demasiado trabajo, un espacio en el mundo de los escritores y lectores; aún más dura su lucha en el mundillo agreste de la antropología en México.

Temía por sobre todas las cosas nunca lograr hacer el amor con ella y que por su parte, Yhajaira se aburriese de estar con un hombre impotente y temeroso.

Su cara se arrugó, los ojos se le cristalizaron y humedecieron, la boca se abrió hasta la máxima apertura, desfigurando sus muecas y distorsionando su rostro. El llanto de un niño de cinco años apareció, lanzando gritos y berridos desconsolados. Una tristeza inmensa se asomaba por sus rasgos faciales morenos y mestizos, casi indígenas, ahora infantiles e inocentes. Era el regreso ineludible a la infancia más temprana.

La mueca enorme de su boca abierta retuvo por un instante el llanto silencioso y el alarido gutural de la tristeza, acallados desde años atrás, conteniendo un dolor inmenso y una melancolía avasallante. Luego continuó berreando y derramando lágrimas.

Yhajaira lo envolvió aún más con sus brazos. Sus bubis quedaron a la altura de aquella cara, anegada en gotas de llanto y melancolía. De un modo u otro, la escena resultaba cómica y patética, a pesar de la tragedia momentánea, volviendo al Científico igual a un bebé en la etapa oral, llorando sobre el pecho de su madre antes de amamantarse. El Antropólogo se descubrió a sí mismo como un niño desamparado, ahora no de cinco, sino de un año de edad. Pequeño, desvalido y vulnerable.

Comenzó a carcajearse, a reírse y a sonreír de sí mismo. La muchacha lo siguió, contagiada ya no por su desánimo ni su tristeza, sino por aquel repentino cambio en los sentimientos del Antropólogo. Se rieron en coro durante algunos minutos. La risa, las carcajadas y el buen humor le hicieron  mucho bien al hombre. ¡Cuánto necesitaba aprender a reírse y burlarse de sí mismo! Pensó. Desde niño se tomaba la vida y a sí mismo demasiado en serio. Sus lectores y la gente que asistía a sus conferencias amaban escucharlo. Las personas parecían conectarse con él cuando hablaba, oyéndolo con fascinación exponer alguna historia sobre los indígenas de México o disertando en la estación de radio de alguna localidad, narrando la trama de su último libro.

Siempre tenía la sensación de resultar en extremo ceremonioso, hasta el grado de mostrarse grave y hosco. En el fondo se tenía asco a sí mismo y no le agradaba en lo absoluto su propia seriedad excesiva.

Lo urgía la necesidad de sentirse más a sí mismo, de escuchar su propia voz y sus pensamientos, de mantenerse cerca de su propio cuerpo, de sus músculos, de sus huesos y de su sexo, de sus propios deseos, dolores, alegrías y anhelos. De quererse un poco más a sí mismo. Luego se abrazó aún más hacia el cuerpo desnudo de la muchacha. Aprovechando al máximo la belleza y bondad del ángel que le acompañaba, cual regalo celestial.

17

Al sonreírse y carcajearse, los pechos de Yhajaira se sacudieron convulsamente al ritmo de su risa cristalina e inocente. Grandes, rosados, poseían la forma de peras sacudidas por el viento en los extremos de la rama de un árbol. En un momento, sin esperarlo y sin proponérselo, resultaron nuevamente interesantes para el Antropólogo, quien se precipitó a chuparlos.

A la chica la excitaba sobremanera que le acariciasen con delicadeza y le lamiesen sus senos. Comenzó a gemir quedamente mientras el Científico recorría con sus labios la enorme circunvolución de aquellas bubis, desde el pezón hasta el vientre. Cuando acordó, su miembro ya estaba erecto de nuevo. La muchacha no le permitió prestarle demasiada atención a aquella verga caprichosa, ni pensar mucho en la necesidad de mantener la erección. Siguió besándolo en la frente y abrazándolo, sin dejar que la boca del hombre se separase de sus pechos. Yhajaira sabía por experiencia previa que cuando las personas se preocupaban demasiado por el hecho de que las relaciones sexuales resultasen lo más exitosas posibles, perdían su espontaneidad y naturalidad en el acto amatorio. Tensándose y haciendo fracasar el instante amoroso. El cual debía ser ante todo, espontáneo y natural. Casi inspirado por voluntades divinas. Así es que urgió al Científico a seguir embebido con sus bubis. Permitiendo que el pene del hombre tuviese la libertad necesaria para mantenerse hinchado y listo por sí solo.

El Antropólogo ni siquiera reparó en el instante que Yhajaira se colocó encima de él, acomodando sus nalgas justo encima de su miembro perfectamente erguido, en un ángulo en que estableciera contacto con el culo enorme, y se sentó de un golpe sobre él. Aprovechando la lubricación que aún conservaba por efecto de la vaselina y del líquido pre seminífero, secretado por el pene de manera espontánea, fruto de la excitación que de ningún modo era poca. Fungiendo como lubricante natural.

La muchacha inició un gimoteo quedo y suave, cerrando sus ojos, presa de un éxtasis de posesión demoníaca. Se levantaba, apoyada en sus rodillas, elevándose sobre el Bastón de Poder del Científico, hasta el punto de extraerlo y casi sacarlo por completo de entre sus nalgas, sin llegar al glande, evitando en lo posible dejar  de encontrarse penetrada por él. Luego volvía a descender, deslizándose con ligereza, de modo que la totalidad del falo volvía a desaparecer. Y de nuevo Yhajaira retomaba el lento ascenso de su culo y sus caderas, masajeando y apretando con intencionalidad y destreza de su esfínter experto. Para dejarse caer interminablemente y rebotar de nueva cuenta en la base del pene y las talegas del sujeto.

El hombre llevaba años sin estar dentro de ninguna chica, los movimientos de su pelvis habían perdido destreza y flexibilidad por falta de práctica, y su cadera se volvió torpe. A pesar de ello comenzó a golpetear con su pubis las nalgas de la muchacha, en una acción de meter y sacar su miembro, hasta llegar a un punto de hacerla gritar y gemir con potencia.

Un cosquilleo iniciado en su pecho, delicado y sutil, se extendió de manera descendente  desde el esternón hacia la boca del estómago, el vientre, la ingle y los muslos, sacudiéndolo y convulsionándolo.

¡Ya vente chiquito!

Musitó Yhajaira, con el rostro humedecido por el sudor, el cabello desarreglado y mojado, previendo que el estallido orgásmico del Científico se aproximaba.

¡¡Ahhhhh…!!!

Gimió el hombre casi inaudible, arrojando su aliento extenuado sobre el cuello enrojecido y los pechos mascullados de la chica.

Sobrevino la explosión biológica, lenta y prolongada. Su miembro se paralizó por un instante, tan sólo para iniciar un bombeo paulatino, vaciando en su totalidad el contenido gelatinoso que albergaran los testículos desde mucho tiempo atrás. Fue un orgasmo largo y pasmoso que se le vino en oleadas, suaves, incesantes, hasta evacuar por completo la sustancia contenida por la bolsa de su escroto. Anegando  de líquido las entrañas de la bailarina hasta el último rescoldo de sus órganos internos.

Su conciencia se desintegró, haciéndolo perderse. No poseía Ego en lo absoluto. Del hombre que fuera con anterioridad no quedaría nada. Sólo restaban emociones acéfalas y sin dirección: cuerpo y humedad inconscientes. Tragado y absorbido por las nalgas de su amada como en un abismo.

Después de vaciarse y quedar por completo inmóvil y hueco, su miembro se mantuvo erecto unos segundos, presa de algún espasmo aislado o de un breve torrente de semen que alcanzó a escupir la uretra, pues seguía estando dentro de ella.

Las respiraciones de ambos se escucharían a kilómetros de distancia, unificándose en un solo vahído y jadeo extenuado.

En el condominio donde habitaba la chica, en el Centro de Uruapan Michoacán, todos los vecinos debían escuchar los latidos del corazón incansable de ambos amantes y su respiración descontrolada.

SEGUNDA PARTE:

MARACAME

magus.jpg

                                          (The Magus, by Daniel Saborío, Guadalajara-Chiapas)

En ocasiones las mujeres que no son perfectas resultan más interesantes; han hecho más o han aprendido algo.

 (JEAN M. AUEL  -El Valle de los Caballos)

 

 Una mujer de carácter con una especie de fuerza en parte oculta… ¿Cómo diría? No astucia sino sutileza. Algo que trabaja por debajo. Una atracción, una torsión. Como un mar de fondo: amenazante. Una dama de cabello entrecano y brusca, de grandes ojos claros e imaginativos.

(VIRGINIA WOOLF, citada por JULIA KRISTEVA –El Genio Femenino)

 

 1

Entre los pueblos huicholes, los cuales son una serie de grupos étnicos ubicados en los parajes inhóspitos de la Sierra Madre Occidental, existen hombres santos, que se encargan de cuidar, curar y guiar a su gente. Un maracame es un hombre nacido para sanar a sus hermanos. En otras culturas su homólogo sería llamado chamán; tlamantini, en el náhuatl; hombre medicina, en Canadá y Alaska; hougan, en la tradición vudú afro caribeña; brujo, curandero, médico tradicional, hombre de conocimiento, caminante, hombre de poder, en algunas regiones distintas.

El maracame nace para convertirse en brujo. Es un carisma vivido desde tempranas épocas en su vida. Incluso es elegido desde antes de nacer por sus abuelos y la gente de su comunidad. O  llamado para tomar el lugar de un brujo más viejo y sabio quien le precedió, entrenó y formó en las artes curativas y los ritos mágicos indígenas.

Normalmente, el maracame más viejo y experimentado eligió a su aprendiz antes de iniciarlo. Tal vez lo vio cuando era niño y descubrió características especiales en él, o un sueño le indico a quién elegir y llamar para transmitirle sus conocimientos.  Algunos casos de maracames decidieron serlo por vocación propia, iniciativa personal o a través de sueños y pesadillas que no les dejaron tregua hasta acudir con un brujo y ponerse a su servicio. No quedándoles más remedio que optar entre convertirse en hombres de poder y magos, o morir destruidos por fuerzas incomprensibles, como mínimo volverse locos.

Al inicio, el aprendiz comienza cargando los objetos rituales y curativos con los que trabaja su maestro, desplazándose a pié junto con él para ayudarlo a moverse de un lugar de las montañas a otro. Limpiando su casa, cumpliendo misiones incomprensibles, encargadas por su mentor. Su preparación al inicio parece no tener ningún sentido por lo arduo e inverosímil de las tareas. A lo largo de grandes distancias cubiertas a pié, acompaña a su maestro, como ayudante al practicar ceremonias, recogiendo plantas y materiales útiles. Haciendo encargos y buscando objetos anómalos que se encuentran en lugares muy lejanos a los que tiene que llegar por sobre todas las cosas.

Deberá observar cómo trabaja el sabio y escuchar durante largas horas el relato de sus enseñanzas y experiencias. Las cuales no se encuentran escritas ni sistematizadas bajo un orden lineal y plano, como ocurre con los libros de la medicina y ciencia occidental. Sus experiencias y conocimientos son contenidos e hilvanados casi artesanalmente en historias, relatos, aventuras y andanzas recopilados por el maracame a lo largo de su biografía vital. La cual desde luego no comparte por ningún motivo con cualquiera, más que con sus allegados, aprendices y familiares más cercanos.

En su formación, el maracame debe pasar por una serie de ritos  por demás duros, prolongados y dolorosos de más de cinco años de duración. Recorriendo lugares sagrados, participando en ceremonias, confesándose y poniéndose a prueba en distintos rituales donde no queda exento el uso del peyote o vegetal mágico, amén del riesgo de perder la cordura y el alma en el intento. El “abuelito”, como suelen llamar los indígenas cariñosamente a la cactácea alucinógena.

