UN SOL QUE CALIENTA Y ALUMBRA A TODO EL UNIVERSO: Un Relato Neurochamánico

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Por: Carlos Filiberto Cuéllar

 

Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote…

(IVAN ILICH –La Sociedad Desescolarizada)

 

La situación del género humano es demasiado seria actualmente para permitirnos escuchar a los demagogos –y menos a los demagogos que atrae la destrucción-,ni siquiera a los dirigentes que sólo trabajan con el cerebro y que necesitan fortalecer su corazón.

(ERICH FROMM –Anatomía de la Destructividad Humana)

 

Para mi esposa Cori, en su cuarentena postparto. A mi hija Carolina, neófita de este mundo. A mi hermano Rodolfo,  always forever now. Para mi amigo, el periodista Sergio René de Dios, investigador  de lo transpersonal.

 

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Había que estar muy bien plantado, muy enraizado en el suelo, en el corazón y en el sexo para no desintegrarse. Con ramificaciones nacientes desde la frente, desde el pecho y las venas de los testículos. Con el pene erguido si fuese preciso en todo instante, hasta su máxima capacidad; de la cintura hacia todos los puntos cardinales del cuerpo: en las rodillas, las plantas de los pies, el vientre, las ingles, las nalgas, el abismo del ano. Hasta extender la totalidad de los nudos afectivos del hombre en el subsuelo y brindarle apoyo, sostén, palanca. Un árbol hecho de músculos y emociones. En eso debía convertirse el hombre. Para que nadie ni nada osara sacudirlo ni hacerlo tambalear.

Nunca, por ningún motivo, debía olvidarse quién se era.

Si alguien se distraía un instante siquiera, acababa fundido y devorado por la ciudad.

Esto era la ciudad: una giganta caníbal que atraía, tragaba y luego vomitaba y defecaba hombres sin identidad ni capacidad de decisión. Les robaba su humanidad, les comía la voluntad. Esto era la ciudad, y también muchas cosas más.

Un camión estuvo a punto de arrollarlo frente a una iglesia. Pero él se mantuvo despierto hasta el último momento, pudo anticipar cada movimiento del vehículo, la mirada zombi del conductor, los rechinidos de la hojalata y la falta de gestos en su rostro, los lamentos de la máquina tronada.

Ateo y anticlerical desde los doce años, hubiese sido la peor humillación morir o quedar paralítico frente a uno de los tantos recintos de la demagogia a los cuales detestaba.

Pero él conservaba aún el control absoluto de sus músculos y se agazapó como gato de callejón, dando un salto rapidísimo hacia atrás, evadiendo la muerte.

El Profesor se apeó contra el muro de un comercio de frutas, evitando que en esta ocasión otro automovilista lo bañara, al pasar a toda velocidad cerca de los transeúntes y salpicarlos a propósito con el agua emponzoñada de la calle.

Había que estar muy atento a cada paso.

Dentro del establecimiento, sobre un montón de manzanas, plátanos dominicos y piñas, encontró unos periódicos viejos utilizados para madurar y conservar al mismo tiempo fresca a la fruta.

Atraído por el titular, aunque el diario estaba arrugado y sucio, pudo leer la fecha de la página: apenas un mes atrás. Mientras más automovilistas salpicaban cerca de la banqueta y aterrorizaban  a los de a pié, el Profesor se leyó con cuidado la nota.

Dicen que el universo entero es un libro donde el hombre puede descifrarse a sí mismo. Que las coincidencias son parte de un campo que un tal Rupert Sheldrake denominó como morfo genético, donde eventos sin aparente importancia parecen ocurrirles simultáneamente a seres ubicados en lugares lejanos entre sí. Donde todas las almas del mundo se encuentran inequívocamente comunicadas.

Era la tercera o cuarta noticia relacionada con el mismo tema en más de seis meses, no sólo en esta ciudad, sino en varios lugares del mundo al mismo tiempo. En este caso, escrita por un periodista de cierto prestigio en la ciudad: niños y jovencitos con tumores detectados en la parte frontal del cerebro, detrás de la frente y por encima de los ojos.

Comenzaron siendo casos aislados en un municipio y otro, en países y en continentes separados. Más tarde, los servicios de neurocirugía y neurología de varias naciones parecían no darse abasto atendiendo a los muchachos, quienes presentaban aquellos síntomas que a los médicos tanto asustaban y que de ningún modo podían aún explicar: indicios del cada vez más expandido síndrome cerebral.

El periodista hablaba de aquellos síntomas precisamente: desmayos, vértigo, tristeza, aislamiento, inquietud, sufridos por los jóvenes pacientes. Cambios que se consideraban de la personalidad. Los chicos se iban haciendo crecientemente ensimismados; luego tenían visiones, referían hablar con espíritus y con personajes del pasado. Eran objeto de ataques de miedo, algunos señalaban experimentar que una entidad ajena los poseía, lenta y aterradoramente.

La solución encontrada hasta ahora por los servicios de salud, siempre fue la misma, la más pragmática y la única que les era posible concebir: hospitalizarlos, hacerles estudios, detectar aquel tumor en la parte delantera del cerebro, prescribir medicamentos, serruchar impíamente, abrir hueso, carnes, neuronas y aspirar el molesto tumor. Luego indicar más y más cantidades de medicamentos.

Pero el problema era costear los elevados gastos de semejantes cirugías, de las prolongadas hospitalizaciones que comenzaban a preocupar a gobiernos e instituciones. Financiar las sinuosas recuperaciones tras aquellas intervenciones, la rehabilitación, los costosos fármacos y los cuidados de los pacientes que tras la operación quedaban recluidos e inmovilizados en sus camas durante mucho tiempo.

No podía decirse que se tratara de una epidemia contagiosa y que eran millones los casos de adolescentes y niños con tumores en sus cerebros. O que en la humanidad entera se extendiera actualmente aquella enfermedad sin causa aparente. Se trataba de apenas unos cientos de muchachos en el mundo. Empero, no dejaba de llamar la atención, insistía honesto y férreo el periodista en su columna, el hecho de que recientemente los servicios de neurocirugía de diversos orbes, se encontrasen saturados de aquellos casos de tumores juveniles en los lóbulos frontales de tantos chicos.

El Profesor suspiró y pasó un trago de saliva dificultoso. Su hermano más pequeño: 22 años, se encontraba hospitalizado por segunda ocasión en casi un año por las mismas causas.

Cuando se presentaron los desmayos y desvanecimientos en Ángel, su hermano, luego de los ataques de melancolía y de varios semestres de buscar la soledad con obstinación por parte del incomprendido paciente, lo único que se les ocurrió a los médicos fue operar.

Para entonces el Profesor había leído la primera nota publicada en internet sobre varios casos coincidentes con el de su familiar en Sudamérica y los Estados Unidos. Siguiendo la pista del tema en revistas especializadas y diarios de divulgación, los casos eran cada vez más numerosos. También devoró libros de neuroanatomía, fisiología cerebral, neuropsicología, etc. Todo con la finalidad de hacerse una visión lo suficientemente cabal y fundamentada de los casos como los de Ángel.

La situación no estaba como para generar un escándalo masivo ni mundial, pero sí para llamar la atención de algunos buenos observadores, quienes no podían dejar pasar por alto ciertos hechos ni buscar su interconexión. Para la mayoría de las personas en el mundo, mientras ninguno de sus familiares fuese atacado por aquel síndrome frontal, una nota de ese tipo no despertaba la menor curiosidad.

Casi siempre eran los mismos síntomas y también casi siempre los tumores reaparecían en los cerebros por más que los aspiraran y operaran los cirujanos. En todos los casos, los tumores jamás fueron malignos, no mataban, no eran cancerígenos, no destruían tejidos vecinos en el sistema nervioso. Tan sólo se alojaban en el cerebro, haciéndose espacio como un nuevo y no tan discreto inquilino. En todos los casos, de igual manera, los pacientes eran menores de los veintitrés años.

