GIGANTOPITECUS: Las Crónicas de un Monstruo

Imagen

 

Por: Adán de Abajo

 

ÍNDICE:

1.     Primera Parte: Las Crónicas de un Monstruo

2.     Segunda Parte: El Monasterio en el Monte Athos y el Arca de Noé

3.     Tercera Parte: El verdadero Diluvio Universal

 

ando a los habitantes de las comarcas cercanas en paz. Dedicándonos a cuidar a nuestras cabras, asnos, y algunos perros que se venían a vivir con nosotros. De cualquier manera se nos había dado una fuerte lección de vida, al perder a varios de nuestros hermanos en los violentos encontronazos.

De un modo u otro nos convertimos en un importante contrapeso contra la crueldad del

1. Primera Parte:

Las Crónicas de un Monstruo

 

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas… -¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros. Pero un día, el Gigante regresó…

(OSCAR WILDE –El Gigante Egoísta)

 

 El hombre que tiene menos necesidades es el más evolucionado. Y el que ha recorrido el mundo en avión o en auto, es, sin duda, menos sabio que el que lo ha hecho a pie.

 (LOUIS CHARPENTIER –Los Gigantes y su Origen)

 

 ¡Olvida la muerte, piensa en la vida! El que cuida al de junto debe ser hombre seguro. Se cuida solo quien va adelante, pero protege a su compañero.Y por generaciones perdurará su nombre.

 (EPOPEYA DE GILGAMESH -Tablilla IV)

 

                                               A mis Hijos: Carolina e Isaac Alejandro.

 

  1

Provengo de otros tiempos, demasiado lejanos. Mi memoria se extiende más allá que la de cualquier otro ser en este mundo, allende los países, los continentes, los mares.

Los de mi familia y de mi especie siempre fuimos grandes, mucho más grandes en comparación con los seres humanos. A menudo nos confundían con los Titanes, pues también ellos fueron enormes, incluso más que nosotros. Pero cuando llegamos, los Titanes ya habían sido vencidos y diezmados. Tan sólo encontramos algunos restos antiguos de sus cráneos y esqueletos, ocho veces nuestro tamaño y algunas leyendas perdidas sobre ellos. También nosotros llegamos a decir alguna vez, al escavar el desierto o la nieve y desenterrar sus osamentas: “¡Ésta tierra debió ser habitada hace muchos años por gigantes…!”

Ignorábamos que con el transcurso de las décadas, los siglos y milenios, los nuestros, tras un prolongado periodo de gloria y supremacía, también serían derrotados y perseguidos hasta reducir su número y extinguirse. Los hombres que horadaran nuestros huesos  en el fango  y los glaciares dirían, mucho tiempo después, del mismo modo que nosotros algún día proclamamos: “¡Anteriormente, este planeta estuvo habitado por Gigantes…!”

Lo cierto es que mucho antes lo poblaron los Titanes, bastante más viejos y grandes que nuestra gente, la cual llegaría más tarde, y a quienes con los años se bautizaría, en todos los mitos y leyendas humanos posteriores, como los Gigantes.

Y también a nosotros, un buen día, nos tocaría el turno de irnos, reducidos y proscritos, no sin antes haber arrasado la Tierra, devorado a sus bestias, secado los ríos y erosionado los campos de cultivo hasta dejarlos estériles por la sobreexplotación. Castigados debido a nuestro orgullo, improperios y abusos.

2

Una vez aclarada la diferencia entre los Titanes y nosotros: los Gigantes, proseguiré con mi narración.

Mi familia  pertenecía a una estirpe de gigantes de piel oscurecida tras generaciones de cultivar los valles y caminar bajo el sol del desierto. Habitábamos una meseta cálida y arenosa, que a pesar de todo era muy noble para los cultivos y el ganado. En lo que algún día sería el Imperio Persa, muy cerca de lo que hoy es Irak. Para ser más específico.

En aquellos días había más agua y vegetación en la zona.

Ya desde mis tiempos, ésa amada tierra era escenario de disputas, matanzas y guerras.

Debo dejar claro que así como existen muy diferentes clases, razas y tipos de hombres, también existieron diversos y variados tipos de gigantes. Había Gigantes barbudos de piel blanca y cabello rojizo, quienes habitaron las montañas nevadas del Tíbet y parte de Europa; Gigantes con ojos rasgados y cabello crespo, que surcaban las estepas y las tierras de China y Japón, acompañados de enormes perros lanudos muy inteligentes, que ya no existen.

Mis padres eran parte de una tribu de Gigantes pastores, naturales de los valles de Oriente Medio y buena parte de África. Criábamos un tipo especial de ganado vacuno, corpulento y de gran estatura,  de enormes cornamentas y prolongadas ubres; unas criaturas muy temperamentales y nerviosas, pródigas con su carne y leche. Tampoco existe ya este tipo de ganado gigante. Estos animales vivían en estado semisalvaje, acostumbrados a que nosotros los guiásemos junto con nuestros perros del desierto hacia los ríos y los pastizales. Los protegíamos de su depredador natural: el lobo cavernario, muy grande, salvaje e insaciable. Su  mordida era una de las más temidas por las personas y las bestias.

3

Durante muchos siglos mi gente vivió en paz con sus animales, sus familias, sus pastizales y su desierto. Éramos poseedores del secreto de la ganadería y también conocíamos los misterios de la agricultura y la hidrología. Se decía que los últimos Titanes habían legado dichos secretos a los ancianos sabios y magos de nuestras tribus.

A pesar de las tierras tan secas, sabíamos extraer el agua desde el río Éufrates, y llevarla a lo largo de grandes distancias a través de canaletas de barro por sobre las dunas hasta nuestros pastizales, para irrigar la cebada y el trigo, y dar de comer a las vacas.

No sé si tienen noticia que hoy en día, nuestro amado Éufrates se encuentra contaminado y casi seco, ya desde entonces le exfoliábamos parte de sus nutritivas aguas para alimentar nuestros cultivos y refrescar a los animales.

También desde mis tiempos, la gente no sabía respetar a los otros y se empeñaba en anhelar las pertenencias de sus vecinos.

Un buen día, una horda de Gigantes procedentes del Norte de África, liderados por Gerión, un mestizo quien poseía sangre de Titán, arribó desde el Occidente.

La gente de nuestra comarca no era guerrera, mi padre organizó un tributo para tratar de complacer a los invasores. Llevaron ante Gerión costales de cereal, queso, leche, bolsas de carne secada, jamones ahumados y piedras preciosas extraídas del Éufrates. Deseaban comprar la paz y obligar a los bárbaros a desviar su ruta de paso lejos de nuestro pueblo. Pero aquel gigante no sólo se burló de mi padre y sus parientes, sino que decapitó y mandó empalar a todos los habitantes de mi aldea para robarles su ganado, arrasó los cultivos y destruyó los sistemas de agua potable con que alimentábamos nuestra tierra. No se volverían a ver nunca más por esas latitudes, las grandes cornamentas ni los dorados lomos de nuestras vacas gigantes. El hambre, la muerte y destrucción se cernieron durante mucho tiempo por aquellos lares. Solamente sobreviviría yo con un puñado de huérfanos andrajosos, condenados a la pobreza y el vagabundeo.

Gerión se llevó todo nuestro ganado hacia el interior del Continente Africano, sin dejarnos más que algunas cabras desnutridas y famélicas.

De hecho, les comparto, el vocablo “vaca” procede de la lengua que hablábamos en ese entonces los Gigantes, tanto de Oriente, como de Europa, Asia y África. El “gigántico”, era una lengua madre, ya desaparecida, que los dioses legaron a los Titanes. La cual heredamos nosotros por sucesión natural, al desaparecer aquellos. Sería entre otras, una palabra dejada por nosotros para la posteridad, la cual adoptarían los hombres más tarde, sin conocer sus orígenes gigánticos.

Los humanos harían suya a su vez buena parte las raíces, vocablos, giros e imágenes de esta lengua, antiquísima y olvidada. Ignorando que la lengua de la que procedían, se remontaba mucho más allá del Diluvio Universal.

Años más tarde, Gerión sería el mismo gigante quien moriría a manos de Hércules, en otra de tantas miles de guerras inútiles, ahora contra los hombres. Peleando por los mismos secretos sobre la agricultura y la ganadería por los que moriría mi padre. Pero de ello hablaré algo más tarde.

4

Conforme crecimos, el puñado de huérfanos sobrevivientes y yo, nos volvimos pendencieros y rapaces. Nos dedicamos al pillaje y a saquear los pocos cultivos que le quedaban a la pobre gente de mi región. No es que quiera justificar los crímenes de aquella época, pero es que nos hallábamos resentidos y con un cúmulo de furia almacenada contra los adultos y todo el mundo por abandonarnos a nuestra suerte.

Nos refugiamos en un oasis que se encontraba en el interior de unos acantilados, en pleno desierto. Nombramos Madre a aquel paraíso, pleno de agua fresca, higueras y  árboles de dátiles. En aquel lugar cuidamos algunas cabras y asnos, arrebatados a quien se podía o encontrados en el desierto. Los reprodujimos hasta convertirlos en un considerable rebaño, del cual empezamos a vivir. En las entrañas de Madre nos convertimos en hombres jóvenes, aprendiendo lo que podíamos o hurtábamos al desierto. No teniendo más familia que los compañeros de orfandad y nuestros animales. Ningún maestro más que Madre, las montañas, las cabras, los perros y las dunas.

Hasta allá fueron a perseguirnos parte de los mercenarios de Gerión, quien se volvió señor de África y Oriente Medio.

Los campesinos y agricultores que quedaban, le pagaban tributo forzado. Así es que él y sus Gigantes adquirieron la obligación de defender a sus súbditos. No tardaron en reunir parte de su ejército y armamento para ir en nuestra búsqueda, haciendo eco de las quejas contra nuestros crímenes y fechorías.