Cuando su aprendizaje finaliza, al morir su maestro, a menudo el joven maracame hereda el sombrero sagrado de su predecesor, cuyo tamaño y colguijes en los bordes de las alas dependen de los méritos, sabiduría y presunto poder ganado por su anterior portador. Un poder y una sabiduría logrados  tras años de aprendizaje, durísimas pruebas espirituales, morales y físicas. El neófito podrá reclamar con pleno derecho la posesión del sombrero sagrado de su maestro cuando deje éste mundo.  La casa, las tierras, si el brujo más viejo las tenía, los animales y el resto de las posesiones de su antecesor y guía pasarán a ser de su propiedad ahora, con la finalidad de hacer buen uso de ellas. Continuando la labor espiritual de su maestro. No es raro enterarse por boca de los propios brujos y sus consultantes, que las chozas y terrenos donde actualmente viven y trabajan, fueron habitadas y pertenecieron a su vez a otros maracames desde hace más de 100 años.  Habiendo pertenecido a un linaje de brujos que se pierde en el pasado hasta desaparecer en la memoria de los ancianos curanderos.

Un maracame aprende a soñar. A través de sus sueños viaja, remontando  tiempos y lugares desconocidos e inaccesibles para los profanos. Por medio de sus sueños ingresa en las mentes y cuerpos de quienes lo necesitan: parientes, amigos, consultantes y vecinos, con la finalidad de ayudarlos en el confuso y angustiante transcurso de sus vidas. Sumergiéndose en los infiernos de sus subconscientes para rescatar algún alma apresada. Buscando liberar un espíritu guardián relegado por su portador. Quien se debilitó y enfermó al perder el contacto con su parte sagrada. Ayudándole a despertar sus propias fuerzas físicas y emocionales para protegerse por sí mismo de las enfermedades y del Mal.

El maracame canta en un lenguaje proscrito, hermético y vedado para la mayoría. El cual sólo pueden entender otros brujos e incluso, sólo le sirve para comunicarse consigo mismo. Resultando inaccesible para los demás, aunque también sean maracames.

El maracame baila y su baile sirve para conciliar las fuerzas del mundo material con las del mundo espiritual. Toca el tambor, canta, entona y se mueve creando una atmósfera esterilizada y libre de maldad. A donde el mal es incapaz de ingresar y tocar a quienes se encuentran bajo los auspicios y protección de sus ritos.

Antes de las ceremonias precedidas por el brujo, los participantes, principalmente los maracames, deberán confesarse. Sacar hasta la última gota de maldad albergada en los corazones, contando los propios pecados frente a los demás miembros de la comunidad, sin ningún temor a ser censurados. Si quedase un solo resquicio de maldad en algún que otro pecado inconfesado, los poderes desencadenados por el maracame podrían matar a quienes están cerca del brujo, o a él mismo.

El rito curativo y espiritual precedido por un maracame, implica una vuelta abrupta, en ocasiones positivamente traumática, hacia los fundamentos emocionales más básicos de los participantes en sus ceremonias. En especial si se le solicitó su intervención para sanar o exorcizar a alguien.

¿Pero, cómo puede resultar algo positivamente traumático? Bastantes intervenciones espirituales, psicológicas y físicas de la medicina tradicional, conllevan el estigma del dolor y el sufrimiento como requisitos indispensables para lograr la salud y la madurez. Las anestesias artificiales de la medicina occidental no hacen más que ocultar a la conciencia ilusa, un dolor que es necesario vislumbrar de frente y desentrañar a toda costa para sanar y crecer. Mucha de la medicina occidental no cura, sino atonta, embota los sentidos y aliena, incluso enferma más a la larga. Si se desea mejorar y curarse, es necesario un verdadero esfuerzo. Los mismos brujos dicen a la gente que acude con ellos, que si no están muy convencidos de querer curarse, mejor no vuelvan.

El consultante se verá obligado a mirar hacia su intimidad más recóndita. Debiendo encarar directamente sus malignidades y vilezas mejor disfrazadas bajo la máscara de una santidad y perfección falsas, con la que tantos seres se cubren. Reconciliándose con sus sombras por la fuerza, quebrantándosele sus defensas de golpe. Sin dejar de encontrarse desde luego, acompañados por la solvencia moral y la personalidad inquebrantable del brujo, que en bastantes casos, no es poca. Por algo fue elegido y por algo llegó a convertirse en maracame.

Conforme el sombrero utilizado por el maracame es de mayor tamaño y penden de él más colguijes y diminutos trofeos, se presupone en él un poder espiritual mayor. Sus méritos morales y espirituales mayores. Sus conocimientos de enorme alcance y profundidad.

¿Qué significa el hecho de que un conocimiento posea alcance espiritual? ¿Cuándo una verdad se vuelve verdad espiritual? Son preguntas imposibles de responder en cortos y limitados párrafos, escritos por un ser limitado y penante, al igual que el 99.9% de los mortales. Pero el maracame irradia fuerza de todo su cuerpo, sabiduría. Inspira respeto cuando se le encuentra de frente. Es un placer tranquilizante mirarlo masticar pepitas en alguna estación de autobuses. Simplemente estar cerca de él, cuando es un buen brujo. Su energía llega a ser sentida como del tamaño de una casa.

Quizá, el maracame ha vivido sus ideales espirituales no sólo a nivel racional, sino que los ha encarnado en su corazón, en sus vísceras. El conocimiento que ha logrado con tanto esfuerzo y sufrimientos ha permeado todas sus células, sus cabellos, su piel, su sexo. Hasta llegar a las uñas de sus pies, sus talones y callos. Ésta corporeidad y naturalidad de sus conocimientos, posiblemente sea lo que vuelve más sencillas, pero a la vez poderosas y profundas sus verdades. ¡En cambio, qué pleno de seres memorísticos, recitadores y repetidores de ideas no vividas y nada encarnadas, se encuentra el mundo occidental con sus científicos, profesores, expertos especializados, obispos, papas, popes, rectores, universitarios y predicadores de una racionalidad aprendida mecánicamente, de una ortodoxia ciega y cuadriculada!

Cuando los mestizos; cristianos y laicos por igual, en su ignorancia y lejanía de la cultura indígena, los encuentran en las calles, plazas y estaciones de autobús de las grandes ciudades, no imaginan lo que esconde el humilde indio, descalzo y mal vestido, bajo su mala traza. Todo es una apariencia cuya bruma oculta algo más. Lo imaginan muerto de hambre, limosnero, tramposo, mentiroso, incluso pendenciero.

Más aún, pues el maracame infunde miedo a la primera ojeada. Ha permanecido tanto tiempo en la soledad de su cabaña en la sierra, que sobradamente es distinto a la mayoría. Ignoran que aquella austeridad excesiva fue elegida y preparada por él mismo con cuidado. Es una broma hacia todo el mundo y hacia Dios. Una tomada de pelo hacia sí mismo para aniquilar al Ego.

Que si anda descalzo es porque fue entrenado durante décadas para atravesar el país en sandalias de yute o descalzo. Venciendo montañas, desiertos, cañones y ríos con sus plantas desnudas. Con la finalidad de asistir a sus lugares sagrados y obtener poder espiritual.

 2

Despertó en la madrugada, cerca de las tres. La hora de la brujería.  Presa de una conocida angustia, la cual le acompañaba en sus periodos depresivos de adolescencia. En aquellos años al lado de su madrina la bruja, o luego, en sus inicios como bailarina, la falta de amor, la marginación y el rechazo por parte de la comunidad, eran los causantes de su dolor emocional. Ahora que por fin encontraba un amor bueno, le preocupaba aún más el no conocer los orígenes de su opresión psíquica.

La angustia la sorprendió con la misma intensidad una vez. Cuando había dejado la escuela y vivía con la bruja. Perseguida por la gente de su pueblo, acosada por el párroco. Rechazada, a la vez observada, codiciado su cuerpo y vilipendiada su persona.

En los tiempos actuales, para una mujer era mucho más duro convertirse en maga, bruja o curandera. No era como en la época de los celtas y de las papisas paganas, donde la mujer era vista como diosa, admirados sus atributos ocultos, buscado y promovido su poder y encanto natural. A partir de los tiempos cristianos, la magia innata de la mujer y sus poderes espirituales fueron  perseguidos y proscritos. Si alguna chica decidía en un momento dado convertirse en una mujer de conocimiento, una chamana o curandera, esto la volvía de facto en un ser marginal, más marginal que ningún otro maracame, despreciada e incomprendida incluso en el gremio de los tlamantinis y los brujos tradicionales. Que de por sí ya vivían casi siempre en las antípodas. Donde los hombres contaban con bastantes consideraciones, preferencias, ventajas y privilegios por sobre las mujeres.

Probablemente al brujo y al chamán se les temía, al mismo tiempo que se les respetaba e incluso se les procuraba para solicitar sus servicios, cuidados y conjuros. En cambio, a la bruja se le repudiaba y evitaba por sobre todas las cosas. La gente acudía con un brujo o mago cuando sabía que se trataba de un varón,  con mucha mayor frecuencia que con una mujer.

La mujer hechicera tenía que trabajar y sufrir sobremanera, antes de poder hacerse de una clientela y de un buen grupo de consultantes que confiaran en ella y la solicitaran por sus servicios.

El Antropólogo le explicaba que en el México precolombino hubo, aunque pocos casos, algunas mujeres de conocimiento o chamanas. Principalmente en la zona de la Sierra de Oaxaca, en donde el género femenino poseía un papel dominante y preponderante en sus sociedades, por encima de los hombres. Pero no era una situación generalizable en el resto de Mesoamérica.

Yhajaira siempre supo que su destino iba mucho más allá que el de terminar sus días como bailarina, por eso ansiaba cada vez más retirarse para siempre del Manantial. Tampoco pretendía por nada del mundo, sobre todo tras sus experiencias al lado de su ex novio, acabar vieja, maltratada, como esclava sexual,  sirvienta y cocinera sin sueldo de algún malandrín o un  troglodita abusador, de los que habían abundado en su camino.

Se veía a sí misma en el futuro leyendo el Tarot, la Baraja Española y ejerciendo los conocimientos de brujería que adquiriera de su madrina para curar a todo aquel que lo solicitase.

Hace mucho tiempo que no soñaba con la bruja. Cuando menos tenía dos años sin saber nada de su parienta. Yhajaira ignoraba que no volvería a saber nada de ella en sus sueños. Evolucionaba hacia una nueva etapa de su desarrollo emocional y espiritual. Un nuevo estadio de la vida que le permitiría extraer y pulir las facultades mágicas heredadas y adquiridas de la anciana.

Al día siguiente por la mañana se encontraría con el Antropólogo en la plaza central de Uruapan, afuera del banco. El Científico le daría el dinero necesario con el fin saldar todas sus deudas antes de lograr retirarse del table dance para siempre. Yhajaira accedió a regañadientes a tomar el dinero de su hombre, haciendo énfasis en que se trataba sólo de un préstamo, que le devolvería en cuanto pudiera.

No tenía claro el futuro que  le deparaba la vida al lado de aquel sujeto,  habían hablado de irse en pocos días de Uruapan. El Antropólogo estaba en Michoacán con la finalidad de obtener datos para su investigación y de reunir información para escribir sus nuevos libros. De hecho llevaba bastante avance con la redacción de su última obra, relacionada con la sexualidad, sus enfermedades y tratamientos en las culturas precolombinas. Su estancia en la ciudad de Uruapan era desde luego temporal, por ello se hospedaba en un hotel y comía siempre en restaurantes, cafeterías y mercados. De ningún modo tenía la intención de establecerse en aquel hermoso estado de la República Mexicana, aunque lo amaba y lo había recorrido muchas veces desde su adolescencia, pues le quedaba de paso entre la Ciudad de México y su región natal en el Occidente Mexicano.

Por su parte, Pedro Evangelista se disponía a regresar a la Sierra Huichola con los grupos wixárrikas o huicholes, con quienes se había formado como brujo durante su juventud. El anciano curandero se preparaba para transitar a una etapa fundamental en su desarrollo como hombre de conocimiento. Al entrar a la ancianidad, los maracames se enfrentaban a pruebas aún más duras que las superadas durante sus años juveniles y de formación. La vida de un brujo indígena no tenía tregua ni descanso. Conforme se ascendía en la escalera del espíritu y se avanzaba en edad y poder espiritual, las pruebas exigidas a los caminantes y hechiceros, eran cada vez más difíciles y cruentas. Si algunos ancianos se habían convertido en brujos poderosos y carismáticos cuando eran jóvenes, ayudando a mucha gente con su sabiduría y conocimientos, al llegar a la ancianidad tenían que sufrir radicales transmutaciones y prepararse para periodos de su vida aún más difíciles. Un anciano maracame quien había disfrutado de conocimientos y popularidad, realizando una obra aceptablemente buena con su pueblo, podía perderlo todo al llegar a los sesenta o setenta años. Cayendo en la derrota, la desesperanza, la mediocridad, identificándose sobremanera con su fama y posesiones materiales. Anhelando unos años de gloria ya pasados y perdidos, seducido por la vanidad y el reconocimiento de los demás. O derrotado por los miedos y temores, los cuales retornaban con mucha mayor fuerza en la senectud, si es que el indio no había desarrollado los recursos suficientes para asumirlos y minimizarlos en su vejez.