El Profesor coincidió plenamente con la pregunta central del articulista: ¿No sería posible idear otro tipo de tratamientos o caminos para atacar aquellos síntomas y aquellos carcinomas? Si los médicos no tenían en lo absoluto las certezas ni las respuestas para aquellos chicos, ¿entonces de quién sería la responsabilidad de enfrentar y atender semejante problemática? ¿Qué nuevo tipo de profesionista de la salud y del cerebro aparecería para explicar y presentar batalla a la enfermedad? ¿Cómo sería ese nuevo tipo de neurocientífico, quien fracturara el dominante y dictatorial paradigma de los médicos alópatas?

En realidad, la presencia de tal cantidad de casos, la renuencia de los tumores a desaparecer pese a las intervenciones y los agudos síntomas de los pacientes, evidenciaban la incapacidad del paradigma médico para comprender el problema. Mientras más casos de niños y jovencitos eran mandados al quirófano o vueltos a operar en las mismas salas, más se ponía en tela de juicio la validez científica del modelo  médico dominante.

Hasta ahora los médicos habían podido reaccionar tan sólo con su tradicional esquema de “arco reflejo”: se presentaba un síntoma, y ellos como reacción automática ordenaban estudios de laboratorio, rayos x, ultrasonidos, etc., operaban o prescribían medicamentos, y eso era todo. A pesar de ello, esta forma ancestral e institucionalizada de proceder, parecía no estar funcionando. O tal vez en el fondo nunca había funcionado, evidenciándose que el gremio médico no estaba actuando, pese a toda una tradición a cuestas y un centenar de instituciones respaldándolos, sobre una base verdaderamente comprensiva ni objetiva de las circunstancias.

Un anciano quien se encontraba en el fondo del establecimiento, al ver que el Profesor no se decidía por ninguna fruta y se entretenía durante tanto tiempo con el periódico, se acercó, escoba en mano.

Atento como siempre, el Profesor guardó con velocidad el papel en su morral y desapareció, antes que el anciano comerciante pudiese terminar alguna frase de reproche por no comprar y espantarle a su clientela.

El Profesor se dirigió al hospital. Esa tarde le tocaba hacer guardia al cuidado de su hermano. Al día siguiente, hacia el medio día, sería operado por segunda vez.

Había decidido contactar en persona al periodista, autor de la nota. Lo buscaría apenas se desocupara del cuidado de su hermano y de sus obligaciones como maestro, de las cuales vivían él y su familia.

2

¿Por cuánto tiempo, en este mundo terrenal, y como niños hemos de llenar nuestro regazo con polvo, piedras y menudencias? ¡Dejemos la niñez y asistamos a la asamblea del hombre!

(IDRIES SHA –El Camino de Sufi)

 

Su defensa siempre consistió en atrincherarse con información  y datos. Ante cualquier problema de la vida, él se dedicaba a leer, a investigar sobre el mismo y a atragantarse de todas las teorías y conceptos  disponibles para entender la problemática, por más vivencial que ésta fuese.

No es que los datos, los libros y las revistas que se aprendía de memoria no fuesen útiles, sino que contribuían a erigir alrededor de su corazón, una inexpugnable fortaleza. La cual por un lado evitaba que lo lastimaran, pero por otro lo anestesiaba de su propio dolor. Le costaba enormidades saber lo que él mismo sentía y lo que pasaba en su interior. Aunque últimamente se daba cuenta que la forma con la que por lo común abordaba las problemáticas de su vida, se volvía cada vez más insuficiente Al igual que el del gremio médico, su paradigma acumulativo de libros y conocimiento para entender cualquier problema o para relacionarse consigo mismo, comenzaba a dar muestras de caducidad.

Aunque fuese a nivel teórico y racional, cuando menos, el Profesor se había dado cuenta que ante todo debía permitirse sentir y descifrar el dialecto de su propio corazón. El problema estribaba precisamente ahora en cómo acceder al lenguaje del espíritu. Ya estaba claro que los libros y conceptos jamás le permitirían resolver sus problemas personales. Que para ello requeriría, por la fuerza, desarrollar otro tipo, desconocido para él, de inteligencia y de habilidades.

Hoy como siempre se encontraba rodeado de libros y documentos en torno a la enfermedad de su hermano.

Hablaron durante un buen rato. El chico se esforzaba por mantener el ánimo. De la cirugía anterior aún quedaban algunos vestigios. Ángel se mostraba a ratos tranquilo, aunque de un momento a otro perdía la calma y volvía a llorar. Le había costado muchos meses de esfuerzos y convalecencia recuperar la movilidad del brazo y la pierna derechas, además de su habla, perdidos tras la última operación. A un año de la primera intervención, luego de someterse a rehabilitación y ejercicios, el chico no deseaba por ningún motivo perder de nuevo las funciones que con tantos esfuerzos había restablecido.

Pero los médicos indicaban que debía hacerse así, el tumor en el cerebro había vuelto; para ellos no quedaba más remedio que volver a operar aunque estuviesen latentes tantos riesgos.

El Profesor le leyó unos versos de Walt Witman, del Canto a Mí Mismo y Ángel se quedó completamente dormido, arrullado por la voz de la Madre Naturaleza, encarnada en la palabra de aquel poeta.

-¿No crees que me vaya a morir, hermano…?

Fue lo último que el hermano más joven alcanzó a pronunciar antes de ser devorado por un sueño vertiginoso.

-Claro que no, estarás bien…

Respondió el Profesor, pretendiendo ocultar sus dudas y desesperación. Pero su pariente más joven ya no le escuchaba, inmerso en el pozo onírico más profundo.

No pudiendo conciliar el sueño, el Profesor se puso de pié.

Reinaba el silencio avasallador en el décimo piso de aquella torre de especialidades médicas. Era el décimo nivel, donde se acumulaban los pacientes neurológicos y todos aquellos a quienes habían hecho o realizarían alguna intervención cerebral.

Escuchó que en otro pasillo del mismo piso se encontraba una muchacha de veintitrés años, internada por la misma razón que Ángel. La chica también esperaba su hora para ser operada. El caso no dejó de llamar su atención, aunado a todo el cúmulo de notas periodísticas sobre el tema en los últimos meses.

El Profesor se puso de pié. Una calma acongojante saturaba el ambiente hospitalario de las camillas, los aparatos respiratorios, los ventiladores, monitores. Sobre todo el aroma a muerte y enfermedad, a fluidos corporales, a sufrimiento y rendición; el olor de la ansiedad y de la espera desilusionada de enfermos y familiares.

De vez en vez se escuchaba la toz rasposa de algún convaleciente, y luego todo volvía al silencio forzado y a la calma lunática. De cualquier manera, los pacientes cerebrales nunca daban demasiada guerra.  Si no se encontraban lo suficientemente sedados como para parecer casi muertos antes de las cirugías, no les quedaban demasiadas de sus fuerzas vitales tras ser intervenidos por los médicos.

El Profesor caminó a lo largo de un prolongado pasillo, cuidándose de no hacer demasiado ruido con sus pasos.

Hace mucho tiempo que practicaba el arte de la discreción. Había aprendido a permanecer silencioso y a no compartir sus pensamientos y opiniones con casi nadie. Debido a sus puntos de vista sobre la educación y sobre el desarrollo de los niños y los jóvenes, había sido mal visto en casi todas las instituciones educativas donde laborara. Vilipendiado, proscrito, despedido, mirado con desconfianza, sufrido acoso debido a sus puntos de vista y sus maneras muy particulares de guiar a sus pupilos.