Los mercenarios rodearon nuestro acantilado, en donde vivía yo con otros doce huérfanos, bandoleros y rebeldes. Nos arrojaron lanzas con punta de bronce, ellos eran poseedores del secreto de los metales. Muchos años atrás los Titanes rebelaron a Gerión los misterios del bronce y el hierro, ignorando aquellos últimos sabios, que el ambicioso mestizo fabricaría con ellos armas, y no herramientas de cultivo, arados y yuntas, como les hizo creer.

Cinco de los nuestros quedaron empalados y sin vida en el primer encuentro. Respondimos rápidamente, organizándonos y lanzándoles una lluvia de pedernales  y obsidianas afiladísimos, las que tallábamos expresamente como armas punzocortantes. Las colocábamos en hondas, fabricadas con cuero de bestia, haciéndolas girar a velocidades increíbles, para golpear luego y causar la muerte en el enemigo.

Con el tiempo, los huérfanos nos volvimos muy diestros honderos y pastores del desierto, así es que los hombres de Gerión encontraron su talón de Aquiles, una y otra vez al tratar de escalar las rocas de nuestros acantilados para perseguirnos. Los proyectiles les volaban los sesos de un solo golpe, levantándoles la tapa del cráneo o incrustándoseles en sus huidizas frentes y aplastándoles sus cerebros. Haciéndolos rodar sin vida hacia el exterior de nuestras montañas. Jamás conocieron municiones tan letales y extrañas como las nuestras.

Una y otra vez les rechazamos, hasta que no quedó ni uno sólo de sus emisarios. Les despojamos de sus armas, cortamos sus cabezas y quemamos los cadáveres en una hoguera en pleno desierto, como advertencia para el dictador. Las llamas ascendían hasta el cielo de la noche, apreciándose desde kilómetros de distancia. Era una excelente revancha por todo lo que el invasor hizo a nuestra gente muchos años atrás.

Gerión se revolcó de coraje al saber que sus tropas fueron diezmadas y  humilladas intentado someter a un grupo de huérfanos zarrapastrosos. Mandó contingentes en dos ocasiones más, y en todas ellas los molimos a tiros y hondazos, cada vez más rápidos y certeros. La última ocasión los emboscamos antes de llegar a Madre, sorprendiéndoles por la mañana, cuando se disponían a atacarnos. También murieron varios de mis hermanos.

No quedamos más que  yo y otros dos huérfanos habitantes de los acantilados. Ya comenzábamos a convertirnos en hombres. La gente aprendió a respetarnos y a temernos a pesar de todo, pues habíamos vencido a los mercenarios invasores. Los tres sobrevivientes nos fuimos retirando del crimen y la vida licenciosa gradualmente, dej

invasor, lo que le impedía hacer lo que quería con la gente de la región. También Gerión fue un poderoso freno para nosotros, impidiéndonos continuar en un camino de crímenes y saqueos, molestando como lo habíamos hecho a agricultores y pastores inocentes.

Gerión y sus Gigantes nos dejaron tranquilos, probablemente ya no deseaban perder más soldados. Pronto utilizarían todos sus hombres y recursos para iniciar una guerra a gran escala. Gerión se preparaba para cruzar el Mediterráneo e invadir Europa. Sus informantes le habían dicho que las tribus que habitaban aquel continente eran en ese entonces bastante primitivas y poseían muchos recursos naturales. El autócrata anheló despojar a aquellas gentes de sus posesiones, someterlos y volverlos sus sirvientes. Buscaba nuevas tierras que explotar, pastizales donde alimentar sus innumerables ganados y yacimientos de metales para construir armas cada vez más letales y efectivas, con el fin de someter mayor cantidad de almas. En el fondo, era el primer dictador entre miles que irían llegando, quienes en el futuro, a lo largo de toda la historia de los hombres, gigantes y humanos, ambicionarían ser dueños del mundo entero.

5

La palabra “puta” también es un vestigio de la lengua gigántica, que heredaríamos a los seres humanos posteriores. Otros vocablos semejantes, provenientes de nuestro idioma gigántico materno serían: “caca”, “vaca”, “puta”, “oveja”, “pato”, “honda”, etc. Como he dicho, ésta lengua a su vez nos fue legada a nosotros los gigantes, por los Titanes. Tal vez el término correcto para hablar de nuestra lengua madre sería el “Titánico”, en lugar de gigántico. Aunque nadie se acuerde de ellos, pese a la gran importancia que tuvieron en la historia de los hombres, como he venido insistiendo.

Nuestra lengua era sencilla en apariencia. No utilizaba grandes construcciones sintácticas, no requería para la comunicación de amplias formaciones gramaticales, ni largas oraciones, como muchas lenguas de hoy en día, resultado del desarrollo cultural y el crecimiento tecnológico. Sino que se valía de sencillas frases formadas incluso por una o dos palabras solamente. En la actualidad, el alemán, por ejemplo, que es una lengua “aglutinante”, es decir, que tiende a fusionar diversas formaciones gramaticales en una sola estructura, tiene mucho de lo que alguna vez fue el gigántico. De manera que un solo concepto, podía comunicar una inmensa variedad de significados, que en ocasiones superaba los miles. ¡Imaginen un idioma cuyas palabras poseyeran varios miles de significado cada una! Por lógica, resultaría también un idioma con no muchas palabras. Nuestras palabras eran entonces excesivamente polisémicas: complejas en demasía en sus significados, pero sencillas y útiles para la comunicación.

Los vestigios de la escritura que quedó de nosotros hablan precisamente de lo simple  y a la vez profunda que era nuestra lengua, utilizando más bien símbolos, jeroglíficos y pictogramas trazados sobre rocas y tablillas,  para representar conceptos que resultarían sumamente difíciles de encerrar o encasillar en los términos actuales.

Los antropólogos, lingüistas y arqueólogos modernos, cuando hoy en día se devanan los sesos siguiendo nuestro rastro e intentando sondear nuestra psicología, ni siquiera logran acercarse apenas un poco, intuyendo lejana y equívocamente un significado muy amplio y abstracto que encerraba nuestra escritura simbólica, como muestra de nuestro rico idioma gigántico. Queriendo ignorar que nuestro pueblo estuvo constituido en algún tiempo por hombres enormes, mucho más grandes que ellos y en cierto modo, más sabios. La antropología, la arqueología, la psicología y biología modernas no aceptan de ninguna manera que existimos los Gigantes. Nos bautizaron despectivamente, con suma ignorancia, como los Hombres de la Edad de Piedra. Pero aquel que ignora los hombros de los ancestros sobre los que sin saberlo está parado, se encuentra condenado a perpetuar los mismos errores hasta la eternidad, y por ende, a desaparecer en el polvo del olvido. Al igual que nosotros.

6

La palabra “puta”  en nuestros tiempos no tenía la acepción soez, despectiva y descalificativa que tiene hoy en día para la mayoría de los hombres comunes y corrientes.

Una puta era una sabia, una curandera, una bruja. Igual hacía el amor si el paciente llegaba a gustarle o lo necesitaba como parte de su tratamiento, o simplemente le realizaba una limpia o una cirugía espiritual. Creaba lazos invisibles cuando deseaba curar, embrujar o enamorar a un individuo. Pero el sexo no era obligado ni indispensable al solicitar sus servicios.

Los seres humanos se dedicarían a perseguir, desprestigiar y asesinar a las hermosas prostitutas y brujas de todo el planeta en años posteriores, cuando perdieran la conexión con la Diosa Madre y con la Madre Tierra. En el momento en que decidieran que Dios no sería más mujer, sino varón: un patriarca prepotente e impío llamado Jehová. Quien crearía buena parte de las religiones beligerantes, cerebrales y frías de los tiempos posteriores.

Una mañana en que alimentaba a mis ovejas con granos de cebada y garbanzo hidratados, y a mis perros con una mezcla de cebollas, sal de mar y frijoles de soya hervidos, escuche una voz de mujer llamándome, solicitando mi ayuda. No era una voz que viniera de alguna extensión específica del desierto, sino que parecía provenir desde el interior de mi propia mente. Alguien estaba en apuros y utilizaba los poderes de su mente para solicitar auxilio. Fue la primera vez que presentí la posibilidad de un mundo mágico, desconocido para mí, más allá de la cruel existencia que había llevado hasta entonces.

Tomé mi honda y un cayado que utilizaba como garrote para ahuyentar a los chacales y a los lobos de las cavernas cuando asediaban a mi rebaño. Calcé mis sandalias de cuero y me colgué mi morral de yute donde portaba una vejiga de camello con agua potable y municiones para mi honda. Dos de mis más fieles perros se pusieron en marcha junto conmigo.

Dejé la seguridad de mi refugio y corrí por el desierto siguiendo únicamente a mi corazón.

Tras una hora de deambular errático, guiado únicamente por mi intuición y el olfato de mis perros, descubrí los restos de una caravana, cuyos dromedarios y domadores habían sido atacados y muertos por una manada de lobos cavernarios.

El lobo cavernario era el depredador más temido por los hombres antiguos y las criaturas prehistóricas, su mordida era la más poderosa, capaz de arrancar un bocado completo de carne con todo y piel de la armadura del cocodrilo, o de fracturar de un tajo el espinazo de un buey. En alguna época las jaurías de lobos prehistóricos prosperaron hasta la sobrepoblación. Engordaron a placer con la carne de las numerosas especies de mamíferos y reptiles gigantes que habitaban la tierra en épocas remotas. Los lobos cavernarios fueron en buena parte los responsables de la desaparición de los últimos titanes, los dinosaurios y mastodontes, a quienes acosaron en grupos de cazadores expertos, hasta reducirlos a unos cuantos individuos y luego exterminarlos. Mucha gente y animales perecieron durante siglos bajo sus fauces. Aquélla fue la era del lobo, en donde ésta criatura reino sin rival, prosperó y evolucionó  hasta desarrollar una dentadura y talla enormes, además de una inteligencia despierta, cercana a la del hombre.