Apenas la conoció, Pedro Evangelista identificó en Yhajaira un aura especial que anunciaba en la muchacha grandes posibilidades de convertirse en una mujer bruja. El anciano maracame le sugirió a la chica, si ella así lo quería, que él podría convertirse sin dudarlo en su maestro y guía personal, para ayudarla a desarrollar sus poderes interiores y convertirse en una mujer de conocimiento.

La muchacha se sentía bastante emocionada por el hecho de haber encontrado al mismo tiempo el amor de un hombre y el apoyo incondicional de un maestro para llegar a convertirse en curandera.

En pocos días se irían el Antropólogo y Pedro Evangelista juntos rumbo a la Sierra Norte de Jalisco. En la puerta de la Zona Huichola se ubicaba Colotlán, el pueblo natal del Científico, donde éste pasaba largas temporadas estudiando y escribiendo. A unas horas de camino por breca, se hallaba el corazón de la Sierra Wixárrika, hacia donde se dirigía el maracame. Yhajaira había aceptado irse con el Antropólogo a vivir a Colotlán, no tenía idea de lo que ella acabaría haciendo allá ni de los planes de Pedro Evangelista para prepararla como bruja, pero la simple posibilidad de realizar un giro radical en su vida, dando un salto en el vacío al seguir a aquel hombre a quien no hace mucho acababa de conocer, la ponía por un lado contenta y por el otro nerviosa y excitada en demasía.

Se levantó de su cama y avanzó en la penumbra. Todo era silencio de madrugada en su apartamento, siempre tuvo miedo de levantarse sola en la oscuridad para ir al baño. Orinó copiosamente, pues aquella noche en el congal había bebido demasiada agua natural. Por solidaridad con el Antropólogo, decidió dejar de fumar y reducir la ingesta de alcohol ella también, tomando únicamente agua cristalina durante su trabajo.

Se lavó la cara con jabón lirio y se miró al espejo. Descubriéndose a sí misma inquieta y emocionada. La imagen en el espejo le habló de miedos, también de nuevos capítulos en su vida que se aproximaban y la beneficiarían.

 3

El nombre de Yhajaira no era el verdadero, sino un préstamo. Se apropió de aquel  nombre falso como homenaje una niña quien la molestaba en la escuela.

La adopción de aquel pseudónimo se convirtió en una forma mágica de venganza ante la crueldad de su compañera de clases. Un acto de brujería blanca con el cual se curaba un poco y se resarcía de las heridas infringidas a su ser durante la niñez y la etapa escolar.

La compañera de escuela no paraba de burlarse de ella, calificándola de mutante por sus particularidades físicas, monstruo, incluso nombrándola perversa, desviada, hija de bruja… Cosa que en el sentido literal tampoco era falsa. La verdadera Yhajaira  llegó a agredirla, a pegarle y hacer que las demás chicas también la odiaran. Para entonces toda aquella comunidad rural en el Estado de Guerrero sabía que la niña poseía un pequeño pene y que no era como las demás. Muchos la detestaron sólo por el hecho de ser físicamente diferente. Otros la desearon con perversos y desviados impulsos.

Su madrina la registró con el nombre de Zulema cuando la encontró abandonada en su jardín y decidió adoptarla como hija suya. En años posteriores y cuando la niña pronunciara sus primeras palabras,  la curandera nunca le permitiría llamarla mamá. Siempre le dejó en claro que era su madrina y que sus verdaderos padres la dejaron en el jardín de la entrada de su casa. Este tema fue tratado por la bruja de un modo tan natural y transparente, sin vergüenza ni malicia en lo absoluto hacia su pequeña, que Yhajaira jamás sintió dolor o pena por haber sido una niña abandonada. En el fondo, la cercanía fiel y amorosa de la curandera jamás permitió que la niña se sintiese huérfana o carente del amor materno.

Yhajaira nació en un pueblo de la Sierra de Guerrero llamado Atoyac de Álvarez, muy cerca de la costa del Pacífico. Era un lugar hermoso, pleno de parajes naturales, montaña, playas, plantas y animales silvestres, del que la chica poseía recuerdos de su primera infancia muy gratos. Los cuales fueron transformándose en dolorosos conforme crecía y recibía el rechazo de la comunidad.

Al decidir dedicarse por completo a la vida de la farándula, ejerciendo como bailarina, el nombre de Yhajaira constituiría una eficaz manera de curarse de aquellas vivencias traumáticas que hicieron desdichada su niñez. De la niña Zulema a quien todos deseaban, se burlaban y agredían, no quedarían ni siquiera rastros. Al convertirse en teibolera, borraría casi por completo su identidad y vida anteriores. Se transmutaría en un ser nuevo, bello, absolutamente femenino y sensual. Yhajaira: la candente desnudista,  reina del Table Dance.

Nunca comprendió qué había de malo en el hecho de que aunque externamente fuera como las demás chicas, incluso más bella y atractiva que las otras, tuviese en sus genitales un pene diminuto, como un duendecito inmóvil que le obligaba a orinar de pié al igual que sus compañeros varones. Para ella era normal y lo aceptaba desde el punto de vista físico.

En sus búsquedas amorosas descubrió que emocionalmente sí era como el resto de las demás mujeres. Aunque llegó a sentirse atraída en alguna ocasión por una compañera bailarina y a dormir con ella después de salir del trabajo y hacer el amor, nada la cautivaba tanto como los hombres especialmente masculinos, fuertes e inteligentes. Sin importar que no fueran guapos del modo común y corriente, en el sentido que se concibe por parte de la mayoría, a un hombre bello. A Yhajaira la atraían los hombres determinados y viriles, aunque no fueran  como los que aparecían en las telenovelas y los canales televisivos. La cautivaban las personas que sobresalían por su inteligencia. Si esta combinación, no tan común, entre masculinidad, fortaleza e inteligencia elevada se daba en algún hombre, era seguro que la bailarina caía enamorada.

Por ello el Antropólogo  la llenó en todos los aspectos. Era el hombre a quien esperara desde su más temprana juventud, antes de convertirse en bailarina.

El Científico por su parte, desde que estaba con ella se detenía de vez en cuando a meditar acerca de las particularidades de su cuerpo. En un buscador de Internet averiguó que los seres como Yhajaira se debían a errores genéticos ocurridos durante la concepción, e incluso a enfermedades hereditarias. Era probable que algún pariente lejano o ancestro de la muchacha fuera como ella. Quizá sus padres la abandonaron en casa de la bruja en cuanto se dieron cuenta que la pequeña era distinta.

El Antropólogo descubrió a un genetista del Reino Unido, quien indicaba que los pacientes como ella eran externamente iguales a una mujer, pero interiormente tenían los órganos sexuales y el cuerpo de un hombre. Lo más seguro, según reflexionaba el hombre, es que la muchacha tuviese unos testículos ocultos al interior de su ingle, los cuales no habían logrado desarrollarse adecuadamente, permaneciendo dentro de su vientre.

En su visión hasta cierto punto machista del amor y el sexo, el Antropólogo llegó a quedarse pasmado al caer en la cuenta de que probablemente había elegido como pareja a un ser que exteriormente era una hermosísima chica, pero que al interior y biológicamente era un hombre.

Afortunadamente estos pensamientos no duraban mucho y conforme su relación con Yhajaira se estrechaba, se dejaba llevar por su fascinación y deseo hacia ella.

En las primeras relaciones con Ojos Verdes, volvía a experimentar repentinos ataques de disfunción sexual, inhibiéndose su pene cuando quería penetrarla. Pero Yhajaira siempre se tornaba paciente, tierna y sensual con él, de manera que no tardaba en recuperar la erección para volver y finiquitar el acto amoroso. Llegando un punto en el cual su órgano sexual no volvió a relajarse nunca más antes de tiempo, durante la intimidad. Fue Pedro Evangelista quien le confirmó su salud sexual, al encontrarse con ellos un día en el centro de Uruapan y verlos juntos:

¡Se nota que ustedes dos se entienden muy bien en el sexo y en todo…! Puedo decirte, joven antropólogo, que tu miembro ya está por completo curado…

Dijo el anciano maracame antes de decirles adiós con la mano y perderse entre la muchedumbre michoacana rumbo al mercado indígena, donde solía comprar hiervas medicinales y amuletos para sus curaciones.

 4

El banco estaba ubicado al frente de la Plaza Central.

Uruapan era una ciudad pequeña, conservando aún fuertes aires pueblerinos. Casi todos sus habitantes aún se conocían, aunque fuera de vista. De modo que bastantes personas se enteraban y fisgoneaban cuando alguien retiraba fuertes cantidades de dinero o las ingresaba a las instituciones de crédito. Las bandas de extorsionadores y asaltantes merodeaban los comercios y las plazas públicas a la caza de incautos que acabaran de hacer cuantiosos retiros bancarios o de hacer compras, gastando fuertes sumas de dinero. De modo que si se daban cuenta que alguien poseía algún capital o ahorro, se dedicaban a amenazarlo y presionarlo para arrebatarle sus riquezas.

Yhajaira era bastante conocida en la ciudad debido a su profesión, ubicaba muy bien a la mayoría de los miembros del crimen organizado, pues eran asiduos clientes del congal donde trabajaba. Así es que deambuló de la mano del Científico, dando vueltas alrededor de la Plaza Central y los comercios. Observando a los oportunistas que andaban a la zaga de nuevas víctimas, esperando el momento preciso, cuando nadie los estuviese viendo, para entrar rápidamente al banco y retirar la cantidad de dinero que le daría el Antropólogo con el fin de saldar todas sus deudas.

El Cromañón, líder de una banda de sinvergüenzas con quien Yhajaira se confrontara en una ocasión por defender a Queta en el bar, daba vueltas incesantes en su camioneta de lujo por el centro de la ciudad y las calles importantes. Sintiéndose dueño de todo, asechando cada detalle que le permitiese dar la orden de caer sobre alguna posible víctima. Algunos de sus hombres se ubicaban en esquinas y lugares estratégicos de la plaza, cuando detectaban algo que pudiese interesarles se comunicaban con sus radios, se organizaban con discreción y seguían a su víctima para atacarla en un lugar poco visible, como una manada de lobos bien coordinados.

Yhajaira los estudiaba con sumo cuidado, pues era infinitamente más lista que ellos, caminaba de la mano de su hombre y fingía que paseaba despreocupada en su compañía. Se comía un helado, luego daba una mordida al pan horneado previamente en fogones de leña indígena, el cual le comprara su novio minutos atrás. Nadie parecía prestar demasiada atención a ella ni a su pareja.

En eso, en un instante en que el Cromañón pasaba frente a una calle donde terminaba una pronunciada cuesta empedrada, como por mandato divino, un camión de volteó descendió a más de cien kilómetros por hora, sin detenerse en el semáforo en alto que le indicaría detenerse antes del cruce de una de las avenidas de la Plaza. El volteo se había quedado sin frenos, impactándose con fuerza demoledora contra la camioneta del malandro, golpeándolo justo del lado del piloto, donde se encontraba el pobre hombre.  Arrastrando su vehículo varios metros e impactándolo contra el inmenso arco de cantera de una vieja iglesia.

La muchedumbre y el tráfico se paralizaron al escuchar el estruendo del incidente. Las viejas indígenas que vendían frutas y dulces tradicionales en el jardín comenzaron a gritonear y cuchichear. Una ambulancia se escuchó a pocos kilómetros de distancia. Los autos se detuvieron, obstruyendo todo paso por las callejuelas y avenidas centrales. La gente se arremolinaba alrededor del accidente, estorbando el trabajo de los paramédicos, oficiales de tránsito y policías, quienes intentaban auxiliar al individuo. El chofer del camión no paraba de excusarse, tembloroso, rindiendo declaraciones delante de cientos de mirones. En breve se supo que el Cromañón había muerto casi al instante, prensado su cuerpo entre su propio vehículo, los muros de cantera y el volteo.