De tal modo que había preferido desde hace varios años separarse de cualquier institución relacionada con educación, fuese esta privada o pública. Se instaló en una pequeña oficina-consultorio por su propia cuenta, muy cerca del centro de la ciudad. Ubicada en el último nivel de un antiguo edificio. Hasta ella acudían todos los chicos que presentaban dificultades para adaptarse a los sistemas educativos tradicionales, igual que él. Parecía que para aquella clase de alumnos inadaptados, el Profesor representaba el tipo más adecuado de guía. Un marginal, un outsider, a la medida de su clientela.

Aprendió a guiar a los jóvenes con dificultades para asimilar la gramática, el inglés, las matemáticas. No es que dominara una gran cantidad de métodos pedagógicos, o que fuese muy versado en aquellas áreas del conocimiento por las que era consultado. Pero sabía adaptarse a cada alumno, por problemático y difícil que resultase; haciendo que los chicos se sintiesen cómodos en el amplio salón al interior de su oficina, trabajando relajados bajo su dirección. Nunca presionaba a ningún estudiante, por difícil que fuese la naturaleza de su caso. Y de un modo u otro, a veces sin saber con certeza qué había hecho, triunfaba. Logrando que los muchachos superasen sus dificultades y trastornos.

Más que nada, en los últimos años, por propia cuenta se había convertido en un psicólogo práctico y autodidacta, forzado por las circunstancias de sus pupilos-pacientes. Leyó con interés la obra de Freud, Adler, Erickson, Piaget y Vygotsky, con la esperanza de construir una base sólida que guiara su trabajo.

Terminó dándose cuenta de la necesidad no sólo de trabajar directamente con los chicos problemáticos, sino de asesorar a sus padres y brindarles orientación para tratar las enfermedades de sus hijos. Poco a poco fue acumulando un éxito educativo tras otro, llegado el punto en que con las ganancias obtenidas por su trabajo independiente, conseguiría sustentar los gastos de la manutención de su esposa y sus dos pequeñas hijas.

3

El sueño lo fue empujando hasta el pasajero suburbio de la muerte, premonitorias regiones en que vamos haciendo el aprendizaje del gran sueño, pequeños y torpes balbuceos de la tenebrosa aventura definitiva,confusos borradores del inevitable texto  final, con el transitorio infierno de las pesadillas.

(ERNESTO  SÁBATO –Sobre Héroes y Tumbas.)

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Continuó avanzando a lo largo del décimo nivel donde se ubicaba el servicio de neurocirugía del hospital, mirando la noche en la ciudad a través de los ventanales: el palpitar de las luces, los vasos circulatorios de las calles saturados de vehículos, como un paciente con elevadas cantidades de colesterol y coágulos mortíferos en sus arterias. La ciudad era un enfermo crónico en su fase terminal, al punto de ser asesinado por sus propios habitantes y los vehículos de estos.

Desde hace no mucho, parecía que el mundo entero iba a colapsar como consecuencia de la ignominia humana. La sensación inminente del final de una era se respiraba desde hace algunos años. El tiempo de los humanos se sentía aproximarse a su culminación. No eran pocos quienes parecían alegrarse al presentir el inequívoco Armagedón. Las señales aparecían por doquier y ya no podían ocultarse, por más que los grandes intereses de gobiernos y empresas multinacionales  intentasen ocultarlos.

Tampoco era la primera vez que el Profesor se percatara de que alguien los vigilaba e incluso los seguía.

Desde la primera intervención a Ángel, noto la presencia de anónimos individuos en torno al nosocomio, cerca de los pacientes cerebrales y de sus familiares. En especial de los que estaban internados por las mismas razones que su hermano.

Cuando Ángel y el Profesor comenzaron a hacer preguntas y a interrogar al personal médico sobre aquel síndrome y sobre las razones para operarlo, el Profesor noto que diversos vehículos lo seguían desde su oficina o desde el hospital hasta el departamento donde vivía con su familia.

Aparentemente a alguien le molestaban las preguntas y los cuestionamientos.

En esta ocasión volvió detectar a los individuos, apeados en las puertas de los elevadores, de las escaleras y los ingresos de algunos pasillos del servicio de neurocirugía. Uno de aquellos guardianes dormitaba, recargado sobre el marco de una entrada. Sus ronquidos se escuchaban hasta las escaleras de emergencia. El profesor identificó la insignia en su uniforme de una empresa internacional de seguridad privada. Ya los conocía, pese a la discreción con que pretendían vigilar a los pacientes y espiar a sus familiares, particularmente a los que hacían demasiadas preguntas o cuestionaban los tratamientos y decisiones médicas, como ellos.

¿Quién financiaría la vigilancia y los sueldos de aquellos guardianes? ¿Qué intereses protegían, hasta llegar al extremo de seguirlos a sus casas y empleos? ¿Qué es lo que estaba verdaderamente en juego detrás de esta enfermedad?

Escuchó una música discreta y agradable provenir desde el fondo del último pasillo. De la oscuridad emanaron los familiares acordes del álbum: Catch the Fire de Bob Marley; luego unas bossa novas de Carlos Jobim; más tarde, algo del Kind of Blue, de Miles Davis; posteriormente, un poco de la melancólica guitarra cubana de Silvio Rodríguez. Alguien programaba a capricho las entrañables melodías en su teléfono móvil y luego las interrumpía con violencia, para dejar escuchar otras nuevas en tan sólo unos instantes, y de nueva cuenta volverlas a cortar. No había dudas de que tenían buen gusto musical, a pesar de no permitir finalizar ninguna de las piezas. Eran las grabaciones provenientes de un teléfono celular, cuyo volumen había sido adaptado con discreción a la atmósfera nosocomial, con el fin de molestar lo menos posible al resto de los enfermos y a sus familiares, quienes a pesar de todo se esforzaban por descansar a esas horas de la madrugada.

Se desplazó con pasos discretos, casi imperceptibles hacia el lugar de dónde provenía la música, atraído por ella. El último pasillo estaba por completo sumergido en la penumbra. Se internó en él, dejándose devorar por su oscuridad helada.

De pronto se escuchó una voz emanar del mismo lugar en donde se encontraba la fuente musical:

-¡Yo lo conozco a usted, lo he visto antes….!

Era la voz madura de un hombre de edad,  la que se dirigía a él en medio de la nada. Luego, la misma voz insistió:

-¡Sí…! Usted tenía a su hermano internado hace un año, lo recuerdo… Estaban ustedes en el mismo pasillo que mi hija….

El Profesor se aproximo hasta que la escasa luz de una ventila le permitió reconocer la silueta encorvada de un hombre ya encanecido, inclinado al pie de una cama, donde una chica yacía envuelta en la bata blanca de los pacientes, a la espera, igual que Ángel, de su correspondiente cirugía. Era la chica de la que había escuchado hablar a los médicos, hospitalizada para ser operada en las próximas horas por las mismas razones que su hermano.

De tez completamente blanca y rasgos faciales finos, destacó en medio de las sombras una nariz prolongada y puntiaguda, unos ojos enormes y almendrados. Al aproximarse más hacia ella, su cráneo rapado en totalidad reflejó las cicatrices de las rajaduras en su cuero cabelludo al desnudo, como recuerdos de que su cerebro había sido abierto cuando menos en una ocasión más.

-No hable muy alto…. Pueden escucharnos… Están por todos lados y lo registran todo….

Volvió a insistir la voz del padre, llevándose el nervioso y alargado dedo índice a los labios,  instándolo a comunicarse casi en susurros.

-¿Pero quiénes son….? A mi hermano y a mí nos vigilan desde hace un año. Me han seguido hasta mi trabajo y mi casa….