En nuestra época, los gigantes habíamos logrado mantenerlos a raya, cazándolos con mucho esfuerzo e ingenio y obligándolos a permanecer en territorios delimitados donde no causaran tanto daño, principalmente hacia las montañas. El lobo cavernario aprendió a temer a los gigantes. Yo y mis dos hermanos  jugamos un importante papel al volvernos cazadores de lobos, evitando que asediaran a los rebaños, persiguiéndolos con nuestras hondas y colocándoles trampas mortales con estacas y puntas envenenadas. Luego de que venciéramos a las hordas de Gerión y echáramos al lobo hacia la montaña, la gente de nuestra región comenzó a respetarnos aún más.  En nuestro acantilado denominado Madre se desarrolló una pequeña pero sólida comunidad de gigantes huérfanos, a quienes acogíamos y brindábamos refugio. Entre ellos fui elegido yo como su líder temporal.

En ocasiones aisladas, algunas jaurías se atrevían a dejar su territorio e internarse en el desierto y nuestras praderas para robar alguna oveja o degollar a un pastor desprevenido. Pero no tardaban en recibir su merecido castigo por parte nuestra, por medio de hondazos y palos que les hacían volver hacia las montañas, a donde pertenecían.

Al llegar al lugar de donde provenía el llamado, la jauría de lobos había destrozado a las bestias y a los hombres que los custodiaron, comieron buena parte de sus cuerpos y regaron los objetos que cargaban los dromedarios. Creando un panteón de sangre, huesos y desperdicios esparcidos por las arenas. Sólo quedaba en pié un elefante africano, herido y tambaleante, a quien los lobos tiraban una y otra mordida sobre las patas, el vientre y la cola para hacerlo caer. Sobre el lomo del paquidermo se agitaba también con pena, la caseta de maderas, terciopelos y seda donde debía viajar alguien.

Era bien sabido que los lobos cavernarios habían derrotado a los dinosaurios y a otros mastodontes aún más grandes desde hace mucho tiempo. Si no se animaban a lanzarse de una vez sobre aquella pobre bestia herida y únicamente se divertían con él, era porque ya se encontraban sus estómagos repletos con la carne de los dromedarios y sus caravaneros.

Los golpes de mi honda no se hicieron esperar, atiné primero a tres de los licaones que acosaban al mastodonte, rompiéndoles los cráneos y haciendo saltar sus sesos. Los demás lobos, al ver mi callado amenazante cernirse sobre sus cabezas, salieron disparados con rumbo a la estepa. Ya me conocían y sabían que no me andaba con rodeos. Mis dos perros se arrojaron sobre ellos, mordiéndoles el rabo y ladrándoles  cuando ya se perdían hacia la montaña.

El elefante pareció reconocer en mí a un posible amigo, o por lo menos a un ser amistoso quien salvó su vida. Sintiéndose a salvo, se inclinó hacia mí, permitiendo que la carga en su lomo quedara expuesta. Una voz de mujer emergió de la canastilla del animal:

-¿Cuál es tu nombre, pastor…..?  ¿Cómo te llamas?

-No me agradezcas tanto el salvar tu vida….

Respondí con sarcasmo. No estaba acostumbrado a tener tratos con mujeres, mucho menos a hablar con ellas. La mayor parte de mi vida sólo tuve contacto con bestias: cabras, asnos, dromedarios, perros y lobos, además de los niños huérfanos que llegaban a nuestro refugio. La mujer era un ser raro y desconocido para mí

-Discúlpame…. Muchas gracias por salvarnos…. ¿Cuál es tu nombre…?

Dijo por fin ella.

La verdad es que no recordaba si acaso me habían dado alguna vez un nombre, no sabía en aquel entonces lo que significaba llamarse de un modo u otro.

De la pequeña tienda en el lomo del paquidermo surgió una giganta de tez clara, alta, de cuerpo alargado, fino y rasgos hermosos en su rostro.

-Yo soy Deméter. ¿Tú no tienes nombre verdad…? Eres uno de los pastores huérfanos del desierto que se enfrentaron a Gerión. Había escuchado hablar de ustedes, hace mucho que quería conocerlos. Sus hazañas han llegado a ser escuchadas en rincones muy lejanos de este mundo.

La palabra puta adquirió para mí una acepción por completo nueva, jamás había contemplado tal belleza contenida en un gigante. Deméter era una puta-bruja, dedicada a curar a los hombres y a los animales, y a transmitir sus enseñanzas viajando de un lugar a otro con su caravana.

Ignoraba que mi destino cambiaría radicalmente a partir de mi encuentro con esa mujer, y así sería.

Segunda parte:

El Monasterio en el Monte Athos y el Arca de Noé

gigantes2

 

 Con el pensamiento ordinario, la gente no distingue entre saber y comprensión. Piensan que cuanto más saben tanto más deben comprender.Es por esto que acumulan el saber o lo que ellos así llaman, pero no saben cómo se acumula la comprensión y no les importa saberlo. Por lo tanto, una persona ejercitada en la observación de sí, sabe con certidumbre que en diferentes períodos de su vida ha comprendido una sola y misma idea, un solo y mismo pensamiento, de maneras totalmente diferentes. A menudo le parece extraño que haya podido comprender tan mal lo que ahora comprende tan bien, según cree. Sin embargo, se da cuenta que su saber sigue siendo el mismo; que hoy no sabe nada más que ayer. ¿Qué es, entonces, lo que ha cambiado? Lo que ha cambiado es su ser.Tan pronto cambia el ser, la comprensión tiene también que cambiar.

 (GEORGE I. GURDJIEFF –En Busca de lo Milagroso)

 

 Aunque la historia de la expulsión del paraíso es alegórica, la encontramos reproducida simbólicamente en el desarrollo y la educación de cualquier niño civilizado. La condición original del animal humano es la de unidad. Está desnudo pero no hay vergüenza. Tanto el feto en la matriz como el bebé recién nacido viven en la dicha de la ignorancia. Todavía no son conscientes de su cuerpo y sus funciones. Esta condición temprana no es tan paradisíaca como un adulto pudiera imaginarse, pero se parece mucho al Jardín del Edén, en su falta de temporalidad y ausencia del conocimiento de la causa y el efecto, de lo bueno y lo malo. Refleja también el estado animal de la naturaleza, una condición en la cual la mente todavía no ha evolucionado hasta el punto de poder disociarse del cuerpo y dominarlo. Psicológicamente, éste estado es anterior a la formación del ego.

(ALEXANDER LOWEN –Amor y Orgasmo)

 

 1

Todo lo que viví en los años de mi juventud, aunque durante un tiempo llegué a considerarlo como duro y difícil en demasía, no se comparó con las aventuras, andanzas y enseñanzas que vinieron en épocas posteriores de mi vida.

Deméter comenzó por darme un nombre: “Te llamarás Enkidú, que significa gran amigo, en la lengua de los Titanes…” Pronunció ella al sumergirme en la orilla de las aguas del Río Éufrates, tomando mi frente y hundiéndome hasta los cabellos, como hacían desde tiempos inmemoriales los ancianos titanes cuando bautizaban a alguien o cuando le iniciaban en sus ritos  secretos y conocimientos mágicos. Los cuales de ningún modo compartían con cualquiera.

A partir de entonces ya nunca más fui una entidad aislada y sin rumbo que vagaba por el desierto sin ningún referente personal. Ahora era Enkidú, el líder de una comunidad de gigantes pastores del desierto, al igual que mi padre lo había sido alguna vez con los suyos.

La bruja no sólo me dio el nombre de Enkidú, sino que me transmitió las enseñanzas que su padre a su vez le había dado a ella: medicina, magia, herbolaria, control mental, hipnosis, cura y sanación por imposición de las manos, lectura de las piedras y la tierra, etc. Parece que aquella mujer veía en mí ciertas cualidades no sólo como líder tribal, sino como futuro hechicero, al igual que ella y los de su estirpe.

Deméter provenía de un lejano sitio en la cumbre del Monte Athos, en el país que hoy los hombres denominan Turquía. Siempre me hablaba de su padre, describiéndolo como uno de los más grandes magos en la historia de los gigantes: el sabio Noé.

Cuando culminó su periodo de aprendizaje como curandera y hechicera, al cumplir los 16 años, la chica dejo a su anciano padre y partió sobre el lomo de Kyzza: el elefante que la había protegido del ataque de los lobos y quien no sólo era su montura y su medio de transporte, sino su guardaespaldas personal y su mejor amigo. Para ella y los de su raza, incluso los animales eran dignos de ser bautizados y recibir un nombre personalizado, como un regalo, al igual que cualquier hombre.

En compañía de Kyzza el elefante y unos cuantos discípulos que con el paso del tiempo acumuló y la seguían a donde fuera, Deméter había recorrido muchas partes del mundo, curando cuerpos, exorcizando almas, enseñando su medicina y sabiduría a quien estuviera dispuesto a recibirla.

Pero con el ataque de los lobos cavernarios, todos los seguidores quienes la cuidaban y le ayudaban a transportar sus pertenencias y utensilios para la medicina y la brujería, se perdieron. De modo que sin proponérselo conscientemente, Deméter se quedó a vivir con los huérfanos del desierto en nuestro recinto llamado Madre.

La puta-bruja no sólo nos dio nombres a todos, sino que nos explicó por primera vez que había un Dios, quien había creado el mundo donde vivíamos y también a nosotros. Este Dios no era un hombre, o una entidad masculina, como hoy en día lo imaginan casi todos los hombres ignorantes, sino una mujer. Se trataba de la Diosa Madre: Gea, como la nombraba Deméter cada que se encomendaba a ella y pronunciaba su nombre en voz baja, al sanar a un enfermo, colaborar en un parto o presidir un rito de agradecimiento a la Tierra, antes de una cosecha o de sacrificar una cabra.