Durante todo ese tiempo Yhajaira pudo ingresar con su novio al banco y realizar su trámite en pocos minutos. Toda la atención estaba puesta en el siniestro. El Antropólogo le entregó veinte mil pesos, con los cuales alcanzaría para finiquitar todos sus pendientes.

En el tiempo en que sacaban el cadáver hecho picadillo del accidentado y se llevaban al conductor del camión, Yhajaira ya había pagado la totalidad del saldo pendiente de su tarjeta de crédito y la canceló de manera definitiva. Salió del banco y abordo un taxi con su novio, sin que nadie los viera, para dirigirse a liquidar sus últimos pendientes financieros con algunas amistades a quienes aún debía algo de dinero.

5

Pedro Evangelista era un mestizo: mitad indígena purépecha y mitad español. Su padre había sido un respetado profesor de castellano, nacido en el Viejo Continente y emigrado a Michoacán, quien vivió en las Montañas del Paricutín un siglo atrás. Ya muy anciano había decidido irse a vivir con los indios para estudiar su lengua y sus danzas sagradas, brindándoles a cambio sus conocimientos de latín, español, medicina occidental y matemáticas. En la sierra eligió a una indígena como esposa y se matrimonió con ella cuando casi tenía ochenta años. De aquella inusual unión nació Pedro Evangelista, a finales de la década de los treinta. Durante el auge de la Guerra Cristera.

Cuando era apenas un niño de cuatro años, su abuelo, quien también era un hombre de conocimiento y bailarín de danzas sagradas, soñó que Pedro se convertiría en un brujo de enorme poder espiritual. Lo llevaron a un sitio sagrado, cerca de la cumbre del Paricutín y lo encomendaron a la Diosa Madre de los Árboles  y los Bosques. Apenas tenía cinco años cuando recibió su iniciación en la magia y la brujería purépechas. Pero al poco tiempo fue arrasada su comunidad por el movimiento cristero. Un batallón de soldados federales atacó su pueblo por la noche, incendiándolo todo, creyendo que en sus chozas se escondían rebeldes cristeros. Sus padres y abuelos se perdieron durante la madrugada, probablemente murieron. El niño fue llevado a la fuerza por los hombres del gobierno a un internado donde obligaban a permanecer a los hijos de los indígenas, para ser educados bajo la cultura occidental. Pedro Evangelista nunca olvidaría la ceremonia en el bosque con sus abuelos, ni a sus padres ni a la gente de su comunidad. Permaneció cerca de seis años, aprendió a leer en aquella escuela y a conocer a los ladinos y mestizos, observando cómo los estudiantes indígenas perdían paulatinamente sus tradiciones y conocimientos milenarios, abandonándolos al preferir y abrazar la cultura mestiza. A los doce años se juró que dedicaría su vida entera a rescatar y preservar las tradiciones y sabiduría de sus hermanos indígenas. En aquel entonces no pensaba en convertirse precisamente en un brujo, sino más bien en un defensor de los derechos de los pueblos tradicionales.

Escapó de aquel internado y regresó a su aldea, no encontrando más que ruinas y a algunos indios sobrevivientes, vencidos y quebrantados, quienes preferían no volver a hablar del conocimiento ancestral y trataban de ahogar sus tristezas con alcohol y tabaco. Una dolorosa crisis emocional y espiritual lo sacudió, inundándolo de tristeza al ver perdida a su familia, cortándose cualquier posibilidad de recuperar la conexión con la sabiduría milenaria de su pueblo. Acabo viviendo en las calles, vagabundo y delirante, durmiendo en las plazas y los mercados. Lo encerraron en un manicomio de la ciudad de Morelia, diagnosticado y etiquetado de loco.

Escapó también de aquel lugar para enfermos mentales, temiendo que si permanecía demasiado tiempo ahí, lejos de curarse y aclararse su mente, terminaría aún más enfermo y deteriorado, debido a las condiciones insalubres y a la estrecha visión de la salud, la mente y el ser humano con que imperaban los médicos.

Comenzó a recorrer el país, trabajando como campesino, limosnero, cargador, secretario de un juzgado, escribano, pues sabía redactar y leer muy bien. Se unió a una guerrilla en el estado de Guerrero y combatió al gobierno. Abandonó aquel grupo de rebeldes para volverse maestro alfabetizador en las montañas del Sureste de México. Se hizo inmigrante ilegal y cruzó la frontera con los Estados Unidos en un tren de carga, dirigiéndose a la pisca de algodón y la cosecha manzana en California. Visitó las bibliotecas públicas de muchas ciudades por las que pasaba y leyó todos los materiales que pudo sobre la historia de México, el deambular itinerante y en muchas ocasiones desolador de los pueblos precolombinos e indios a lo largo de quinientos años de dominación y exterminio. También aprendió por su cuenta la filosofía y la medicina occidentales, la historia de todo el mundo y la cultura universal. Se hizo actor de una caravana ambulante, aprendió a tocar el violín y la guitarra.

Cumplía los veintitrés años de edad cuando encontró en una central de autobuses durante uno de sus innumerables viajes, a un extraño anciano indio. Vestido de manta, cubierto con un inusual sombrero de piel de venado y colguijes en las alas. La gente lo evitaba, pues su imagen a simple vista inspiraba terror. No tenía un ojo, y con el único que le quedaba sano miraba a los mestizos y al resto del mundo con sobrada indiferencia.

Pedro Evangelista aguardaba por la llegada de un transporte que lo llevaría a la Ciudad de Monterrey, donde sus compañeros músicos y actores lo esperaban para unírseles y continuar con su espectáculo callejero. Secuestró su atención contemplar al anciano comer unas simples semillas de calabaza, mascando con sumo cuidado, utilizando gestos finos y precisos. El viejo masticaba más de cien veces cada bocado de pepitas, transmitiendo un autocontrol y un dominio de sí mismo que impactó al muchacho. Si alguien podía procesar y deglutir algo con semejante calma y serenidad, pensó el joven actor, entonces sería capaz de enfrentar al propio Belcebú y derrotarlo.

En eso, el único ojo del indígena descubrió a Pedro a la distancia. El rostro del viejo enfocó al muchacho, ladeándose para apreciarlo mejor. Levantó la mano despacio y lo llamó con un gesto de los dedos, indicándole que se acercara. Pedro Evangelista no resistió el impulso de acudir a aquel llamado, no sabría explicarlo en aquel momento, pero todas sus búsquedas, confusiones y tribulaciones estaban a punto de encontrar una respuesta.

El anciano era un maracame, un sabio y brujo de la etnia huichola, autodenominada como  wixarika. Aquel día lo adoptaría como su discípulo y asistente, decidiendo prepararlo como su sucesor.  Los huicholes se convertirían en su familia durante veinte años, con ellos Pedro Evangelista adquiriría sus principales conocimientos como brujo. Sus compañeros artistas no volverían a saber nada de él.

 6

Yhajaira eligió un par de huevos revueltos acompañados de chilaquiles para desayunar. El Antropólogo se permitió comer una buena porción de tasajo frito en aceite y unos frijoles con manteca. Se acompañaron de enormes tortillas blancas echas a mano sobre el comal y la leña michoacana. Solían desayunar casi a diario en el Mercado de los Antojitos, muy popular en Uruapan, ubicado tan solo a una cuadra de la Plaza Central de la ciudad. Ahí acudían toda una fauna de comensales provenientes de cualquier lugar a llenar el estómago y saciar el antojo por la comida michoacana tradicional: indígenas, comerciantes, viajeros, turistas, estudiantes, incluso empleados del gobierno y del banco metidos en sus trajes recién planchados. Las clases sociales desdibujaban sus límites fácilmente en aquel lugar, borrando toda distinción de castas cuando el funcionario bien vestido mordisqueaba la gorda de frijoles con requesón, o el indio vagabundo devoraba con discreción un obeso tamal de pollo con verduras, sorbiendo ruidosamente los tragos de su atole de cacahuate.

Yhajaira sintió que algo o alguien presionaban con suavidad su tobillo. Al principio no hizo mucho caso, pues aquel contacto resultaba casi imperceptible. Cuando iba a dar un buen bocado a su taco de huevo con salchichas, la presencia de ese algo anónimo que la buscaba y clamaba por su atención, se hizo manifiesta. La chica desvió su mirada hacia debajo del puesto del mercado, donde descansaban los pies de los comensales mientras comían, calzados por sus huaraches, zapatos de charol, sandalias de hule o las plantas desnudas. Encontrando a una perra color café aún cachorra, quien la miraba con harto interés por los bocados que ella ingería.

El Antropólogo intentó ahuyentarla, amenazándola con uno de sus pies, metidos en sandalias de yute. El animalito hacía como que se alejaba, daba algunos pasos dubitativos alrededor de ellos y luego volvía a refugiarse debajo de la muchacha.

¡Que te largues, animal del demonio…! ¿Qué no entiendes?

Gritó el Científico, habiendo perdido la paciencia y molesto al extraviar la concentración en su exquisito almuerzo.

¡Pobre animalito, se ve que está muerto de hambre! Pronunció la chica.

Por su historia personal como niña abandonada, Yhajaira solía experimentar demasiada solidaridad y comprensión por los seres desvalidos, tanto humanos como animales. Así es que sumergió una tortilla completa en el caldo de frijoles de su plato y se lo arrojó a la cachorra, quien lo devoró en segundos, tragando prácticamente todo el alimento de un solo bocado, casi sin masticarlo. Estaba de veras demasiado hambrienta, probablemente llevaba días sin probar nada.

¡Ay…! ¡Ahora no te la vas a quitar de encima! Manifestó el hombre ya con poco interés en la escena, hablando más bien en automático, recuperando la atención en su preciado plato de carne.

¡Pobrecita…! Repetía la muchacha sólo para sí misma. Se veía en cada animal o niño huérfano que encontraba por los pueblos de México.

Probablemente le mataron a su madre. Y a sus hermanos…Dijo el Científico, masticando al mismo tiempo un bien dotado taco, al cual había surtido previamente de su porción de salsa mexicana. Todavía está en edad de amamantarse, debe tener apenas poco más de dos meses de nacida. Es hembra…

Al Antropólogo también le interesaban los animales, pero más bien desde un punto de vista científico y teórico. Desde su formación en antropología había profundizado bastante en el comportamiento y la fisiología de muchas especies, con la finalidad de contrastarlas con la sociedad humana.

Los ojos de Yhajaira se humedecieron levemente. Le resultaba imposible dejar de sentir empatía hacia los animales abandonados y los niños huérfanos. Se reflejaba como en un espejo en cada uno de ellos cuando era apenas una criaturita, dejada en el jardín de su madrina por sus padres. No cesó de arrojar nuevas tortillas con frijoles y huevo a la cachorra. El animal tragaba con desesperación todo lo que le daban, estrechándose cada vez más un lazo con la muchacha. A primera vista era fea, color marrón, unas orejas enormes y erguidas: de lobezno salvaje, la cara cubierta por un desigual  tono café con negro aún más oscuro, como manchada.  Era mestiza del todo, con sangre de muchos tipos de perros callejeros, pero con algunos rasgos de pastor alemán o policía.

Cuando terminaron su desayuno y pagaron a la cocinera india sus platos, la cachorra se replegó hacia los pies de Ojos Verdes, aferrándose a su presencia y no queriendo perderla más.

¡Vámonos por la parte trasera del mercado…! ¡Así podremos extraviarla…!

Adelantó el hombre.

¿Extraviarla….? ¡No podemos abandonarla de ningún modo…!

Yhajaira se precipitó a cargar al animalito, quien comenzó a lamerla en la cara y el cuello. Sin importarle que probablemente nunca la había aseado nadie y que estaría con seguridad infestada de parásitos.

¡Busca un buen nombre para ella….!

¿A poco la vas a adoptar, mujer…? No te van a dejar entrar al hotel con ella.

¡Vas a ver que sí va a entrar…!