La muchacha jugaba con su teléfono móvil, cambiando sin cesar una melodía a otra de las que traía programadas en la memoria del aparato. Esta vez dejó escuchar la entrañable: Antonia, del grupo de reggae uruguayo, Gondwana. Al parecer, la chica no podía hablar, pero no dejaba de mirar alternativamente a su padre y al Profesor con suma lucidez, ni de programar hermosas melodías. El Profesor supuso que la joven había perdido la voz a consecuencia de las intervenciones cerebrales, y que al contrario de .Ángel, quien recuperara el habla a los dos meses de ser operado, casi sin necesidad de rehabilitación, ésta paciente había corrido con mucho menos suerte.

La voz del padre continuó disertando en la casi oscuridad absoluta:

-A mi me persiguen porque no he cesado de bombardearlos con mi pluma, de llenar todos los diarios y revistas que puedo con mis artículos y reportajes de familiares y pacientes atacados por el mismo mal.

El profesor supo que se trataba del periodista a quien leyera por la tarde en la frutería. Las coincidencias eran demasiadas, diversos eventos en apariencia aislados se encontraban en exceso interconectados. Aunque ignoraba que el Periodista tuviese a un familiar afectado por el mismo tipo de tumores que Ángel. Entonces comprendió el porqué de la cantidad de notas escritas por él en los últimos meses sobre el tema.

El Periodista siguió hablando en la oscuridad en voz baja, sin importarle si el profesor, su propia hija o alguien más lo escuchaba.

-A mí me llevaron ya en una ocasión, hace un año, después de que operaran a Jimena….

Dijo refiriéndose a su hija. Y prosiguió:

-Me tuvieron encerrado en el sótano del hospital durante tres días, me golpearon el estómago y me pusieron electrodos en las bolas…. Cuando me soltaron por fin, me dijeron que si seguía armando escándalo y llamando la atención, en la próxima ocasión me operarían a mí el cerebro para que ya no recordara ni supiera nada… Pero no me han doblegado, por más que han querido amedrentarme, aunque no fueron necesarias sus amenazas ni sus castigos: a nadie parecen importarles estos pacientes de todos modos, a nadie más que a sus familiares.

El Profesor sintió las palmas de sus manos helarse de miedo. Entonces no sólo eran capaces de seguir a la gente y espiarla, sino de torturarla, incluso de operarla clandestinamente para separarle los hemisferios cerebrales.

-¿Pueden operar el cerebro de la gente contra su voluntad?

Pregunto el profesor.

-Claro que pueden. Durante la Guerra Fría, las lobotomías eran prácticas de lo más común en el caso de espías y enemigos políticos, tanto en el lado de los soviéticos como en el de los norteamericanos. Resultaban tratamientos “reeducativos” bastante eficaces. En el caso de los enemigos del bienestar y el “bien común…”

-¿Pero quiénes son…? ¿A quién le pueden importar estos pobres pacientes….?

Volvió a preguntar el Profesor consternado.

-Hay más intereses de los que se imagina….

4

-Yo sé demasiadas cosas, más de lo que puede imaginarse, conozco a muchísima gente en esta ciudad. Por ejemplo, sé perfectamente quién es usted…

El Profesor sintió sus manos y las plantas de sus pies helarse aún más. El Periodista prosiguió en sus cavilaciones interminables. Para nadie resultaría cómodo darse cuenta que un desconocido lo sabía absolutamente todo sobre uno:

-Usted trabajó en la Universidad, sé que ayudo a bastantes muchachos y que sus alumnos le querían, pero decidió abandonar esa institución debido a sus convicciones personales. Cosa muy admirable y rara por estos días. Hoy en día nadie desprecia un puesto vitalicio y prestigioso así como así, a menos que tenga unos cojones bastante grandes. Y al parecer a usted no le faltan. Je je, je… También laboró en varias escuelas privadas, incluso por algún tiempo fue un alto funcionario de la Secretaría de Educación. Digamos que hubo una época en que la luz benefactora del sistema lo acogía. Pero a ciertas personas y a más de alguna autoridad le molestaron sus opiniones radicales sobre educación y sus métodos más bien poco ortodoxos para tratar los casos problemáticos. Cuando decidió inaugurar su oficina y trabajar por su cuenta, en cierto modo yo lo ayudé a lograr su fama y a cultivar parte del éxito que ahora goza entre su clientela privada. En alguna ocasión publiqué una nota que salió en varios periódicos del país sobre sus métodos pedagógicos. No sé si lo recuerda, yo lo llamé por teléfono y usted se negó a concederme siquiera una entrevista. De cualquier manera, pese a su renuencia, me decidí a escribir sobre la probada efectividad de sus métodos y lo contentos que estaban los padres de familia con sus resultados. Yo lo entendía bien, lo habían acosado mucho en varias instituciones, lo habían vilipendiado y perseguido demasiado. Usted no quería saber nada de nadie, más que dedicarse a sus alumnos y su familia. Así es que de todos modos saqué la nota, y ésta causó mucho más revuelo del que yo esperaba…

El Profesor recordó la nota que hace algunos años apareciera, alabando su trabajo. Nunca se detuvo a pensar que se trataba del mismo Periodista, ni en ese entonces prestó demasiada atención a los periódicos.

-¿Entonces quiénes son ellos…?

Lanzó una ahogada oración, cada vez más fuera de sí, el Profesor.

-Son demasiados intereses, es un rompecabezas muy complicado: es muy  difícil saber por dónde comenzar. En primer lugar está el gremio de los médicos de todo el mundo, no creo que les convenga que se sepa acerca de la inutilidad de sus métodos ante estos tumores. ¿Qué pasaría si la gente dejara de creer fehacientemente, como hasta ahora lo hacen las mayorías, en ellos? ¿Y si se supiera que el fenómeno de la salud y la enfermedad, pese a los avances médicos, continúa siendo un misterio? ¿Que en realidad nadie sabe a ciencia cierta porqué surge la enfermedad, porqué una persona joven muere de repente, o porqué se cura un desahuciado sin un motivo claro? Quizá entonces cobraríamos conciencia de que todos poseemos la facultad de curarnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. ¿Imagine qué harían entonces los médicos si se supiese su engaño? Por otro lado están sus colegas, Profesor: los maestros, los profesores, los docentes. A la Universidad y a la Secretaría de Educación nunca les ha gustado reconocer que sus programas y profesionistas no sirven para nada. Aunque esto es ya un secreto a voces, bastante bien sabido. Que se dedican a todo, menos a formar a sus estudiantes. Que lo que hacen no le sirve en el fondo a nadie. El que tantos muchachitos enfermen, sufran trastornos y depresiones, también pone en evidencia el hecho de que la educación, tal como la conocemos hoy en día, no está ayudando a los jóvenes a ser felices ni a mejorar sus vidas. ¡Imagínese!,  estamos hablando de importantes instituciones implicadas, las cuales  deciden hasta cierto punto el rumbo del sistema económico y social, mismas que supuestamente existen para buscar el bienestar de los hombres: el gremio médico, el magisterio y la Universidad. Todas ellas queriendo encubrir sus siniestras intenciones: su persecución incesante de poder, su mediocridad, las impensables cantidades de presupuesto que manejan y el pelear hasta la muerte, siempre por obtener más. Contribuyendo intencionalmente a que generaciones enteras de muchachos se vuelvan desdichados, enfermos de la mente y el cuerpo y, sobre todo, sin sueños. Pero aún hay más, mucho, muchísimo más… Son numerosos, mi estimado Profesor, aquellos a quienes no conviene por nada del mundo que cambien las cosas. Están las iglesias, las sectas, los líderes carismáticos, quienes cuidan celosamente las hipnotizadas mentes de sus rebaños y sus obesas cuentas bancarias. También a ellos les preocupa la posibilidad de perder unos privilegios que consideran suyos por decreto divino…. Y los gobiernos de todo el mundo, los intereses económicos trasnacionales, los dineros de las empresas multinacionales… ¿Qué pasaría si todo el sistema colapsara de pronto, tal como parece que ocurrirá en no mucho tiempo? Imagine un mundo en donde la mayoría de la gente se pueda curar a sí misma y a sus familiares, en donde no necesiten más de las escuelas para educarse, sino que cada quien aprenda por sí mismo lo que quiera o sólo lo que le sirva. Un mundo en donde las personas no necesitaran comprar compulsivamente nada innecesario, pues serían capaces de auto gobernarse. En donde no requiriesen de la intermediación de nadie que les administrase a sus dioses. Entonces quizá, la mayor parte de los hombres de este mundo aspirarían sin dudarlo, a convertirse en dioses, en hombres-dioses. Como predijeron la mayor parte de las religiones y los místicos de todos los tiempos. Estaríamos hablando, Profesor, del fin de las iglesias, las escuelas, los hospitales, los gobiernos, de los obispos, los rectores, los papas, los científicos, los médicos. ¡La anarquía absoluta….! Y eso, Profesor, no les conviene a quienes detentan el poder y lo quieren conservar a como dé lugar.