Gea sería desde entonces también mi única madre y mi único Dios, y nunca más nos separaríamos ya.

2

Junto con la bruja, Kyzza el elefante permaneció con nosotros, ayudándonos con su tamaño y enorme fuerza a mover troncos, rocas, a cuidar a los rebaños y labrar la tierra. Entre aquel animal y yo surgió una gran e inexplicable amistad, un lazo tan fuerte como el que había con mis dos perros: León y Luna, a quienes del mismo modo bautizamos.

En ocasiones la bruja se encelaba, pues el gigantesco animal fue suyo desde que era un pequeño cachorro. Pero su celo no duro mucho, pues Deméter y yo nos convertimos en amantes, la mujer se consoló y calentó su cuerpo con el mío muchas veces en las noches desérticas y silenciosas. Su manera de enseñar conocimientos y transmitir la sabiduría de su padre no sólo era mediante explicaciones verbales, ritos y ejemplos, sino también haciendo el amor, como muchas de las putas-brujas-prostitutas-hechiceras de la antigüedad.

Casi dos años fuimos amantes, la bruja me dijo que aunque había tenido a varias parejas durante sus viajes y andanzas tras dejar a su padre, nunca permaneció tanto tiempo al lado de un solo hombre como conmigo. Empezamos casi jugando, sólo porque ella estaba sola y yo también. Ella vivía en una tienda fabricada con alfombras y terciopelos, traída desde el país de su padre, instalada cerca de unas higueras y olivos, mientras que yo habitaba una pequeña cueva en nuestro acantilado, durmiendo con mis perros sobre unas viejas pieles de cabra. Una noche escuché unos pasos en la oscuridad, a su voz de fémina ordenando a León y a Luna irse a dormir al huerto para dejarnos solos, lo cual hicieron a regañadientes, y su mano acariciando mi entrepierna por debajo de mis calzoncillos de cuero.

No era posible que tras dos años de frecuentes encuentros sexuales nocturnos, de nuestra relación no surgiera fruto alguno. Repentinamente, Deméter me avisó que seríamos padres, que debíamos formalizar nuestra unión para que el destino de nuestro hijo estuviera bendecido por nuestra diosa Gea. Nos casamos una tarde de sábado a la orilla del Éufrates, sin más testigos que Kyzza, nuestros perros, algunos compañeros pastores y la presencia omnisapiente y quieta de Gea.

 Al nacer nuestro pequeño le pusimos el nombre de Gamesh, que era un nombre de la lengua titánica,  y Deméter lo bautizó en el río como a todos nosotros.

La diosa Gea le dijo que su destino sería el de convertirse en un gran líder para los gigantes y los hombres, que con los años llegaría a ser un rey sabio y justo, como mucho hacía falta en el mundo. Su nombre sería recordado durante muchísimo tiempo a lo largo de las eras y los cambios en el mundo.

El período de gestación de un gigante era mucho más largo que el de los hombres. Un embrión duraba poco más de dos años y medio en el vientre de su madre. Las mujeres gigantes requerían muchos cuidados y no debían hacer demasiado esfuerzo físico durante esta etapa.

Al nacer mi hijo, mi vida se llenó de un perfume y un sabor dulcísimo y agradable, los cuales cambiarían mi existencia para siempre, haciéndola conocer por primera vez una probada de lo que era la felicidad. Entre Deméter y yo también creció una conexión cada vez más profunda al tener ahora una familia.

3                       

En ese tiempo comenzaron a prepararse cosas que en breve sacudirían nuestro mundo radicalmente. Tuvimos noticias de los primeros seres humanos, como ustedes, venidos desde el Continente Europeo, de Hispania y la Galia, incluso de más lejos: de la Atlántida, aquel lugar que ustedes hoy denominan América, hasta donde había llegado Gerión. En sus invasiones y búsquedas de nuevos territorios y tribus que someter, Gerión fue el primero en toparse con ellos. Al inicio eran unos seres salvajes, casi animales que vivían en cavernas y bosques, y no conocían ningún lenguaje ni forma de pensamiento. Vivían de lo que encontraban y tomaban a sus hermanas y primas como parejas sexuales. Llegaron a la tierra de los gigantes en jaulas, que los caravaneros traían  desde Europa para vender como ganado o como extrañas criaturas.

Incluso los humanos sirvieron en un inicio como alimento para muchos gigantes. Aquellos mitos que cuentan que los gigantes se comían a los niños humanos tienen mucho de cierto. Los primeros humanos también se usaban como esclavos, aprendían rápido y algunos hasta llegaron a dominar nuestra lengua, este sería el principio de nuestro fin.

Cada vez se veían más humanos en las comarcas y las casas de los gigantes, trabajando como parte de la servidumbre, como esclavos e incluso como ganado que sería sacrificado en ocasiones especiales para servir banquetes con su carne.

Muchos gigantes comenzaron a encariñarse con ellos y a enseñarles cosas, la psicología de los nuevos seres se desarrollaba rápidamente y pronto se volvían criaturas casi tan inteligentes como los gigantes. No tardarían en alcanzarnos e incluso sorprendernos.

Los hombres de Gerión descubrieron que los humanos poseían en su corazón una aguda capacidad para la violencia y la agresividad. Era fácil entrenarlos como peleadores y usarlos en enfrentamientos hasta la muerte, donde los caciques apostaban a favor o en contra de un guerrero humano. Así, Gerión entrecruzó razas de humanos, buscando especímenes cada vez más agresivos y aptos para la lucha. En un principio era sólo con fines de recreación, pues al dictador le complacía mucho contemplar las sangrientas luchas entre hombres. Después descubrió que podría crear ejércitos completos de guerreros humanos y utilizarlos como armas letales en contra de nuevos pueblos que sojuzgar.  Le sorprendió ver que sus bestias humanas podían someter entre cuatro o cinco a un soldado gigante, atacándolo como hormigas a un escorpión, sin piedad, hasta matarlo. Los seres humanos resultaron muchísimo más violentos y agresivos que los gigantes si se les sabía entrenar para la guerra y la matanza.

Formó y entrenó legiones completas de guerreros humanos que trajo desde Hispania y desde más lejos. Cruzaron el Estrecho de Gibraltar, entre Hispania y África, que en aquel entonces era un pequeño paso de arena y agua salada de unos pocos kilómetros que separaba un continente y otro. Pronto los teníamos a las puertas de nuestros valles, Gerión quería recuperar nuestro territorio para adjudicárselo y en esta ocasión trajo a un ejército tan grande como nunca se había visto para invadirnos.

 4

La gente de nuestra comarca se dividió, la mayor parte de nuestras familias simpatizaba con la esclavitud y con la idea de que Gerión volviera a nuestro territorio. Pues él era el principal esclavista. Les gustaba tener a los seres humanos como mascotas y como su servidumbre. Los humanos eran hermosos e inteligentes, resultaba imposible para muchos de los gigantes renunciar a las comodidades que les brindaba tener esclavos que hacían todo por ellos. Además, me duele reconocerlo, pero muchos gigantes se habían aficionado en poco tiempo a la carne humana y tampoco deseaban por ningún motivo renunciar a ella.

Algunos gigantes mostraban entonces claros signos de decadencia y no sólo comían carne de humanos, sino que habían encontrado la manera de aparearse con ellos y de tenerlos como juguetes sexuales. En aquellos encuentros aberrantes, no pocas veces perecían los humanos, destrozados por la fuerza de los cuerpos y las proporciones del sexo de los gigantes.  De estos intercambios anómalos comenzaron a surgir criollos: mezclas de sangre gigante y humana. Y del fruto de uno de estas cruzas nació Hércules, hijo de uno de los lugartenientes de Gerión y de una esclava humana proveniente de Creta, quien había muerto al parirlo. El joven Hércules no tardaría en mostrar grandes cualidades como guerrero, al unirse a las filas del dictador, en donde a su vez él mismo logro convertirse en uno de sus más fieros comandantes.

Más tarde Hércules, una creación del propio Gerión, representaría el mayor dolor de cabeza para el dictador.

5

Yo había sido el principal líder de la rebelión de pastores, quienes echamos a hondazos a Gerión hace un buen tiempo, sabía que en cuanto arribara el tirano al Éufrates, no tardaría en vengarse de mí, ensañándose con mi familia y buscando asesinarnos.

En un inicio pretendí formar una resistencia de pastores para defender el río, pero prácticamente no encontré ningún eco a favor de mi causa. La mayoría de los gigantes se encontraban muy cómodos con su vida en la meseta y no deseaban pelear, además, la esclavitud hacía tres veces más confortable la existencia de las familias de gigantes. Nadie deseaba renunciar a sus privilegios ni a sus esclavos. La presencia de Gerión no representaba ningún peligro para los esclavistas. Ya nadie recordaba las hazañas que habíamos realizado los pastores del desierto al echar a Gerión y a los lobos de las cavernas.

Deméter consultó el oráculo de nuestra Diosa Gea, y ésta nos aconsejó abandonar el valle y el río cuanto antes.

Vendimos todas las cabras, los asnos y los dromedarios que teníamos, nosotros no poseíamos seres humanos ni éramos esclavistas. Compramos otro elefante: una hembra, a un caravanero que venía desde el sur de Asia. La nombramos Cumba, al igual que una deidad femenina africana, de quien Deméter escuchó hablar en sus lejanos viajes. Decía que el nombre de Cumba era una antigua acepción del de Gea.