El hombre ya no logró oponérsele. Hace días que vendieron los muebles y posesiones de la chica para ir saldando algunas últimas deudas que le quedaban pendientes. Se había ido a vivir con él al Hotel Concordia tan sólo con unos cambios de ropa, su reproductor de música en mp3  con todos los archivos comprimidos de rock que le encantaban, su Tarot de Marsella y algunos libros. Tenían casi dos semanas viviendo juntos, a la mañana siguiente se irían con Pedro Evangelista rumbo al estado de Jalisco. Uno de los hijos del anciano maracame llegaría de madrugada por ellos para llevarlos en su vehículo.

La voz se corría por toda la pequeña ciudad. Se sabía que Yhajaira había dejado definitivamente el congal para irse con el Antropólogo. Por más que se esforzaran en actuar con discreción, muchos de los pobladores, prestamistas, comerciantes y amistades quienes conocían a Ojos Verdes, ya estaban enterados de la próxima partida de la pareja en compañía del brujo. Los rumores no habían dejado de llegar a la banda de extorsionadores, quienes ahora sin su líder, ponían los ojos sobre la muchacha y su hombre. Se sabía que Yhajaira había saldado todas sus deudas y que pronto emigraría. La gente suponía y especulaba que ella tendría buena cantidad de ahorros guardados a lo largo de sus años como bailarina, o que el hombre con quien se había vinculado era alguna especie de millonario desconocido.

La pareja intentaba moverse con el mayor cuidado por la ciudad. Ojos Verdes resultaba por demás astuta cuando se trataba de evadirse de criminales y hombres desalmados, pues en sus años como desnudista tuvo la oportunidad de aprender a medirlos y a conocerlos muy de cerca. El Antropólogo por su parte tampoco era ningún ingenuo: durante décadas de vivir y trabajar en la soledad de la Sierra había aprendido a rastrear cualquier cosa y a sobrevivir en las peores circunstancias, a moverse en los terrenos más peligrosos y a reconocer a la gente malvada tan sólo con echarle una ojeada. De la misma manera que lograba realizar un rápido análisis a la personalidad e intenciones de los desconocidos, el Científico sabía despistar y ocultarse de cualquiera cuando era necesario. Además el hombre poseía una personalidad sobradamente recia, curtida en las situaciones más duras, había enfrentado incluso sus propios problemas sexuales y los venció. Las gentes solían sentirse impresionadas tan sólo cuando lo veían, a muchos les inspiraba un miedo inexplicable cuando estaban cerca de él. Por eso el Antropólogo sólo era amigo de unos cuantos indios y de sus libros. Además de que casi nadie lo conocía en la ciudad, ni sabía quien era, los malandrines se la pensaban más de una vez antes de meterse con él.

Para evitar ser ubicados fácilmente se cambiaron con sus cosas del Hotel Concordia, ubicado en la bonita Plaza Principal, donde vivían muy cómodos, hacia un hotelucho cercano a la Central de Autobuses, en las afueras de la ciudad. Ahí nadie les objetó que entraran con la cachorra envuelta en una toalla a la recámara, ni nadie se opuso a que Yhajaira la bañara en la regadera durante la tarde entera.

Por la noche, al encontrarse con él para ponerse de acuerdo sobre los últimos detalles del viaje del día siguiente, fue Pedro Evangelista quien la bautizó:

Llámenla “Unechi”. Les dijo el anciano, sonriendo conmovido al mirar al animalito, quien lucía ya muy limpio y con su correa nueva, acompañando a la pareja por toda la ciudad.

¿”Unechi…”? ¿Qué significa esa palabra… Cuestionó la muchacha.

Es en lengua huichola, quiere decir niñita o niña chiquita.

El viejo volvió a mirar al cachorro, acarició su cabecita inquieta y luego agregó, dirigiéndose expresamente a Yhajaira:

Para llegar a convertirse en un hombre de conocimiento o un maracame, no sólo es necesario conocer y saber muchas cosas, también se requiere una gran compasión y comprensión hacia todos los seres del universo, y parece que tú tienes esa cualidad sobrada…

Y luego se despidió de sus amigos.

7

Lo primero que aprendió de los wirras fue su música. Aunque Pedro era ya un buen intérprete del violín y la guitarra, los indígenas del Norte de Jalisco poseían un estilo muy especial de tocar el mariachi. El joven jamás había escuchado ningún tipo de música vernácula, ni siquiera remotamente parecida a la que ahora apreciaba de sus hermanos huicholes.

Al inicio, la nueva etapa de su vida fue dura, pues el viejo a quien encontrara en la estación de autobuses varios meses atrás, le ordenaba realizar las tareas más difíciles y pesadas: buscar y cortar la leña para que no faltase en la cabaña donde vivían, cuidar y alimentar a sus cabras, cerdos y gallinas. Lo seguía a pie por toda la sierra, caminando durante días, llevando a cuestas todos los utensilios y pesados instrumentos rituales del brujo. Encontrándole poco a poco el encanto a la cultura de aquellas gentes inusuales, tan distintas a los purépechas y a los habitantes de Michoacán.

El viejo se llamaba Don Aureliano. Pronto surgió un cariño muy entrañable y una relación de bastante intimidad entre ambos. El brujo se mostraba hostil de inicio, pero cuando se le conocía a fondo y se entraba en confianza, incluso se descubría en él un raro y contagioso sentido del humor. Pedro Evangelista había decidido en sus años de viajes y excursiones, dedicarse por completo a la música, nunca, ni siquiera cuando ya vivía en la casa de Don Aureliano tuvo en mente la idea de convertirse él mismo en un maracame. Siempre pensó que aquella profesión milenaria era exclusiva de los nacidos en la cultura wixarika, de los propios huicholes.

Su ingreso en el mundo de la magia y la brujería ocurrió lentamente, primero atendiendo todas las demandas del viejo, luego ayudándole a realizar sus rituales, curaciones e intervenciones médicas y espirituales.

Tras dos años de vivir con los huicholes en medio de la sierra, se hizo consiente de encontrarse probablemente con el maracame más poderoso de todos los pueblos de la Sierra. Quizá don Aureliano fuese en aquel tiempo el brujo más importante de todas las comunidades tradicionales de México. Hasta él acudían gentes de todas los rincones de la nación wixarika, para pedir sus consejos, practicar los exorcismos más difíciles, consultarlo e incluso prepararse los jóvenes maracames.

Sin apenas darse cuenta, ya estaba participando en las ceremonias de iniciación junto con un grupo de huicholes novicios, más o menos de su edad, guiados todos por el ojo sabio y certero de Don Aureliano. Se les forzó a una etapa de abstinencia sexual de seis años, sin poder tocar, ni siquiera mirar a mujer alguna durante este tiempo. Tampoco comían un solo grano de sal, muy poca carne. No podían hablar con nadie que no fuese el brujo maestro, pasaban la mayor parte del tiempo recluidos en cavernas o en jacales aislados en la cima de las montañas, orando, cantando y tocando el tambor ritual. Su cuerpo se purificaba, preparándose para la ingesta de la planta sagrada.

En la primera ceremonia se le incitó a comer cinco cabezas de peyote. Conforme pasaron los días, la ración fue en aumento. Acabó ingiriendo cuarenta cactáceas alucinógenas en tres días. Casi se vuelve loco en el proceso, de no ser por la poderosa presencia de don Aureliano, quien le gritaba y le ordenaba con su fuerza moral incuestionable, a veces insultándolo, a volver a poner los pies en la tierra y no dejarse llevar por sus miedos o sus deseos.

Durante un transe inducido con peyote, contempló cómo una planta de nopal y otra de peyote se transformaban, fusionándose hasta crear una imagen antropomorfa. Era una mujer enorme, sensual y de amplias curvas. Pedro Evangelista hizo el amor con ella, la penetró y ella se lo tragó a besos. El cuerpo de aquel ser, mitad vegetal y mitad humano llenó su alma de una vitalidad y una energía que jamás había poseído. Al despertar del viaje, dos días más tarde, reflexionando sobre su experiencia con Don Aureliano y sus compañeros huicholes, recordó la primera ceremonia de iniciación con sus abuelos, en las montañas del Paricutín, cuando tenía cuatro o cinco años. Su comunidad lo había encomendado a la Diosa Madre de la Naturaleza. El anciano maracame le dijo que había recuperado el contacto con su espíritu protector, y que en su caso, se trataba de una situación especial y privilegiada, pues la Diosa no escogía con frecuencia a los varones para volverlos sus adeptos y sus hijos.

Cuando transcurrieron siete años de haber llegado a vivir con los huicholes y de andar de ceremonia en ceremonia, Pedro Evangelista decidió tomar como esposa a una de las sobrinas de Don Aureliano: una muchacha de diecisiete años que siempre andaba cerca de la casa del brujo cuando ellos estaban ahí, procurando no perderse nunca la oportunidad de verlo o saludarlo, aunque fuera de lejos. A Pedro también le gustaba desde que la conoció, cuando él recién llegó a la comunidad, y Perla, la muchacha, era apenas una niña que ya se fijaba y pasaba todo el día admirando al purépecha.

Dejaron la vida en la Sierra y se fueron a vivir a una pequeña ciudad llamada Andrés Cohamiata, en el Norte de Jalisco: era la Capital Huichola, ubicada al pie de un acantilado altísimo, en la cumbre de una montaña. Con Perla tuvo tres hijas seguidas, las cuales nacieron en San Andrés. Trabajó como músico durante diez años, formó un mariachi huichol con varios de sus colegas y vecinos. Los ayudó a construir un hotel en la orilla del mirador, con cabañas para que cientos de turistas de todo el mundo acudieran a la Zona Huichola a estudiar y conocer su cultura y tuviesen donde hospedarse. Tardó mucho tiempo en asimilar las experiencias y enseñanzas transmitidas por Don Aureliano. Ni siquiera entonces pensó por un momento en ponerse a trabajar como maracame y comenzar a curar personas o dirigir rituales y curaciones. Seguía concibiéndose a sí mismo como un músico, más que como curandero.

Un buen día agarró su violín, su guitarra, apresuró a su mujer y sus hijas a empacar sus cosas, y dejó con todo y familia la Sierra Huichola para regresar a Michoacán. Sin una razón clara ni motivo particular se fueron a Uruapan. Pedro Evangelista anduvo durante buen de mariachero, caminando de un lado a otro de los pueblos michoacanos, cantando y tocando sus instrumentos, también se hizo maestro de música con jóvenes y niños purépechas. Sus hijas crecían, hacían sus vidas con hombres nacidos en Uruapan, dos de ellas se matrimoniaron con indígenas y la última con un maestro mestizo de piel blanca. Un último hijo nació cuando Pedro sobrepasaba los cincuenta años. Su esposa Perla murió en el parto.

El dolor por la pérdida de su mujer y el verse solo de nueva cuenta frente al mundo, con la responsabilidad de seguir trabajando y luchando por criar a un niño recién nacido, le produjeron una nueva crisis, de la que pudo salir más fácilmente. Acompañado por los llantos de su pequeño, una mañana se levantó de su jacal en las faldas del Paricutín, con la mirada lúcida y los ojos radiantes.  Decidió en delante dedicarse a curar a las personas y ejercer los conocimientos de brujería que se le habían transmitido años atrás. Finalmente estaba listo para convertirse en maracame.

8

Joaquín era el hijo más joven de Pedro. Tenía veinte años de edad, los ojos de un tenue color verde aceitunado, apenas perceptible. Un indígena con los ojos claros. Manejaba un viejo jeep safari del año 70, sin placas que apenas podía mantenerse encendido. Había que darle constantes y violentos acelerones para mantener su motor funcionando.

¿Porqué tus hijos nacieron con los ojos verdes, Pedro…? ¿Así los tenía tu esposa…?

Cuestionó Yhajaira sin la menor malicia. El Antropólogo se sintió incómodo, a él no le gustaba hacerle preguntas personales, menos hablarle de tú al maracame, aunque eran bastante amigos. Lo llamaba maestro, y al anciano no le molestaba. Tampoco le desagradaba que lo llamaran de tú, como si fuera un hombre mucho más joven. Sobre todo si lo hacían las muchachas bonitas como Yhajaira.

Es que mi padre era español. A mí no me tocó nada de sus rasgos, pero mis hijos nacieron con los ojos claros como él, y de gran estatura.

Respondió el anciano sin la menor muestra de haberse molestado. Y de hecho mentía, pues también sus ojos poseían un aura grisácea y verdosa discreta en las pupilas.