El discurso del Periodista parecía a ratos delirante, pero había algo que inevitablemente iba enganchando al Profesor. Se veía que el hombre había dedicado demasiadas noches en vela a relacionar y entretejer datos, hasta crear toda una teoría conspiratoria.

-¿Pero cómo pueden hacer peligrar los intereses de tantas instituciones tan sólo un puñado de muchachos enfermos…? ¿A quién pueden hacer daño?

El Periodista hizo una pausa, extrajo de la bolsa interior de su saco viejo de lino una anforita repleta de whisky y dio un par de tragos para aclararse la garganta. Luego prosiguió:

-Seguramente ha leído usted, Profesor, el libro llamado El Tercer Ojo, escrito por Lobsan Rampa. Fue un éxito en los años cincuenta y sesenta del siglo veinte. Aunque ya pocos lo recuerdan.

-¡Ah, el mercachifles que se decía monje tibetano…!

-No sea tan duro en sus juicios profesor. Rampa fue un incomprendido, al igual que usted.

-Pero si ese farsante en realidad era un ciudadano inglés común y corriente, hijo de un fontanero. Incluso huyó del Reino Unido hacia Canadá para evadir impuestos.

-Eso es cierto, bueno… Aún así, siempre hay algo de verdad en la literatura esotérica de divulgación. Más de lo que uno cree. Le repito, no sea tan duro con los marginales y los incomprendidos como usted. Debería ser capaz de entenderlos después de todo lo que ha vivido…

Se interrumpió, jugando intencionadamente con los silencios. Y luego dio dos tragos más a su ánfora, antes de proseguir. Se apreciaba en el Periodista una inteligencia poderosa y una capacidad sin límites para relacionar detalles e informaciones provenientes de diversos campos del conocimiento. Amén de un gusto sin par por la bebida.

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Lobsan, hemos oído hablar mucho de ti, de tus facultades innatas, de tus posibilidades y de tu porvenir. En realidad, somos nosotros quienes investigamos el Registro de Probabilidades para saber qué puede suceder en tu caso. Ahora bien, ¿estás dispuesto a someterte a una prueba para que podamos determinar el alcance de tus facultades?Queremos llevarte a dar un paseo por el mundo astral,  y por el que está debajo del astral.

(LOBSAN RAMPA –El Manto Amarillo)

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-Lobsan Rampa describe en varios de sus libros cómo, cuando era niño, le realizaron una intervención cerebral en el Tíbet. Si recuerda, los monjes le insertaron justo en la frente, la astilla de un árbol especial. A partir de entonces, Rampa comenzó a desarrollar poderes como la clarividencia, la telepatía, entender el lenguaje de los animales y curar a los otros.

-¿Qué tienen que ver esos cuentos delirantes con la enfermedad de los muchachos?

-Tranquilo Profesor, le repito que debe ser paciente con los autores esotéricos. En cierto modo, el caso del pequeño monje tibetano es parte de algo mucho más grande. Desde la antigüedad hubo innumerables casos como el de su hermano y mi hija Jimena. En diversas culturas ancestrales, cuando un chico presentaba los síntomas de nuestros familiares: delirios, depresiones, escuchar voces, hablar con espíritus y seres de otros mundos, experimentar ser poseídos por ellos, etc., eran elegidos por su pueblo. Se les consideraba llamados por los dioses y de ningún modo enfermos cerebrales como hoy en día. Normalmente el chamán o el sumo sacerdote de su comunidad los mandaba llamar. En lugar de pretender curarlos de sus síntomas o quitárselos, les enseñaban a canalizar su poder, a hablar con los muertos, a ingresar en el mundo de los espíritus, a ver más allá y a curar. Sin embargo, hoy en día hemos perdido el contacto con esas tradiciones, no hay nadie que pueda dedicarse a guiar y preparar a estos muchachos. O nadie a quien conozcamos. En lugar de eso, los médicos les abren sus cerebros y tratan de luchar contra las cualidades que los hacen únicos. Esas facultades que en otros tiempos se conocían como poderes espirituales, ahora se consideran locura y enfermedad cerebral.

Se lamentó el Periodista.

-¿Me está diciendo que los muchachos quienes sufren tumores en el cerebro son unas especies de elegidos o avatares?

-No todos. Sólo algunos, como mi hija y su hermano. Y algunos otros casos que he estudiado con sumo detalle. Desde hace algunos años están apareciendo en todo el mundo, y los grupos de poder se esfuerzan por desaparecerlos u operarlos. Si se fija, siempre la inteligencia de estos pacientes era sobresaliente, hasta antes de ser operados, además, junto con sus crisis y sus depresiones, también había en ellos ciertas facultades espirituales bastante raras. El poder de estos chicos radica en su frente, en el tumor que los médicos se esfuerzan por extraerles. En el antiguo Oriente, se creía que en éste lugar del cerebro crecía una glándula, a la que los médicos ancestrales denominaron: El Tercer Ojo. Sin lugar a dudas, algunos de estos chicos quienes desarrollan semejantes tumores, en realidad están o estaban  desarrollando una glándula milenaria que les permitiría sobre-desarrollar su mente.

El Profesor recordó que cuando eran niños, el pequeño Ángel era capaz de apagar o encender la luz de una bombilla eléctrica a voluntad, tan sólo colocándose debajo del foco, cerrando los ojos y concentrándose. Muchas veces después de casarse e irse de la casa de sus padres, el Profesor tuvo la certeza de que su hermano sabía comunicarse con él de un modo desconocido y hacerle saber que lo necesitaba o que hacía falta que lo visitara. Recordó una ocasión en que dormido, soñó que Ángel le decía en sueños que siempre, a lo largo de la eternidad, iba a estar cuidándolo, aunque estuviesen separados o no pudiesen estar juntos. Doce años menor que él, Ángel siempre fue demasiado unido al Profesor. “¿Quién diablos eres Ángel: un ángel?” “No, soy un buen demonio…” Respondió riéndose el hermano menor cuando el Profesor le relatara el sueño, confirmando que la mente singular del hermano joven tenía bastante que ver en el origen del sueño.

No pudo evitar traer a la memoria una ocasión en que Ángel, siendo aún un jovencito de dieciséis años, pudo comunicarse con su abuela muerta, la cual, por diversos problemas familiares con sus hijas, se negaba a abandonar este mundo luego de haber fallecido, víctima de la diabetes. El joven Ángel pudo entablar comunicación con ella, haciendo de especie de médium, descifrar lo que la abuela quería comunicar a sus familiares y luego permitirle marcharse. El Profesor, aunque ya había finalizado su licenciatura en educación en ese entonces y era todo un espíritu racional y cientificista, incapaz de creer en espíritus, jamás pudo negar del todo, ni convencerse por completo de que Ángel no había hablado con la abuela. Siempre estuvo presente ese evento, aunque casi nadie volvió a hablar de ello en la familia.