Cargamos los dos elefantes con unas cuantas pertenencias y provisiones, Deméter se montó con Gamesh en sus brazos en el lomo de Kyzza y el elefante nuevo sirvió para llevar el resto de las cosas. Cumba se rebeló en un inicio, al intentar atarle una cadena al cuello y sujetarla de la montura de Kyzza. Se negaba a marchar detrás del viejo macho y se mostraba hostil hacia él. Por su parte nuestro amigo paquidermo tampoco deseaba ir detrás de una hembra joven y caprichosa. Finalmente conseguí que caminaran uno a la par del otro, para que nadie se sintiera desplazado. Yo iría al frente de la caravana, a pié, guiando al buen Kyzza, bastante dócil y amistoso, quien a su vez se encontraba atado, a regañadientes, por una cadena hacia el cuello de la joven hembra. En la retaguardia iban cinco de nuestros perros, entre ellos Luna y León, con tres cachorros guardianes suyos, bastante fuertes para el viaje. Los perros y los elefantes nos servirían no sólo como medios de transporte y compañeros, sino además como mecanismos de alarma y vigilancia durante el viaje, ayudándonos con sus agudos sentidos.

Tras haber partido, cuando nos encontrábamos a una semana de distancia de nuestro hogar, en el Éufrates era recibido Gerión con ovaciones y banquetes en su honor, sin encontrar la menor resistencia, junto con su ejército de humanos, gigantes y criollos.

6

Marchamos durante poco más de dos años con nuestros animales y nuestro pequeño niño. Hallando a nuestro paso claros signos del fin de una era: plagas y epidemias que acababan con pueblos enteros de gigantes. Mortales enfermedades traídas por los seres humanos que venían de tierras lejanas. Los humanos eran bastante resistentes a ellas, pero los gigantes morían por decenas. Comarcas completas de gigantes habían desaparecido, dejando sólo con vida a los humanos  y los animales quienes habían servido a sus amos muertos. El tiempo de los gigantes se acercaba a su fin, y el de los hombres estaba próximo a dar inicio.

Deambulamos casi sin rumbo fijo por tierras por completo desconocidas para mí, buscando un lugar para establecernos, hacernos con un nuevo rebaño de cabras y un pedazo de tierra para cultivar. Pero las epidemias nos impedían acercarnos a las aldeas que otrora fueron habitadas por gigantes. No deseábamos que nuestro bebé, nosotros o nuestros animales sufriéramos contagio alguno de las enfermedades que arrasaban territorios completos. Los humanos que ahora los habitaban se volvieron hostiles hacia todos los que no eran como ellos, asumiéndose dueños absolutos, comenzaban a sentir que eran superiores a los gigantes y no nos querían cerca. Nos alejaban arrojándonos rocas o gritando insultos en dialectos humanoides mezclados con palabras gigánticas que sólo ellos comprendían.

Resultaba entendible su odio, pues sus opresores y amos habían sido como nosotros, se les había esclavizado, mutilado sus cuerpos y comido su carne, separado de sus familias en Europa, enjaulado y vendido en tierras lejanas como ganado y carne de cañón.

Por intermediación de Gea decidimos al final marchar hacia el monte Athos, donde nació y se educó mi mujer. Así es que realizamos un largo viaje durante muchos meses antes de llegar a las faldas de aquella montaña, en donde aún prosperaba un importante asentamiento de gigantes que se constituyó en una ciudad de tamaño mediana.

Anatolia era famosa por sus centros ceremoniales, sus curanderos y magos, por sus escuelas de enseñanza de diversas disciplinas: música, medicina, poesía, danza, alquimia, psicología.

Las epidemias aún no la alcanzaban cuando arribamos a aquella capital, casi tres años después de abandonar el Éufrates. La memoria de las catástrofes contempladas por nuestros ojos en los años anteriores causaba un fuerte contraste con la prosperidad y bonanza que aún reinaba en Anatolia. La ciudad parecía florecer en sus calles, pequeños mercados en donde había toda clase de vegetales, animales y flores. Sus habitantes no conocían la esclavitud y repudiaban el uso de la carne humana como alimento. Se encontraban concentrados por completo en sus actividades comerciales, enviando caravanas a través del desierto y las estepas hacia buena parte del mundo conocido. Los maestros dirigían sus centros espirituales, preocupados sobre todo por sus alumnos, sus monjes y sus iniciados.

En cuanto se supo que Deméter estaba en la ciudad, emisarios de su padre se precipitaron a contactarnos y darnos la bienvenida. Brindaron refugio a nuestros elefantes y perros y nos dieron un techo con agua y comida mientras aguardábamos un mensaje del mago Noé. En breve se  nos concedería permiso para iniciar la marcha de ascenso hacia la cumbre del monte Athos, en donde se ubicaba el monasterio que era la meta de nuestros prolongados  y extenuantes viajes.

7

A los tres días emprendimos una última marcha junto con nuestros paquidermos y perros, guiados por un silencioso monje de piel amarillenta a quien todos respetaban y llamaban Milo. A través de un prolongado sendero que subía por un ángulo en ocasiones de casi setenta u ochenta grados de inclinado, ascendimos casi sin descanso en el esfuerzo final de nuestro viaje.

Kyzza se portaba cada vez más amable con Cumba, los viejos rivales no sólo se convirtieron en amigos, sino en fieros amantes.

A lo largo de nuestro interminable trayecto, el macho elefante se acopló con la hembra varias veces, dejándola en cinta de dos mellizos que no tardaban en llegar al mundo. A Cumba le costaba mucho trabajo cualquier esfuerzo y no dejábamos de preocuparnos por su estado y por sus crías a cada momento. Deméter también había quedado embarazada por segunda ocasión durante el viaje, nuestro Gamesh ya tenía tres años de edad cuando entrábamos en la puerta del monasterio del monte Athos. El recuerdo de la invasión del Éufrates y de nuestro éxodo era apenas una pesadilla muy lejana y perdida.

Fui presentado ante mi suegro: el mago más importante del mundo de los gigantes, Deméter le describió mis cartas de presentación como aprendiz de hechicero, diestro pastor y criador de animales, en breve fui acogido y admitido como alumno en las diferentes materias que se impartían en el recinto.

Mientras Deméter reposaba su embarazo y esperaba a nuestro segundo hijo, que sería una niña, yo colaboraba por las mañanas en las labores del monasterio: cuidando las cabras y el ganado, que era una de mis especialidades, ayudaba en la preparación de las tierras para el cultivo de los vegetales y cereales que constituían los alimentos de sus habitantes. Por la tarde me sumergía en los diversos cursos que se me habían asignado para seguir mi preparación como hechicero: psicología, filología, alquimia, análisis y terapia a través de sueños, sanación por medio de imponer las palmas de las manos, semántica y lexicografía del idioma titánico, etc. Se presuponía, según me informaron los eruditos, que dominando las bases gramaticales del idioma de los titanes, no sólo se llegaría a comprender en breve cualquier idioma del universo, sino que con la práctica, en pocos segundos se conseguiría captar la esencia y la verdad de cualquier fenómeno o circunstancia. El titánico era una lengua que permitía penetrar los secretos de las cosas casi al instante y comunicarse tanto con los vivos como con los muertos.

En el monasterio conocí a algunos monjes que tenían varios cientos de años de edad. Uno de los cursos al que se me permitió ingresar y que más me interesaron, era aquel que consistía en la cura de cualquier tipo de enfermedad o estado emocional, a través de la respiración. Por medio de la respiración, algunos de aquellos sabios habían logrado prolongar sus vidas de modo inimaginable. Pronto me volví uno de los alumnos más interesados en este tema, y practique sin descanso los ejercicios que nos asignaban, volviendo mis inhalaciones cada vez más largas y hondas, y mis exhalaciones crecientemente lentas y tranquilas.

La respiración terapéutica pronto tuvo efectos benéficos para mí: mi piel, mi cabello y mis expresiones faciales mejoraron notablemente, así como el vigor en mi cuerpo y mis órganos. Trayendo una especie de renovación que se incrementaba conforme mi vida se volvía más apacible en aquel lugar y yo me convertía en un alumno cada vez más dedicado.

8

Noé era un anciano con casi trescientos cincuenta años de edad. Fue alumno directo de los últimos titanes. Me acogió como uno de sus principales discípulos, casi como un hijo, no sólo porque era esposo de Deméter, sino debido a una simpatía natural que surgió entre ambos desde el comienzo de nuestra relación. Su nombre penetraría la memoria cultural de muchos pueblos posteriores que se quisieron adjudicar su nacionalidad y sus méritos: sumerios, hebreos, egipcios, libios, aqueos, etc. Pero el hecho innegable es que Noé fue un gigante y que no perteneció a ninguna cultura humana conocida por los hombres de hoy.

Aquello a lo que tantos pueblos nombraron como el Arca de la Noé, brindando los más extraños y sorprendentes significados e interpretaciones, no era literalmente un arca en donde fueron introducidas parejas de animales para ser salvadas, como reza el mito bíblico. El Arca de Noé en la realidad era una escuela milenaria, en donde se preservaban no especies de animales, sino conocimientos ancestrales transmitidos desde antes de la época de los Titanes y custodiados posteriormente por éstos. En la escuela de Noé se preparaban y ejercitaban iniciados para portar y transmitir enseñanzas que venían desde muy lejos en el tiempo y el espacio, y nos eran depositadas de acuerdo a nuestro grado de desarrollo. Si se presentaban desastres naturales, masacres, guerras, holocaustos, exterminios, etc., la finalidad de nuestra escuela era preservar dichos conocimientos por encima de cualquier evento o circunstancia. Justo cuando la humanidad se encontraba más perdida y extraviada, como en la época que me tocó vivir, era cuando una escuela como la de Noé reaparecía en la escena para recuperar, acumular, preservar y transmitir las enseñanzas más antiguas e importantes a ciertos individuos elegidos, quienes a su vez deberían cuidarlas y difundirlas.

Un desastre sin precedentes estaba por ocurrir, manifestándose en todas las formas posibles y trastornando la vida de los gigantes y los hombres. Y de él no tardaríamos en recibir noticias.