Eran las cuatro de la mañana. La ciudad de Uruapan se encontraba en completo silencio, a excepción de algunos ladridos de perros o el canto aislado de un gallo. Una oscuridad espesa y de alta densidad cubría los edificios, las casas y los cerros aledaños que la rodeaban. Habían elegido semejante horario en la madrugada, para iniciar su viaje, evitando ser notados por los habitantes de la ciudad, sobre todo procurando llamar la menor atención posible de los grupos de extorsionadores.

Subieron algunas pocas pertenencias: libros y tres mochilas, al safari. Pedro Evangelista sólo portaba un amplio morral de lana y los estuches de su guitarra y violín, los cuales guardaron en la cajuela.

El Antropólogo había hablado con el maracame de la posibilidad de iniciar clases de guitarra con él, quedando en tomar dos sesiones por semana apenas llegaran a Colotlán. Pedro Evangelista le insistía que el desarrollo de sus habilidades musicales le ayudaría a despertar una mayor sensibilidad, así como a convertirse en una persona mucho más flexible. La rigidez y estreches emocionales eran lo que le había llevado a una vida de aislamiento e impotencia sexual. El Científico siempre se dedicó a ejercitar su intelecto y su pensamiento crítico, ejerciendo habilidades teóricas, analíticas y racionales, aunque siempre deseo aprender a tocar algún instrumento, pues amaba sobremanera la música. Se emocionaba tan sólo de imaginarse interpretando boleros y canciones de rock con una guitarra acústica. Tenía pensado hacer un alto en la ciudad de Paracho, todavía en el estado de Michoacán, donde fabricaban unos de los mejores instrumentos de cuerdas del país, y comprarse alguno antes de llegar a Jalisco.

Yhajaira fue la primera en subirse al destartalado vehículo, llevando a la perrita Unechi en sus brazos, envuelta en una toalla. El safari no tenía techo ni capote, sus pasajeros viajarían expuestos al viento helado de la sierra cuando menos cinco horas más, hasta que no amaneciese y el sol los calentara. En el asiento trasero, prácticamente sin tapicería y sobre las tablas, se ubicaron el Antropólogo y ella, abrazados y cubriéndose con un grueso edredón de lana del frío michoacano. En el lugar del copiloto estaba Pedro Evangelista, vestido con un sencillo pantalón de manta, sus guaraches de cuerda y una camisa desfajada. Parecía no afectarle en lo absoluto el frío que descendía de las montañas o que provenía del Parque Nacional. Joaquín llevaba una sencilla chamarra de mezclilla, era apenas un muchacho de veinte años que no hablaba demasiado, bastante respetuoso de su padre y sobremanera amable con la pareja. También era músico, había aprendido el oficio de su padre.

El safari produjo una sonora explosión al momento que el hijo del maracame lo encendió. Sus pretensiones de no ser notados por los vecinos y la gente de la ciudad fracasaron, despertando a todos en el barrio. El Antropólogo y la muchacha se sobresaltaron, temiendo ser descubiertos y observados por ojos malvados. Al brujo pareció no importarle en lo absoluto, era dueño de una calma completa, de la cual nadie podría sacarlo.

Arrancaron haciendo aún más ruido, dirigiéndose por todo el bulevar principal que iba de la Central de Autobuses a la salida de la ciudad, rumbo a Guadalajara.

Antes de abandonar Uruapan, el automóvil tuvo que ascender trabajosamente por una empinada cuesta que luego se transformó en sinuosas curvas por las que se giraba al recorrerlas como en un espiral. El safari casi deja su motor en la última subida, antes de poder tomar la Carretera Libre a Jalisco. Fue un milagro que el carrito no se infartara en el jalón final, al iniciar una recta cubierta por los dos lados de plantíos de aguacates. La oscuridad reinaba en los cuatro puntos cardinales y se abrió como una boca que los trago con todo y su vehículo al adentrarse en el camino.

9

Dos horas más tarde, cuando ya amanecía y los viajeros pensaban en detenerse a desayunar unas carnitas de puerco con tortillas recién hechas en la Ciudad indígena de Cherán, se dieron cuenta que los seguían.

La camioneta lobo color rojo no se les despegaba, manteniendo cierta distancia por detrás de ellos y sin acelerar, aunque con lo nuevo del vehículo y la potencia de su motor, en comparación con el pobre safari de Joaquín, hubiese podido rebasarlos desde hace rato y dejarlos atrás. Era evidente que vigilaban cada uno de sus movimientos, pero que tampoco se decidían a atacarlos ni hacerles nada todavía. Probablemente se lo pensaban bastante antes de meterse con ellos, sobre todo con el poderoso brujo, quien era famoso en todo Michoacán. La pareja se sentía asustada, el joven chofer tampoco podía ocultar su nerviosismo al sentir la presencia constante del vehículo desconocido a sus espaldas. Sólo Pedro Evangelista mantenía una calma inalterable:

No tiemblen de miedo, muchachos, nada nos va a pasar… El miedo los puede hacer perderse…

Dijo secamente al mirar de reojo la camioneta que permanecía obsesiva cerca de ellos.

Prefirieron esperar por el desayuno y seguir de largo por la Carretera Libre a Guadalajara. Por más que Joaquín trataba de imprimir velocidad al carrito, su maquinaria respondía cada vez menos, haciéndose crecientemente lento, y la distancia entre el vehículo que los seguía  y el suyo, más corta. Sabían muchas historia de desaparecidos y de gente a quien la pandilla de malandrines secuestraba y de quienes no se volvía a saber nada, aunque pagaran sus rescates y les dieran lo que querían. Por lo general, cuando se empeñaban en quitarle su dinero a alguien, nadie podía detenerlos hasta conseguir sus fines. Era evidente que contaban con la complicidad de las autoridades, pues cuando caía en la prisión uno de sus miembros, o sus víctimas presentaban denuncias en su contra, siempre salían libres.

Lograron llegar a la Ciudad de Paracho, Michoacán, a las diez de la mañana. Justo en el momento en que el viejo safari daba su última bocanada de vida. Joaquín alcanzó a meter el automóvil en un depósito de chatarra, perdiendo antes por una de las calles de las afueras de la ciudad a la camioneta que los perseguía. El maracame y su hijo vendieron ahí el safari por dos mil pesos. De seguro lo desmantelarían para revenderlo como refacciones. Caminaron por las calles de Paracho ya mucho más tranquilos, pues sin su automóvil sería más difícil que los descubrieran los malandrines.

Se detuvieron por fin a desayunar en un puesto callejero. Antes de engullir sus sagrados tacos de carnitas, vísceras y chicharrón de puerco, sobre una mesa destartalada, Pedro Evangelista bendijo la comida, lanzando un sortilegio preciso e incuestionable, acompañado de plegarias y cánticos sutiles en lengua purépecha y huichola:

Gracias, mi amada Diosa Madre, por esta sabrosa comida, bendícela, bendícenos a nosotros y cuídanos también. ¡Abrázanos bajo tu seno, como en un círculo donde el mal no pueda dañarnos, donde el mal nunca nos pueda tocar….!

Y comenzaron a degustar sus sabrosos tacos de carne de puerco, acompañados de tortillas hechas a mano y chiles curtidos en vinagre.

El brujo masticaba lento y cuidadoso cada bocado, los tres jóvenes engulleron mucho más rápido sus tacos y frijoles.

Mientras el viejo degustaba con suma paciencia un enorme chile jalapeño y lo saboreaba con su lengua y boca, a la distancia descubrió a los extorsionadores. Eran tres hombres obesos, metidos en gruesas chamarras, de seguro andaban armados. Pedro los conocía y ellos de vista a él también. Se habían bajado de su camioneta y ahora se desplazaban a pie por las calles de Paracho. Hace algunos años el brujo alivió de un cáncer incurable a la mamá del más gordo de ellos. Al morir el Cromañón en el accidente de la Plaza de Uruapan, el Gordo se había quedado en su lugar, asumiendo el liderazgo de la banda, a la que de cualquier manera ya no le quedaban muchos de sus miembros. Los habían ido matando poco a poco: en tiroteos o en venganzas efectuadas por los familiares de sus numerosas víctimas.

Cuando el Gordo observó desde lejos el rostro sereno de Pedro Evangelista, se paralizó. El maracame lo enfocó desde una cuadra de distancia, sin dejar de masticar su jalapeño, sonriendo. Tampoco quiso alarmar a sus amigos y a su hijo, no les dijo nada y les dejó desayunar y conversar a placer. El Gordo tenía trece años de edad cuando casi muere su madre de un cáncer que le atacó los intestinos en medio de la Sierra Michoacana. Pedro Evangelista la operó con un cuchillo de montaña y le extrajo tres grandes tumores, salvando su vida. La familia siempre estuvo agradecida con él, sobre todo porque no les cobró honorario alguno por sus servicios, ya que eran demasiado pobres. De modo que el Gordo se sentía en deuda con Pedro, y se lo pensaba mucho antes de meterse con él. Sobre todo porque el anciano nunca le había hecho nada a nadie y se dedicaba a curar a los indígenas y a la gente más pobre.

De pronto, el rostro del Gordo quedó congelado, toda la sangre se le fue de la cara. Cayó al suelo, agitándose con desesperación. Sus secuaces se precipitaron a auxiliarlo y ver qué le pasaba. Era un infarto. La gente se congregó alrededor de ellos, ayudándolos a levantar el enorme cuerpo del delincuente y llevarlo en busca de ayuda médica. Los maleantes se perdieron por entre las calles y la multitud para no verse más.

Paracho era un pueblo de indios artesanos, ahí se fabricaban las mejores guitarras, mandolinas, arpas y laudes de México. Los amigos terminaron su desayuno y se olvidaron de los malandrines. Deambularon relajados por las callejuelas de la ciudad, contemplaron a los indios, a los comerciantes, la Catedral. El Antropólogo se compró por fin una hermosa guitarra de cedro blanco junto con su estuche duro. En breve iniciaría sus clases de música de la mano de Pedro Evangelista. Yhajaira les pidió detenerse para beber una copa de tepache, bebida autóctona fabricada con jugo de piña fermentado. Mientras disfrutaban su bebida, el maracame y su hijo extrajeron la guitarra y el violín, Pedro era un magistral violinista y su hijo más joven solía acompañarlo con la guitarra. El líquido no tardo en surtir su efecto estimulante. En plena calle, en el puesto de tepache, los indígenas se pusieron a interpretar La Feria de las Flores al son del mariachi huichol, mientras la muchacha y el Antropólogo bebían y disfrutaban su música:

Me gusta cantarle al viento

Porque vuelan mis cantares

Y digo lo que yo quiero,

Por toditos los lugares…

Ayer vine que vine,

A la Feria de las Flores…

10

A las doce del día abordaron con todo y sus cosas un autobús de tercera que venía desde la Ciudad de Morelia, repleto de indígenas, el cual los llevo durante cinco horas más por territorio michoacano, desde Paracho, a través de La Piedad, Zamora y luego Lagos de Moreno, ya en el Estado de Jalisco. Los caminos estaban por completo cubiertos de color verde, llenos de flores silvestres de matices amarillos, lila, rojo. La primavera estaba en su apogeo y un vívido y caluroso paisaje les acompañó durante todo  el trayecto a lo largo del estado de Michoacán hasta que entraron en Jalisco y se aproximaron a su capital.

Permanecieron unas horas en la Ciudad de Guadalajara, comieron ya entrada la tarde en las Nueve Esquinas, sendos platos de birria tapatía acompañados de tacos de panza de puerco guisada con chile. La muchacha llevaba a la perrita Unechi atada con su correa, siguiéndola a todas partes donde ella iba. Siempre que podía le arrojaba una tortilla y trozos de carne o sopa de arroz que el animal jamás desaprovechaba. En poco tiempo había recuperado bastante peso e incluso engordado bajo los cuidados de Yhajaira.

A las ocho de la noche estaban subiéndose en la terminal de Zapopan a un autobús de segunda que los llevaría hacia la Zona Huichola.  Tuvieron que apretujarse con todo y su equipaje en los asientos, pues el transporte iba a reventar. El Antropólogo dio cien pesos de propina extra al chofer del viejo vehículo para que dejara pasar a la perrita, pues no estaba permitido viajar con animales. Cosa que luego pudieron comprobar como falsa, pues Unechi no era de ningún modo el único perro ni tampoco el único animal abordo.