Cayó en la cuenta de que en los últimos tiempos, antes de que los síntomas neurológicos fuesen tan llamativos e insoportables, Ángel se había involucrado en sesiones espiritistas con otros chicos parecidos a él, leyéndose la guija y hablando supuestamente con seres de otros mundos.

-Si está tan seguro que su hija es una psíquica o alguien con una mente especial, ¿Por qué permitió que la operaran? Es más, ¿Por qué está aquí con ella, esperando que la intervengan de nuevo como si nada? ¿Si está tan convencido de su teoría del Tercer Ojo, porqué no se marchan de inmediato a buscar un guía espiritual, un chamán o alguien con poderes mentales que la pueda ayudar a curarse y canalizar sus síntomas?

-En mi caso es demasiado tarde, Profesor, me tienen bastante acorralado. Ya intentamos huir en varias ocasiones. De hecho fuimos traídos aquí a la fuerza. Usted debe marcharse con su hermano, ahora que puede, si es que aún puede. Como se dará cuenta, los vigilantes están por todo el hospital. A quien los financia le preocupa que toda esta información salga a la luz. Si estos jóvenes como Jimena y su hermano Ángel no son operados de inmediato y en cambio logran desarrollar sus poderes, se convertirán en unos años en los futuros líderes espirituales que tanto requiere la humanidad. Pero eso, le repito, significaría el colapso de todo el sistema y del mundo tal como lo conocemos. Estos jóvenes líderes tendrían la posibilidad de trastocar todo el sistema y a quienes lo gobiernan, despertando la conciencia de la gente. Quienes actualmente lideran el sistema económico y social, perderían toda credibilidad, pues la gente se daría cuenta que nadie puede controlarla y que en el fondo siempre ha sido libre. Yo he preparado ya una serie de datos, reportes e informes que a su debido momento, dentro de seis meses, saldrán a la luz y mostrarán toda la verdad. Publicados al mismo tiempo en varios medios impresos y electrónicos de todo el mundo por amigos míos. Profesor, también existe mucha gente que nos ha estado ayudando desde hace tiempo. Hay muchas más personas en otros lugares del planeta tratando de proteger a sus propios hijos y buscando crear lazos con otros que no estén tan dormidos…

El Profesor experimentó una enorme confusión. Jimena lo miraba con unos ojos inmensos y profundos, como confirmándole que todo lo que decía el delirante y ebrio escritor era cierto. Al contemplarla, admiró en su rostro una frente enorme y amplia por encima de los ojos, signo inequívoco de una inteligencia sobresaliente. Esa frente era similar a la de su hermano más joven. Ahí es donde los médicos pretendían atacar.

Se sintió tan turbado que de pronto quiso finalizar esa conversación. Lo mareaba la cantidad de información que le soltaba el Periodista, la mirada enigmática de Jimena, el vértigo que le proporcionaba la altura a la que se encontraban en el décimo piso. El aliento alcoholizado del escritor.

-Llévese a su hermano y lleven también a Jimena con ustedes. Yo los distraeré todo lo que pueda. Tome a su familia y huya con ellos…

-¿Pero a dónde podríamos escapar? Saben dónde vivo, dónde trabajo. Me siguen también desde hace meses… No tengo automóvil. Nos detendrían antes que pudiéramos salir de la ciudad. Estaría en peligro toda mi familia.

-En las oficinas del periódico donde trabajo tengo una camioneta último modelo con placas a nombre de una íntima amiga mía que ya no vive en el país. Tiene vidrios polarizados. Si se lleva a Ángel, a Jimena y a su familia, estoy seguro que podrían escapar en ella. Huyan cuanto antes, las oficinas del periódico están cerca. El velador es amigo mío de toda la vida, me debe bastantes favores. Si le dice que va de mi parte, les abrirá de inmediato la puerta del estacionamiento para extraer el vehículo.

-No sé…

-Como a unas quince horas de aquí, cerca de la Frontera Sur del país, existe una playa casi virgen, a la que muy pocos fuereños van, llamada San Panchito. Nadie sabe que tengo una casa ahí, también a nombre de mi amiga. Cerca de la playa, vive un anciano de raza negra, descendiente de esclavos africanos. Es amigo de mi familia desde hace mucho tiempo. Tiene más de ochenta años, se llama Moduku. Él es un hougan: un brujo poderosísimo de la religión vudú. Moduku sabrá cómo guiar a Jimena y a Ángel. Esa es una misión que yo ya no puedo realizar en esta vida. Usted es joven aún, y los chicos lo son más. Usted tiene la visión, las agallas. Por algo fue capaz de renunciar a la Universidad y a la Secretaría de Educación, a cambio de vivir y trabajar por su propia cuenta. Piense que sin saberlo, por alguna razón,  vino a dar a este pasillo donde nos encontrábamos nosotros, condenados a que operaran a Jimena sin remedio.

-No lo sé, no sé si pueda…

-¡Claro que puede! Usted ha enfrentado ya a muchos obispos de la educación y a su manera los ha vencido. Dándoles una cachetada con guante blanco y demostrándoles que podía sobrevivir por su propia cuenta, fuera del sistema. Por eso lo temen y no se han atrevido a meterse directamente con usted. Saben muy bien que no lo pueden corromper. Usted es el indicado. En la casa de San Panchito encontrarán víveres para que su familia y los chicos sobrevivan durante un buen tiempo. También pueden pescar y usted podrá enseñar a los hijos de los campesinos y los pescadores. Ahí hay  muchos niños que  necesitan sus servicios.

El Profesor no pudo seguir ya el discurso interminable del Periodista. Se sentía agotado y sin fuerza alguna. Miró una vez más a Jimena, se puso de pié y se alejó hacia la oscuridad del pasillo por donde había llegado.

-¡Decídase profesor, no lo piense más…! Aquí estaremos, ya sólo tenemos hasta que amanezca. ¡Aprovechemos la noche…!

El Profesor regreso a la cama donde descansaba su hermano. Algo en su interior le gritaba, una voz muy poderosa, no la de su intelecto ni la de su mente, como siempre lo fue: la vieja  y obsesiva razón, calculadora y acumuladora de datos y conceptos.

Sintió cada vez más con suma claridad la voz de su corazón, el impulso de su centro emocional hablarle por primera vez con una certeza incuestionable. En su interior supo con absoluta certidumbre que no debía permitir por ningún motivo que operaran a su hermano, ni a Jimena.

6

Las luces de las escaleras de emergencia se encontraban apagadas. Tuvieron que descender, guiados por las insipientes linternas de sus teléfonos celulares.

A pesar de que Jimena no podía hablar, los pies de la joven conservaban una extraordinaria habilidad para descender a gran velocidad por los escalones sin tropezar. La chica había sido bailarina de ballet clásico. Más torpe, consecuencia de su primera cirugía, principalmente en su pié derecho aún algo paralizado, Ángel seguía a la muchacha, cuidando de no tropezar con ningún obstáculo en la oscuridad. Tras de ellos iba el Profesor, descendiendo despacio, con sumo nerviosismo y desconfianza. Al llegar al sexto piso, escucharon la voz del viejo Periodista desde arriba, más ebrio que en ningún momento:

-No se preocupen, yo los voy a distraer. ¡Te amo mi reina, vas a estar muy bien con ellos….!

Gritó por última vez a Jimena.

Unas lágrimas se dibujaron en los ojos almendrados de la muchacha. Ángel choco sin querer contra ella en medio de la penumbra. Sin saber porqué, los dos jóvenes se tomaron de las manos.