9

Mi hija nació al transcurrir el primer año de nuestra estancia en el monasterio, la bautizamos con el nombre de Dione, en honor a nuestra Diosa Madre.

Por su parte, nuestro pequeño Gamesh no se me separaba jamás. Fue muy inquieto desde que logró dar sus primeros pasos, lo investigaba y se interesaba por todo. El resto de los monjes y habitantes del recinto solían esconder sus cosas más preciadas, pues mi hijo era demasiado travieso y acostumbraba tomarlo todo. Rompiéndolo en no pocas ocasiones. Gamesh me acompañaba a pastar los rebaños y a ordenar las cabras, observando y estudiando con detenimiento cada detalle que yo lo enseñaba. Entraba con mi pequeño niño a varias de mis clases y conseguí enseñarlo poco a poco a permanecer tranquilo y quieto mientras un solemne monje disertaba sobre algún tema de medicina ancestral o alquimia frente a sus discípulos.

También nuestra familia de elefantes aumentó su número: Cumba tuvo dos crías que esperábamos desde nuestra llegada, ambos nacieron bastante sanos y hermosos, eran dos machos a quienes llamamos Yoko y Morris. El viejo Kyzza solía acompañarnos a Gamesh y a mí hacia los pastizales más lejanos en la ladera del Monte Athos, mientras guiábamos desde su lomo al innumerable rebaño del monasterio, ayudados por nuevas generaciones de nuestros perros pastores. Lo bañábamos en un arrollo y le mojábamos el lomo mientras las cabras bebían su agua. Cosa que el viejo paquidermo adoraba, dejándose hacer con los ojos cerrados mientras le acicalábamos. Luego comíamos una ración de pan, yogurt, leche de cabra y arroz que compartíamos con él.

De cada cosa que yo hacía con respecto a los animales y su cuidado, el pequeño Gamesh era una esponja que lo absorbía y aprendía todo. En algún momento llegué a pensar que en el futuro se convertiría en un pastor y criador de cabras, elefantes y perros, al igual que su padre, también en un estudiante del monasterio, del mismo modo que yo. Pero el destino de mi hijo estaba escrito, siendo aún mucho más grande que la humilde existencia de pastor y aprendiz de brujo de su padre, y más adelante tendríamos oportunidad de corroborarlo.

TERCERA PARTE:

EL VERDADERO DILUVIO UNIVERSAL

 

 03Gilgamesh

 Un joven chamán en potencia empieza por ser considerado en la comunidad como un hombre “enfermo”, atrapado en una abrumadora crisis psicológica que se expresa en una profunda confusión mental e incluso en enfermedad física. Si se puede curar, entonces puede ser un chamán, Enloquecer o morir. Sus opciones son limitadas.

 (SHELDON B. KOOP –Gurú: Metáforas de un Psicoterapeuta)

 

 Libre de idealidades y de pseudometas, el hombre sólo tiene a la función como su fuerza guiadora. Los chamanes le llaman a esto impecabilidad. Para ellos, ser impecable significa hacer todo lo mejor que uno pueda, y un tanto más.

 (CARLOS CASTANEDA –Las Enseñanzas de Don Juan)

 

1

Transcurrieron 17 años viviendo en el monasterio, en un hermoso periodo de mucha tranquilidad, aprendizaje y alegrías, conviviendo y profundizando los lazos con la familia y los amigos. Nuestros hijos crecieron y se volvieron dos bellos jovencitos, quienes trabajaban y estudiaban con nosotros. Dione mostró pronto claras muestras de una fuerte vocación por la hechicería y la medicina tradicional, al igual que su madre. Gamesh se hacía bueno en el cuidado y manejo de animales, también con la música y el dominio del idioma titánico. Estos conocimientos le servirían más adelante, en una vida que él mismo elegiría, como guía y patriarca de pueblos enteros.

Empero, los signos del fin de nuestra era se harían cada vez más evidentes.

Las enfermedades y pestes alcanzaron por fin no sólo la capital de Anatolia, sino que se infiltraron silenciosamente hasta nuestro recinto. En seis meses fue arrasada más de la mitad de la población de la ciudad, contagiando a sus habitantes de viruela y diversos tipos de gripes que resultaron devastadoras. Los primeros infectados fueron los caravaneros que venían por la Ruta de la Seda desde China y Siberia, trayendo las pestes hasta nuestro hogar.

Piras gigantescas ardían  y alumbraban durante días y noches completas, incinerando los cadáveres de miles de víctimas. Mucha gente abandono la ciudad y remontó desesperada la antigua ruta, con rumbo hacia los países de la seda, en busca de lugares seguros en donde refugiarse. Muriendo en el camino o mucho antes de encontrar un sitio a salvo de las infecciones. En breve supimos que la Ruta de la Seda quedaba sembrada a lo largo de su trayecto, con los huesos de miles de gigantes fallecidos en el intento de llegar a cualquier otra parte. En China, Mongolia y Kirguistán, los pocos poblados que restaban se convirtieron en cementerios de gigantes, quedando borrados sus habitantes de la faz de la Tierra.

Los monjes del Athos intentaron curar a la gente, pero la medicina milenaria no parecía surtir efectos en los síntomas catastróficos de las nuevas enfermedades. Pronto todos los viejos monjes habían fallecido y el monasterio se quedó casi deshabitado. Yo tenía que actuar rápido, hasta ahora Deméter y nuestros hijos habían resultado ilesos, pero no quería esperar a que alguna de las enfermedades los tocara a ellos o a mí. Planee dejar el monasterio y buscar una ruta hacia Siberia por donde no hubieran transitado los infectados. Un monje de piel amarilla llamado Milo, quien nos guió hacia el monasterio unos años antes,  me rebeló que en aquel helado país existía un paso de hielo por donde podría cruzarse encima de un mar congelado, hacia la tierra que los antiguos conocían como la Atlántida. Manadas enteras de paquidermos, lobos y búfalos gigantes habían emigrado en los últimos años hacia aquella mítica tierra huyendo de las hordas  insaciables de Gerión.

Lo discutimos con Deméter y ella acordó consultarlo con nuestra Madre Gea para averiguar si era factible el plan de emigrar hacia una tierra demasiado lejana y desconocida.

Entonces nos avisaron que el viejo Noé estaba enfermo, una férrea neumonía lo invadió y consumió su cuerpo, otrora jovial y sano. Ningún hechizo ni ungüento, ni poción mágica sirvió para aliviarlo. Me dejó helado y con las piernas temblando, cuando poco antes de morir me nombró Gran Maestre del monasterio. En ningún momento aspiré ni soñé jamás con suplir la labor de mi suegro, mucho menos me creía con los méritos ni con los conocimientos para liderar y administrar el recinto como él había hecho durante tantos años. Aquello representaba una responsabilidad enorme, no sólo debería cuidar de los habitantes del monasterio, sino que tendría que ver por la preservación de los libros sagrados y los conocimientos milenarios que se resguardaban.

El viejo Noé se extinguió una madrugada y con él pareció morir una era completa en la que reinaron alguna vez los gigantes.

2

El anciano dictador Gerión también enfrentaba graves problemas con la administración de su basto reino. En Hispania preparaba cuatro legiones de guerreros humanos para invadir el Asia Septentrional, donde aún habitaban algunos pocos pueblos de gigantes y de otros seres homínidos llamados lugures, de quienes sus informantes le informaron que poseían minas muy ricas en metales, ganados prósperos y cultivos desbordantes. Gerión ansió despojarlos de sus pertenencias y esclavizarlos, igual como hizo con los hombres y gigantes.

Una madrugada, Hércules el mestizo, fruto de la cruza de uno de sus hombres con una humana, sorteó con un puñado de fieles suyos la delgada línea del Estrecho de Gibraltar, regresando una semana después a África al frente de las legiones que había financiado y entrenado el propio dictador. Pero no venían para servirlo, sino para aniquilarlo.

La rebelión de los humanos comenzó con Hércules a la cabeza, sus tropas destrozando a los batallones de gigantes que custodiaban Marruecos, y enfilando hacia el Éufrates, donde se estableció Gerión. Avanzaban con una ferocidad sin precedentes, empalando a cualquier gigante o humano que les presentara la menor resistencia. Arrasaban los campos de cultivos, los ganados y silos donde se almacenaban los cereales para el invierno. Gerión preparó una defensa con los hombres que le quedaban, pero Hércules ni siquiera le dio tiempo de organizarse suficientemente. Atacaron su campamento una noche, el propio Hércules le rompió las vértebras lumbares con un golpe de sus brazos, para que no consiguiera escapar. Lo hicieron prisionero tras matar a todos sus seguidores. Discapacitado y herido, le arrancaron la piel estando aún con vida y lo ataron moribundo al tronco de un árbol en el desierto, en medio de impensables alaridos para que se desangrara hasta morir o se lo tragaran los buitres. En el fondo, a pesar de todo, era una muerte justa para un tirano quien había arrastrado a la perdición a tantísimas personas, gigantes y seres humanos durante bastantes años.

No tardaron en llegar noticias hasta lo que quedaba de Anatolia, de que Hércules marchaba hacia ella con sus hombres para devastarla e invadir el monte Athos. El humano mestizo ansiaba despojar a los gigantes de sus secretos mágicos, pretendiendo convertirse ahora él en dueño absoluto del mundo. Un tirano era simplemente suplantado por otro, aún más sangriento y voraz.

Los humanos avanzaban tan rápido que no nos darían tiempo de preparar nuestra migración hacia Siberia y la Atlántida. Hasta Anatolia arribaban poco a poco los gigantes sobrevivientes de la devastación que dejaba a su paso el ejército humano, trayendo horribles noticias,  huyendo de la persecución y las masacres orquestadas por los rebeldes.