Para dirigirse a la Sierra Wixarika debían seguir una solitaria carretera que entraba y salía de los estados de Jalisco y Zacatecas varias veces antes de llegar a su destino. Primero pasaron por un pequeño poblado llamado San Cristóbal de la Barranca, en la cuenca del Río Santiago, que otrora fue un paraíso donde abundaron años atrás los camarones y peces. Ahora el río estaba infestado por los desagües de la Ciudad de Guadalajara, la mayoría de los habitantes nativos se había ido hace mucho tiempo, quedándose sólo los viejos melancólicos. Un hedor insoportable a drenaje y aguas negras lo invadió todo desde pocos kilómetros antes de llegar a la comunidad. Cuando se detuvieron en aquel poblado, más de la mitad del transporte se vació, pues cerca de cuarenta indígenas huicholes y de origen náhuatl se bajaron. Era bien sabido que toda aquella gente vendía su mano de obra y su trabajo en San Cristóbal, para laborar en la agricultura de la región por los sueldos más bajos del país.

El autobús se puso en marcha y se internó por entre los barrancos y la oscuridad desoladora. Pasaron por unos acantilados bastante pronunciados,  donde se les revolvió el estómago con sus curvas. Luego de una hora estaban en el Estado de Zacatecas. Cruzaron la primera comunidad zacatecana llamada García de la Cadena y se aproximaron a un destino que el maracame deseaba por sobre todas las cosas que visitaran.

Al principio Joaquín y el Antropólogo se oponían a abandonar el transporte a aquellas horas de la noche y bajarse en medio de la carretera y la nada, pues ya eran las doce, pero el anciano se les impuso, pidiéndoles a todos que tomaran de nuevo sus cosas y lo siguieran. Habían llegado al Tehul de González Ortega, una comunidad zacatecana donde se había descubierto hacía pocos años un importante sitio arqueológico del desaparecido pueblo indígena de los caxcanes. Según el viejo, al día siguiente retomarían su camino rumbo a Colotlán, pero por ahora deseaba que hicieran lo que les pedía.

El antropólogo se había detenido en el Tehul varios años atrás, cuando trazaba los mapas de las rutas de caminantes milenarios indígenas y escribía su primer libro, creía que el sitio no tenía mucho que ofrecerle desde el punto de vista científico. La verdad es que el lugar nunca consiguió llamar demasiado su atención.

Pedro Evangelista le pidió al chofer detenerse justo en las faldas de un cerro ubicado en la entrada del pueblo. El camión los dejó en mitad de la noche, en un paraje por completo desolado.

En medio de la oscuridad más absoluta, Yhajaira, Joaquín, el Antropólogo, Unechi y el maracame se dirigieron a pie, cargando sus pertenencias hacia aquel cerro, que a esas horas se apreciaba como una gigantesca sombra helada, negra y amenazante.

 11

Desde que el Antropólogo inició su trabajo con Pedro Evangelista, comenzó a perder la fe en la racionalidad y la ciencia occidentales. Hace unos años participó con otro brujo huichol en una ceremonia con peyote en los confines de la Sierra de Jalisco. Aunque en aquella ocasión se comió dos cabezas de la planta de poder, el trance había sido demasiado leve. En términos del curandero, el peyotito lo había tratado muy bien. De cualquier manera, aquella experiencia fue el inicio de la ruptura. Si durante sus años de estudios en antropología e historia había dudado ya de todo aquello que la ciencia y la razón occidentalizadas señalaban como hechos incuestionables, al saberse curado de su sexo por el brujo y profundizar más en la sabiduría y la medicina indígenas conforme escribía su nuevo libro, casi había desechado la mayor parte de los preceptos y creencias con que habían llenado su cabeza los profesores y científicos acartonados en sus años universitarios.

Se dio cuenta que los investigadores y docentes extraían sus verdades de los libros escritos por los filósofos, sociólogos, antropólogos, psicólogos y matemáticos occidentales, y luego las recitaban en las aulas universitarias del país sin siquiera cuestionar realmente sus fundamentos. Dándolas por hecho simplemente como dogmas cuasi religiosos, que los jóvenes estudiantes debían tragarse sin procesar ni rechistar. Y cuando algún muchacho, todavía inocente osaba estar en desacuerdo con ellas, era tachado de subversivo, esquizofrénico o reaccionario.

Toda una serie de conceptos sobre el tiempo, el espacio, la vejez, la vida, la muerte, el sexo, el espíritu, el amor, el pensamiento, la evolución, se sacudían al interior del Antropólogo y se desquebrajaban, para dejar en su lugar sólo un vacío incontenible y vívido.

Notaba que su propio estilo de escribir se había modificado y seguía evolucionando cada día. Cuando diez años atrás publicó su primer libro donde describía las costumbres y ritos de los pueblos precolombinos, tendía a hablar de cosas que había leído o que principalmente le contaron los informantes a quienes entrevistó. Ahora su escritura y su nuevo libro sobre la sexualidad indígena eran muy distintos: por primera vez comenzaba a escribir no sobre cosas que decían o redactaban otros, sino sobre experiencias que él mismo vivió y que ahora, aunque sorprendentes y difíciles de explicar en términos de los ingenuos académicos, profesorcillos e investigadores a quienes había conocido en el pasado, resultaban para él incuestionables por haberlas vivido en su propia piel.

Tardaron una hora y media en escalar la totalidad del cerro hasta su cumbre. El maracame puso de manifiesto su condición física innegable, al ir caminando a paso rápido al frente del grupo, portando dos instrumentos musicales y un amplio morral que no debían pesar poco. Tras de él iba Yhajaira con una mochila de tirantes y la perrita a su lado. Luego el Antropólogo y Joaquín con otras dos guitarras y sus respectivas mochilas.

En la cumbre se ubicaba una explanada donde hacía tiempo se realizaban excavaciones por parte de arqueólogos y antropólogos. Desde las alturas de aquella montaña podían apreciarse no sólo las luces del Tehul y de García de la Cadena, sino el reflejo de los alumbrados nocturnos de la Ciudad de Guadalajara. La cual se encontraría ya a unos ochenta kilómetros de distancia.

El maracame les explico que hace cuatrocientos años, aquel lugar había sido una enorme y poderosa fortaleza de origen prehispánico aún más antiguo. Cuando los pueblos caxcanes se rebelaron contra la Corona Española e iniciaron una guerra de diez años para librarse de sus opresores, se atrincheraron en aquel lugar, sitiados por los cuatro costados por un ejército de españoles y portugueses. El sitio duró cinco años, pues los guerreros indígenas podían defenderse perfectamente desde las alturas de la inexpugnable fortaleza. Los europeos pretendían trepar por ella con sus armaduras, caballos y espadas, pero eran repelidos sistemáticamente por los pedernales, hondas y flechas caxcanas. No fue sino hasta que el Virrey de la Nueva España mandó a un ejército indígena proveniente del Centro de México, conformado por los fieros tlaxcaltecas, quienes habían ayudado a Hernán Cortés a derrotar a los aztecas, que los caxcanes encontraron su talón de Aquiles.

Cuando los amigos llegaron a la explanada en la cumbre, donde acamparían, Pedro Evangelista les narró la historia del sitio:

¡Este lugar está lleno de los espíritus indígenas que lucharon y murieron guerreando contra los españoles! En la base hay túneles secretos por donde los caxcanes se reabastecían de agua y víveres para resistir el sitio. Los españoles los rodearon creyendo que los matarían de hambre, pero se dieron cuenta que tras años de tenerlos cercados, los indios no se morían y se hacían más fuertes cada día. Hasta que llegó un ejército de tlaxcaltecas, imagínense: indios contra indios. Y como podrán suponer, los tlaxcaltecas sí lograron someter a los caxcanes. ¡Esa es la triste historia de nuestros pueblos: la traición entre hermanos y el servilismo ante los poderosos para obtener privilegios….!

Se lamentó tristemente el maracame. Luego los organizó para encender una hoguera enorme que iluminó la totalidad de la explanada. Bajo su guía formaron un círculo perfecto hecho con piedras y rocas recolectadas en las cercanías. La fogata quedó ubicada en medio del círculo. Joaquín avivó el fuego aún más, hasta que las llamas alcanzaron más de tres metros de altura. El muchacho parecía estar familiarizado con las ceremonias y ritos precedidos por su padre, pues sabía perfectamente qué hacer para auxiliarlo en cada instante. Encendió también unas varas de copal, el perfume prehispánico sacro que lo inundó todo. El maracame los invitó a entrar al círculo mágico  y les pidió que por nada del mundo se atreviesen a salir de su circunferencia, pues se trataba de un campo espiritual protector.

Pedro Evangelista comenzó a hablar:

¡Hermanos, no se alejen de aquí…! Pronunció con una voz ronca y amplificada que ni la pareja ni su propio hijo le habían escuchado jamás. Deberemos formar un campo energético donde nada pueda dañarnos. Estando aquí adentro, el Mal nunca nos podrá tocar. Luego extrajo de su morral diez cabezas de peyote. Era evidente que en algún momento, sin que los demás lo vieran, Pedro Evangelista ya había ingerido más de alguna planta sagrada y ahora experimentaba sus efectos transformadores.

Joaquín les dio agua fresca, extraída de un garrafón de barro y con ella bebieron y se lavaron el rostro, purificándose.

¡Para que el abuelito nos trate bien, deberemos estar limpios del cuerpo, del espíritu y de la mente…! Observó el brujo al mismo tiempo que se acercaba hacia Yhajaira.

Los huicholes y los purépechas solían llamar cariñosamente “abuelito” a la planta psicoactiva.

Sin pensarlo, dio  una de las plantas de poder a la chica y la instó a masticarla y tragarla. Yhajaira molió el vegetal con sus dientes, el cual le resultó amargoso e irritó su lengua.

¡Te encomiendo a mi Madre Protectora…! Dijo el anciano. Desde ahora Ella te cuidará, pero deberás trabajar duro para convertirte cada día en una digna hija suya. De ahora en adelante Ella velará por ti, Ella te llevará hacia un sitio, dentro de ti, donde el Mal nunca te pueda tocar…

Joaquín y el Antropólogo miraban sorprendidos cómo la hermosa mujer adquiría una dignidad espiritual sin precedentes, enamorándose los dos de ella, pero de una forma distinta. Sintiendo deseos por la Mujer Universal, la madre de todos los seres, la otorgadora de perdón y compasión: quien repentinamente se encarnaba en Yhajaira. En unos instantes ellos también ingerirían, aunque en una ración menor, la sustancia psicoactiva.

Y la muchacha sintió como con un cuchillo abrirse su garganta y su tráquea, cuando la planta sagrada se deslizó hacia sus entrañas, semejante a una tarántula que la invadía por dentro, habitándola, estallando en su interior y emulsionándolo todo.

TERCERA PARTE:

LA NIÑA HUICHOLA

Niña huichola

 

 Todos los libros han perdido su importancia. Podéis consultar el Bhagavad Gita o la Biblia, o el último tratado sobre política o psicología, y veréis que han perdido ese timbre, esa cualidad de la verdad; que se han vuelto meras palabras. Vosotros mismos, que sois los repetidores de esas palabras, estáis confusos e inseguros, y la simple repetición de palabras nada os sugiere. Las palabras y los libros, por consiguiente, han perdido su valor.

 (JIDDU KRISHNAMURTI –La Libertad Primera y      Última)

 

 Cuando encuentras a tu Dios interior, es Él quien siembra y al mismo tiempo eres tú quien recolecta en ti, y ambos están juntos. No hay un proceso que anteceda al otro. Tú vas a cosechar lo que siembras en cada segundo, ¡esta agua que sale del pozo! A cada segundo el agua fluye, fluye y, simultáneamente, tú cosechas y cosechas. ¡Se hace al mismo tiempo! Sembrar y cosechar son actos simultáneos: no hay ningún desfase, ninguna distancia temporal entre uno y otro.