No tardaron en escucharse más voces de otros hombres precipitándose en los pisos superiores. Los chicos y el Profesor descendieron todo lo rápido que pudieron hasta el estacionamiento subterráneo del hospital, evitando ser detectados. No se percataron ya cuando se oyeron los gritos de un hombre viejo, aporreado. Ni su cuerpo pataleando, castigado por puños y botas impías, suplicante; siendo arrastrado hacia la azotea del hospital para ser arrojado desde las alturas hacia la boca profunda de la noche.

7

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Pasamos así  al enunciado más amplio posible de la famosa generalización de Korzybski: “el mapa no es el territorio”. Viendo las cosas con la vasta perspectiva  que ahora tenemos, el mapa es para nosotros una suerte de efecto que suma diferencias, que organiza noticias sobre las diferencias en el “territorio”. El mapa de Korzybski es una metáfora conveniente y ha sido útil a mucha gente, pero reducida a su más extrema simplicidad, su generalización afirma que el efecto es la causa.

 (GREGORY BATESON –Espíritu y Naturaleza)

 

Ninguno de los vigilantes ni los médicos pareció descubrir la fuga de los dos pacientes ni la ausencia del Profesor. En sus camas habían dejado algunas almohadas y sábanas enrolladas, disimulando sus dos cuerpos durmientes en las respectivas camas del nosocomio.  Hasta las siete de la mañana sería la primera visita matutina por parte de enfermeras y médicos de turno. Antes de esa hora nadie se percataría de su desaparición.

Una puerta de servicio que por buena suerte no estaba cerrada con llave, les permitió salir a la calle, en la parte del hospital donde se recogía y reciclaba la basura. Se dirigieron hacia la esquina, en donde sus tres corazones casi se detienen de miedo. Los chicos continuaban cogidos de la mano, como si desde siempre hubiese estado destinado el uno para el otro. En la acera de enfrente, uno de los guardias de seguridad fumaba un cigarrillo, mirando hacia otra dirección. En cuanto volteó el rostro hacia donde se encontraban, el hombre los descubrió, pero pareció no interesarse en su presencia.

-¿Ha visto un taxi…?

Le preguntó el Profesor con la voz ahogada, fingiendo que ignoraba quién era el sujeto.

-Es que ella tiene un ataque de apendicitis –exclamó exangüe, refiriéndose a Jimena-, y no hay camas para hospitalizarla en este hospital, tenemos que buscar cuanto antes otro lugar donde la puedan atender.

El hombre levantó el brazo y extendió la mano, indicando el final de la calle. Como por un milagro, en ese momento iba pasando un taxi, desocupado y en servicio. El guardia nunca dijo nada, ni hizo un solo gesto, cuando los tres personajes abordaron el vehículo y desaparecieron en medio de la madrugada. Eran las cuatro de la mañana.

Todo fue como una ensoñación vertiginosa, lo más lejana a la realidad, cuando el velador del periódico les entregó las llaves de la camioneta y les permitió salir del estacionamiento. Ir lo más rápido posible hasta su departamento, despertar a la esposa y las dos niñas del Profesor. Recoger apenas unas cuantas cosas y abordar la camioneta junto con dos perros adoptados y un gato callejero a quienes por nada del mundo abandonarían. Los cuales eran miembros insustituibles de la familia. Así como retirar velozmente de un cajero automático el poco de dinero que tenía ahorrado.

Diana, su esposa, y las niñas, no pudieron entender nada al inicio, espantadas ante la premura y el nerviosismo del Profesor. Luego, ante la presencia de Ángel y Jimena, quienes les esperaban en el vehículo, listos para partir.

Las circunstancias se irían aclarando positivamente para todos a lo largo de las siguientes horas y días.

8

A las doce de la tarde del día siguiente se encontraban ya bastante lejos de la ciudad.

No detectaron nunca la presencia de ningún guardia de seguridad observándolos, ni a ningún vehículo siguiéndolos.  Contrariamente, la autopista que iba hacia la capital y de ahí hacia el sur del país estaba casi vacía. Una crisis del petróleo anunciada meses atrás había estallado a la media noche, mientras ellos huían. Repentinamente los precios del combustible se dispararon, resultando imposible llenar los tanques de los vehículos. Una economía basada durante décadas en el automóvil había colapsado en tan sólo unas horas, aunque hubo muchas señales previas en los últimos meses a las que nadie quiso prestar oídos. En un parpadeo, los automovilistas, quienes habían invertido grandes cantidades de dinero en sus vehículos, a veces fortunas completas, ya no podían desplazarlos, pues en cosa de unas cuantas horas resultaba inútil el tratar de conseguir alguna gota de gasolina.

Probablemente, previendo que tal cosa llegaría a ocurrir, el periodista había mandado instalar doble tanque de combustible a la camioneta. Amén de tres galones bastante amplios que contaban con sus buenas reservas de gasolina. El Profesor calculaba que con estas alcanzarían a llegar hasta la Frontera Sur.

No desayunaron sino hasta la una de la tarde, en la cafetería de una solitaria carretera, cuando el profesor sintió que estaban ya suficientemente alejados de la ciudad. Las autopistas parecían desiertos. Era muy raro ver un vehículo, la mayor parte de la gente había sido obligada a permanecer en sus hogares, o no  podían regresar a ellos si habían estado más de veinticuatro horas fuera de sus casas y ya no contaban con combustible en sus medios de transporte. Algunos habían vuelto a emplear sus piernas y retornaron a pie en busca de sus confundidos familiares, abandonando sus coches. Otros, quienes contaban con ellos, retomaron sus bicicletas y patines para intentar reconstruir su vida cotidiana y adaptarse a un nuevo tipo de mundo sin automóviles. El caos y el horror cundían entre aquellos a quienes nunca preocupo desarrollar su espíritu y su visión profunda de las cosas, ni comprender jamás las señales de los tiempos. Como nunca, se demostraba la inutilidad absoluta del ser humano de hoy sin sus automóviles.

Mientras comían, el Profesor miró alternativamente a su esposa Diana, a sus dos niñas de cuatro y dos años, a su hermano Ángel y a Jimena, agradeciendo que no los hubiesen operado ni que nada hubiese ocurrido a su familia. Los dos jóvenes se volvían crecientemente cercanos entre ellos, hasta el punto de parecer demasiado pronto novios o amantes entrañables desde  toda la vida.

Al observar de nueva cuenta a sus dos pequeñas hijas, inquirió en algo de lo que jamás se había percatado cabalmente, aunque lo sospechaba: la más joven, María Fernanda, tenía una prominente y hermosa frente, y la misma mirada a veces enigmática de su hermano y la hija del periodista. De repente, presintió que su hija más pequeña era también parte de aquellos muchachos del Tercer Ojo.

Como confirmando sus pensamientos y conjeturas, María Fernanda se quedó mirando a su papá, aunque aún era muy chiquita, mientras humedecía un pedazo de pan en una taza de café con leche tibia y se lo llevaba  gustosa a la boca.

9

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Así, por temor a la muerte, en el plano astral construí un cuerpo, y mi cuerpo tenía el vacío de la verdad. Con la verdad no temo a la muerte…

 (LOBSAN RAMPA –El Camino de la Vida)

 

Había que estar muy atento para no dejarse absorber, para no ser tragado ni sugestionado por la fuerza espiritual del rito. Tan sólo un descuido, y se podía terminar engullido por la vorágine de la celebración, o poseído por alguna deidad oportunista y rastrera. Por eso debían purificarse antes de acercarse o pensar si quiera en participar de la ceremonia. Confesarse, limpiar los pecados, pacificarse consigo mismos, quizá arrepentirse y pedir perdón, también enmendarse a la benevolencia de las divinidades supremas.