Me encontraba al frente de los restos del monasterio y de la ciudad, no podríamos huir hacia ninguna parte llevando familias completas, ancianos, mujeres, niños, rebaños y animales, así como antiguos manuscritos que requerían cuidados especiales, sin que nos dejara de perseguir Hércules implacablemente hasta darnos alcance. Casi sin pensarlo, retomé mis pasos de antiguo guerrillero del desierto. Rápidamente organicé a un grupo de pastores y caravaneros de las estepas, quienes sabían hacer uso de sus hondas para espantar a los lobos. Formé una falange con campesinos, obreros y monjes del Athos, forjando prolongadas jabalinas con las que fueron armados cada uno de los voluntarios. Construí una máquina para arrojar fuego con un gigantesco trozo de tubería de bronce que servía para almacenar trigo. En breve se había improvisado un frente de poco más de cuatrocientos gigantes dispuestos a proteger a sus familias y el Arca de Noé.

3

Desde la cumbre del monte Athos, el monje Milo y otros guerrilleros divisaron la gran masa del ejército humano aproximándose a gran velocidad.

Yo no había recibido ninguna formación militar, pero de mi vida en el desierto aprendí a realizar emboscadas y tender trampas. Esperé a que Hércules diera indicios de cómo procedería su invasión de Anatolia, para saber cómo reaccionar y anticipar sus movimientos.  El monje Milo en compañía de otros voluntarios, espiaba día y noche en la lejanía las acciones de los humanos, contando sus hogueras, tomando nota de sus avances, informándome al instante de cada paso dado por el ejército invasor.

Entonces Hércules cometió su primer error. Dividió sus tropas en dos para tratar de rodearnos, enviando a la mitad de su ejército por la espalda del monte Athos y la otra situándola cerca de la ciudad. Hércules se encontraba al frente de las tropas que acamparon delante de Anatolia, pretendiendo intimidar y aterrorizar con su sola presencia a los pocos habitantes que quedaban en ella. Manteniendo con él sus principales pertrechos y víveres, custodiados casi por mil hombres, quienes pretendían amedrentarnos. Con la segunda mitad de sus tropas, unos seiscientos efectivos,  formó una avanzada que intentaría rodear por la retaguardia el monte Athos, asaltar el monasterio y luego atacar por detrás de la ciudad.

Sin quererlo, el lugarteniente de los humanos nos había facilitado bastante la defensa, pues un ejército tres o cuatro veces menor que el suyo, como el nuestro, tenía pocas posibilidades de presentar batalla frontal ante su superioridad numérica. Al quedar divididas sus tropas, tendríamos más oportunidad de aprovechar su división y propiciarle fuertes golpes mortales.

El humano nunca pensó que mis hombres vigilaban cada uno de sus movimientos. Nosotros actuaríamos más rápido que cada uno de sus dos brazos armados.

Un caravanero proveniente de la India nos donó dos elefantes más, dos hembras quienes más tarde formarían pareja con cada uno de los hijos de Kyzza. Nuestro viejo macho, su hembra Cumba y los cuatro elefantes jóvenes fueron cubiertos por armaduras improvisadas de bronce, para protegerlos de los dardos y lanzas humanos. Los seres humanos jamás habían enfrentado la embestida de seis paquidermos perfectamente entrenados no sólo a modo de animales de carga y mascotas, sino como guerreros temibles y guardaespaldas de los gigantes. Y en breve les haríamos sentir su fuerza y velocidad.

Una mañana de domingo me monté sobre el lomo de Kyzza, marcharíamos él y yo delante de los otros cinco elefantes, manteniendo el liderazgo de nuestro ejército. Milo, el monje, iba con otro chico sobre Cumba y cuatro pastores guiarían al resto de los elefantes. Cuatrocientos cincuenta guerrilleros gigantes irían tras de nosotros, equipados con jabalinas de cuatro metros, escudos de roble, afiladas dagas  y cuchillos.

Cuando nos preparábamos para marchar directo sobre la avanzada de humanos que pretendía asaltar el monasterio, mi amado Gamesh se arrojó a las patas del paquidermo, rogándome que lo llevara. Por unos segundos me paralicé, no me sentía con el valor de exponer uno de mis seres más queridos a los infames proyectiles humanos, por otro lado, recordé la profecía de mi madre Gea sobre nuestro hijo: en el futuro sería un gran rey y líder de muchos pueblos. Decidí que aunque con demasiado riesgo, aquella batalla le serviría muchísimo de experiencia para forjarlo como un futuro patriarca justo y firme, quien en el último de los casos utilizaría la violencia armada como recurso para solucionar los problemas. Alguien quien también tendría que luchar hasta la muerte en muchas ocasiones con tal de defender a los suyos.

Los falangistas le ayudaron a subir hasta el lomo del gran Kyzza, ubicándose a mis espaldas:

-¡Te voy a cuidar muy bien la retaguardia…!

Me dijo en voz baja para que no lo escuchara el resto del batallón. Casi me saca las lágrimas. Su madre y su hermana estaban cerca, contemplándonos y dando sus bendiciones hacia todos los valerosos voluntarios.

Entonces emprendimos la marcha.

4

La avanzada del ejército humano acampó en un acantilado, facilitándonos la defensa del monasterio. Mientras tomaban sus alimentos y descansaban del difícil ascenso que representaba el monte Athos, los emboscaríamos. Ordené que ubicaran la máquina de fuego con su boca mortal  en dirección hacia ellos.

Apenas pudieron reaccionar ante cinco olas gigantescas de lumbre que les envolvieron, matándoles a cientos de hombres.

Se trataba de un improvisado cañón de bronce de treinta metros de largo, portado por veinte de nuestros más fuertes voluntarios. Los alquimistas del monasterio habían encontrado la manera de crear un fuego volátil, combinando fécula de maíz con cobre y otros minerales. Embutimos en la boca del cañón una tonelada de manteca, mezclada con la fórmula secreta de nuestros alquimistas, además de trozos de metal, rocas volcánicas muy duras y clavos afilados. Formando un fuego mortal que no sólo abrazaba a sus víctimas, sino que arrojaba puntas ardiendo, las cuales se les incrustaban y derretían sus cuerpos.

Tras del fuego los rodeamos por tres puntos desde el acantilado y desencadenamos varias avalanchas de rocas volcánicas muy grandes, sepultando a los que no fueron incinerados, acompañados de una lluvia de pedernales lanzados con hondas por nuestros pastores. Nuestros gigantes se arrojaron sobre ellos, destrozándolos, simplemente rematando a los heridos y unos cuantos  humanos que quedaban en pie tras la tormenta que desencadenamos en su contra. En ese primer encuentro no tuvimos necesidad de arriesgar la vida de ninguno de los nuestros.

Los voluntarios y los monjes estaban locos de contentos, la victoria subía sus ánimos, no tardé en urgirlos a guardar la calma y una mesura necesaria. La batalla más fuerte se presentaría cuerpo a cuerpo con Hércules y sus hombres.

Por su parte, el líder de los humanos contempló estupefacto las humaredas enormes producidas por nuestra máquina de fuego desde el campamento donde aguardaba. Algo le indicó que sus planes no se desarrollaban como lo planeó. Hasta ahora no encontró ningún tipo de resistencia en toda su invasión, había utilizado los propios hombres de Gerión para aniquilarlo. En Hispania, unas pitonisas le prometieron que él sería el emperador de un nuevo reino de humanos, en donde los gigantes no ocuparíamos ya ningún puesto.

Hércules aguardó toda la noche, mandó mensajeros y espías para averiguar lo que había sucedido con la mitad de su ejército, pero eran interceptados por nuestros honderos, o cazados por nuestros perros. Durante diez horas de oscuridad no recibió ninguna noticia, por primera vez el miedo y la duda lo paralizaron. Resultaba increíble que un soldado profesional de su envergadura no supiera en lo más mínimo cómo proceder. Sus informantes le contaron que la mayoría de los gigantes había muerto, contagiados por las pestes, jamás imaginó que un ejército desconocido aguardaba por él en Anatolia para presentarle batalla e incluso exterminarlo. Por primera vez el miedo a no lograr sus sueños corroyó sus entrañas.

Durante toda la noche los gigantes descendimos desde el monte Athos a través de un paso secreto de la montaña, surcado exclusivamente por antiguos pastores y caravaneros de las estepas. Lo descubrimos Gamesh y yo en nuestras correrías con Kyzza a lo largo de las faldas del monte, mientras guiábamos las cabras. De manera que el ejército enemigo no tendría ninguna posibilidad de detectarnos mientras marchábamos por ellos. La verdadera batalla comenzaría al amanecer, y por ningún motivo permitiríamos que el humano tomara la iniciativa, dando el primer golpe. Seríamos nosotros quienes lo apuñalaríamos  antes que pudiera siquiera saber en dónde ni con qué lo heriríamos.

5

Hércules recorrió con mirada nerviosa las faldas de nuestro monte, la neblina apenas le permitía percibir las siluetas desdibujadas de la ciudad casi abandonada, la sombra nebulosa  y quieta de nuestro monasterio en la cumbre. Se esforzaba bastante por mantenerse sereno y transmitir calma a sus hombres. No había dormido si quiera un minuto a lo largo de toda la noche, tampoco su gente. Eran las cinco de la mañana y en una hora o dos amanecería por completo. En las últimas horas envió uno tras de otro a veinte espías para averiguar la suerte de sus tropas, nadie de ellos regresó, sólo reinaba el silencio, los fantasmas de Anatolia y la niebla.

Un grito de guerra increíble se escuchó a través de la bruma y las sombras. Los humanos jamás presenciaron tal poder sonoro proveniente de la trompa y los pulmones de un paquidermo guerrero. El grito de Kyzza fue secundado por los otros cinco elefantes que barritaron al unísono tras de su líder. Los invasores sintieron la tierra temblar bajo sus pies, pues nuestras bestias la hacían retumbar en su carrera a toda marcha hacia ellos.