 (ALEJANDRO JODOROWSKY –Los Evangelios para Sanar)

 

1

¿Cómo sería la vida si pudiésemos borrar nuestras ideas acerca de los demás, nuestros juicios inquisitoriales cuando condenamos a  los otros por su comportamiento, las heridas que nos han hecho, las cosas horribles que nos dijeron y más aún las que les dijimos? ¿De qué naturaleza serían nuestras interacciones con las personas, con los animales y con el mundo, si consiguiésemos anular nuestras ideas preconcebidas acerca de todo, y si lográsemos dejarnos de identificar con nuestro pasado y con un futuro inexacto e incierto que acaso no exista? ¿Era esto lo que quería decir el Evangelio, cuando afirmaba que al cielo sólo entrarían aquellos que consiguiesen volver a ser como niños…?

Eran preguntas que últimamente se planteaba la muchacha, conforme pasaban los meses y ella seguía participando en las ceremonias, ejercicios y entrenamientos que le encomendaba Pedro Evangelista.

Al inicio el cambio no fue claro. Nada de lo que le pedía el brujo, ni siquiera la ingesta de sustancias alucinógenas, ni los baños de purificación en los ríos, ni las caminatas hacia el océano en Nayarit o hacia el desierto en Durango, parecían tener un fin preciso ni consistente. Yhajaira viajó mucho en los últimos meses al lado del maracame y en compañía de otros brujos novicios. Fueron a San Blas, en el Estado de Nayarit, caminando desde San Andrés Cohamiata a través de la Sierra durante días, hasta llegar al océano, a un sitio ritual milenario que sólo conocían los huicholes.

Con el paso de las semanas de aislamiento y de caminatas interminables y extenuantes, se le fueron haciendo claras algunas cosas. Repentinamente lograba mirar a las personas bajo una óptica por completo novedosa: las gentes que la maltrataron en su infancia, sus compañeros de escuela, el sacerdote del pueblo quien casi la viola, los malandrines y degenerados del bar donde bailó durante años. Aún más profundo: los secuestradores, asesinos y traficantes con quienes trató en algún momento, ya no le parecían verdaderamente malos, sino simples niños sufrientes que sobre todo se hacían daño a sí mismos al lastimar y herir a los demás. Incluso los rufianes más desalmados tenían un alma, o cuando menos eran también hijos de la Diosa Madre, quien ahora protegía y guiaba a la muchacha. Poco a poco aprendía a mirar las cosas desde el punto de vista de su Espíritu Guía, con una compasión universal por todos y una comprensión que jamás experimentó por nadie.

En ocasiones volvía a lamentarse al pensar en su pasado, como hizo la mayor parte de su vida. Cuando recordaba a los cientos de delincuentes con quienes convivió y todas sus fechorías, también resurgía en ella el rencor y la tendencia a enjuiciar, incluso a los seres más contradictorios y difíciles de comprender. Más luego se encomendaba de nueva cuenta a su Diosa Madre Protectora, y ella le proporcionaba el enfoque, el sentimiento general de paciencia y compasión hacia todos, incluso hacia los más complejos individuos de la creación. Todo parecía tener un fin, difícil de encontrar en ocasiones.

Siempre que retornaba de algún viaje o una ceremonia mágica volvía con su hombre, que la esperaba invariablemente en Colotlán.

San Andrés Cohamiata se ubicaba a seis horas por breca de la Ciudad de Colotlán, ambos en la Sierra Norte de Jalisco. El maracame y su hijo Joaquín se quedaron radicando en la Capital Huichola, donde tenían una cabaña, mientras que el Científico permanecía trabajando en su casa en Colotlán.

En su comunidad natal, el Antropólogo se había enfocado con toda su energía en los últimos meses en el término de su libro. Estaba a unas cuantas páginas de finalizarlo. Le escribieron recientemente de una editorial alemana, interesados en su nueva obra, urgiéndolo a mandárselas hasta el Viejo Continente apenas la terminase. También invertía muchas horas de su tiempo libre en practicar los acordes y notas que le encargara Pedro Evangelista ejercitar en la guitarra. En breve tiempo había aprendido no sólo a afinar de oído y por sí solo su instrumento, sino a interpretar tímidamente algunas canciones.

Cada que se encontraban, se abrazaban y hacían el amor durante noches enteras, amaneciéndose mientras se acariciaban, se penetraban y complementaban. Observando la luz del nuevo día aparecer, sorprendiéndolos entrelazados y acurrucados en la cama, viendo cómo un sentimiento más fuerte y hondo se erigía el rededor de ellos.

La perra Unechi había crecido y se convirtió en una especia de coyote sano y muy hábil para vigilar y cuidar la casa del Antropólogo. El hombre acabó aceptando y encariñándose con el animal. Al final pasaban largas temporadas el uno con el otro, mientras la chica estaba en San Andrés, preparándose para convertirse en hechicera.

Yhajaira había vivido hasta los dieciséis años en una comunidad rural parecida a Colotlán, de manera que no fue tan difícil para ella adaptarse a la vida en una ciudad pequeña ubicada en la Sierra. De pronto la muchacha encontró una cálida cotidianidad al lado del Científico y de su perra, largamente anhelada durante muchísimos años de su vida como desnudista y huérfana. Cuando estaban juntos en su casa de Colotlán, ella se encargaba de preparar la comida, mientras el hombre pasaba largas horas tecleando en su computadora, o tomando notas en una gruesa libreta sobre la que plasmaba sus primeros manuscritos en sucio. Antes de transcribirlos en  limpio, como libro, en su ordenador. La perra los cuidaba y parecía capaz de dejarse matar antes de permitir que les ocurriese algo, convirtiéndose de pronto no sólo en su mascota, sino en una especie de hija.

No parecía haber desconexión o una ruptura radical entre la vida de Yhajira  al lado de su novio y su perra, y su entrenamiento como bruja. Todo lo contrario, pues a la Diosa Madre parecía agradarle el hecho de que sus hijas tuviesen marido, hijos, y no desatendiesen en ningún momento las labores domésticas como la cocina y los cuidados de la casa. Siempre y cuando supiesen apartarlas momentáneamente, cuando Ella les solicitaba que actuaran en su nombre para cuidar o exorcizar a alguien.

2

Desde hace días sentían que alguien los vigilaba. La muchacha experimentaba fuertes presentimientos de que algo ocurriría en breve. Era difícil comunicarse desde San Andrés hasta Colotlán con el Antropólogo, las señales de teléfono celular no eran recibidas del todo bien en los confines de la Sierra. Hace más de cuatro días que no sabía nada de su hombre, ni lograba comunicarse con él, pues ella se encontraba participando de una importante ceremonia, precedida por Pedro Evangelista.

El brujo también lo captaba, alguien tenía los ojos puestos en él y en la muchacha desde hace tiempo, aunque no atinaba a descifrar de quién se trataba ni cuáles eran sus intensiones. Por medio del ejercicio de la intuición, los hombres de conocimiento lograban aprender a prever y anticipar sucesos que la mayoría de las veces tomaban por sorpresa a la gente común y corriente.

Aquella noche Pedro Evangelista le pidió que lo acompañase para ayudar a parir a una indígena, quien vivía con su familia a unas cuatro horas de camino a pie de San Andrés Cohamiata. Caminaron toda la tarde por un terreno donde no había camino, ni siquiera para que entrasen las mulas, subieron cerros y no se detuvieron hasta llegar al jacal donde los aguardaba la paciente. Tardaron otras tres horas en lograr que pariera a unos cuatitos. El brujo tuvo que practicar una cirugía, abriendo su vientre para permitir que nacieran los dos bebés indígenas. Con la ayuda de Yhajaira le cocieron la herida con hilo y aguja esterilizados en agua hirviente. La limpiaron y reanimaron con cánticos y oraciones.

De regreso, a la media noche, no dejaron de experimentar la sensación de que alguien se encontraba al pendiente de cada uno de sus movimientos. Llegaron a la casa del maracame, Yhajaira quedó dormida al instante, al caer sobre el petate que el anciano le prestaba para que durmiera en su jacal en la Sierra.

No fue sino hasta cerca de las cinco de la mañana que unos gemidos lejanos y famélicos la despertaron. Algo o alguien lloraba o maullaba en la penumbra. Yhajaira salió del jacal, Pedro Evangelista parecía no encontrarse por ningún lado, pues no respondió al llamado de la muchacha por más que lo buscó. Tomó un machete de la cocina y salió en medio de la oscura madrugada, empuñando el arma. Estaba muerta de miedo, pues desde días atrás había sido presa de extrañas premoniciones, sintiendo que alguien vigilaba sus pasos.

Cuando se acercó a la huerta donde al anciano tenía algunos árboles de aguacate y cítricos, la encontró. Alguien había dejado abandonado el bultito de una niña recién nacida, quien lloriqueaba y berreaba, suplicando por comida, brazos y amor.

La muchacha sintió una espada rebanarla por la mitad, desde la cabeza hasta el sexo. Se derrumbó. En cuanto amaneciese, dentro de dos o tres horas, partiría en el destartalado autobús que la llevaría hasta Colotlán para reencontrase con su hombre. Pero aquella impresión la hizo desvanecerse y olvidarse de todo.

No se atrevió a aproximarse todavía. Por el llanto supo que se trataba de una niña. Eso era seguro, sus gemidos eran inconfundiblemente los de un ser femenino. De pronto se vio a sí misma en su pueblo natal, casi treinta años atrás, cuando sus verdaderos padres la dejaron en el jardín de su Madrina, abandonada en el Estado de Guerrero. Irrumpió en ella un llanto tremendo e inexplicable, lloró un diluvio con el que regó y fertilizó todos los árboles y hortalizas que Pedro Evangelista tenía en su huerto. Cayó al suelo, golpeó la tierra con los puños, se retorció y manchó de lodo su cuerpo, extrayendo de su ser una tristeza y una amargura acalladas durante muchos años.

Su Madre Protectora le impelió a levantarse, a no quedarse en el suelo ni compadecerse de sí misma ni un instante más. Recordó que el mayor obstáculo para el desarrollo de un brujo era la lástima por uno mismo, se trataba de uno de los sentimientos contra los que debía lucharse por sobre todas las cosas hasta extirparlo. No había peor cosa que la autocompasión, se dijo a sí misma. Yhajaira se puso de pie, escuchando a su Madre y avanzó hacia la criatura. Hace tiempo que los mandatos de la Diosa Madre se habían fusionado con sus voces interiores, rebelándole e indicándole la verdad oculta en cada circunstancia de la vida. Indicándole siempre qué hacer y cómo actuar en todo momento con justicia y sabiduría. La envolvió en sus brazos, como lo hubiese hecho Ella misma, o como de hecho Ella lo estaba haciendo, al actuar a través de la hermosa muchacha. Acercó la cara de la pequeña a su rostro y la acarició con su mejilla y sus párpados: era una indita, una pequeña huicholita, quien la necesitaba. Comenzó a darle calor con su cuerpo y besos en el rostro y la frente.

Miro hacia el cielo, aun no amanecía. La luna estaba por completa llena y luminosa como nunca esa madrugada. No había nadie despierto, se encontraba por completo sola con la criatura. Comprendió ahora el porqué de sus presentimientos de que alguien los observaba desde hace días. Los padres de la criatura debieron haber estado merodeando la casa del brujo, contemplándolo a él  y a la muchacha, espiándolos, con la intensión de encontrar el momento preciso de dejar a la niña en su casa. Era una tradición más o menos común y muy antigua, entre los pueblos indios, que cuando algunos niños nacían con cierto signo, o con algunas malformaciones, la gente acostumbraba dejárselos a los brujos y hechiceros para que se hicieran cargo de ellos. Era usual que con el tiempo estos niños especiales y con malformaciones o características extrañas de nacimiento, acabaran convirtiéndose después ellos mismos en hombres de conocimiento, entrenados por los maracames con quienes se les había dejado durante los primeros días de nacidos. Había sido precisamente el caso de Yhajaira.

La muchacha se precipitó a desnudar a la huicholita en medio de la madrugada, despojándola de los harapos con que la habían envuelto sus padres antes de dejarla.

Las manos le temblaban, la niña no paraba de llorar. Buscó en su rostro, en su abdomen, hasta llegar a los confines de su sexo. Encontrando el signo inequívoco que las asemejaba. La niña, la huicholita, su homóloga. En delante ella la cuidaría, estaba segura que el Antropólogo no podría negarse a recibirla en su casa. Había visto que era un buen hombre. Ellos se harían cargo de ella. Yhajaira procuraría todo lo que le hiciera falta, la protegería, haría todo lo que estuviera en sus manos para evitar que el Mal la pudiese tocar.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s