Pero esto ahora era la playa y el mar, y de ningún modo la ciudad. En el mar, el hombre tenía muchas más posibilidades de echar raíces y convertirse en un verdadero hombre y en un árbol fortalecido. No todas las personas estaban destinadas a volverse árboles, la mayoría no dejarían de ser unas simples castañas o diminutos arbustos al final de sus breves existencias, destinados a culminar como abono para el porvenir de la tierra y alimento de la Luna. Desde la antigüedad se creía que la Luna se alimentaba de la energía emanada del Planeta Tierra.

A las tres de la mañana sería la ceremonia maestra. Moduku ya tenía ochenta y cinco años, después de la celebración se convertiría finalmente en el sumo sacerdote de la región, en el cuidador y procurador de bienestar de su pueblo. A su cargo quedarían centenares de almas huérfanas, necesitadas hoy más que nunca de su guía y su sabiduría.

Lo que más impresionó al Profesor, no fue la cantidad de personas provenientes de los pueblos costeros de los alrededores ni de lejanas comunidades de la Sierra, venidos expresamente para acompañar a Moduku en su iniciación final: cientos de individuos de raza negra, indígenas de origen maya, mixteco y zapoteco, campesinos mestizos, pescadores de todas las religiones. Todos aquellos quienes no apreciaban contradicción entre pertenecer a alguna iglesia católica o cristiana, y al mismo tiempo encomendarse a las deidades del vudú y a la protección inconmensurable del viejo Moduku.

Lo que más lo admiró, fue la indiscutible humildad del anciano brujo. Hasta los setenta y nueve años no fue más que un simple criador de chivos y borregos, a veces pescador, cuando había la oportunidad, y otras veces agricultor, cuando era necesario arrimar el alimento a su familia. Porque Moduku aún era proveedor y cabeza de familia, a pesar de su avanzada edad y su pobreza aparente. Tenía una mujer, su tercera esposa en esta vida, y aún trabajaba para mantenerla y por encima de sus ochenta y cinco años, toda vía entablaba vida sexual con ella. De hecho la mujer, una mulata de amplias caderas y generosos pechos, de unos treinta y ocho años que de adolescente había sido exorcizada por él, en estos momentos estaba en cinta. Fecundada hacía poco por la simiente aún activa del brujo.

En la hermética ceremonia, al interior de una cueva en una montaña, participarían Ángel y Jimena, aleccionados durante semanas y guiados por las palabras tranquilas y pausadas de Moduku.

El Profesor y su familia tomarían parte exclusivamente como espectadores.

Durante días el anciano les había hablado de la glándula ubicada en su frente y de su futura misión como guías del futuro de los hombres. En muchas partes del mundo, dispersos, en estos momentos se encontraban otros muchachos con las mismas características que ellos. Probablemente asesorados por algunos buenos monjes, druidas, magos y místicos de diversos orbes. También asumirían ellos en la medida de lo posible su papel espiritual cuando llegase su tiempo.

Una vez desarrolladas a su máxima capacidad, señalaba el anciano, sus respectivas glándulas cerebrales comenzarían a alumbrar y despedir una luz propia poderosísima, la cual sería incluso apreciada por aquellos quienes no estuviesen espiritualmente preparados. A partir de entonces sus poderes interiores y su carisma personal se encontrarían en su máximo esplendor.

Según Moduku, en breve tiempo, entrado el año 2012, habría una noche especial en que la luna y el posicionamiento los planetas se encontrarían en un punto especial. Esa noche las glándulas y los Tercer Ojos de los muchachos brillarían como nunca en toda la Tierra, como un sol tan poderoso y cálido, capaz de alumbrar por un instante el universo entero. Susceptible de tocar los corazones y acoger a todos los seres y almas del universo. Entonces sería el anuncio del inicio de una nueva era para los hombres y para el mundo.

A las tres y media de la mañana el rito llegó a su clímax y luego a su término. Moduku alzó los brazos, bendiciendo a sus miles de seguidores, transmitiendo las buenas intenciones que había recibido unos minutos antes en la ceremonia secreta. Con la anuencia de todos los ancianos venerables, hombres de conocimiento y brujos indígenas de los puntos más lejanos, quienes lo habían acompañado.

La gente se apretujó ante las faldas del montículo donde se ubicaba la cueva ceremonial, de donde había resurgido Moduku para saludar a sus adeptos.

Una atmósfera de alegría y festividad prosiguió el rito vudú, al que casi nadie tuvo acceso, más que los brujos y algunos de los muchachos del Tercer Ojo, incluidos Ángel y Jimena.

El ambiente cambió por completo, de la tensión y el respeto ante el rito afroamericano, a la algarabía y la embriaguez de una fiesta de pueblo: plena de bailes, risas y comida.

El Profesor se retiró  a descansar con su familia a la cabaña que Moduku les asignara cuando llegaron, hacia siete meses.  Los siguieron su hermano y Jimena, quienes dormían compartiendo la misma habitación cerca de ellos. Desde que se conocieron se habían hecho novios y amantes.

Todavía escuchaban las voces de la gente gritoneando y riéndose cuando cerraron desde dentro la puerta de su casa para acostarse. Por un instante, en la oscuridad y con la escasa luz  proveniente de unas velas, el profesor admiró algo que lo sorprendió: un diminuto hilo de luz se anunciaba discreto, como un pequeño reflejo casi imperceptible en las frentes de su hermano y Jimena. No dijo nada. Había vivido demasiadas cosas en una sola noche. No quería dar más vueltas a su cabeza ante tantas impresiones desconcertantes en el último año. A la mañana siguiente tendría que levantarse para trabajar como profesor de la comunidad. Designado sencillamente por la autoridad natural de Moduku, sin la anuencia de ningún funcionario de educación, ni ningún director, ni rector de nada.

Hacía meses que diversas instituciones públicas y privadas comenzaran a colapsar sucesivamente, una detrás de otra. Anunciando su bancarrota y cerrando sus puertas en definitiva. Primero los hospitales, que no pudieron darse abasto ante las epidemias que cundían, especialmente en las ciudades y debido a la falta de medicamentos. Las empresas internacionales de fármacos, entre otras, habían dado ya sus últimas bocanadas. La gente había tenido que aprender a curarse sola, o a re aprender a hacerlo, como sus ancestros de otros tiempos inmemoriales. Muchos habían muerto en el intento y probablemente lo seguirían haciendo. Otros, no los más fuertes, sino los más sabios y sensibles, eran quienes sobrevivirían. El gremio médico no tardo en perder toda su credibilidad.

Luego las escuelas, a donde dejaron de asistir los jóvenes por iniciativa propia, desilusionados y plenamente conscientes de su inutilidad en los tiempos actuales. La gente volvía a andar en bicicleta, a usar sus piernas para caminar y correr, a montar en caballos, asnos y mulas. A transportarse en pequeños carros tirados por perros. El pavimento y concreto de las calles de las grandes capitales fue levantado para sembrar de nueva cuenta las tierras y los parques. Pues sus habitantes debían procurarse alimentos antes de los inviernos. Los hombres colaboraban unos con otros para lograr sobrevivir.

Al acostarse junto a su esposa Diana, el Profesor sintió la urgencia en su entrepierna de estar con ella. En la misma cama, aún dormía con ellos María Fernanda. Quien por cierto descansaba plácidamente en esos momentos, hundida en el más acogedor sueño.

Acarició a su mujer y a su niña, al lado suyo. De pronto, el profesor no dejó de asombrarse una vez más por lo que sus ojos veían. Ya no hacía demasiado caso a su fría y añeja razón cientificista. De la penumbra de las sábanas, antes que lograra hacer el amor con su esposa, surgió un tímido hilillo de luz por encima de las cejas de su pequeña.

El Profesor acarició su cabecita y le beso la frente. Cuidó de cubrirla con una sábana para enfrentar el frío de las madrugadas tropicales, y luego se precipitó a besar y acariciar por debajo de la bata el cuerpo anhelante de su esposa.

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