Sin estar del todo seguro de lo que se le venía encima, Hércules reaccionó rápidamente, haciendo sonar sus trompetas y ordenando a sus legiones ponerse de pié y prepararse para la batalla. A pesar de todo, sus fuerzas tenían la ventaja de su disciplina y su cuidada formación militar.

Kyzza emergió de la niebla conmigo y mi hijo en su lomo, embistiendo de un golpe a veinte de sus hombres, quienes apenas alcanzaron a distinguir en las sombras lo que se les venía encima. Tras de nosotros, los cinco elefantes se abalanzaron con sus jinetes sobre las filas del ejército humano sin dudar. Abriendo grandes canales y boquetes de sangre, vísceras y hombres muertos en la ordenada masa del enemigo. Sus soldados eran sumamente disciplinados, entrenados desde la infancia para asesinar o morir, de manera que al instante trataban de reordenarse a pesar de ser aplastados por aquellos animales guerreros. Entonces aparecieron nuestras falanges de gigantes, armados con sus lanzas, y tras de ellos los pastores, con cuchillos y cayados que utilizaban para aplastar las cabezas del ejército invasor. Los nuestros penetraron las filas enemigas a través de los boquetes hechos por los elefantes, impidiéndoles tomar sus posiciones defensivas de nuevo.

Los seis elefantes avanzaron a través de la compacta masa del ejército, despedazándolos, tras de nosotros, en los surcos de cadáveres aplastados que dejábamos a nuestro paso, penetraban las falanges de gigantes y pastores. En media hora los invasores cayeron en el desorden y el caos total, asustados por nuestros animales y embestidos por ellos.

En poco tiempo, con los paquidermos habíamos atravesado por completo al ejército invasor y debimos girar  para regresar al campo de batalla, embistiéndolos ahora por la retaguardia, causando aún más pánico y destrucción en las fuerzas enemigas.

La batalla estaba decidida y los invasores no la ganarían de ningún modo.

El propio Hércules nos salió al paso, desesperado y enloquecido ante su evidente derrota. Tomó un mazo de roca enorme y trató de aplastar la cabeza de Kyzza con un golpe. Entonces arremetí yo desde el lomo del paquidermo con una de nuestras jabalinas, antes que hiciera daño a mi mejor amigo. Cosa que de ningún modo le permitiría. El invasor debió desistir de su ataque, evitando quedar empalado con mi arma que por poco lo atraviesa como a una mariposa. Quiso lanzarse con su martillo de nuevo sobre nuestro amigo, aunque yo ya tenía lista otra lanza para atravesarlo y no fallar en esta ocasión. Pero un proyectil proveniente del mismo lomo de Kyzza, lanzado por el joven Gamesh, le hirió en el ojo, dejándolo tuerto. Muchísima sangre broto de su rostro, acompañado de alaridos de dolor del líder de los humanos.

Los gigantes ovacionaron a mi hijo, la lucha estaba culminada.

Sus hombres se precipitaron a prestar ayuda a Hércules, lo cargaron y se lo llevaron del campo de batalla antes que nuestro elefante lo aplastara.

En pocas horas el ejército enemigo había sido diezmado, destruido y vencido por completo. Los humanos huyeron con su líder y unos pocos sobrevivientes. Pensamos en perseguirlos y dar caza a Hércules, pero teníamos otros planes y proyectos que requerían toda nuestra energía. Debíamos preparar cuanto antes el viaje hacia Siberia, organizar familias, pertrechos, víveres, animales para la larga marcha que nos esperaba.

Luego nos enteramos que Hércules moriría a los pocos días, mientras intentaba regresar al Éufrates, envenenado por una de sus esclavas, quien deseaba vengarse del guerrero por asesinar a su familia. El destino de los autócratas resultaba irrisorio en ocasiones, casi cómico en la manera que llegaba a  su patético fin.

Hércules sería recordado mucho tiempo después como el hombre que venció a Gerión y el héroe que inició la rebelión de los humanos. También como el líder que perdió una guerra innecesaria y murió a manos de una sencilla mujer.

6

El Diluvio Universal no fue como lo describieron los autores bíblicos. No se trató de la inundación del mundo ni la desaparición de especies enteras de animales y hombres.

El Diluvio consistió en la dispersión voluntaria de los pocos gigantes que quedábamos hacia diversas partes del mundo, con el fin de resguardar los antiguos libros y conocimientos milenarios dejados por nuestros antecesores. Sí habría inundaciones posteriores, congelamientos, sequías, holocaustos, nacimientos de volcanes y más. En pocos años el mar inundaría el estrecho de Gibraltar, formando el Mar Mediterráneo y separando África de Europa. Un volcán nacería dentro de poco tiempo, a un costado del monte Athos, sepultando Anatolia por completo con su lava. La mitad de la Atlántida quedaría sumergida bajo el océano que luego sería bautizado con su nombre, perdiéndose con ella civilizaciones enteras de titanes, gigantes y lugures de quienes la posteridad apenas podría acordarse equívoca y dificultosamente. Más tarde los hombres bautizarían como América a aquel sitio milenario, que alguna vez albergo riquísimas culturas y pueblos ya desaparecidos.

La era de los humanos estaba en marcha y nosotros éramos unos pocos sobrevivientes, extraños especímenes y monstruos en peligro de extinción. Por medio de un sortilegio conjurado por Deméter, los gigantes adoptamos la forma de los seres humanos como disfraz para protegernos. Sabíamos que si nos presentábamos en nuestra apariencia original, estaríamos condenados a ser perseguidos y exterminados por los hombres.

La mayoría de los gigantes decidió partir de regreso hacia los valles del Río Éufrates y fundar una gran civilización allí. No deseaban ir con nosotros a un país desconocido y helado como Siberia, enfrentar peligros inimaginables y  circunstancias nuevas, sin precedentes. Querían que fuéramos con ellos y ofrecían nombrarme su rey, cosa a la que me negué. La Diosa Gea nos encomendó poco antes a mí y a Deméter marchar hacia Siberia y luego a la Atlántida para llevar y preservar los conocimientos secretos del Arca de Noé.

De manera espontánea la gente escogió a Gamesh como su líder. Mi hijo apenas tenía 20 años de edad, hasta ahora siempre había sido mi pequeño seguidor, mi más íntimo y cercano amigo, mi discípulo, mi aprendiz, mi muy amado. Había mostrado enorme valor en la batalla, hiriendo casi de muerte a Hércules con un dardo, se ganó de inmediato a todo el pueblo. Era hermoso, observador, inteligente y carismático. Poseía una voz  ronca, profunda y bella de barítono. La gente se quedaba en silencio, escuchándolo cuando él hablaba. Siempre estuvo a mi lado y detrás de mí. Ahora llegaba su hora de emprender su destino. Sobre todo a mí me costó muchísimo esfuerzo emocional el dejarlo ir. Al igual que antes de la batalla contra Hércules, sabía que debía permitirle marcharse con ellos.

Gamesh no lo dudó cuando lo nombraron líder de la caravana que partiría hacia el Éufrates, con más de ochocientos gigantes disfrazados de humanos. Protegidos bajo el hechizo de Deméter. Le obsequiamos a Kyzza para que no sólo lo transportara hasta allá, sino para que lo cuidara, protegiera y acompañara en su nueva vida. De un golpe tendría que desprenderme de dos de mis seres más amados. Pero así debía ser, un nuevo ciclo y una nueva era nacía en todos los aspectos. El monje Milo también iría con él para servirle como consejero, amigo y guía. Definitivamente nuestro hijo no estaría solo.

7

Una enorme caravana de gigantes disfrazados de humanos partió hacia el Éufrates. Fue la última vez que vimos a Gamesh, aunque con los años escucharíamos hablar bastante de él. Llegaría a convertirse en el rey de un imperio que albergara y diera cobijo a muchos pueblos distintos, de humanos y gigantes, enfrentaría muchos peligros, encontraría amigos y enemigos, conocería el miedo, la duda y el amor.

Al frente del contingente iban dos elefantes: Kyzza y Cumba, con Gamesh y Milo en sus lomos.

Por nuestra parte, Deméter, Dione y yo llevamos los cuatro elefantes restantes con nosotros: los hijos de Kyzza y las dos hembras nuevas, con quienes más adelante se aparearían. Diez monjes irían con nosotros, así como también una treintena de niños gigantes huérfanos, sobrevivientes de las guerras, las epidemias y las matanzas. Los habíamos acogido, brindándoles abrigo, la gente nos los mandaba o ellos venían por sí solos a nosotros. Los cuidábamos y protegíamos, también los educábamos. Con los años ellos nos ayudarían a preservar el Arca de Noé y serían parte de ella. Siempre habría un nuevo Gamesh y una Dione en cada pequeño que se cruzara en nuestro camino en busca de amor.

Emprendimos nuestra propia marcha, dirigiéndonos hacia una dirección completamente opuesta a la de nuestro hijo. También íbamos disfrazados de humanos, con nuestros elefantes, perros, cabras y ovejas.

Un año y medio después de partir, estaríamos cruzando un puente de hielo en el extremo norte de Siberia, detrás de una manada de mastodontes y búfalos salvajes, quienes dejaban Europa y Asia para internarse en un nuevo territorio. Sus instintos les indicaban que ahí encontrarían nuevos pastizales ricos en forraje y manantiales para prosperar. Nuestros instintos nos indicaban lo mismo, por ello los seguiríamos.

En el nuevo continente formaríamos una nueva civilización, con el tiempo nos llamarían los toltecas. La vida de los gigantes continuaría de manera discreta durante mucho tiempo más, cobijados bajo el disfraz de la apariencia humana.

Advertisements

One thought on “GIGANTOPITECUS: Las Crónicas de un Monstruo

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s